Taxi

“A usted le gusta leer bastante, ¿verdad?”, me preguntó un taxista un día. “Sí”, le contesté algo sorprendida porque no iba leyendo en el taxi ni iba haciendo nada que me pudiera delatar. Me marea leer cuando voy en carro y tengo que ir viendo por la ventana o pensando en la inmortalidad del cangrejo cuando voy en uno.

“Es que usted es la del periódico, ¿verdad?”, me dijo ya con afán de sacarme plática. Y ya ahí me sacó la sonrisa. Y la sorpresa. Me sorprende que alguien me reconozca por la fotito del periódico.

Siempre he sido de plática fácil con los taxistas. Me parecen por un lado, seres privilegiados porque tienen que lidiar con gran variedad de personas en su vida cotidiana y eso les permite enterarse de infinidad de situaciones, lo cual les permite tener siempre una historia que contar. Pienso que un taxista podría ser un gran escritor, si tuviera el tiempo, el talento, las ganas y la energía para dedicarse a ello.

Por otro lado, ser taxista en un país como el nuestro es también un oficio de alto riesgo. Lo sé por los episodios de asaltos que me ha contado más de alguno. Nunca se sabe a quién se recoge en la calle. Total, para ser asaltante no hay que tener “cara de malo” ni un letrero en el pecho que anuncie “te voy a robar”.

“Es que yo la leo los domingos en el periódico”, me insistió el taxista. Y yo “muchas gracias, muy amable”. Y él “… y por eso se me hace que a usted le debe gustar mucho leer, porque a ustedes los escritores tiene que gustarles mucho la lectura”. “Así es”, le contesté yo. “Pues mire lo que ando aquí”, me dijo, pasándome una revistita al asiento de atrás.

Era una Selecciones del Reader’s Digest que se miraba bastante viejita. “Fíjese en la fecha”. Como no andaba mis lentes de lectura, estiré la Selecciones a todo lo que me daba el brazo y medio distinguí que era de agosto de 1945 (aunque pensé que podía ser de 1943), pero en cualquiera de los dos casos, mi comentario siguiente no estaba fuera de lugar: “¡Es una reliquia! ¿Dónde la consiguió?”.

Me contó que la compró en los libros usados del Parque San José, que ahí hay un señor que las vende a montones y que cuando yo quiera podemos ir a curiosear. El niño llorón y la nana que lo pellizca. No sé qué habrá sobrevivido después de las limpias de nuestro alcalde pero ojalá los vendedores de libros sigan por ahí y podamos algún día cumplir con esa gira, porque me encantaría ir a buscar libros en ese lugar.

“¿Y no es peligroso ir ahí?” le pregunté, yo que he quedado traumatizada después de tanto asalto vivido en el centro, el último con golpes incluido. “No”, me dijo, “además va andar conmigo”, agregó en plan protector. “Ahí no pasa nada”. Claro, pienso yo. Libros, quién querría robar libros, asaltar a un vendedor o a un lector de libros.

–Yo siempre compro material de lectura ahí porque a veces tenemos que esperar a los clientes y mientras espero, mejor me pongo a leer. Aunque sea el periódico, pero siempre estoy leyendo algo.

–Ah, muy bueno, lo felicito, ojalá más gente pensara como usted. Y ya ve que no hay que hacer un gasto tan grande para poder comprar alguna lectura decente.

Me dijo que en efecto, allá en el Parque San José podían conseguirse libros bien baratos y por eso iba con frecuencia a aquel lugar.

Quise leer el índice de la Selecciones con detenimiento, pero sin mis anteojos no puedo leer de cerca, así es que me limité a hojearla un poco y a ver las letras grandes de los títulos, algo que hice rápido porque si me ponía a leer mucho me podía empezar el mareo. El taxista, con quien ya había viajado en algunas otras ocasiones, me vio tan interesada en la joyita que me dijo “no se la regalo ahorita porque la ando leyendo, pero cuando la termine se la doy, de todos modos yo puedo conseguir más”. Gracias, le dije, pensando que iba a ser una de esas promesas que la gente hace por cortesía pero que nunca se cumple.

Cosa de mes y medio después, una mañana al levantarme abrí la puerta de la casa para algo y me encontré la Selecciones puesta entre la reja de afuera y la puerta. El taxista debió haber pasado de mañanita dejándomela.

La Selecciones que me dejó es por demás interesante por la época en que está editada. Recién finalizada la II Guerra Mundial, la mayoría de los artículos e incluso la propaganda comercial respira mucho de ese ambiente bélico y el afán de reconstrucción de la postguerra que apenas va comenzando.

Eran otros tiempos para la popular revista, cuando era realmente una selección de escritos de diferentes publicaciones prestigiosas como Better Homes & Gardens, Life, Ladie’s Home Journal, etc., y cuando diversos escritores de fina pluma se ganaban la vida vendiendo sus escritos para dichas publicaciones.

En el número que está ahora en mis manos, el artículo de apertura es uno firmado por el alemán Thomas Mann, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1929, en el que habla precisamente del final del nacionalsocialismo y de la difícil tarea que tenía Alemania de reconstruirse a sí misma.

“¿Qué ha de ser, de hoy en más, pertenecer a una nación que nunca supo ser nación, y por cuyos desesperados y megalomaníacos esfuerzos por llegar a serlo tanto ha tenido que padecer el mundo? Y ser escritor alemán, ¿qué habrá de ser? Tras cada frase que construyamos en nuestro idioma se alzará un pueblo arruinado, un pueblo moralmente consumido, desconcertado ante sí mismo y ante su historia”, escribe Mann en un artículo llamado “El final”. El mensaje de Mann es severo, escrito en la bruma y la confusión de los primeros meses de la postguerra, donde nada estaba claro todavía.

Otro artículo que captó mi atención es el del novelista y poeta francés Jules Romains donde habla de su personaje inolvidable, una persona a la que identifica nada más como Jacques D., alguien dedicado a la más desinteresada filantropía y generosidad con toda persona a quien pudiera ayudar.

No tenía en esta época la Selecciones algunas secciones que se harían muy populares más adelante como “La risa remedio infalible”, “Gajes del oficio”, “Así es la vida” o “Citas citables”, aunque sí cuenta con las pequeñas anécdotas al final de las historias principales que mucha gente gustaba leer y que algunos tomaban como “chistes” pero que en realidad no lo eran. En este número, muchos de estos breves fragmentos son anécdotas o fragmentos de columnas publicadas en periódicos estadounidenses.

Como ya mencioné, en este número, abundan las historias referentes a la guerra, como el reportaje sobre una fábrica en Sunflower, Kansas, la entonces mayor fábrica de pólvora en el mundo, y donde ocurrían en término medio, un promedio de 150 incendios diarios que eran controlados, cada uno, en cuestión de 5 segundos, sin víctimas ni heridos que lamentar. O un pequeño noticiero de guerra donde se reflejaban los efectos que en la vida cotidiana tenía el conficto. Como lo que le ocurrió a Joseph Barnes, un redactor del New York Herald Tribune que cuando regresó de Inglaterra en un bombardero, le tocó viajar de pie desde Islandia hasta Nueva York, ¡como que era un bus cualquiera y no un avión!

Algo que a estas alturas resulta ser una golosina histórica son las 49 páginas dedicadas a anuncios comerciales de los más diversos productos. Las ilustraciones y los textos son algo que ya no estamos acostumbrados a ver. Algunos objetos ni existen, como el modelo de lavadora Easy, “la lavadora más conocida del mundo” según su slogan, y que es un aparato que más bien parece una cápsula espacial; o el radiofonógrafo Musaphonic de General Electric, que brindaba programas de radio en onda corta y onda normal “con un resultado acústico de tal fidelidad y pureza, que le parecerá que los programas tienen lugar en su propio hogar”.

Desafortunadamente desde aquella plática con el taxista no he vuelto a coincidir con él. Pero sirva esta columna y el cuento de esta anécdota como agradecimiento a su gesto y a su promesa cumplida.

There are 4 comments

  1. Germán Hernández

    Maravillosa anécdota, y llevas toda la razón, si los taxistas tuvieran las condiciones… hay! serían geniales escritores y cronistas incomparables de su tiempo y su espacio.

    Y a propósito de las Selecciones, me encanta ojear números viejos en las compra-ventas de libros usados, sobre todo por la publicidad, llena de largas parrafadas hablando de la calidad y el prestigio de consumir… curioso, hoy todo es tan telegrafico en ese sentido, compramos a ciegas, tan desalmados…

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  2. carlosmgod

    En primer lugar dejeme decirle que envidio (envidia de la buena como dicen) a ese taxista por haber tenido el placer de platicar con usted Jacinta, mismo privilegio que me encantaría tener a mi algún día. Al igual que el comentario anterior me llena de agrado saber que hay personas que cultivan el hábito de la lectura, especialmente en aquellas personas que se dedican a un oficio que por su naturaleza no es considerado “intelectual”, sin embargo como usted bien lo expresa, son quizás quienes atesoran una mayor riqueza de experiencias, anécdotas y vivencias que los haría capaces de escribir un buen libro. Igualmente es encomiable el respeto al honor de la palabra empeñada por cumplir con el compromiso de entregarle el ejemplar de la revista.
    Personalmente me autodenomino como un aprendiz de lector, a veces me cuesta dedicarme a leer, otras veces siento que la obra objeto de mi lectura no logra cautivarme, eso sí, una vez me atrapa se me dificulta de la misma forma desprenderme de ella. No hay duda que su columna de los domingos se encuentra en esa última categoría. Admiro al igual que el taxista, el estilo de su escritura, la que a su vez es producto de una buena lectura. Sucede como en el caso de la música: primero se debe tener buen oído al escucharla para luego proceder a ejecutarla.

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  3. Henry Espinoza

    Leí con bastante agrado su columna del día de ayer y me pareció bastante amena. Me alegra sabes que hay gente como el taxista que a pesar de todo siempre se mantiene en la lectura y que , como usted pudo ver, era un señor de palabra cuando le obsequia la revista Selecciones de agosto 1945. Toda una reliquia histórica y además, a juzgar por el contenido de esta según usted mencionó en su columna, quiere decir que ese taxista no salió tan ignorante después de todo. Me ayudo a no juzgar por las apariencias. Cuidese bastante y espero con ansias su próxima novela. Gracias.

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