Sobre el tema de la reciente denuncia de un plagio literario ejecutado por un ganador de los Juegos Florales, me parece importante tomar en consideración algunos detalles adicionales.
Por cualquier lado que examinemos el asunto hay dos cosas que están claras. Uno, el plagio es un delito. Es un robo de propiedad intelectual. Hacer pasar por propio un escrito ajeno no es un hecho del cual alguien se deba sentir orgulloso. El plagiario es un ladrón. El hecho de que el “copy and paste” sea práctica común hoy en día, no lo justifica ni lo atenúa. Es un problema mundial que tiene que ver con el mal uso de internet, sí, pero también con la falta de vergüenza.
Dos, las muchedumbres enardecidas se empeñan en buscar culpables en los lugares equivocados. No nos enredemos. Aquí sólo hay un culpable. Es el plagiario. El que pasó horas ejecutando su plan, convirtiéndolo en algo concreto y llevándolo hasta las últimas consecuencias.
Más constructivo que el deseo de ver rodar cabezas es examinar con detenimiento toda la cadena y detectar dónde falla, desde las convocatorias de los Juegos Florales hasta la publicación del libro mismo. Me permito examinar algunos de esos aspectos.
Uno de los requisitos indispensables para publicar en la DPI es registrar la obra en el Registro de Propiedad Intelectual, dependencia del Centro Nacional de Registros de El Salvador (CNR). Para los que no están familiarizados con este proceso, el asunto consiste en ir al Registro, presentar copias de tu obra, llenar un formato, hacer una solicitud escrita y recibir un “certificado de depósito de derecho de autor” que acredita la obra presentada. Este registro tiene reconocimiento mundial. Por lo general, la resolución se da de un día para otro.


