Una noche en Marshall Point

Para llegar a la comunidad garífuna de Marshall Point, hay que cruzar Laguna de Perlas, en la Costa Atlántica de Nicaragua. La Laguna es de dimensiones gigantescas. O por lo menos así parece cuando se está sentada en una lancha o panga (como la llaman allá) con capacidad para unas 8 o 10 personas.

Las aguas de la laguna son temperamentales. De madrugada el agua es mansa. Es cuando la gente sale a pescar. En el transcurso de la mañana, y a lo largo del día, las olas se ponen violentas, tanto que a veces su navegación llega a ser peligrosa. No son extraños los infortunios. Pangas que se dan vuelta en alguna tormenta, cuando las aguas de la Laguna son furiosas.

Tienen los misquitos una leyenda sobre la Laguna: dicen que en el fondo de ella vive una sirena. Y que cuando las embarcaciones se dan vuelta, ella sube a llevarse a alguien al fondo del agua. Por eso, cuando alguien se ahoga en Laguna de Perlas y no aparece su cadáver, dicen que “se lo llevó la sirena”.

En las márgenes de la Laguna hay un par de comunidades garífunas. Estos son descendientes directos de los esclavos africanos que sobrevivieron al naufragio de un par de barcos, alrededor de 1635. Muchos lograron salvarse y refugiarse en la isla de St. Vincent, en las Antillas Menores. Muchos llegaron después a Centroamérica.

Durante la Revolución Sandinista, en los años 80, un gran número de garífunas abandonó Laguna de Perlas debido a los ataques armados de la Contra. Algunos se quedaron en Bluefields, otros se dispersaron por las ciudades del Pacífico. Cuando la Contra se retiró de ese territorio, los líderes de la comunidad localizaron a toda la gente y la convencieron de regresar a la Laguna. Sentían que la vida en la ciudad estaba destruyendo a la comunidad y afectando sus costumbres.

Muchos aceptaron regresar. Emprendieron el retorno. Fundaron un nuevo asentamiento, La Fe. Lo bautizaron con ese nombre porque tenían fe en que las cosas mejorarían. La historia de cómo los garífunas huyeron de la Contra y el retorno a sus tierras me fue contada por Florentino Solís, líder de La Fe, sentados junto con otras personas de la comunidad, bajo la fronda de un gigantesco árbol de mango. Jamás tendré la habilidad para reproducir todo lo que nos contó Florentino. Escucharlo era como oír a Moisés narrando la huida de Egipto hacia la tierra prometida.

Fue poco después del retorno de los garífunas que comencé a viajar a Laguna de Perlas. Trabajaba con una ONG que financiaba proyectos en la Costa Atlántica. Me tocaba supervisar los avances de los proyectos en el Atlántico Sur.

Una vez llegué a Marshall Point pero me extrañó que no hubiera nadie en el muelle. Siempre que arribaba una panga, media comunidad iba al muelle a recibirnos, a ver quiénes éramos los visitantes. Los niños hacían una algarabía tal que la cosa parecía fiesta. Eso nos hacía sentir siempre muy bienvenidos. Los garífunas son gente muy cálida.

Pero aquella vez sólo llegaron dos o tres niños y un par de adultos. Me advirtieron que no podríamos trabajar porque había muerto alguien. No entendí el problema. Me explicaron: cuando alguien de la comunidad muere, todo se paraliza en función de la vela, el entierro y los días de duelo. Todos visitan la casa del difunto. Acompañan a la familia. Les llevan comida. Hacen oraciones y cantan sus canciones. El último día de la semana de duelo, colocan sobre la cama del difunto sus objetos favoritos. Y los amigos cercanos y familiares pueden llevarse uno de esos objetos, como recuerdo del muerto.

Me lo explicaron aquella misma noche mientras estábamos los 3 o 4 que habíamos llegado de Bluefields, sentados en una panga amarrada al muelle, tomando ron a pico de botella. Como teníamos que visitar varias comunidades más, teníamos que dormir allí. Hasta el muelle llegaban las voces de unas mujeres que cantaban en casa del difunto.

También estaba con nosotros el Snake doctor. Era el guía espiritual de la comunidad y también el doctor de enfermedades físicas, experto en picaduras de culebras. Me habló sobre el baile del walla gallo, el rito de tocar los tambores y bailar con un gallo en la mano alrededor de la cama de un moribundo. El baile, el canto y los tambores lo harán levantarse de la cama. El mal deberá salir del enfermo y entrar al cuerpo del gallo. Hay varios testimonios de gente que, ya en las últimas, se levantó de la cama, bailó el walla gallo y vivió algún tiempo más.

Al rato llegaron dos viejitas garífunas, muy delgadas, con la piel curtida y arrugada. Se sentaron con nosotros a tomar ron. Alguien venía con ellas. Nos traducía cuando ellas hablaban. Ellas eran las que habíamos oído cantar. Eran de las pocas personas en Laguna de Perlas que hablaban garífuna y que podían cantar aquellas canciones. Los jóvenes sólo quieren irse a Bluefields o a Managua y los que se quedan no tienen interés en aprender, decían ellas.

Sentí angustia al pensar que su idioma podía desaparecer. Ellas ya estaban bastante mayores. Me pareció urgente que transmitieran su conocimiento a otros. Rescatar la sabiduría que aquellas dos ancianas habían acumulado durante toda su vida. Pensé en las historias que aquellas mujeres podrían contar pero que se perderían si nadie las escuchaba y registraba en alguna parte.

Entonces una de ellas comenzó a cantar. La otra se le unió. Cantaron las dos una canción tan triste que me llenó los ojos de lágrimas. No supe de qué hablaba la canción. Sólo se escuchaba el rumor del agua contra la playa o golpeando los troncos del muelle, y la voz de aquellas ancianas que cantaban las canciones de sus ancestros africanos.

Cuando terminaron de cantar, todos permanecimos en silencio. Los grillos dijeron por nosotros las tristezas que se nos quedaron atoradas en la garganta.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 22 de septiembre 2013).