Últimas entradas

Los hombres de anaranjado

Desde octubre del año pasado, los trabajadores del Ministerio de Obras Públicas (MOP) se han convertido en parte de mi vida. Desde la ventana de mi estudio, en el segundo piso de mi casa, puedo ver hacia la Carretera Panamericana donde están trabajando.

Un día cualquiera aparecieron en el lugar y no han vuelto a irse. Me asomo a la ventana o a la calle a verlos trabajar cada vez que el ruido que producen las máquinas rompe mi concentración en el trabajo.

Así, de escena en escena, he ido observando todo el proceso de trabajo de la carretera. Desde el momento en que trituraron el asfalto hasta la puesta del concreto. He visto a los hombres del MOP ir y venir, con sus camisas anaranjado fosforescente, desteñidas por el sol inclemente de este lugar donde antes había cafetales y árboles y que ahora se convirtió en centros comerciales, colonias de gente pudiente y creo que hasta en un campo de golf. Y carreteras, claro, porque el salvadoreño ama a sus carreteras.

Un día cualquiera aparecieron en el lugar y no han vuelto a irse.

Una noche nos sacaron sustos terribles con las máquinas compactadoras que cuando pasan por la calle, hacen vibrar las casas como si fuera un terremoto. Los libros cayeron de mis estantes. Parecía que las ventanas iban a estallar. Cuando la casa temblaba tanto que me daba miedo estar adentro, salía a la calle a lloriquearle a los trabajadores, junto con todo el coro de vecinos, que uyuyuy, viera qué feo se siente, que no vamos a poder dormir y que no sé qué y que no sé cuánto, para al final despedirnos todos hechos un dechado de sonrisas y cortesías, como en una ópera con final feliz. Terminé acostumbrándome a los temblores de la compactadora. O por lo menos, ya no me dan tanto miedo como antes.

He visto cómo una máquina, grande como un elefante y lenta como un caracol, trituró el asfalto y cómo quedaron pedazos de concreto o de asfalto muy grandes y cómo la cargadora levantaba esos pedazos y los tiraba sobre la cama de un camión que rebotaba cuando el pedazo caía.

Leer más

Rare, Old Photos of Native American Women and Children

Pretty Nose, a Cheyenne woman. Photographed in 1878 at Fort Keogh, Montana by L. A. Huffman.

 

Hopi girls, Sichomovi, First Mesa, Arizona. ca. 1900. Photo by Frederick Monsen.

 

A Kiowa girl. 1892.

See more at Huffington Post Art & Culture.

Adiós al Papá Grande

Tomada de cinismoilustrado.com. (Si alguien sabe el nombre del autor, por favor comparta para darle crédito).

Tomada de cinismoilustrado.com. (Si alguien sabe el nombre del autor, por favor comparta para darle crédito).

Cuando supe que Gabriel García Márquez había muerto, sentí una tristeza que me sorprendió mucho. Nunca lo conocí, nunca lo vi en persona, nunca crucé correspondencia con él. No tengo ninguna anécdota que contar ni fotos que presumir. Soy nada más una de sus millones de lectores. Pero el sentimiento que tuve la tarde que supe de su muerte fue como si un pariente lejano muy querido, al que vemos poco, hubiera fallecido.

Caeré en el lugar común de decir que la lectura de Cien años de soledad me causó un impacto muy profundo, pero es la pura verdad. En los años 70, lo que leía estaba determinado en gran parte por el programa escolar vigente. Ese programa nos obligaba a leer mucho clásico español, costumbrismo, literatura vernácula, romanticismo. Después se sorprenden de que a los niños no les guste leer. Todo aquello me parecía mortalmente tedioso. Mi amor por la literatura sufrió en esa época una de sus más profundas crisis. Por suerte también leía libros en inglés que mis padres me procuraban para que no se me olvidara el idioma que había aprendido muy pequeña, en un viaje a los Estados Unidos. Entonces leí a García Márquez y recuperé la fe perdida por la literatura en español.

Entonces leí a García Márquez y recuperé la fe perdida por la literatura en español.

Leí Cien años de soledad a los 13 o 14 años, en la edición de Editorial Suramericana que tenía la portada de cuadros azules y la “e” de la palabra “soledad” impresa al revés. Aquella novela contaba muchas cosas al mismo tiempo. Era la historia de una familia, pero también la historia de un pueblo.

Mi familia es profundamente diferente a los Buendía, pero algo en esa familia también hablaba de la mía y algo de Macondo también tenía que ver con el lugar en el que yo vivía y con los pueblos de mi país. Cien años de soledad me hizo captar algo obvio pero que no había descubierto todavía a mi edad: miré a cada miembro de mi familia con nuevos ojos, como personas con una historia, como personajes de la novela de sus propias vidas. Desde entonces comencé a interesarme en la historia familiar. Al final, esos son los libros que nos marcan, los que nos dejan aprendizajes de vida. Pero también aquellos en que nos reconocemos y en los que reconocemos el entorno en el que vivimos, aunque todo tenga un nombre diferente.

Leer más

Putzfrau

Ver en Medium.com

 

La última canción de la sequía

Procesión del Santo Entierro en la Calle de la Amargura, con la Iglesia de El Calvario en el fondo, San Salvador. (Foto de Patricia TT, licencia Creative Commons CC BY SA 3.0, tomada de Wikimedia Commons).

Procesión del Santo Entierro en la Calle de la Amargura, con la Iglesia del Calvario en el fondo, San Salvador. (Foto de Patricia TT, licencia Creative Commons CC BY SA 3.0, tomada de Wikimedia Commons).

Me despertaba un ruido. Al comienzo se escuchaba a un volumen tan bajo que me preguntaba si lo había soñado. Pero después era evidente: escuchaba un tambor. Sonaba lejano. Un redoble seco, corto, solitario. Momentos después se escuchaba una estridencia. Una trompeta rasgaba el silencio de la noche con su grito doloroso, interrumpiendo de manera obscena la plática amorosa de los grillos.

Era la Procesión del Silencio que salía de la Iglesia de Fátima y avanzaba a paso lento hasta llegar al entonces conocido como Hospital Neumológico, a un kilómetro de la casa familiar en Los Planes de Renderos.

Cuando escuchaba que el cortejo se aproximaba a la casa, me levantaba, iba a la sala y me subía sobre una silla para ver la procesión desde una ventana alta que daba a la calle. Desde ahí lograba ver todo sin el estorbo de la cerca que bordeaba el jardín frontal.

Primero pasaban unos pocos hombres. Luego el grupo se iba compactando. Todos, o la mayoría, vestidos de camisa blanca. Nadie hablaba. Sólo se escuchaban los pasos, el tambor, la trompeta, el generador y el golpe de la matraca, sonido que me causa una angustia indecible.

Entonces aparecía la imagen del Señor Cautivo. Jesús amarrado con las manos al frente, atadas a un poste. Los ojos vendados. Una espléndida túnica de terciopelo morado con bordes de oro.

Detrás de la imagen iban más hombres con camisas blancas. Cuando el tambor y la trompeta callaban y la procesión se alejaba, comenzaba a hacerse un silencio tal que lo único que se escuchaba era el rumor de los pasos de la gente.

Decían en mi casa que a la Procesión del Silencio sólo podían ir los hombres, que tenían que ir de blanco, que era irrespetuoso hablar, que las mujeres que iban a esa procesión eran putas, porque ninguna mujer decente anda en la calle, a la medianoche, metida en una procesión llena de hombres.

Leer más

Casas para pájaros

La inspiración de esta casa para pájaros fue el palacio en Roma de Benito Mussolini. (London Fieldworks).

Esto se llama Trash Tree, está en Copenhagen, Dinamarca. Su propósito es llamar la atención sobre cómo la naturaleza va desapareciendo de las ciudades. (Thomas Dambo Winther).

Esta casa se llama The Scream Birdhouse. A Anthony Cateaux le tomó casi dos semanas construirla. Pesa más de 25 libras. (Elephant Room Creative).

Para ver más: «Lifestyles of the Rich and Feathered: Birdhouses of the World.»

Borges y Poe

Baltimore, 1983

Jorge Luis Borges visita la tumba de Edgar Allan Poe. Baltimore, 1983. (Desconozco el nombre del fotógrafo).

 

 

¿Se aprende a ser escritor?

Hace poco leí en un periódico digital una nota sobre si los talleres literarios sirven para formar escritores. La nota no era nada original pues planteaba las mismas preguntas que siempre se hacen en torno al tema: si se puede o no aprender a escribir, si el escritor nace o se hace, si el escritor es talento o técnica y si, en ese sentido, los talleres literarios son una estafa.

Tengo sentimientos encontrados cuando se habla con desdén de los talleres literarios. En algún momento de mi vida participé en dos, pero también imparto talleres literarios desde hace más de diez años. Esa doble experiencia me permite considerar el taller como un espacio valioso. Pero extraer una experiencia positiva de un taller tiene mucho que ver con la actitud con la que se acude y también con la actitud de quien lo imparte.

La mayoría de personas que han asistido a mis talleres han sido personas apasionadas por la literatura, tanto que también quieren escribir algo. El impulso es legítimo. Todos tenemos una historia que contar. Pero ahí entramos a la cuestión del talento.

Estoy convencida de que el escritor nace con una serie de cualidades neurológicas que le facilitan la comunicación por medio de la palabra escrita. Pero esto se combina con otros elementos como la habilidad de fabular, la capacidad de observación, de transmitir ideas, aprecio por el lenguaje, intuición y una imaginación fluida. También se necesita ser algo obsesivo y sobre todo tener disciplina. Mucha disciplina. Inquebrantable disciplina.

Participar en un taller literario con la expectativa de aprender a escribir es un error. Nadie pasa por un taller un par de meses y sale convertido en escritor, por muy grande que sea su talento o su disposición, ni por excelente que sea quien dirige el taller. Se aprenden algunos trucos técnicos, se enriquece la visión literaria a través de la discusión colectiva, se analizan lecturas de autores consagrados para detectar sus fortalezas y sus debilidades. Pero no se “gradúa” a nadie de escritor.

Leer más

Changing the Educational Paradigm in El Salvador

3rd. grade students on a field trip in Perquín. Photo courtesy of Amún Shéa School.

3rd. grade students on a field trip in Perquín. Photo courtesy of Amún Shéa School.

Today’s education has a great challenge in keeping up with changing paradigms happening at high speed on a global scale. Are schools and universities preparing students to perform well in everyday life? Can learning based on memorization and passive information reception have a long-term impact in individuals? Do children and adolescents actually enjoy education or do they just study to obtain a certificate to increase the prospect of a better job?

A few days ago I was invited to Perquín, a small town in the north of the province of Morazán, in eastern El Salvador. There I visited the Amún Shéa School, founded in 2008. Amún Shéa is breaking with the scheme of traditional learning and offers an alternative that empowers natural ability and personal interests of its students. The name of the school means “land of seedlings” in the Lencan language, early inhabitants of the region.

The students themselves showed me around the school, while explaining what it was all about. Amún Shéa works with problem based learning. The students, starting in the first grade, express their particular interest and learn not only the required courses like math or biology, but also learn to analyze, make decisions and get acquainted with the reality of their region. The world of the students is not limited to home and school, it expands to the community.

In the classrooms, the teacher works as a tutor who guides the investigative processes of the children. The teacher’s desk is not in front of the classroom, but in the back. The classrooms don’t have high walls that keep the students confined and everyone works in open and shared spaces. In fact, the entire school complex doesn’t have high walls or fences to mark its limits.

Every week the students present the results of their projects to their peers. The themes they talk about are many: the quality of drinking water in the town, the renovation of a nearby tourist center, the production of desserts and cookies with regional products, the number of migrants from the region, fish farming for local consumption and aquaponics as a sustainable farming technique, among many more.

Leer más

Text from Classic Books Recycled Into Charming Brooches

Cambiando el paradigma educativo

Jacinta Todos Merecen

(English version here.)

Uno de los grandes retos que tiene la educación actual es caminar al ritmo de los cambios de paradigmas que están ocurriendo a nivel mundial. ¿Están las escuelas y universidades preparando a los alumnos para enfrentar la vida? ¿Cómo cala en el individuo el aprendizaje basado en la memorización y recepción pasiva de información? ¿Los niños y jóvenes sienten placer en el aprendizaje o asisten a los centros educativos obligados por la necesidad de obtener un certificado para acceder a un empleo?

Hace algunos días fui invitada a visitar Perquín, en la zona norte del departamento de Morazán, para conocer el Centro de Desarrollo Integral Amún Shéa. Este colegio, fundado en 2008, rompe con el esquema tradicional de aprendizaje y ofrece una alternativa que potencia las capacidades e intereses personales de los estudiantes.

Fueron los alumnos los que me enseñaron el colegio mientras me explicaban su funcionamiento. Amún Shéa, que en idioma lenca significa “tierra de semillas”, basa su sistema de enseñanza en el aprendizaje a través de la solución de problemas. Son los mismos alumnos quienes, desde el primer grado, manifiestan sus intereses particulares y a través de ello aprenden no sólo las materias básicas, sino que también aprenden a analizar, tomar decisiones y conocer la realidad de su municipio. El mundo de los niños no se limita a la casa y la escuela, sino que se amplía a la comunidad.

En las aulas, el maestro funciona como un tutor que guía los procesos investigativos de los niños. Su escritorio no está al frente del aula sino atrás. Las aulas no tienen paredes que los encierren y todos trabajan en espacios amplios y compartidos. De hecho, todo el centro escolar carece de muros o alambradas.

Semanalmente los niños exponen los avances de sus proyectos a todos sus compañeros. Los temas que se abarcan son diversos: la calidad del agua potable del municipio, la reactivación de un turicentro cercano, la elaboración de pan dulce y galletas con productos de la región, los niveles de migración, el cultivo de tilapia para el consumo local o la acuaponía como método agrícola sustentable, entre otras muchas iniciativas.

Lo notable es que estamos hablando de niños entre 7 y 14 años que, como parte de sus investigaciones, aprenden a elaborar proyectos escritos. Identifican objetivos generales y específicos, elaboran síntesis y determinan los componentes de sus proyectos. Redactar este tipo de documentos sirve para el aprendizaje del lenguaje y la escritura, pero también para construir pensamiento crítico y prepararlos para etapas superiores de estudio o trabajo.

Amún Shéa, que se financia en gran parte a través de donaciones y financiamiento externo, aprovecha varios programas gratuitos en línea para complementar la enseñanza, familiarizando a los alumnos con las nuevas tecnologías y el uso responsable de internet. Es normal ver a los alumnos trabajando en sus laptops, elaborando planos tridimensionales, haciendo animaciones o aprendiendo inglés.

Leer más

No todos somos tramposos

Sobre el tema de la reciente denuncia de un plagio literario ejecutado por un ganador de los Juegos Florales, me parece importante tomar en consideración algunos detalles adicionales.

Por cualquier lado que examinemos el asunto hay dos cosas que están claras. Uno, el plagio es un delito. Es un robo de propiedad intelectual. Hacer pasar por propio un escrito ajeno no es un hecho del cual alguien se deba sentir orgulloso. El plagiario es un ladrón. El hecho de que el “copy and paste” sea práctica común hoy en día, no lo justifica ni lo atenúa. Es un problema mundial que tiene que ver con el mal uso de internet, sí, pero también con la falta de vergüenza.

Dos, las muchedumbres enardecidas se empeñan en buscar culpables en los lugares equivocados. No nos enredemos. Aquí sólo hay un culpable. Es el plagiario. El que pasó horas ejecutando su plan, convirtiéndolo en algo concreto y llevándolo hasta las últimas consecuencias.

Más constructivo que el deseo de ver rodar cabezas es examinar con detenimiento toda la cadena y detectar dónde falla, desde las convocatorias de los Juegos Florales hasta la publicación del libro mismo. Me permito examinar algunos de esos aspectos.

Uno de los requisitos indispensables para publicar en la DPI es registrar la obra en el Registro de Propiedad Intelectual, dependencia del Centro Nacional de Registros de El Salvador (CNR). Para los que no están familiarizados con este proceso, el asunto consiste en ir al Registro, presentar copias de tu obra, llenar un formato, hacer una solicitud escrita y recibir un “certificado de depósito de derecho de autor” que acredita la obra presentada. Este registro tiene reconocimiento mundial. Por lo general, la resolución se da de un día para otro.

Leer más