El pasado 16 de junio se realizó la presentación de No tengo patria. Ensayos y artículos periodísticos de Salarrué (1928-1939), editado por el escritor e investigador salvadoreño Miguel Huezo Mixco. El libro fue publicado por UCA editores, con el apoyo del Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI) y FLACSO El Salvador.
La publicación, de 464 páginas, es el resultado de una labor de más de cinco años de investigación realizada con el objetivo de indagar sobre el rol de Salarrué como ensayista y editorialista, uno de los aspectos menos analizados en su obra. Su fase más intensa de participación en revistas culturales y periódicos salvadoreños ocurrió entre 1931 y 1939; pero no fue hasta 1994, cuando se encontró su archivo personal, que fue posible apreciar la importancia y variedad de dichos textos. Para el investigador merecen particular atención los artículos publicados en el diario Patria (fundado por Alberto Masferrer), Repertorio Americano, Amatl y Cypactly.
No tengo patria consta de una presentación, en la que el compilador explica los objetivos del proyecto y las dificultades que tuvo la investigación; una primera parte, con la reconstrucción de la vida de Salarrué y el contexto histórico dentro del cual se formó su labor como editorialista y comentarista social y cultural; una segunda parte, con la selección de 79 ensayos y artículos del escritor; una serie de imágenes; y un anexo consistente en una cronología actualizada sobre su vida y obra. También se incluye un detalle de los títulos y años de publicación de sus libros, realizadas por editoriales salvadoreñas.
Al leer sobre las múltiples fuentes consultadas, no cabe menos que admirar la magnitud de la tarea realizada. No sólo han sido examinadas numerosas fuentes bibliográficas y hemerográficas, sino que también se involucraron diversos actores e instituciones sin cuyo apoyo el libro posiblemente continuaría inédito.
Destaco esto, ya que realizar investigaciones académicas o históricas en El Salvador es una tarea complicada. Esto se debe, sobre todo, a la dispersión, al secretismo y a la falta de organización en las fuentes archivísticas. Los investigadores se convierten en auténticos detectives que deben rastrear información y convencer a sus poseedores de permitir el acceso para consultar documentos originales. A esto sumemos que nuestra sociedad no tiene un sentido de aprecio hacia archivos históricos (que suelen considerarse como “papeles viejos, inútiles y descartables”). Estas limitantes se convierten en retos que el investigador nacional debe sortear con ingenio y paciencia.
Uno de los grandes aciertos de la primera parte del libro es el recuento minucioso de la vida de Salarrué y el contexto sociocultural e histórico que le tocó experimentar. Es decir, Salarrué no fue un personaje aislado sino un testigo inmerso en su tiempo. Conocer a sus coetáneos y la influencia de los eventos públicos en su formación personal, permite vislumbrar la evolución de la obra salarrueriana. La reconstrucción de la época y la relación con los diversos actores literarios, artísticos, políticos y espirituales lo ubican como alguien cuyo influjo se extendió más allá de lo meramente literario. Esto permite comprender por qué Salarrué no sólo es uno de nuestros más importantes escritores, sino también una referencia imprescindible para autores internacionales como Juan Rulfo o Miguel Ángel Asturias.
Todavía no termino de leer la segunda parte, pero algunos de los textos encontrados me han asombrado. Hay uno titulado “La ciudad enferma”, que fue publicado en Patria el 6 de mayo de 1929. Salarrué hace una descripción de la ciudad que casi continúa vigente. “San Salvador es una ciudad tísica, endeble y muy fea”, dice nuestro escritor quien, durante el resto del texto, hace una crítica brutal a la ciudad, a los espacios públicos y también a sus habitantes. No es el único artículo en este sentido, ya que hay varios en los que manifiesta una constante preocupación por la mejora de las actividades de ocio, así como de la calidad de los espacios y actividades públicas.
Hay varios artículos que reflejan su ideario y sus preocupaciones espirituales, en los que habla de temas teosóficos y también de Jiddu Krishnamurti, figura espiritual cuyas enseñanzas fueron absorbidas por el salvadoreño. Se toma el tiempo de hablar de algunos artistas de la época como el pintor José Mejía Vides, Gabriela Mistral, Alberto Masferrer y Arturo Ambrogi, uno de nuestros cronistas más reconocidos y censor de prensa durante el régimen de Maximiliano Hernández Martínez. Precisamente por eso, Salarrué tuvo un par de encontronazos con Ambrogi. Sin embargo, cuando éste murió en 1936, Salarrué publicó en el Repertorio Americano “Mala hierba (en la muerte de Arturo Ambrogi)”, un texto en el que narra un encuentro que tuvieron ambos en una calle de la ciudad y donde describe con calidez los gestos, movimientos y la manera de hablar de Ambrogi.
Textos como los mencionados nos permiten visualizar costumbres, tiempo y lugares, en una época donde, a falta de medios audiovisuales masivos, la descripción y la crónica literaria se convierten en documentos de referencia imprescindibles.
Paralelo al libro de Huezo Mixco, es justo nombrar, aunque sea de pasada, otras iniciativas ocurridas en fechas recientes en torno a la figura de Salarrué y que van ayudándonos a comprender y valorar mejor la complejidad de su obra. Desde hace tres o cuatro años está a disposición del público la Colección Virtual Salarrué, un proyecto hermano de la investigación realizada por Huezo, que cuenta con una galería de fotografías y una colección documental con artículos y tesis sobre su obra, así como una recopilación hemerográfica de algunas revistas donde fueron publicados sus artículos. Dicha colección está disponible al público de manera gratuita en el repositorio virtual de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de El Salvador (UCA).
A inicios de junio de este año, se publicó el libro Salarrué, vida y obra, del investigador y curador Jorge Palomo, un catálogo monográfico que incluye imágenes de más de 450 pinturas, dibujos, esculturas y grabados, así como una cronología del artista. La investigación fue respaldada por el Museo de Arte de El Salvador (MARTE) y el MUPI. Este ambicioso proyecto, que también tomó años de investigación, permitió ordenar y recopilar buena parte de su obra visual, algo que nos permite recordar que para Salarrué lo pictórico fue parte esencial de su universo creativo.
También se inauguró, en mayo pasado, la exposición “Salarrué. El viaje eterno”, organizada por el Centro Cultural de España en El Salvador y el MUPI. Curada por el artista Antonio Romero, la muestra incluyó pinturas al óleo, copias restauradas de aguafuertes, dibujos facsimilares de O-Yarkandal, fotografías y objetos personales del autor, que forman parte del legado que está bajo el cuidado del mencionado museo.
La feliz coincidencia de la exposición y la publicación de estos libros confirma no solamente la vigencia de la obra y visión de Salarrué, sino que nos revela múltiples aspectos de su escritura, su plástica y su pensamiento.
Sugiero a los lectores hacerse de una copia de No tengo patria lo más pronto posible, para profundizar en un ángulo poco conocido de la escritura de Salarrué, pero también para tener a mano una obra que, sin duda, será un documento de referencia obligada para los lectores y los estudiosos de nuestro siempre recordado Sagatara.
(Publicada domingo 28 de junio, 2026, en sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto de Salarrué).











