Hablemos, escuchemos

A inicios de septiembre de este año, a raíz de la firma de los Acuerdos de Paz entre el gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC, el escritor Héctor Abad Faciolince publicó un artículo en el periódico español El País, titulado “Ya no me siento víctima”.

En dicho artículo, Faciolince habla a favor de votar por el sí en el referéndum que se llevará a cabo el próximo 2 de octubre, en el que la ciudadanía colombiana deberá responder, de manera positiva o negativa, a una única pregunta: “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?”.

El artículo comienza con un párrafo que me parece iluminador y que me permito transcribir completo: “Yo he entendido la historia reciente de mi país no a través de ninguna teoría, sino a través de las historias familiares. Cuando uno tiene una familia numerosa, la ficción es casi innecesaria: en una familia grande, todas las cosas han ocurrido alguna vez. Esas historias me permiten reflexionar sobre lo que ha pasado y sobre lo que pasa en Colombia, para luego tomar una decisión que es política, pero también vital, porque no está dictada por la ideología, sino por la imaginación: trato de pensar de qué manera podríamos vivir mejor, sin matarnos tanto, con menos sufrimiento, con más tranquilidad”.

Entender al país a través de las historias familiares puede parecer extraño pero tiene toda lógica. Cuando ocurren situaciones de crisis nacional, es inevitable que el ruido público se cuele hasta al ámbito privado. Las historias individuales son muchas veces el reflejo o el resultado directo de lo que pasa a nivel social. Guerras, golpes de estado, represión, protestas, violencia social, epidemias, tragedias naturales y demás, pueden causar cambios en los patrones de conducta y pensamiento, individuales y colectivos.

Pero no siempre un miembro familiar está dispuesto a contar su historia personal. Muchos judíos sobrevivientes de los campos de concentración ocultaron a su descendencia lo que vivieron durante la guerra. En un documental que vi hace un par de años y cuyo nombre no encuentro ni recuerdo, cuando se le preguntó a estos sobrevivientes por qué no habían contado sus historias a sus hijos o sus nietos, dijeron que para evitar hacerlos pasar por la pena de tener que escucharlo. No querían trasladar el sufrimiento y el horror de lo vivido a sus familiares, para quienes deseaban que jamás tuvieran que vivir algo similar.

Creyeron que ocultar los hechos evitaría que volviera a ocurrir. Aunque lo cierto es que ignorar algo u ocultar información al respecto, no borra la realidad ni impide su recurrencia. Los hijos y nietos de estos sobrevivientes, por su parte, intuían que algo muy grave les había pasado a sus mayores, pero siempre se topaban con un muro de silencio, mentiras y evasivas al intentar averiguar algo.

Hace poco tuve oportunidad de conversar con algunos estudiantes de octavo y noveno grado. Su conocimiento de la guerra era nulo. Solamente sabían que había ocurrido, pero no sabían detalles de cómo era la vida durante la guerra, los motivos por los que se dio, ni nada relacionado con ella. Sus familiares mayores no les habían contado nada al respecto.

En diversas situaciones y ambientes he escuchado a jóvenes decir que “ya aburre el tema de la guerra” y que lo único que quieren es que los dejen vivir su vida y hacer las cosas a su manera. Se desprecia hablar o reflexionar sobre la guerra porque “es un asunto de viejos” con el cual no tienen nada que ver. Lo alarmante no es solamente su desconocimiento sobre lo ocurrido, sino que aparentan no tener ni ganas de saber más al respecto.

En El Salvador, y me atrevo a decir que en toda la región centroamericana, hace falta fomentar el diálogo inter generacional. Escucharnos entre jóvenes y mayores, niños y adultos, dejarles y dejarnos hablar, sin agenda ideológica de por medio. Conocer lo que viven, vivimos y vivieron, cómo lo hicieron, si sanaron las heridas, cuáles son las cicatrices, las ansias, los temores, las expectativas a futuro, hacer preguntas, aclarar rumores.

Pero no sólo es menester comenzar el diálogo y hablar, sino que también debe haber disposición para escuchar. Un diálogo implica intercambiar preguntas, dudas, certezas, confesiones, verdades propias y ajenas. Un diálogo implica escuchar y decir cosas que pueden no gustar o sonar muy duras, pero que es necesario decir.

Un diálogo no puede funcionar si una o todas las partes dialogantes se pone a la defensiva, reclama, juzga, insulta, justifica sus actos, evade responsabilidades, reclama, ridiculiza, descalifica o minimiza lo que le es contado. Mucho menos podrá funcionar un diálogo si no se hace con honestidad y con auténtico ánimo reconciliador.

El diálogo inter generacional puede contribuir a la comprensión de la historia individual, familiar y nacional, como bien señala Abad Faciolince. Porque cuando se conocen y se admiten con honestidad las causas de un problema, resulta más fácil vislumbrar posibles soluciones. Para los centroamericanos, ventilar lo ocurrido durante la guerra de los ochenta u otros periodos conflictivos de nuestra historia nos permitirá comprender de dónde venimos, y los motivos por los que nuestras sociedades actúan y reaccionan como lo hacen en momentos de tensión social.

Se desestima el valor de la memoria como una herramienta para comprender el presente y conocer la raíz de los problemas actuales. Problemas que mientras no sean solucionados de manera integral, continuarán reproduciendo modelos de violencia e injusticia, de generación en generación, aunque cambie el nombre y la causa de los ejércitos en batalla y las tácticas para pelear las nuevas guerras.

Cuando se hace con buen ánimo, el diálogo nos acerca porque nos brinda entendimiento sobre los actos de los demás y sobre nuestro andar en el mundo.

Contemos nuestras historias, nuestro sentir. Escuchemos a los demás. Comencemos el diálogo. No tengamos miedo. No va a pasar nada peor de lo que ya pasó.

Hablemos. Escuchemos.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 25 de septiembre 2016. Foto de portadilla tomada de Pixabay, de dominio público).

There are 2 comments

  1. Edgard E. Murillo

    Excelente, Jacinta. Fijate que aquí en Nicaragua existe todo una marea de inquietud por contar las historias personales de la guerra a partir de la presentación de un libro de la periodista Gabriela Selser, quien fue corresponsal de guerra en los años ochenta, titulado “Banderas y Harapos”. Comparto con vos que la memoria compartida ayudará mucho a sacudirnos de dolores y traumas, porque además es una manera de reflejarnos en el espejo en la búsqueda de construir sociedades mejores. Sé que todavía es difícil, pero el olvido es un lujo que nos podemos permitir. Saludos!

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