La vida secreta de la plantas

Fueron, y siguen siendo muchos, los pueblos que consideran un pecado monumental el cortar un árbol sin permiso o dañar plantas sin motivo alguno. La razón de esto es porque dicho pueblos consideran a la Tierra, en su globalidad, como un ser vivo. Y cualquier agresión contra alguno de sus elementos es agredirla a ella misma.

Los monjes budistas de Siam, por ejemplo, dicen que romper una sola rama de un árbol es como romperle un brazo a una persona inocente.

Antiguas leyendas germánicas castigaban brutalmente a quien se atreviera a cortar parte de la corteza de un árbol. Al culpable se le cortaba el ombligo y se lo clavaban en la parte del árbol que había sido dañada. Luego le obligaban a dar vueltas alrededor del tronco, de manera que sus intestinos quedasen enrollados en el árbol. La intención del castigo era clara: sustituir la corteza muerta por algo vivo, en este caso, las entrañas del agresor.

Muchos indígenas norteamericanos como los hidatsa, los iroqueses y los ojebways aseguran oír gritos de indignación por parte de los árboles cuando son talados o quemados, algo que es leído con frecuencia también en antiguos libros chinos. Los iroqueses afirman a su vez que muchas de las desgracias de sus pueblos fueron causadas por la desconsideración moderna de los derechos de los árboles.

Entre los africanos, los wonika creen que cada árbol y en especial el coco, tienen un espíritu, y que la destrucción de un cocotero equivale a un matricidio pues “el árbol da vida y alimento al igual que una madre a sus criaturas”.

Los bosonga, por su parte, consultan con el curandero de la tribu antes de cortar el árbol. Si este da su aprobación, tan pronto como el talador da el primer hachazo, aplica su boca al corte y chupa algo de la savia. De este modo, crea fraternidad con el árbol, al igual que la hermandad entre dos hombres cuando hacen un pacto de sangre, lo cual le permite disponer del árbol.

En lugares como Corea y Australia, se cree que los espíritus de los muertos habitan en los árboles, por lo cual se les habla con mucha reverencia y se les cuida de ser cortados o quemados. Los filipinos también creen lo mismo y al escuchar el rumor del viento entre las hojas, aseguran que es la voz de sus antepasados fallecidos. Cuando pasan cerca de uno de estos árboles, se inclinan y piden perdón al espíritu por alterar su reposo y su soledad.

Estas coincidencias en el tratamiento respetuoso hacia los árboles y las plantas movieron a científicos y pensadores a desentrañar el misterio escondido dentro de nuestros mudos compañeros.

Ya Aristóteles había afirmado que las plantas poseen alma aunque no sensibilidad. Y esta idea se mantuvo invariable hasta el siglo XVIII, cuando Carl von Linneo, el abuelo de la botánica moderna, afirmó que la única diferencia entre las plantas y los animales era que no poseían movilidad.

En el siglo XIX, Carlos Darwin, creador de la teoría del origen de las especies, refutó la creencia de Linneo, demostrando que las plantas poseían movimientos menores e independientes en ramitas delgadas y zarcillos, pero que este movimiento se realizaba cuando le proporcionaba a la planta algún tipo de beneficio.

A comienzos del siglo XX, el biólogo vienés Raoul Francé escandalizó a sus colegas con la audaz idea de que las plantas se movían tanto como los animales sólo que a una velocidad infinitamente menor. En su teoría, Francé demostró los movimientos de las raíces hacia el interior de la tierra, el movimiento circular de capullos y vástagos, las exploraciones que realizan tallos y ramitas en torno suyo y hasta cierta inclinación de las hojas y las flores cuando se estremecen por algún cambio brusco a su alrededor.

Sus múltiples investigaciones y observaciones, restringidas únicamente por las limitaciones técnicas de la época, lo llevaron a concluir que las plantas poseen todos los atributos de los seres vivientes “incluso una reacción de lo más violenta contra todos los abusos y el agradecimiento de lo más ferviente por los favores”. Sus escritos fueron ignorados y considerados escandalosos, vacíos, sin sustentación científica y románticos.

No fue sino hasta los años 60 que dichas teorías comenzaron a probarse por métodos más científicos. En 1966 Cleve Backster, de Nueva York, experto en detectores de mentiras, experimentó con plantas conectándoles un galvanómetro (aparato que mide la intensidad de la corriente eléctrica) y un polígrafo (aparato que traza líneas en respuesta al estímulo eléctrico recibido).

Realizó experimentos con más de 25 variedades de plantas y frutas como lechugas, cebollas, naranjas y bananos. Las plantas mostraron reacciones fuertes, en formas de líneas agitadas (como el registro de un temblor de mediana intensidad), cuando se les cortaba una hoja, se les acercaba un fósforo o se les metía en agua caliente. En varios casos el simple hecho de pensar lo que iba a hacerse con ellas producía en la planta una reacción violenta.

En 1970 Marcel Vogel, de California, también logró resultados impresionantes al experimentar con electrodos y polígrafos conectados a varias plantas. Por ejemplo, sostenía conversaciones enfrente de la planta en observación con otra persona. Éste le manifestó a Vogel que una planta de la misma variedad que él tenía en su casa era más bonita que la que estaba en el cuarto. La planta observada manifestó una reacción “como muerta” al ser herida tan cruelmente en sus sentimientos.

También notó que reaccionaban de diversas maneras al sentarse un grupo de amigos a contar historias de terror. Cuando se llegaba a las partes emocionantes, las plantas marcaban un estado de atención. Y al hablar de temas sexuales, la aguja registraba reacciones intensas.

Utilizando un sistema más complicado de electrodos y polígrafos, Pierre Paul Sauvin, de Nueva Jersey, logró demostrar que las plantas responden a los estímulos de sus dueños aún a distancia. Sauvin se retiraba durante días de su casa pero mantenía contacto telefónico con las plantas a las cuales les hablaba por medio de parlantes. Las plantas registraban reacciones de euforia al escuchar la voz de su protector.

La discusión sobre si las plantas son capaces de pensar, sentir y condicionar sus reacciones sigue abierta. Hay científicos que afirman que todo esto no es más que un proceso químico normal que sustituye en las plantas su carencia de sistema nervioso y cerebro.

El zoólogo sudafricano Van Halen afirma por ejemplo que las plantas se comunican entre sí mediante sustancias químicas que sólo son percibidas por ellas mismas. El etileno, el mismo compuesto químico que hace madurar y pudrir la fruta, es la sustancia que usan las acacias, según Van Halen, para comunicarse y prevenirse cuando se acerca un animal hambriento, produciendo una sustancia venenosa, el tanino, que destroza el hígado de rumiantes como antílopes y jirafas. Ya las jirafas han aprendido a distinguir el veneno y comen solo las hojas que están muy separadas entre sí.

Otros se empeñan en afirmar que las plantas gozan en sus células de una memoria genética que puede trabajar de manera conjunta o independiente. Por ejemplo, una hoja arrancada de un árbol tiene sensibilidad propia aunque esté separada del árbol y también puede sentir dolor.

Aunque las plantas son consideradas como autómatas insensibles, lo cierto es que tienen capacidad para distinguir sonidos inaudibles al oído humano; perciben longitudes de onda de color como el infrarrojo y el ultravioleta, invisibles para el ojo humano; también son sensibles a los rayos X y a la televisión de alta frecuencia.

Las evidencias de los experimentos nos confirman que las plantas son seres vivos, que respiran y se comunican, que tienen personalidad propia y atributos que todavía nos resultan misteriosos. Si pensamos en las plantas como seres con personalidad quizás también nos sea más fácil entender por qué es tan importante la conservación y el respeto máximo de estos seres.

Abordar la ecología desde ese punto de vista nos ayudaría también a comprender que el ser humano es apenas parte de una compleja y misteriosa cadena de vida en la cual se incluye todo lo creado. El ser humano no es su dueño ni su dominador, sino un eslabón más y quizás el gran responsable, el guardián consciente de todo lo que lo rodea, aunque su ignorancia lo empeñe en destruir la naturaleza, sin compasión alguna.

(Publicado domingo 13 de mayo, revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica).

There are 3 comments

    1. Jacinta Escudos

      En efecto, en el libro del cual saqué la información cuentan de experimentos hechos con música. Cuando les ponían heavy metal a las plantas “se alteraban”, mientras que si les ponían música clásica o instrumental las plantas reaccionaban más armónicamente.

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