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El escritor es un pasajero solitario

Hace tres meses comencé a escribir un cuento. Pero en el transcurso de la redacción comprendí que lo mejor era escribir toda una novela, porque era necesario explicar con detalle el contexto de la historia en cuestión. (Lamento no poder decirles de qué se trata. Hay una superstición entre escritores que yo respeto mucho: si uno cuenta lo que está escribiendo, el texto “se sala”, ya no se escribe).

Comencé a escribir la novela sin tener una estructura. La he ido armando en el camino. Definí seis capítulos pero a medida que fui escribiendo reconocí que tenía que agregar otros dos. Luego, se me ocurrió incorporar un personaje que no estaba planeado. Cuando definí esos capítulos y el personaje nuevo, me sentí eufórica. Había resuelto varios problemas. El entusiasmo que sentí fue tan grande que quería contárselo a alguien. ¿Pero a quién? Entonces pensé en eso que llaman la soledad del escritor.

Le tengo rechazo al término porque se suele hablar del asunto con un drama innecesario, a mi parecer. Por lo general se habla de la soledad del escritor como algo duro de sobrellevar. A veces se le considera algo trágico; otras veces causa rechazo social o se considera una excentricidad. Amigos, conocidos y familiares reclaman de los escritores con quienes están relacionados esa necesidad de aislamiento, ese estar abstraído, ese anotar las ideas súbitas, esa manera de estar presente en cuerpo pero estar ausente en alma, con los ojos vueltos hacia adentro, hacia el mundo de la historia que se está escribiendo.

Si alguien que quiere ser escritor considera que su soledad es un asunto sufrido y doloroso, lo mejor es que cambie de oficio. No cabe duda de que el escritor necesita tiempo a solas para redactar sus libros, pero no sólo para eso. También para vivir inmerso en esa dimensión paralela que se torna parte de nuestra realidad cotidiana. Esa dimensión paralela donde el libro, la historia y sus personajes, crecen y se desarrollan. Uno entra en esas historias como un mirón y regresa a su mundo particular, a escribir lo que miró en el pozo de su imaginación. Leer más

Segundas lecturas

La primera vez que leí El viejo y el mar de Ernest Hemingway no me gustó para nada. Me pareció una novela aburrida, sin gracia alguna. Tenía unos 15 o 16 años. Leí el libro por obligación, como parte de las asignaciones escolares.

Cada vez que mencionaban El viejo y el mar lo primero que recordaba era el aburrimiento que me causó leerlo. Tenía una sensación de pesadez. De desagrado. De la historia no recordaba prácticamente nada ni me importaba, por muy Premio Nobel de Literatura que hubiera sido Hemingway.

Muchos años después, no recuerdo por qué, tomé el libro y comencé a leerlo. Descubrí un mundo nuevo, diferente. Me enganché tanto que dejé de hacer todo lo demás hasta terminar de leerlo, en una sola sentada. Me pareció apasionante. Esa segunda lectura borró aquella sensación negativa que tenía del libro.

Me gustó la sencillez del lenguaje, la construcción de las frases y la secuencia lineal. Eso le da al texto una sensación de espacio, de aire. Hemingway construye el ambiente necesario para que el lector visualice a perfección al pescador, en la inmensidad del mar, vulnerable, donde la soledad se palpa en el ambiente y oprime el pecho, porque se está a solas luchando contra cosas que son más grandes y mucho más fuertes que uno.

Hay varios libros que recuerdo con gusto y cariño. Pero siempre siento temor de darles una segunda lectura. Más de alguna vez me ha pasado que al hacerlo me detengo poco menos que decepcionada y dejo de leer para que el dolor no sea más agudo.

Algo así me pasó con los cuentos de Julio Cortázar. Creo que me los leí todos durante los 80. No todos me gustaban, pero igual, estaba obsesionada con leerlo. Tiempo después, cuando juntaba material para algún taller de narrativa, volví a leerlos. No me emocionaron ni un ápice. Como en muchos de ellos ya sabía lo que iba a pasar, el elemento sorpresa de Cortázar ya no funcionaba. Sentí tristeza. Leer más

La que escribe en el periódico

La revista Séptimo Sentido cumplió cinco años hace poco. Y por tanto, esta columna también cumplió cinco años, ya que apareció desde el primer número de la misma. Mil gracias a La Prensa Gráfica y a los que pensaron en mí para acompañarlos desde el inicio de la revista.

La primera columna, apenas hoy puedo decirlo, tenía un error en su título. Se publicó como “CRM” pero debió haberse llamado “CMR”, porque las letras correspondían a las iniciales del poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas, de quien hablaba en esa primera entrega.

El error fue mío. Ocurrió porque sufro de una dosis impertinente de dislexia, que me hace cometer ese tipo de errores con relativa frecuencia. No me di cuenta del error hasta la noche antes de su publicación. Me ha mortificado desde entonces. Así es que aprovecho esta oportunidad para disculparme y rectificar. Nunca es tarde.

También quiero aprovechar para darles las gracias a ustedes, los lectores. Diré, sin falsa humildad, que sé que hay gente allá afuera que me lee. Lo sé porque me saludan en el banco, en el supermercado, en la calle, en cualquier lugar. Lo sé porque a veces tengo que dar mi nombre en alguna oficina y de inmediato me preguntan si soy “la que escribe en el periódico”.

Cada vez que se acercan a saludarme por la columna, créanme que me siento honrada. Me sorprende que me reconozcan por la foto. Gracias por acercarse, por darme palabras de aliento, por contarme cuál es su columna favorita y por pedirme que siga escribiendo. Muchas veces, en este país aciago, donde perder el ánimo es fácil, esos encuentros me han levantado la moral y han arreglado más de un mal día. Es gratificante saber que lo que escribo es leído. Y mejor aún, que hay gente que se identifica y simpatiza con ello.

Me disculpo si parezco arisca en persona. Pero comprendan que cuando me abordan en plena calle y dicen mi nombre, me pregunto si es un lector o alguien que me está siguiendo para extorsionarme o matarme. Les recuerdo que vivimos en El Salvador. A eso hemos llegado ya: a sospechar, preventivamente, de todos. Leer más

Al borde del abismo

(El pasado 29 de junio, la revista Séptimo Sentido cumplió cinco años de publicación. Esta columna, «Gabinete Caligari» cumple igual número de años, ya que se apareció desde el primer número de la revista. Aprovecho para dar un inmenso gracias a todos los que han leído, seguido, compartido y comentado esta columna a lo largo de todos estos años. Espero que podamos continuar varios años más). 

Cada vez que llueve de manera prolongada o con mucha intensidad, entro en angustia. Si la lluvia es de noche o de madrugada, me levanto de inmediato, enciendo las luces y me mantengo en vigilia hasta que la lluvia pasa. Y ni eso me tranquiliza.

La casa en la que vivo está ubicada, literalmente, al borde de un abismo. En el 2008, la empresa guatemalteca Inmobiliaria El Bosque comenzó la construcción de lo que sería un complejo de cuatro torres, de 24, 26, 31 y 36 pisos, con su respectivo parqueo subterráneo y helipuerto. El complejo, llamado Europlaza World Business Hotel El Salvador, sería una réplica de un complejo similar construido en Guatemala. El proyecto chapín tuvo tan buen suceso que la inmobiliaria decidió repetir la experiencia en nuestro país. La inversión inicial estimada era de 38 millones de dólares, con un monto total de inversión estimado en 150 millones de dólares.

Los trabajos comenzaron con las excavaciones para construir el parqueo subterráneo. Se hicieron cortes paralelos y se dinamitó el terreno planeado para la construcción, ocasionando fuertes temblores de tierra y levantamientos de polvo en toda la zona, rodeada de casas. Durante esta etapa no se llevaron a cabo ni obras de mitigación ni prevención de daños.

La crisis económica del 2008 afectó los fondos el proyecto. También hubo desconfianza entre los inversionistas debido a la llegada al gobierno de un partido de izquierda. Según declaraciones a la prensa nacional hechas en el 2011 por el arquitecto André Rallión, representante en el país de la empresa dueña del proyecto, las obras podrían reiniciarse si hubiera un cambio de gobierno.

La construcción se suspendió. De recuerdo quedó un hoyo que tiene 20 metros de profundidad. Las condiciones climatológicas, el tráfico pesado de la carretera Panamericana y la falta de obras de mitigación han ido causando diferentes tipos de daño en casas del Reparto La Sultana, Residencial La Ceiba, un mesón y Residencial La Sultana. Son 51 las familias afectadas, entre las que se cuentan 35 menores de edad, 47 adultos mayores y 3 personas con discapacidades físicas. Leer más

Confesiones de una viciosa

Confieso públicamente que tengo un vicio: acumulo libros. No puedo entrar a una librería sin dejar de comprar, por lo menos, uno. Cuando salgo sin comprar nada, me asusto. Me toco la frente para confirmar si no estoy enferma.

El vicio comenzó con mi primer trabajo, a los 18 años. El primer sueldo que gané limpiando baños en un edificio de oficinas en Alemania, lo gasté en un blue jean, una blusa y un par de libros. Desde entonces no he parado.

Acumulo más de lo que leo. En mi biblioteca calculo que hay un 25% de libros que no he leído. No sé cuántos volúmenes tengo en este momento. Digamos que son unos mil. Eso significaría que tengo alrededor de 250 libros sin leer.

Durante años, mi compra de libros fue compulsiva. Compraba sobre todo tema que me interesara o que me llamara la atención, si la edición era atractiva, si el autor era conocido o no. Muchas fueron compras inútiles, libros que me decepcionaron o que me aburrieron y nunca terminé. En esa época no había internet, así es que no podía, como hago ahora, leer varias reseñas del libro antes de comprarlo.

Este vicio es pesado. Literalmente. En cada mudanza, no sólo de casa, sino hasta de país, ando arrastrando mis libros. En esas ocasiones siempre me deshago de una buena cantidad. Pero hay otros de los cuales no puedo ni quiero separarme. Mis libros favoritos. Ediciones especiales. Libros autografiados. Los libros de los amigos. Libros regalados. Libros de consulta. Y por supuesto, los libros no leídos.

Tengo un amigo con el que comparto el vicio. Eso me consuela. Él tiene una librera repleta solamente de los libros que no ha leído. Podíamos estar hablando por teléfono sobre algún libro, nombrar algún título y ponernos de acuerdo para salir a buscarlo en algún lugar de San Salvador, a las 8 de la noche. Mientras otros iban a buscar guaro, nosotros íbamos a buscar libros, como si fuera el asunto más urgente del mundo.

Les digo que es un vicio. Leer más

El abrazo de la muerte

En la fotografía se miran dos cuerpos. Están rodeados de escombros. Un hombre tiene el brazo izquierdo alrededor del cuerpo de una mujer. La cabeza del hombre está reclinada sobre el pecho de ella. Los ojos del hombre están cerrados. De su ojo izquierdo sale un hilillo rojo, como si hubiera llorado sangre. Su rostro está blanqueado por el polvo.

La mujer está recostada hacia atrás. El brazo derecho lo tiene algo alzado, como si hubiera quedado paralizado en el momento de intentar ponerlo sobre la cabeza del hombre. En ese brazo hay una delgada pulsera dorada.

Él tiene puesta una camisa celeste. Ella una blusa anaranjada o roja, estampada. Ambos están cubiertos con polvo. La parte inferior de ambos cuerpos desaparece a la vista debajo de bloques de cemento y ladrillo.

En primer plano hay un pedazo de tela celeste. Cerca del cuerpo de la mujer se mira una tela de color rosado y otra anaranjada. Están rodeados de escombros, varillas de hierro, ladrillos, polvo y dos botellas plásticas de agua.

La imagen fue captada por la fotógrafa bangladesí Taslima Akhter  en las ruinas del edificio que colapsó en las afueras de Dacca, a finales de abril pasado. Fue publicada en la sección internacional de la revista Time.

Cuenta Akhter que tenía doce horas de estar en el lugar del derrumbe, tomando fotos. Había visto a los rescatistas, a los heridos, otros cadáveres. Había visto el temor y la angustia en los ojos de los familiares que habían acudido para tener noticias.

Akhter estaba agotada, tanto física como mentalmente. A las 2 de la mañana vio los cadáveres del hombre y la mujer abrazados. Conmovida, con la rara sensación de que eran personas cercanas a ella, tomó la foto. Akhter sigue sin saber quiénes eran ni cuál era su relación. Pero considera que su foto sirve para darle un rostro humano a la tragedia. Leer más

Corrección política vs. literatura

El español Javier Ochoa ganó la edición número 22 del concurso Premio de Literatura para Escritores Noveles, organizado por la Diputación de Jaén, en España. Pero nunca llegó a recibir el premio. Después de haberlo ganado, la misma Diputación se lo retiró. ¿Motivos? Que su novela, llamada Nunca te quise tanto como para no matarte, “falta al derecho a la igualdad por razones de sexo en varias ocasiones”. Es decir, la novela “atentaba” contra la igualdad entre hombres y mujeres, y tenía contenidos sexistas, denigrantes de la mujer.

Esto fue determinado por el “Área de Igualdad” de la mencionada Diputación, que fue la encargada de analizar el contenido de la novela premiada, sin entrar en la valoración literaria de la misma.

No conozco al ganador del premio ni sé de qué trata la novela. Pero el hecho de que un libro participando en un concurso literario tenga que pasar por un tamiz de corrección política me parece absurdo.

Que alguien escriba sobre un asesino en serie, por poner un ejemplo, no implica que el escritor sea un asesino real o en potencia, que sea un malvado, que tenga pensamientos oscuros. Que escriba literatura erótica no implica que sea un libertino sexual. Que en una novela un personaje masculino golpee a su esposa no significa que el escritor suele hacer lo mismo en su vida cotidiana, ni que aprueba o promueva ese tipo de conducta.

Escribir implica crear personajes y situaciones que van en contra de lo que el escritor mismo cree. Con eso se logra la tensión dramática. Para presentar una historia balanceada, el escritor debe imaginar y escribir también sobre la maldad, el dolor, la suciedad, los sentimientos más bajos u oscuros del ser humano, aunque el resultado final sea incómodo para los lectores.

El escritor estadounidense Ray Bradbury le daba a la literatura un valor social que iba mucho más allá de lo meramente estético. Él decía que es también “la válvula de seguridad de la civilización”. Según él, los escritores somos “recolectores de tensiones” y la sociedad necesita de artistas y escritores para mostrar a los demás “trozos de la realidad”. Leer más

Antes, los libros se escribían a mano…

Páginas de Huckleberry Finn de Mark Twain. Tomado de «Handwritten Manuscript Pages From Classic Novels», Flavorwire (hacer clíck en imagen para ir a la página original).

Lecciones de un juicio

(Nota: el jueves 18 de abril por la tarde se anunció la suspensión del juicio en cuestión, cuando ya la edición de la revista y por tanto, de esta columna, estaban en cierre).

He estado siguiendo por internet, casi a diario desde que comenzó en marzo, el juicio por genocidio que se lleva a cabo en Guatemala contra los ex generales Efraín Ríos Montt y José Mauricio Rodríguez Sánchez, éste último ex jefe de inteligencia militar durante el gobierno del primero. Ambos están siendo acusados de genocidio, por la muerte de 1,771 indígenas de la etnia maya ixil ocurrida entre marzo de 1982 y agosto de 1983 en aquel país.

Cada una de las sesiones del proceso son verdaderas cátedras de aprendizaje en diversos temas. Los testimonios, tanto de los sobrevivientes como de los peritos, han contribuido no solamente a documentar uno de los múltiples episodios que ocurrieron dentro de lo que llaman “el conflicto armado interno” en Guatemala, sino que también ponen a reflexionar a los pueblos centroamericanos sobre un pasado reciente y común.

 Muchas tardes terminé con el corazón pesado luego de escuchar los testimonios de los testigos ixiles que han descrito, con gran dignidad, su versión de lo acontecido en las masacres. Otras tardes, los aportes de los peritos han servido para comprender el contexto en el que ocurrieron los hechos. Cuando se escucha a los peritos explicar los aspectos culturales de los ixiles (su relación con la tierra, sus ritos fúnebres, el rol de las mujeres dentro de la comunidad, entre varios aspectos más), se comprende que la agresión sufrida por estas comunidades va más allá del asesinato común.

Sobre este juicio hay muchas cosas qué decir. Se imponen reflexiones sobre temas tan diversos como la influencia del pasado en los hechos del presente, las guerras en Centroamérica, la impunidad, la memoria, el racismo, la discriminación, la visión de mundo de los pueblos indígenas mayas, la necesidad de las víctimas de contar su historia, el dolor que sigue estando tan fresco.

Cada uno de los días del proceso daría para una discusión, para una columna diferente. Encima de eso, mi instinto de novelista también se activa: veo contenidas dentro de la sala de audiencias diversas situaciones que podrían terminar convertidas en novela. Ojalá alguno de los escritores guatemaltecos pueda, dentro de algunos años, ofrecernos un libro basado en estos sucesos.

Desafortunadamente tengo la impresión de que el juicio por genocidio es un evento al que nosotros, como centroamericanos, no le hemos dado la importancia que merece, que es inmensa. Este juicio es el primero de su clase en el continente y con ello se establece un precedente importante.

Los guatemaltecos están escribiendo un capítulo importante de su historia, del cual otros países y sociedades deberíamos tomar ejemplo. El proceso, su desarrollo y los testimonios de los sobrevivientes ixiles, están narrando partes de la historia de Guatemala que no se encuentran escritas en ningún libro y que por fin pueden ser dadas a conocer a la sociedad y al público en general.

Los salvadoreños no deberíamos mantenernos indiferentes ante este juicio, porque nos concierne muy de cerca. Me pregunté, por ejemplo, ¿qué hubieran contado los sobrevivientes salvadoreños de la matanza indígena de 1932, si hubieran tenido una oportunidad como esta? Pero ni siquiera fueron escuchados en su momento, viéndose más bien obligados a callar y a invisibilizarse con tal de salvar la vida. Sus testimonios apenas comenzaron a reunirse en años recientes, cuando muchos de ellos ya habían fallecido. Con su muerte se perdieron para siempre algunas páginas de nuestra historia nacional.

Por desgracia a los salvadoreños no nos preocupa que nuestra historia esté incompleta o parcializada, así como muy poco nos preocupa rescatar la memoria de nadie. Lo demostramos en nuestra práctica diaria, con un desprecio expreso a revisar la historia para comprender los problemas del presente. Con la parcializada enseñanza de la historia nacional en los centros educativos. Con la falta de mecanismos efectivos que permitan la conservación y protección de documentos, objetos y sitios históricos. Con la casi inexistente capacidad de recoger y salvaguardar los testimonios orales de nuestros mayores, que podrían ayudarnos a reconstruir el rompecabezas de nuestro pasado. Con la poca publicación, difusión y circulación de ensayos académicos, históricos o investigativos sobre nuestra historia. Con la escasa existencia de becas o financiamientos para realizar estudios e investigaciones de este tipo.

Vivimos en una permanente actitud de “aquí no ha pasado nada”, que nos hace propensos a cometer los mismos errores una y otra vez. Se han tomado decisiones cuyo acierto ha sido puesto en duda muchas veces. Una de ellas, la amnistía incluida en los Acuerdos de Paz del 92. Una decisión tomada a partir de la errada concepción de que juzgar los crímenes de guerra equivale a buscar venganza.

No puedo imaginarme nada más liberador, para una sociedad, que permitirse un juicio como el que ocurre ahora en Guatemala. Donde al fin una parte de la sociedad, la más discriminada, las más olvidada, ignorada y despreciada, toma el micrófono para contar su verdad. Donde, también, los que justifican la crueldad se dan a conocer tal cual son. Siguen siendo los mismos de siempre.

Muchos testimonios me han impresionado hasta las lágrimas en este juicio. La descripción de cómo mataron a tanta gente, con lujo de barbarie, resulta incomprensible. El sentimiento que esto ha provocado en los sobrevivientes, y cómo han tenido que vivir con ello desde entonces, es duro y traumático. Las secuelas físicas y psicológicas están aún muy frescas, a pesar de que han pasado poco más de 30 años desde los hechos.

La masacre de los ixiles no pasó al otro lado del océano ni en el tiempo de los abuelos. Ocurrió acá, en el país vecino. Ocurrió en nuestro tiempo de vida. Los hechos tienen además una atroz semejanza con eventos ocurridos en El Salvador. Porque por desgracia, también tuvimos conflicto armado. Y también hubo matanzas, con lujo de barbarie, violaciones, destrucción. Todo lo cual sigue impune.

“Hasta que yo me muera, ahí se va a terminar el dolor” dijo uno de los testigos ixiles.

Imaginemos la dimensión de tanto dolor.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 21 de abril 2013).

Una mujer en Berlín

La historia, bien se dice, está escrita por los vencedores, y no por los vencidos.

En 1959 se publicó en Alemania un libro llamado Una mujer en Berlín. Su autora prefirió firmar como Anónima. El libro es un diario escrito entre el 20 de abril y el 22 de junio de 1945, en la ciudad de Berlín, y cuenta su experiencia como víctima de violaciones por miembros del Ejército Rojo.

El libro tuvo un rechazo total. La sociedad alemana no estaba lista para enfrentarse a lo que le había pasado catorce años atrás. Fueron los vencidos de la guerra y eso les mereció persecución, discriminación y castigo por parte de las fuerzas victoriosas.

Otro libro, Después del Reich del británico Giles MacDonogh, relata las atrocidades cometidas por las fuerzas aliadas y soviéticas contra la población alemana después de la rendición.

MacDonogh estima que tres millones de alemanes murieron tras el final de la guerra. Dieciséis millones de alemanes fueron desplazados de sus hogares.

Se estima que casi dos millones de mujeres fueron violadas en toda Alemania. Las violaciones fueron masivas y no discriminaban edad: niñas y ancianas también fueron atacadas. En 1946 y como producto de esto, nacieron alrededor de 200,000 niños, hijos de soldados rusos. El aborto se convirtió en una práctica médica común. Las enfermedades venéreas fueron epidemia.

Algunos campos de concentración fueron reutilizados y ahí se mantuvo prisioneros a un millón de alemanes. Muchos de ellos murieron de hambre, frío o agotamiento por los trabajos extenuantes a los que eran sometidos. Los sobrevivientes fueron liberados años después. Algunos fueron hechos prisioneros y llevados a la Unión Soviética. Leer más

Monseñor

Aquella mañana me despertaron los pájaros. Unos pájaros que cantaban de manera preciosa. En el entresueño, me sorprendí. No había escuchado pájaros en aquella ciudad. Mucho menos en el 7o. piso del edificio donde vivíamos. Era temprano, tanto que aún no clareaba. Volví a dormir, con un sentimiento extraño por el canto de aquellas aves.

Luego, al levantarme, escuché las noticias en la radio. La noticia fue cruel en su brevedad: Monseñor Romero había sido asesinado la tarde anterior, de un tiro en el corazón.

Tenía poco más de una semana de haber llegado a Berlín Occidental, estaba deprimidísima porque no sabía muy bien qué significaba aquel exilio obligado e impuesto por mi padre, odiaba el frío y me irritaban una serie de circunstancias familiares que estaba viviendo. Y entonces aquello.

Monseñor Romero fue parte de mi vida gracias a que en el colegio católico en el que estudié, él era una presencia constante. Nos visitaba con frecuencia, nos dio misa en muchas ocasiones y más de alguna vez nos impartió charlas de orientación religiosa.

Era muy común para nosotras, las alumnas, verlo caminar por los pasillos del colegio y detenerse a conversar con nosotras, a escuchar nuestras tonterías de adolescentes y a darnos palabras de aliento y entusiasmo en cuanto a los estudios. Pero sus palabras nunca fueron regaños o reprimendas anticipadas, como las que nos decían otros curas que por eso mismo, no se ganaban nuestra simpatía y mucho menos nuestra confianza. Monseñor Romero transmitía una sensación de familiaridad y naturalidad que nos permitía acercarnos a él, bromear con él y no sentir miedo ni rechazo, a pesar de todo el respeto que le teníamos.

Tengo muchos recuerdos de él pero compartiré dos: el primero, cuando visitamos el Hospital de La Divina Providencia donde (¡cómo nos lo íbamos a imaginar en ese momento!), sería asesinado meses después. El colegio exigía a sus alumnas, como trámite de graduación de bachillerato, un trabajo social de 100 horas en alguna institución pública. Como parte del programa visitamos varios lugares como salas cunas, hospitales y asilos. Leer más

El llamado de lo salvaje

Rimbaud

Hay otro viaje más breve, muy significativo y que en la mayoría de las biografías de Rimbaud, incluso las muy detalladas y extensas, suele ocupar renglones. Es el que hizo a Java, Indonesia, en 1876. De ese viaje se ocupa Rimbaud en Java, el delicioso libro del novelista, crítico y ensayista Jamie James (crítico de arte y cultura de The Wall Street Journal desde hace 25 años, ex crítico de The New Yorker, puesto al que renunció para mudarse a Bali, Indonesia, donde vive hoy). Mezcla de ensayo, crónica de viajes y breve biografía, Rimbaud en Java describe su objeto en las primeras páginas: “En 1873, tras el desastroso final de su enloquecida aventura amorosa con un hombre mayor que él, el poeta Paul Verlaine, Rimbaud se embarcó en un agitado período de viajes por el extranjero, que alcanzó su punto geográfico más distante en la isla de Java. En mayo de 1876 se enlistó como mercenario en el ejército colonial holandés y viajó en barco hasta las Indias Orientales. Poco después de arribar a su guarnición en la zona central de Java desertó y se esfumó en la jungla. Desde ese momento hasta que reapareció en Francia, a finales de aquel año, no se sabe nada de su paradero. Este libro es un estudio sobre el viaje de Rimbaud a Java. Lo he denominado su ‘viaje perdido’ porque sabemos menos de él que de cualquier otro pasaje de su vida. Desde los quince años, Rimbaud fue un frecuente escritor de cartas. Su correspondencia abarca cientos de páginas de sus obras completas, pero de 1876 no sobrevive siquiera una misiva… Fuera de un puñado de lacónicos, opacos documentos oficiales relativos a su enlistamiento y deserción, el viaje a Java representa un vacío”.

«El llamado de lo salvaje», Página/12.