En la revista mexicana T6 Magazine, Cine y Literatura, han publicado «Vivir cansa: Cesare Pavese», de mi serie El Club de los Escritores Suicidas. Además de ello, artículos sobre los Óscar y un homenaje a varias actrices.
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La franja gris del desempleo
Soy una de tantas personas que amaneció desempleada en 2014. A fines de octubre del 2013, la fundación que subsidiaba el proyecto en el que trabajaba, decidió suspender el financiamiento. La medida se hizo efectiva a partir del 1 de enero.
El equipo de producción del proyecto, donde me desempeño como editora regional para Latinoamérica de una página web con 126 escritores de 60 países, decidimos seguir adelante. Nos parece que el esfuerzo y el trabajo de los últimos 4 años no pueden terminar sin dar la lucha. Pensamos que crear y manejar una red tan grande de personas alrededor del mundo, para escribir sobre temas de globalización y economía, es un gran logro. De hecho hasta ganamos un premio en Alemania por ello. Ahora buscamos financiamiento, alianzas, nuevos modelos de negocios. Sigo teniendo el cargo, pero mi trabajo es voluntario. Así es que debo encontrar un trabajo remunerado. Cuento todo esto para hacer constar que no fui despedida.
Comencé así el calvario de buscar empleo. Me sorprendió la reacción de algunas personas. Al decirles que estoy buscando trabajo, me tratan como si fuera una impertinente. Como si buscar trabajo “a mi edad” fuera un asunto de mal gusto. Algo indigno. Ni preguntan qué pasó ni qué busco. Cambian la plática, se despiden rápidamente o me miran como si lo que ando pidiendo es limosna.
No faltan los oportunistas. Gente que te ofrece un trabajo temporal, a menor precio del que se paga normalmente, donde la decisión de aceptar se debate entre la necesidad y la dignidad.
Busco en las secciones de empleo de periódicos, revistas y páginas web. Todos los trabajos tienen límite de edad. El más generoso era de 40 años, lo común es 35 o 36. El título universitario es una exigencia imprescindible. Hasta para ser secretaria se pide ahora tener por lo menos un par de años de estudio universitario. Como si eso garantizara las capacidades buscadas.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien
Estoy en el asiento 26A del avión. Es ventanilla. El cielo se mira oscuro. Parece de noche, aunque ya son casi las 8 de la mañana. El aeropuerto de Frankfurt (Alemania) es un hormiguero. Aviones entran y salen sin parar. Buses mueven pasajeros, camioncitos llevan y traen maletas, personal de campo va y viene en diferentes vehículos. Luces verdes, amarillas, rojas y azules iluminan las pistas del aeropuerto.
Miro todo aquello mientras los pasajeros suben al avión. Hay música ambiental. Suena una versión de “Just Like a Woman” de Bob Dylan, susurrada por Charlotte Gainsbourg. Sigo viendo por la ventanilla. El día anterior hizo cero grados. Durante la noche cayó un agua-lluvia que dejó un poquito de nieve sobre los carros.
Comienza a sonar un piano. Reconozco de inmediato “Morning Has Broken” de Cat Stevens. Recuerdo que también la escuché en el avión que me llevó de Madrid a Frankfurt. Supongo que usan la misma grabación en todos los vuelos regionales.
Afuera comenzó a clarear. Admiré recordar cada palabra de esa canción que pertenece a mi infancia. La letra es preciosa. Es una alabanza a la vida. Habla del primer pájaro de la creación, el primer rocío, la primera hierba, del ciclo de la vida que se renueva a diario. Cada nuevo día es una nueva primera vez.
La letra pertenece a un popular himno cristiano de los Estados Unidos, publicado en 1931. Cat Stevens lo grabó cuarenta años después y fue uno de sus más grandes éxitos.
Algo pasó en ese momento. Me conmoví mucho. Pero no supe por qué. Nada más sentí los ojos llenárseme de lágrimas. Luché para que no salieran. La lágrima del ojo derecho se re absorbió. Pero la del ojo izquierdo estaba allí, sentada en el rabillo del ojo, esperando el momento adecuado para saltar hasta mi pómulo. Esperando con paciencia. Creciendo y creciendo mientras Cat Stevens cantaba: “Praise with elation/Praise every morning/God’s recreation of the new day”.
El número 111 de la revista Cultura
Ya está circulando el número 111 de la revista Cultura de El Salvador. En ella se publican unas breves crónicas que escribí en Costa Rica. También se publica la obra Anafilaxis de Jorgelina Cerritos; poemas de Krisma Mancía, María Cristina Orantes y Tania Pleitez; una crónica (que recomiendo mucho) del guatemalteco Julio Prado, entre varios materiales más. Todo acompañado por ilustraciones de Renacho Melgar y Licry Bicard.
Soñemos
Me gustaría ver un candidato fresco, hombre o mujer, que no esté quemado dentro del mundillo político. Que no esté ninguneado hasta el ridículo en las redes sociales. Alguien que me hable en un lenguaje con el que me pueda identificar. Que me hable de “vos” o de “usted”, pero jamás de “tú”, porque de niña me enseñaron que el “tú” se usa en otros países y no aquí en El Salvador.
Me gustaría un candidato que respondiera a las preguntas de manera directa y clara, no con 27 frases vacías e incoherentes que dicen de todo pero que al final no lo comprometen con nada. Frases de cajón que ya nos sabemos de memoria y que sólo son mentiras piadosas electoreras.
Me gustaría un candidato que cuando sea presidente, honre como se merece las dos grandes tragedias del siglo XX en El Salvador: la matanza de 1932 y la guerra de los 80. Me gustaría un candidato que comprendiera que hacer justicia no es sinónimo de cobrar venganza sino la única manera que queda para dignificar a los muertos, a los desaparecidos y a nosotros mismos.
Me gustaría un candidato con ideas modernas. Un candidato informado sobre los avances de la tecnología y la ciencia, sobre las tendencias de la cultura mundial, sobre las discusiones de la filosofía y la academia.
Me gustaría muchísimo un candidato que comprendiera que la cultura no es solamente el baile folklórico que se realiza como cápsula de entretenimiento en los eventos oficiales o en las recepciones diplomáticas. Un candidato que lea a los escritores nacionales, que le guste el buen cine y ojalá también el rock. Un candidato que cuando sea presidente le dé a la cultura la importancia que se merece.
Me gustaría un candidato que piense en cómo lograr el desarrollo sin destruir ni poner en riesgo los limitados recursos naturales del país. Un candidato que no venda la riqueza nacional al mejor postor y que anteponga el bienestar de la gente por sobre la ganancia económica.
Poe ilustrado por Gustave Doré
Un versión de El cuervo de Edgar Allan Poe ilustrada por Gustave Doré, a disposición en este enlace de la página web de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.
La escritura en tiempos de tecnología
Cada día producimos en escritura el equivalente a millones de libros. Globalmente se envían 154.6 mil millones de correos electrónicos. Se publican más de 400 millones de tweets. En Facebook producimos alrededor de unas 16 mil millones de palabras. Se publican más de un millón de posts en blogs y se escriben alrededor de 2 millones de comentarios a posts. Eso solamente en la plataforma WordPress. Faltaría contabilizar las demás.
Si se junta toda esa escritura, la humanidad compone a diario el equivalente a 36 millones de libros. Para darse una idea: la Librería del Congreso de los Estados Unidos tiene, en su totalidad, 23 millones de libros.
Encontré esta información en un artículo de la revista Wired titulado “Pensando en voz alta. Cómo las redes exitosas nutren las buenas ideas” de Clive Thompson, un periodista canadiense que escribe sobre el impacto social y cultural producido por las tecnologías digitales.
Para Thompson, la tecnología está cambiando los patrones de pensamiento, para bien y para mal. Gracias a la horizontalidad de internet, donde se puede acceder a información y redes de comunicación, todos pueden tener una voz y se puede ser escuchado, visto o por lo menos leído.
Pero cantidad no es sinónimo de calidad. No todo lo que se escribe en la red es de lo mejor. Los números mencionados al inicio sirven para hacernos reflexionar sobre cómo la mayoría de nosotros, quiérase o no, utilizamos recursos que nos obligan a escribir para comunicarnos.
Dice Thompson en su artículo que ahora somos “una cultura global de ávidos escritores, que casi siempre escribe para una audiencia. Cuando se escribe algo en línea –sea una frase, un comentario a una fotografía o un post de mil palabras– se hace con la expectativa de que alguien pueda leerlo, incluso cuando se publica de manera anónima”.
Acaso ese detalle sea el que estimula el apetito por escribir en la red: encontrar un lector, no en el sentido literario de la palabra, sino alguien empático, el que coincide con los sentimientos y opiniones expresadas y que representa un confidente, un amigo o aliado potencial.
La música de Boris Vian
Lo que leyeron los que escriben en 2013
«Lo que leyeron los que escriben en 2013», un interesante listado de lecturas recomendadas por varios escritores, incluida mi selección. Recopilado por El Faro.
La verdad, Regina José Galindo
El 21 de noviembre de 2013, en el Centro Cultural de España de Guatemala, Regina José Galindo lee durante una hora testimonios de sobrevivientes del conflicto armado en Guatemala. Mientras lo hace, un dentista intenta silenciarla inyectándole anestesia en la boca varias veces. (Duración del video: una hora y 10 minutos. Advertencia: Los testimonios leídos son muy gráficos).
Regina José lee durante una hora testimonios de sobrevivientes. Dolor tras dolor. Pensé que en una hora pueden leerse todos esos testimonios y aún así, estar apenas viendo la punta del iceberg del terror de aquellos días. ¿Cuántas horas tomaría leer todos los testimonios del horror en Guatemala? ¿Y si le juntáramos los testimonios del horror en El Salvador? ¿Los de toda Centroamérica, los de Latino América? ¿Los de las Guerras Mundiales, los conflictos del Medio Oriente, de África? ¿Cuánto tiempo tardaríamos en leer las historias de horror del mundo, las historias del horror del humano contra el humano? Quizás no haríamos otra cosa, todo el día, todos los días, más que leer/hablar/testimoniar sobre el horror.
Anestesia para no hablar, para callar. ¿De cuántas maneras nos anestesia el sistema a diario para que no hablemos, para que no levantemos la voz, para que no hablemos claro, para que no digamos la verdad? ¿Con qué nos anestesian para que no pensemos ni sintamos ni nos conmovamos con el dolor ajeno, para que no nos duela ni nuestro propio dolor? ¿Qué tan genuino es nuestro intento por hablar/denunciar cuando tenemos la boca llena de algodones? ¿Cuántas dosis son necesarias para adormecernos? ¿Pocas, muchas? ¿Nos anestesian hasta matarnos o somos resistentes a la anestesia y seguimos sintiendo el dolor, aunque nadie nos crea?
El murmullo de una boca anestesiada, cuyas palabras apenas se entienden. Pienso en el proceso inverso: en la vivencia del dolor, en la necesidad del silencio para digerir el dolor, para darle nombre, para definirlo, para hacer un rompecabezas entre palabras y sentimientos, para encontrar las palabras que expresen todos los matices del dolor. El dolor que poco a poco va naciendo y definiéndose en palabras que, al comienzo, son un murmullo, palabras sueltas para conformar el testimonio de la verdad individual, en el necesario bálsamo inicial del silencio y el olvido. En la memoria de los hechos que arrastra sobre la playa de nuestro presente la escoria de nuestros peores recuerdos.
«No importa qué tanto intenten callarnos. La verdad está ahí. Nadie podrá silenciarla», dice Regina José en el correo donde comparte el video.
Regina José habla e intenta ser callada, aunque sigue hablando hasta donde dan la voz y las palabras. De esa manera, viaja desde el presente hasta el pasado, desde la voz hasta el silencio, desde el bienestar hasta el dolor, atravesando el proceso inverso de los sobrevivientes: del dolor, del silencio, del murmullo hacia la voz que habla con claridad, que dice sin miedo. Olvido, silencio, memoria, recuerdo, palabra.
La ciudad en bicicleta
Algo que me llamó la atención durante mi reciente visita a la ciudad de México fue la gran cantidad de gente moviéndose en bicicleta.
Parte de ello se debe a la implementación en el 2010 de Ecobici, el sistema de transporte individual organizado por el Gobierno del Distrito Federal. El programa consta de 276 estaciones en toda la ciudad, con 4,000 bicicletas a disposición de la ciudadanía. Ubicadas en varios puntos estratégicos, como paradas de buses y metro, parques, comercios o zonas de gran afluencia, la intención es poner a disposición general un medio alternativo de transporte para rutas cortas dentro de la ciudad, y ser un complemento al sistema de transporte público, que incluye el Metro y el Metrobús.
Como parte de las actividades del 2º. Foro Latinoamericano de Medios Digitales y Periodismo, los invitados tuvimos oportunidad de conocer algunos detalles interesantes de este sistema e incluso probarlo, gracias a que nos prestaron tarjetas para usar las bicicletas a conveniencia. Para varios de nosotros significó una alternativa práctica para movernos desde el hotel hasta los lugares donde se desarrollaban las actividades del Foro, lo cual nos permitió ahorrar tiempo y dinero.
Las bicicletas circulan por ciclovías exclusivas que corren en varias zonas de la ciudad como la Avenida Reforma, el Centro Histórico, Colonia Juárez, Roma y Escandón, entre varios puntos más. Los interesados en usar el sistema pueden registrarse en cualquiera de los puntos de atención. Por una anualidad de poco más de 30 dólares, la persona tiene derecho a usar las bicicletas todos los días del año, las veces que necesite al día, siempre y cuando no la utilice más de 45 minutos por vez, que es el tiempo máximo de uso.
Según me comentaba alguien que trabajó en el proyecto, Ecobici se originó a partir de la iniciativa de varios grupos que organizaban pedaleadas por la ciudad. La idea era poder hacer ejercicio, pero también hacer conciencia sobre el uso de un medio no contaminante como la bicicleta en una ciudad como el Distrito Federal. Esas pedaleadas originaron luego varias concentraciones para exigir a las autoridades la construcción de ciclovías y campañas de educación vial, sobre todo para los conductores de automotores, para concientizarlos sobre la presencia de los ciclistas.
Marcel Proust en Venecia

Marcel Proust en Venecia, sentado en la terraza del Hotel Europa.


