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Air view of a baobab tree, that looks dry.

Hablemos de los árboles

Hace poco leí un reportaje que me conmovió y me dejó pensando. En el bosque de Andombiry, zona de Morombe, ubicado en la isla de Madagascar, los habitantes de cuatro comunidades vecinas están preocupados por lo que parece ser la inminente muerte de uno de los baobab más grandes y antiguos de la isla.

Los vecinos lo bautizaron como “Tsitakakantsa”, que traducido del malgache significa algo así como “Si cantas en un lado del tronco, tu canto no puede oírse desde el otro lado”. Eso da una idea de lo enorme que es. Se calcula que este baobab en particular tiene entre 1.000 y 1.500 años, según pruebas de datación por radiocarbono.

Desde agosto del 2025, investigadores y naturalistas que estudian estos árboles, observaron que Tsitakakantsa filtraba una agua oscura y fétida desde su base. También tiene varias grietas en su corteza. Desde entonces hasta la fecha, ha caído la mitad del baobab lo que permitió detectar que en su interior hay moho, posiblemente nacido como resultado de una intensa y atípica temporada de lluvias en la región.

Para los miembros de las aldeas circundantes, lo que parece ser la muerte inminente de Tsitakakantsa es un evento triste, ya que estos árboles son lugares de ceremonias religiosas y representan el sustento para miles de personas que recolectan sus frutos. También dependen de los ingresos que genera el turismo en sus alrededores, ya que muchos viajeros visitan la zona exclusivamente para verlos.

Para quien no lo sepa, los baobabs son una especie de árboles muy peculiares. Son nativos de África, Australia y Madagascar. Estos árboles se caracterizan por ser longevos. Algunos ejemplares tienen edades estimadas en dos mil años. Sus troncos son esponjosos lo cual les permite almacenar agua para sobrevivir en la aridez de las zonas donde se encuentran. En temporadas de sequía, los pobladores de la zona pueden hacer cortes en su extenso tronco (que mide varios metros), y beber su agua.

Los baobabs también son el hogar de aves, mamíferos, insectos y murciélagos. Sus frutos son ricos en vitamina C, calcio y antioxidantes. Sus semillas proporcionan aceite. Sus hojas son comestibles y aportan proteínas. Su corteza sirve para fabricar cuerdas, papel y tejidos. También tiene propiedades medicinales ya que actúa como sudorífico, febrífugo y astringente, ayudando en el tratamiento de la fiebre y la disentería. Es, además, un sustituto para la quinina. Su capacidad de regeneración permite que su tronco pueda resistir cortes para obtener los beneficios mencionados, sin afectar al árbol. Por estas propiedades y características, se les conoce también como el “árbol de la vida”.

Para los malgaches, los baobabs representan longevidad, fuerza y sabiduría. Juegan un papel importante en la unión de las comunidades, que confluyen a su alrededor para celebrar sus reuniones y ritos ancestrales. Su importancia no es solamente ecológica, sino también cultural, social y económica, por lo que su extinción es motivo de preocupación. Para los pobladores que viven cerca, es como ver morir a un anciano miembro de su familia. Algunas personas conservan la esperanza de que el agonizante baobab sobreviva, debido a su capacidad auto regenerativa. Sin embargo, los habitantes del lugar están comenzando a despedirse de Tsitakakantsa y a buscar a un digno sucesor, es decir, al siguiente ejemplar más antiguo de la región.

Los investigadores que siguen de cerca este caso también han observado que en los últimos 10 años ha muerto una cantidad anormal de baobabs. Se descubrió que ocho de los 13 ejemplares más antiguos y cinco de los seis más grandes de Zimbabue, Namibia, Sudáfrica, Botsuana y Zambia habían muerto o perdido sus ramas más antiguas. Los naturalistas creen que es una consecuencia directa de los efectos del cambio climático, debido al aumento de las temperaturas y la disminución o exceso de lluvias, lo cual desequilibra el ecosistema que habitan.

Lo que me conmovió de esta historia fue la reacción de la gente. La tristeza por la pérdida de un árbol tan antiguo, cuya presencia es importante y el respeto que tienen al proceso natural de su muerte. Sin duda, las múltiples funciones y necesidades que son cubiertas por esta especie son bien valoradas debido a que el entorno en el que habitan es árido. La relación de los malgaches con la naturaleza se basa en la comprensión de sus ciclos y, sobre todo, en el respeto a los mismos. Saben demasiado bien que la muerte de uno de estos árboles implica la pérdida de todo un microsistema que deberá migrar hacia otros lugares o morir junto al baobab.

Mientras escribo esto, escucho el sonido de lo que puede ser un hacha o un machete golpeando algo con constancia. Sé demasiado bien lo que significa ese sonido, sobre todo cuando va alternado con el ruido de motosierras. Desde hace cosa de tres meses, se despaló una zona cercana a donde vivo para construir torres de apartamentos. Escuchaba ese sonido de golpes y motosierras que culminaba con el crujir de un tronco y el estrepitoso sonido de la caída de un árbol. Siempre me ha parecido que ese crujir es la forma en que los árboles gritan, la única manera que tienen de decirnos que les duele ese golpe, que ese líquido que sale de su corteza es su sangre y la vida que ampara a otras criaturas, insectos, aves, mamíferos. Ese crujir, ese doloroso grito vegetal nos dice que cuando un árbol cae, cae también todo un pequeño mundo al que nunca hemos dado importancia ni respeto.

También escribo esto, todavía con el corazón pesado por los árboles destruidos en la zona sur de El Espino, la noche del 27 de mayo pasado. Me pregunto cuántos animales murieron durante dicho operativo, que ocurrió de noche. Muchos de ellos habrán estado descansando y no tenían la visión nocturna necesaria como para moverse con agilidad y escapar a tiempo de los bulldozers y la maquinaria que arrasó con todo el lugar. ¿Cuántos nidos fueron destruidos, cuántos polluelos de ave o huevos perecieron? ¿Cuántos animales fueron aplastados, heridos o mutilados mientras intentaban huir o defenderse, sin comprender lo que estaba pasando con sus hogares? ¿Cuántos árboles cayeron para dejar al descubierto un pedazo de tierra sacrificada que se convertirá en una plasta estéril de concreto y acero?

Me pregunté también cómo podemos ver, sin culpa, a los ojos de nuestros compañeros animales, nuestros perros, gatos, pericos y demás que tenemos en casa. ¿Cómo ver sus ojos llenos de inocencia y confianza sin sentir culpa por la muerte de tantos otros animales y especies vegetales? ¿Cómo ver sus ojos y decirles que un vehículo atropelló a una venada preñada en Santa Elena y que murió allí, en el asfalto, en la jungla de cemento del humano mientras ella buscaba, desesperada y aturdida, cómo encontrar un hábitat de plantas y silencio para salvar a la cría que cargaba?

¿Por qué hay gente que sí siente tristeza por la muerte de un árbol y otros que se burlan y no sienten un ápice de culpa o vergüenza por matar animales, árboles y a otros humanos? ¿Qué, por qué, en qué vuelta del camino nos tornamos en seres tan crueles e insensibles?

(Publicada domingo 14 de junio, sección editorial de La Prensa Gráfica. Foto de Tsitakakantsa, tomada por Cyrille Cornu, uno de los investigadores franceses que estudia el caso de Tsitakakantsa. Tomada del reportaje de The New York Times).

Lo que nos hace humanos

En la última quincena de mayo, la IA fue la protagonista de numerosas noticias, varias de ellas relacionadas con el mundo cultural y del libro. Son eventos que nos confirman los pasos agigantados con los que la IA se nos está colando en el uso cotidiano, sin nosotros estar todavía listos para ello.

Durante el congreso Poznań Impact (uno de los más importantes eventos de negocios, cultura y tecnología de Europa, que se realiza de forma anual en Polonia), la Premio Nobel de Literatura de 2018 Olga Tokarczuk dijo haber usado la IA para la escritura de una nueva novela que aparecerá publicada este año en aquel país. Según Tokarczuk, la IA “expande horizontes” y “desarrolla el pensamiento creativo”, convirtiéndose en una herramienta de increíbles proporciones. Ella misma afirmó haberla usado “como la usa cualquier persona”, para hacer investigaciones relacionadas con su novela.

Sus declaraciones causaron mucho revuelo y dejaron una mala impresión en el mundo literario. Fue tal el revuelo que Tokarczuk se vio obligada a sacar un comunicado aclarando que no utilizaba la IA para escribir, sino solamente para investigar. Esto no sirvió para aplacar las dudas originadas por sus declaraciones iniciales.

Horas después se supo que la prestigiosa revista literaria Granta publicó en su página web el cuento “The Serpent in the Grove”, de Jamir Nazir, ganador del concurso 2026 Granta Commonwealth Short Story Prize. Numerosos lectores aseguraron que el texto estaba escrito por la IA, debido a su uso de frases sin sentido y a su mala calidad en general. El escritor negó haber usado la herramienta. Ni los organizadores del concurso ni los editores de la revista pudieron comprobar el origen dudoso del cuento. A pesar del escándalo, la historia sigue disponible para leerse en la web de la revista.

 Mientras escritores y lectores discutían estos eventos en diversas plataformas, James Daunt, el CEO de la cadena estadounidense de librerías Barnes & Noble, dijo que él no tendría ningún problema en vender libros escritos por la IA, siempre y cuando estuvieran claramente marcados como tales, y que hubiera una demanda del público por comprarlos. Las declaraciones las dio en el programa televisivo Today. Casi de inmediato, miles de clientes de la cadena llamaron al boicot, si eso llegaba a ocurrir.

Posterior a ello, se le dio nueva importancia a un artículo publicado por The Washington Post a finales de enero de este año, sobre una iniciativa llamada “Proyecto Panamá” de Anthropic (la empresa de IA, creadora de Claude). Dicho proyecto, según un documento interno de la empresa, consiste en escanear todos los libros del mundo para alimentar su chatbot y entrenarlo. Para ello, invirtieron decenas de millones de dólares en comprar libros, deshojarlos y escanearlos página por página, para luego ser destruidos. La información trascendió gracias a una demanda por derechos de autor impulsada contra Anthropic, por parte de un grupo de escritores y editores. Un juez permitió que se hicieran públicos algunos documentos del caso, pese a que la empresa prefería que todo continuara siendo un secreto.

Durante la misma semana en que toda esta información dominaba la discusión pública, Google anunció grandes cambios en varias de sus aplicaciones, siendo la principal que, al hacer una búsqueda, los resultados no serían una lista de enlaces (como solía ocurrir), sino un resumen producido por su IA. Mientras tanto, Meta despidió a 8.000 empleados cuyos puestos y funciones fueron sustituidos por la IA e implementó medidas para que las funciones de los que permanecen sean monitoreadas, con el fin de entrenar a la herramienta y que, eventualmente, ésta pueda ejecutar algunas o la totalidad de dichas funciones. Antes de que termine el año, se esperan por lo menos 7.000 despidos más.

Estos eventos ocurrieron en un margen muy corto de tiempo. Mientras muchas personas se preguntaban si seguir leyendo los libros de Tokarczuk o la revista Granta, si boicotear a Barnes & Noble o renegar por completo de los escritores que usan la IA para cualquier etapa de su trabajo, se perdían de vista consideraciones más profundas.

Es un hecho que las corporaciones tecnológicas han decidido imponernos el uso de la IA a toda costa. Pareciera que la estrategia es crear en los usuarios la ilusión de necesitar su uso, para luego obligarnos a pagar sus servicios. También han aprovechado esta etapa gratuita para que las diferentes y variadísimas consultas y peticiones del público sirvan como material de entrenamiento para los modelos de lenguaje.

En la medida en que el público se vuelca a utilizar dicha herramienta de forma masiva, le está dando validez a su supuesta utilidad. Por desgracia, la inmensa mayoría de programas y aplicaciones que usamos ya incluyen, o van agregando, funciones de IA. En algunas, como Google Search, su uso ya no es opcional y, aunque hay otros buscadores, la mayoría acepta y asume los cambios sin cuestionar nada.

Hay varias preguntas de fondo que deberíamos hacernos, tanto individual como colectivamente. En el mundo de la literatura y la cultura, habrá que discutir cómo vamos a relacionarnos con el material resultante de su uso. ¿Utilizar la IA para redactar una novela o un cuento será hacer trampa o no habrá problema siempre y cuando el escritor advierta, desde un inicio, su uso de la herramienta? ¿Cambiará nuestra definición de la literatura? ¿Disminuirá su calidad? ¿Ser escritor se convertirá en una tarea realizada con facilidad por el común de la gente? ¿Quienes escribimos “a puro cerebro” pasaremos a ser “piezas obsoletas” o tendrán nuestros escritos mayor valor? ¿Cómo impactará esto sobre la cadena de producción del libro y los derechos de autor?

Esa sumisión masiva al uso de la IA debería ponerse en pausa. Deberíamos tomarnos el tiempo para reflexionar y discutir, desde nuestros oficios, si nos resulta útil o necesaria. ¿Realmente necesitamos ver una foto suya y de su perro convertida en un dibujo al estilo del Estudio Ghibli? ¿De veras no es usted capaz de organizar la fiesta de cumpleaños de su hijo sin que lo haga la IA? ¿Se engañará a sí mismo pensando que merece una buena nota cuando fue la IA la que investigó y escribió su tarea escolar o universitaria?

También deberíamos de tomar en cuenta que cada petición o consulta, por trivial y rapidita que sea, tiene un precio ambiental atroz. Ese precio lo pagamos todos, en un planeta que está enfrentando graves problemas por el cambio climático y donde los recursos no renovables, como el agua potable y la generación de energía, están en tensión máxima.

La discusión sobre las consideraciones éticas y filosóficas que implican el uso de la IA y las intenciones detrás de su masificación es inaplazable. No es casual que el Papa León XIV haya dedicado su primera encíclica Magnifica Humanitas, lanzada el pasado 25 de mayo, a reflexionar sobre la IA y la urgente necesidad de dignificar al ser humano, su trabajo y sus talentos en la era tecnológica.

No se trata de tener miedo de la IA, pero sí de reflexionar sobre lo que estamos haciendo y de lo que queremos para nuestro futuro. Que lo que nos deslumbre no sea la novedad de la IA, sino la autenticidad y la creatividad de los procesos que nos hacen humanos.

(Publicada domingo 31 de mayo, 2026, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto propia del libro que tengo de Olga Tokarczuk).

Portada del libro El buen mal, donde se mira un conejo de dos cabezas que parece flotar en el aire.

Un sueldo para siempre

En el mundo cultural hay temas de discusión inagotables que se reactivan de manera cíclica. Esto ocurre porque son asuntos que no tienen respuestas universales ni definitivas. Separar al artista de su obra o si la cultura debe ser gratuita, son dos de esos debates eternos.

Este último implica hablar de dinero y artistas, dos componentes que parece sacrilegio mezclar. Hay gente que piensa que el arte, el verdadero y más elevado, el más noble y el más puro, no busca ni aspira a ningún tipo de recompensa económica. Es el arte que vale la pena, el que se hace por vocación, sin importar los sacrificios ni la dignidad propia. De ahí deviene la maldita frase aquella de hacer las cosas “por amor al arte”. Otro grupo de gente considera que hay un desequilibrio abismal entre el tiempo, el esfuerzo, los estudios, la experiencia y el material invertidos en la producción de una obra y las ganancias económicas que genera su comercialización.

Esta discusión se ha reactivado desde hace un par de meses a propósito de la primera edición del Premio Aena de Narrativa, que le fue otorgado a la escritora argentina Samanta Schweblin por su libro de cuentos El buen mal. La ganadora recibió una bolsa de un millón de euros y cada uno de los 4 finalistas recibió un premio de treinta mil euros.

A partir del anuncio de su existencia, el galardón estuvo rodeado de polémicas y dudas. Desde el hecho de que sea un premio convocado por la empresa que administra los aeropuertos y helipuertos de España, hasta el monto de la bolsa y la inversión general que supone toda la infraestructura y organización de un concurso de esta categoría, la convocatoria generó más resquemor que celebración. No es mi intención redundar aquí en esa discusión. Para quien tenga interés, recomiendo buscar y leer el artículo “Paletismo y despilfarro”, de Ignacio Echeverría, que analiza varios aspectos por los cuales este premio causó tanta incomodidad.

Lo que sí quiero tratar, aunque sea de manera breve (porque es un tema complejo y sé que no me alcanzará esta columna para abarcarlo), es el asunto del dinero y la remuneración de los escritores, a partir de un par de declaraciones de Schweblin. En la gala de premiación, cuando fue anunciada como ganadora, la autora dijo que el importe del premio era “un sueldo para siempre”, y que toda la vida había fantaseado con la idea de tener un sueldo fijo todos los meses.

Este tema del desequilibrio entre los tiempos creativos del escritor y la necesidad de una estabilidad económica para poder financiar la mera subsistencia era algo que a Schweblin le venía preocupando, a partir de su experiencia personal. Pocos días antes del fallo, se le hizo una entrevista en el periódico El País, donde mencionó lo difícil que le era escribir mientras vivía en Argentina, porque tenía que dedicarse a tres trabajos diferentes para garantizar su sobrevivencia económica, destinando el domingo a la escritura. A raíz de una beca, viajó a Berlín, Alemania, y decidió quedarse ya que pudo organizar su vida de manera que, aunque vive de manera austera pero digna, puede trabajar tres días a la semana y dedicar cuatro a la escritura.

La recepción del Premio Aena (del cual habrá que deducir todavía una buena tajada de impuestos), le permitirá a Schweblin estabilizar una base económica, a la que se sumarán los compromisos adicionales que un evento como este le garantizan. Bien por ella como escritora que ha logrado ese “sueldo para siempre” y bien por nosotros, sus lectores, que esperaremos sus nuevos libros con entusiasmo.

Ojalá que este premio también motive una discusión a profundidad sobre la situación económica de los escritores y la idealización absurda que se hace sobre su precarización. En la citada entrevista, Schweblin menciona que muchos escritores argentinos con talento dejan de escribir porque no encuentran una manera de balancear la eterna contradicción entre el trabajo remunerado y el tiempo de escritura. De seguro, esto ocurre con escritores de toda nacionalidad.

Guillermo Schavelzon, reconocido editor y agente literario, mantiene hoy en día un blog en el que, en más de una ocasión, ha tratado el espinoso tema de la remuneración que reciben los escritores. En un artículo publicado en febrero de este año, titulado “¿Y la literatura? Aquí sólo se habla de dinero”, Schavelzon dice: “Hablar de dinero parece vulgar, opuesto a la creación, como si cobrar por escribir contaminara la obra. Es una trampa. Víctor Hugo –escritor indiscutible– fue quien comenzó a plantear la necesidad de profesionalizar la escritura: defender el derecho del autor a vivir de su trabajo no es traicionar la literatura, es defenderla”.

En este, así como en varios artículos más, Schavelzon plantea la necesidad de la modernización del modelo de negocios de las editoriales. Como tantas actividades humanas, el entorno literario se ha visto modificado por los cambios tecnológicos. Sumado a esto, el papel del autor tiene hoy en día una serie de tareas añadidas que debe ejercer, de manera gratuita, le gusten o no, bajo la dudosa promesa de que eso contribuye a la venta de su libro. Aparte de sentarse en soledad durante años, sin remuneración alguna, a intentar escribir algo que pueda ser una obra decente, al escritor se le exigen diversos roles adicionales: desde ser su propio community manager, pasando por tener conocimientos jurídicos para saber negociar contratos literarios y ser, además, un genio de marketing de su libro, pero también, de su marca personal. Ya no basta con escribir una buena novela o libro de cuentos. Ahora hay que, además, saber venderse a sí mismo, según plantea Schavelzon.

A veces son los mismos escritores los que meten la zancadilla para evadir el tema, apelando al amor que sienten por la literatura y a la indignidad que sería escribir por dinero. Sin embargo, hay una inversión desproporcionada de tiempo y habilidades para crear una obra que, al ser publicada, se convierte en un objeto que tiene un valor de mercado. La desproporción entre el tiempo de creación no remunerado y las ganancias económicas de la venta de libros deja claro que el modelo no favorece al creador ni está basado en la meritocracia.

Quizás lo primero que debemos hacer para que esta discusión prospere es desechar la idealización de la precarización de los escritores, abandonar ese concepto romántico del escritor sufrido que no tiene para comer y que muere en la más infame pobreza, pero que es un genio y que ha sacrificado hasta su alma para compartirnos sus brillantes historias. Esa idea queda bien en las películas, pero no en la vida real, mucho menos a la hora de cumplir con los compromisos de la sobrevivencia personal o familiar.

Negarnos a esta discusión y seguir idealizando la idea del escritor paupérrimo, que lo da todo por su oficio, no equivale a degradar la literatura. Todo lo contrario. En la medida en que los escritores puedan tener un reconocimiento económico decente por la obra que producen (y de la cual viven muchas personas, ellos sí, en mejores condiciones que un autor), la literatura se enaltecerá y aumentará, sin duda, su valor y su calidad.

(Publicado en sección de opinión, La Prensa Gráfica, domingo 17 de mayo, 2026. Foto de la portada del libro El buen mal, de Samanta Schweblin, ganador del Primer Premio Aena de Narrativa).

A cup of coffee, on a desk with books and papers.

¿Estamos listos?

¿Estamos preparados, como humanidad, para enfrentar los retos que nos plantea el uso masivo de la inteligencia artificial? ¿Cuáles son nuestras carencias y expectativas al respecto? Si la IA es solamente una herramienta más a nuestra disposición, ¿por qué hay tantas voces que pregonan un futuro apocalíptico al aceptar la masificación de su uso?

En días recientes, el escritor mexicano Jorge Volpi publicó en el periódico El País un artículo de opinión titulado “Otra inteligencia”. En el mismo, Volpi sostiene que los grandes modelos de lenguaje (conocidos por su sigla en inglés como LLM) están concebidos a imagen y semejanza de nosotros, los humanos. El texto enlaza varios artículos y entrevistas que, por diversas razones, tienen posiciones algo fatalistas sobre el futuro uso de estas herramientas.

Fue por ese medio que leí una entrevista con el filósofo francés Éric Sadin, quien considera que la IA “apesta a muerte” y que debería ser prohibida porque “amenaza la creatividad, el talento y el intelecto”. También leí una entrevista con la estadounidense Emily Bender, profesora de lingüística computacional, quien considera problemático que estos modelos de lenguaje hablen en primera persona. Además, llama a los chatbots “loros estocásticos”, porque escogen las combinaciones de palabras según cálculos de probabilidades, lo cual no significa que entiendan lo que dicen.

También leí un texto de Cody Delistraty, articulista invitado de The New York Times, quien en septiembre del año pasado comentó la percepción generalizada del público sobre la IA como “algo mágico”. Terminé ese intensivo de lecturas con varios artículos sobre el caso de la novela Shy Girl (Chica tímida, traducción mía). Su autora, Mia Ballard, escribió la novela y la autopublicó en febrero de 2025. Poco a poco, el libro fue recibiendo atención favorable, tanto así que Hachette Book Group, uno de los grandes grupos editoriales de los Estados Unidos, la contrató y la lanzó en el Reino Unido. Algunas de las personas que la leyeron compartieron sus sospechas en Goodreads (la red social de lecturas) de que parecía escrita con IA. Max Spero, fundador de Pangram, un programa para detectar el uso de alguna LLM en libros, decidió evaluar la novela. El resultado indicó que el 78 % del texto estaba generado por alguna IA.

Shy Girl fue retirado de inmediato de librerías y se canceló su lanzamiento en los Estados Unidos. La autora negó haber usado alguna IA, pero dijo haber contratado a un conocido suyo para editar la versión autopublicada. Sería esa persona quien habría utilizado la IA al hacer las ediciones correspondientes.

Este caso dejó en evidencia que las editoriales no están preparadas (todavía) para este tipo de problemas. ¿Pero qué tan confiables son los programas de detección de uso de IA en los textos? Algunos lectores curiosos alimentaron dichos detectores con capítulos de novelas famosas y los resultados fueron tragicómicos.

El escritor español Jorge Carrión posteó en su cuenta de X (antes Twitter) la captura de una de estas herramientas que aseguraba que Cien años de soledad, la novela del colombiano Gabriel García Márquez, publicada originalmente en 1967, estaba 100 % escrita con IA. Hubo muchas bromas al respecto, pero también preocupaciones. Al escribir un artículo o someter cuentos, novelas o poemas a un detector de originalidad humana, ¿a quién vas a creerle: al escritor que jura que no usó ninguna IA para su creación o a la IA que “garantiza” que sí lo hiciste?

Menciono estos problemas relacionados con lo cultural y editorial, aunque el alcance y la expansión de la IA se extiende a diferentes áreas, como la educación, la política y los programas militares, entre otros.

En Dinamarca, por ejemplo, un colectivo de artistas fundó en el 2022 un partido político llamado Synthetic Party. Al frente estaba un chatbot llamado Leader Lars. Alimentaron su plataforma con propuestas políticas olvidadas e incumplidas desde el siglo pasado, hechas por partidos marginales daneses. Su propuesta sólo reunió 11 firmas de las 20.000 necesarias para participar en las elecciones.

En algunos países ya se considera la posibilidad de ceder parte de los servicios públicos para ser ejecutados por las IA. Cabe preguntarnos si algún día seremos gobernados por chatbots y las consecuencias que eso podría tener para nuestras sociedades: desde desempleo masivo, pasando por la deshumanización de la administración pública y la manipulación e influencia en las decisiones políticas de la ciudadanía.

En lo personal, trato de mantener la mente abierta a todas estas herramientas. Me informo, las pruebo y las incorporo (o no) a mi cotidianidad. En el caso de la IA, su funcionamiento no me impresiona. Me fastidia la insistencia de cada aplicación o programa de ofrecerme su uso como si fuera la panacea universal. Las pruebas que he hecho me han dejado insatisfecha. He perdido más que ganado tiempo en verificar información dudosa o haciendo cosas que puedo resolver por mi cuenta. La verdad es que evito usarla y que sigo escéptica a sus promesas.

La velocidad de los cambios tecnológicos que hemos vivido en las últimas décadas es tal que todavía no terminamos de asimilarlos. No hemos estudiado a fondo sus utilidades y las consecuencias, a mediano y largo plazo, que su imposición tiene en nuestras vidas, en particular, en la formación intelectual y psicológica de las nuevas generaciones. La mayoría de los países siguen sin desarrollar normativas legales que tienen que ver con los diferentes problemas que se originan, y seguirán originando, por el uso de estas herramientas. Tampoco hay suficientes discusiones sobre las normas éticas que deberíamos observar sobre el uso de la tecnología, las redes sociales y, ahora, la inteligencia artificial.

La incorporación de la IA implicará cambios profundos en la manera de realizar muchas labores. Hay que señalar también la huella ecológica y energética negativa que se produce con cada consulta o tarea solicitada. No sólo se trata del exceso de agua limpia necesaria para regular la temperatura de los servidores y la energía usada para mantenerlos funcionando día y noche, sino también de la tensión mundial por los materiales para la construcción de los chips y hardware que utilizan, así como del aumento de la temperatura local y global. Está confirmado que, en los alrededores de las instalaciones de estos servidores, la temperatura ambiente se incrementa en dos grados Celsius.

Es importante y urgente educar a la sociedad en cuanto al uso de las LLM para comprender que no se trata de artilugios mágicos ni de un robot que está a punto de cobrar conciencia humana. No son un ente que nos comprende ni siente simpatía alguna por nosotros. Es un modelo de lenguaje programado para contestar preguntas hurgando en la extensa base de datos de documentos públicos y privados disponibles en internet y comete errores que tenemos que estar listos a detectar.

Es difícil prever las consecuencias de su uso a mediano y largo plazo, sobre todo, insisto, en la formación de las nuevas generaciones. El entusiasmo masivo con el que están siendo absorbidas están creando nuevas dependencias y minimizando habilidades creativas y cognitivas.

¿Será que creemos, ingenuamente, que estas herramientas nos convertirán en mejores seres humanos si nos resignamos a su uso? ¿O es que ni siquiera nos importan ya dichas consecuencias?

(Publicado en La Prensa Gráfica, sección de opinión, domingo 3 de mayo de 2026. Foto propia de una esquina de mi escritorio).

El complejo entorno de los libros

Hace una semana, el periódico español El País publicó un amplio reportaje (escrito por Tommaso Koch) sobre algunos datos analizados en el último congreso de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL). El texto sólo se obtiene a través de suscripción, algo que me parece lamentable ya que su información es importante y debería ser accesible a un público más amplio. En todo caso, quiero compartir algunos de los datos que cita el artículo, porque son interesantes para pensar en el mundo del libro y su entorno.

El dato que causó mayor revuelo entre quienes lo comentaron fue que el 49.4 % de los títulos impresos disponibles en las librerías de España vende cero ejemplares en el transcurso de un año. Dentro de esta oferta se cuentan novelas, ensayos y cómics, incluidas las novedades, los de fondo editorial (como clásicos y reediciones) y autoediciones. También es de notar que al hablar de librerías el rango va desde las grandes cadenas hasta las independientes.

Esta cifra contrasta con la cantidad de títulos que venden más de un ejemplar y que se incrementa cada año. En el 2025, por ejemplo, se vendieron 76 millones de obras impresas, un 4 % más que en el 2024. Los lanzamientos anuales también van en aumento. Según el artículo, si hablamos estrictamente de obras literarias con enfoque comercial, hay un mínimo de 27 títulos nuevos al día. Muchos de estos libros tienen un paso brevísimo por las mesas de novedades. Esta permanencia se logra, sobre todo, si las publicaciones pertenecen a los grandes grupos editoriales. La visibilidad y la rotación de lo publicado por editoriales independientes es más trabajosa y efímera.

Aunque estos números hablan solamente de las librerías en España, surgen varias preguntas y elementos de reflexión. En nuestras latitudes, no podemos abstraernos de lo que pasa en el mundo español del libro debido a que en Latinoamérica consumimos muchas de sus publicaciones por la afinidad del lenguaje, pero también y precisamente, por la cantidad de producción y por la red de distribución de los grupos editoriales, que exportan o hacen impresiones locales de algunos títulos más exitosos, incluidas obras de autores latinoamericanos.

En Centroamérica, donde la producción editorial es muy limitada, es natural que los lectores tiendan a favorecer la compra de ediciones importadas, pese a que su precio suele ser más alto que los de impresión local. Aquí ocurre un fenómeno, ya que es común que un lector se queje por tener que pagar entre 10 a 15 dólares por libros de autores nacionales (calificándolos de caros), pero no tiene ningún impedimento en pagar más de 25 dólares por algo editado fuera de nuestra región.

Una de las preguntas que cabe hacerse es si hay lectores para tantos títulos. ¿Cuántos de todos esos millones de ejemplares vendidos anualmente son leídos? ¿Cuántos son comprados nada más que por abastecerse de la última novedad? Es un ejercicio común entre lectores comprar más de lo que se puede leer, justamente por la alta rotación de obras. Si no lo compramos el día que lo vimos, es posible que no volvamos a verlo nunca más. Esto es normal en países como el nuestro, donde las librerías son pocas y el suministro de novedades o libros de fondo es, también, limitado.

Algo en lo que me dejó pensando el artículo de El País es en la falta de información similar en el ámbito centroamericano. ¿Existe algún encuentro cuyo objetivo sea analizar el entorno de la venta, publicación y distribución del libro? Emprender una actividad semejante sería un ejercicio importante para comprender el movimiento comercial que tienen nuestras publicaciones, así como para formular propuestas y estrategias que mejoren e incentiven la producción y distribución de libros.

En un artículo titulado “La industria editorial MYPE que no vemos” (publicado en enero de este año por el escritor y editor salvadoreño Miguel Huezo Mixco en la página web paismype.com), el autor propone una serie de medidas que podrían ayudar a que la industria editorial local deje de ser tan invisible. Enfocar esta área desde el punto de vista de las micro y pequeñas empresas es razonable, debido a que las dimensiones de producción de las editoriales salvadoreñas (y centroamericanas) califican para ser consideradas como tales. Eso también las hace manejables y menos susceptibles de caer en la problemática española, donde la cantidad de publicaciones sobrepasa la capacidad de compra y lectura de los consumidores.

La más importante de las sugerencias de Huezo Mixco es la creación de un sistema nacional de información del libro, que registre la producción, ventas, empleo, tirajes, exportaciones y perfiles empresariales, ya que sin tener mediciones objetivas es difícil pensar en modernizar el sector.

Otra medida propuesta es la organización de servicios compartidos para MYPE editoriales (maquetación, diseño, ISBN, trámites y acompañamiento técnico) para lograr una reducción de costos. Así mismo, es necesaria la formación especializada para el sector y trabajar en la reducción de la brecha entre lo digital y la impresión en papel. Esto sería útil para superar las dificultades de cobro y envío, con plataformas de pago accesibles, logística integrada y tarifas razonables. También son necesarios estímulos para la digitalización de los catálogos editoriales e incentivar modelos de negocio que permitan que las obras producidas en nuestro país tengan la oportunidad de visibilizarse y competir a nivel global, según observa Huezo Mixco.

Más allá de este panorama, hay que tomar en cuenta elementos subjetivos que no son medibles. Para las grandes editoriales sigue siendo impredecible cuándo o por qué un libro se convierte en multi ventas o el motivo por el cual obras, por las que un sello apuesta en grande y tiene muchas expectativas, terminan teniendo un impacto discreto.

También habría que analizar el mundo de la auto publicación y los motivos por los cuales miles de personas aspiran a escribir y publicar. Quizás piensan que es una manera fácil de obtener ganancia económica inmediata. Suponen que, tomando el negocio en sus manos y eliminando intermediarios, lograrán no sólo mayores ventas y visibilidad, sino también la posibilidad de convertirse en uno de los contados ejemplos de autores que saltaron de las plataformas de auto publicación a tener contratos millonarios. La realidad es que hoy en día, pese a los números positivos en ventas que reportan las grandes editoriales, los adelantos y las apuestas por las “nuevas promesas” van en caída acelerada.

Como vemos, el mundo de la venta de libros no es sencillo. Hay editoriales que prefieren publicar textos de buena calidad, aunque lancen menos títulos de forma anual. Los grandes grupos publican un rango variado de calidad para satisfacer diferentes tipos de gustos, con tal de mantener o elevar sus niveles de ventas. Ventas elevadas “subsidian” (por decirlo de algún modo) las obras de menor impacto, que por lo general son escritas por autores con ambiciones más literarias.

Habrá que seguir analizando las variantes del siempre cambiante entorno de la venta de libros y los múltiples actores que involucra. Ojalá que eso permita, algún día, alcanzar un equilibrio que se traduzca en un renovado entusiasmo por los libros, pero, sobre todo, de redescubrimiento de la lectura para las nuevas generaciones.

(Publicado en La Prensa Gráfica, domingo 19 de abril, 2026. Foto propia).

Entre el cerebro y las manos

El 10 de enero de 1927 se estrenó en Alemania la película Metrópolis de Fritz Lang. En aquel entonces no tuvo mayor éxito comercial, recibió críticas mixtas y estuvo a punto de llevar a la quiebra a los estudios UFA, que la produjeron. Sin embargo, el correr de los años la han colocado como una de las películas fundamentales del expresionismo alemán y una de las grandes obras maestras del cine, en general.

Es interesante volver a examinarla en este 2026, ya que la trama de Metrópolis está ubicada justo en este año. ¿Se cumplieron las profecías de lo que fue, hace casi un siglo, una historia distópica? ¿Nos alcanzó el futuro o superamos los peligros que se nos advertían en su trama?

La historia transcurre en una ciudad donde sus habitantes están divididos en dos clases sociales antagónicas: los millonarios propietarios, que habitan la cumbre de grandiosos edificios, y los trabajadores, que viven en lo más profundo de la urbe. En medio de ellos surge María que, como en tantas historias de opresión, insta a los trabajadores a esperar la llegada de un “Mediador” que ayudará a mejorar sus condiciones de vida. Por otro lado, Fredersen (presidente y director de la megaciudad) solicita la ayuda de un científico llamado Rotwang para neutralizar el mensaje subversivo de María. Rotwang utilizará a la mujer para darle vida a un robot antropomórfico, que obedecerá cualquier orden que reciba.

Hay muchísimo que comentar sobre esta película: su innovación de técnicas en un tiempo donde no existían máquinas digitales ni efectos especiales; la utilización en su filmación de miles de extras, entre hombres, mujeres y niños; la versión final, que tuvo que pasar por algunos cortes, para reducirla a una longitud aceptada por las audiencias (aunque se dice que esos cortes buscaron, más bien, servir como censura para algunos planteamientos considerados de tendencia comunista y religiosa); la pérdida y destrucción de los negativos originales durante la Segunda Guerra Mundial y el descubrimiento, casi milagroso, en 2010, de una copia en Argentina, que conservaba parte del metraje recortado. Seguramente, a medida que se acerca el centenario, los lectores encontrarán múltiples análisis e información sobre esta película.

Pero Metrópolis fue, también, una historia visionaria. El guion, escrito por Fritz Lang y su esposa Thea von Harbou, incluía una serie de elementos que imaginaba objetos y circunstancias a futuro, como suelen hacer las distopías y narraciones de ciencia ficción. Uno de sus elementos más proféticos son las videollamadas, usadas por los personajes de la historia. Por otro lado, la construcción de robots humanoides y el desarrollo de la inteligencia artificial pueden encontrar un remoto antecesor en el robot de Rotwang y la implantación de María en su funcionamiento.

No solamente los detalles tecnológicos llaman la atención. Las imágenes de grandes masas de obreros entrando y saliendo de las fábricas, con el gesto cansado y cumpliendo horarios agotadores, sin posibilidad de un mejoramiento en sus condiciones de vida, reflejan en gran medida los actuales procesos laborales, en ciudades de arquitectura monumental, cuyo acceso y provecho está limitado para la estratósfera económica de los privilegiados.

Muchos de los planteamientos de Metrópolis sirvieron como punto de referencia para futuras obras del género, como Blade Runner, El quinto elemento, algunos videos musicales y el animé Metrópolis (2001) de Rintarô, en una adaptación libre escrita por Osamu Tezuka y Katsuhiro Ôtomo. No en vano, en 2001 la UNESCO incorporó a Metrópolis como parte de la “Memoria del Mundo”, tomando en cuenta, además, su profundo contenido humano y social.

Cien años después, su mensaje final continúa teniendo una vigencia que necesitamos recordar: “El mediador entre el cerebro y las manos, debe ser el corazón”.

Es imprescindible ver esta película, no sólo por su calidad y sus múltiples referencias de cultura general, sino también como una celebración de lo que el cine puede advertir y predecir sobre nuestro futuro como humanidad.

(Publicado domingo 5 de abril, 2026, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Fotograma de la película Metrópolis, con la imagen de su famoso robot).

Historias que faltan

Hace poco vi el documental Retratos fantasmas (2023) del director brasileño Kleber Mendoça Filho y mucho de su planteamiento me recordó a San Salvador. Dividido en tres partes, el documental nos lleva a conocer un poco de la ciudad de Recife, Brasil, de donde es originario el director y donde ha filmado la mayor parte de su trabajo cinematográfico.

La primera parte se centra en el apartamento y el vecindario donde transcurrió su infancia y adolescencia, un espacio que sufrió varias modificaciones y que, incluso, sirvió como escenario para las primeras películas filmadas por Mendoça. La segunda parte, la más larga y sustanciosa del documental, explora el centro de la ciudad y los diferentes edificios que albergaron salas de cine muy populares. Este recorrido nos lleva a conocer, además, los momentos de influencia cultural y social que tuvieron algunas películas entre los habitantes de Recife. El furor despertado por ver Tiburón (1975) de Steven Spielberg y Hair (1979) de Milos Forman son un par de ejemplos de ello. La tercera parte recorre el fenómeno de la transformación de varios cines en iglesias, algo que ocurrió en muchas ciudades de Latinoamérica, las nuestras incluidas, luego de la inauguración de cadenas trasnacionales de cine que abrieron salas más pequeñas en medio de centros comerciales, provistas con equipos técnicos que se adaptaron a los cambios en las formas de filmación y proyección de las películas.

El documental presenta metraje de archivo, fotografías antiguas e imágenes propias, material con el cual Mendoça compone una especie de diario personal, de memorial sobre la evolución de los lugares en su concepción y relación propia con el cine como oficio. Es impresionante ver la arquitectura original de la ciudad y sus salas, ahora por desgracia en decadencia y abandono, pero que en sus mejores tiempos constituyeron puntos de referencia para los recifeños. Muchos de estos lugares han sido derribados, fueron transformados en bodegas, en almacenes de artículos económicos o están abandonados a su suerte. Una de las salas de cine que lucha por continuar adelante es el Cinema São Luiz, que además es uno de los puntos visuales interesantes de la ciudad, ya que suele aparecer como imagen de fondo cuando la gente se toma fotos en un puente cercano.

Cualquiera que haya visto El agente secreto, la más reciente y multipremiada película de Mendoça, podrá encontrar en este documental un material de acompañamiento, que servirá para comprender el origen de algunos de sus escenarios y personajes. Ambas producciones son, sin duda, un gran homenaje al séptimo arte, a su influencia en nuestras vidas y a las personas que trabajaron en las salas de proyección.

El documental me hizo recordar y revivir la vida de los cines salvadoreños, sobre todo los de San Salvador. Pensé en las veces que fuimos al cine Apolo a ver las películas de James Bond; en el cine Caribe, cuyo edificio fue derribado para poner una sucursal de hamburguesas trasnacionales; en el Regis, derribado y convertido en supermercado; el cine Viéytez, con una arquitectura innovadora para la época; el cine Modelo donde vi El mago de Oz con mi tío Ricardo y que, años después, fue cerrado y convertido en bodega; el España, el Majestic, el Fausto, el México, el Avenida, el Libertad y muchas otras salas menores que fueron convertidas en salas de películas porno, iglesias, ferreterías y negocios que no tienen nada que ver con lo cinematográfico.

Viendo el documental de Mendoça se me ocurre que ésa es otra línea de memoria que nos falta documentar, la de nuestros cines, no sólo como lugares de entretenimiento sino como referentes de la evolución arquitectónica de la ciudad. También hace falta documentar la historia de los hombres y las mujeres que, desde la boletería hasta el cuarto de proyección, trabajaron para consolidar una de las mejores formas de distracción con la que contamos en el país.

(Publicado en La Prensa Gráfica, sección de opinión, domingo 22 de marzo, 2026. Foto: cartel del documental Retratos fantasmas).

Dejemos al menos flores

Me ha resultado difícil aterrizar un tema para esta columna, debido a los múltiples eventos que se desarrollan a lo largo y lo ancho de este mundo. Hay mucho que decir y, al mismo tiempo, todo es abrumador. Decir algo, cualquier palabra, parece inútil porque da la impresión de que nadie tiene la voluntad para detenerse a escuchar. Peor aún, hay momentos en que contenemos la respiración esperando consecuencias funestas para todos.

Las posibilidades de un conflicto mundial, donde se vuelvan a utilizar armas nucleares, es quizás uno de los grandes temores de la humanidad, una amenaza que, en cada nuevo ataque y discurso altisonante, comprendemos como un peligro real. Con ese contexto, es difícil continuar con nuestra vida cotidiana sin sentirla o pensarla como algo pequeño, algo inútil. Y, sin embargo, es allí donde buscamos una pizca de consuelo, en el abrazo de los nuestros. En la cotidianidad. Tomamos más consciencia de los pequeños detalles y nos preguntamos por nuestra mortalidad, por la fugacidad del mundo.

Por un lado, pareciera que lo que se impone es hablar y comentar sobre dichos eventos, como hace tanta gente. No hacerlo puede parecer evasión, ignorancia o indiferencia. Pero el hecho de no hablar o comentar sobre cierta situación no significa que no estemos al tanto de las cosas o que no nos importe el tema. A veces, simplemente, no se sabe qué decir o escribir.

Leí hace poco, en la revista española Cuadernos Hispanoamericanos, una entrevista con la escritora dominicana Rita Indiana. La publicación destacaba una frase de ella con la que me sentí plenamente identificada. El escritor Munir Hachemi le pregunta sobre la situación política actual, sobre todo en Estados Unidos. Indiana contesta: “Es un momento peligroso y vendrán cosas peores: también es un momento de impotencia que me hace cuestionar la práctica misma de la escritura, hasta qué punto esto no es una rumia superficial en medio de lo que está pasando”.

La frase me llamó la atención porque es algo que también vengo preguntándome. ¿Qué sentido tiene escribir narrativa en momentos difíciles para la humanidad? ¿Sirve para algo la escritura cuando los poderosos del mundo planifican ataques y realizan masacres con toda frialdad y premeditación? ¿Qué puede hacer la escritura de una persona ante otros que asesinan, lanzan balas y bombas sin compasión alguna por el dolor ajeno y que, además, justifican sus acciones destructivas? ¿Para qué escribir novelas, cuentos, poemas, crónicas, columnas si parece que nadie lee, que a nadie le interesa? ¿Para qué escribir si la palabra no mueve a la acción colectiva?

No son sólo los eventos bélicos mundiales los que ponen en duda la necesidad de que sigamos escribiendo. Desde la negativa del dueño de la IA Claude de firmar un contrato con el Pentágono, se ha generado una especie de simpatía masiva del público hacia dicha empresa. Esto ha provocado una mayor visibilidad de sus posibilidades de trabajo, ya que algunos han preferido dejar de usar ChatGPT en favor de Claude. Supongo que piensan que es “más ético”, no lo sé. Para mí ha sido sorprendente encontrarme a diario con entradas en redes sociales que dicen, literal: “El libro que has pospuesto escribir desde hace tres años puede ser terminado en 48 horas. Lo único que te detiene es no conocer estos 9 prompts para Claude”. Una variante promete que Claude no sólo escribirá tu libro, sino que lo diseñará y que lo dejará listo para ser impreso.

Estas promesas desconcertantes de poder escribir una novela en 48 horas con la asistencia de una IA se miran sustentadas con la sobre abundancia de auto publicaciones de libros creados de esta manera (Amazon está inundado de ellas), lo cual además se refuerza con la opinión de algunas personas que piensan que las IA llegarán a escribir mejor que los humanos y que los escritores ya no seremos necesarios. Un temor que, por cierto, se extiende hacia otros oficios, cuyos destinos se sienten frágiles si se comprueba que su labor puede reemplazarse por una IA que realiza la misma tarea en menor tiempo, a menor costo y con mayor ganancia económica.

¿Cuál es la utilidad de la palabra en momentos de tensión para la humanidad, la sociedad y el individuo? ¿Sobre qué se escribe cuando todo parece desmoronarse? Si soy sincera, no lo sé.

Tendemos a pensar que sólo hay una tarea posible, la de denunciar, protestar, informar; escribir sobre lo que ocurre; advertir sobre un futuro oscuro; recordar otros momentos de la historia donde eventos similares dejaron consecuencias devastadoras; hablar sobre el tema, discutirlo, gritarlo, protestar, dedicar todo el esfuerzo narrativo en ello. ¿Pero es efectivo? ¿Sirve para algo? Y, además, ¿cómo hacerlo? ¿Dará tiempo para escribir una novela sobre el tiempo actual, si no sabemos si sobreviviremos de aquí a un mes? Se pudo escribir poesía después de Auschwitz, sí, ¿pero la seguiremos escribiendo después de una nueva bomba atómica?

La literatura no salvará, ni ha salvado al mundo de la barbarie. Sin demeritar, quizás solamente salva a unos cuantos individuos. Quizás alguien, en algún refugio antibombas, burló su miedo con poemas o novelas, leyendo en voz alta para los demás. ¡Cuántos soldados salvaron una parte de su humanidad mientras garrapateaban letras apuradas en libretas y papeles en los campos de batalla! ¡Quiénes, cuántos, habrán salvado algún libro de entre los escombros de los bombardeos!

Puede que escribir encierre algún pequeño, mínimo sentido. Dejar de hacerlo, o limitarse a escribir sobre las tribulaciones del presente, es dejar que ese odio, esos rencores, esas mezquindades, esos fanatismos que mueven las guerras y los conflictos humanos, ganen la batalla. Dejar que nos quiten la capacidad de reír, de imaginar, de ser compasivos, de sentir alegría por un jardín que florece o por un gato que ronronea cuando lo acariciamos, eso es haberlo perdido todo.

Hay que seguir escribiendo, pintando, cantando, bailando. Hay que estar informados, saber lo que pasa en el mundo. Hay que seguir hablando de nuestro quehacer creativo, de lo que vemos y pensamos, de lo que esperamos a futuro, de lo que debería ser la vida de la humanidad. Porque eso, a fin de cuentas, alimenta la esperanza necesaria para confiar en que habrá un mañana mejor y seres humanos que sabrán vivir en forma armoniosa. Eso nos dará el impulso de continuar adelante, un día más, aunque todo parezca tan oscuro a nuestro alrededor.

Esta preocupación del quehacer individual, frente a tiempos de desgracia y, sobre todo, ante la consciencia de nuestra mortalidad, no es nueva ni única. Netzahualcóyotl, tlatoani de Texcoco en el México prehispánico, quien además era estratega militar, legislador, urbanista, ingeniero hidráulico, arquitecto, jurista, filósofo, mecenas de las artes y poeta, dejó unos versos que siempre recuerdo en momentos de desánimo, en momentos en que siento que la escritura es inútil: “¿Con qué he de irme? / ¿Nada dejaré en pos de mí sobre la tierra? / ¿Cómo ha de actuar mi corazón? / ¿Acaso en vano venimos a vivir, / a brotar sobre la tierra? / Dejemos al menos flores / Dejemos al menos cantos”.

Dejemos al menos flores, dejemos al menos cantos; dejemos al menos novelas, cuentos; dejemos algo de poesía en este mundo triste que tanto lo necesita.

(Publicado domingo 8 de marzo, 2026, sección de opinión de La Prensa Gráfica de El Salvador. Foto propia, tomada en el Jardín Botánico Plan de la Laguna, Antiguo Cuscatlán).

Teatro Nacional, Catedral y Banco Hipotecario, centro de San Salvador

Fuego y olvido

Siento que es obligatorio hablar sobre el reciente incendio en los edificios centenarios del centro de San Salvador. Hay muchas cosas que decir y, sin embargo, me cuesta todavía encontrar las palabras. Mi reacción inicial fue de mucha tristeza, impotencia y preocupación, no sólo por el futuro de la infraestructura histórica del centro, sino incluso por el futuro de sus habitantes.

Hemos sido testigos de numerosos incendios en la ciudad, desde hace años. No sé si me equivoco, pero creo que es la primera vez que, además de la destrucción, el siniestro se cobró la vida de cinco personas. Desde hace años, también, hay quienes opinan que estos incendios son provocados para poder desalojar terrenos con más rapidez y ocuparlos para reconstrucciones que nada tienen que ver con los edificios originales. La poca claridad y la falta de información pública sobre los resultados de las investigaciones pertinentes contribuyen a alimentar dichas sospechas.

Nos hemos mal acostumbrado a estos eventos y, con ello, caemos en la insensibilidad. Poca gente se sorprende ya cuando se da noticia de un incendio. Este último, ocurrido el 13 de febrero en la madrugada, ha quemado lugares emblemáticos de la 6ª. Avenida Sur, la 4ª. Avenida Sur y la 8ª. Calle Oriente. Para quienes conocemos y tenemos parte de nuestra vivencia personal estrechamente ligada al centro, ver las cenizas de la destrucción resulta profundamente triste y doloroso. También fue doloroso conocer las historias personales de quienes perecieron, gente trabajadora que vivía en la zona, como tantos cientos más de habitantes que no tienen otra alternativa.

A la tristeza sobre la tragedia humana se suma la de conocer algunos comentarios, totalmente insensibles y fuera de lugar. “Qué bueno que se quemaron ese montón de tablas viejas”. “Ahora tendremos edificios modernos”. “Eran lugares feos e inútiles, sucios, llenos de ratas y ladrones”. “Nunca iban al centro y ahora están lamentando”. “Ahí sólo había chupaderos, muy bien que ya no existan”, etc. Comentarios como estos nada más reflejan diversos grados de ignorancia y desprecio por su propia historia.

Quien piensa de esta manera no sabe que muchas de estas casas antiguas son lugares habitados y no están abandonadas o vacías. Muchas edificaciones, ante el abandono en el que han quedado estas estructuras, fueron reconvertidas en mesones y viviendas, cuyas habitaciones se alquilan por un valor mínimo. Las condiciones para habitarlas no son óptimas, todo lo contrario. Sin embargo, la precariedad obliga a algunas personas a aceptar vivir en dichos lugares, aún a riesgo de su salud, de su dignidad humana e, incluso como ocurrió ahora, de su seguridad personal. Esto pone de manifiesto, además, el grave problema de la falta de vivienda digna para sectores pobres y medios, problema que se agrava con la actual burbuja constructiva e inmobiliaria que ha inflado los precios de alquiler a niveles insostenibles.

Por otra parte, la pérdida de estos y otros inmuebles centenarios (muchos de ellos parte de nuestro patrimonio nacional), se convierte en un evento que amenaza con borrar nuestra historia. Son pocas las personas o instituciones en este país que se han dedicado al estudio, documentación, fotografía y recopilación de testimonios sobre estos inmuebles. Los escasos historiadores y académicos que tenemos no cuentan con las condiciones económicas ni materiales adecuadas para investigar y documentar toda la riqueza de dicho patrimonio.

No sólo es necesario documentar, sino también poner a disposición del conocimiento público dichas investigaciones, porque eso construye no solamente memoria, sino, sobre todo, un sentido de identidad, de orgullo nacional y de arraigo con el país y con nuestros ancestros. Quizás eso ayude a que las personas que opinan, casi diríase con alegría por ver esta destrucción, se den cuenta de que lo quemado no es nada más un montón de casas viejas e inservibles.

Estoy convencida de que ese mismo desconocimiento es el que nos ha hecho despreciar, olvidar y abandonar una ciudad que tuvo momentos de esplendor diverso. Quien tenga la curiosidad de buscar fotografías antiguas de San Salvador podrá comprobar la belleza y la variedad de los diferentes estilos arquitectónicos que ha tenido, así como las dinámicas comerciales y comunitarias pujantes que dieron vida al centro de la ciudad. Recomiendo, por ejemplo, el libro San Salvador: el esplendor de una ciudad 1880-1930, trabajo de Gustavo Herodier, publicado en 1997 por la Fundación María Escalón de Núñez y ASESUIZA.

Hemos pasado por la destrucción, derrumbe y descarte de piezas centenarias, históricas, de un valor único por su manufactura y antigüedad. Ése es nuestro patrimonio cultural. ¿Pero cuánto de ello nos queda? ¿Y qué herramientas técnicas y legales tenemos para protegerlo o para preservar su historia, dado el caso de una futura tragedia? En este sentido, hay un vacío en la documentación de la evolución, no solamente de la capital, sino también de las ciudades y pueblos del país. Esta tarea se plantea ahora como algo importante y urgente, debido a la gentrificación que están sufriendo muchos de nuestros espacios.

Un edificio quemado no es solamente maderas, hierros y láminas que se retuercen y carbonizan. Sus paredes y fachadas nos hablan también de sus habitantes y de las etapas diversas por las que atraviesa una ciudad. Cuando un edificio o parte de una urbe colapsa, sea por acontecimientos naturales, cortocircuitos o mano criminal, se pierde no solamente una infraestructura, sino también y, sobre todo, parte del tejido humano, de las costumbres y de la cultura de sus habitantes, eso que le da vida no sólo a un inmueble sino a sus alrededores.

Una casa como La Concordia, por ejemplo, una de las afectadas en el incendio del 13 de febrero, era sede desde 1872 de la Sociedad de Artesanos y Obreros, una asociación que albergaba a sastres, zapateros, carpinteros, tipógrafos y otros trabajadores manuales de oficios diversos. Su conformación tenía como objetivo “el mejoramiento de la condición moral y material de sus miembros y en general de la clase obrera; fomentando la instrucción de los artesanos, ejerciendo la beneficencia y cultivando la amistad (sic)”, según lo indica el artículo 2 de sus estatutos, publicados en el Diario Oficial el 29 de abril de 1884. Para ello, fundaron una biblioteca, una escuela nocturna y una caja de ahorros para sus miembros, además de participar en diversos festejos públicos.

Es necesario tener claro que las pérdidas que ocasiona un siniestro como este no son sólo materiales, sino que también hay pérdidas intangibles. Ambas son importantes y superan el mero valor material.

Las vulnerabilidades de diversas edificaciones del centro de San Salvador han sido señaladas desde hace años. Por desgracia, no ha habido interés, voluntad política ni gestiones diligentes de ningún gobierno para realizar tareas reales de restauración (las cuales no deben confundirse con la práctica actual de demolición y construcción de algo diferente).

Para quienes trabajamos en cultura, pervive una sensación de impotencia y de pesimismo que nos lleva a temer que eventos como este continuarán ocurriendo. Por ello es urgente conocer lo que todavía está en pie del centro auténtico, documentar, fotografiar, hablar con sus habitantes, crear registros y archivos de esa parte de la ciudad que aún permanece en pie y que lucha para no permitir que su historia quede convertida en carbón y olvido.

(Publicado en sección de opinión de La Prensa Gráfica, domingo 22 de febrero, 2026. Foto propia del centro de San Salvador, zona del Teatro Nacional, tomada en 2019).

Lidiando con la IA

Hace unos días, un amigo me envió una revista en PDF para que leyera un par de artículos. Lo primero que noté al abrirlo en línea fue una franja en la parte superior del visor que decía algo así como: “Este documento es muy largo, tiene 47 páginas. Si oprimes aquí, la IA te resumirá su contenido”.

No me había dado cuenta de la longitud de la revista, pero un documento de 47 páginas no me parece particularmente largo. Además, quería examinar el contenido completo y leer los artículos recomendados completos y por mi cuenta. Eliminé la advertencia que, por cierto, volvió a aparecer un par de veces más, insistiendo en ofrecerme un resumen de lo que estaba leyendo.

Pocos días antes, había actualizado el programa de Word en mi laptop. Cada vez que abría un documento, aparecía en la página en blanco un pequeño lápiz con un signo más. En cuanto escribía algo o ponía un punto y aparte, aparecía un globo ofreciéndome la IA para terminar de redactar el documento. “Si me explicas cuál es tu idea, la IA puede redactarlo en cuestión de segundos”. “La IA puede escribir esto de manera más breve y rápida”. La IA puede esto y la IA puede lo otro. Yo solo iba cerrando los mensajes, pero en un momento perdí la paciencia y escribí con letras mayúsculas (que es como gritar): “Soy escritora y no necesito tu ayuda para redactar un texto. Yo puedo pensar y escribir sola. No me molestés más”.

La IA, que suele ser muy cordial para contestar, quedó muda y no replicó. De inmediato me di a la tarea de averiguar cómo eliminar aquel lapicito impertinente y sus mensajes. Tardé un rato, pero lo encontré y deshabilité la función.

Esa experiencia me dejó pensando en lo fácil que es caer en la tentación de la IA. El tipo de textos que escribo (que son opiniones, ficción literaria y textos creativos), necesitan justamente de mi pensamiento y de mi uso particular del lenguaje para convertirlos en algo que pueda llamar mío. Con “mío” me refiero, sobre todo, a un escrito donde pueda reconocer e identificar el eco y el sentido de mis palabras, algo así como verme al espejo y ver mi imagen.

Alguna vez, picada por la curiosidad, le compartí una de mis columnas a la IA para que la revisara. Pensaba, sobre todo, en que detectara repetición de palabras, algo que a veces se me pasa por alto en la prisa de la escritura y la fecha de entrega de esta columna. Lo que la IA me devolvió fue una reescritura completa, un texto frío donde mi manera personal de redacción fue sustituida por oraciones limpias, asépticas y, sobre todo, por un lenguaje convencional y sin personalidad. Sin errores, ajá, pero sin nada que lo identificara como algo propio. Deseché dicha versión y descarté utilizar la IA para dicho propósito.

 En otra ocasión, pensando en que quizás esta vez sí podría ayudarme en algo, le pedí a la IA que me diera ejemplos de buenos comienzos y finales de cuentos en la literatura, a propósito de un taller literario en el que estaba trabajando. Para comenzar, cuando se le hacen preguntas literarias, parece que la IA sólo conoce a un puñado de escritores y, para cualquier y toda solicitud, siempre nombra a los mismos: Isabel Allende, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Charles Dickens y no recuerdo quiénes más.

Lo que me sugirió como buenos comienzos de literatura eran cuentos de dichos escritores. Me llamó la atención uno en particular. Decía que era un cuento de García Márquez llamado algo así como “El almuerzo del día sábado”, pero el párrafo correspondiente que citaba era el inicio de su novela Crónica de una muerte anunciada.

Hice notar a la IA dicho error y, como suele hacer, envió una respuesta cordial y llena de halagos: “Tienes razón, el párrafo pertenece a lo que tú dices. Veo que eres una persona que conoce mucho de literatura, te agradezco la observación, tomaré nota para mis archivos”, etc., etc. Por cierto, el título del supuesto cuento también estaba equivocado pues no existe. Cuando pedí ejemplos de buenos finales, volvió a cometer el mismo fallo: repitió el título que le había rectificado y citó un final que correspondía a algún cuento no identificado.

Detecté esos errores porque conozco las obras y autores con los que la IA amalgamó aquella respuesta. Pero, para quienes no hayan leído los autores y títulos mencionados o, peor aún, para quienes no se toman el trabajo de verificar la información que la IA ofrece, este tipo de resultados tienen numerosas implicaciones.

Ya he comentado en artículos anteriores los problemas que el uso ciego de la IA puede ocasionar. Para mí, la preocupación principal es esa aceptación incuestionable de sus resultados. Hay que tomar en cuenta que los diferentes modelos de IA todavía están en fase de desarrollo. Pese a que su evolución progresa a pasos agigantados, todavía comete errores.

Por desgracia, la imposición de su uso, que se expande y se hace presente en casi cualquier programa o aplicación que usamos, está ocurriendo a una velocidad tal que a duras penas nos permite debatir o analizar a profundidad las ventajas y desventajas de su uso. Su fácil acceso puede parecer inofensivo, pero debemos tener cuidado de no considerarlo un sustituto para el aprendizaje ni un atajo para realizar tareas desagradables o para las cuales no somos muy hábiles, como redactar textos, por ejemplo.

Si una persona sabe que tiene limitantes para redactar, encargarle la tarea a una IA no solucionará el problema y sólo funcionará como un parche para disfrazar una habilidad que no se tiene. Leer y redactar, borrar y corregir, quitar y aumentar palabras es lo que verdaderamente nos enseña a construir lenguaje y a transmitir nuestro pensamiento. Irónicamente, si no sé cómo solicitarle a la IA lo que necesito (porque no sé convertir mis pensamientos en palabras y oraciones claras y precisas), ¿cómo será el producto resultante que nos entregue una IA?

La fascinación por los resultados y la rapidez que plantea el uso de la IA debe ir acompañado de un constante proceso educativo y de reflexión, a todo nivel. ¿Para qué queremos utilizar la IA? ¿Para quiénes tiene mayor utilidad? ¿Es una herramienta necesaria para todos los ámbitos de la actividad humana? ¿Cuáles son sus ventajas y desventajas a corto, mediano y largo plazo, en particular en las nuevas generaciones que crecerán y se formarán con su uso? ¿La consideramos una herramienta, un facilitador o un sustituto de nuestros procesos de pensamiento, de lenguaje y de creación de imágenes? ¿Los resultados de la IA en la solución de problemas o tareas compensan el altísimo costo ambiental que acarrea su utilización?

Resulta inevitable la integración de la IA a nuestras vidas. Pelear contra ella o negarse a conocerla sería inútil y absurdo. Lo que sí podemos hacer de manera consciente es evitar convertirnos en dependientes automatizados de las tecnologías modernas y aprender a utilizarlas como apoyo para nuestro propio desarrollo, porque de nada nos servirá tener máquinas y herramientas perfectas si con ello sólo estamos creando humanos más tontos.

(Publicado domingo 8 de febrero, 2026, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Toma de pantalla, mostrando la insistencia por el uso de la IA).

Repensar la fotografía

A inicios de este año comencé a leer un libro llamado El uso de la foto, escrito por Annie Ernaux (Premio Nobel de Literatura 2022) y Marc Marie (escritor y periodista francés). El libro fue publicado por la editorial Gallimard, de París, en 2005. Su traducción a nuestro idioma apareció en 2018, en la editorial española Cabaret Voltaire.

La premisa del libro me pareció sugerente. En la introducción, Ernaux cuenta que, desde el comienzo de su relación afectiva con Marc Marie, le llamó la atención ver los restos de comida o la ropa tirada en el suelo, a la mañana siguiente de sus encuentros. A ella le parecieron pequeños paisajes, una especie de naturalezas muertas que le daba tristeza deshacer. Esos montones de ropa, los trastes, la manera en que la luz iluminaba la habitación, todo parecía contar una pequeña historia. Se le ocurrió empezar a fotografiarlos para que quedara un registro de aquellos escenarios. Marie estuvo de acuerdo.

Ernaux tomó algunas de las fotos, pero debido a su poca experiencia, él hizo la mayoría. Para las tomas usaron cámaras Samsung, Minolta y Olympus, todas de rollo. Luego hicieron una selección y cada uno escribió un texto que describe no sólo la escena de la ropa o los muebles sino, sobre todo, la “escena emocional”, las evocaciones y reflexiones a partir de esas imágenes.

Así se conforma este libro que incluye catorce fotos con los mencionados textos, una especie de diario íntimo compartido, de encuentros, mañanas del día siguiente y otros recuerdos, entre ellos, el del cáncer de seno por el que atravesaba Ernaux justo al inicio de su relación con Marie.

La propuesta literaria de Ernaux es interesante, sobre todo por el tratamiento de episodios de su vida que, más allá del retrato personal, apelan a la memoria colectiva con la cual nos podemos identificar. En este libro, el uso y la inclusión de las fotos es un elemento visual que se incorpora a la narrativa literaria y que provoca reflexión, no sólo sobre el contenido de las imágenes y la prosa sino, también, sobre las múltiples posibilidades que ofrece la fotografía como herramienta.

Hoy en día, prácticamente cualquier persona tiene acceso a una cámara, gracias a los teléfonos celulares. Gran parte de nuestra comunicación cotidiana se desarrolla a través de imágenes, de fotos que tomamos y que quieren mostrar algo: un momento de nuestras vidas, personas, algo curioso, cosas que vemos y que queremos atrapar para luego poderlo compartir. Tener siempre una cámara a mano también se ha convertido en una herramienta de denuncia y de información ciudadana, para bien o para mal. Lo cierto es que las fotos mueven mucho de nuestra interacción a través de redes sociales. Tomarlas de manera cotidiana, sin pensarlo, de forma automática, es quizás una acción que deberíamos realizar de manera un poco más consciente.

Antes de la masificación del teléfono celular, la fotografía era un arte, un oficio o un hobby, algo ejecutado en ocasiones puntuales. Algunos dirán que era una afición privilegiada ya que se necesitaba de cámaras y otro equipo, así como de servicios especializados para el revelado. Todo eso implicaba una inversión económica. Además, los rollos tenían tomas contadas y no se podía o no se quería desperdiciar ninguna foto que saliera desenfocada o con encuadres no dignos de conservar. Se pensaba bien la imagen antes de apretar el disparador.

La aparición de las cámaras digitales y las incluidas en los celulares, ha moderado esa tensión. Es decir, no hay que preocuparse por desperdiciar rollo. Eso mismo ha provocado que las posibilidades de la fotografía se diluyan, porque a la facilidad del almacenamiento digital se agrega la reacción condicionada del “me gusta”. Pareciera que hoy en día se toman fotos más para complacer a propios y extraños, que para transmitir algo que se quiere decir a nivel personal.

Pensemos en esos álbumes que están en casa de nuestros mayores, amarillándose y guardando polvo. Ahí, en medio de esas fotos impresas que el tiempo va decolorando y dañando, hay información que trasciende al grupo familiar. Cómo se celebraban las bodas, los bautizos, los cumpleaños, las graduaciones; la evolución de la ropa y de los peinados; los rincones de nuestras ciudades y pueblos que se han transformado o que han desaparecido; los espacios naturales, como playas y montañas, con su belleza original, antes de que fueran depredados por el comercio y el turismo; las comidas y bebidas que se servían en los eventos sociales; las excursiones de colegio o las fiestas de pueblo, etc.

Nunca falta quien se burla de esos álbumes, que se consideren aburridos porque no son “estetic” o instagrameables. Pero en dichas imágenes hay cúmulos de información que, aunque pertenecen al ámbito privado, nutren y forman parte de la vivencia colectiva de un tiempo y de un lugar.

Además de su función documental, de capturar el tiempo y las costumbres de sus habitantes, habría que pensar en la fotografía como una herramienta que nos obliga a estar más presentes. Fuera de la foto casual, la pensada para exhibirse, está la que se toma con intención de contar una historia, de mostrar, de transmitir algo que nos llama la atención, que consideramos curioso o urgente de registrar. Lo grotesco, lo contrastante, lo no armónico, las texturas y las formas caprichosas que sugieren la luz y las sombras, también es parte de una representación de la realidad. Tampoco hay que subestimar su función lúdica, la capacidad de captar el humor, el ridículo y el sinsentido a través de imágenes casuales o premeditadas.

La fotografía entrena nuestro ojo y nos enseña a ver los objetos y lugares de maneras que no hicimos antes. Lo cotidiano, lo obviado por la rutina nos descubre pequeños cuadros, detalles, la estética de la subvalorada cotidianidad de los objetos y espacios privados, como lo hace el libro de Ernaux.

Quien toma una foto también tiene intención de contar, de mostrar. En ese sentido, siento que la fotografía tiene relación con la escritura, aunque las manifestaciones expresivas de ambas utilicen lenguajes diferentes. La imagen también puede contar historias y también necesita de otra persona, del observador, para completar esa narración, así como una novela o un cuento, construidas con palabras, necesitan de un lector para completar su círculo creativo.

El ojo de quien mira quiere compartir algo que bien puede explicarse en palabras, pero cuya reproducción nunca será tan exacta como la lograda mediante una imagen. Si leyéramos el libro de Ernaux sin las fotos, ¿visualizaríamos las mismas escenas y objetos? Posiblemente no.

El fácil acceso a las cámaras obliga a una revalorización de la fotografía, en particular ahora que estamos ante la inevitable masificación de la inteligencia artificial, en que cualquiera será capaz de producir imágenes, no como resultado de su observación o roce con la realidad, sino por saber definir un comando generativo que producirá una imagen que canibaliza el archivo fotográfico de la humanidad.

Sería interesante detenernos a reflexionar sobre lo que fotografiamos, por qué lo hacemos y las funciones varias que ejerce la imagen. Porque la fotografía no sólo es una herramienta de comunicación moderna, sino también una técnica personal para atrapar el tiempo, construir memoria y documentar nuestras vidas.

(Publicada domingo 25 de enero, 2026, sección de opinión La Prensa Gráfica. Foto de Annie Ernaux y Marc Marie, incluida en el libro).

Caminata por la paz

El 2 de enero de este año vi una foto que me llamó la atención: un perro caminando al frente de una fila de monjes budistas. De inmediato busqué información al respecto y descubrí la historia de una iniciativa llamada “Caminata por la Paz” (Walk for Peace, en inglés).

El pasado mes de octubre, un grupo de monjes budistas salieron del centro Vipassana Bhavana de la ciudad de Fort Worth, Texas, hacia la ciudad de Washington, D.C. El recorrido, de poco más de 3.700 kilómetros, concluirá en el mes de febrero y es parte de una serie de caminatas que se desarrollan, desde hace diez años, en varios lugares del mundo.

La primera fue la llamada Ruta Asiática. Los monjes caminaron entre el 2016 y el 2019, de Tailandia hasta Turquía, cruzando siete países, en un recorrido de casi trece mil kilómetros. Mientras los monjes cruzaban la India, notaron que un perro callejero los seguía. Desaparecía en algunos tramos, pero luego volvía a aparecer, como si conociera atajos para adelantárseles. También notaron algo particular: una mancha blanca en forma de corazón en la frente del animal.

Un día, el perro fue golpeado por un vehículo y estuvo al borde de la muerte. Para los monjes, esa fue la señal para adoptarlo. Desde entonces, el perro los acompaña. Fue bautizado como Aloka, que significa “luz” en la lengua india Pali.

Los monjes han realizado varias caminatas. Anduvieron de Turquía a Francia, cruzando diez países, en el 2020. En el 2019, comenzaron a hacerlas en Estados Unidos, recorriendo la famosa Ruta 66, de California a Nueva York. Realizaron una de Melbourne Beach a Clearwater Beach, en Florida y otra, de Key West a las Cataratas del Niágara, en Nueva York, en el 2024-2025.

 Los caminantes llevan consigo lo apenas indispensable. Comen una vez al día y duermen debajo de los árboles o en acomodaciones sencillas. Algunos realizan el recorrido sin zapatos o con calcetas gruesas. Caminan en silencio, meditando. Los hay de varias edades y un par de ellos deben ayudarse con bastones.

Un incidente ocurrido en Houston, Texas, puso en peligro la continuidad de la marcha. Durante su paso por la ciudad, dos de los monjes participantes fueron golpeados en un accidente de tránsito. A uno de ellos se le tuvo que amputar una pierna. Después de algunos días de pausa para acompañar la recuperación de los accidentados, los demás decidieron que debían continuar.

Aloka camina con ellos, incansable. A veces los monjes lo quieren ayudar, colocándolo en un vehículo, para que no se agote, pero el perro comienza a aullar y a ladrar desesperado porque quiere andar con ellos. La determinación del perro es un estímulo para que el grupo continúe adelante.

La iniciativa cuenta con redes sociales donde la gente puede conocer el mapa de su trayecto y su posición actual. Cuando llegan a una población, hay gente esperándolos, ofreciéndoles agua, flores y alimentos. En los lugares donde pernoctan, se realizan reuniones donde se hacen oraciones y meditaciones. En dichas sesiones, el Venerable Bhikku Pannakara, líder del grupo, aclara que la caminata no es una forma de protesta y que su objetivo es “despertar la paz que ya existe dentro de cada uno de nosotros”. En el comunicado de prensa que anunció esta iniciativa, también se subraya que “la paz no es un destino. Es una práctica”.

 Uno de los momentos más emotivos del trayecto fue cuando los monjes cruzaron el puente Edmund Pettus, en la ciudad de Selma, Alabama. En dicho lugar, en marzo de 1965, 600 afroamericanos que protestaban pacíficamente por el derecho al voto de las personas negras fueron atacados con bastones y gases lacrimógenos por la policía local. La inclusión de este puente en la ruta reitera que el impacto de la lucha por los derechos civiles continúa vivo en la memoria colectiva sesenta años después de aquel evento, que llegó a ser conocido como “Domingo Sangriento”.

La Caminata por la Paz es una acción excepcional. Cuando los monjes salen de sus monasterios a realizar una manifestación pública de esta magnitud, es una señal de alarma moral que trasciende cualquier religión o inclinación política, ya que sólo se realiza en momentos de gran conmoción social.

En los años 90, el monje Maha Ghosananda, de la orden Theravada de Camboya, caminó a través de zonas de conflicto y caminos minados, organizando la caminata anual Dhammayietra, que significa “peregrinaje de la verdad”. Era una manera de hacer conciencia en las pequeñas poblaciones donde todavía regía el miedo, luego del genocidio perpetrado por el Khmer Rouge. Su lema era “la paz se construye paso a paso”.

En los años 60 y 70, el maestro Zen vietnamita Thich Nhat Hanh organizó caminatas silenciosas, con el objetivo de romper los ciclos de odio y polarización causados por la guerra de Vietnam. Consideraba el caminar como una forma de meditación. Su lema: “Camina como si estuvieras besando la tierra con tus pies”.

Los monjes budistas japoneses de la orden Mipponzan Myohoji han realizado caminatas desde los años 50, tocando tambores y cantando mantras a favor del desarme nuclear y de la no violencia. Dicha iniciativa surgió luego de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki.

Me siento en la obligación de mencionar también al monje budista vietnamita Thích Quảng Đức, aunque su acción no consistió en caminar. Quảng Đức se inmoló en un concurrido cruce de calles en la ciudad de Saigón, el 11 de junio de 1963. Fue su manera de protestar contra la persecución que sufrían los monjes budistas por parte del entonces dictador Ngô Đình Diệm. Su sacrificio fue respaldado por los monjes de su congregación, quienes estuvieron presentes durante la auto inmolación. Las fotografías de dicho evento, tomadas por el periodista Malcolm Browne, son ampliamente conocidas.

Para algunas personas, este tipo de acciones podrán parecer gestos simbólicos que no promueven cambios profundos ni solucionan conflicto alguno. Diecinueve monjes budistas y un perro que caminan por los Estados Unidos no van a cambiar a la humanidad ni van a lograr la paz mundial, dirán los burlones. Hay que comprender que no se trata de eso. Los problemas no pueden solucionarse con una acción o una palabra, ni mucho menos con esos discursos absolutistas y grandilocuentes que aseguran ser “el más grande, el mejor, el único” de todo el mundo y sus alrededores.

Pensar y hablar de paz, reflexionar sobre lo que ello significa para nuestras vidas y nuestros pueblos, es algo vital en estos tiempos que auguran más conflictos, donde los límites jurídicos y morales ya no son respetados. La paz no es solamente ausencia de conflicto. También es compasión y responsabilidad compartida, un proceso que se construye día a día, con acciones, palabras y decisiones conscientes que nos llevan hacia ese propósito.

En la madrugada del día siguiente en que leí sobre estas caminatas, vi las fotos de Caracas siendo atacada por los Estados Unidos, una acción que nos hace recordar guerras y doctrinas políticas que, ingenuamente, creíamos superadas. “El cielo encapotado anuncia tempestad”, cantaban los soldados liberales venezolanos en 1859, antes de ir a la batalla.

Pensé en los monjes, en su gesto silencioso, en Aloka acompañándolos. Y deseé que esos sacrificios de silencio y meditación tengan la fuerza para realizar el milagro de la paz que tanto nos urge en el mundo.

(Publicada domingo 11 de enero, 2026, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto: Aloka y el grupo de monjes de la Caminata por la Paz. Tomada de su Facebook oficial).