Hace una semana, el periódico español El País publicó un amplio reportaje (escrito por Tommaso Koch) sobre algunos datos analizados en el último congreso de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL). El texto sólo se obtiene a través de suscripción, algo que me parece lamentable ya que su información es importante y debería ser accesible a un público más amplio. En todo caso, quiero compartir algunos de los datos que cita el artículo, porque son interesantes para pensar en el mundo del libro y su entorno.
El dato que causó mayor revuelo entre quienes lo comentaron fue que el 49.4 % de los títulos impresos disponibles en las librerías de España vende cero ejemplares en el transcurso de un año. Dentro de esta oferta se cuentan novelas, ensayos y cómics, incluidas las novedades, los de fondo editorial (como clásicos y reediciones) y autoediciones. También es de notar que al hablar de librerías el rango va desde las grandes cadenas hasta las independientes.
Esta cifra contrasta con la cantidad de títulos que venden más de un ejemplar y que se incrementa cada año. En el 2025, por ejemplo, se vendieron 76 millones de obras impresas, un 4 % más que en el 2024. Los lanzamientos anuales también van en aumento. Según el artículo, si hablamos estrictamente de obras literarias con enfoque comercial, hay un mínimo de 27 títulos nuevos al día. Muchos de estos libros tienen un paso brevísimo por las mesas de novedades. Esta permanencia se logra, sobre todo, si las publicaciones pertenecen a los grandes grupos editoriales. La visibilidad y la rotación de lo publicado por editoriales independientes es más trabajosa y efímera.
Aunque estos números hablan solamente de las librerías en España, surgen varias preguntas y elementos de reflexión. En nuestras latitudes, no podemos abstraernos de lo que pasa en el mundo español del libro debido a que en Latinoamérica consumimos muchas de sus publicaciones por la afinidad del lenguaje, pero también y precisamente, por la cantidad de producción y por la red de distribución de los grupos editoriales, que exportan o hacen impresiones locales de algunos títulos más exitosos, incluidas obras de autores latinoamericanos.
En Centroamérica, donde la producción editorial es muy limitada, es natural que los lectores tiendan a favorecer la compra de ediciones importadas, pese a que su precio suele ser más alto que los de impresión local. Aquí ocurre un fenómeno, ya que es común que un lector se queje por tener que pagar entre 10 a 15 dólares por libros de autores nacionales (calificándolos de caros), pero no tiene ningún impedimento en pagar más de 25 dólares por algo editado fuera de nuestra región.
Una de las preguntas que cabe hacerse es si hay lectores para tantos títulos. ¿Cuántos de todos esos millones de ejemplares vendidos anualmente son leídos? ¿Cuántos son comprados nada más que por abastecerse de la última novedad? Es un ejercicio común entre lectores comprar más de lo que se puede leer, justamente por la alta rotación de obras. Si no lo compramos el día que lo vimos, es posible que no volvamos a verlo nunca más. Esto es normal en países como el nuestro, donde las librerías son pocas y el suministro de novedades o libros de fondo es, también, limitado.
Algo en lo que me dejó pensando el artículo de El País es en la falta de información similar en el ámbito centroamericano. ¿Existe algún encuentro cuyo objetivo sea analizar el entorno de la venta, publicación y distribución del libro? Emprender una actividad semejante sería un ejercicio importante para comprender el movimiento comercial que tienen nuestras publicaciones, así como para formular propuestas y estrategias que mejoren e incentiven la producción y distribución de libros.
En un artículo titulado “La industria editorial MYPE que no vemos” (publicado en enero de este año por el escritor y editor salvadoreño Miguel Huezo Mixco en la página web paismype.com), el autor propone una serie de medidas que podrían ayudar a que la industria editorial local deje de ser tan invisible. Enfocar esta área desde el punto de vista de las micro y pequeñas empresas es razonable, debido a que las dimensiones de producción de las editoriales salvadoreñas (y centroamericanas) califican para ser consideradas como tales. Eso también las hace manejables y menos susceptibles de caer en la problemática española, donde la cantidad de publicaciones sobrepasa la capacidad de compra y lectura de los consumidores.
La más importante de las sugerencias de Huezo Mixco es la creación de un sistema nacional de información del libro, que registre la producción, ventas, empleo, tirajes, exportaciones y perfiles empresariales, ya que sin tener mediciones objetivas es difícil pensar en modernizar el sector.
Otra medida propuesta es la organización de servicios compartidos para MYPE editoriales (maquetación, diseño, ISBN, trámites y acompañamiento técnico) para lograr una reducción de costos. Así mismo, es necesaria la formación especializada para el sector y trabajar en la reducción de la brecha entre lo digital y la impresión en papel. Esto sería útil para superar las dificultades de cobro y envío, con plataformas de pago accesibles, logística integrada y tarifas razonables. También son necesarios estímulos para la digitalización de los catálogos editoriales e incentivar modelos de negocio que permitan que las obras producidas en nuestro país tengan la oportunidad de visibilizarse y competir a nivel global, según observa Huezo Mixco.
Más allá de este panorama, hay que tomar en cuenta elementos subjetivos que no son medibles. Para las grandes editoriales sigue siendo impredecible cuándo o por qué un libro se convierte en multi ventas o el motivo por el cual obras, por las que un sello apuesta en grande y tiene muchas expectativas, terminan teniendo un impacto discreto.
También habría que analizar el mundo de la auto publicación y los motivos por los cuales miles de personas aspiran a escribir y publicar. Quizás piensan que es una manera fácil de obtener ganancia económica inmediata. Suponen que, tomando el negocio en sus manos y eliminando intermediarios, lograrán no sólo mayores ventas y visibilidad, sino también la posibilidad de convertirse en uno de los contados ejemplos de autores que saltaron de las plataformas de auto publicación a tener contratos millonarios. La realidad es que hoy en día, pese a los números positivos en ventas que reportan las grandes editoriales, los adelantos y las apuestas por las “nuevas promesas” van en caída acelerada.
Como vemos, el mundo de la venta de libros no es sencillo. Hay editoriales que prefieren publicar textos de buena calidad, aunque lancen menos títulos de forma anual. Los grandes grupos publican un rango variado de calidad para satisfacer diferentes tipos de gustos, con tal de mantener o elevar sus niveles de ventas. Ventas elevadas “subsidian” (por decirlo de algún modo) las obras de menor impacto, que por lo general son escritas por autores con ambiciones más literarias.
Habrá que seguir analizando las variantes del siempre cambiante entorno de la venta de libros y los múltiples actores que involucra. Ojalá que eso permita, algún día, alcanzar un equilibrio que se traduzca en un renovado entusiasmo por los libros, pero, sobre todo, de redescubrimiento de la lectura para las nuevas generaciones.
(Publicado en La Prensa Gráfica, domingo 19 de abril, 2026. Foto propia).











