Fueron, y siguen siendo muchos, los pueblos que consideran un pecado monumental el cortar un árbol sin permiso o dañar plantas sin motivo alguno. La razón de esto es porque dicho pueblos consideran a la Tierra, en su globalidad, como un ser vivo. Y cualquier agresión contra alguno de sus elementos es agredirla a ella misma.
Los monjes budistas de Siam, por ejemplo, dicen que romper una sola rama de un árbol es como romperle un brazo a una persona inocente.
Antiguas leyendas germánicas castigaban brutalmente a quien se atreviera a cortar parte de la corteza de un árbol. Al culpable se le cortaba el ombligo y se lo clavaban en la parte del árbol que había sido dañada. Luego le obligaban a dar vueltas alrededor del tronco, de manera que sus intestinos quedasen enrollados en el árbol. La intención del castigo era clara: sustituir la corteza muerta por algo vivo, en este caso, las entrañas del agresor.
Muchos indígenas norteamericanos como los hidatsa, los iroqueses y los ojebways aseguran oír gritos de indignación por parte de los árboles cuando son talados o quemados, algo que es leído con frecuencia también en antiguos libros chinos. Los iroqueses afirman a su vez que muchas de las desgracias de sus pueblos fueron causadas por la desconsideración moderna de los derechos de los árboles.
Entre los africanos, los wonika creen que cada árbol y en especial el coco, tienen un espíritu, y que la destrucción de un cocotero equivale a un matricidio pues “el árbol da vida y alimento al igual que una madre a sus criaturas”.
Los bosonga, por su parte, consultan con el curandero de la tribu antes de cortar el árbol. Si este da su aprobación, tan pronto como el talador da el primer hachazo, aplica su boca al corte y chupa algo de la savia. De este modo, crea fraternidad con el árbol, al igual que la hermandad entre dos hombres cuando hacen un pacto de sangre, lo cual le permite disponer del árbol. Leer más





