¡Ali, Ali, Ali!

En El Salvador de aquellos años sólo había dos canales de televisión. Ambos transmitían un par de horas al mediodía y unas cuantas horas en la noche. Cuando los periódicos anunciaban algún evento internacional que se transmitiría vía satélite, el asunto causaba expectativa nacional. En un tiempo donde los únicos medios de comunicación eran la prensa escrita, la televisión en blanco y negro y la radio, la posibilidad de ver algo “en vivo y en directo” era lo más avanzado a nivel tecnológico que podía ocurrir.

Mis padres no eran devotos de ningún deporte, pero ver una pelea del campeón de pesos pesados Cassius Clay era todo un acontecimiento. Por los periódicos sabíamos del boxeador que se autoproclamaba “el más grande”, sin ningún tipo de humildad, con toda la fanfarronería y grandilocuencia posibles. Los periodistas insistían en seguirlo llamando Cassius Clay, aunque éste ya se había convertido al Islam y se había cambiado el nombre a Muhammad Ali, para honrar al profeta de su nueva fe.

Era apenas una niña, pero ver las peleas de Ali me dejó una impresión inolvidable. Verlo en el ring era todo un espectáculo, no sólo por el poder de sus golpes sino por su bailoteo constante, su velocidad, su manera de atarantar al oponente con ese bailoteo, sus reflejos que le permitían esquivar los golpes de sus rivales de manera asombrosa y sus puños contundentes con los cuales ganó 37 de sus 61 peleas por nocaut. No por gusto lo llamaron “el Supermán negro”, un apodo que se difundió a toda velocidad cuando Johnny Wakelin, un cantante inglés, decidió escribir una canción en homenaje a Ali, que llevaba precisamente ese título y que fuera un éxito internacional en 1975.

Yo era admiradora incondicional de Ali y me alegraba cuando se anunciaban sus peleas. Me gustaba verlo brincar en el ring, burlándose del oponente, levantando los brazos de frente al público mientras todos coreaban al unísono “¡Ali, Ali, Ali!”. Todo aquello le restaba solemnidad a un deporte que para una niña podía resultar aburrido. Pero lo primero que recordé cuando supe de la muerte de Ali no fueron sus peleas ni sus fanfarronerías sino su negación de ir a pelear a Vietnam. Esa guerra era un asunto delicado en mi familia, porque tenía un tío Boina Verde que estaba sirviendo allá.

Cuando supe que Muhammad Ali había sido juzgado, condenado y despojado de su título de campeón mundial por negarse a ir a la guerra, interrogué a mi madre para comprender mejor el asunto. Ella me explicó que Ali se había negado a hacer su servicio para cumplir con los preceptos de su religión. Lo cual, lejos de aclararme las cosas, me las complicó aún más. Siendo católicos, estando en un colegio de monjas donde la prédica cotidiana era “no matarás”, y siguiendo con detenimiento la guerra de Vietnam porque allá estaba mi tío combatiendo, mi siguiente duda me ganó un par de sopapos. Porque lo que me atreví a preguntar era que si Muhammad Ali se había negado a ir a la guerra, por qué no lo había hecho también mi tío.

Cada vez que íbamos a los Estados Unidos a visitar a mis familiares, que vivían cerca de Fort Bragg, la base de los Boinas Verdes en Carolina del Norte, era obligatorio ver el noticiero de Walter Cronkite en CBS. Cronkite, uno de los más respetados periodistas de su tiempo, presentaba extensos reportajes sobre lo que ocurría en Vietnam. Recuerdo en particular uno donde vi una ciudad destruida (con imágenes muy similares a lo que vemos hoy sobre Siria), y a mujeres vietnamitas huyendo con niños en medio de calles con edificios destrozados, ruinas humeantes y muertos por doquier.

Trataba de imaginar a mi tío zampado en medio de aquellos escenarios “haciendo su trabajo”, como decían en mi familia. Pero de tanto ver películas de guerra sabía que los soldados iban a las guerras a matar a otras personas. Eso me confundía hasta la médula, porque no comprendía como alguien podía tener por “trabajo” ir a matar a gente a un país lejano. Como hija de la guerra, tenía claro que lo único que éstas acarrean es muerte y destrucción. Había ya pasado la Guerra de las 100 Horas contra Honduras, la que me dejó una impresión muy fuerte. Por otro lado, mi madre era una sobreviviente de la II Guerra Mundial y de vez en cuando soltaba alguna historia de lo que había sido su propia infancia en medio de una Berlín bombardeada, a la espera de su padre, mi abuelo soldado de la Wehrmacht, que andaba combatiendo en algún lugar de Europa.

Aquella conversación culminó con los golpes mencionados y con la orden de no seguir haciendo “preguntas estúpidas”, so pena de más castigos. Jamás volví a mencionar el tema, pero seguí dándole vueltas al asunto en silencio.

La negación de Ali de ir a Vietnam le ganó duras críticas. Lo llamaron cobarde y traidor. Fue condenado a cinco años de cárcel y a pagar una multa de 10.000 dólares. Apeló la condena, salió libre bajo fianza, pero se le prohibió boxear durante tres años y medio y se le retiró el pasaporte. Ali no se inmutó. No sólo volvió al ring en gran forma para reconquistar el título del que había sido despojado, sino que aprovechó que tenía la atención del mundo puesta encima para denunciar y hablar sin tregua sobre la segregación racial y para apoyar causas diversas, convirtiéndose en un luchador de la justicia social, algo que continuó haciendo durante el resto de su vida.

Más allá del boxeo, Ali será recordado también como alguien que no se dejó obnubilar por la vanidad y la fortuna y que supo utilizar su fama mediática para ponerla a favor de las causas justas. Eso, sin duda, lo reafirmará para siempre en el recuerdo de muchos como “el más grande”. Y para la niña que aún me habita, continuará siendo uno de mis primeros y más admirados héroes personales.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, junio 19 de 2016. En la foto, Muhammad Ali en combate contra Ernie Terrell, Houston Astrodome, Texas, 1967. Foto de Walter Iooss).

There are 3 comments

  1. Julia Ramírez

    Bellísimo artículo Jacinta. Estoy llorando. He recordado mi niñez y las peleas por la tele en toda la colonia donde vivía en Ilopango.
    Admiraba a Alí por su astucia deportiva pero, por ignorante, desconocía sobre su nobleza. Necesitaba esta lectura, se ha vuelto un momento de inspiración para mí. Muchas gracias, muchas gracias.

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  2. Ernesto Panamá

    Sin duda una leyenda Alí y además gran maestro por sus lecciones sobre altos valores.
    Los que vivimos esa época vivimos asediados por una propaganda bélica que nos enseño que era bueno matar indios y vimos como héroes en cientos de películas u series a los que poco tiempo después, marines y tropas de los EE. UU., perdían la guerra.
    Quizá esta propaganda fue el preludio para involucrarnos en la guerra que duraría 13 largos años en nuestro país y de la poco o ningún provecho obtuvimos.

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