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De no ser escritores, seríamos…
Nos preguntaron a seis escritores qué nos hubiera gustado ser (en esta vida o en cualquier otra) de no haber sido escritores. Las respuestas puede leerlas en la revista Traviesa. Y de paso, dénse una vuelta por las otras secciones.
El oficio de la columna
Dos o tres personas que conozco, de diferentes ámbitos y que no se conocen entre sí, me hicieron comentarios tan parecidos sobre un mismo tema, que me dejaron pensativa. “Otro que se cree columnista” o “ahora todo mundo es columnista”, dijeron. La crítica iba dirigida en específico a las secciones de opinión de los periódicos impresos y digitales salvadoreños.
Criticaron el contenido y los autores de varias columnas de opinión. Terminaban abominando de todas y burlándose con desprecio de los columnistas. Fue inevitable sentirme aludida.
Es lamentable que un espacio periodístico que ofrece grandes posibilidades y que goza de mucho respeto en medios internacionales, sea percibido con tanta negatividad en el país. Aunque comprendo de dónde proviene la molestia. Más de una vez leo columnas que dan pena ajena, que son aburridas, que no dicen nada y sobre todo, nada nuevo, porque muchos pasan rumiando durante días los mismos temas.
Pero también hay columnas muy bien escritas, con argumentos sensatos, planteadas de manera respetuosa y sin prejuicios, que ponen el dedo en la llaga de algún asunto del cual es necesario hablar; hay columnas escritas con un fino sentido de la ironía y otras que dicen verdades que son bofetadas necesarias para asumir la realidad de este complejo país.
Las columnas de opinión de los diarios impresos y digitales son, en gran medida, una buena forma de tomar el pulso de la realidad, tomando en cuenta opiniones muy diversas.
El lector busca encontrar en ellas a alguien que represente sus mismas ideas y que exprese su sentir. Alguien que puede decir en público lo que el ciudadano común no tiene oportunidad de hacer. El columnista llega a representar, de alguna manera, el sentir de los lectores y la esperanza o la certeza de que muchos compartimos las mismas opiniones.
Literary Coffee
The clues to a great story (Ted talk by Andrew Stanton)
Oxford University Press and The Making of a Book
Película muda de 1925, donde se presenta todo el proceso de producción de una edición en tapa dura del Oxford English Dictionary. (Producida por la Federation of British Industry, como parte de una serie para ilustrar la vida industrial).
Poe: un personaje de sí mismo
El 3 de octubre de 1849, un hombre delirante que necesitaba auxilio fue encontrado en las calles de la ciudad de Baltimore. Ese hombre fue llevado al Washington Medical College donde murió cuatro días después. El delirante nunca recuperó la cordura ni explicó lo que le ocurrió. Ese hombre era Edgar Allan Poe. Tenía 40 años.
Los periódicos de la época reportaron que había muerto por “congestión cerebral”, un término común para referirse a una causa de muerte “no respetable”. El certificado de defunción y sus registros médicos desaparecieron tiempo después. Eso impide al día de hoy definir cuál fue la causa exacta de su muerte. Se especula que pudo ser por delirium tremens, epilepsia, sífilis, meningitis, cólera, rabia o una condición cardíaca.
Hay también quien sostiene que Poe fue víctima de una práctica conocida como “cooping” (que traducida significaría “enjaulamiento”). Esta práctica era llevada a cabo durante el siglo XIX en días de votaciones. Pandillas secuestraban a gente cualquiera de la calle, la encerraban, les daban alcohol o drogas y los obligaban a ir a votar varias veces en el mismo día, por el candidato para el cual trabajaba la pandilla. Para variar su identidad les cambiaban la ropa y les ponían pelucas o bigotes falsos. Esa sería una explicación probable al hecho de que Poe apareció vestido con ropa que no era propia y de su desaparición de tres días, antes de ser encontrado, y durante los cuales no se sabe qué ocurrió.
Mucho se ha especulado desde entonces no sólo sobre la causa real de su muerte, sino también sobre su vida completa, de la cual se han contado historias que se confunden con la realidad.
Parte de la fama oscura de su vida proviene de Rufus Wilmot Griswold, poeta, editor y crítico, que sentía una gran rivalidad y resentimiento hacia Poe. El rencor comenzó luego de una crítica que éste hizo de una antología de poesía elaborada por Griswold, en la que cuestionaba a los autores incluidos, pero también a los excluidos. La rivalidad se extendió al campo laboral gracias a que Griswold sustituyó a Poe como editor de la Graham’s Magazine (incluso ganando un sueldo mayor). Otro motivo de discordia entre ambos fue el interés romántico en la misma mujer, una poeta llamada Frances Sargent Osgood. Leer más
Archivos del dolor nacional
“A mi hermano lo mataron en Zaragoza en 1987”, dijo la mujer. La escuchábamos un hombre que estaba sentado en la cuneta, dos policías y yo. Estábamos en una de las varias protestas que han ocurrido frente al Arzobispado de San Salvador, desde que se diera a conocer la disolución de Tutela Legal el pasado 30 de septiembre.
La mujer estaba tan curtida por el paso del tiempo y las dificultades, que me fue imposible calcular su edad. Tendría más de 60 años, aunque no me sorprendería que fuera menor.
Su hermano había sido guerrillero. En algún momento se retiró y volvió a su hogar, sobre todo para tranquilizar a su madre, quien sufría mucho ante la incertidumbre del destino de su hijo. Por algún motivo que no detalló, el hombre tuvo que irse a un refugio. Allí llegó el ejército a capturar gente, entre ellos a su hermano, que jamás regresó.
La mujer se dio a la tarea, por demás peligrosa en aquel tiempo, de averiguar su paradero. Logró descubrir no sólo que a su hermano lo habían torturado y matado, sino los nombres de los responsables. Lo que nunca descubrió fue dónde quedó el cadáver.
Cuando se enteró del cierre de Tutela Legal, esta mujer fue hasta el Arzobispado. Estaba preocupada por el destino del expediente de su caso.
Los policías que escuchaban el relato eran jóvenes. Calculo que nacieron a inicios de los 80. Uno de ellos le preguntó a la mujer qué era lo que quería, por qué estaba allí, manifestándose. La mujer dijo que no quería dinero ni indemnización alguna por parte de nadie. Lo que quería era recuperar el expediente del caso de su hermano y localizar a los culpables, no para cobrar venganza, sino para que le dijeran dónde está enterrado su hermano.
Decía la mujer que era por lo que había estado luchando desde que se lo llevaron. Porque no soportaba el dolor de su madre. Porque no tenían ni dónde ir a ponerle flores. Que necesitaban enterrarlo decentemente porque “no fue un chucho lo que mataron, fue una persona”. Leer más
Otra cara de nuestra religiosidad
Llama la atención que en un país tan religioso como el nuestro, el estudio, la discusión y la investigación sobre nuestras creencias y prácticas espirituales es aún incipiente.
Para muchos, la práctica de una religión es considerada como algo imprescindible. Es común que la religión que se practica en el grupo familiar sea aceptada por tradición, sin realmente vivir la fe ni creer en sus preceptos. Escasos son los que tienen alguna epifanía o revelación personal que les permite encontrar su camino espiritual. Y pocos, muy pocos, son aquellos que, con la mente abierta y sin prejuicio alguno, se toman el trabajo de acercarse a diferentes religiones y prácticas para estudiarlas, informarse y conocerlas.
Por desgracia, en El Salvador, hablar de creencias religiosas diversas es un tema tabú. Se asume que la religión católica, practicada por la mayoría de la población, es la “única y verdadera”, despreciando otras denominaciones y prácticas. Lo que a muchos se les olvida, o lo que ignoran, es que en nuestro país varias religiones conviven en el mismo territorio de manera armoniosa. Tenemos un par de mezquitas islámicas y también un imponente templo mormón, aparte de templos de varias denominaciones evangélicas y pentecostales, cuyos miembros son numerosos.
En ese sentido me pareció muy importante la realización del Primer Coloquio Salvadoreño de Religiosidad Popular en el Museo Nacional de Antropología (MUNA), organizado por la Dirección Nacional de Investigaciones (DNI) de la Secretaría de Cultura, la Universidad Tecnológica, la Universidad Don Bosco, la Academia Salvadoreña de la Historia y el Centro Cultural de España.
El Coloquio es reflejo de un interés creciente por parte de las Ciencias Sociales en estudiar la religiosidad popular, no sólo como una manifestación cultural sino también como parte de la identidad de los pueblos. Es importante estudiar la historia, el desarrollo y la dinámica de todos estos sistemas de creencias para poder comprender el origen de varias de nuestras costumbres y también para observar su impacto en la sociedad y en eventos históricos, así como los cambios que dichas creencias han experimentado a través del tiempo. Leer más
Una noche en Marshall Point
Para llegar a la comunidad garífuna de Marshall Point, hay que cruzar Laguna de Perlas, en la Costa Atlántica de Nicaragua. La Laguna es de dimensiones gigantescas. O por lo menos así parece cuando se está sentada en una lancha o panga (como la llaman allá) con capacidad para unas 8 o 10 personas.
Las aguas de la laguna son temperamentales. De madrugada el agua es mansa. Es cuando la gente sale a pescar. En el transcurso de la mañana, y a lo largo del día, las olas se ponen violentas, tanto que a veces su navegación llega a ser peligrosa. No son extraños los infortunios. Pangas que se dan vuelta en alguna tormenta, cuando las aguas de la Laguna son furiosas.
Tienen los misquitos una leyenda sobre la Laguna: dicen que en el fondo de ella vive una sirena. Y que cuando las embarcaciones se dan vuelta, ella sube a llevarse a alguien al fondo del agua. Por eso, cuando alguien se ahoga en Laguna de Perlas y no aparece su cadáver, dicen que “se lo llevó la sirena”.
En las márgenes de la Laguna hay un par de comunidades garífunas. Estos son descendientes directos de los esclavos africanos que sobrevivieron al naufragio de un par de barcos, alrededor de 1635. Muchos lograron salvarse y refugiarse en la isla de St. Vincent, en las Antillas Menores. Muchos llegaron después a Centroamérica.
Durante la Revolución Sandinista, en los años 80, un gran número de garífunas abandonó Laguna de Perlas debido a los ataques armados de la Contra. Algunos se quedaron en Bluefields, otros se dispersaron por las ciudades del Pacífico. Cuando la Contra se retiró de ese territorio, los líderes de la comunidad localizaron a toda la gente y la convencieron de regresar a la Laguna. Sentían que la vida en la ciudad estaba destruyendo a la comunidad y afectando sus costumbres.
Muchos aceptaron regresar. Emprendieron el retorno. Fundaron un nuevo asentamiento, La Fe. Lo bautizaron con ese nombre porque tenían fe en que las cosas mejorarían. La historia de cómo los garífunas huyeron de la Contra y el retorno a sus tierras me fue contada por Florentino Solís, líder de La Fe, sentados junto con otras personas de la comunidad, bajo la fronda de un gigantesco árbol de mango. Jamás tendré la habilidad para reproducir todo lo que nos contó Florentino. Escucharlo era como oír a Moisés narrando la huida de Egipto hacia la tierra prometida. Leer más
Calidad y bestsellers
En 1989, el escritor estadounidense Ken Follett publicó la novela Los pilares de la tierra. Para Follett este libro era una apuesta arriesgada. Sus novelas anteriores eran del género de suspenso. Pero Follett se había obsesionado con la historia de la construcción de una catedral. Visitó tantas catedrales como pudo, leyó varios libros sobre arquitectura de catedrales. Y terminó escribiendo una novela alrededor del tema.
Su editor no estaba muy entusiasmado con la idea, pero apostó por Follett porque sus libros son garantía de ventas. Pensó que lo peor que podía pasar es que el libro se vendiera menos de lo usual, aunque un margen de ganancia estaba asegurado de antemano gracias a la fama de Follett. Es un autor que suele figurar en la lista de los diez escritores más ricos del mundo. Sus libros han vendido millones de copias.
Los pilares de la tierra no sólo se vendió muy bien sino que se convirtió en el libro más vendido de Follett hasta ese momento. En el año 2007, la fama de la novela se reavivó gracias a que la presentadora de televisión Oprah Winfrey lo seleccionó para su Club de Libros. Cualquier libro seleccionado por Winfrey para su Club vende, de forma automática, millones de ejemplares.
No recuerdo qué fue lo que me llamó tanto la curiosidad de leerlo. La descripción de la historia no era nada emocionante. Pero leí muchos comentarios entusiastas sobre la novela. También leí un par de entrevistas con Follett, que me gustaron porque reflejaban a un escritor que se toma en serio el oficio.
Me senté a leerlo durante las vacaciones de diciembre del 2007. Dediqué toda la semana, desde la mañana a la tarde, a leer sus 983 páginas. Es de esos libros que enganchan de inmediato, que uno tiene avidez por leer, que no queremos que termine y que cuando termina, nos deja un vacío.
Su lectura resultó una agradable sorpresa. Porque confieso que lo leí con el prejuicio que nos provocan los bestsellers. Pero bestseller no tiene por qué ser sinónimo de mala literatura o literatura ligera. Leer más
El silencio y la memoria
¿En qué momento el Pasado se convierte en Historia? ¿Es el rescate de la memoria el paso intermedio necesario, el eslabón que une a ambos? ¿Qué pasa cuando un país o una sociedad cultivan el silencio que suprime los hechos incómodos o vergonzosos?
El silencio sobre ciertos eventos de la historia nacional reciente es uno de los obstáculos que enfrentan los investigadores al intentar reconstruir los hechos de la guerra de los 80 en El Salvador. Hace unas semanas, la académica Evelyn Galindo-Doucette, en su columna de la revista digital ContrACultura, planteaba en torno a este tema algunas preguntas interesantes: ¿Hay una ética de memoria y olvido en El Salvador? ¿Qué perspectivas se excluyen de la memoria “oficial”? ¿Cuáles son los silencios y tabúes en la guerra de los 80 en El Salvador?
El silencio sobre alguno de los hechos de la guerra puede estar enraizado en códigos de conducta impuestos por los bandos en contienda y que, bajo la consigna de estar en guerra, exigía de todos los involucrados la secretividad como norma de disciplina militar.
Dichos códigos de conducta exigían una lealtad absoluta, ciega. Era la manera de garantizar la andanza de la guerra, la sobrevivencia en condiciones de clandestinidad y la disciplina de los ejércitos en contienda. No sólo no se podía dar información al enemigo o cambiar de bando, sino que tampoco se podía dudar o cuestionar ninguna orden recibida, so pena de ser considerado un traidor.
Esos códigos de conducta, aprendidos por los participantes activos de la guerra (sin importar si fueron de derecha o de izquierda), fueron asumidos por los individuos, no solamente como un pacto ideológico necesario, sino que quedaron grabados e incorporados en el carácter de muchos, constituyendo hábitos de conducta personal que se arrastran hasta el día de hoy.
Sé de hijos de militantes de izquierda o de miembros de la derecha y del ejército que, hasta la fecha, continúan sin conocer con exactitud el rol que sus padres jugaron en la guerra. Cabe suponer que no ha habido, ni siquiera en la esfera privada, diálogos francos sobre la guerra de los 80. Leer más



