
Yo estoy en un momento avanzado de mi vida, y al mismo tiempo no me siento en la hora de los balances. En mi familia, en Bulgaria, mi madre, de una genealogía de varias generaciones de misticismo judío religioso, era bióloga, y me había transmitido el darwinismo. Mi padre era muy creyente, y había hecho el seminario antes de ser médico; esa era su forma de resistir un poco al comunismo duro. A través de lecturas nos transmitió el amor por las lenguas, pero su religión era sobre todo la cultura. Me empujaban fervientemente a mí y a mi hermana a aprender lenguas extranjeras. Bulgaria, además, es el único país del mundo que festeja un día de la cultura, todos los 24 de mayo, que es el día de la creación del alfabeto eslavo. Sé, por lo pronto, que en ese contexto me crié. Cuando llegué a Francia, al alba del año 68, cuando la universidad francesa empezaba a desperezarse, recalé directamente en los cursos de Roland Barthes y de Emile Benveniste. Que yo fuera una mujer no era un obstáculo. No había muchas mujeres, y tampoco muchas extranjeras, por lo que me había erigido en una especie de curiosidad. Yo tuve suerte de haber caído en ese contexto; el grupo Tel Quel y mi marido Philippe Sollers estaban muy abiertos a lo que yo pudiera decir, y era paradójico ver a una joven que no era tan fea y decía cosas.
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Hace poco estuve como invitada para participar en los Diálogos Narrativos Latinoamericanos, una serie de encuentros que se llevan a cabo entre escritores de diversos países dentro de la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile. Fui la única escritora centroamericana invitada. Era mi primera vez en Chile y apenas mi segunda vez en el cono Sur. Uno de mis objetivos personales al asistir a la Feria era poder traer libros de autores que aquí en El Salvador o en el área centroamericana son imposibles de conseguir, entre ellos, autores chilenos. Y uno de los autores chilenos que más me recomendaron fue a Alejandro Zambra, de quien ya había escuchado hablar pero no había tenido ocasión de leer.




