«Race horse», Jorge Galán
Y mira tú, muchacha, de quién viniste a enamorarte, a quién viniste a amar para toda la vida, a quién decidiste no olvidar: es un caballo de carreras, ese muchacho es un caballo de carreras y corre siempre junto a la barda colmada por espinos y sus músculos inflamados siempre a punto de reventarse. ¿Quién lo conduce? Sus estribos son ríos a los cuales muerde para intentar romper. Sus ojos ven un horizonte de fuego al que no puede dejar de dirigirse. Sus cascos son de un cristal incorruptible que aniquila a la piedra. Su crin es el viento azotado por el relámpago. Una tormenta tiene donde debió tener un breve corazón, una tormenta a la cual teme incluso el invierno mismo. Su imaginación es la misma que la de la montaña y la del grito que corta el silencio de la montaña desolada. No es de fiar. ¿Quién confiaría su alma a una tormenta? ¿Quién brindaría su piel al cuchillo de fuego o su voz al silencio de la flauta quebrada por el odio? …