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Cosas que pienso mientras espero que caiga el agua

Lo primero que hago al levantarme cada mañana es abrir el grifo del baño para ver si hay agua. Casi nunca hay. Se ha convertido en un hábito eso de abrir y cerrar grifos a cada rato. Desde hace dos años, el abastecimiento se desmejoró en la zona donde vivo y cada día empeora.

Tengo diez años de vivir en la misma colonia de Antiguo Cuscatlán. Nunca se iba el agua. Tanto así que las casas no tienen tanques ni cisternas. Nunca hubo necesidad. El agua se iba muy rara vez y nunca un día entero. Eso ocurría unas 3 o 4 veces al año, sobre todo en verano. Supuse que era una de las ventajas de vivir a la vuelta de un plantel de ANDA.

Por eso, cuando comenzó a faltar el agua, no me extrañé mucho. Pero cuando esas faltas comenzaron a ser más frecuentes, cuando pasaron de ser una tarde sin agua a ser el día completo y a veces hasta 36 o 48 horas sin nada, confirmé que el problema había llegado para quedarse.

Al comienzo, el agua regresaba en la tarde, tipo 5 o 6. Eso permitía hacer algo de limpieza por la noche. Pero desde hace dos o tres meses, ya es casi costumbre de que el agua regrese a las 11 de la noche, a veces más tarde. A las 6 y media de la mañana, ya no hay agua o el chorrito está muy débil, señal de que la cortarán prontísimo. Temo que llegaremos al tiempo en que tendremos servicio sólo de madrugada o días de por medio.

Los cortes de agua de la colonia no tienen patrón alguno y, por lo tanto, es difícil organizarse en torno al momento en que cae el líquido. Durante algunos meses por lo menos nos perdonaban el domingo y teníamos agua todo el día. Ahora ni eso. A veces hay agua viernes en la tarde o martes en la mañana. Pero nunca se sabe.

No soy nueva en estos problemas de carencia del agua. Me crié y viví muchos años en Los Planes de Renderos. Siempre, desde que tengo memoria, tuvimos problemas. Caía agua desde las 4 o 5 de la mañana hasta eso de las 10 a.m., en un buen día. Nada más. Fue así siempre, durante los 18 años que viví en casa de mi padre. Teníamos un tanque que se llenaba con el agua que caía. Esa provisión podía durar durante una semana, bien administrada, para una familia de 4 personas. Eso lo comprobábamos cada vez que nuestro imperio doméstico se ponía en estado de emergencia si pasaban más de dos días sin caer agua. Entonces nos bañábamos con huacal y esponja. No se lavaba ropa. Se pasaba un trapeador seco. No echábamos agua en los inodoros si sólo orinábamos. Lavábamos los trastes enjuagando con la misma agua jabonosa todos los demás y luego, esa agua se le echaba a las plantas del jardín. Rezábamos que a ninguno de nosotros nos diera diarrea.

Alguna vez se nos acabó el agua del tanque y recurrimos a la última reserva que teníamos en una pila. Había que cargar el agua en balde y subir varias gradas para llevarla a la casa. Esos días sin gota alguna de agua eran desesperantes, sobre todo porque no sabíamos cuándo volveríamos a tenerla. Cuando al fin escuchábamos caer el chorro dentro del tanque, entrábamos en una euforia acuática colectiva. Nos bañábamos como elefantes, salpicando agua en todo el cuarto de baño, lavábamos hasta lo que no estaba sucio, se trapeaba con manía obsesiva y volvíamos a nuestra cotidianidad de siempre.

La falta de agua y su ocasional aparición me ha hecho reacomodar las tareas domésticas en horarios anodinos. Si el agua cae, de pronto, en horas del día, dejo todo lo que estoy haciendo para lavar trastes pendientes, limpiar la cocina, regar las plantas. Muchas veces, me quedo hasta las 9 o 10 de la noche, haciendo tareas que normalmente haría en horas diurnas, pero no hay alternativa.

Para paliar un poco el asunto, salí a buscar un barril con tapa. Lo hice (sin intención, por casualidad), el 22 de marzo, Día Mundial del Agua. Mi búsqueda fue infructuosa, o mejor dicho, sólo encontré dos opciones a un precio que no puedo permitirme en estos momentos. Tendré que seguir llenando huacales y recipientes con agua, hasta juntar algunos centavos y hacer dicha compra.

Los habitantes de la colonia están en una suerte de conformidad. Sabemos el país en el que vivimos. Sabemos que hay estrés hídrico y que hay otros lugares donde el agua no llega a ninguna hora, ningún día, durante semanas e incluso meses. Tantos años después, por ejemplo, Los Planes de Renderos sigue con sus dramáticos problemas de abastecimiento de agua. Mi padre, que vivió en la misma casa hasta morir, me contaba que a veces pasaba hasta un mes sin una gota de agua.

He ido aceptando esta situación, aunque por dentro, una parte de mí se niega a hacerlo. Me digo que no se puede aceptar ni tolerar tanta deficiencia en un servicio que incide en toda actividad de la vida humana. A fin de cuentas, no es un favor el que nos hacen, no es una caridad. Es un servicio que se paga. Es un derecho humano. Resignarse no es opción. Pero nadie parece escuchar ni solucionar la carencia.

Sé que hay gente que la tiene mil veces peor. Comunidades que, en su desesperación, salen cada tanto tiempo a tomarse calles y hacer protestas que se suspenden, luego de negociaciones y acuerdos con autoridades de ANDA. Acuerdos que, nos damos cuenta luego, nunca prosperan.

Que esto sea un problema común en el país no justifica el desabastecimiento, que día a día empeora. Si a esto sumamos las noticias de concesiones de construcción en lugares que afectan la renovación de los recursos hídricos, más la voraz depredación del medio ambiente en el segundo país más deforestado de América Latina, el futuro que nos espera a nosotros, pero sobre todo a las nuevas generaciones, será todavía más complicado.

La última y nos vamos

La última columna del año siempre me era la más difícil de escribir. La gente anda con la atención en otra parte y no quiere saber de problemas ni de temas muy duros. Pero la de este año trae un doble nivel de dificultad. Es la última columna de un año en pandemia, y también la última columna de una revista que hoy cierra sus páginas.

Nunca me ha gustado repetir las frases comunes, frases repetidas infinidad de veces, por obligación o formalismo, que casi han perdido su sentido. En la temporada de fin de año, prefiero hacer notar que no todos son felices en esta época.

En un plano paralelo a las campanas, los brindis y la exaltación colectiva, hay miles de seres humanos para quienes estas fechas no significan nada especial, porque hay sufrimientos personales que no dan tregua. Al contrario, las obligatorias reuniones con familiares y amigos, mezcladas con el alcohol, la estupidez y los resentimientos, suelen provocar situaciones incómodas. A veces, terminan en lo peor. La violencia intrafamiliar, el abandono, la pobreza, la enfermedad, los corazones rotos y la soledad no saben de feriados ni de vacaciones. “La tristeza durará para siempre” como dijo Vincent Van Gogh.

Este año atípico modificará las tradicionales celebraciones y eso ya es lamentado por muchos. Algunos países europeos han impuesto nuevas restricciones durante las fiestas de fin de año, para intentar detener el incremento de contagios. Hay que prepararse de nuevo y protegerse como nunca.

El año 2020 es usado ahora como un basurero emocional donde la mayoría de la gente culpa al año de todo lo malo que le ha pasado. Buena parte de la humanidad se vio obligada a bajar la velocidad. Tantos otros se vieron con planes cancelados, relaciones rotas, desempleo súbito, o intentando adaptarse a nuevas formas de hacer las cosas, como trabajar o estudiar desde casa.

En marzo del 2020, cuando nos dimos cuenta de que la sombra de la muerte venía encima de nosotros en forma de un virus incontrolable, muchos pensaron o asumieron por primera vez su propia mortalidad y la de los seres queridos. Nunca nos preocupamos tanto por la salud, por cualquier minúsculo síntoma que sintiéramos en nuestros cuerpos. Hemos sabido del excepcional trabajo que ha realizado el personal de los hospitales del mundo. A pesar de ello, miles de seres humanos han muerto, en todas partes. Todos sabemos de algunos. Hubo momentos en este año en que escribía correos de condolencias uno detrás de otro. Lo que me recordó el año de 1995, en que murieron 8 allegados, entre amigos y conocidos. Ese año anduve de velorio en velorio.

En el comienzo de esta pandemia, en abril o mayo, muchos comenzaron a idealizar el futuro, deseando que la experiencia de la enfermedad nos hiciera reflexionar y que pudiera, por fin, convertirnos en una humanidad bondadosa. En el fondo todos sabemos que ese deseo de una humanidad fraternal es la gran utopía y que, por lo tanto, es un deseo irrealizable. Basta estudiar la historia universal para comprenderlo.

No puedo decir que he tenido un mal año, porque los he tenido infinitamente peores. El periodo del 2016 hasta buena parte del 2019 ha sido de los más duros que he vivido en toda mi vida, donde todo o casi todo en lo que creía se desmoronó de manera fulminante. Esos años sirvieron de fogueo para no desesperar durante este 2020, como le ocurrió a la mayoría. Para quienes venimos de donde asustan, ya hay muy pocas cosas que nos sorprenden o descolocan.

Desde hace un par de meses vengo pensando mucho en la película Melancolía (2011) de Lars Von Trier, parte de su trilogía sobre la depresión. Esta cinta cuenta la historia de dos hermanas cuya relación está marcada por la depresión de una de ellas. Justine está tan mal que debe ser hasta bañada y alimentada por alguien, tareas de cuido asumidas por su hermana Claire. Mientras esta situación tensiona todo el ambiente familiar, hay noticias de un planeta llamado Melancolía que se acerca a la Tierra y que amenaza con chocar contra el mundo. Cuando la humanidad se desquicia ante la perspectiva de su destrucción, es Justine, la persona más insospechada, quien mantiene serenidad y lucidez y quien otorga a quienes la rodean de la fortaleza necesaria para afrontar el momento.

 Cada quien ha sido puesto a prueba por las consecuencias de la pandemia. Para todos, fue un suceso inesperado. No a todos nos golpeó con la misma intensidad. Como suele pasar en los momentos de mayor aflicción común, hay quienes demuestran su nobleza, su generosidad, su fuerza interior, pero también hay otros que demuestran toda su bajeza, su mezquindad y su avaricia. Es lo que somos, contradicción perpetua, lo cual no es justificación para la aberrante conducta que han tenido muchos ante la emergencia.

He pensado también en la gente que hace poco más de un siglo sufrió la pandemia de gripe española. Hace algunos meses escribí sobre la falta de obra artística o literaria que muestre cómo se vivió aquel tiempo. Como dije en aquella columna, terminada la emergencia pareciera que la sociedad quería no sólo olvidar sino también borrar toda huella de aquel sufrimiento. La humanidad siempre cae en el error de olvidar, y por ello, la rueda de nuestra estupidez colectiva sigue girando hacia los mismos precipicios, de manera cíclica.

Termina el año, termina la revista y termina esta columna. Me quedan 100 palabras para despedirme. Pero no diré “adiós”, porque el oficio pervive. Estaré donde siempre me podrán encontrar: en mis libros.

Quiero dar un agradecimiento especial a Glenda Girón, mi editora de incontables años; y a Claudia Ramírez, Jefa de Información de La Prensa Gráfica, por su solidaridad, humanidad y profesionalismo. Ha sido un gusto.

Y para los lectores: Ha sido un honor y un privilegio escribir para ustedes. Mi más sincero agradecimiento.

Hasta la próxima.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 27 de diciembre, 2020. Foto de portada: “Print is Alive” por Bank Phrom en Unsplash).

Antes del adiós

Como ya se habrán enterado quienes suelen leer este espacio, la revista Séptimo Sentido cierra sus páginas. En consecuencia, también se cierra este espacio, “Gabinete Caligari”, que nació desde el inicio de la revista, en junio del 2008. Doce años y medio de columna terminan el próximo 27 de diciembre.

Se me agolpan las palabras y las ideas, pensando en todo lo que quisiera decir respecto a este final. En principio, lamento mucho el cierre de la revista, uno de los pocos espacios impresos que se dedicó a un periodismo más de fondo, con entrevistas y crónicas que tocaron temas imprescindibles de país y que, por lo general, no suelen encontrar el espacio necesario en páginas de otros medios impresos. No en vano, algunos reportajes publicados por la revista ganaron reconocimientos internacionales, como el reciente Premio de Periodismo en Profundidad, otorgado en el 2020 por la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) a la Excelencia Periodística. El premio fue concedido por la publicación de una serie de doce reportajes sobre el impacto de las desapariciones en El Salvador, un tema que sabemos es real, pero sobre el que pocos se atreven a investigar y hablar.

Aunque no era su enfoque principal, esta revista también procuró un espacio importante dedicado a la cultura, no sólo mediante sus entrevistas a innumerables escritores y artistas, sino también mediante la publicación de adelantos de publicaciones literarias y artículos de temas culturales, nacionales e internacionales. En un país donde lo cultural siempre se relega al último nivel de importancia o de prioridad, tanto en la agenda institucional como privada, la revista permitió darle visibilidad a una serie de propuestas, problemáticas y proyectos que, de otra manera, nos habrían pasado desapercibidos.

La variedad en el contenido de sus columnas, escritas por personas pertenecientes a diferentes rangos de oficios y edades, incluyendo a salvadoreños viviendo en el exterior, funcionó como un caleidoscopio desde el cual se opinó y reflexionó sobre diversos asuntos nacionales urgentes, así como otros temas de fondo. Columnistas como los escritores Sergio Ramírez (en los primeros años) y luego Manlio Argueta, colaboraron también a dar a conocer y a reflexionar sobre diferentes temas educativos, culturales, sociales y literarios.

En lo personal, la escritura de mi columna fue sobre todo, una gran escuela de aprendizaje, algo que no me canso de repetir cada vez que hablo sobre ella. La disciplina de la entrega de textos, la limitación del número de palabras para englobar un tema o una historia, la consciencia de la diversidad de los lectores a quienes se debe alcanzar con un mensaje y el superar los obstáculos personales del día a día para entregar la columna en tiempo y forma, son exigencias que para el escritor abonan a la disciplina requerida para la realización de su oficio literario.

Si la literatura de ficción permite el lujo de crear un texto a partir de nuestra imaginación y nuestra visión subjetiva del mundo, el género de la columna periodística obliga a pensar en el colectivo y en la resonancia que pueden tener nuestras palabras u opiniones en la realidad. Pienso que es la razón por la cual, en años recientes, la columna de opinión ha adquirido mayor relevancia en la discusión social. En un mundo donde prácticamente cualquier persona, usando las diversas plataformas de internet, puede manifestar su opinión sobre todo tópico, las columnas de periódico todavía son un indicador que resume y concentra las tendencias del pensamiento público sobre diversos aspectos del quehacer humano.

La columna de opinión es, seguramente, el ejercicio de escritura que cumple a cabalidad aquel axioma sobre el oficio de escribir, en el que lo escrito sólo cumple su función cuando es leído. Una columna sin lectores no tiene razón de ser, porque es producida para su lectura inmediata. Ésa es una de las mayores satisfacciones que me quedan de “Gabinete Caligari”: que ha tenido numerosos lectores, algo que me consta no sólo por los comentarios que me han compartido a través de las redes sociales, sino también en lugares públicos, cuando me han encontrado en algún evento o haciendo mis mandados domésticos.

Una de las constantes sorpresas de la columna era la reacción de los lectores. Hubo varias que pensé que no le iban a interesar a muchos y recibieron numerosos comentarios. Hubo otras que pensé tendrían mayor resonancia, pero a las cuales la reacción general fue mínima. Esto sirvió como un ejercicio de humildad y me enseñó que los lectores son impredecibles. También me enseñó que, cuando se habla de temas meramente humanos, tratarlos con honestidad es el mejor enfoque, aunque hacerlo deje al columnista con la sensación de desnudarse en público.

Saber que la columna era leída y que incluso (como me indicaron varios lectores) compraban el periódico del domingo para no perdérsela, es de los halagos más conmovedores que me han podido hacer. A lo largo de esta docena y pico de años, fue un indicativo para continuar escribiendo, aún en momentos donde los dolores personales eran tan abrumadores y oscuros, que parecía imposible extraer ideas coherentes desde el fondo de mis tribulaciones. Para ustedes, mis lectores (y qué lujo poder usar esas palabras), mi más profunda gratitud.

Esta parte es como ese momento en las películas en que vemos partir a algún querido personaje. Sabemos que se va para siempre, sabemos que implica un final. Quisiéramos que no ocurriera y que algún milagro de los que sólo pasan en las películas, hiciera que el personaje se quedara. Pero no ocurre.

Vemos a ese personaje alejarse, caminando. Es la certeza del final, es la certeza del adiós. Pero el personaje se detiene y voltea para ver hacia atrás. A pesar de la tristeza, de la incertidumbre, del dolor de la separación, el personaje logra sonreír. Voltea de nuevo hacia el camino y lo vemos perderse en el horizonte.

Sea esta penúltima columna el equivalente a esa sonrisa, antes de continuar andando por el siempre empedrado camino de la vida y la escritura.

(Publicada en revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 13 de diciembre 2020. Foto de portada de Free-Photos en Pixabay).

Voy a dormir

Es de noche y se avecina una tormenta. Una mujer de 46 años que está hospedada en una pensión de Mar de Plata, Argentina, sufre de dolores terribles. La morfina ya no ayuda más. Debilitada por el dolor, llama a la asistenta del lugar y dicta una carta para su hijo Alejandro, de 26 años: “… Suéñame, que me hace falta. Te escribo tan sólo para que veas que te quiero”.

En la madrugada del 25 de octubre de 1938, la mujer sale de su habitación. La tormenta ha comenzado. Quizás ya había escogido el lugar en días anteriores. Quizás nada más caminó y lo encontró. Lo cierto es que llegó hasta un espigón y desde allí se lanzó al mar.

En las primeras horas de la mañana, unos trabajadores ven flotar un cuerpo en la playa. Lo sacan del agua, lo llevan al hospital y reconocen a la muerta como la poeta Alfonsina Storni.

Tres años antes, en 1935, a Storni le fue detectado cáncer de mama. Los doctores la operaron y amputaron el seno derecho. Esto provocó un profundo trauma en ella. Sufrió depresiones. Se aisló de sus amistades. Comenzó una vida en solitario. Su estado de ánimo empeoró cuando poco tiempo después, se dio cuenta de que tenía metástasis y que no había cura posible. La morfina aliviaba sus dolores físicos, pero no los del espíritu.

Alfonsina Storni nació en Suiza, en mayo de 1892, durante un viaje familiar. Sus padres eran originarios de Lugano y tuvieron una época de prosperidad económica cuando migraron a Argentina, donde montaron una pequeña fábrica de cerveza. Pero los negocios de su padre Alfonso, se fueron abajo. Ella comenzó a trabajar a los 11 años, para ayudar con el sustento familiar. El padre sufrió fuertes depresiones y murió cuando Alfonsina tenía 14 años.

Storni dejó los estudios un tiempo, pero reingresó a la Escuela Normal en cuanto pudo, para sacar un título de maestra. Debido a su pobreza, debió trabajar como celadora de la Escuela, pero también se dedicó a otros oficios. Los fines de semana viajaba a Rosario a cantar en un tabladillo, un género similar al cabaret.

Ya graduada, se mudó a Rosario donde conoció a Carlos Arguimbau, un hombre casado, 24 años mayor que ella, figura prominente de la ciudad y muy culto. Cautivó a Alfonsina. Al saberse embarazada de él, ella decidió irse a Buenos Aires y asumir su destino de madre soltera.

Es 1912. Tiene poco dinero, está sola y carga una maleta llena con sus poemas y libros de Rubén Darío. Vive en una pensión. Su hijo nace en abril. Trabaja como cajera en una farmacia y luego en un almacén. También hace labores de modista. Más adelante trabaja en una empresa importadora de aceite de oliva, en un cargo llamado “corresponsal psicológico” y que equivaldría a lo que hoy conocemos como marketing y publicidad. Aborrece su trabajo, pero lo necesita para sobrevivir. En los momentos libres, en esa misma oficina, escribe un libro de versos llamado La inquietud del rosal, un libro que ella considera pésimo, pero que “escribí para no morir”.

El poemario es publicado. Recibe críticas tibias, pero también causa alboroto. No era común para la época que una mujer hablara de sus deseos amorosos. Por otra parte, Storni no ocultaba su condición de madre soltera, de lo cual habla con mucha fuerza en su poema “La Loba”.

A pesar de las polémicas en torno a sus escritos, logra entrar de a poco en el mundo de los escritores de Buenos Aires, hace amistades con varios autores, publica en diferentes revistas. Gana el respeto de algunos y la indiferencia o el recelo de otros. Ni Leopoldo Lugones ni Jorge Luis Borges opinan bien de Storni. No así el cuentista Horacio Quiroga. Todo lo contrario, Quiroga y Storni tendrían una amistad muy intensa, tanto que se rumoró que hubo una relación sentimental entre ambos. Pero cuando él se marchó a Misiones, en 1925, y le pidió irse con él, ella no accedió.

Ya para entonces, el público que leía los poemas de Storni había crecido. Se convierte en una poeta reconocida. La gente la detiene en la calle para expresar su admiración. Trabaja mucho, no solamente en sus diversos libros, artículos y presentaciones, sino también como profesora en diversas escuelas públicas dando clases de artes escénicas, castellano y matemática. Sufre un agotamiento físico y emocional para cuyo restablecimiento le son recomendados reposos anuales, con los que comienza sus visitas a Mar de Plata y Córdoba. Son reposos que duran menos de lo debido, puesto que no puede darse el lujo de descansar un solo día: debe trabajar para mantener a su hijo.

Su poesía evoluciona. La poesía amorosa que escribían las mujeres de la época y que eran llamadas “poetisas”, para calificarlas como escritoras de rango menor, se rompe con Storni. Su escritura se adentra a un estilo vanguardista y experimental, que trasciende la anécdota personal, para trabajar con evocaciones sensoriales. Así mismo, abandona la rima para cultivar un verso de ritmo personal, más suelto.

El 19 de febrero de 1937, el suicidio de Horacio Quiroga la conmociona. Quiroga había sido diagnosticado con cáncer y bebió un vaso de cianuro. Casi un año exacto después, el 18 de febrero, se suicida Leopoldo Lugones, gran amigo de Quiroga, utilizando un método similar: bebe un vaso de whisky con cianuro. Pocos meses antes del suicidio de Storni, la hija de Quiroga, Eglé, y por quien Alfonsina sentía un especial cariño, también se suicida.

Cinco días antes de su muerte, Storni envió al periódico La Nación un último poema “Voy a dormir”, escrito en aquel hospedaje de Mar de Plata: “Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. (…) Gracias. Ah, un encargo:/si él llama nuevamente por teléfono/le dices que no insista, que he salido…”.

El poema, equivalente a una nota de despedida, se publicó al día siguiente del entierro de Storni.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 29 de noviembre 2020. Foto de portada: Alfonsina Storni, via Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti).

Míster Eléctrico

En el otoño de 1932, un niño de 12 años llamado Ray Douglas Bradbury, regresaba junto con su familia del entierro de su tío favorito. Mientras el coche avanzaba, Ray miró hacia la orilla del Lago Michigan y distinguió las carpas del circo Dill Brothers Combined Shows, que había llegado a la ciudad la noche anterior. El niño urgió al padre que detuviera el coche. Éste se molestó ya que recién venían de un entierro, pero finalmente se detuvo y Ray Bradbury salió corriendo loma abajo hasta llegar al circo.

Lo primero que vio cuando llegó fue a un hombre al que llamaban Míster Eléctrico. Estaba sentado sobre una plataforma, en la entrada principal del lugar. En aquellos días, Ray estaba fascinado con la magia. De hecho, llegó a pensar que, “cuando fuera grande”, sería un mago profesional. Fue el pretexto ideal para acercarse a Míster Eléctrico: le pidió que le explicara cómo hacer un truco de magia.

Eléctrico complació la petición y le enseñó algún truco. Luego lo llevó a conocer a los otros artistas del circo: El hombre tatuado, la mujer más gorda del mundo, el hombre fortachón, los trapecistas, los enanos y el hombre esqueleto.

Aquella noche, Ray acudió al circo para ver el espectáculo. Esperaba con ansias el número de Míster Eléctrico. Cuando por fin salió, el sujeto se sentó en una silla eléctrica, con una espada en la mano y, al bajar una palanca, recibió una descarga de cincuenta mil voltios. Sus ojos se encendieron y el pelo de su cabeza se erizó en el aire. Luego, con la espada electrizada, tocó a las personas que estaban en la primera fila. Cuando reconoció a Ray, colocó la espada suavemente sobre su frente, la nariz y la barbilla, y le susurró: “Vive para siempre”.

La anécdota la contó el propio Bradbury en una entrevista concedida en el 2010, a la prestigiosa revista literaria The Paris Review. Mencionó esta historia como el evento determinante que lo hizo convertirse en escritor y olvidarse de la magia. “Sabía que había ocurrido algo importante para mí ese día, sentí que algo cambió. Mi vida dio un giro absoluto. A los pocos días comencé a escribir, y no he parado desde entonces”, comentó.

Ray Bradbury se convirtió en un escritor de renombre, autor de 27 novelas y más de 600 cuentos. Varios de los artistas que conoció aquel día en el circo, terminaron como personajes en sus historias. El hombre tatuado se convirtió en El Hombre Ilustrado, personaje y título de uno de sus más populares libros de cuentos.

Ray Bradbury nació el 22 de agosto de 1920, en Waukegan, Illinois, Estados Unidos. Su familia tuvo que mudarse un par de veces de estado, en busca de trabajo. Cuando no estaba en la escuela, podía encontrarse al joven metido en la biblioteca pública de la ciudad, leyendo libros de autores como H. G. Wells, Julio Verne, Edgar Allan Poe y Edgar Rice Burroughs, autor de las aventuras de Tarzán y de John Carter en el planeta Marte. Este planeta, y la posibilidad de su exploración y colonización, fue un tema que fascinó a Bradbury durante toda su vida. Por otro lado, su acceso a las bibliotecas públicas le hizo valorarlas como una institución esencial para la sociedad. Bradbury considera que fue en ellas donde se auto educó y que no hubiera podido escribir como lo hizo, si no hubiera tenido acceso a todos esos libros de manera gratuita.

En cuanto terminó sus estudios de secundaria, Bradbury comenzó a vender sus cuentos a diversas revistas populares. La mayoría de sus historias y novelas son de fantasía, horror, misterio y ciencia ficción, aunque Bradbury renegaba de esta última clasificación. Decía que sus libros eran, sobre todo, fantasía. Que así debía leerse Crónicas marcianas, por ejemplo, uno de sus libros más conocidos y que habla sobre la colonización humana de Marte.

La novela que le dio el reconocimiento internacional fue, sin duda, Farenheit 451, una historia escenificada en un futuro donde los libros son quemados y quienes los poseen son rebeldes que deben ser apresados y eliminados. Es una historia donde la lectura es un acto subversivo y donde la memorización de los libros (táctica a la que recurren los personajes para preservarlos) es una metáfora de esperanza, donde se deduce que lo único que puede salvar a nuestra humanidad es la literatura misma.

Se estima que sus libros han vendido más de ocho millones de copias alrededor del mundo, en los 36 idiomas a los que ha sido traducido. Bradbury también se dedicó al teatro y a escribir guiones de cine, siendo su trabajo más reconocido su adaptación de la novela Moby Dick de Herman Melville. Este guión fue filmado por John Huston y estrenado en 1956, con la actuación de Gregory Peck en el papel del capitán Ahab y una breve, pero contundente, aparición de Orson Wells, interpretando al padre Mapple.

Ray Bradbury murió el 5 de junio de 2012. Más de alguna vez, Bradbury externó su deseo de ser enterrado en el planeta Marte, imaginando que la humanidad llegaría allá antes de su muerte. Pero Bradbury fue enterrado aquí, en la Tierra, en el cementerio Westwood Village Memorial Park, en Los Ángeles. Su lápida, a petición de él mismo, dice solamente: “Ray Bradbury, autor de Farenheit 451”.

Aquel pequeño toque de electricidad en la espada con la que Míster Eléctrico tocó a un niño que quiso ser mago tuvo, sin duda, un efecto intenso. El susurro de “vive para siempre” se convirtió en toda una premonición para Bradbury, a quien todavía recordamos y a quien seguiremos leyendo durante muchos años más.

Este 2020 fue su centenario, así como lo fue también para Charles Bukowski, Boris Vian, Idea Vilariño, Mario Benedetti, Isaac Asimov, Frank Herbert, Mario Puzo, Clarice Lispector y Paul Celan. También fue el centenario del músico de jazz Charlie Parker y del cineasta italiano Federico Fellini, entre otros artistas.

Todo un puñado de estrellas, nacidas en un prodigioso 1920.

(Publicado domingo 15 de noviembre 2020, en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador. Foto propia).

Cultura salvadoreña aquí y allá

El mes pasado, el corto de ficción Vientos de octubre, fue estrenado como parte de la selección oficial del 9º. Evolution Mallorca International Film Festival (EMIFF)* de España. El corto, que dura poco más de ocho minutos, fue escrito por Maya Salomé y dirigido por Heinz Köbernik, ambos salvadoreños que viven en California desde hace cuatro años.

Me alegré mucho por este joven matrimonio al que tengo el gusto de conocer. Son dos personas con gran talento de quienes, estoy segura, seguiremos escuchando buenas noticias. Lo de su corto me dejó pensando en varias cosas.

La primera que se me vino a la mente es que el trabajo creativo de Maya y Heinz se está desarrollando en otro país, en un lugar donde encontraron un espacio que ha sabido canalizar sus inquietudes y ponerlos frente a los elementos y recursos necesarios para realizar su pasión por contar historias.

Esos elementos y recursos no los encontraron en este país, como no los encuentran tampoco miles de salvadoreños que cada año migran hacia el norte. Los motivos para esa migración interminable son múltiples y ya conocidos por todos. Quienes quedamos acá, lamentamos la violencia y las condiciones económicas que provocan estas migraciones. Pero muy poco o nunca se menciona la fuga de cerebros que forma parte de este interminable río migratorio. Ese flujo también está formado por jóvenes estudiantes o profesionales que deciden continuar formándose fuera del país y que, en el proceso, encuentran estímulos y posibilidades técnicas o financieras que acá ni existen.

Lo segundo que pensé es que hay una gran cantidad de salvadoreños realizando un valioso trabajo cultural fuera del país, del cual no nos enteramos acá. Son escasas las actividades que nos permiten conocer más de cómo vive y qué piensa nuestra comunidad de compatriotas en el extranjero. Es importante saber cómo se ve el país desde la distancia, desde la mirada de quien vive en una sociedad que a muchos les permite crecer y desarrollarse en condiciones que acá no lograrían jamás. Pero también es importante conocer la visión de país de quienes se identifican como salvadoreños, a pesar de haber nacido y vivido toda su vida en los Estados Unidos.

¿Cómo es visto y pensado el país desde la distancia? ¿Permite la nostalgia aceptar la realidad nacional con objetividad? ¿Se van borrando o transformando por la memoria los típicos símbolos nacionales? ¿Cuáles se distorsionan, cuáles se olvidan? ¿En qué conceptos reside su salvadoreñidad y cómo la viven en un país ajeno? ¿Se crean sincretismos entre los símbolos nacionales y extranjeros? ¿Puede mantenerse una identidad nacional basada en la nostalgia?

El resultado de estas y otras preguntas podría palparse a través de los productos culturales que están siendo creados en el extranjero. Es lamentable que no podamos tener mejor acceso, acá en El Salvador, a dichos productos. Películas, libros, música, pintura y otras manifestaciones culturales de personas que también son salvadoreñas pero cuyas producciones artísticas no circulan en el país, serían un valioso aporte para aminorar esa frontera invisible de los que están allá y los que estamos acá. Conocer estas manifestaciones nos ayudaría a comprender mejor su realidad, a reconocer también la nuestra y, ojalá, a producir diálogo e intercambios de diversa índole.

Este tipo de intercambio también ayudaría a reducir esa impresión de que los migrantes, cuyas remesas son un pilar fundamental para la economía nacional, son sobre todo proveedores económicos, cuando también están realizando otros aportes, intelectuales y artísticos, que acá pasan desapercibidos o que no son valorados como es debido.

No sólo es importante comprender por qué se va la gente; también es importante preguntarse por qué los que se van prefieren quedarse lejos, a pesar de la nostalgia y los sacrificios económicos o laborales a los que se enfrentan. También es importante conocer su relación con el país y cómo viven su identificación como salvadoreños.

Estas reflexiones se reforzaron después que supe de un par de proyectos más realizados por salvadoreños en los Estados Unidos: Salvadorian Writer’s Path, una organización fundada por Andrea Álvarez, Karen Vásquez O’Donnell y Alice Pérez, cuyo objetivo es conectar a escritores salvadoreños en el mundo y dar a conocer a diversos autores y su quehacer literario; y SalviSoul, una página web (y pronto libro) en el que Karla Vásquez documenta recetas de comida salvadoreña mediante entrevistas a mujeres que viven en los Estados Unidos, proyecto que se convierte no sólo en un rescate de nuestra cultura culinaria, sino también de historias familiares que han ayudado a Vásquez a comprender mejor su propio origen.

Otro trabajo de documentación importante que cabe destacar es el libro SalviYorkers, de la periodista y antropóloga salvadoreña Carmen Molina Tamacas, que documenta la historia de nuestros migrantes al estado de Nueva York, donde habita la segunda comunidad más populosa de salvadoreños en Estados Unidos. El libro fue finalista en la 22nd International Latino Book Awards de este año, donde ganó segundo lugar en el Premio Víctor Villaseñor para mejor libro de no ficción enfocado en latinos.  

Las mencionadas iniciativas permiten la posibilidad de hacer un rescate de memoria que trascienden lo anecdótico, lo académico o lo estadístico. Pensar, por ejemplo, en la preservación de nuestras recetas culinarias desde el país inventor del fast-food debe ser todo un reto. Pero la distancia permite valorar mejor las cosas, verlas con un ojo fresco. Ello permite reforzar también nuestros elementos culturales y recurrir al rescate de la oralidad y el testimonio, como maneras de reencontrarse consigo mismos en el imaginario del territorio de origen, aunque para muchos, ese territorio no sea el lugar donde viven. Quizás por eso mismo, las señas de identidad se valoran, se preservan y se buscan con más ahínco.

Como sociedad, tenemos pendiente esta tarea del diálogo y el intercambio con nuestros compatriotas en el exterior. Sin hablar y sin escucharnos, resultará difícil comprendernos como país e identificar cuáles son los símbolos que perviven, incluso en la distancia, y que nos identifican, aquí y allá, como salvadoreños.

(Publicado domingo 1 de noviembre de 2020, revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica de El Salvador. *Actualización: Al concluir el EMIFF, Vientos de Octubre fue ganadora de Mención Especial. Foto de portada: créditos iniciales del corto. Tomado del Instagram de Vientos de Octubre).

Domingos

Durante muchos años de mi vida, odié los días domingo. Me parecían días muertos, aburridos, sin sentido. La laxitud, el silencio, las obligaciones familiares, una pereza resultante del agotamiento acumulado de la semana y una abrumadora sensación de soledad, moldearon las más de las veces esos días en los que no sabía ni qué hacer.

Durante algún tiempo, intenté borrar el extraño sabor de los domingos probando diversas estrategias. Leía, escribía, escuchaba música. Eso me distraía del mal ánimo que me provocaba ese día, pero no del todo. Años después, durante un tiempo demasiado breve, los domingos fueron como una pequeña e íntima fiesta semanal que celebrábamos con Alguien, domingos en los que yo era terriblemente feliz.

Cuando era niña, los domingos familiares tenían rutinas bastante inalterables. Después del desayuno, mi padre iba a una finquita que teníamos cerca de Panchimalco. Muchas veces lo acompañaba, con tal de eludir la otra rutina casera. Ese día no se hacía limpieza, pero sí se cocinaba algo especial. Por lo general hacíamos una barbacoa. Era el almuerzo familiar de la semana. Todos sentados a la mesa. Luego la siesta de los adultos, mientras yo me quedaba en la sala, viendo las películas de Pedro Infante que pasaban en el canal 2.

Raras veces salíamos. Cuando lo hacíamos, casi siempre íbamos a la playa, a San Diego. Por lo inusual de nuestros paseos, dicho viaje adquiría dimensiones de ser un gran acontecimiento. La muy alemana de mi madre tenía toda la logística del paseo organizada con meticulosidad desde un par de días antes. Lista en mano, tenía prevista la comida, las horas de salida, el horario para levantarse, la ropa y los bolsos a llevar, con cumplimiento estricto para todo, so pena de una bofetada o por lo menos, de una buena gritada.

Mi padre manejaba siempre. Mi madre se ponía anteojos oscuros y se amarraba un pañuelo a la cabeza, como era la moda de entonces. El camino parecía largo. Todo estaba lleno de árboles. No había casas ni nada que ver más que la imagen del Cristo Negro, pocos minutos después de entrar en la carretera. Era mi indicativo mental de que el viaje apenas comenzaba. Más adelante, cuando veía los tanques de agua de ANDA, sabía que faltaba poco para terminar el viaje. Cuando llegábamos al cruce para San Diego, ya llevábamos todas las ventanillas del carro abiertas. Sentía el olor del mar, el golpe de la sal en mi rostro, el ruido de las olas, el calor pesado.

Por las tardes, al regresar, en ese mismo cruce, mi padre se detenía a comprar un par de pescados boca colorada que iban amarrados con una pita, de manera tal que se podían colgar en la antena del radio del carro, cerca de la puerta del conductor. Íbamos por la carretera y podíamos identificar a quienes también regresaban del mar, por lo pescados colgados de la antena.

No quería que el viaje de vuelta terminara nunca. Quería que pudiéramos pasar el resto de la vida en ese vehículo, sin llegar a ninguna parte, nada más manejando en silencio, viendo valles y cerros poblados de árboles, mientras caía la tarde y se modulaba la dureza de la luz del sol y las nubes se pintaban de colores. Yo iba con la piel picante por el exceso de sol. Los pies ásperos por el roce de la arena. Tenía la sensación de llevar el mar metido en el cuerpo. Esa burbuja de ensueño reventaba cuando pasábamos de nuevo frente al Cristo Negro. La ciudad estaba cerca. Volveríamos a nuestra odiada realidad.

Hace un par de años me reconcilié con los domingos y ahora es mi día más esperado. En algún momento caí en la cuenta de que pasaba semanas enteras trabajando, sin pausa alguna, error que solemos cometer quienes trabajamos por cuenta propia. A partir de entonces, me permito hacer lo que se me antoje, sin culpa alguna. Los horarios se rompen. Me levanto cuando termino de dormir. Por lo general, me paso el día en pijama o en la ropa más cómoda posible. Veo películas o leo sin parar. Paso horas mirando tonterías en internet. Como cuando siento hambre.

Pero por muy agradable que haya transcurrido el día, cuando se acerca la hora de la cena y comienza a oscurecer, me entra esa extraña sensación que producen los domingos, que sin duda es una de las mil variantes de la tristeza, esa certeza de que el día se acaba. Se me revuelve un poco el estómago al pensar en el lunes, en el regreso a la esclavitud, de tener que volver a una rutina de trabajo y a las obligaciones que nos alejan de las actividades que disfrutamos. Hasta me acuesto más temprano, como si el domingo estuviera reñido con el desvelo. Sé de mucha gente que odia este día.

Quizás lo que se odia del domingo es ese inevitable estado de ánimo, inducido por el cambio de velocidad y el quiebre de la rutina, por la obligación de estar en ciertas compañías o participar en actividades aburridas que preferiríamos no realizar. Quizás es un día en el que muchos palpan, con demasiada crudeza, el hueso de su soledad y piensan cosas angustiantes sobre el futuro, sobre las ausencias y sobre el sentido de todo. O quizás los domingos dejan al descubierto que hay mucho de nuestra vida que no nos gusta y que no sabemos cómo cambiar. Quizás, en el fondo, sí disfrutamos del domingo y lo que odiamos de él es que deba terminar.

 Me pregunto si es por ese momento, por esa angustia del final del día que el domingo resulta incómodo, porque trae implícita una micro dosis de nostalgia, la melancolía anticipada de nuestra mortalidad y la certeza de que la vida y el mundo continuarán sin nosotros.

Nada puede hacerse más que vivir el día, de la mejor manera posible, y tragar con humana resignación esa gota de miel agridulce que siempre destilan los domingos.

(Publicado domingo 18 de octubre de 2020, revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica de El Salvador. Foto de portada de @felipepelaquim en Unsplash).

No se culpe al lector

Hace algunos años, me tocó visitar una universidad en Tegucigalpa, Honduras, como parte de una gira de presentación de una de mis novelas. Al terminar el conversatorio, hubo un momento para firmar libros. Un estudiante me pidió autografiar una copia de Contra-corriente, mi segunda publicación. Lo firmé, pero había algo raro en el ejemplar, algo que no terminaba de detectar, por más que lo hojeara.

Se lo dije a la persona que me lo llevó, que me parecía una edición rara. Sin pena alguna, el estudiante me dijo que era un libro pirateado. Que debido a que mis libros son imposibles de encontrar en Honduras, habían conseguido un ejemplar y lo habían fotocopiado, haciéndolo parecer lo mejor posible a un original. La verdad fue que me conmovió. Pensar que había personas que querían, a toda costa, leer algo que yo hubiera escrito y que para ello se tomaran tanto trabajo, me parecía una forma de halago.

Recordé la anécdota cuando hace pocas semanas, resucitó la discusión sobre el pirateo de libros, gracias a un tweet hecho por la escritora mexicana Fernanda Melchor. Autora de la novela Temporada de huracanes (cuya lectura recomiendo), Melchor emitió un breve mensaje insultando a quienes compartían archivos en PDF de su obra. Hace cosa de un año, la escritora chilena Francisca Solar también emitió un tweet agresivo, haciendo alusión al pirateo de su obra, generando un largo y caldeado debate sobre el tema.

Cuando cada tanto tiempo sale a discusión, muchos autores insisten en que el pirateo de libros les afecta directamente, en el sentido de que es un libro menos que se vende y que, por lo tanto, no recibirá sus derechos de autor correspondientes. La preocupación es válida porque el pago de los mencionados derechos es una compensación económica que reconoce el trabajo intelectual del autor. Pero la realidad es que esa compensación es casi simbólica y su valor sólo se incrementa a medida que se venda mayor número de libros. Los derechos de autor son apenas un 10 % del precio de venta al público sobre cada libro vendido. En las matemáticas finales del mundo editorial, estos derechos no llegan a cubrir el tiempo de escritura que se dedicó a una obra, a menos que se tenga la suerte de convertirse en un bestseller. Aquí es donde cruzamos la frontera entre la realidad y la fantasía de ser escritor, entre las ambiciones y las posibilidades reales. ¿Se escribe para ganar dinero? ¿Se escribe para ser leído?

En realidad, el reclamo por la piratería debería dirigirse hacia otros sectores. Una persona que necesite leer un libro y no pueda encontrarlo disponible o carezca del dinero suficiente para comprarlo, hará lo que sea necesario para acceder al texto. Muchos de estos lectores son estudiantes universitarios, para quienes las fotocopias y copias digitales son imprescindibles y sin cuya existencia, casi cualquier carrera se torna impagable.

Vivimos en una región que, de por sí, no le da un espacio ni un valor adecuado a lo cultural. Lo vemos con el libro literario, por ejemplo, que no circula en los países de la región centroamericana. Los distribuidores no quieren arriesgar importar libros a países con bajo índice de compra de libros y hacen circular lo que consideran ventas seguras. Se le da prioridad a autores no centroamericanos, que representan super ventas internacionales.

La escasez de librerías, la situación económica nacional, los engorrosos trámites burocráticos para importar o exportar libros, tampoco nos convierten en un país atractivo para el mercado editorial. Hay cientos de títulos interesantes que jamás serán vendidos en nuestro país y que, de serlo, tendrían un costo elevado para quienes leemos. Viviendo en países con profundos índices de desigualdad social, está más que claro que alguien que quiera leer pero que no tenga los medios económicos para comprar libros, encontrará alguna alternativa para hacerlo, sobre todo si la lectura está relacionada a sus estudios.

Quienes somos lectores preferiremos siempre, sin duda, la lectura de una edición en papel. Apreciamos una buena portada, la tonalidad y el olor del papel usado, el cuidado de una buena edición. La lectura de libros pirateados no es sustitutiva de la experiencia de la lectura en papel. De hecho, leer PDF’s no es la experiencia más amable para el lector, a nivel visual.

Cuando nos gusta mucho un libro pirateado, es bastante seguro que lo terminaremos comprando en formato duro, como me pasó con Claus y Lucas. El libro es una edición con tres novelas cortas de Ágota Kristof, escritora húngara cuya obra conocí mediante un archivo Word. La primera de esas novelas, El gran cuaderno, me impactó tanto que quise tenerlo en impreso. Pero estaba agotado y así permaneció durante varios años, hasta que por fin la editorial Libros del Asteroide hizo esta compilación en 2019. La compré en cuanto pude, antes de que volviera a agotarse.

Todo esto no debe tomarse como un alegato a favor de la piratería de libros. Pero de nada sirve ignorar que la piratería es una realidad y que si existe, es porque hay una necesidad y una demanda no satisfechas. En vez de condenar a los lectores que leen textos pirateados, es más útil analizar los motivos de este tipo de consumo, para comprender la situación y encontrar alternativas que beneficien tanto a los lectores como a las editoriales y los escritores.

El mundo del cine y de la música tienen años de estar evolucionando sus modelos y creando plataformas alternativas para acceder a sus productos, como Spotify y Netflix. En el mundo del libro hay un par de servicios que prueban algo similar, donde los lectores pagan una mensualidad por tener acceso a cientos de títulos, recibiendo las editoriales y autores un porcentaje de dicha tarifa. Scribd y Bookmate son un par de ellas.

Que no se culpe al lector por piratear libros, si la sociedad y el sistema económico no le permiten mejor alternativa para acceder a ellos.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 4 de octubre, 2020. Foto de portada de Juraj Varga en Pixabay).

Otra forma de leer

Me encontraba picando verduras para preparar una sopa. Tenía puestos mis audífonos y estaba escuchando mi primer audiolibro. Mientras escuchaba, pensé que la experiencia era un equivalente a cuando alguien te lee o te cuenta una historia. Eso me llevó a preguntarme si escuchar un audiolibro podía considerarse una forma de lectura. A fin de cuentas, aunque el formato de acceso al texto escrito sea el oído y no los ojos, alguien te está leyendo un libro de principio a fin y, al terminar, te deja con pleno conocimiento de la obra.

Confieso que estuve negada durante años a escucharlos. Me parecía que la experiencia no sería tan satisfactoria como leer en papel o en formato digital. Pero haciendo cuentas de las horas que invierto en los oficios domésticos, pensé que dicho tiempo podía aprovecharse de manera más agradable. Podría escuchar música, y a veces lo hago. Podría escuchar podcasts, pero sigo buscando alguno que me guste tanto como para escucharlo a diario. Durante un tiempo intenté ver series con el celular. Pero por estar haciendo algo que requería moverme de la cocina o fijar mi atención en otra cosa, me perdía de escenas o detalles de los programas y casi que me limitaba a escucharlas. Ahí fue cuando se me ocurrió intentar con los audiolibros.

Para mi primera experiencia decidí escuchar Lágrimas en la lluvia de Rosa Montero, una novela que me llamaba la atención por ser de ciencia ficción y estar ambientada a 100 años en el futuro, en España. El personaje principal es una detective, una replicante de combate llamada Bruna Husky, que investiga un caso sobre falsas memorias implantadas en la población de replicantes, quienes conviven en la tierra junto con los humanos y seres de otros planetas. Me pareció irónico escuchar esa novela con audífonos inalámbricos, en un presente donde las pantallas son nuestra cotidianidad y donde la información de toda índole es manipulada de múltiples maneras para influenciar las decisiones y conductas de los seres humanos, tal como también pasa en la novela.

Para muchas personas, el audiolibro les permite mantenerse conectados con la lectura, aunque no sea de manera tradicional. Las personas ciegas, quienes sufren de dislexia, quienes pasan por cirugías de los ojos y las personas muy mayores encuentran en ello una opción válida para continuar “leyendo”. También es útil para quienes deben manejar durante horas o que sacrifican tiempo muerto en los embotellamientos, en cuyo caso los audiolibros sirven de compañía y como elemento para disminuir la tensión.

Un rápido sondeo que hice en Twitter me sirvió para darme cuenta de que el audiolibro es un tema que despierta muchas pasiones. Como en todo, hay gustos y opiniones diferentes, así como ventajas y desventajas propias del formato. Para algunos, no es lo mismo que leer y consideran que es una actividad para “gente haragana”. Para otros, el audiolibro es una solución de lectura cuando no se tiene el tiempo, el espacio o las condiciones necesarias para tomar un libro.

Hay quienes piensan que escucharlos mientras se hacen otras tareas los desconcentra, pero igual se puede desconcentrar mientras se lee con la mirada y la mente divaga en diversos asuntos. Para otras personas, el audiolibro tiene la limitación de no poderse marcar o subrayar fragmentos interesantes. Lo cual es cierto, aunque pienso que, si un libro te gustó lo suficiente, se puede buscar después la edición en papel, para ubicar y rescatar esos fragmentos importantes.

Un par de personas comentaron que no les gusta la pronunciación del español de quien lee. En lo personal, no me molestan los diversos acentos del español, algo a lo que también estamos expuestos cuando vemos películas mexicanas, argentinas o colombianas, por decir algo. Mientras se entienda lo que hablan, no veo problema con el acento, aunque supongo que en realidad lo que se extraña es poder imaginar las voces a su gusto, en sus cabezas. De hecho, ése fue uno de los motivos por los cuales no me animaba a escucharlos.

Un audiolibro es mucho más que una persona leyendo. Las grandes editoriales invierten en su producción equipo y trabajo profesional de primera. Quienes graban los libros tienen entrenamiento vocal o son actores radiales, que modulan las voces de otros personajes o que incorporan a otros actores para leer los diálogos en que intervienen, de manera que quien escucha pueda distinguir claramente a cada uno, sin confundirse. Lo único que hace falta para diferenciarlo de un teatro radial son los efectos de sonido y el hecho de que las obras para radio cuentan con un guión que adapta la obra literaria, pero que no necesariamente lee todas y cada una de las palabras del texto, como sí lo hace un audiolibro.

Al terminar de escuchar Lágrimas en la lluvia, hice un balance positivo de la experiencia, no sólo porque me gustó la obra, sino porque en pocos días había terminado de “leer” un libro completo, algo que seguramente me hubiera tomado más tiempo, de haberlo leído en papel o digital.

Muchas veces, nuestras labores cotidianas nos dejan agotados interiormente o nos obligan a leer muchas horas (en papel o en pantalla), de manera que ya tenemos la vista o la mente cansados cuando por fin tenemos un tiempito libre para leer los libros de nuestro interés personal. Aunque el formato es muy diferente, el proceso de análisis y de comprensión de la lectura es el mismo. De hecho, existen varios estudios que demuestran que al escuchar audiolibros o al leer visualmente, se activan las mismas redes neuronales en el cerebro, por lo cual la experiencia de escuchar el libro no debería de ser despreciada del todo.

Para quienes dicen que no leen porque nunca tienen tiempo, quizás les venga bien probar con audiolibros. No es la misma experiencia, pero por lo menos podrán acercarse a la literatura a través de las nuevas formas de leer que nos ofrece la tecnología.

Eso es mejor que no leer nada.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 20 de septiembre, 2020. Foto de portada de Konstantin Dyadyun en Unsplash).

Epifanías secretas

¿Cuál fue el libro que cambió su vida? Es una pregunta que se nos hace con frecuencia a los escritores, pero que también se hace entre lectores. ¿Qué significa exactamente eso de que un libro te cambie la vida? ¿Se dejó de creer en algo? ¿Se cambiaron hábitos de vida o maneras de hacer las cosas? ¿Se mudó de país? ¿Adoptó una nueva religión? ¿Puede un libro producir transformaciones profundas en una persona?

No sé si un libro me bastaría para hacer ese tipo de cambios. Sobre todo, no creo que ocurriría con novelas o cuentos, es decir, con libros de ficción. Quizás podría ocurrir con la lectura combinada de varios libros y con algunos hechos de la realidad que respalden las circunstancias del lector.

Pienso en libros como La Biblia, el libro más traducido y publicado en toda la historia. O en El capital de Karl Marx, otro libro con gran número de ediciones en todo idioma y con profunda incidencia en los sistemas económicos que la humanidad ha tratado de implementar. Más recientemente, los libros de auto ayuda y ciertos ensayos, pueden influenciar a los lectores que buscan algún tipo de orientación para comprender y mejorar aspectos de su realidad con los que se sienten insatisfechos. Es posible que encuentren en alguno de ellos información de fondo, sugerencias o análisis que les ayuden a superar alguna etapa negativa de sus vidas o el estímulo necesario para lanzarse a realizar proyectos nuevos.

Sin embargo, ¿es posible que la literatura de ficción nos haga cambiar? Me atrevo a decir que sí, aunque nos impulse a otro tipo de cambios, relacionados con el oficio de escribir y no con la sobrevivencia económica ni con el oficio de vivir. O quién sabe porque, a fin de cuentas, escribir es también una forma de asumir la vida. En mi caso, dos son los libros que marcaron ese tipo de cambios.

Ya he mencionado en más de alguna ocasión cómo me impactó la lectura de Heidi, novela de la escritora suiza Johanna Spyri. Tenía 6 o 7 años y aunque había muchos libros en casa, era la primera vez que me sentaba a leer uno de principio a fin. El libro me lo regaló mi tío, antes de aprender a leer. En el colegio no se nos hacía tanto énfasis en la comprensión de la lectura como en leer de corrido y en cumplir con las pausas de puntuación.

Leer Heidi me fascinó porque fue descubrir la lectura comprensiva. La emoción que me causó fue tan profunda que cuando lo terminé, cerré la contratapa y me quedé viendo la edición con una serie de pensamientos corriendo a mil. Entendí todo, cada frase, cada párrafo. Me identifiqué con el personaje central, algo que nunca pasaba con las lecturitas que nos daba sor Ardón en el colegio. Me pareció maravilloso que existieran ese tipo de historias y que hubiera personas que las escribieran. Pensé de inmediato que eso sería algo que me gustaría hacer a futuro, escribir historias. Fue toda una epifanía.

Heidi significó el descubrimiento de una vocación, del oficio al que le he dedicado mi vida. Pero también significó el inicio de mi obsesión con los libros y la lectura, porque a partir de entonces, comencé a leer el periódico, las revistas y los libros que había en casa. Cada vez que mi padre o mi tío me preguntaban que quería de regalo, lo único que pedía era libros. Muchas veces leí cosas que no comprendía a fondo, pero no importaba. Pedí un diccionario, aprendí palabras nuevas y pensaba que, cuando fuera grande, volvería a leer todas esas partes y libros que no entendía entonces.

Otro libro que marcó un tipo de cambio personal, aunque más como escritora que como otra cosa, fue la lectura de Ulises de James Joyce. Me empeñé en leerlo por su importancia dentro de la literatura moderna pero no fue una lectura fácil ni inmediata. Intenté 2 o 3 veces leerlo y me rendía a eso de las 50 páginas, dejándolo para después. Lo intenté una cuarta vez y, no sé por qué, en esa ocasión sí me atrapó y no pude soltarlo hasta concluir.

Al igual que con Heidi, recuerdo el momento en que terminé y cerré la contratapa. El primer pensamiento que tuve, después de una sensación abrumadora de asombro, fue la convicción de que es posible hacer de todo en literatura. Joyce había retratado un día en la vida de un personaje, Leopold Bloom, con sus ires y venires, sobre todo estudiando su fluir de pensamientos, un ejercicio que tienta a muchos escritores. La ambición de retratar la cotidianidad de un personaje, siguiéndolo en detalle, pero sobre todo reconstruyendo sus procesos mentales, es un reto al que nos atrevemos en pocas estrofas o páginas, pero no en un libro de 800 páginas.

Joyce utiliza la técnica del fluir de la conciencia para cumplir el cometido. Humor, reflexión, diálogos, monólogos y hasta una pieza teatral caben dentro del mundo de Ulises. Dicha variedad de recursos es lo que le otorga riqueza, pero también complejidad a la obra, desalentando a muchos a continuar con su lectura. En lo personal, Ulises me concedió el permiso de escribir mis textos de la manera en que se me ocurrieran, aun cuando a mí misma me pareciera que tenían un formato inusual.

No todos los libros nos tocan o afectan de la misma manera. La combinación del libro que leemos junto con el momento y el estado emocional que estamos viviendo, puede permitir que una lectura nos sacuda a fondo, marcando un antes y un después muy claro en nuestras vidas.

Ese es el enigma de los libros, que pueden parecer mensajes exclusivos, dirigidos a nuestra persona, como si existiera un vínculo misterioso con alguien que escribe solamente para nosotros y que nos envía un montón de epifanías secretas, escondidas en las páginas de un libro.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 23 de agosto de 2020. Foto de portada: mi edición de Ulises, en inglés, Dover Thrift Editions, 2018).