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Envejecer con dignidad

Ya es costumbre: cuando alguna actriz o personalidad aparece en público con visibles cambios faciales resultantes de algún tratamiento estético, los opinadores se lanzan a condenar su nuevo aspecto. Para muchos, todo se resume en un comentario: “hay que envejecer con dignidad”.

Esa frase siempre me queda dando vueltas por todas las implicaciones que encierra. Se utiliza sobre todo al criticar a las mujeres, aunque también hay hombres que se hacen tratamientos. La reacción aplica también al ver a gente de cierta edad vestir con ropa colorida, bailando en alguna fiesta o anunciando una nueva relación afectiva con una persona que tiene menos años. “Están en crisis por la edad”, concluyen los opinadores.

Parece que pocos se dan cuenta de que, al decir que alguien debe envejecer con dignidad, están cayendo justo en el mismo juego: la crítica basada en el aspecto físico de los demás, en lo que una persona haga o deje de hacer en referencia a su cuerpo, su rostro, su pelo, su vestimenta, su actitud y sus decisiones afectivas. Es, precisamente, por ese escrutinio permanente sobre el aspecto físico que muchas personas (e, insisto, sobre todo las mujeres), creen que es imperativo hacerse algunos “arreglos” en su apariencia.

El caso es que tenemos un problema bastante complejo en referencia a nuestra relación con las personas mayores. Es algo de lo que nos cuesta hablar y que no solemos abordar con objetividad. Hay una actitud generalizada en el sentido de que, alcanzada cierta edad, se espera que las personas desaparezcan discretamente por la puerta del fondo, se oculten sin hacer ruido, se invisibilicen y esperen con paciencia su muerte. Esto se traduce en un cruel desplazamiento social.

Fijémonos en las ofertas de empleo: hasta hace unos 10 o 15 años, la edad máxima para muchos puestos era de 40 años. Hoy en día es de 35. La realidad económica de muchas personas en edad de retiro es que no tienen pensión ni ahorros suficientes para sobrevivir sus últimos años. Esto les obliga a buscar trabajo. La verdad es que muchos tendremos que trabajar hasta morir. Otro problema es que nadie quiere contratar a una persona mayor de 50 años. Si alguien lo hace, se ofrece un salario menor a la experiencia de la persona. Se parte del prejuicio de que los mayores “no aprenden, no comprenden, no saben” en referencia a las dinámicas modernas del mundo tecnológico y laboral.

Con la llegada de los años, gran parte de la población mayor ve seriamente afectada su situación económica. La tendencia es que se disminuyen sus ingresos y con ello, su calidad de vida. En muchos casos, se ven obligados a depender de otros. También entra en juego el factor salud y las dinámicas familiares, todo lo cual es una lotería. Nadie puede predecir cómo reaccionará su organismo al pasar de los años ni cómo será tratado por sus parientes inmediatos, si será amparado por ellos o si será abandonado y enviado a un asilo porque nadie quiere (o puede) hacerse cargo de ayudarle en su vejez.

Desde ese punto de vista, la idea del envejecimiento con dignidad se estrella contra una pared que nada tiene que ver con el bótox, la cirugía estética, el tinte de cabello, el maquillaje ni la ropa, por lo menos no para la mayoría.

En mi opinión, envejecer con dignidad sería tener garantizada una vivienda estable y digna; poder vivir en un país donde el Estado tenga programas para atender a la población mayor, incluyendo profesionales en salud geriátrica, albergues para ancianos sin familia, una pensión universal que equivalga (por lo menos) al salario mínimo y espacios públicos que faciliten su movilidad y su socialización, con actividades que les estimulen mental y físicamente. Envejecer con dignidad sería tener un sistema de transporte público, centros culturales y mercados donde puedan seguir siendo independientes, proveer para sus necesidades y determinar sus horarios y sus actividades según sus gustos e intereses.

 Envejecer con dignidad debería ser, sobre todo, una ambición colectiva, una construcción social donde el respeto a los mayores sea una parte de la idiosincrasia local, del carácter nacional de un país. Y ojo, no me refiero estrictamente al nuestro, sino a la mayoría de los países occidentales donde las personas de la tercera edad suelen ser tratadas con desprecio, donde la edad es motivo de burla, insultos y abusos (que van desde la violencia física, emocional y sexual, el despojo de propiedades, herencias y ahorros), hasta el irrespeto a sus facultades mentales. Por desgracia, se da por hecho de que una persona mayor ya no coordina mentalmente nada ni es capaz de tomar decisiones por sí misma, lo cual da lugar a estafas, negligencias médicas y todo tipo de vulnerabilidades.

Si modificáramos nuestra actitud hacia los mayores, si dejáramos de despreciar o, por el contrario, de idealizar dicha etapa de la vida, podríamos ver con más claridad la urgencia de emprender los cambios sociales que se necesitan para amparar a dicho grupo etario. Este es un problema real y urgente ya que las poblaciones mayores están aumentando. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que para el año 2030 habrá alrededor de 1.400 millones de personas mayores de 60 años en todo el mundo. También está aumentando el número de personas que no tienen ni planean tener hijos. ¿Están preparados nuestros países para enfrentar los retos y suplir las necesidades de la población mayor?

Aparte de programas de salud adecuados, también es necesario pensar en la salud mental. Es una falacia pensar que la edad adulta te lleva de automático a la sabiduría y que todo es tranquila felicidad hasta que nos encuentra la muerte. El envejecimiento es una etapa nueva y compleja para quien la vive, tan llena de inesperados cambios físicos, hormonales, emocionales y mentales como lo son la adolescencia o la adultez. Aunque estemos informados de los procesos biológicos, nadie sabe en realidad a lo que va a enfrentarse hasta que lo vive.

La conciencia de la muerte (vivida a través del fallecimiento de amigos y parientes), el desempleo, las angustias económicas, la imposibilidad de continuar siendo productivos, la pérdida de la independencia, la inestabilidad habitacional y la soledad son algunos detonantes que pueden ocasionar insomnio, depresiones, ansiedad, estados de frustración, angustia, rabia, vulnerabilidad emocional y sentido de inutilidad.

Cuando se toma conciencia de que se ha entrado en la etapa final de la vida, las reflexiones sobre el pasado, los errores cometidos, los sueños que ya no podrán realizarse y la certeza del tiempo que se escurre con rapidez, pueden opacar el ánimo. De hecho, la OMS también ha advertido de que la depresión y el suicidio entre adultos mayores va al alza a nivel mundial.

Visto desde afuera es muy fácil decir que los adultos mayores están “amargados” y que sólo viven enojados porque no comprenden la realidad. Pocas veces analizamos a profundidad su situación y mucho menos nos tomamos el tiempo para escuchar lo que tienen que decirnos, de valorar sus recuerdos y experiencias o de respetar sus deseos y peticiones.

Esto contribuiría no sólo a vivir una vejez de calidad, sino también a traspasar el umbral de la muerte con toda la dignidad que nos merecemos.

(Columna publicada el domingo 6 de septiembre, 2026, en La Prensa Gráfica de El Salvador. Foto tomada de «Photos for you» en Pixabay, licencia de uso libre).

Tipos móviles diseñados y utilizados por el artista Vicente Rojo para la identidad visual de Ediciones Era. / Foto: Ediciones Era.

Cuando una editorial cierra

El pasado lunes 17 de agosto, trascendió al público un comunicado de Ediciones Era de México en el que anuncia el cierre de sus operaciones, luego de 66 años de existencia. Dirigido a sus clientes, el texto detalla lo siguiente: “Nos vemos en la necesidad de reconocer que el mercado del libro ha cambiado tanto que no nos permite vivir de las ventas de nuestros libros”.

Al día siguiente, luego de incontables reacciones públicas sobre dicho anuncio, la misma editorial emitió lo que llamó un “único mensaje oficial”, dirigido específicamente a los lectores. Ahí se anuncia que Era “reduce al mínimo sus operaciones”, sin especificar en qué consiste esa reducción. Lo que detalla es que hará ventas del fondo existente y asistirá a algunas futuras ferias del libro a realizarse en México. La noticia del cierre fue reforzada por un reportaje del periódico Reforma, que informó en su sección de Cultura sobre la realización de una reunión reciente entre los autores y la editorial, para informarles sobre la decisión.

El declive económico de Era tiene ya un tiempo de estar desarrollándose, tanto así que, para algunas personas este aviso no representa una sorpresa. Se veía venir. Las afectaciones comenzaron durante la pandemia cuando pequeñas librerías independientes, que eran puntos de comercialización de la editorial, tuvieron que cerrar. Según Era, el efecto que esto tuvo en las ventas de la editorial fue tal que se redujeron al 25 % de lo que eran antes de la emergencia sanitaria.

Las deudas se fueron acumulando y, para solventar la situación, vendieron la casa que albergaba a la editorial en la colonia Roma. Eso ayudó a cubrir deudas y permitirá emprender el cierre. Recordemos que esto incluye cesar al personal y saldar sus respectivas compensaciones, así como cancelar los derechos de autor pendientes.

La noticia causó gran impacto entre los lectores de México y de los países hispano hablantes. Ediciones Era tiene una historia notable. Fundada por un grupo de exiliados españoles que huyeron del franquismo, la editorial tuvo como prioridad publicar a autores mexicanos que tuvieran propuestas novedosas. Eso los llevó a tener en su catálogo a Carlos Fuentes, Octavio Paz, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, José Revueltas e incontables autores más que, con el devenir de los años, se convirtieron en clásicos de la literatura mexicana.

También publicaron a autores hispanoamericanos. La espléndida novela Paradiso, del cubano José Lezama Lima, fue conocida fuera de la isla, gracias a la edición que se hizo en 1968 por Era. La cubierta e ilustraciones interiores fueron hechas por el también cubano René Portocarrero, mientras que Julio Cortázar y Carlos Monsiváis fueron los encargados de la edición. Gabriel García Márquez, Juan Gelman y Augusto Monterroso también fueron publicados en Era.

Además de novela, cuento y poesía, publicaron ensayos, historia, ciencias sociales, marxismo y pensamiento crítico. Muy populares fueron, por ejemplo, los Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci, publicados en seis tomos, y los libros de György Lukács. Era fue la única que se atrevió a publicar la crónica La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska, donde se cuenta la matanza del 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas. En los años 90, publicaron los documentos, comunicados y testimonios del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Las reacciones iniciales ante el anuncio del cierre dentro del mundo literario han sido de tristeza generalizada, aunque los hay quienes le atribuyen la culpa a la misma editorial. El reconocido ex agente literario Guillermo Schavelzon, en una publicación en Instagram, comentó que la editorial “cierra porque sus gestores no supieron ver, entender ni actuar frente al cambio”. Otros opinan que la editorial no fue capaz de renovarse, que no aceptaron realizar coediciones internacionales, que se durmieron en los laureles de su prestigio y que no supieron actualizar sus estrategias de mercadeo. Algunos opinan que parte del golpe económico también se debió a que los herederos de algunos de los autores del catálogo retiraron las publicaciones para llevárselas a alguno de los dos grandes consorcios editoriales. También se especula sobre la falta de subsidios y apoyos estatales por parte del gobierno mexicano para las editoriales independientes.

Cabe preguntarse: ¿Qué debió hacer Era para adaptarse a los cambios de la industria editorial sin violentar sus principios y su visión? Con un catálogo de calidad innegable, de ediciones cuidadas, con autores reconocidos, ¿qué más se podía hacer? Si esto le pasa a una editorial de tanto prestigio, ¿cuál será la situación de editoriales más pequeñas y menos consolidadas?

El catálogo de Era es envidiable. Sus editores siempre hicieron un punto de honor en que sus libros fueran de calidad en cuanto a forma y contenido. Los diseños de sus portadas, el papel, la tipografía y demás factores de producción eran cuidados al máximo. Pero recordemos que publicar libros no es una labor que se reduce a leer manuscritos, imprimir y vender. Se trata también de todo un entramado en el que hay que negociar derechos de autor, decidir sobre la reimpresión de títulos, pagar planillas a trabajadores y derechos de autor a los escritores, hacer campañas de visibilización del libro, así como mantener disponibles los inventarios. Todo ello requiere de un capital que se sustenta de las ventas y, ojalá también, de subsidios y ayudas para enfrentar emergencias, como la provocada por la pandemia.

A eso podríamos sumar las exigencias de las librerías, que aceptan o rechazan ciertos títulos para la venta, justamente porque conocen las tendencias entre los compradores. Se habla de que ahora la preferencia del público son libros breves (que ronden las 100 páginas), de contenido ligero y de géneros como la ficción para adulto joven y la autoayuda.

Por otro lado, la disminución de venta de libros en México se constata con los datos emitidos por la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (Caniem). Un reciente informe detalla que durante 2024 se comercializaron 79.2 millones de ejemplares en México, 2.6 % menos que el año anterior. Ese mismo año se produjeron 20.054 títulos, 15 % menos que en 2023.

El caso de Era deja claro que para mantener una editorial a flote no basta con tener un catálogo de primera calidad. En tiempos donde la tecnología ha impuesto cambios en las conductas del consumo del libro y en los gustos lectores, las editoriales deben reconsiderar sus formas de trabajo y sus modelos de negocio, para encontrar la manera de equilibrar la sobrevivencia económica de sus proyectos sin traicionar su línea editorial y la calidad de lo que se ofrece al público lector.

El cierre de una editorial, que ha tenido un papel tan representativo en la discusión intelectual y literaria de todo un país, puede y debe servir de reflexión para evaluar la vigencia y la continuidad de proyectos similares en otros lugares.

Si esto ocurre en México, que tiene una realidad cultural profundamente diferente a la centroamericana, ¿cómo estará la situación de editoriales independientes y mucho más pequeñas de nuestra región, cuyos países tienen menos recursos y menor interés literario y cultural? También cabe preguntarnos, a raíz de esto, ¿en qué estado se encuentran las editoriales salvadoreñas?

¿Cuándo comenzamos a tomarnos el pulso?

(Publicado en La Prensa Gráfica, sección de opinión, domingo 23 de agosto, 2026. Foto de los tipos móviles diseñados y utilizados por el artista Vicente Rojo para la identidad visual de Ediciones Era. Foto de Ediciones Era). 

Decisiones preventivas

Como habitantes de uno de los países que conforman el Cinturón de Fuego, no podemos dejar de reflexionar sobre los efectos de los terremotos del 24 de junio de este año en Venezuela. El nivel de destrucción, la lamentable cantidad de muertos y desaparecidos, la lentitud y la falta de organización gubernamental de aquel país para auxiliar a los sobrevivientes y los cientos de historias de las que nos hemos ido enterando no pueden dejar indiferente a nadie.

Uno de los temas que me puso a reflexionar más fue la relación de cientos de personas con sus animales. En redes sociales se supo de casos donde los dueños salieron con ellos, regresaron a los edificios en ruinas a buscarlos o rondaron los escombros durante varios días llamando a perros y gatos por sus nombres, con la esperanza de encontrarlos. Por su tamaño y por su agilidad, algunos animalitos lograron escapar de los edificios y se mantienen en la zona donde habitaban esperando a que sus dueños vuelvan por ellos, sin saber que, quizás, sus humanos estén muertos. Esas escenas, mezcla de inocencia y lealtad, conmueven a cualquiera.

Fueron numerosos los videos de cámaras internas que mostraron cómo, en los momentos de las sacudidas, gatos y perros asustados corrieron buscando refugio como respuesta de algo que, simplemente, no comprendían. Algunas personas contaron que vieron a sus gatos aterrorizados lanzarse al vacío por las ventanas abiertas de sus departamentos. Debe haber sido una visión horrible para sus dueños.

También ocurrieron milagros. El 17 de julio, 23 días después de los sismos, se encontró a una gata con vida bajo los escombros del bloque 3, en la urbanización La Páez Catia La Mar, en La Guaira, el lugar más afectado por los terremotos. Circula un video en internet donde la gata, llamada Luli, se asoma por un agujero, maúlla y saca una pata tratando de alcanzar a los rescatistas. Estos trabajaron con cuidado para recuperarla y, cuando fue sacada con vida, los presentes estallaron en júbilo, en gritos de alegría y en lágrimas (las mías incluidas, cuando vi por primera vez el video). El milagro no concluyó ahí. Después de llevarla a la emergencia veterinaria y determinar que sólo estaba deshidratada y con los ojos irritados por el polvo, se pudo encontrar a su familia y les fue devuelta, en medio de sonrisas y abrazos.

No fue el único animal rescatado. Días después fueron encontrados en otros sectores dos perros, tres gatos más, un loro e incluso una tortuga. Todos emergiendo de entre las ruinas, afectados por el tiempo que pasaron sin alimentación ni agua, pero vivos. Cuando se entrevistaba a los rescatistas para comentar sobre estos hallazgos, se conmovían y decían que, tras ver tanta muerte, estos rescates les daba fuerza interior para continuar adelante.

Como suele ocurrir cuando se dan dichos eventos, se compartieron con el público algunas medidas preventivas a tomar en cuenta en caso de tener que abandonar el domicilio. Además de una mochila de emergencia para humanos, también se recomendaba tener una lista para los animales. Estas son, por supuesto, medidas razonables. Pero también debemos ser realistas, sobre todo cuando se tienen varios animales y, en particular, cuando tenemos animales tan complejos como los gatos. Pienso que la mejor medida de prevención que podemos tener con ellos es pensar con antelación, de manera objetiva, qué haríamos en situaciones de emergencia.

No todos los gatos son mansos y no podemos predecir cómo van a reaccionar ante una situación sísmica extrema. Quizás en un incendio o inundaciones se tiene un poquito más de tiempo para poder hacer algo, pero el terremoto es sorpresivo y rápido. En medio del natural nerviosismo, tenemos que pensar en protegernos de manera inmediata. Si usted, por ejemplo, se encuentra solo y tiene varios animales, ¿a cuál piensa agarrar primero? Si los gatos salen corriendo, despavoridos, en varias direcciones, ¿a cuál va a perseguir? ¿Puede usted mantenerse ecuánime y sereno para sacar a su gato o su perro de debajo de la cama, mientras mira que las cosas caen, las paredes se agrietan y los vecinos gritan aterrorizados? ¿Y qué hay de su propia seguridad?

Algo que nos puede dar indicativos de reacción es observar cómo actúan cuando hay temblores, cuando se revienta pólvora o cuando hay sonidos fuertes (como truenos). Su manera de actuar en esas circunstancias nos dirá mucho y nos permitirá pensar en alternativas.

Ante este tipo de emergencias, hay gente que dice que no saldría sin sus animales. Es una decisión respetable. Yo haría lo mismo. De ser así, recuerde que la antigua medida de colocarse bajo los arcos de las puertas está obsoleta y que lo mejor es buscar colocarse en un lugar donde se pueda generar el llamado “triángulo de la vida”, un espacio que se produce cuando, aunque caiga el techo u otros objetos, se crea un hueco donde la persona puede ampararse mientras (ojalá) sea rescatada.

Los terremotos son eventos súbitos y pueden ser demoledores. Sus consecuencias pueden cambiar el mapa de un lugar y traumatizar a sus habitantes. El 23 de diciembre de 1972, un terremoto de magnitud 6.2 en la escala de Richter destruyó casi por completo la ciudad de Managua. El epicentro fue en el Lago Xolotlán. Su profundidad fue de sólo 5 kilómetros, lo cual explica su nivel de destrucción. Las cifras de muertos varían, pero hubo por lo menos 10.000 muertos. El 90 % del centro de la ciudad quedó en el suelo. La zona más afectada, donde estaban la antigua Catedral y el Palacio Nacional, se conoció desde entonces como Los Escombros.

Este tipo de tragedias suele convertirse en un parteaguas en la vida de los afectados. Acá en El Salvador, los terremotos de 1986 y del 2001 dejaron una herida profunda, no solamente en el número de fallecidos, sino también en la infraestructura afectada. En Venezuela, miles de personas quedaron apenas con lo que tenían puesto en el momento de los terremotos. Esto, sumado a la situación local vigente, plantea un escenario complicado para la reconstrucción.

Por desgracia, en contraste con los pequeños milagros de vida, hay también reportes de suicidios entre los sobrevivientes de los terremotos venezolanos. Esto tiene que ver con un elemento que siempre se descuida o se deja de lado en las tragedias colectivas: la falta continua de asistencia en salud mental.

Estos apuntes no tienen la intención de generar nerviosismo, pero sí de ayudar a tomar decisiones anticipadas y realistas. Es imposible que, en medio de un terremoto y con el nerviosismo natural que eso nos provoca, alguien salga con tres animales en brazos o se tome el tiempo de agarrarlos, meterlos en un transportín, agarrar las mochilas de emergencia, bajar gradas, esquivar objetos que caen, encontrar las llaves, abrir puertas y verjas, etc. Se sobreentiende, además, que proteger a los menores de edad y a las personas mayores o con problemas de movilidad, es la prioridad máxima a la hora de un evento sísmico. Por ello, tener pensado un plan de acción para dichas situaciones siempre es importante. Confiemos en que nunca tengamos necesidad de implementarlo.

Aprovecho para enviar mis condolencias al pueblo venezolano y mis mejores deseos para su pronta reconstrucción.

(Publicado el domingo 9 de agosto, 2026, sección opinión de La Prensa Gráfica. Fotos de Luli, tomadas del video del momento de su rescate).

De Homero, Shakespeare y Christopher Nolan

Es llamativa la cantidad de discusiones que ha surgido en torno a La Odisea, la más reciente película del director inglés Christopher Nolan. Aún antes de su estreno, cuando apenas comenzaron a conocerse los primeros avances, se desataron acalorados debates sobre la participación de ciertos actores, aduciendo color de piel, origen étnico y constitución física. La discusión sobre el reparto me llevó a pensar en varias cosas que se pasan por alto.

En lo personal, no me agrada la idea de ver a Matt Damon como Odiseo, acaso porque lo tengo muy encasillado como actor de acción, como “niño bonito” o, incluso, en algunos papeles cómicos de poca gracia. Es decir, no es un actor que me entusiasme, pero eso no será impedimento para ver la película.

Quizás también me causa resistencia porque hace unos meses vi The Return (2024) del director italiano Uberto Pasolini, con Ralph Fiennes como Odiseo y Juliette Binoche como Penélope. La cinta se concentra en el momento exacto en que Odiseo arriba a las costas de Ítaca, literalmente sin nada, después de un naufragio. Al comienzo, no revela su identidad y está todavía en shock por los últimos eventos de su vida. Ante los problemas que va detectando en su propia tierra, prepara la estrategia adecuada para anunciar su regreso.

El Odiseo de Fiennes es complejo y choca con la idea del héroe invencible que regresa triunfal a casa. Este es un personaje callado, sobrio, casi diríase deprimido. Vuelve a su tierra despojado de toda pertenencia (aparece desnudo en una playa), para encontrar a un grupo de oportunistas acosando a su mujer porque quieren apoderarse del trono. Su hijo, Telémaco, lo resiente. Sólo el viejo perro Argos lo sigue esperando. Casi diríase que muere feliz y satisfecho al reconocer a su amo, en una de las escenas más conmovedoras de la cinta. Poco a poco, Odiseo reconstituye no sólo su fuerza física, sino sobre todo su fortaleza moral para entrar en palacio y someterse a la prueba que Penélope impone para retomar su lugar.

La discusión sobre el origen racial de los actores me llevó a pensar también en sus aspiraciones profesionales. Entiendo que, para muchos, representar un rol de la literatura clásica es un reto que sirve para poner a prueba (y demostrar ante el público) su rango dramático. Muchos quieren representar algo de Shakespeare, por ejemplo. ¿Por qué habrían de limitarse a hacerlo sólo porque el color de su piel no corresponde al esperado para el personaje y la época en la que ocurre?

Estoy convencida de que un buen actor puede hacerte olvidar ese detalle, como lo hizo Denzel Washington en La tragedia de Macbeth (2021) de Joel Coen. Filmada en blanco y negro, con un minimalismo visual que construye un ambiente casi siniestro a través de múltiples claroscuros, lo visual ayuda a centrarnos en los personajes, su historia y la calidad de las actuaciones. Washington no es el único actor negro en dicha película y el espectador lo acepta porque las actuaciones y puesta en escena son excelentes. Eso es lo que logra no solamente una buena actuación, sino también, la existencia de un buen guion y una buena dirección.

Recordemos, por lo demás, que las primeras representaciones teatrales de las obras de Shakespeare se realizaron en tiempos en que las mujeres no debían actuar. Por ello, los personajes femeninos eran interpretados por hombres muy jóvenes vestidos de mujer. El público, aún sabiéndolo, se tragaba al personaje y a la historia.

Pienso que muchas de estas polémicas son gratuitas. Hay también algo de animadversión contra Nolan. Desconozco el motivo para ello, pero parece que, para algunas personas, examinar con lupa sus producciones y encontrar sus “errores” es todo un deporte. Puede no gustarte su obra, pero eso no implica que haya que destruir cada película que realiza. En ese sentido, se está perdiendo la objetividad en la apreciación del cine, no importando su género o director.

La Odisea es un poema épico que, a pesar de su antigüedad, mantiene su vigencia al narrar una historia que además de entretener, toca temas universales. La espera, la paciencia, la lealtad, la astucia, la crueldad de las guerras, el destino individual son todos elementos que se reflejan en su argumento. De ahí derivan símbolos que se han convertido en universales. La tríada de Penélope, Telémaco y Argos, por ejemplo, representa diversas formas del afecto, la lealtad y la espera. El perro Argos me parece de los más conmovedores pues representa la fidelidad y la profundidad de los vínculos que se establecen entre humanos y animales de toda especie.

Ítaca, el lugar de origen y destino del viaje de Odiseo, se ha convertido en un poderoso emblema de la añoranza del destino final, del hogar y del espacio donde podemos encontrar (o donde perdimos) la felicidad. El poeta griego Konstantino Kaváfis tiene un poema bellísimo, titulado “Ítaca”, que destaca el viaje y no la llegada al destino, como una metáfora importante de la vida misma.

  Los episodios y personajes de La Odisea han sido también representados en numerosas obras de arte. Destacan las pinturas del británico John William Waterhouse Ulises y las sirenas (1892), Penélope y los pretendientes (1912) y Circe ofreciendo la copa a Odiseo (1891). El inglés Herbert James Draper también pintó el motivo de Ulises y las sirenas en 1909 y el francés Henri Lehmann pintó su versión de Calipso en 1869.

Entre esas obras, me encanta de manera especial el cuadro Ulises y Argos (1869) de Briton Riviére. El artista inglés se destacó por pintar animales en diversas ocasiones, en particular perros, ya que era gran amante de ellos. En dicho cuadro, se ve a Ulises, vestido de mendigo, observando a un perro enflaquecido, echado en lo que parece un corredor. Lo que conmueve más es la expresión del canino (de Ulises apenas vemos el perfil), pero podemos imaginar la conmoción del hombre no sólo al reencontrar al animal, todavía vivo, sino de que sea aquel ser el único que lo reconoce con afecto.

A pesar de la discusión sobre la película de Nolan, de si esta adapta con fidelidad el texto o si distorsiona u omite muchos elementos, estoy segura de que tendrá consecuencias positivas. Servirá para que muchos lean o vuelvan a leer el poema original; para que veamos, de nuevo o por primera vez, otras versiones y series que retratan el viaje de Odiseo. Podemos darnos el gusto de comparar ediciones, traducciones y sopesar cuál es la mejor para nuestros tiempos. Nuestra imaginación visual puede verse estimulada por las diversas obras pictóricas que interpretan, cada una a su manera, los momentos del poema de Homero que más impactaron a cada artista. Es decir, comprenderemos la profunda influencia que esta obra continúa teniendo en la humanidad.

Eso es lo que hace el arte: tomar un motivo, imaginarlo, reinterpretarlo, plasmarlo y compartirlo, para goce o repulsa del público, veterano o novato. Lo importante es que esa obra agite, conmueva, estimule, provoque conversación, alegría, rabia o ganas de hacer algo diferente. Porque una obra que sólo provoca indiferencia es arte muerto. Y La Odisea de Homero, a pesar de su antigüedad, no lo es.

(Publicado domingo 26 en La Prensa Gráfica, sección de opinión. Ilustración: Ulises y Argos, de 1869, pintado por Briton Riviére. Puede visitar mi Instagram para ver los cuadros mencionados en este artículo).

Reflexionar sobre la historia

En años recientes, los cambios en la esfera socio política mundial y el acceso indiscriminado a la información han introducido en nuestras vidas varios conceptos y conductas nuevos. La post verdad, las noticias falsas, las teorías conspirativas y, más recientemente, los productos derivados de la inteligencia artificial (que nos hacen dudar de si lo que vemos o leemos es generado por un humano o por un modelo de lenguaje o imágenes), nos están imponiendo una actitud de permanente desconfianza y cuestionamiento hacia todo tipo de contenidos.

A eso sumemos numerosos esfuerzos desde el ámbito de los estudios académicos y las ciencias humanísticas por rectificar y contar los eventos que conforman los capítulos indispensables de la historia, para darles una lectura más acorde a lo que realmente ocurrió. Desmitificar los héroes del pasado, sacar de la sombra a otros que nunca fueron nombrados, dar a conocer los eventos que se han silenciado o distorsionado por conveniencias políticas, rasgar el velo de romanticismo que envuelve las etapas más sangrientas de los pueblos y contar los eventos desde una perspectiva más realista, es parte de lo que hemos visto ocurrir al evaluar las bases sobre las que se fundaron nuestras sociedades.

En ese sentido, me parece muy importante la próxima realización del XVII Congreso Centroamericano de Historia que tendrá como sede la ciudad de San Salvador. Según el boletín de prensa distribuido por el comité organizador, el tema central del congreso será “Memoria, enseñanza e historiografía”, vistas como “una reflexión sobre la manera en que se investiga, interpreta y transmite la historia a las nuevas generaciones”.

El Congreso se llevará a cabo del 20 al 24 de julio y reunirá a especialistas, docentes, estudiantes e investigadores de 15 países. Están programadas 427 ponencias, presentaciones de libros y 10 mesas redondas que abarcan temas como la historia colonial, la política, la económica, la historia intelectual, cultural y de la literatura, hasta la relación de la historia con el patrimonio, la educación, la memoria, los archivos y las fuentes de investigación.

El evento es convocado por la Universidad de El Salvador (UES) y la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), con el patrocinio de FLACSO El Salvador, Universidad Tecnológica de El Salvador (UTEC), Universidad Pedagógica de El Salvador (UPED), Universidad Dr. José Matías Delgado; las embajadas de México y Chile y ONU Mujeres, entre otras instituciones y empresas aliadas.

La inauguración será el lunes 20 de julio en la tarde, en el Auditorio “Herbert Anaya Sanabria” de la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la UES. El Dr. Erick Ching, catedrático de Historia Moderna de América Latina en la Universidad de Furman, de los Estados Unidos, y estudioso de la historia de El Salvador, dictará la conferencia magistral titulada “La democracia en El Salvador: una perspectiva histórica y comparativa”.

El martes 21 de julio, tendrá lugar en el Auditorio Segundo Montes ICAS-UCA la conferencia magistral titulada “Experiencias comunes, fracasos similares, futuros distintos. Las repúblicas federales en Centroamérica y México 1823-1840”. Esta será impartida por el Dr. José Antonio Serrano, profesor investigador de El Colegio de Michoacán, especialista en historia política y procesos de independencia de la América española.

La conferencia magistral de clausura estará a cargo de la Dra. Patricia Alvarenga, historiadora costarricense, autora del libro Cultura y ética de la violencia. El Salvador 1880-1932, un libro fundamental para comprender los orígenes del papel de la violencia y las relaciones de poder en nuestro país. La segunda edición de este libro fue publicada por la extinta Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) en el 2006. La primera edición apareció en Costa Rica, en 1996. El título de la conferencia que ofrecerá la Dra. Alvarenga el viernes 24, día de la clausura, será: “Retornar a la historia de la violencia en El Salvador. Nuevas miradas sobre otras epistemes e inéditos retos”.

El boletín de prensa difundido por los organizadores hace destacar que “la investigación histórica constituye una herramienta fundamental para fortalecer la educación, preservar el patrimonio y enriquecer la comprensión de los desafíos contemporáneos desde una perspectiva de largo plazo”. También señala que “la enseñanza de la historia promueve el fortalecimiento de las raíces identitarias e implica un laboratorio excelente para el sentido crítico y la lectura comprensiva de la realidad”.

Este enfoque resulta importante, sobre todo para los países de la región centroamericana, donde los acelerados procesos de gentrificación han y siguen modificando el paisaje arquitectónico, las costumbres, el tejido social de ciertos sectores de nuestras ciudades y, sobre todo, la sobrevivencia y manutención de edificios y lugares considerados como patrimonio nacional. Dentro de ello, la afectación al tejido social implica la pérdida de oficios manuales, talleres artesanales y formas de sobrevivencia económica, así como aprendizajes y tutelajes de dichos oficios. Aunque no lo parezca, o no se considere como algo serio o importante, la modificación de estos tejidos afecta incluso los sonidos de una ciudad y los elementos que la hacen tener una identidad particular.

También es importante la discusión sobre la educación de las nuevas generaciones en cuanto a los diversos aspectos de las historias nacionales, en particular en tiempos donde la versión de lo que conocemos como “la historia oficial” va sufriendo alteraciones, borrado o distorsiones, según las conveniencias políticas de algunos sectores.

Con lo mencionado al inicio sobre la masificación del acceso de la tecnología y la libre disponibilidad de la inteligencia artificial (tan propensa a presentar errores en sus resultados), es importante que se discuta en los espacios académicos y educativos las mejores maneras para transmitir el conocimiento histórico a las nuevas generaciones.

El Congreso de Historia se desarrolla desde hace 34 años y se lleva a cabo cada dos años. Su primera edición se celebró en Honduras en 1992 y desde entonces, se ha ido realizando en los diferentes países centroamericanos y del estado mexicano de Chiapas. En nuestro país, se realizó previamente en los años 2000 y 2014, en la UES.

Todas las actividades, a excepción de la inauguración el lunes 20, tendrán lugar en la UCA. Para los interesados en asistir y conocer más de los eventos, las conferencias y los expositores, pueden consultarse las cuentas de Instagram y Facebook del evento. Búsquelas como XVII Congreso Centroamericano de Historia. También puede buscar la página web en https://uca.edu.sv/xviicongresohistoria/.

Por la magnitud del evento y el momento en el que se desarrolla, la celebración de este congreso no sólo es significativa, sino también una oportunidad valiosa para enriquecer nuestros conocimientos y participar de ese intercambio intelectual donde el análisis de nuestra historia remota y las posibilidades educativas a futuro nos ayuden a forjar los espacios para la formación de profesionales pensantes y críticos en las futuras generaciones. También será importante para promover el gusto por el conocimiento y la investigación.

En países como los nuestros, donde las fuentes investigativas y los estudios sobre la memoria se realizan casi que con las uñas y con escasos alicientes institucionales, las iniciativas y deseos investigativos suelen ser los únicos y mejores combustibles para llevar a cabo los proyectos documentales y académicos. Por lo tanto, un evento como este congreso se perfila como un claro estímulo para las universidades, alumnado, académicos locales e invitados participantes.

(Publicado en sección de opinión de La Prensa Gráfica, domingo 12 de julio, 2026. Foto propia de una casa en la periferia del centro de San Salvador).

La vigencia de Salarrué

El pasado 16 de junio se realizó la presentación de No tengo patria. Ensayos y artículos periodísticos de Salarrué (1928-1939), editado por el escritor e investigador salvadoreño Miguel Huezo Mixco. El libro fue publicado por UCA editores, con el apoyo del Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI) y FLACSO El Salvador.

La publicación, de 464 páginas, es el resultado de una labor de más de cinco años de investigación realizada con el objetivo de indagar sobre el rol de Salarrué como ensayista y editorialista, uno de los aspectos menos analizados en su obra. Su fase más intensa de participación en revistas culturales y periódicos salvadoreños ocurrió entre 1931 y 1939; pero no fue hasta 1994, cuando se encontró su archivo personal, que fue posible apreciar la importancia y variedad de dichos textos. Para el investigador merecen particular atención los artículos publicados en el diario Patria (fundado por Alberto Masferrer), Repertorio Americano, Amatl y Cypactly.

No tengo patria consta de una presentación, en la que el compilador explica los objetivos del proyecto y las dificultades que tuvo la investigación; una primera parte, con la reconstrucción de la vida de Salarrué y el contexto histórico dentro del cual se formó su labor como editorialista y comentarista social y cultural; una segunda parte, con la selección de 79 ensayos y artículos del escritor; una serie de imágenes; y un anexo consistente en una cronología actualizada sobre su vida y obra. También se incluye un detalle de los títulos y años de publicación de sus libros, realizadas por editoriales salvadoreñas.

Al leer sobre las múltiples fuentes consultadas, no cabe menos que admirar la magnitud de la tarea realizada. No sólo han sido examinadas numerosas fuentes bibliográficas y hemerográficas, sino que también se involucraron diversos actores e instituciones sin cuyo apoyo el libro posiblemente continuaría inédito.

Destaco esto, ya que realizar investigaciones académicas o históricas en El Salvador es una tarea complicada. Esto se debe, sobre todo, a la dispersión, al secretismo y a la falta de organización en las fuentes archivísticas. Los investigadores se convierten en auténticos detectives que deben rastrear información y convencer a sus poseedores de permitir el acceso para consultar documentos originales. A esto sumemos que nuestra sociedad no tiene un sentido de aprecio hacia archivos históricos (que suelen considerarse como “papeles viejos, inútiles y descartables”). Estas limitantes se convierten en retos que el investigador nacional debe sortear con ingenio y paciencia.

Uno de los grandes aciertos de la primera parte del libro es el recuento minucioso de la vida de Salarrué y el contexto sociocultural e histórico que le tocó experimentar. Es decir, Salarrué no fue un personaje aislado sino un testigo inmerso en su tiempo. Conocer a sus coetáneos y la influencia de los eventos públicos en su formación personal, permite vislumbrar la evolución de la obra salarrueriana. La reconstrucción de la época y la relación con los diversos actores literarios, artísticos, políticos y espirituales lo ubican como alguien cuyo influjo se extendió más allá de lo meramente literario. Esto permite comprender por qué Salarrué no sólo es uno de nuestros más importantes escritores, sino también una referencia imprescindible para autores internacionales como Juan Rulfo o Miguel Ángel Asturias.

Todavía no termino de leer la segunda parte, pero algunos de los textos encontrados me han asombrado. Hay uno titulado “La ciudad enferma”, que fue publicado en Patria el 6 de mayo de 1929. Salarrué hace una descripción de la ciudad que casi continúa vigente. “San Salvador es una ciudad tísica, endeble y muy fea”, dice nuestro escritor quien, durante el resto del texto, hace una crítica brutal a la ciudad, a los espacios públicos y también a sus habitantes. No es el único artículo en este sentido, ya que hay varios en los que manifiesta una constante preocupación por la mejora de las actividades de ocio, así como de la calidad de los espacios y actividades públicas.

Hay varios artículos que reflejan su ideario y sus preocupaciones espirituales, en los que habla de temas teosóficos y también de Jiddu Krishnamurti, figura espiritual cuyas enseñanzas fueron absorbidas por el salvadoreño. Se toma el tiempo de hablar de algunos artistas de la época como el pintor José Mejía Vides, Gabriela Mistral, Alberto Masferrer y Arturo Ambrogi, uno de nuestros cronistas más reconocidos y censor de prensa durante el régimen de Maximiliano Hernández Martínez. Precisamente por eso, Salarrué tuvo un par de encontronazos con Ambrogi. Sin embargo, cuando éste murió en 1936, Salarrué publicó en el Repertorio Americano “Mala hierba (en la muerte de Arturo Ambrogi)”, un texto en el que narra un encuentro que tuvieron ambos en una calle de la ciudad y donde describe con calidez los gestos, movimientos y la manera de hablar de Ambrogi.

 Textos como los mencionados nos permiten visualizar costumbres, tiempo y lugares, en una época donde, a falta de medios audiovisuales masivos, la descripción y la crónica literaria se convierten en documentos de referencia imprescindibles.

Paralelo al libro de Huezo Mixco, es justo nombrar, aunque sea de pasada, otras iniciativas ocurridas en fechas recientes en torno a la figura de Salarrué y que van ayudándonos a comprender y valorar mejor la complejidad de su obra. Desde hace tres o cuatro años está a disposición del público la Colección Virtual Salarrué, un proyecto hermano de la investigación realizada por Huezo, que cuenta con una galería de fotografías y una colección documental con artículos y tesis sobre su obra, así como una recopilación hemerográfica de algunas revistas donde fueron publicados sus artículos. Dicha colección está disponible al público de manera gratuita en el repositorio virtual de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de El Salvador (UCA).

 A inicios de junio de este año, se publicó el libro Salarrué, vida y obra, del investigador y curador Jorge Palomo, un catálogo monográfico que incluye imágenes de más de 450 pinturas, dibujos, esculturas y grabados, así como una cronología del artista. La investigación fue respaldada por el Museo de Arte de El Salvador (MARTE) y el MUPI. Este ambicioso proyecto, que también tomó años de investigación, permitió ordenar y recopilar buena parte de su obra visual, algo que nos permite recordar que para Salarrué lo pictórico fue parte esencial de su universo creativo.

También se inauguró, en mayo pasado, la exposición “Salarrué. El viaje eterno”, organizada por el Centro Cultural de España en El Salvador y el MUPI. Curada por el artista Antonio Romero, la muestra incluyó pinturas al óleo, copias restauradas de aguafuertes, dibujos facsimilares de O-Yarkandal, fotografías y objetos personales del autor, que forman parte del legado que está bajo el cuidado del mencionado museo.

La feliz coincidencia de la exposición y la publicación de estos libros confirma no solamente la vigencia de la obra y visión de Salarrué, sino que nos revela múltiples aspectos de su escritura, su plástica y su pensamiento.

Sugiero a los lectores hacerse de una copia de No tengo patria lo más pronto posible, para profundizar en un ángulo poco conocido de la escritura de Salarrué, pero también para tener a mano una obra que, sin duda, será un documento de referencia obligada para los lectores y los estudiosos de nuestro siempre recordado Sagatara.

(Publicada domingo 28 de junio, 2026, en sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto de Salarrué).

Air view of a baobab tree, that looks dry.

Hablemos de los árboles

Hace poco leí un reportaje que me conmovió y me dejó pensando. En el bosque de Andombiry, zona de Morombe, ubicado en la isla de Madagascar, los habitantes de cuatro comunidades vecinas están preocupados por lo que parece ser la inminente muerte de uno de los baobab más grandes y antiguos de la isla.

Los vecinos lo bautizaron como “Tsitakakantsa”, que traducido del malgache significa algo así como “Si cantas en un lado del tronco, tu canto no puede oírse desde el otro lado”. Eso da una idea de lo enorme que es. Se calcula que este baobab en particular tiene entre 1.000 y 1.500 años, según pruebas de datación por radiocarbono.

Desde agosto del 2025, investigadores y naturalistas que estudian estos árboles, observaron que Tsitakakantsa filtraba una agua oscura y fétida desde su base. También tiene varias grietas en su corteza. Desde entonces hasta la fecha, ha caído la mitad del baobab lo que permitió detectar que en su interior hay moho, posiblemente nacido como resultado de una intensa y atípica temporada de lluvias en la región.

Para los miembros de las aldeas circundantes, lo que parece ser la muerte inminente de Tsitakakantsa es un evento triste, ya que estos árboles son lugares de ceremonias religiosas y representan el sustento para miles de personas que recolectan sus frutos. También dependen de los ingresos que genera el turismo en sus alrededores, ya que muchos viajeros visitan la zona exclusivamente para verlos.

Para quien no lo sepa, los baobabs son una especie de árboles muy peculiares. Son nativos de África, Australia y Madagascar. Estos árboles se caracterizan por ser longevos. Algunos ejemplares tienen edades estimadas en dos mil años. Sus troncos son esponjosos lo cual les permite almacenar agua para sobrevivir en la aridez de las zonas donde se encuentran. En temporadas de sequía, los pobladores de la zona pueden hacer cortes en su extenso tronco (que mide varios metros), y beber su agua.

Los baobabs también son el hogar de aves, mamíferos, insectos y murciélagos. Sus frutos son ricos en vitamina C, calcio y antioxidantes. Sus semillas proporcionan aceite. Sus hojas son comestibles y aportan proteínas. Su corteza sirve para fabricar cuerdas, papel y tejidos. También tiene propiedades medicinales ya que actúa como sudorífico, febrífugo y astringente, ayudando en el tratamiento de la fiebre y la disentería. Es, además, un sustituto para la quinina. Su capacidad de regeneración permite que su tronco pueda resistir cortes para obtener los beneficios mencionados, sin afectar al árbol. Por estas propiedades y características, se les conoce también como el “árbol de la vida”.

Para los malgaches, los baobabs representan longevidad, fuerza y sabiduría. Juegan un papel importante en la unión de las comunidades, que confluyen a su alrededor para celebrar sus reuniones y ritos ancestrales. Su importancia no es solamente ecológica, sino también cultural, social y económica, por lo que su extinción es motivo de preocupación. Para los pobladores que viven cerca, es como ver morir a un anciano miembro de su familia. Algunas personas conservan la esperanza de que el agonizante baobab sobreviva, debido a su capacidad auto regenerativa. Sin embargo, los habitantes del lugar están comenzando a despedirse de Tsitakakantsa y a buscar a un digno sucesor, es decir, al siguiente ejemplar más antiguo de la región.

Los investigadores que siguen de cerca este caso también han observado que en los últimos 10 años ha muerto una cantidad anormal de baobabs. Se descubrió que ocho de los 13 ejemplares más antiguos y cinco de los seis más grandes de Zimbabue, Namibia, Sudáfrica, Botsuana y Zambia habían muerto o perdido sus ramas más antiguas. Los naturalistas creen que es una consecuencia directa de los efectos del cambio climático, debido al aumento de las temperaturas y la disminución o exceso de lluvias, lo cual desequilibra el ecosistema que habitan.

Lo que me conmovió de esta historia fue la reacción de la gente. La tristeza por la pérdida de un árbol tan antiguo, cuya presencia es importante y el respeto que tienen al proceso natural de su muerte. Sin duda, las múltiples funciones y necesidades que son cubiertas por esta especie son bien valoradas debido a que el entorno en el que habitan es árido. La relación de los malgaches con la naturaleza se basa en la comprensión de sus ciclos y, sobre todo, en el respeto a los mismos. Saben demasiado bien que la muerte de uno de estos árboles implica la pérdida de todo un microsistema que deberá migrar hacia otros lugares o morir junto al baobab.

Mientras escribo esto, escucho el sonido de lo que puede ser un hacha o un machete golpeando algo con constancia. Sé demasiado bien lo que significa ese sonido, sobre todo cuando va alternado con el ruido de motosierras. Desde hace cosa de tres meses, se despaló una zona cercana a donde vivo para construir torres de apartamentos. Escuchaba ese sonido de golpes y motosierras que culminaba con el crujir de un tronco y el estrepitoso sonido de la caída de un árbol. Siempre me ha parecido que ese crujir es la forma en que los árboles gritan, la única manera que tienen de decirnos que les duele ese golpe, que ese líquido que sale de su corteza es su sangre y la vida que ampara a otras criaturas, insectos, aves, mamíferos. Ese crujir, ese doloroso grito vegetal nos dice que cuando un árbol cae, cae también todo un pequeño mundo al que nunca hemos dado importancia ni respeto.

También escribo esto, todavía con el corazón pesado por los árboles destruidos en la zona sur de El Espino, la noche del 27 de mayo pasado. Me pregunto cuántos animales murieron durante dicho operativo, que ocurrió de noche. Muchos de ellos habrán estado descansando y no tenían la visión nocturna necesaria como para moverse con agilidad y escapar a tiempo de los bulldozers y la maquinaria que arrasó con todo el lugar. ¿Cuántos nidos fueron destruidos, cuántos polluelos de ave o huevos perecieron? ¿Cuántos animales fueron aplastados, heridos o mutilados mientras intentaban huir o defenderse, sin comprender lo que estaba pasando con sus hogares? ¿Cuántos árboles cayeron para dejar al descubierto un pedazo de tierra sacrificada que se convertirá en una plasta estéril de concreto y acero?

Me pregunté también cómo podemos ver, sin culpa, a los ojos de nuestros compañeros animales, nuestros perros, gatos, pericos y demás que tenemos en casa. ¿Cómo ver sus ojos llenos de inocencia y confianza sin sentir culpa por la muerte de tantos otros animales y especies vegetales? ¿Cómo ver sus ojos y decirles que un vehículo atropelló a una venada preñada en Santa Elena y que murió allí, en el asfalto, en la jungla de cemento del humano mientras ella buscaba, desesperada y aturdida, cómo encontrar un hábitat de plantas y silencio para salvar a la cría que cargaba?

¿Por qué hay gente que sí siente tristeza por la muerte de un árbol y otros que se burlan y no sienten un ápice de culpa o vergüenza por matar animales, árboles y a otros humanos? ¿Qué, por qué, en qué vuelta del camino nos tornamos en seres tan crueles e insensibles?

(Publicada domingo 14 de junio, sección editorial de La Prensa Gráfica. Foto de Tsitakakantsa, tomada por Cyrille Cornu, uno de los investigadores franceses que estudia el caso de Tsitakakantsa. Tomada del reportaje de The New York Times).

Lo que nos hace humanos

En la última quincena de mayo, la IA fue la protagonista de numerosas noticias, varias de ellas relacionadas con el mundo cultural y del libro. Son eventos que nos confirman los pasos agigantados con los que la IA se nos está colando en el uso cotidiano, sin nosotros estar todavía listos para ello.

Durante el congreso Poznań Impact (uno de los más importantes eventos de negocios, cultura y tecnología de Europa, que se realiza de forma anual en Polonia), la Premio Nobel de Literatura de 2018 Olga Tokarczuk dijo haber usado la IA para la escritura de una nueva novela que aparecerá publicada este año en aquel país. Según Tokarczuk, la IA “expande horizontes” y “desarrolla el pensamiento creativo”, convirtiéndose en una herramienta de increíbles proporciones. Ella misma afirmó haberla usado “como la usa cualquier persona”, para hacer investigaciones relacionadas con su novela.

Sus declaraciones causaron mucho revuelo y dejaron una mala impresión en el mundo literario. Fue tal el revuelo que Tokarczuk se vio obligada a sacar un comunicado aclarando que no utilizaba la IA para escribir, sino solamente para investigar. Esto no sirvió para aplacar las dudas originadas por sus declaraciones iniciales.

Horas después se supo que la prestigiosa revista literaria Granta publicó en su página web el cuento “The Serpent in the Grove”, de Jamir Nazir, ganador del concurso 2026 Granta Commonwealth Short Story Prize. Numerosos lectores aseguraron que el texto estaba escrito por la IA, debido a su uso de frases sin sentido y a su mala calidad en general. El escritor negó haber usado la herramienta. Ni los organizadores del concurso ni los editores de la revista pudieron comprobar el origen dudoso del cuento. A pesar del escándalo, la historia sigue disponible para leerse en la web de la revista.

 Mientras escritores y lectores discutían estos eventos en diversas plataformas, James Daunt, el CEO de la cadena estadounidense de librerías Barnes & Noble, dijo que él no tendría ningún problema en vender libros escritos por la IA, siempre y cuando estuvieran claramente marcados como tales, y que hubiera una demanda del público por comprarlos. Las declaraciones las dio en el programa televisivo Today. Casi de inmediato, miles de clientes de la cadena llamaron al boicot, si eso llegaba a ocurrir.

Posterior a ello, se le dio nueva importancia a un artículo publicado por The Washington Post a finales de enero de este año, sobre una iniciativa llamada “Proyecto Panamá” de Anthropic (la empresa de IA, creadora de Claude). Dicho proyecto, según un documento interno de la empresa, consiste en escanear todos los libros del mundo para alimentar su chatbot y entrenarlo. Para ello, invirtieron decenas de millones de dólares en comprar libros, deshojarlos y escanearlos página por página, para luego ser destruidos. La información trascendió gracias a una demanda por derechos de autor impulsada contra Anthropic, por parte de un grupo de escritores y editores. Un juez permitió que se hicieran públicos algunos documentos del caso, pese a que la empresa prefería que todo continuara siendo un secreto.

Durante la misma semana en que toda esta información dominaba la discusión pública, Google anunció grandes cambios en varias de sus aplicaciones, siendo la principal que, al hacer una búsqueda, los resultados no serían una lista de enlaces (como solía ocurrir), sino un resumen producido por su IA. Mientras tanto, Meta despidió a 8.000 empleados cuyos puestos y funciones fueron sustituidos por la IA e implementó medidas para que las funciones de los que permanecen sean monitoreadas, con el fin de entrenar a la herramienta y que, eventualmente, ésta pueda ejecutar algunas o la totalidad de dichas funciones. Antes de que termine el año, se esperan por lo menos 7.000 despidos más.

Estos eventos ocurrieron en un margen muy corto de tiempo. Mientras muchas personas se preguntaban si seguir leyendo los libros de Tokarczuk o la revista Granta, si boicotear a Barnes & Noble o renegar por completo de los escritores que usan la IA para cualquier etapa de su trabajo, se perdían de vista consideraciones más profundas.

Es un hecho que las corporaciones tecnológicas han decidido imponernos el uso de la IA a toda costa. Pareciera que la estrategia es crear en los usuarios la ilusión de necesitar su uso, para luego obligarnos a pagar sus servicios. También han aprovechado esta etapa gratuita para que las diferentes y variadísimas consultas y peticiones del público sirvan como material de entrenamiento para los modelos de lenguaje.

En la medida en que el público se vuelca a utilizar dicha herramienta de forma masiva, le está dando validez a su supuesta utilidad. Por desgracia, la inmensa mayoría de programas y aplicaciones que usamos ya incluyen, o van agregando, funciones de IA. En algunas, como Google Search, su uso ya no es opcional y, aunque hay otros buscadores, la mayoría acepta y asume los cambios sin cuestionar nada.

Hay varias preguntas de fondo que deberíamos hacernos, tanto individual como colectivamente. En el mundo de la literatura y la cultura, habrá que discutir cómo vamos a relacionarnos con el material resultante de su uso. ¿Utilizar la IA para redactar una novela o un cuento será hacer trampa o no habrá problema siempre y cuando el escritor advierta, desde un inicio, su uso de la herramienta? ¿Cambiará nuestra definición de la literatura? ¿Disminuirá su calidad? ¿Ser escritor se convertirá en una tarea realizada con facilidad por el común de la gente? ¿Quienes escribimos “a puro cerebro” pasaremos a ser “piezas obsoletas” o tendrán nuestros escritos mayor valor? ¿Cómo impactará esto sobre la cadena de producción del libro y los derechos de autor?

Esa sumisión masiva al uso de la IA debería ponerse en pausa. Deberíamos tomarnos el tiempo para reflexionar y discutir, desde nuestros oficios, si nos resulta útil o necesaria. ¿Realmente necesitamos ver una foto suya y de su perro convertida en un dibujo al estilo del Estudio Ghibli? ¿De veras no es usted capaz de organizar la fiesta de cumpleaños de su hijo sin que lo haga la IA? ¿Se engañará a sí mismo pensando que merece una buena nota cuando fue la IA la que investigó y escribió su tarea escolar o universitaria?

También deberíamos de tomar en cuenta que cada petición o consulta, por trivial y rapidita que sea, tiene un precio ambiental atroz. Ese precio lo pagamos todos, en un planeta que está enfrentando graves problemas por el cambio climático y donde los recursos no renovables, como el agua potable y la generación de energía, están en tensión máxima.

La discusión sobre las consideraciones éticas y filosóficas que implican el uso de la IA y las intenciones detrás de su masificación es inaplazable. No es casual que el Papa León XIV haya dedicado su primera encíclica Magnifica Humanitas, lanzada el pasado 25 de mayo, a reflexionar sobre la IA y la urgente necesidad de dignificar al ser humano, su trabajo y sus talentos en la era tecnológica.

No se trata de tener miedo de la IA, pero sí de reflexionar sobre lo que estamos haciendo y de lo que queremos para nuestro futuro. Que lo que nos deslumbre no sea la novedad de la IA, sino la autenticidad y la creatividad de los procesos que nos hacen humanos.

(Publicada domingo 31 de mayo, 2026, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto propia del libro que tengo de Olga Tokarczuk).

Portada del libro El buen mal, donde se mira un conejo de dos cabezas que parece flotar en el aire.

Un sueldo para siempre

En el mundo cultural hay temas de discusión inagotables que se reactivan de manera cíclica. Esto ocurre porque son asuntos que no tienen respuestas universales ni definitivas. Separar al artista de su obra o si la cultura debe ser gratuita, son dos de esos debates eternos.

Este último implica hablar de dinero y artistas, dos componentes que parece sacrilegio mezclar. Hay gente que piensa que el arte, el verdadero y más elevado, el más noble y el más puro, no busca ni aspira a ningún tipo de recompensa económica. Es el arte que vale la pena, el que se hace por vocación, sin importar los sacrificios ni la dignidad propia. De ahí deviene la maldita frase aquella de hacer las cosas “por amor al arte”. Otro grupo de gente considera que hay un desequilibrio abismal entre el tiempo, el esfuerzo, los estudios, la experiencia y el material invertidos en la producción de una obra y las ganancias económicas que genera su comercialización.

Esta discusión se ha reactivado desde hace un par de meses a propósito de la primera edición del Premio Aena de Narrativa, que le fue otorgado a la escritora argentina Samanta Schweblin por su libro de cuentos El buen mal. La ganadora recibió una bolsa de un millón de euros y cada uno de los 4 finalistas recibió un premio de treinta mil euros.

A partir del anuncio de su existencia, el galardón estuvo rodeado de polémicas y dudas. Desde el hecho de que sea un premio convocado por la empresa que administra los aeropuertos y helipuertos de España, hasta el monto de la bolsa y la inversión general que supone toda la infraestructura y organización de un concurso de esta categoría, la convocatoria generó más resquemor que celebración. No es mi intención redundar aquí en esa discusión. Para quien tenga interés, recomiendo buscar y leer el artículo “Paletismo y despilfarro”, de Ignacio Echeverría, que analiza varios aspectos por los cuales este premio causó tanta incomodidad.

Lo que sí quiero tratar, aunque sea de manera breve (porque es un tema complejo y sé que no me alcanzará esta columna para abarcarlo), es el asunto del dinero y la remuneración de los escritores, a partir de un par de declaraciones de Schweblin. En la gala de premiación, cuando fue anunciada como ganadora, la autora dijo que el importe del premio era “un sueldo para siempre”, y que toda la vida había fantaseado con la idea de tener un sueldo fijo todos los meses.

Este tema del desequilibrio entre los tiempos creativos del escritor y la necesidad de una estabilidad económica para poder financiar la mera subsistencia era algo que a Schweblin le venía preocupando, a partir de su experiencia personal. Pocos días antes del fallo, se le hizo una entrevista en el periódico El País, donde mencionó lo difícil que le era escribir mientras vivía en Argentina, porque tenía que dedicarse a tres trabajos diferentes para garantizar su sobrevivencia económica, destinando el domingo a la escritura. A raíz de una beca, viajó a Berlín, Alemania, y decidió quedarse ya que pudo organizar su vida de manera que, aunque vive de manera austera pero digna, puede trabajar tres días a la semana y dedicar cuatro a la escritura.

La recepción del Premio Aena (del cual habrá que deducir todavía una buena tajada de impuestos), le permitirá a Schweblin estabilizar una base económica, a la que se sumarán los compromisos adicionales que un evento como este le garantizan. Bien por ella como escritora que ha logrado ese “sueldo para siempre” y bien por nosotros, sus lectores, que esperaremos sus nuevos libros con entusiasmo.

Ojalá que este premio también motive una discusión a profundidad sobre la situación económica de los escritores y la idealización absurda que se hace sobre su precarización. En la citada entrevista, Schweblin menciona que muchos escritores argentinos con talento dejan de escribir porque no encuentran una manera de balancear la eterna contradicción entre el trabajo remunerado y el tiempo de escritura. De seguro, esto ocurre con escritores de toda nacionalidad.

Guillermo Schavelzon, reconocido editor y agente literario, mantiene hoy en día un blog en el que, en más de una ocasión, ha tratado el espinoso tema de la remuneración que reciben los escritores. En un artículo publicado en febrero de este año, titulado “¿Y la literatura? Aquí sólo se habla de dinero”, Schavelzon dice: “Hablar de dinero parece vulgar, opuesto a la creación, como si cobrar por escribir contaminara la obra. Es una trampa. Víctor Hugo –escritor indiscutible– fue quien comenzó a plantear la necesidad de profesionalizar la escritura: defender el derecho del autor a vivir de su trabajo no es traicionar la literatura, es defenderla”.

En este, así como en varios artículos más, Schavelzon plantea la necesidad de la modernización del modelo de negocios de las editoriales. Como tantas actividades humanas, el entorno literario se ha visto modificado por los cambios tecnológicos. Sumado a esto, el papel del autor tiene hoy en día una serie de tareas añadidas que debe ejercer, de manera gratuita, le gusten o no, bajo la dudosa promesa de que eso contribuye a la venta de su libro. Aparte de sentarse en soledad durante años, sin remuneración alguna, a intentar escribir algo que pueda ser una obra decente, al escritor se le exigen diversos roles adicionales: desde ser su propio community manager, pasando por tener conocimientos jurídicos para saber negociar contratos literarios y ser, además, un genio de marketing de su libro, pero también, de su marca personal. Ya no basta con escribir una buena novela o libro de cuentos. Ahora hay que, además, saber venderse a sí mismo, según plantea Schavelzon.

A veces son los mismos escritores los que meten la zancadilla para evadir el tema, apelando al amor que sienten por la literatura y a la indignidad que sería escribir por dinero. Sin embargo, hay una inversión desproporcionada de tiempo y habilidades para crear una obra que, al ser publicada, se convierte en un objeto que tiene un valor de mercado. La desproporción entre el tiempo de creación no remunerado y las ganancias económicas de la venta de libros deja claro que el modelo no favorece al creador ni está basado en la meritocracia.

Quizás lo primero que debemos hacer para que esta discusión prospere es desechar la idealización de la precarización de los escritores, abandonar ese concepto romántico del escritor sufrido que no tiene para comer y que muere en la más infame pobreza, pero que es un genio y que ha sacrificado hasta su alma para compartirnos sus brillantes historias. Esa idea queda bien en las películas, pero no en la vida real, mucho menos a la hora de cumplir con los compromisos de la sobrevivencia personal o familiar.

Negarnos a esta discusión y seguir idealizando la idea del escritor paupérrimo, que lo da todo por su oficio, no equivale a degradar la literatura. Todo lo contrario. En la medida en que los escritores puedan tener un reconocimiento económico decente por la obra que producen (y de la cual viven muchas personas, ellos sí, en mejores condiciones que un autor), la literatura se enaltecerá y aumentará, sin duda, su valor y su calidad.

(Publicado en sección de opinión, La Prensa Gráfica, domingo 17 de mayo, 2026. Foto de la portada del libro El buen mal, de Samanta Schweblin, ganador del Primer Premio Aena de Narrativa).

A cup of coffee, on a desk with books and papers.

¿Estamos listos?

¿Estamos preparados, como humanidad, para enfrentar los retos que nos plantea el uso masivo de la inteligencia artificial? ¿Cuáles son nuestras carencias y expectativas al respecto? Si la IA es solamente una herramienta más a nuestra disposición, ¿por qué hay tantas voces que pregonan un futuro apocalíptico al aceptar la masificación de su uso?

En días recientes, el escritor mexicano Jorge Volpi publicó en el periódico El País un artículo de opinión titulado “Otra inteligencia”. En el mismo, Volpi sostiene que los grandes modelos de lenguaje (conocidos por su sigla en inglés como LLM) están concebidos a imagen y semejanza de nosotros, los humanos. El texto enlaza varios artículos y entrevistas que, por diversas razones, tienen posiciones algo fatalistas sobre el futuro uso de estas herramientas.

Fue por ese medio que leí una entrevista con el filósofo francés Éric Sadin, quien considera que la IA “apesta a muerte” y que debería ser prohibida porque “amenaza la creatividad, el talento y el intelecto”. También leí una entrevista con la estadounidense Emily Bender, profesora de lingüística computacional, quien considera problemático que estos modelos de lenguaje hablen en primera persona. Además, llama a los chatbots “loros estocásticos”, porque escogen las combinaciones de palabras según cálculos de probabilidades, lo cual no significa que entiendan lo que dicen.

También leí un texto de Cody Delistraty, articulista invitado de The New York Times, quien en septiembre del año pasado comentó la percepción generalizada del público sobre la IA como “algo mágico”. Terminé ese intensivo de lecturas con varios artículos sobre el caso de la novela Shy Girl (Chica tímida, traducción mía). Su autora, Mia Ballard, escribió la novela y la autopublicó en febrero de 2025. Poco a poco, el libro fue recibiendo atención favorable, tanto así que Hachette Book Group, uno de los grandes grupos editoriales de los Estados Unidos, la contrató y la lanzó en el Reino Unido. Algunas de las personas que la leyeron compartieron sus sospechas en Goodreads (la red social de lecturas) de que parecía escrita con IA. Max Spero, fundador de Pangram, un programa para detectar el uso de alguna LLM en libros, decidió evaluar la novela. El resultado indicó que el 78 % del texto estaba generado por alguna IA.

Shy Girl fue retirado de inmediato de librerías y se canceló su lanzamiento en los Estados Unidos. La autora negó haber usado alguna IA, pero dijo haber contratado a un conocido suyo para editar la versión autopublicada. Sería esa persona quien habría utilizado la IA al hacer las ediciones correspondientes.

Este caso dejó en evidencia que las editoriales no están preparadas (todavía) para este tipo de problemas. ¿Pero qué tan confiables son los programas de detección de uso de IA en los textos? Algunos lectores curiosos alimentaron dichos detectores con capítulos de novelas famosas y los resultados fueron tragicómicos.

El escritor español Jorge Carrión posteó en su cuenta de X (antes Twitter) la captura de una de estas herramientas que aseguraba que Cien años de soledad, la novela del colombiano Gabriel García Márquez, publicada originalmente en 1967, estaba 100 % escrita con IA. Hubo muchas bromas al respecto, pero también preocupaciones. Al escribir un artículo o someter cuentos, novelas o poemas a un detector de originalidad humana, ¿a quién vas a creerle: al escritor que jura que no usó ninguna IA para su creación o a la IA que “garantiza” que sí lo hiciste?

Menciono estos problemas relacionados con lo cultural y editorial, aunque el alcance y la expansión de la IA se extiende a diferentes áreas, como la educación, la política y los programas militares, entre otros.

En Dinamarca, por ejemplo, un colectivo de artistas fundó en el 2022 un partido político llamado Synthetic Party. Al frente estaba un chatbot llamado Leader Lars. Alimentaron su plataforma con propuestas políticas olvidadas e incumplidas desde el siglo pasado, hechas por partidos marginales daneses. Su propuesta sólo reunió 11 firmas de las 20.000 necesarias para participar en las elecciones.

En algunos países ya se considera la posibilidad de ceder parte de los servicios públicos para ser ejecutados por las IA. Cabe preguntarnos si algún día seremos gobernados por chatbots y las consecuencias que eso podría tener para nuestras sociedades: desde desempleo masivo, pasando por la deshumanización de la administración pública y la manipulación e influencia en las decisiones políticas de la ciudadanía.

En lo personal, trato de mantener la mente abierta a todas estas herramientas. Me informo, las pruebo y las incorporo (o no) a mi cotidianidad. En el caso de la IA, su funcionamiento no me impresiona. Me fastidia la insistencia de cada aplicación o programa de ofrecerme su uso como si fuera la panacea universal. Las pruebas que he hecho me han dejado insatisfecha. He perdido más que ganado tiempo en verificar información dudosa o haciendo cosas que puedo resolver por mi cuenta. La verdad es que evito usarla y que sigo escéptica a sus promesas.

La velocidad de los cambios tecnológicos que hemos vivido en las últimas décadas es tal que todavía no terminamos de asimilarlos. No hemos estudiado a fondo sus utilidades y las consecuencias, a mediano y largo plazo, que su imposición tiene en nuestras vidas, en particular, en la formación intelectual y psicológica de las nuevas generaciones. La mayoría de los países siguen sin desarrollar normativas legales que tienen que ver con los diferentes problemas que se originan, y seguirán originando, por el uso de estas herramientas. Tampoco hay suficientes discusiones sobre las normas éticas que deberíamos observar sobre el uso de la tecnología, las redes sociales y, ahora, la inteligencia artificial.

La incorporación de la IA implicará cambios profundos en la manera de realizar muchas labores. Hay que señalar también la huella ecológica y energética negativa que se produce con cada consulta o tarea solicitada. No sólo se trata del exceso de agua limpia necesaria para regular la temperatura de los servidores y la energía usada para mantenerlos funcionando día y noche, sino también de la tensión mundial por los materiales para la construcción de los chips y hardware que utilizan, así como del aumento de la temperatura local y global. Está confirmado que, en los alrededores de las instalaciones de estos servidores, la temperatura ambiente se incrementa en dos grados Celsius.

Es importante y urgente educar a la sociedad en cuanto al uso de las LLM para comprender que no se trata de artilugios mágicos ni de un robot que está a punto de cobrar conciencia humana. No son un ente que nos comprende ni siente simpatía alguna por nosotros. Es un modelo de lenguaje programado para contestar preguntas hurgando en la extensa base de datos de documentos públicos y privados disponibles en internet y comete errores que tenemos que estar listos a detectar.

Es difícil prever las consecuencias de su uso a mediano y largo plazo, sobre todo, insisto, en la formación de las nuevas generaciones. El entusiasmo masivo con el que están siendo absorbidas están creando nuevas dependencias y minimizando habilidades creativas y cognitivas.

¿Será que creemos, ingenuamente, que estas herramientas nos convertirán en mejores seres humanos si nos resignamos a su uso? ¿O es que ni siquiera nos importan ya dichas consecuencias?

(Publicado en La Prensa Gráfica, sección de opinión, domingo 3 de mayo de 2026. Foto propia de una esquina de mi escritorio).

El complejo entorno de los libros

Hace una semana, el periódico español El País publicó un amplio reportaje (escrito por Tommaso Koch) sobre algunos datos analizados en el último congreso de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL). El texto sólo se obtiene a través de suscripción, algo que me parece lamentable ya que su información es importante y debería ser accesible a un público más amplio. En todo caso, quiero compartir algunos de los datos que cita el artículo, porque son interesantes para pensar en el mundo del libro y su entorno.

El dato que causó mayor revuelo entre quienes lo comentaron fue que el 49.4 % de los títulos impresos disponibles en las librerías de España vende cero ejemplares en el transcurso de un año. Dentro de esta oferta se cuentan novelas, ensayos y cómics, incluidas las novedades, los de fondo editorial (como clásicos y reediciones) y autoediciones. También es de notar que al hablar de librerías el rango va desde las grandes cadenas hasta las independientes.

Esta cifra contrasta con la cantidad de títulos que venden más de un ejemplar y que se incrementa cada año. En el 2025, por ejemplo, se vendieron 76 millones de obras impresas, un 4 % más que en el 2024. Los lanzamientos anuales también van en aumento. Según el artículo, si hablamos estrictamente de obras literarias con enfoque comercial, hay un mínimo de 27 títulos nuevos al día. Muchos de estos libros tienen un paso brevísimo por las mesas de novedades. Esta permanencia se logra, sobre todo, si las publicaciones pertenecen a los grandes grupos editoriales. La visibilidad y la rotación de lo publicado por editoriales independientes es más trabajosa y efímera.

Aunque estos números hablan solamente de las librerías en España, surgen varias preguntas y elementos de reflexión. En nuestras latitudes, no podemos abstraernos de lo que pasa en el mundo español del libro debido a que en Latinoamérica consumimos muchas de sus publicaciones por la afinidad del lenguaje, pero también y precisamente, por la cantidad de producción y por la red de distribución de los grupos editoriales, que exportan o hacen impresiones locales de algunos títulos más exitosos, incluidas obras de autores latinoamericanos.

En Centroamérica, donde la producción editorial es muy limitada, es natural que los lectores tiendan a favorecer la compra de ediciones importadas, pese a que su precio suele ser más alto que los de impresión local. Aquí ocurre un fenómeno, ya que es común que un lector se queje por tener que pagar entre 10 a 15 dólares por libros de autores nacionales (calificándolos de caros), pero no tiene ningún impedimento en pagar más de 25 dólares por algo editado fuera de nuestra región.

Una de las preguntas que cabe hacerse es si hay lectores para tantos títulos. ¿Cuántos de todos esos millones de ejemplares vendidos anualmente son leídos? ¿Cuántos son comprados nada más que por abastecerse de la última novedad? Es un ejercicio común entre lectores comprar más de lo que se puede leer, justamente por la alta rotación de obras. Si no lo compramos el día que lo vimos, es posible que no volvamos a verlo nunca más. Esto es normal en países como el nuestro, donde las librerías son pocas y el suministro de novedades o libros de fondo es, también, limitado.

Algo en lo que me dejó pensando el artículo de El País es en la falta de información similar en el ámbito centroamericano. ¿Existe algún encuentro cuyo objetivo sea analizar el entorno de la venta, publicación y distribución del libro? Emprender una actividad semejante sería un ejercicio importante para comprender el movimiento comercial que tienen nuestras publicaciones, así como para formular propuestas y estrategias que mejoren e incentiven la producción y distribución de libros.

En un artículo titulado “La industria editorial MYPE que no vemos” (publicado en enero de este año por el escritor y editor salvadoreño Miguel Huezo Mixco en la página web paismype.com), el autor propone una serie de medidas que podrían ayudar a que la industria editorial local deje de ser tan invisible. Enfocar esta área desde el punto de vista de las micro y pequeñas empresas es razonable, debido a que las dimensiones de producción de las editoriales salvadoreñas (y centroamericanas) califican para ser consideradas como tales. Eso también las hace manejables y menos susceptibles de caer en la problemática española, donde la cantidad de publicaciones sobrepasa la capacidad de compra y lectura de los consumidores.

La más importante de las sugerencias de Huezo Mixco es la creación de un sistema nacional de información del libro, que registre la producción, ventas, empleo, tirajes, exportaciones y perfiles empresariales, ya que sin tener mediciones objetivas es difícil pensar en modernizar el sector.

Otra medida propuesta es la organización de servicios compartidos para MYPE editoriales (maquetación, diseño, ISBN, trámites y acompañamiento técnico) para lograr una reducción de costos. Así mismo, es necesaria la formación especializada para el sector y trabajar en la reducción de la brecha entre lo digital y la impresión en papel. Esto sería útil para superar las dificultades de cobro y envío, con plataformas de pago accesibles, logística integrada y tarifas razonables. También son necesarios estímulos para la digitalización de los catálogos editoriales e incentivar modelos de negocio que permitan que las obras producidas en nuestro país tengan la oportunidad de visibilizarse y competir a nivel global, según observa Huezo Mixco.

Más allá de este panorama, hay que tomar en cuenta elementos subjetivos que no son medibles. Para las grandes editoriales sigue siendo impredecible cuándo o por qué un libro se convierte en multi ventas o el motivo por el cual obras, por las que un sello apuesta en grande y tiene muchas expectativas, terminan teniendo un impacto discreto.

También habría que analizar el mundo de la auto publicación y los motivos por los cuales miles de personas aspiran a escribir y publicar. Quizás piensan que es una manera fácil de obtener ganancia económica inmediata. Suponen que, tomando el negocio en sus manos y eliminando intermediarios, lograrán no sólo mayores ventas y visibilidad, sino también la posibilidad de convertirse en uno de los contados ejemplos de autores que saltaron de las plataformas de auto publicación a tener contratos millonarios. La realidad es que hoy en día, pese a los números positivos en ventas que reportan las grandes editoriales, los adelantos y las apuestas por las “nuevas promesas” van en caída acelerada.

Como vemos, el mundo de la venta de libros no es sencillo. Hay editoriales que prefieren publicar textos de buena calidad, aunque lancen menos títulos de forma anual. Los grandes grupos publican un rango variado de calidad para satisfacer diferentes tipos de gustos, con tal de mantener o elevar sus niveles de ventas. Ventas elevadas “subsidian” (por decirlo de algún modo) las obras de menor impacto, que por lo general son escritas por autores con ambiciones más literarias.

Habrá que seguir analizando las variantes del siempre cambiante entorno de la venta de libros y los múltiples actores que involucra. Ojalá que eso permita, algún día, alcanzar un equilibrio que se traduzca en un renovado entusiasmo por los libros, pero, sobre todo, de redescubrimiento de la lectura para las nuevas generaciones.

(Publicado en La Prensa Gráfica, domingo 19 de abril, 2026. Foto propia).

Entre el cerebro y las manos

El 10 de enero de 1927 se estrenó en Alemania la película Metrópolis de Fritz Lang. En aquel entonces no tuvo mayor éxito comercial, recibió críticas mixtas y estuvo a punto de llevar a la quiebra a los estudios UFA, que la produjeron. Sin embargo, el correr de los años la han colocado como una de las películas fundamentales del expresionismo alemán y una de las grandes obras maestras del cine, en general.

Es interesante volver a examinarla en este 2026, ya que la trama de Metrópolis está ubicada justo en este año. ¿Se cumplieron las profecías de lo que fue, hace casi un siglo, una historia distópica? ¿Nos alcanzó el futuro o superamos los peligros que se nos advertían en su trama?

La historia transcurre en una ciudad donde sus habitantes están divididos en dos clases sociales antagónicas: los millonarios propietarios, que habitan la cumbre de grandiosos edificios, y los trabajadores, que viven en lo más profundo de la urbe. En medio de ellos surge María que, como en tantas historias de opresión, insta a los trabajadores a esperar la llegada de un “Mediador” que ayudará a mejorar sus condiciones de vida. Por otro lado, Fredersen (presidente y director de la megaciudad) solicita la ayuda de un científico llamado Rotwang para neutralizar el mensaje subversivo de María. Rotwang utilizará a la mujer para darle vida a un robot antropomórfico, que obedecerá cualquier orden que reciba.

Hay muchísimo que comentar sobre esta película: su innovación de técnicas en un tiempo donde no existían máquinas digitales ni efectos especiales; la utilización en su filmación de miles de extras, entre hombres, mujeres y niños; la versión final, que tuvo que pasar por algunos cortes, para reducirla a una longitud aceptada por las audiencias (aunque se dice que esos cortes buscaron, más bien, servir como censura para algunos planteamientos considerados de tendencia comunista y religiosa); la pérdida y destrucción de los negativos originales durante la Segunda Guerra Mundial y el descubrimiento, casi milagroso, en 2010, de una copia en Argentina, que conservaba parte del metraje recortado. Seguramente, a medida que se acerca el centenario, los lectores encontrarán múltiples análisis e información sobre esta película.

Pero Metrópolis fue, también, una historia visionaria. El guion, escrito por Fritz Lang y su esposa Thea von Harbou, incluía una serie de elementos que imaginaba objetos y circunstancias a futuro, como suelen hacer las distopías y narraciones de ciencia ficción. Uno de sus elementos más proféticos son las videollamadas, usadas por los personajes de la historia. Por otro lado, la construcción de robots humanoides y el desarrollo de la inteligencia artificial pueden encontrar un remoto antecesor en el robot de Rotwang y la implantación de María en su funcionamiento.

No solamente los detalles tecnológicos llaman la atención. Las imágenes de grandes masas de obreros entrando y saliendo de las fábricas, con el gesto cansado y cumpliendo horarios agotadores, sin posibilidad de un mejoramiento en sus condiciones de vida, reflejan en gran medida los actuales procesos laborales, en ciudades de arquitectura monumental, cuyo acceso y provecho está limitado para la estratósfera económica de los privilegiados.

Muchos de los planteamientos de Metrópolis sirvieron como punto de referencia para futuras obras del género, como Blade Runner, El quinto elemento, algunos videos musicales y el animé Metrópolis (2001) de Rintarô, en una adaptación libre escrita por Osamu Tezuka y Katsuhiro Ôtomo. No en vano, en 2001 la UNESCO incorporó a Metrópolis como parte de la “Memoria del Mundo”, tomando en cuenta, además, su profundo contenido humano y social.

Cien años después, su mensaje final continúa teniendo una vigencia que necesitamos recordar: “El mediador entre el cerebro y las manos, debe ser el corazón”.

Es imprescindible ver esta película, no sólo por su calidad y sus múltiples referencias de cultura general, sino también como una celebración de lo que el cine puede advertir y predecir sobre nuestro futuro como humanidad.

(Publicado domingo 5 de abril, 2026, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Fotograma de la película Metrópolis, con la imagen de su famoso robot).