«The Childhood Homes of 20 Famous Authors«, un slideshow de casas de infancia de escritores famosos. En la foto, la casa de Franz Kafka en Praga.
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Cuentos de tacuacines
En El Salvador los llamamos “tacuazín”; en Nicaragua les llaman “zorro cola pelada”; en Costa Rica son “zorros” nada más; en otros países son conocidos como “zarigüeyas” o “tlacuaches” y en inglés se llaman “opossum”. En algunas islas del Caribe como Antigua, Grenada, Dominica y Trinidad, se les llama “manicou” y es un platillo muy apetecido que aseguran sabe a pollo. Su nombre científico, para quien todavía no lo identifica, es Didelphis marsupialis.
El animalito se encuentra desde el sur de Canadá hasta el norte de la Argentina. Se alimenta de vegetales, frutas, larvas, gusanos y en situaciones extremas de huevos y pequeños mamíferos y reptiles.
Cuentan con un marsupio, es decir, con un pliegue de piel que recubre las mamas de la hembra y forma una bolsa a forma de incubadora hacia donde las crías se arrastran tras su nacimiento y donde terminarán de desarrollarse, mientras beben la leche de la madre. En los tacuacines, este período dentro del marsupio dura sesenta días luego de una gestación de apenas catorce días.
Se le considera un auténtico fósil viviente debido a que ha subsistido durante 60 millones de años sin experimentar cambios notables en su fisonomía y se les considera una de las familias más viejas de mamíferos que habitan sobre la Tierra.
Lo de tacuazín viene de la palabra nahua tlacuatzin. Según el Diccionario de mitología y religión de Mesoamérica de Yolotl González Torres, su cola tiene usos medicinales pues se le da cocida a las parturientas con el fin de dar a luz con rapidez y facilidad. Se creía incluso que aumentaba la capacidad para aumentar la producción de leche materna. Entre los mayas se decía que Hunahpú e Ixbalanqué arrojaron a los animales de su milpa y agarraron al tacuazín por la cola, pero aunque éste logró escapar, le dejaron la cola sin pelos. Otras leyendas sobre por qué este animal no tiene pelo en su cola son referidas por los huicholes y totonacos. Ambos pueblos coinciden en que fue el tacuazín el animal que robó el fuego de los dioses para dárselo a los humanos y para hacerlo, usó su cola. Leer más
Presentación novela de Manlio Argueta
Elif Shafak: The politics of fiction
(Pueden agregarle subtítulos en español, seleccionándolo en la tecla que dice «languages»).
Cine en El Salvador (y II)
Entusiasmada por el tema y con varias inquietudes en mente todavía, decidí buscar al cineasta salvadoreño André Guttfreund y conversar con él sobre su opinión de la situación del cine nacional. Guttfreund ha sido ganador del Premio de la Academia del Arte y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, conocido como Premio Óscar. Es director y productor de numerosas series y películas para televisión y cine.
Hace relativamente poco retornó al país con el objetivo de encontrar gente que pueda dedicarse al cine de ficción, tal como se ha dedicado él toda su vida.
Guttfreund considera que la situación del cine documental en el país es buena. Y esto puede tener que ver con los lugares donde ha estudiado la gente que lo está haciendo, como Cuba, donde se le da mayor énfasis al cine documental como un mecanismo de denuncia social. “Pero en ficción estamos malísimos”, me dice tajante, sentados en la terraza de su casa.
No se puede tener una industria de cine sin cine de ficción porque éste es el que financia luego a los documentales. En cualquier parte del mundo se ven pocos documentales en un cine normal, porque éstos no atraen al público pero la industria no está en eso. Los únicos lugares donde el documental tiene mayor enfoque es en sociedades donde el gobierno ayuda a financiar los proyectos, como en aquellos países donde hay leyes nacionales de cine o fondos nacionales de cine.
“Lo que yo noté también es que en los talleres de cine que existían los trabajos que salían de esos talleres era malo, porque jóvenes que no habían leído mucho, no tenían filmografía, no habían viajado mucho, no habían vivido mucho, estaban haciendo sus propios guiones”, y es categórico al afirmar que sin un buen cuento no hay un buen guión, y sin un buen guión no hay una buena película. “Encima de eso los docentes que estaban enseñando cine nunca habían estudiado ficción ni habían hecho ficción pero la estaban enseñando. Y los docentes estaban culpando a los cipotes de los malos resultados”. Leer más
Para los fans de John Cheever
El pasado 18 de junio, John Cheever cumplió 30 años de fallecido. Aquí un par de tesoros para sus lectores:
-El autor leyendo su famoso cuento «The Swimmer».
–El ladrón de Shady Hill, un blog dedicado a Cheever.
El viejo y el mar en stop motion
Carátula 48
La revista electrónica Carátula 48 ya está en línea, con un número en homenaje al poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2012. En la sección de poesía también hay una selección de poemas de la salvadoreña Elena Salamanca. Y se convoca al Premio Centroamericano Carátula de Cuento Breve 2012 (bases aquí).
Presentación libro Salvador Canjura
Cine en El Salvador (I)
Desde hace unos pocos años me parece que hay un grupo de personas muy interesadas y comprometidas con hacer cine de ficción en el país. Siempre las ha habido, pero en los últimos años han surgido una serie de actividades que han permitido que dichos interesados se reúnan en torno a este tema y comiencen a dar pasos más serios y mejor planificados en la consolidación de un cine salvadoreño. O por lo menos están en esa búsqueda.
Me refiero en concreto a talleres de cinematografía que junto al Taller Profesional de Cine y Televisión de la Escuela de Comunicaciones Mónica Herrera, vienen a conformar un valioso semillero de gentes e ideas que bien pudieran darnos sorpresas en un futuro no muy lejano.
Hace poco arrancó el tercer ciclo para la Realización Cinematográfica de Ficción impartido por André Guttfreund, con nada menos que con 25 alumnos. En este esfuerzo están involucrados además el Centro Cultural de España, la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) y la Secretaría de Cultura de la Presidencia. Este taller se subdivide en dos: uno para personas que no tienen experiencia en obras cinematográficas, pero están vinculadas a la literatura y a las artes en general. Y el taller dos que es para aquellos que poseen experiencia en la cinematografía, ya sea en documental o ficción, guionistas, directores de fotografía y editores de literatura.
Otro de los talleres que se realizaron hace poco, y que guarda relación con este tema, fue el de adaptación de obra literaria a guión cinematográfico a cargo del cineasta español Luis G. Valdivieso. El taller, organizado por el Centro Cultural de España, contó con la participación de nueve personas, incluyéndome. Todos los participantes trabajamos en una propuesta de guión para un cortometraje. La idea es que luego de una etapa de trabajo, que ahora continúa a distancia, estos guiones se consoliden y los mejores puedan ser filmados en nuestro país. Leer más
Leyendo a Carlos Fuentes
A propósito del fallecimiento del escritor mexicano Carlos Fuentes el pasado 15 de mayo, un amigo me confesó, apenado, que a él no le gustaban mucho sus libros. Supongo que habrá cientos de personas que comparten la opinión de mi amigo y que para ellos, la escritura de Fuentes es simplemente algo que no les agrada, por variedad de motivos. Esto me parece comprensible: en cuestión de gustos se rompen géneros.
Le comentaba a este amigo que me parecía que Fuentes había tenido su momento para ser leído pero que algunas obras en particular son, definitivamente, piezas que merecen la pena explorarse.
En lo personal, llegué a la lectura de Fuentes de una manera casual. Fue en 1980, en Berlín Occidental (todavía existía el muro que dividía aquella ciudad). Yo había llegado allá por orden de mis padres, huyendo de la guerra que se había desatado en El Salvador. Las pertenencias eran pocas, apenas algo de ropa y que yo recuerde, ningún libro. Para mí, lectora voraz, el estar sin leer era un suplicio.
Pronto me enteré de una librería en Berlín que vendía libros en español. Se llamaba Kiepert y estaba cerca de la Ernst Reuter Platz, frente a la Universidad Técnica de Berlín. Aquella librería se convirtió en mi refugio favorito al que iba cada vez que podía (y tenía dinero), para comprar algo que leer. En una de esas visitas compré un libro de un para mí desconocido Carlos Fuentes. El libro estaba editado por Alianza Editorial y se llamaba Cuerpos y ofrendas.
Era la segunda edición de una compilación de sus mejores cuentos y tres de sus novelas cortas. No sé si fue por la melancolía que me hacía sentir Berlín, sobre todo en otoño y en invierno, cuando el sol apenas salía unas horas al día y el resto del tiempo se mantenía oscuro y frío, o si era por la nostalgia del terruño abandonado contra mi voluntad y todas las separaciones que eso implicó, o acaso fuera el ambiente que los mismos cuentos y sus personajes iban creando los que me fueron envolviendo en cierto estado de ánimo, el caso es que la lectura que hice de aquel libro me impactó mucho. Conservo aquel libro hasta el día de hoy. Leer más
La vida secreta de la plantas
Fueron, y siguen siendo muchos, los pueblos que consideran un pecado monumental el cortar un árbol sin permiso o dañar plantas sin motivo alguno. La razón de esto es porque dicho pueblos consideran a la Tierra, en su globalidad, como un ser vivo. Y cualquier agresión contra alguno de sus elementos es agredirla a ella misma.
Los monjes budistas de Siam, por ejemplo, dicen que romper una sola rama de un árbol es como romperle un brazo a una persona inocente.
Antiguas leyendas germánicas castigaban brutalmente a quien se atreviera a cortar parte de la corteza de un árbol. Al culpable se le cortaba el ombligo y se lo clavaban en la parte del árbol que había sido dañada. Luego le obligaban a dar vueltas alrededor del tronco, de manera que sus intestinos quedasen enrollados en el árbol. La intención del castigo era clara: sustituir la corteza muerta por algo vivo, en este caso, las entrañas del agresor.
Muchos indígenas norteamericanos como los hidatsa, los iroqueses y los ojebways aseguran oír gritos de indignación por parte de los árboles cuando son talados o quemados, algo que es leído con frecuencia también en antiguos libros chinos. Los iroqueses afirman a su vez que muchas de las desgracias de sus pueblos fueron causadas por la desconsideración moderna de los derechos de los árboles.
Entre los africanos, los wonika creen que cada árbol y en especial el coco, tienen un espíritu, y que la destrucción de un cocotero equivale a un matricidio pues “el árbol da vida y alimento al igual que una madre a sus criaturas”.
Los bosonga, por su parte, consultan con el curandero de la tribu antes de cortar el árbol. Si este da su aprobación, tan pronto como el talador da el primer hachazo, aplica su boca al corte y chupa algo de la savia. De este modo, crea fraternidad con el árbol, al igual que la hermandad entre dos hombres cuando hacen un pacto de sangre, lo cual le permite disponer del árbol. Leer más


