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Noticias desde la Calle Desolación

Que le hayan dado el Premio Nobel de Literatura 2016 a Bob Dylan, un cantautor, no me sorprende. No siento que sea “un insulto a los escritores o a la literatura”, ni tampoco que “la literatura ha muerto” por eso, como dijeron muchos detractores de esta designación, entre ellos, varios escritores reconocidos. ¿Por qué tanto desgarrarse las vestiduras por un premio literario, no importando cómo se llame el premio o el ganador del mismo? La literatura no es competencia. El Nobel no es un sello indiscutible, absoluto e incuestionable de calidad. Hay docenas de ganadores del Nobel de Literatura que son desconocidos y que están en el olvido, a pesar de haberlo ganado. Los sorprendidos porque el Nobel de Literatura se le concediera este año a un músico, aprovechan también para despotricar contra la ganadora del año pasado, una periodista. Son sus argumentos para decir que en Suecia ya no saben lo que es literatura. Olvidan o ignoran que en 1953, el estadista británico Sir Winston Churchill ganó el mismo premio por “su maestría en …

No es país para viejos

Por los múltiples ires y venires de mi vida, supe desde años atrás que para mí no habrá nunca una pensión para retirarme de la vida laboral a ninguna edad. Desde hace años tengo claro que lo que me toca es trabajar hasta morir y que, si las cosas se ponen demasiado complicadas, tocará albergarme en alguna institución pública o debajo de algún puente para pasar mi decadencia final. No es una perspectiva estimulante ni mucho menos lo que quiero para mi vida, pero es mi realidad. Quizás por eso siempre miré a mis pocos amigos que tienen trabajo estable con cierta envidia, por la tranquilidad mental que concede el saber que tienen recursos para el futuro y que eso les ayudaría a conservar no sólo sus condiciones de vida actuales, sino sobre todo, la independencia y la dignidad que todo ser humano desea y merece, sin importar su edad ni su condición social. Una dignidad que se hace tanto más importante hacia el final de la vida, en que todos quisiéramos poder retirarnos de …

Hablemos, escuchemos

A inicios de septiembre de este año, a raíz de la firma de los Acuerdos de Paz entre el gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC, el escritor Héctor Abad Faciolince publicó un artículo en el periódico español El País, titulado “Ya no me siento víctima”. En dicho artículo, Faciolince habla a favor de votar por el sí en el referéndum que se llevará a cabo el próximo 2 de octubre, en el que la ciudadanía colombiana deberá responder, de manera positiva o negativa, a una única pregunta: “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?”. El artículo comienza con un párrafo que me parece iluminador y que me permito transcribir completo: “Yo he entendido la historia reciente de mi país no a través de ninguna teoría, sino a través de las historias familiares. Cuando uno tiene una familia numerosa, la ficción es casi innecesaria: en una familia grande, todas las cosas han ocurrido alguna vez. Esas historias me permiten reflexionar sobre lo que …

Cuando mueren los cantantes

Me causa fascinación el sentimiento colectivo de tristeza que surge cuando muere un cantante famoso. Siempre me pregunto por qué lloramos por alguien a quien no conocimos en persona, alguien que no era nuestro amigo, alguien con quien nunca convivimos en ninguna parte. Pero de inmediato me digo también que los cantantes son parte de nuestras vidas a través de su música, aunque nunca hayamos tenido ni la oportunidad de verlos en concierto. David Bowie, por ejemplo. Era un cantante de mi infancia. Era lo que sonaba en la radio y se miraba en la televisión. Pero era también alguien con quien me identificaba en aspectos que iban más allá de lo musical. Pienso en la primera canción que escuché de él, “Space Oddity”, en esa compleja mezcla de melancolía y angustia que me despertó, en plena época de la euforia espacial de los años 70. Es una canción que siempre que la escucho me deja húmedos los ojos, porque me conmueve la idea de un hombre flotando en el espacio hasta su muerte. Imaginemos …

Sentimientos encontrados

Tengo sentimientos encontrados en cuanto a la Ley Nacional de Cultura aprobada el pasado 11 de agosto. No soy la única que se siente así. Entre los colegas que trabajamos en el área cultural de este país no he visto reacciones de júbilo. Más bien, las reacciones han sido de indiferencia, escepticismo, cautela, decepción y hasta rabia. Dicha decepción es comprensible. Los gremios culturales y académicos de este país fuimos convocados en varias ocasiones por la Secretaría Nacional de Arte y Cultura del FMLN para discutir y analizar el anteproyecto de ley. Recuerdo la alegría contenida que teníamos los presentes en alguna de esas primeras reuniones, realizada en un hotel de la ciudad. Nos ilusionamos de nuevo con la idea de que en este país la cultura pudiera tomar un papel más predominante y que no siguiera siendo vista como un hobby de fin de semana o como la cápsula de entretenimiento en los eventos nacionales. También es comprensible que haya enojo y frustración. De los 281 artículos contenidos en la propuesta, sólo 108 fueron …

¿Sueñan los androides con ser escritores?

En marzo de este año se dio el fallo del Premio Literario Nikkei Hoshi Shinichi en Japón. Pero la novela que se alzó como noticia no fue la ganadora del primer premio, sino la que ganó el segundo lugar, una obra llamada El día en que una computadora escribe una novela. La obra fue enviada al concurso por un grupo de investigadores de la Universidad del Futuro de Hakodate. Fue escrita por una máquina con inteligencia artificial que había sido programada con diferentes parámetros previamente definidos, como argumento, personajes y trama. Lo que hizo la máquina fue redactar la novela a partir de esa información.

Autodidactas

Hace unos días me sorprendí al darme cuenta de que el cineasta alemán Werner Herzog es autodidacta, es decir, alguien que se formó y estudió por cuenta propia. Lo admite con franqueza en la lección inicial de un curso sobre cine que imparte en internet. Herzog vio su primera película a los 11 años. Dice que ni siquiera supo que existía el cine hasta ese momento. Cuando llegó a los 17 estaba claro de que quería ser cineasta y a los 19 ya estaba tocando puertas, buscando financiamiento para hacer su primer proyecto serio.

Cita con la muerte

Alfred Perceval Graves y su esposa Amalie recibieron la noticia que toda pareja teme recibir alguna vez. Una carta fechada el 22 de julio de 1916, firmada por el teniente coronel C. Crawshay, oficial al mando del Segundo Batallón de los Reales Fusileros Galeses, les informaba que su hijo Robert había muerto en el campo de batalla. La carta aseguraba que el entonces teniente Graves había muerto a consecuencia de las esquirlas recibidas en la explosión de un obús lanzado por los alemanes, mientras guiaba a sus hombres al ataque en el cementerio de Bazentin-le-Petit. Decía la carta que el teniente había tenido una muerte rápida y sin dolor. Esto habría ocurrido el día 20 de julio, cuatro días antes del cumpleaños 21 de Robert.

Visibilizar la vulnerabilidad

El ser humano es el peor enemigo de sí mismo. Fue lo primero que pensé cuando me enteré de la masacre en la discoteca Pulse en Orlando, Florida, ocurrida la madrugada del domingo 12 de junio de este año. Me di cuenta de la noticia cuando los datos iniciales todavía hablaban de 20 muertos pero la policía advertía que podía haber “muchos más”. Un par de horas después, el número de víctimas había aumentado a 50 y había un número similar de heridos. El segundo pensamiento que tuve fue dedicado a mis amigos gays y lesbianas. Gente a la que conozco y respeto. Gente con calidad humana admirable y cuya amistad celebro. Temí por cada una de esas amistades. Lo pensé porque la masacre de Orlando me dejó convencida de que la comunidad LGBTQ es un grupo con alto riesgo de ser blanco de agresiones y violencia de múltiple naturaleza.

CMR: El insurrecto solitario

Ocurrió algún sábado de 1984, en la siempre calurosa Managua. Había leído en un suplemento cultural la conmovedora historia de una guerrillera salvadoreña que un día cualquiera, acaso presintiendo su muerte, anotó sus poemas en papel de cigarro para que un compañero los sacara del frente de guerra. Pocos días después moriría en un cruento combate en el cerro de Guazapa. La poeta guerrillera se hacía llamar Rocío América. Leí sus versos pero ocurrió algo: reconocí mis propios poemas, unos que había escrito pocos años antes pero que estaban guardados en el fondo de alguna gaveta y que no tenía la intención de publicar jamás.

¡Ali, Ali, Ali!

En El Salvador de aquellos años sólo había dos canales de televisión. Ambos transmitían un par de horas al mediodía y unas cuantas horas en la noche. Cuando los periódicos anunciaban algún evento internacional que se transmitiría vía satélite, el asunto causaba expectativa nacional. En un tiempo donde los únicos medios de comunicación eran la prensa escrita, la televisión en blanco y negro y la radio, la posibilidad de ver algo “en vivo y en directo” era lo más avanzado a nivel tecnológico que podía ocurrir. Mis padres no eran devotos de ningún deporte, pero ver una pelea del campeón de pesos pesados Cassius Clay era todo un acontecimiento. Por los periódicos sabíamos del boxeador que se autoproclamaba “el más grande”, sin ningún tipo de humildad, con toda la fanfarronería y grandilocuencia posibles. Los periodistas insistían en seguirlo llamando Cassius Clay, aunque éste ya se había convertido al Islam y se había cambiado el nombre a Muhammad Ali, para honrar al profeta de su nueva fe.

Lucía bailando para James Joyce

El irlandés James Augustine Aloysius Joyce, mejor conocido como James Joyce, escribió dos libros paradigmáticos, de esos que siempre todos dicen que deben leerse porque son “obras maestras”: Ulises y Finnegan’s Wake. Leer Ulises, un libro de casi mil páginas, no me fue tarea fácil. Había comprado los dos tomos de la edición de Bruguera, en la traducción de José María Valverde, en algún viaje que hice a la ciudad de México en el 84 o el 85. Por lo menos tres veces había intentado leerlo y no podía seguir. No lo entendía, me aburría. Pero pudo más la infinita curiosidad de descubrir por mi cuenta por qué era un libro tan importante para la literatura. Así es que lo seguí intentando.