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Why Do Writers Abandon Novels?

Este artículo examina los casos de varios escritores que emprendieron proyectos de novela pero no terminaron de escribirlas, o las escribieron pero las descartaron luego de invertir años en ellas. Es algo que suele ocurrir. En mi caso, he quemado 2 y tengo una con un pie en la pira, aunque quiero antes rescatar algunas páginas que espero puedan servir para otras narraciones.

Es parte de los gajes del oficio de todo escritor (eso y la famosa «hoja en blanco»). Quizás es Stephen King quien lo define mejor:

“Look, writing a novel is like paddling from Boston to London in a bathtub,” he said. “Sometimes the damn tub sinks. It’s a wonder that most of them don’t.”

Why Do Writers Abandon Novels? – NYTimes.com.

«Soy un depredador en busca del amor»: James Ellroy

 

¿Cree que si su madre no hubiera sido asesinada nunca se hubiera convertido en escritor?

Es una buena pregunta, pero pensar eso resulta bastante patético. Nunca pienso en estos términos porque sé que no puedo volver atrás en mi vida y cambiar a mis padres. Por tanto, no pierdo mi energía en darle vueltas a este tema. Eso es lo que sucedió.

¿Continúa todavía la maldición de su madre?

No. Escribí el libro, me enfrenté a esa maldición y ya no estoy en ese círculo. Ahora soy un hombre feliz.

Su libro me recuerda a Mujeres, de Charles Bukowski. ¿Lo pensó mientras escribía?

A mí no me gusta Bukowski. Y no he leído el libro Mujeres. Por tanto no puedo relacionarlos… Pero, seguro que se comporta mal con ellas, ¿no?

De usted se ha dicho que es un depredador, un machista y un fascista. ¿Está de acuerdo?

«La maldición de mi madre ya está conjurada. Soy un hombre feliz. Yo no tengo una tendencia política muy definida. Tampoco pienso que los hombres sean superiores a las mujeres. Y en cuanto a lo de depredador, sí. Yo mismo lo digo en el libro. Pero para mí es una forma de decir que trabajo para el amor. Soy un depredador en busca del amor.

Usted es un bestseller de novela negra. ¿Por qué cree que triunfa (la novela negra)?

Porque le da a los lectores una amplia visión de la sociedad a la vez que es una historia entretenida. La conjunción de ambas hace que todo arda.

Entrevista completa con James Ellroy en Público.es

Apuntes en mi moleskine mientras veo 2001, A Space Odyssey de Stanley Kubrick

 

En “The Dawn of Man”, cuando nuestros ancestros simiescos descubren que pueden tomar algo, y con ello, golpear.
El hombre descubre la violencia. Y el acto de matar.
La herramienta, the weapon of choice, puede ser cualquier cosa. Una piedra, un hueso, una quijada de asno.
Matar le puede servir para dos fines: alimentar o vencer a sus enemigos. Luego, matar cobrará otras categorías: desahogar furias, demostrar poder, causar miedo.

Los otros, los que aún no descubrieron el acto de matar, miran con espanto cómo uno de los suyos cae, no se mueve más. Está muerto. Aprenderán por el ejemplo. Matarán también, tarde o temprano.
Más adelante, mucho más adelante, el hombre descubrirá que las palabras también hieren. Y hasta matan. Simultáneamente descubrirá que el silencio o el no decir también es hiriente, asesino, doloroso.

Las naves espaciales flotando en el espacio. Tan reales.
El espacio, la soledad.
Y si no fuera por la música, el silencio.
El infinito, angustiante silencio.

La limpieza de la estructura y las naves.
La respiración del capitán Dave Bowman en su traje espacial.
El zumbido del traje mientras sale a inspeccionar la nave.
Zumbidos, respiraciones. Seguramente también el palpitar del propio corazón. Sus únicas compañías.

Júpiter y más allá del infinito:
Entrar al monolito: “Oh my God, it’s full of stars!”
(Me resulta un enigma por qué Kubrick suprimió la frase del guión. Una frase que no sabemos existe sino en el libro y en la patética seguidilla, 2010, tan alejada del espíritu visual y emocional de 2001).

La angustia visual, en colores, sonidos, formas y velocidad, del interior del monolito.

Arribar, ¿o despertar?, en un cuarto, donde Bowman es él pero es otro. Donde es él mismo pero es más viejo, donde envejece pero es un feto, donde es un anciano pero renace, donde es el astronauta pero a la vez, un hombre solitario en un lugar silencioso donde el tiempo transcurre en saltos cuánticos: una vida transcurre en un minuto, edades geológicas duran un pestañeo, la decrepitud del humano dura lo mismo que la podredumbre de la fruta.
Bowman realiza una secuencia de movimientos y actos, pero cada movimiento sucede en otra era, en otro tiempo, aunque la secuencia sea continua. Y en un espacio donde la Inteligencia Superior (¿Dios? ¿otros seres inteligentes que pueblan el Universo?), hace que mire aquello con los referentes conocidos de su pequeño, patético mundo.
¿Y dónde está ese mundo? ¿Existió? ¿Quedó atrás? ¿Es el mundo “real”? ¿Qué es lo «real»? ¿Dónde está «lo real»?
¿Está vivo? ¿Está muerto? ¿Sueña? ¿Recuerda? ¿Imagina? ¿Delira? ¿Agoniza? ¿Recapitula? ¿Es lo que los tibetanos llaman “el Bardo” u otros “el Limbo”?

Bowman vuelve al estado inicial. Al feto. Al renacuajo encerrado en una burbuja. Una burbuja tan grande como el planeta. Y que flota en el espacio.
El hombre muere y antes de renacer, se le permite ver el Universo. Es su viaje a la semilla.
Viajar es morir. Partir es morir.
Llegar es renacer. Continuar, aprender.
La vida como un viaje.
La muerte como un viaje espacial. Auténticamente.
El viaje infinito.

La muerte, entonces, es volver con los ojos abiertos a la matriz del Universo, donde todo se mira claro por primera, quizás por única y por última vez.

Luego vendrá la vida. De nuevo.
Y todo recomienza. Continúa. Termina. Vuelve a empezar.
La eterna rueda del Samsara.

(Publicado originalmente en Jacintario, 6 de octubre 2008. A propósito de hoy, 7 de marzo, aniversario del fallecimiento de Stanley Kubrick en 1999. Uno de mis cineastas favoritos).

World Book Night

La noche del sábado 5 de marzo, en Irlanda y Gran Bretaña, la organización World Book Night distribuyó gratis un millón de libros entre quien los quisiera. Se los regalaban a la gente, quienes podían escoger un libro de entre una lista de 25 títulos y luego les regalaban 48 ejemplares del mismo, para que pudieran repartirlos entre amigos y familiares. Se les rogaba que se los regalaran de maneras creativas e imaginativas y que hicieran todo lo posible por que el libro fuese leído y que no quedara guardado u olvidado.

El objetivo de esta iniciativa es incentivar la lectura en un mundo que ofrece distracciones como la televisión, la radio, Twitter y Facebook, según apuntó el editorial de The Observer en The Guardian:

When Polonius asks the distracted prince of Denmark: «What do you read, my lord?», Hamlet’s answer is the perfect self-assertion of the sovereign reader: «Words, words, words.»

In the lovely seclusion of a book, our imagination finds both privacy and nourishment. A book becomes a passport to a free state without censorship or intimidation and in which our imagination rules supreme and uninhibited. Some readers compare their rendezvous with a book to a specially intimate conversation; a rereading is like meeting an old friend.

A book is also a seductive companion. You can take it on a train or plane, to the beach or even into the bath. Some married couples would more willingly go to bed with a new book than their loved ones. Every reader knows the thrill of ordering the latest title by their favourite author. Who has not enjoyed the guilty pleasure of first reading the book we bought as a present?

Varios escritores y artistas se hicieron presentes en la plaza Trafalgar para la apertura del evento que esperan, como proclama su nombre ambiciosamente, que el próximo año, esto pueda convertirse en una iniciativa mundial. Phillip Pullman, Margaret Atwood, Nick Cave, Edna O’Brien y Alan Benett, entre otros, leyeron y hablaron ante miles que se reunieron en la plaza, deseosos de obtener sus libros.

Veinte mil voluntarios distribuyeron los ejemplares en plazas públicas, pubs, hospitales y hogares para desamparados, donde el proyecto tuvo gran acogida. «Se asume que porque alguien no tiene un hogar, es analfabeta o no disfruta de la lectura», dijo Libby Tempest, de la Biblioteca de Manchester.

El libro más solicitado fue Life of Pi de Yann Martel, ganador del Man Booker Prize del 2002 (un libro que por cierto, me han recomendado muchísimo). Entre los títulos seleccionados se encontraban títulos tan variados como Sin novedad en el frente de Erich Maria Remarque, El amor en tiempos de cólera de Gabriel García Márquez, El espía que vino del frío de John Le Carré, El asesino ciego de Margaret Atwood, entre otros títulos que incluían poesía, drama, novela, humor y títulos para todos los gustos.

Más información:

World Book Night Launched with Million Book Giveaway.

Homeless Group in World Book Night Giveaway.

Le Voyage dans la lune, Georges Méliès (1902) / «Tonight, Tonight», Smashing Pumpkings (April 1996)

 

 

El gran diseño

Cuando asomé mi ojo por el ocular del telescopio, cuando pude por fin enfocar la mirada y ver la luna por primera vez en mi vida, recordé el corto de Georges Méliès, Viaje a la Luna, de 1902, donde el cohete espacial cae justamente en el ojo derecho de nuestro satélite.

No sé por qué esperé ver esa imagen a través del telescopio y no eso tan extraño que vi: La luna parecía un cenicero colmado de ceniza triste y derrotada, un montón de polvo quieto, de un gris tan limpio y muerto, que al mismo tiempo transmitía una inmensa sensación de orden. Me dieron ganas de llorar.

La imagen era tan nítida y real que podían verse los cráteres, pero si asomaba mi rostro al cielo, la luna estaba a una distancia tan grande que lo que miraba en el telescopio no parecía tener relación con el objeto tan distante que estaba en creciente. Era una sensación extraña.

La superficie de la luna parecía un lugar apacible y sin viento. Un sereno reposo a la vista cuando uno piensa en el densamente poblado, ruidoso y superconstruido planeta tierra. Pensé que en cualquier momento, de alguno de esos cráteres, saltaría uno de los hombrecillos del video de The Smashing Pumpkins, “Tonight, Tonight”, obvio homenaje al corto de Méliès pero también homenaje para Julio Verne, porque el viaje a la luna termina en el fondo del mar, donde Neptuno salva a la heroica pareja de enamorados (heroicos no por amarse, como podrá pensar algún cínico, sino por el viaje que los lleva de la tierra hasta la luna y luego hasta el fondo del mar, donde ven a un pulpo que en cada uno de sus brazos balancea a una voluptuosa sirena. Y supongo, por las eufóricas expresiones de sus rostros, que todos vivieron felices para siempre).

Pero el viento que hace aquella noche de sábado en el Observatorio de San Juan Talpa, donde nos reunimos con los amigos de la Asociación Salvadoreña de Astronomía, ASTRO, sacude mi imaginación y además mueve un poco el objetivo del telescopio. Debo enfocar el ojo otra vez y ahí la veo de nuevo, a la luna. Ahora la observo con el indicativo de fijarme en su terminador, es decir, en la línea de separación entre la parte iluminada y la parte en sombra.

La visión es tan nítida que dentro de la parte oscura misma pueden verse todavía un poco los cráteres. Me pregunto dónde habrán caminado los astronautas. Me pregunto lo que habrán sentido cuando vieron la luna.

No recuerdo cuál de ellos dijo que para él, la visión de la luna desde alguna de las misiones Apolo fue una epifanía que sacudió para siempre todas sus creencias espirituales. Lo cual me lleva a pensar en el último libro de Stephen Hawking, El gran diseño, donde afirma de manera categórica que la filosofía ha muerto.

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«Abstracciones, historias», Cees Nooteboom

Puedo citar miles de cosas que en mayor o menor medida tienen una relación con la cultura: un cuarteto de cuerda, una lección de latín, una pila bautismal barroca, una máscara de teatro griego, un Alfa Romeo, una muñeca wayang, un traje de Brioni, un bar mitzvá, una estatuilla votiva de piedra de Jizo, un manuscrito de la Edad Media, una reverencia, una mezquita, un aguafuerte, un ordenador… La inyección que produce la muerte a un condenado de una cárcel norteamericana ¿también es cultura? Y por tanto, ¿forma parte de la cultura norteamericana? ¿Y la sharia? ¿La campana que suena en la Bolsa? ¿El Gran Hermano? ¿El carnaval? ¿Un festival de la canción? ¿La ablación femenina? ¿Un duelo? ¿El himno vasco que suena cuando se entierra a un terrorista? ¿Los informes de la Segunda Cámara del Parlamento holandés? ¿La película sobre el Corán de Wilders? ¿Hay alguna cosa que no sea cultura? La «mala» cultura, ¿se inscribe igualmente en la cultura? Y la cultura que es radicalmente distinta, la que se siente como hostil, ¿es cultura a pesar de todo?

(Foto: For the Love of God de 2007, calavera con 8.601 diamantes incrustados, obra de Damien Hirst. REUTERS).

Artículo completo: Abstracciones, historias · Escrito por Cees Nooteboom, ELPAÍS.com.

«Es bueno ensuciarse un poco las manos»: Ian McEwan

El origen del libro fue el viaje de McEwan al círculo Ártico en 2005 con un grupo en el que se mezclaban los científicos y los artistas para presenciar de primera mano el cambio climático. “Me encantó ese viaje”, comenta. “Mientras los escultores y los pintores se dedicaban a lo suyo, yo hacía caminatas con quien quisiera venir conmigo”. Mientras recorría los fiordos helados con Antony Gormley, hablaba sobre el paisaje y la imaginación. En la cena había “conversaciones idealistas sobre lo diferentes que teníamos que ser en nuestras relaciones con el Gobierno”. Pero justo al otro lado de la puerta del alojamiento había un cuarto para las botas. “Era un caos. No había mala intención, pero la gente era descuidada y cogía sin darse cuenta las cosas de los demás. La ropa y el equipo que estaban ahí para salvarnos la vida, que deberíamos haber podido cuidar muy fácilmente, desaparecían, y pensaba, a pesar de todas las bonitas palabras y las buenas intenciones, a lo mejor la naturaleza humana era cómicamente incompetente para ocuparse de ese problema “. Copenhague confirmó sus temores. “A los líderes mundiales les resultaba inaudito que la ciencia los convocara. Pero acabó en desbandada y conflicto con elementos de farsa de Whitehall. Por eso pensé que si alguna vez me ponía con este proyecto, querría escribir sobre un tipo con muchos defectos. Alguien imposible o imposiblemente egoísta”.

Entrevista con Ian McEwan en El Cultural, sobre su novela Solar.

Jonathan no tiene tatuajes

Viernes 4 de marzo se presenta en el auditorio del ICAS, de la UCA de San Salvador, a las 5 de la tarde, el libro Jonathan no tiene tatuajes. Una colección de crónicas de varios reconocidos autores del género. Sobre el mismo, Cristian Alarcón comenta:

Oscar Martínez en su odisea en la frontera al lado de tres hermanos que escapan de la muerte; Roberto Valencia en su convivencia y amistad con el fallecido Neck, del Barrio 18; Carlos Salinas, en su incursión al Reparto Schick de Managua donde supo temblar ante el cañón de un mortero hechizo; Daniel Valencia a la hora de poner el cuerpo en la cárcel hondureña para reconstruir la explosión de una granada que mató a ex pandilleros del Barrio 18 y la Mara Salvatrucha; y, José Luis Sanz, subiendo incansable, una y otra vez, a la comuna de Sierra Alta en San Salvador para romper el silencio tras una masacre atribuida a la MS. Todos han sido investigadores y narradores, cronistas de comienzo a fin. Todos han sabido caminar con el paso ambivalente pero respetuoso que exige el territorio encendido por la lógica de una juventud embarcada en la misión de sobrevivir a pesar de la incertidumbre y la inquietud.

Y Rossana Reguillo nos dice:

Este libro tiene una historia compleja, intensa, continental y difícil, pero necesaria. Aunque es Centroamérica la región que se narra en estas desnudas, crudas, violentas pero estupendamente contadas historias, su factura proviene de conversaciones hemisféricas, de complicidades intelectuales y afectivas, de preocupaciones compartidas y de un solo afán: develar para entender, narrar para transformar. Narrar es una manera de iluminar las zonas ciegas de una sociedad que se niega o teme “ver”, porque mirar es comprender, porque comprender es una acto político sin marcha atrás.

La crónica que da título al libro, escrita por Roberto Valencia, se puede leer aquí.

In Which When I Went To Iowa I Had Never Heard of Faulkner: Flannery O’Connor

Yesterday I sold a pair of peacocks, the first time I have sold any. These people showed up in a long white car, the woman in short shorts. They obviously had plenty of money that they weren’t used to. She flew a Piper Cub, kept two coons, and what she called a «Weimeraw» dog. He was going to start in on pheasants, peafowl an dbullfrogs. They came in and admired the house and she said, «We was in Macon looking for some French provincial furniture. I want me a love seat.» The man was a structural engineer. He said he had a friend who was a writer in Mississippi and I said who was that. He said, «His name is Bill Faulkner. I don’t know if he’s any good or not but he’s a mighty nice fellow.» I told him he was right good.

In Which When I Went To Iowa I Had Never Heard of Faulkner – Home – This Recording.

Suddenly Susan: An Excerpt from a book by Sigrid Nunez

And she told this story: “When I was writing the last pages of ‘The Benefactor,’ I didn’t eat or sleep or change clothes for days. At the very end, I couldn’t even stop to light my own cigarettes. I had David stand by and light them for me while I kept typing.” When she was writing the last pages of “The Benefactor” it was 1962, and David was 10.

Suddenly Susan: An Excerpt from a book by Sigrid Nunez – NYTimes.com.

La percepción del tiempo: Benjamin Button no viaja a la semilla

The Curious Case of Benjamin Button (David Fincher, 2008) y el cuento de F. Scott Fitzgerald, incluido en Tales of the Jazz Age sobre el cual se basa libremente: Ninguna relación entre ambos, a excepción del hecho que el personaje se llama igual y que nace anciano y rejuvenece a medida que pasa el tiempo en las dos historias.

El cuento de Fitzgerald está contado de una manera diríase casi humorística, hasta que llega a su final, en que la sencillez de la redacción le confiere toda seriedad y dramatismo al caso:

He did not remember clearly whether the milk was warm or cool at his last feeding or how the days passed—there was only his crib and Nana’s familiar presence.  And then he remembered nothing.  When he was hungry he cried—that was all.  Through the noons and nights he breathed and over him there were soft mumblings and murmurings that he scarcely heard, and faintly differentiated smells, and light and darkness.

Then it was all dark, and his white crib and the dim faces that moved above him, and the warm sweet aroma of the milk, faded out altogether from his mind.

A varios les fue recordado el «Viaje a la semilla» de Alejo Carpentier. Releo el cuento y ahora me parece una película puesta en cámara acelerada para ser contada en reversa, pero que don Marcial no nació con el mismo problema de Button, sino que Carpentier nos jugó un truco.

Por ejemplo:

Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y media… Era como la percepción remota de otras posibilidades.

Y también:

Los esposos fueron a la iglesia para recobrar su libertad. Se devolvieron presentes a parientes y amigos, y con revuelo de bronces y alardes de jaeces, cada cual tomó la calle de su morada. Marcial siguió visitando a María de las Mercedes por algún tiempo, hasta el día en que los anillos fueron llevados al taller del orfebre para ser desgrabados.

Hay más ejemplos. La particularidad del tiempo percibido de manera alterada no le acontece solamente al protagonista sino al conjunto de los personajes y objetos. O por lo menos da la impresión que así es en algunos momentos. Además, hay tiempos que corren más aprisa que otros. Los momentos finales, de la niñez, digamos, transcurren más despacio y ahí parecería que el único que marcha hacia atrás es Marcial.

En Benjamin Button, el «destiempo» le acontece solamente a Button, mientras que en «Viaje a la semilla», personajes y objetos se ven afectados grupalmente.

El final de Marcial es diferente al de Button. Mientras la película y el cuento nos inducen a creer que Button muere cuando es un bebé, en su forma física, Marcial parece llegar más allá y, en efecto, parece regresar hasta el útero materno y traspasar la puerta del parto, pero al revés:

Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba por todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que moría. El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló hacia la vida.

Pero ahora el tiempo corrió más pronto, adelgazando sus últimas horas. Los minutos sonaban a glissando naipes bajo el pulgar de un jugador.

Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces cuajaron la hueva, dejando una nevada de escamas en el fondo del estanque. Las palmas doblaron las pencas, desapareciendo en la tierra como abanicos cerrados. Los tallos sorbían sus hojas y el suelo tiraba de todo lo que le perteneciera. El trueno retumbaba en los corredores. Crecían pelos en la gamuza de los guantes. Las mantas de lana se destejían, redondeando el vellón de carneros distantes. (…) Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición primera. El barro, volvió al barro, dejando un yermo en lugar de la casa.

Todo vuelve a su estado original, incluso el cuento mismo que vuelve a ponernos en escena a los trabajadores que regresan para continuar con el trabajo de demolición de la casa, que es como comienza el cuento.