CMR: El insurrecto solitario

Ocurrió algún sábado de 1984, en la siempre calurosa Managua. Había leído en un suplemento cultural la conmovedora historia de una guerrillera salvadoreña que un día cualquiera, acaso presintiendo su muerte, anotó sus poemas en papel de cigarro para que un compañero los sacara del frente de guerra. Pocos días después moriría en un cruento combate en el cerro de Guazapa.

La poeta guerrillera se hacía llamar Rocío América. Leí sus versos pero ocurrió algo: reconocí mis propios poemas, unos que había escrito pocos años antes pero que estaban guardados en el fondo de alguna gaveta y que no tenía la intención de publicar jamás.

Sorprendida por la circunstancia, intenté llamar al editor del suplemento para preguntarle cómo había conseguido aquel material y quién le había contado semejante gazapo, pero el teléfono de mi casa no servía. Así es que fui a casa de la vecina. Y mientras hablaba con el editor del suplemento, vi a un hombre que, vestido en una bata blanca de toalla, se acercó a la cocina y permaneció por ahí, escuchando la conversación sin mucho disimulo.

Sabía que aquel hombre era el poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas. Lo conocía por sus fotos pero sobre todo, por sus poemas. Cuando él se quedó ahí, haciéndose el disimulado mientras escuchaba mi plática, fui bajando la voz. Me dio una profunda vergüenza hablar de poesía o pretender que yo era la torpe autora de algunos versos delante de él, cuyo libro La insurrección solitaria es, sin duda, una de las piedras angulares de la poesía en español.

Al terminar mi llamada quise hacer una salida rápida. No que no me hubiera gustado conversar con él, pero su presencia me abrumaba, sobre todo por la estatura de su poesía. Saludé con educación, pero él me detuvo. “Escuché por casualidad que usted es poeta”, me dijo. Lo hizo en un tono muy serio, casi con gallardía inglesa.

“Bueno, poeta lo que se dice poeta, realmente no lo soy. Pero escribo algunas cositas”, admití. “Yo también soy poeta”, me dijo con toda normalidad, “y me encantaría leer lo que escribe”. Estuvimos conversando cosa de media hora. Le conté el asunto de Rocío América. Y nos pusimos de acuerdo para pasarle una copia de mis poemas, cosa que hice a los pocos días.

Algunas semanas después me haría llegar por intermedio de mi vecina, que era prima suya, una nota metida en un sobre blanco tamaño oficio. En la misma alababa mi escritura y me estimulaba a continuar adelante.

En los años siguientes, me lo volvería a encontrar varias veces. Pero para mi sorpresa, a duras penas me saludaba y parecía no recordar aquel encuentro en el que hablamos como si nos hubiéramos conocido de siempre. Era conocida su afición al licor, así es que pensé que tenía algunos lapsos de memoria y que yo me le había borrado. No me lo tomé a mal. A fin de cuentas, nunca me consideré un ser inolvidable. Mil veces nos volvieron a presentar. Y mil veces me volvió a saludar como si fuera la primera vez.

Uno de esos encuentros ocurrió en una casa del barrio Monseñor Lezcano, donde nos juntábamos un grupo de pintores, artistas y escritores, relacionados con la revista Artefacto. Ahí estaba él de nuevo, en el pequeño patio. Me tocó sentarme junto a él.

Me preguntó mi nombre, qué hacía, de dónde era. Contesté con paciencia sus preguntas. Cuando le dije que escribía, me preguntó qué, si prosa o verso. Le dije que las dos cosas. Envalentonada por algún trago, me escuché a mí misma preguntándole “usted ya no se acuerda de mí, ¿verdad?”.

No pude evitar que la pregunta sonara como reclamo de novia abandonada. Él me miró muy serio, sin responder y siguió conversando con alguien más. Pocas semanas después, Raúl Quintanilla, el editor de Artefacto, me llamaría para darme algo. Aquella tarde nos habían tomado unas fotos y había una mía. Raúl me la dio y me dijo “te mandó esto Carlos Martínez Rivas”. Asombrada, di la vuelta a mi propia foto: “Yo nunca te olvidé, Jacinta Escudos” era todo lo que decía, junto a su clásica firma de CMR. Aquel escueto mensaje sirvió para borrar el desconcierto de todos y cada uno de nuestros encuentros.

Recuerdo su casa en el barrio de Altamira, llena de gatos (uno de ellos llamado Poe), con el monte siempre crecido del jardín y las paredes interiores pintarrajeadas con versos y dibujos. No sé en qué dimensiones interiores navegaba su mente pero eran, sin duda, regiones inalcanzables para el humano común. Lugares a los cuales entró en completa soledad y cuya única prueba de supervivencia fue una actitud de eterno insurrecto y algunos de los versos más espléndidos en nuestro idioma.

Un día me topé con poemas suyos en una revista electrónica. Y recordé nuestros extraños encuentros. Eso ocurrió, mágicamente, un día antes del 16 de junio, que para este 2008, marca el décimo aniversario de su fallecimiento.

Y si de algo le sirve saberlo allá donde esté, yo tampoco lo olvidé nunca, CMR.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, el 29 de junio de 2008. Esta fue la primera columna de Gabinete Caligari. En la foto, mi ejemplar de La insurrección solitaria, en Editorial Nueva Nicaragua, edición de 1982).

There are 4 comments

  1. Edgard E. Murillo

    Que bonita anécdota, ¿aún conservás la foto?… Yo también tengo la misma edición de la ENN, no sé cómo sobrevivió porque la anduce por varios meses dentro de mi mochila durante el servicio militar. Sin duda, CMR es el hermano mayor de los poetas. Me hubiese gustado tanto conocerle, no importa si los tragos me habrían hecho olvidar lo conversado (Emoticons haciendo un guiño). Saludos desde Nicaragua.

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    1. Jacinta Escudos

      Conservo la foto. De hecho la busqué para escanearla y ponerla en este post, pero no la hallé porque tengo muchos papeles guardados en cajas todavía. Gracias y saludos Edgar.

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