Con regularidad se me acercan personas a contarme los casos de su desventura en algún hospital del Seguro Social de este país.
El rango de lo que le puede ocurrir a cualquier cotizante del Seguro va desde desórdenes meramente administrativos hasta diagnósticos errados y mal praxis médica. Casos como no aparecer registrado, recibir una cita para consulta o cirugías “urgentes” para meses o incluso un año después, no recibir un diagnóstico claro de lo que se sufre, no tener en el país los medicamentos que se necesitan para las enfermedades que se registran o peor aún, recibir diagnósticos errados, ser amputado de un miembro sano, o ser diagnosticado y enviado a casa a morir con una bolsa de analgésicos y un “lo sentimos mucho”, dicho de manera robótica, deseando librarse de usted que no es más que el número de un caso en un expediente, son algunas de las cosas que me han contado que ocurren.
No he escuchado jamás a ninguna persona decir que en el Seguro se les atendió de manera excelente, ni me han contado de un caso resuelto, de una atención digna del paciente y de su circunstancia. Siempre las palabras y las historias son de rabia, impotencia, frustración, escándalo e indignación. Puede ser porque últimamente tendemos mucho a la queja que nos olvidemos de reconocer las cosas buenas y que por eso nadie se toma la tarea de contar los aspectos positivos del Seguro Social salvadoreño, que supongo tiene, pero que me son desconocidos.
Uno de los gremios más vulnerables en cuanto a la falta de protección social en este país es el de los escritores. Por la misma naturaleza de nuestro oficio, muchos artistas (quien esto escribe incluida), hemos vivido durante años de trabajos de medio tiempo o de oficios ocasionales no relacionados con nuestras disciplinas, con el objetivo de tener tiempo libre para nuestros afanes creativos.
Esto es algo que quizás resulta difícil de entender para quienes piensan que lo principal en la vida es el dinero. En el caso de los escritores lo principal para nosotros es tener tiempo para la literatura, para escribir nuestros libros. Pero lo realista es que además hay que comer, pagar alquiler, sustentar a la familia y a nosotros mismos. Y eso nos obliga a buscar el trabajo remunerado, como cualquiera. Leer más
Sé bien, sé bien que estoy en el fondo de la fosa;







