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¿Sueñan los androides con ser escritores?

En marzo de este año se dio el fallo del Premio Literario Nikkei Hoshi Shinichi en Japón. Pero la novela que se alzó como noticia no fue la ganadora del primer premio, sino la que ganó el segundo lugar, una obra llamada El día en que una computadora escribe una novela.

La obra fue enviada al concurso por un grupo de investigadores de la Universidad del Futuro de Hakodate. Fue escrita por una máquina con inteligencia artificial que había sido programada con diferentes parámetros previamente definidos, como argumento, personajes y trama. Lo que hizo la máquina fue redactar la novela a partir de esa información.

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En clave morse de tornasol

Apareció muerto frente a la puerta que da al patiecito. Me fascinó el azul tornasol del cuerpo, el tono dorado oscuro de la parte inferior de sus alas, el gris plomo de lo demás. Sus seis patitas estaban dobladas sobre su abdomen. Eran segmentadas, con una espuelita al final de cada segmento. Las puntas de las patitas eran rojas. Parecían zapatitos. (Sí, todo era chiquito, diminuto).

Cuando lo puse en mi mano, me dio la impresión de que la parte superior era un pedazo de armadura. Me pareció ver un pico de ave y un par de ojos. Pensé en las máscaras que usaron los médicos de la peste negra.

Si el insecto estuviera vivo, no hubiera podido ver su interior tornasolado. Su belleza estuvo reservada para quienes pudieron verlo en vuelo. Abriría sus alas grises al volar y el azul, jugando con el sol, lanzaría mensajes en clave morse de tornasol.

Acaso en la agonía, el insecto extendió sus alas una última vez. Volar para despedirse del viento. Volar para despedirse del mar.

Murió con las alas abiertas en la fantasía de ese intento. Si el insecto no hubiera muerto, no hubiera mostrado la belleza que albergaba bajo su gris exterior.

¿Será morir una forma de volar? ¿Es volar otra forma de morir?

Un soldado muerto a mi puerta, a mis pies.

Un soldado tornasol, con el azul de la desgracia.

Con el oro del dolor.

Autodidactas

Fotograma de una de las famosas escenas filmadas a luz de vela. Barry Lindon (1975) de Stanley Kubrick.

Fotograma de una de las escenas filmadas a luz de vela, película Barry Lyndon (1975) de Stanley Kubrick.

Hace unos días me sorprendí al darme cuenta de que el cineasta alemán Werner Herzog es autodidacta, es decir, alguien que se formó y estudió por cuenta propia. Lo admite con franqueza en la lección inicial de un curso sobre cine que imparte en internet. Herzog vio su primera película a los 11 años. Dice que ni siquiera supo que existía el cine hasta ese momento. Cuando llegó a los 17 estaba claro de que quería ser cineasta y a los 19 ya estaba tocando puertas, buscando financiamiento para hacer su primer proyecto serio.

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Taller de escritura de historias familiares

Afiche de convocatoria al taller de escritura de historias familiares

Más información en este enlace.

Cita con la muerte

Alfred Perceval Graves y su esposa Amalie recibieron la noticia que toda pareja teme recibir alguna vez. Una carta fechada el 22 de julio de 1916, firmada por el teniente coronel C. Crawshay, oficial al mando del Segundo Batallón de los Reales Fusileros Galeses, les informaba que su hijo Robert había muerto en el campo de batalla.

La carta aseguraba que el entonces teniente Graves había muerto a consecuencia de las esquirlas recibidas en la explosión de un obús lanzado por los alemanes, mientras guiaba a sus hombres al ataque en el cementerio de Bazentin-le-Petit. Decía la carta que el teniente había tenido una muerte rápida y sin dolor. Esto habría ocurrido el día 20 de julio, cuatro días antes del cumpleaños 21 de Robert.

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Visibilizar la vulnerabilidad

El ser humano es el peor enemigo de sí mismo. Fue lo primero que pensé cuando me enteré de la masacre en la discoteca Pulse en Orlando, Florida, ocurrida la madrugada del domingo 12 de junio de este año. Me di cuenta de la noticia cuando los datos iniciales todavía hablaban de 20 muertos pero la policía advertía que podía haber “muchos más”. Un par de horas después, el número de víctimas había aumentado a 50 y había un número similar de heridos.

El segundo pensamiento que tuve fue dedicado a mis amigos gays y lesbianas. Gente a la que conozco y respeto. Gente con calidad humana admirable y cuya amistad celebro. Temí por cada una de esas amistades. Lo pensé porque la masacre de Orlando me dejó convencida de que la comunidad LGBTQ es un grupo con alto riesgo de ser blanco de agresiones y violencia de múltiple naturaleza.

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CMR: El insurrecto solitario

Ocurrió algún sábado de 1984, en la siempre calurosa Managua. Había leído en un suplemento cultural la conmovedora historia de una guerrillera salvadoreña que un día cualquiera, acaso presintiendo su muerte, anotó sus poemas en papel de cigarro para que un compañero los sacara del frente de guerra. Pocos días después moriría en un cruento combate en el cerro de Guazapa.

La poeta guerrillera se hacía llamar Rocío América. Leí sus versos pero ocurrió algo: reconocí mis propios poemas, unos que había escrito pocos años antes pero que estaban guardados en el fondo de alguna gaveta y que no tenía la intención de publicar jamás.

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¡Ali, Ali, Ali!

En El Salvador de aquellos años sólo había dos canales de televisión. Ambos transmitían un par de horas al mediodía y unas cuantas horas en la noche. Cuando los periódicos anunciaban algún evento internacional que se transmitiría vía satélite, el asunto causaba expectativa nacional. En un tiempo donde los únicos medios de comunicación eran la prensa escrita, la televisión en blanco y negro y la radio, la posibilidad de ver algo “en vivo y en directo” era lo más avanzado a nivel tecnológico que podía ocurrir.

Mis padres no eran devotos de ningún deporte, pero ver una pelea del campeón de pesos pesados Cassius Clay era todo un acontecimiento. Por los periódicos sabíamos del boxeador que se autoproclamaba “el más grande”, sin ningún tipo de humildad, con toda la fanfarronería y grandilocuencia posibles. Los periodistas insistían en seguirlo llamando Cassius Clay, aunque éste ya se había convertido al Islam y se había cambiado el nombre a Muhammad Ali, para honrar al profeta de su nueva fe.

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Lucía bailando para James Joyce

El irlandés James Augustine Aloysius Joyce, mejor conocido como James Joyce, escribió dos libros paradigmáticos, de esos que siempre todos dicen que deben leerse porque son “obras maestras”: Ulises y Finnegan’s Wake.

Leer Ulises, un libro de casi mil páginas, no me fue tarea fácil. Había comprado los dos tomos de la edición de Bruguera, en la traducción de José María Valverde, en algún viaje que hice a la ciudad de México en el 84 o el 85. Por lo menos tres veces había intentado leerlo y no podía seguir. No lo entendía, me aburría. Pero pudo más la infinita curiosidad de descubrir por mi cuenta por qué era un libro tan importante para la literatura. Así es que lo seguí intentando.

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El futuro climático

Lo que hasta hace poquísimos años era una amenaza incierta, se ha convertido en nuestra realidad. Estamos en pleno cambio climático y el proceso, según opinan los científicos, es irreversible.

De inmediato pensamos en eventos extremos como sequías y huracanes, el aumento de las temperaturas, el derretimiento de los glaciares y el hundimiento de islas y territorios costeros. Más de alguno piensa que eso del cambio climático es un problema que sólo pueden resolver los gobiernos y que “sólo tiene que ver con la naturaleza”, es decir, que no le impactará de manera directa. Pero limitar el cambio climático a un fenómeno que “nada más” afectará a la naturaleza es quedarse en lo superficial. Porque las afectaciones que implica calarán en la humanidad de manera profunda, incluso en áreas que ni imaginamos.

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Contar la posguerra

¿Se ha contado la posguerra en nuestra literatura? ¿Se ha contado en los demás países centroamericanos que también vivieron sus propias guerras durante la década de los ochenta? ¿Cómo se ha contado? ¿Quiénes la han escrito? ¿Es válido encasillar a todos los escritores que publicaron obra después de 1992 como “escritores de posguerra”?

Fueron algunas de las preguntas que me rondaron la cabeza desde el instante en que me propusieron participar en un conversatorio llamado “¿Cómo se contó la posguerra?”. Esta fue una de las diversas actividades realizadas durante el Foro Centroamericano de Periodismo 2016 (Foro CAP), organizado por el periódico digital El Faro, que se llevó a cabo del 9 al 14 de mayo en San Salvador. Junto con Carlos Fernando Chamorro, periodista nicaragüense, editor y fundador de Confidencial; Enrique Naveda, director del periódico digital guatemalteco Plaza Pública y Miguel Huezo Mixco, escritor y moderador de la mesa, reflexionamos sobre este tema, no sólo desde el punto de vista del periodismo sino también desde la literatura.

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¿Tú me comprendés?

Un amigo panameño me preguntó alguna vez cómo se aprende a vosear. En Panamá no usan el “vos” y a él le parecía que hablarlo era casi como hablar otro idioma, por la diferenciación en la conjugación de los verbos. Él entendía cada palabra pero era incapaz de contestarme en clave de “vos”, aunque se empeñó en hacerlo en un par de ocasiones.

La pregunta me llamó la atención. Para nosotros, los centroamericanos, el uso del “vos” se da de forma natural. Lo curioso del aprendizaje del voseo es que se hace de manera informal, es decir, es un aprendizaje estrictamente oral. Aunque el voseo se usa en toda Centro América (menos Panamá), en algunos lugares al sur del Estado de Chiapas (en México), algunos lugares de Colombia y Bolivia, y en  Argentina, Uruguay y Paraguay, la conjugación verbal que aprendemos en la enseñanza primaria no incluye el voseo, aunque sí incluye el uso del “vosotros” usado en España, pero no en Latinoamérica.

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