No es país para viejos

Por los múltiples ires y venires de mi vida, supe desde años atrás que para mí no habrá nunca una pensión para retirarme de la vida laboral a ninguna edad. Desde hace años tengo claro que lo que me toca es trabajar hasta morir y que, si las cosas se ponen demasiado complicadas, tocará albergarme en alguna institución pública o debajo de algún puente para pasar mi decadencia final. No es una perspectiva estimulante ni mucho menos lo que quiero para mi vida, pero es mi realidad.

Quizás por eso siempre miré a mis pocos amigos que tienen trabajo estable con cierta envidia, por la tranquilidad mental que concede el saber que tienen recursos para el futuro y que eso les ayudaría a conservar no sólo sus condiciones de vida actuales, sino sobre todo, la independencia y la dignidad que todo ser humano desea y merece, sin importar su edad ni su condición social. Una dignidad que se hace tanto más importante hacia el final de la vida, en que todos quisiéramos poder retirarnos de este escenario con pleno decoro.

El mal manejo de las finanzas públicas, la codicia de las instituciones que administran fondos de pensión, la indolencia social y el manoseo del asunto de las pensiones desde un enfoque partidario y no social, han conformado un coctel peligroso que ha dado como resultado un trago amargo para todos los cotizantes, nuevos y antiguos, con la derogación hace unos días del techo para el uso del fondo de pensiones por parte del gobierno. Esta situación pone en peligro el pago de las pensiones a futuro, por falta de liquidez para realizarlo.

Como alguien que no tendrá pensión, parecería que no debería ni mencionar este tema. Pero lo hago porque estoy convencida de que el asunto de las pensiones refleja la manera en que se ve a los ciudadanos de mayor edad en este país. El problema de las pensiones se maneja y se trata como si se limitara a un asunto de liquidez, de números, de pesos y centavos. Pero tiene un trasfondo más profundo, un elemento que siempre se nos olvida: el factor humano.

No sé si existe una investigación sobre el número de personas mayores en El Salvador. Pero me gustaría saber cuántos de ellos están retirados y cobran una pensión con la que pueden llevar una vida digna. Cuántos de ellos buscan empleo por la necesidad de generar ingresos, pero son ignorados o rechazados por la edad que tienen, aunque cumplan con todos los requisitos para el puesto. Cuántos fueron clase media durante su vida laboral y cayeron en la pobreza cuando les llegó la edad. Cuántos terminan mendigando. Cuántos de ellos viven solos. Cuántos son maltratados o abusados sexual y emocionalmente por familiares, amigos y extraños. Cuántos son estafados o despojados de sus bienes por sus propios familiares. Cuántos están deprimidos, cuántos se sienten solos. Cuántos de ellos desean morir porque lo único que la vejez les ha mostrado es la peor cara de la vida.

El hecho de que las personas mayores estén invisibilizadas en la sociedad, no significa que no existan. Que no tienen necesidades. Que no tienen sentimientos. Que ya no cumplen un papel en la sociedad. No todos son enfermos, olvidadizos, feos, anticuados, ineptos, lentos, torpes, aburridos e incontinentes, que es el cuadro con el que se suele pintar en los medios de comunicación y en la publicidad, de manera peyorativa, a las personas mayores. Muchos todavía están activos económica e intelectualmente; muchos siguen lúcidos y saludables; y todos, por su elemental condición de ser humanos y estar vivos, necesitan salud, alimentación, servicios básicos y vivienda.

Las pensiones del futuro terminarán siendo apenas una ayuda económica para los retirados, pero no algo que permita a los mayores vivir con dignidad y mucho menos, mantener su nivel de vida actual. A menos que hayan tenido un salario abultado o que tengan bienes adicionales logrados durante su etapa productiva, muchos se mirarán en apuros cuando les toque el tiempo de la pensión. Esos apuros significarán tensiones en el mercado laboral, ya que los mayores y sus familiares tendrán que buscar formas de producir ingresos económicos adicionales. Esa tensión económica afectará a la sociedad en su conjunto.

La exaltación de la juventud que se vive hoy en día trae como daño colateral la invisibilización, el desprecio y la exclusión de las personas mayores en la toma de decisiones, tanto públicas como privadas. Al mayor suele tratársele como invisible, como incapaz de tomar una decisión propia o de emitir una opinión sensata, de saber lo que quiere, de pensar bien o de darse cuenta de la realidad. En pocas palabras, no se le respeta ni se le considera un ser pensante y sintiente, cuyas opiniones deban ser tomadas en cuenta. Esa actitud es la que descuida la planificación y el trabajo, desde todas las instituciones, para atender a una población de edad adulta, que aumenta cada día.

Cuando se es joven, pensar en la vejez es una afrenta. Todos somos inmortales hasta que descubrimos las primeras arrugas y comienza a morir gente cercana a nuestro alrededor. Pero no pensar ni atender ahora las necesidades de los mayores es para los jóvenes como darse un tiro en el propio pie. Porque si nadie se preocupa por este problema como propio, ¿en manos de quién estamos dejando la toma de estas decisiones, que nos impactan directamente?

En El Salvador, la única perspectiva de futuro para los mayores parece ser la pobreza. De la población económicamente activa (PEA), sólo el 23 % cotiza y de éstos, sólo el 12 % cumplirá los requisitos para pensionarse. Los demás, junto con el resto de la PEA, la no cotizante, nosotros, la inmensa mayoría, tendremos que jugárnosla y trabajar hasta caer, porque para nosotros ni siquiera hay previsiones ni plan B. Nosotros, simplemente, somos invisibles. No existimos.

Parafraseando al escritor Cormac McCarthy, El Salvador no es país para viejos.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 9 de octubre 2016. Foto de portadilla de Stephen Depolo en Flickr, licencia Creative Commons Attribution 2.0 Generic).

There are 6 comments

  1. ciudalatina

    Nicaragua no se aleja de la realidad salvadoreña Jacinta. La situación es bastante similar como casi en toda la región. El Instituto de Seguridad Social hasta funge como banco o financiera prestando los fondos de los pensionistas según una investigación de un diario local, LP. Hace unos años a unos jóvenes los agredió la policía por solidarizarse con un montón de pensionistas, éstos reclamaban pensiones dignas y el pago de ellas pero mandó el partido de gobierno a violentar todo lo que a su paso estuvo en el lugar de la protesta, protesta pacífica.
    Saludes, Tamara

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  2. jlmedinav

    Si esa es su experiencia, siendo una mujer muy preparada (a la que admiro mucho por su redacción), habemos muchos profesionales que nos toca brindar “Servicios profesionales” a diversas instituciones que solo nos sirve para irla pasando a buen salvadoreño, y lo mas triste de esto es que hay Instituciones de carácter educativo que contratan a profesionales para horas clases, en cada semestre se nos hace un nuevo contrato de ese tipo, se cumple con toda la normativa como si fuesemos empleados permanentes pero no recibimos ninguna prestación social, ¿con que argumento?, si los Ingenios que contratan a trabajadores para una temporadita les dan seguro, ¿porque el gobierno no establece que las empresas que contraten personas por mas de dos meses continuos les brindan prestaciones sociales?, aun asi esto no es nada comparado, con aquel que trabaja en la calle, que tiene que andar en fosalud, y pensar que a veces el sistema esta en huelga. Esta es nuestra realidad un gobierno que no hace nada por modificar estas practicas de las que se valen hasta grandes Instituciones educativas que por no querer brindar un poco de seguridad social, se meten bajo ese manto que la ley les brinda.

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  3. Rafael

    Como todo problema en la vida y en la sociedad, es una situación compleja. Sin embargo, a veces la existencia de un sistema de pensiones (público, privado, mixto o lo que sea), es como una extensión del concepto de familia. Así como en una familia los hijos se encargan económicamente y a veces hasta civilmente, de los padres en su vejez; así mismo los jóvenes (o en este caso los trabajadores) de una sociedad deberían cubrir las necesidades de la población mayor cuando esta haya agotado sus recursos y sus posibilidades de generar ingresos… el pequeño problema es que ni siquiera entre salvadoreños nos sentimos como familia (a veces ni entre familia nos sentimos familia), hasta que no se haga conciencia de eso no se podrá construir un sistema justo.

    Ojalá que exista pronto una verdadera voluntad política de construir país, ojalá la lleguemos a ver en vida…

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    1. Jacinta Escudos

      De acuerdo con usted, es una situación compleja, con muchas aristas a considerar. También hay que pensar que el concepto de familia se ha quebrado mucho a partir de las migraciones y de la misma violencia local. Hay demasiadas familias fragmentadas, cuyos lazos y cuyo sentido de lealtad se ve rota por la distancia u otras circunstancias.
      La violencia también ha afectado nuestros lazos comunitarios, donde los vecinos llegan a ser a veces como una especie de “familia extendida”, por su proximidad. Pero con los problemas generados por la violencia, tendemos ahora a encerrarnos y a desconfiar, a veces por simple protección.

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