Latest Posts

#Esperanza #Objetividad #Peligros

Red (Morgan Freeman) hablando sobre la esperanza en The Shawshank Redemption. (Tomado de Stillonmybrain).

Red (Morgan Freeman) hablando sobre la esperanza en The Shawshank Redemption. (Tomado de Stillonmybrain).

Los cambios de mando presidencial son un poco como las fiestas de fin de año. Son inevitables los resúmenes, las comparaciones, los balances, la lista de promesas no cumplidas, las despedidas entre empleados de las oficinas de gobierno. Flota algo de melancolía en el ambiente. Hasta nos ponemos un poquito sentimentales. Soñamos, otra vez, con el futuro. Porque es inevitable que la esperanza se encienda de nuevo en la ciudadanía, aunque para muchos su llama sea tan débil como la de un fósforo en medio de una tormenta.

En la película The Shawshank Redemption se desarrolla un diálogo interesante entre el protagonista Andy Dufresne (interpretado por Tim Robbins) y sus compañeros de prisión. Dufresne recién ha salido de un encierro solitario de varios días. Se sienta a la mesa con los demás presos que le preguntan cómo estuvo. Él contesta que se la pasó escuchando música en su mente, porque hay espacios en nuestro interior que nadie puede tocar. Que eso es algo que nadie nos puede quitar.

Red (interpretado por Morgan Freeman) le pide que le explique eso un poco mejor. “La esperanza”, contesta Dufresne. La expresión de Red denota su incomodidad. Es como si hubiese escuchado un insulto. “Déjame decirte algo amigo” le contesta Red, mientras agita su cuchara en el aire, en señal de amenaza. “La esperanza es una cosa peligrosa. La esperanza puede enloquecer a un hombre. La esperanza es algo que no sirve para nada cuando estás encerrado”.

«La esperanza es una cosa peligrosa. La esperanza puede enloquecer a un hombre».

Recordé esa escena ante la renovación de la esperanza quinquenal que significa cada cambio de gobierno. Es cierto. Una esperanza desmedida puede transformarse en un asunto peligroso. La esperanza nos hace concebir expectativas tan altas que podemos perder la objetividad. La decepción, cuando se da el choque de nuestras expectativas contra el muro de la realidad, termina siendo inevitable. Mientras más fuerte e intensa es la expectativa, más profunda es la decepción.

Es posible que esa mezcla sulfurosa de dolor, rabia y frustración que produce la decepción, sea el origen de toda esa visceralidad que tan a menudo vemos en el país. Se está convirtiendo en normal que la gente reaccione con el hígado ante cualquier cosa. Que vomite su rabia y sus desacuerdos sin más argumento que desacreditar a la otra persona y de insultar de la manera más hiriente posible, todo por el hecho de no concordar con la opinión propia. Si no estás conmigo, estás contra mí, parece ser la consigna de estos tiempos.

Es casi imposible intentar dialogar sobre algunos temas sin que te acusen de algo o sin que tilden tu opinión como equivocada, como vendida, como fanatizada o, en el mejor de los casos, como una ingenuidad. No nos tomamos la molestia de escuchar los argumentos de los demás. Tampoco nos interesan. Una opinión diferente a la nuestra es tomada como un insulto personal o como muestra de ignorancia. Nos burlamos de todos. Nuestra postura es la única correcta. Categorizamos a las personas a través del filtro de nuestros prejuicios y rencores. Las cosas ahora están reducidas al blanco o al negro, olvidando que también existe el gris y su amplia gama de tonos.

Perdimos la objetividad. Nos quedamos en lo superficial de toda noticia o hecho. Reaccionamos sin pensar y sin medir las consecuencias. Nos hemos convertido en unos peleoneros y defendemos nuestro micro mundo con dientes y uñas. Pasa entre las personalidades públicas pero también entre perfectos extraños, en las secciones de comentarios de los periódicos o en las redes sociales. Pasa entre amigos, familiares y conocidos.

Estas reacciones viscerales cierran las posibilidades de diálogo. Sin diálogo no puede crearse el espacio desde el cual todos los ciudadanos, no importando nuestra preferencia política, trabajemos para el bien común.

Nos quejamos de que no se puede dialogar pero ¿cuánto de nuestra actitud incentiva o desmotiva dicho diálogo? Leo o escucho a muchas personas que pasan por adalides de la defensa de los derechos humanos, de la libertad de culto o de expresión, del profesionalismo y el respeto, pero que atacan, ridiculizan o insultan a toda persona que se atreva a expresar sus creencias religiosas, a disentir con la opinión general o que intenta hacer una crítica constructiva. Con esas reacciones desmedidas, dichos adalides se convierten en lo mismo que critican.

Discutir los problemas nacionales no es un juego de pulso en el que alguien debe ganar o imponer su razón sobre la del otro. Es asunto de encontrar los puntos desde los cuales se puede trabajar en conjunto en la implementación de las soluciones urgentes que requieren los problemas de este país.

Los cambios de mando presidencial se parecen mucho a las fiestas de fin de año, insisto. Hacemos propósitos para ser mejores, para trabajar más. Repetimos los mismos discursos de ocasión. Volvemos a invocar a la tolerancia, la objetividad, el respeto y la amplitud de mente. Nos regocijamos un rato en la esperanza, que nos permite soñar con un país ideal o por lo menos, con un país sustancialmente mejor, donde los salvadoreños podamos trabajar con tranquilidad y vivir una vida digna, que es lo que a fin de cuentas, queremos y merecemos.

Hacia el final de The Shawshank Redemption, Red encuentra una carta escrita por Dufresne. “Recuerda que la esperanza es una buena cosa, quizás la mejor de todas. Y ninguna cosa buena muere”. Para Red, que en ese momento es ya un hombre libre, la esperanza adquiere un sentido diferente.

Es bueno tener esperanza. La esperanza es el combustible que nos anima a salir de la cama cada mañana. Es la que nos anima a continuar adelante, a pesar de vivir momentos duros. Es la energía infatigable que otorga algún tipo de sentido a la vida.

No dejemos morir nuestras esperanzas. Pero tampoco perdamos la objetividad. Quizás así podemos comenzar a desmontar la polarización, los prejuicios, la arrogancia, la mezquindad y el continuo deseo de revancha. Quizás así comenzamos a construir ese mejor país con el que tanto soñamos.

(Publicado en la revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 8 de junio 2014).

Nuestro rostro literario

CAcuentaNo todo es oscuridad y violencia en Centroamérica. También tenemos momentos luminosos. Eso quedó confirmado entre los días 7 y 10 de mayo de este año, cuando se llevó a cabo en Managua la segunda edición del Encuentro de Narradores Centroamérica Cuenta. El evento reunió a casi 50 participantes, la mayoría de ellos escritores, pero también periodistas, editores y traductores, que nos encontramos para dialogar e intercambiar impresiones sobre la realidad literaria de la región.

El evento fue convocado por la revista electrónica Carátula, dirigida por el escritor Sergio Ramírez. Hay que destacar el esfuerzo que ha venido haciendo Sergio desde hace varios años para lograr que la literatura de la región centroamericana sea más visible a nivel internacional, pero también para crear puntos de encuentro, sea en el mundo virtual o en eventos literarios. Ahora se concreta una cita presencial en nuestra propia región, que tiene la intención de convertirse en un evento de convocatoria anual y que aumentará el número de países invitados año con año.

Centroamérica cuenta tuvo el patrocinio y colaboración de varias instituciones como el Instituto Goethe de México, el Instituto Francés de Centro América, las Embajadas de Francia, Alemania y España, así como un eficiente grupo de voluntarios que trabajaron para atender a los invitados de manera óptima. Éstos eran de cada país de la región, a excepción de Belice, pero también de México, Francia, España y Alemania. Se llevaron a cabo conversatorios y lecturas en universidades, el Centro Cultural de España, las librerías Literato e Hispamer y la Alianza Francesa.

Juan Villoro, Manuel Vilas, Horacio Castellanos Moya, Carlos Cortés, Rosa Beltrán, Élmer Mendoza, Méndez Vides, Francisco Goldman, Dorelia Barahona, fueron algunos de los muchos invitados.

Juan Villoro, Manuel Vilas, Horacio Castellanos Moya, Carlos Cortés, Rosa Beltrán, Élmer Mendoza, Méndez Vides, Francisco Goldman, Dorelia Barahona, fueron algunos de los muchos invitados que hicieron de este evento uno de los más importantes de los últimos años en Centroamérica.

Los temas de discusión que se tocaron fueron varios: la situación de las traducciones y publicaciones de escritores centroamericanos en el extranjero; la relación entre el futbol y la literatura; la relación entre narración y cómic; las búsquedas literarias actuales de nuestros escritores. Pero sin duda lo más valioso fue el intercambio entre los escritores mismos, conocer de cerca lo que se está publicando y escribiendo entre los escritores del país anfitrión, Nicaragua, y dejar establecida una red de contactos y amistades que servirá para multiplicar el esfuerzo de compartir la obra de nuestros vecinos.

El tiempo de duración de las mesas de discusión terminó siendo corto para todos los temas que se plantearon en los diálogos. Las discusiones eran tan animadas que podrían haber durado horas. Los auditorios y las aulas llenas en cada evento y la participación activa del público no hicieron más que demostrar que la gente tiene necesidad de eventos y discusiones de esta categoría.

En una entrevista radial que compartí con el escritor nicaragüense Erick Aguirre, coincidimos en afirmar que en Centroamérica los temas sobre los que se escribe son muy diversos, tanto que no pueden clasificarse bajo una misma etiqueta. Lo cierto es que el escritor centroamericano está en búsqueda de su identidad literaria, una identidad que viene en construcción desde la abrupta interrupción de la vida que ocurrió en los años 80, cuando Centroamérica fue marcada a fuego y sangre por más de una década de conflictos armados.

Esa misma variedad de temas que se exploran en la región son los que convierten a la producción literaria centroamericana en algo rico y diverso. Es discutible hablar de una literatura centroamericana fuera de la referencia meramente geográfica. Pero es obvio que son más las cosas que nos unen que las que nos separan y que existen vasos comunicantes entre nuestros países. Nuestras realidades son únicas pero a la vez comparten características que nos hacen identificarnos con la literatura de nuestros vecinos.

Centroamérica sigue siendo una región fragmentada. El sueño de una unión centroamericana es antiguo y resurge con terquedad en diferentes épocas y circunstancias. Las instituciones que velan por la integración regional creadas en décadas recientes, encarnan la renovación del espíritu centroamericanista. Pero fuera de algunas ventajas migratorias y comerciales para algunos de los países, los intereses económicos y políticos posponen o entorpecen una integración regional auténtica. Nuestra mejor oportunidad para salir adelante es unirnos y pensar como una región, tanto para asuntos comerciales y diplomáticos como también para los culturales.

En ese sentido, los intercambios que ocurren a nivel literario y cultural en estos encuentros o en las ferias del libro (sobre todo las de Guatemala y Costa Rica), permiten la creación de redes naturales de intercambio de libros y de información.

Somos mucho más que el retrato de la violencia.

Las redes de escritores, que se fortalecen con eventos como el de Managua, permiten convertir a Centroamérica en un corredor literario vivo, que comienza a tener mayor impacto a nivel internacional. Esto no es solamente un decir. Un par de días después de clausurado el evento, se anunció que el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya ganó el Premio de Narrativa Manuel Rojas de Chile, un premio recién creado pero que ya goza de prestigio. Los ganadores de las dos convocatorias anteriores fueron Rubem Fonseca y Ricardo Piglia.

Las pocas veces que aparecemos en las noticias internacionales, los nombres de nuestros países suelen ir asociados a la violencia, los homicidios y el narcotráfico. Pensemos en la posibilidad de presentar otro rostro, el de la literatura que se está escribiendo en la región. Porque aunque nuestros libros reflejen de manera inevitable la violencia cotidiana, también hablan de otras cosas: de nuestras historias íntimas, nuestros recuerdos, nuestros anhelos. De las cosas que imaginamos y de los fantasmas que nos rodean. De lo que no entendemos y de lo que queremos ser.

Somos mucho más que el retrato de la violencia en una región que pocos saben localizar en el mapa. Centroamérica tiene cientos de historias terribles pero también maravillosas que contar. Y tiene también un nutrido grupo de escritores que saben cómo hacerlo. Conozcamos el rostro literario de nuestra región.

(Publicado en revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 25 de mayo 2014).

The Negro Speaks of Rivers, Langston Hughes

I’ve known rivers:

I’ve known rivers ancient as the world and older than the
flow of human blood in human veins.

My soul has grown deep like the rivers.

I bathed in the Euphrates when dawns were young.
I built my hut near the Congo and it lulled me to sleep.
I looked upon the Nile and raised the pyramids above it.
I heard the singing of the Mississippi when Abe Lincoln
went down to New Orleans, and I’ve seen its muddy
bosom turn all golden in the sunset.

I’ve known rivers:
Ancient, dusky rivers.

My soul has grown deep like the rivers.

Los hombres de anaranjado

Desde octubre del año pasado, los trabajadores del Ministerio de Obras Públicas (MOP) se han convertido en parte de mi vida. Desde la ventana de mi estudio, en el segundo piso de mi casa, puedo ver hacia la Carretera Panamericana donde están trabajando.

Un día cualquiera aparecieron en el lugar y no han vuelto a irse. Me asomo a la ventana o a la calle a verlos trabajar cada vez que el ruido que producen las máquinas rompe mi concentración en el trabajo.

Así, de escena en escena, he ido observando todo el proceso de trabajo de la carretera. Desde el momento en que trituraron el asfalto hasta la puesta del concreto. He visto a los hombres del MOP ir y venir, con sus camisas anaranjado fosforescente, desteñidas por el sol inclemente de este lugar donde antes había cafetales y árboles y que ahora se convirtió en centros comerciales, colonias de gente pudiente y creo que hasta en un campo de golf. Y carreteras, claro, porque el salvadoreño ama a sus carreteras.

Un día cualquiera aparecieron en el lugar y no han vuelto a irse.

Una noche nos sacaron sustos terribles con las máquinas compactadoras que cuando pasan por la calle, hacen vibrar las casas como si fuera un terremoto. Los libros cayeron de mis estantes. Parecía que las ventanas iban a estallar. Cuando la casa temblaba tanto que me daba miedo estar adentro, salía a la calle a lloriquearle a los trabajadores, junto con todo el coro de vecinos, que uyuyuy, viera qué feo se siente, que no vamos a poder dormir y que no sé qué y que no sé cuánto, para al final despedirnos todos hechos un dechado de sonrisas y cortesías, como en una ópera con final feliz. Terminé acostumbrándome a los temblores de la compactadora. O por lo menos, ya no me dan tanto miedo como antes.

He visto cómo una máquina, grande como un elefante y lenta como un caracol, trituró el asfalto y cómo quedaron pedazos de concreto o de asfalto muy grandes y cómo la cargadora levantaba esos pedazos y los tiraba sobre la cama de un camión que rebotaba cuando el pedazo caía.

Leer más

Rare, Old Photos of Native American Women and Children

Pretty Nose, a Cheyenne woman. Photographed in 1878 at Fort Keogh, Montana by L. A. Huffman.

 

Hopi girls, Sichomovi, First Mesa, Arizona. ca. 1900. Photo by Frederick Monsen.

 

A Kiowa girl. 1892.

See more at Huffington Post Art & Culture.

Adiós al Papá Grande

Tomada de cinismoilustrado.com. (Si alguien sabe el nombre del autor, por favor comparta para darle crédito).

Tomada de cinismoilustrado.com. (Si alguien sabe el nombre del autor, por favor comparta para darle crédito).

Cuando supe que Gabriel García Márquez había muerto, sentí una tristeza que me sorprendió mucho. Nunca lo conocí, nunca lo vi en persona, nunca crucé correspondencia con él. No tengo ninguna anécdota que contar ni fotos que presumir. Soy nada más una de sus millones de lectores. Pero el sentimiento que tuve la tarde que supe de su muerte fue como si un pariente lejano muy querido, al que vemos poco, hubiera fallecido.

Caeré en el lugar común de decir que la lectura de Cien años de soledad me causó un impacto muy profundo, pero es la pura verdad. En los años 70, lo que leía estaba determinado en gran parte por el programa escolar vigente. Ese programa nos obligaba a leer mucho clásico español, costumbrismo, literatura vernácula, romanticismo. Después se sorprenden de que a los niños no les guste leer. Todo aquello me parecía mortalmente tedioso. Mi amor por la literatura sufrió en esa época una de sus más profundas crisis. Por suerte también leía libros en inglés que mis padres me procuraban para que no se me olvidara el idioma que había aprendido muy pequeña, en un viaje a los Estados Unidos. Entonces leí a García Márquez y recuperé la fe perdida por la literatura en español.

Entonces leí a García Márquez y recuperé la fe perdida por la literatura en español.

Leí Cien años de soledad a los 13 o 14 años, en la edición de Editorial Suramericana que tenía la portada de cuadros azules y la “e” de la palabra “soledad” impresa al revés. Aquella novela contaba muchas cosas al mismo tiempo. Era la historia de una familia, pero también la historia de un pueblo.

Mi familia es profundamente diferente a los Buendía, pero algo en esa familia también hablaba de la mía y algo de Macondo también tenía que ver con el lugar en el que yo vivía y con los pueblos de mi país. Cien años de soledad me hizo captar algo obvio pero que no había descubierto todavía a mi edad: miré a cada miembro de mi familia con nuevos ojos, como personas con una historia, como personajes de la novela de sus propias vidas. Desde entonces comencé a interesarme en la historia familiar. Al final, esos son los libros que nos marcan, los que nos dejan aprendizajes de vida. Pero también aquellos en que nos reconocemos y en los que reconocemos el entorno en el que vivimos, aunque todo tenga un nombre diferente.

Leer más

Putzfrau

Ver en Medium.com

 

La última canción de la sequía

Procesión del Santo Entierro en la Calle de la Amargura, con la Iglesia de El Calvario en el fondo, San Salvador. (Foto de Patricia TT, licencia Creative Commons CC BY SA 3.0, tomada de Wikimedia Commons).

Procesión del Santo Entierro en la Calle de la Amargura, con la Iglesia del Calvario en el fondo, San Salvador. (Foto de Patricia TT, licencia Creative Commons CC BY SA 3.0, tomada de Wikimedia Commons).

Me despertaba un ruido. Al comienzo se escuchaba a un volumen tan bajo que me preguntaba si lo había soñado. Pero después era evidente: escuchaba un tambor. Sonaba lejano. Un redoble seco, corto, solitario. Momentos después se escuchaba una estridencia. Una trompeta rasgaba el silencio de la noche con su grito doloroso, interrumpiendo de manera obscena la plática amorosa de los grillos.

Era la Procesión del Silencio que salía de la Iglesia de Fátima y avanzaba a paso lento hasta llegar al entonces conocido como Hospital Neumológico, a un kilómetro de la casa familiar en Los Planes de Renderos.

Cuando escuchaba que el cortejo se aproximaba a la casa, me levantaba, iba a la sala y me subía sobre una silla para ver la procesión desde una ventana alta que daba a la calle. Desde ahí lograba ver todo sin el estorbo de la cerca que bordeaba el jardín frontal.

Primero pasaban unos pocos hombres. Luego el grupo se iba compactando. Todos, o la mayoría, vestidos de camisa blanca. Nadie hablaba. Sólo se escuchaban los pasos, el tambor, la trompeta, el generador y el golpe de la matraca, sonido que me causa una angustia indecible.

Entonces aparecía la imagen del Señor Cautivo. Jesús amarrado con las manos al frente, atadas a un poste. Los ojos vendados. Una espléndida túnica de terciopelo morado con bordes de oro.

Detrás de la imagen iban más hombres con camisas blancas. Cuando el tambor y la trompeta callaban y la procesión se alejaba, comenzaba a hacerse un silencio tal que lo único que se escuchaba era el rumor de los pasos de la gente.

Decían en mi casa que a la Procesión del Silencio sólo podían ir los hombres, que tenían que ir de blanco, que era irrespetuoso hablar, que las mujeres que iban a esa procesión eran putas, porque ninguna mujer decente anda en la calle, a la medianoche, metida en una procesión llena de hombres.

Leer más

Casas para pájaros

La inspiración de esta casa para pájaros fue el palacio en Roma de Benito Mussolini. (London Fieldworks).

Esto se llama Trash Tree, está en Copenhagen, Dinamarca. Su propósito es llamar la atención sobre cómo la naturaleza va desapareciendo de las ciudades. (Thomas Dambo Winther).

Esta casa se llama The Scream Birdhouse. A Anthony Cateaux le tomó casi dos semanas construirla. Pesa más de 25 libras. (Elephant Room Creative).

Para ver más: «Lifestyles of the Rich and Feathered: Birdhouses of the World.»

Borges y Poe

Baltimore, 1983

Jorge Luis Borges visita la tumba de Edgar Allan Poe. Baltimore, 1983. (Desconozco el nombre del fotógrafo).

 

 

¿Se aprende a ser escritor?

Hace poco leí en un periódico digital una nota sobre si los talleres literarios sirven para formar escritores. La nota no era nada original pues planteaba las mismas preguntas que siempre se hacen en torno al tema: si se puede o no aprender a escribir, si el escritor nace o se hace, si el escritor es talento o técnica y si, en ese sentido, los talleres literarios son una estafa.

Tengo sentimientos encontrados cuando se habla con desdén de los talleres literarios. En algún momento de mi vida participé en dos, pero también imparto talleres literarios desde hace más de diez años. Esa doble experiencia me permite considerar el taller como un espacio valioso. Pero extraer una experiencia positiva de un taller tiene mucho que ver con la actitud con la que se acude y también con la actitud de quien lo imparte.

La mayoría de personas que han asistido a mis talleres han sido personas apasionadas por la literatura, tanto que también quieren escribir algo. El impulso es legítimo. Todos tenemos una historia que contar. Pero ahí entramos a la cuestión del talento.

Estoy convencida de que el escritor nace con una serie de cualidades neurológicas que le facilitan la comunicación por medio de la palabra escrita. Pero esto se combina con otros elementos como la habilidad de fabular, la capacidad de observación, de transmitir ideas, aprecio por el lenguaje, intuición y una imaginación fluida. También se necesita ser algo obsesivo y sobre todo tener disciplina. Mucha disciplina. Inquebrantable disciplina.

Participar en un taller literario con la expectativa de aprender a escribir es un error. Nadie pasa por un taller un par de meses y sale convertido en escritor, por muy grande que sea su talento o su disposición, ni por excelente que sea quien dirige el taller. Se aprenden algunos trucos técnicos, se enriquece la visión literaria a través de la discusión colectiva, se analizan lecturas de autores consagrados para detectar sus fortalezas y sus debilidades. Pero no se “gradúa” a nadie de escritor.

Leer más

Changing the Educational Paradigm in El Salvador

3rd. grade students on a field trip in Perquín. Photo courtesy of Amún Shéa School.

3rd. grade students on a field trip in Perquín. Photo courtesy of Amún Shéa School.

Today’s education has a great challenge in keeping up with changing paradigms happening at high speed on a global scale. Are schools and universities preparing students to perform well in everyday life? Can learning based on memorization and passive information reception have a long-term impact in individuals? Do children and adolescents actually enjoy education or do they just study to obtain a certificate to increase the prospect of a better job?

A few days ago I was invited to Perquín, a small town in the north of the province of Morazán, in eastern El Salvador. There I visited the Amún Shéa School, founded in 2008. Amún Shéa is breaking with the scheme of traditional learning and offers an alternative that empowers natural ability and personal interests of its students. The name of the school means “land of seedlings” in the Lencan language, early inhabitants of the region.

The students themselves showed me around the school, while explaining what it was all about. Amún Shéa works with problem based learning. The students, starting in the first grade, express their particular interest and learn not only the required courses like math or biology, but also learn to analyze, make decisions and get acquainted with the reality of their region. The world of the students is not limited to home and school, it expands to the community.

In the classrooms, the teacher works as a tutor who guides the investigative processes of the children. The teacher’s desk is not in front of the classroom, but in the back. The classrooms don’t have high walls that keep the students confined and everyone works in open and shared spaces. In fact, the entire school complex doesn’t have high walls or fences to mark its limits.

Every week the students present the results of their projects to their peers. The themes they talk about are many: the quality of drinking water in the town, the renovation of a nearby tourist center, the production of desserts and cookies with regional products, the number of migrants from the region, fish farming for local consumption and aquaponics as a sustainable farming technique, among many more.

Leer más