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Cine en El Salvador (I)

Desde hace unos pocos años me parece que hay un grupo de personas muy interesadas y comprometidas con hacer cine de ficción en el país. Siempre las ha habido, pero en los últimos años han surgido una serie de actividades que han permitido que dichos interesados se reúnan en torno a este tema y comiencen a dar pasos más serios y mejor planificados en la consolidación de un cine salvadoreño. O por lo menos están en esa búsqueda.

Me refiero en concreto a talleres de cinematografía que junto al Taller Profesional de Cine y Televisión de la Escuela de Comunicaciones Mónica Herrera, vienen a conformar un valioso semillero de gentes e ideas que bien pudieran darnos sorpresas en un futuro no muy lejano.

Hace poco arrancó el tercer ciclo para la Realización Cinematográfica de Ficción impartido por André Guttfreund, con nada menos que con 25 alumnos. En este esfuerzo están involucrados además el Centro Cultural de España, la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) y la Secretaría de Cultura de la Presidencia. Este taller se subdivide en dos: uno para personas que no tienen experiencia en obras cinematográficas, pero están vinculadas a la literatura y a las artes en general. Y el taller dos que es para aquellos que poseen experiencia en la cinematografía, ya sea en documental o ficción, guionistas, directores de fotografía y editores de literatura.

Otro de los talleres que se realizaron hace poco, y que guarda relación con este tema, fue el de adaptación de obra literaria a guión cinematográfico a cargo del cineasta español Luis G. Valdivieso. El taller, organizado por el Centro Cultural de España, contó con la participación de nueve personas, incluyéndome. Todos los participantes trabajamos en una propuesta de guión para un cortometraje. La idea es que luego de una etapa de trabajo, que ahora continúa a distancia, estos guiones se consoliden y los mejores puedan ser filmados en nuestro país. Leer más

Leyendo a Carlos Fuentes

A propósito del fallecimiento del escritor mexicano Carlos Fuentes el pasado 15 de mayo, un amigo me confesó, apenado, que a él no le gustaban mucho sus libros. Supongo que habrá cientos de personas que comparten la opinión de mi amigo y que para ellos, la escritura de Fuentes es simplemente algo que no les agrada, por variedad de motivos. Esto me parece comprensible: en cuestión de gustos se rompen géneros.

Le comentaba a este amigo que me parecía que Fuentes había tenido su momento para ser leído pero que algunas obras en particular son, definitivamente, piezas que merecen la pena explorarse.

En lo personal, llegué a la lectura de Fuentes de una manera casual.  Fue en 1980, en Berlín Occidental (todavía existía el muro que dividía aquella ciudad). Yo había llegado allá por orden de mis padres, huyendo de la guerra que se había desatado en El Salvador. Las pertenencias eran pocas, apenas algo de ropa y que yo recuerde, ningún libro. Para mí, lectora voraz, el estar sin leer era un suplicio.

Pronto me enteré de una librería en Berlín que vendía libros en español. Se llamaba Kiepert y estaba cerca de la Ernst Reuter Platz, frente a la Universidad Técnica de Berlín. Aquella librería se convirtió en mi refugio favorito al que iba cada vez que podía (y tenía dinero), para comprar algo que leer. En una de esas visitas compré un libro de un para mí desconocido Carlos Fuentes. El libro estaba editado por Alianza Editorial y se llamaba Cuerpos y ofrendas.

Era la segunda edición de una compilación de sus mejores cuentos y tres de sus novelas cortas. No sé si fue por la melancolía que me hacía sentir Berlín, sobre todo en otoño y en invierno, cuando el sol apenas salía unas horas al día y el resto del tiempo se mantenía oscuro y frío, o si era por la nostalgia del terruño abandonado contra mi voluntad y todas las separaciones que eso implicó, o acaso fuera el ambiente que los mismos cuentos y sus personajes iban creando los que me fueron envolviendo en cierto estado de ánimo, el caso es que la lectura que hice de aquel libro me impactó mucho. Conservo aquel libro hasta el día de hoy. Leer más

La vida secreta de la plantas

Fueron, y siguen siendo muchos, los pueblos que consideran un pecado monumental el cortar un árbol sin permiso o dañar plantas sin motivo alguno. La razón de esto es porque dicho pueblos consideran a la Tierra, en su globalidad, como un ser vivo. Y cualquier agresión contra alguno de sus elementos es agredirla a ella misma.

Los monjes budistas de Siam, por ejemplo, dicen que romper una sola rama de un árbol es como romperle un brazo a una persona inocente.

Antiguas leyendas germánicas castigaban brutalmente a quien se atreviera a cortar parte de la corteza de un árbol. Al culpable se le cortaba el ombligo y se lo clavaban en la parte del árbol que había sido dañada. Luego le obligaban a dar vueltas alrededor del tronco, de manera que sus intestinos quedasen enrollados en el árbol. La intención del castigo era clara: sustituir la corteza muerta por algo vivo, en este caso, las entrañas del agresor.

Muchos indígenas norteamericanos como los hidatsa, los iroqueses y los ojebways aseguran oír gritos de indignación por parte de los árboles cuando son talados o quemados, algo que es leído con frecuencia también en antiguos libros chinos. Los iroqueses afirman a su vez que muchas de las desgracias de sus pueblos fueron causadas por la desconsideración moderna de los derechos de los árboles.

Entre los africanos, los wonika creen que cada árbol y en especial el coco, tienen un espíritu, y que la destrucción de un cocotero equivale a un matricidio pues “el árbol da vida y alimento al igual que una madre a sus criaturas”.

Los bosonga, por su parte, consultan con el curandero de la tribu antes de cortar el árbol. Si este da su aprobación, tan pronto como el talador da el primer hachazo, aplica su boca al corte y chupa algo de la savia. De este modo, crea fraternidad con el árbol, al igual que la hermandad entre dos hombres cuando hacen un pacto de sangre, lo cual le permite disponer del árbol. Leer más

Birth of a Book

Bram Stoker, el creador de Drácula

En 1897 se publicó un libro que marcó un antes y un después en el género de las novelas de horror. Se trató de Drácula, la novela que tenía como protagonista a un Conde vampiro que intenta mudarse de Transilvania a Inglaterra, y la batalla que se desata entre él y un pequeño grupo de hombres que lo descubren, dirigidos por el singular profesor Van Helsing.

No era ésta la primera publicación sobre vampiros. Anteriormente habría que mencionar como destacadas la novela Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu y El vampiro de John Polidori. Esta última fue creada, por cierto, en el mismo aliento creativo de aquel verano de 1816 en que se juntaran los esposos Shelley, Mary y Percy Bysshe, con Lord Byron y otros personajes, en la Villa Diodati en el Lago de Ginebra, donde aburridos por el mal clima y la incesante lluvia, se dieron a contar cuentos de horror y fantasía. Fue en el mismo período que Mary Shelley compuso otra famosa historia de horror, Frankenstein.

Pero la novela Drácula tuvo características que se impusieron sobre los lectores y que han pervivido hasta el presente siendo un punto de referencia indiscutible en cuanto a la creación de futuras historias con el tema del vampirismo. Drácula, contada de manera epistolar, con intercambios de cartas, notas de periódicos, telegramas, facturas y diarios de a bordo, haciendo saltos en el tiempo, las más de las veces habla del conde Drácula, creando una expectativa inusual sobre el personaje que aparece realmente poco en el libro.

El autor de esta novela fue el irlandés Abraham Stoker, conocido luego como Bram, un hombre que mantuvo su vida bastante privada y del que resulta difícil escribir notas biográficas sin decir lo que ya ha sido dicho.

Nació en Clontarf en 1847. Fue el tercero de siete hermanos. Su familia era de origen burgués, trabajadora y austera. Su madre Charlotte Mathilda Blake Thornley era feminista y escritora. Ella creció en Correction Street en Sligo, junto al asilo de dementes y de la cárcel. De niña vio el hambre en los personajes que poblaban aquellos lugares y también vio las epidemias de cólera que se desataban. Se decía que los sacerdotes daban de latigazos a los cuerpos para cerciorarse de que estuvieran muertos y no enterrarlos vivos. Leer más

«Es más difícil vender libros en Centroamérica que mandar libros a Estados Unidos», Raúl Figueroa de F&G Editores

¿Qué obstáculos se han encontrado en el camino?

Dificultades, digamos que no hay una prensa que reseñe libros, no hay crítica de libros, es difícil informar al lector de lo nuevo. De alguna manera nosotros eso lo estamos salvando haciendo uso de las redes sociales, particularmente de Facebook. Es más difícil vender libros en Centroamérica que mandar libros a Estados Unidos. El transporte para los libros es sumamente oneroso. Hay que moverlo en bajos volúmenes, por lo tanto el costo unitario de transporte es demasiado alto, las librerías que hay en otros países no se interesan por los libros que se hacen en el país de a la par. Ese es el principal problema para hacer crecer la editorial como una editorial centroamericana.

Entrevista completa con Raúl Figueroa, editor de F&G Editores, aquí. 

Bases Premio de Novela Mario Monteforte Toledo 2012

Algunas historias del Titanic

A las 23:40 de la noche del 14 de abril de 1912, Frederick Fleet, el primer vigía del RMS Titanic, avistó un iceberg a menos de 500 metros del barco. Lo descubrió a simple vista pues no se le había equipado con binoculares para observación. La noche estaba muy helada, las aguas estaban muy quietas y parecían un espejo líquido negro, lo cual era inconveniente para el avistamiento de icebergs.

Un día antes, el 13 de abril, luego de una suspensión de 10 horas en el servicio telegráfico, la tripulación comenzó a recibir reportes de que había avistamientos de bloques de hielo en la ruta. Los radiotelegrafistas comenzaron a recibir luego avisos de peligro de icebergs pero no fueron tomados muy en cuenta por la oficialidad de turno.

Al descubrir el iceberg, Fleet hizo lo que mandaba el protocolo. Sonó la campana de alarma tres veces y telefoneó al puesto de mando. “¡Iceberg, derecho al frente!”, fue el llamado desesperado que recibió James Paul Moody, oficial de turno en ese momento.

Lo demás, ya lo sabemos, se convirtió en la mayor catástrofe marítima en tiempos de paz. El Titanic se hundiría dos horas y 40 minutos después, en la madrugada del 15 de abril de 1912 gracias a un desgarre bajo la línea de flotación ocasionado por el impacto.

El que fuera, en su tiempo, el barco de pasajeros más lujoso y grande del mundo, con fama de “insumergible”, vio así terminados sus días en apenas su viaje inaugural. Había partido desde Southampthon, Inglaterra, hacia Nueva York con 2,227 pasajeros, de los cuales apenas se salvaron 705, debido a que el barco sólo llevaba botes salvavidas con capacidad para 1,178 personas. Se cree que además el estricto protocolo de desalojar primero a niños y mujeres contribuyó al alto número de fallecidos, entre ellos un elevado número de hombres. Por lo demás, la rapidez con que ocurrieron los hechos y la ausencia de barcos cercanos que pudieran ayudar al rescate de las víctimas contribuyó a la tragedia. Leer más

Literary Style: 15 Writers’ Bedrooms

Quince dormitorios de escritores famosos: Literary Style: 15 Writers\’ Bedrooms | Apartment Therapy. (En la imagen, el dormitorio de Truman Capote).

Puertos abiertos

El escritor nicaragüense Sergio Ramírez compiló, por encargo de la editorial Fondo de Cultura Económica de México, dos antologías que prometen convertirse en eventos importantes dentro de la literatura de la región centroamericana. Las antologías son algo así como hermanas mellizas ya que comparten varios elementos en común, tanto en diseño editorial como en el juego de los títulos y criterios de selección. Me refiero a Puertos Abiertos, antología de cuento centroamericano y Puertas abiertas, antología de poesía centroamericana. Ambos libros fueron presentados recientemente en nuestro país por el propio escritor.

 En el prólogo “Inventando realidades” de Puertos abiertos, la antología de cuento, Ramírez menciona la labor casi arqueológica que le significó realizar una anterior antología de cuento centroamericano para la ya extinta Editorial Universitaria Centroamericana, EDUCA. “En aquel tiempo que un escritor de Honduras fuera leído en Guatemala, o que uno de el Salvador fuera leído en Nicaragua, representaba toda una proeza, además de que los libros, valientes y humildes, se imprimían casi siempre por cuenta propia y se quedaban, también casi siempre, con el país por cárcel”.

La antología de EDUCA fue compilada a finales de los años sesenta del siglo pasado y publicada en 1973. Pero cuando uno analiza este comentario de Sergio Ramírez, desafortunadamente es muy poco lo que parece haber cambiado.

Cuarenta y tantos años después, en la Centroamérica moderna, sigue siendo un problema leer a autores de la región en los diversos países. Es tan difícil en El Salvador conseguir un libro de algún autor hondureño o panameño como lo es para un nicaragüense o un costarricense conseguir un libro de un guatemalteco o de un salvadoreño. La distribución del libro en papel sigue siendo uno de los principales problemas que enfrentan las editoriales de la región, un problema que no se refiere únicamente a la distribución entre nuestros países sino que se presenta incluso como un reto dentro de un mismo país. Por lo general los libros se editan en las capitales y se distribuyen pobremente en el resto de cada una de las ciudades del país, a veces quizás sólo en las más grandes. El libro, por lo tanto, sigue teniendo el país y casi que la capital por cárcel. Leer más

No Robots

Patricio Pron: “La literatura es una forma de participar en los asuntos de mi tiempo”

¿Por qué no podías dejar (de escribir)? ¿Qué es lo que necesitabas del escribir?

En primer lugar, había una necesidad de escribir en virtud de que —como sabes, mi memoria es muy mala; y buena parte de mi vida cotidiana se convirtió en una especie de persecución de mi mismo. Consistía en documentar lo que yo he hecho, tan solo para mi mismo y en virtud de que si no lo hacía lo iba a perder, me lo iba a olvidar. Por lo tanto, se me volvió ineludible volver a escribir. Al menos volver a llevar diarios. Pero por otro lado se me instalaba la convicción de que tenía algo para decir y que había algunas personas que estaban, allí afuera, con interés de escucharme. Y estaba la cuestión también de que, supongo por la forma en que fui criado, la literatura es para mí una forma de participar en los asuntos de mi tiempo. Quizás una forma ineficaz o incompleta, pero tal vez sea la única forma que yo conozco para expresar esta voluntad de la transformación que es un mandato para quienes somos hijos de activistas políticos de los setentas.

Patricio Pron: “La literatura es una forma de participar en los asuntos de mi tiempo”.