Segundas lecturas

La primera vez que leí El viejo y el mar de Ernest Hemingway no me gustó para nada. Me pareció una novela aburrida, sin gracia alguna. Tenía unos 15 o 16 años. Leí el libro por obligación, como parte de las asignaciones escolares.

Cada vez que mencionaban El viejo y el mar lo primero que recordaba era el aburrimiento que me causó leerlo. Tenía una sensación de pesadez. De desagrado. De la historia no recordaba prácticamente nada ni me importaba, por muy Premio Nobel de Literatura que hubiera sido Hemingway.

Muchos años después, no recuerdo por qué, tomé el libro y comencé a leerlo. Descubrí un mundo nuevo, diferente. Me enganché tanto que dejé de hacer todo lo demás hasta terminar de leerlo, en una sola sentada. Me pareció apasionante. Esa segunda lectura borró aquella sensación negativa que tenía del libro.

Me gustó la sencillez del lenguaje, la construcción de las frases y la secuencia lineal. Eso le da al texto una sensación de espacio, de aire. Hemingway construye el ambiente necesario para que el lector visualice a perfección al pescador, en la inmensidad del mar, vulnerable, donde la soledad se palpa en el ambiente y oprime el pecho, porque se está a solas luchando contra cosas que son más grandes y mucho más fuertes que uno.

Hay varios libros que recuerdo con gusto y cariño. Pero siempre siento temor de darles una segunda lectura. Más de alguna vez me ha pasado que al hacerlo me detengo poco menos que decepcionada y dejo de leer para que el dolor no sea más agudo.

Algo así me pasó con los cuentos de Julio Cortázar. Creo que me los leí todos durante los 80. No todos me gustaban, pero igual, estaba obsesionada con leerlo. Tiempo después, cuando juntaba material para algún taller de narrativa, volví a leerlos. No me emocionaron ni un ápice. Como en muchos de ellos ya sabía lo que iba a pasar, el elemento sorpresa de Cortázar ya no funcionaba. Sentí tristeza.

Son pocos los libros que aguantan una relectura y que mantengan o mejoren aún más la primera impresión que se tiene. Para mí, una de esas novelas es El extranjero de Albert Camus. En cada una de mis 5 o 6 relecturas de esta novela, siempre encuentro algo nuevo, un detalle que se me había pasado por alto, pero que me impacta con la misma fuerza de la primera vez por esa construcción seca, arenosa y de desolación interior que logra a través de las palabras y las imágenes.

El amante de Marguerite Duras, otro libro que he leído varias veces, es una escuela que enseña el poder que tiene la deconstrucción de la frase. El poder que tiene una palabra bien ubicada, en el momento correcto. Son palabras que duelen, como pedradas al pecho. Palabras sin maquillaje ni vestido. El strip-tease de los sentimientos por medio de la palabra.

Los cuentos de Juan Rulfo, H.P. Lovecraft, Edgar Allan Poe, Ray Bradbury y Felisberto Hernández siempre me vuelven a sorprender y a fascinar.

Mientras más leo a Jorge Luis Borges, más crece mi admiración por su obra. Sus cuentos se convierten en laberintos interminables y toda su obra es como “El libro de arena”, infinito en palabras, en hojas, en historias, en asombro. Borges es inagotable.

Hay libros que en la segunda lectura me han saltado a la cara los momentos flojos de su redacción o su trama. Pero son escritores a los que quiero tanto que les perdono todo, porque por encima del virtuosismo técnico, lo que hace valiosa su obra es la actitud de desafío, de outsider. Pienso en el ecuatoriano Pablo Palacio, autor de Un hombre muerto a puntapiés, cuya manera acelerada de ir construyendo la narración no le da tiempo para invertir en la belleza del idioma, sino que ocupa las palabras que encuentra a mano, rápido, y que puede pegar una a una, como ladrillos, para formar esos callejones oscuros y enajenados en los que discurren sus narraciones.

Hace un par de años me dieron ganas de volver a leer Moby Dick, luego de ver la película del mismo nombre, hecha por John Houston en 1956. Pero como la primera lectura fue en español, decidí que la segunda sería en inglés, su idioma original. Fue como leer el libro por primera vez. Es una novela que no envejece. Melville la construyó como el casco de un barco ballenero, con madera dura, con uniones bien selladas, con la capacidad de soportar y salir a flote de todos los embates que oponga el lector.

La relectura, en algunas ocasiones, ayuda a comprender el valor de obras que antes despreciamos, como me pasó a mí con Hemingway. A veces lo que se necesita es que el libro y el momento personal del lector coincidan, de manera que el libro “le hable”, que le haga “clíck”.

No todos los libros se leen a la misma edad, con los mismos ojos. En el ejercicio de la lectura entran en juego la experiencia de vida del lector, su visión de mundo, sus otras lecturas. Esos elementos influencian la manera en que se percibe un texto.

A veces, el lector no logra volver a enchufar con algún libro querido leído en el pasado. Otras, el libro se revela como la joya literaria que siempre fue pero que no supimos apreciar en un inicio, precisamente por falta de bagaje literario o de mejor enfoque en la lectura.

 Hay libros que no quiero desacralizar, cuya lectura me fue tan placentera o tan reveladora la primera vez, que no quiero mancharlos jamás con la bilis de la decepción. Y no vuelvo sobre ellos.

Pero a veces los libros nos llaman desde los anaqueles. Sus personajes nos hacen señas. Nos llaman hacia ellos. Insisten. Nos obligan a sacarlos del estante, a hojearlos de nuevo. Como si tuvieran temor de quedarse solos, de ser olvidados. Como si todavía tuvieran nuevas historias que contar.

(Publicado en la revista Séptimo Sentido, de La Prensa Gráfica, domingo 28 de julio 2013).

There are 5 comments

  1. Mercy Wilson

    Gracias Jacinta, aprendo tanto de sus escritos sobre literatura que me dan ganas de inmediato de poner en practica lo que aprendo de usted. Este articulo me ha dado una nueva luz para retomar algunos libros, que como usted dice, nos llaman desde los anaqueles. Gracias otra vez!

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  2. Bitacoras.com

    Información Bitacoras.com

    Valora en Bitacoras.com: La primera vez que leí El viejo y el mar de Ernest Hemingway no me gustó para nada. Me pareció una novela aburrida, sin gracia alguna. Tenía unos 15 o 16 años. Leí el libro por obligación, como parte de las asignaciones escol..…

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  3. Noé Zamora

    Muy encantado, Jacinta. Muchas gracias por compartirlo. Es bueno que escriba de literatura, de pura literatura, aunque no sea siempre. Lectores ingenuos como yo solemos recurrir a segundas lecturas porque a algunos libros, como a ciertas personas, hay que darles un tiempo para conocerlos, sin discriminarlos, sin rencor.

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    1. Jacinta Escudos

      Me gusta mucho la segunda parte de su comentario: “… a algunos libros, como a ciertas personas, hay que darle un tiempo para conocerlos, sin discriminarlos, sin rencor”.
      Saludos y gracias por leer la columna.

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