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Conjuro inútil

Campo de batalla durante la Primera Guerra Mundial. (Tomado de The Telegraph).

No sé dónde ocurre el asunto. En qué tiempo, en qué lugar. Hay una roca inmensa, larga, aplanada. Sobre ella están sentados dos soldados. Son de ejércitos rivales. Ninguno habla. El campo alrededor se mira devastado. Árido. Seco. No se mira ni un árbol. Ninguna señal de vida.

Uno, el que está en el borde de atrás, lleva puesto un uniforme verde olivo de tela muy tosca. El otro, el que está sentado al frente, lleva un uniforme café rojizo, también de tela burda. Ambos se dan la espalda. Están apoyados contra sus fusiles. Los fusiles tienen acoplada la bayoneta. Ambos llevan puesto un casco. Se miran agotados. Hastiados.

En el centro de la roca hay un libro. Es la novela El gran cuaderno de la escritora húngara Agota Kristof.

Los soldados contemplan la desolación alrededor. No dicen nada. Ambos se dan la espalda. Cada quien mira el espacio que tiene por delante. Pero lo que miran no es muy diferente porque todo lo que el ojo abarca está devastado por igual.

El de atrás mira de reojo al de adelante. Se da un poco la vuelta y descubre el libro. Le pregunta al otro si lo ha leído. El otro contesta que sí. Comienzan a hablar sobre la novela. Sin mirarse. Sin mirar el libro. Sin tocarlo. Manteniendo fija la vista sobre el paisaje destrozado.

La charla comienza con monosílabos. Con frases cortas y largos silencios. Poco a poco la charla se anima y ambos soldados, enemigos, hablan como si fueran viejos amigos. Uno saca un cigarrillo. Le ofrece al otro. Fuman. Por fin se dan la vuelta y se miran de frente. Siguen sosteniendo los fusiles pero discuten sobre la novela con entusiasmo. Entonces desperté.

El sueño me dejó muy pensativa. Los soldados parecían ser de la I Guerra Mundial. Pero la novela de Kristof era un anacronismo propio de los sueños, porque fue publicada en 1986. Es una de mis novelas favoritas, una historia muy dura que habla sobre el infortunio de un par de gemelos que son llevados a la casa de su abuela hacia el fin de la II Guerra Mundial. Quizás el detalle apareció en el sueño porque hace poco vi la excelente adaptación cinematográfica del libro.

También supuse que soñé con aquellos soldados porque estoy viendo muchos documentales y fotografías sobre el centenario de la I Guerra Mundial. Desde hace un par de años vengo estudiando de manera casi obsesiva las dos guerras mundiales. No sé qué busco.

Mentira. Sí lo sé. Busco explicaciones. Busco comprender varios asuntos familiares. Quiero comprender por qué ocurren las guerras. Y cómo esas guerras tuercen la vida y el destino de los individuos y de los pueblos. Cómo las guerras destruyen la personalidad de los que tienen que vivirla, sea como combatientes, sea como civiles. Cómo las guerras dejan las almas de los sobrevivientes rotas para siempre, atravesadas por un dolor tan profundo que no existe bálsamo alguno para su cura.

Busco entender por qué la gente comienza a matarse. De dónde sale tanto odio, tanta dureza. Por qué se alza un ser humano contra otro. ¿Qué razón puede ser tan poderosa como para que la gente se mate? ¿La patria, la raza, el honor, la ideología, la religión, el dinero, el poder, el territorio, el apellido? ¿De veras son tan importantes esas cosas como para destruir naciones, ciudades, familias, para matar a todo el que se ponga por delante, no importando su edad, no importando quien sea? ¿Hay algo tan importante como para destruirlo todo, sin clemencia alguna?

Mientras veo fotos de soldados cubiertos de tierra, usando máscaras de gas, hundidos en el barro de alguna trinchera europea a comienzos del siglo pasado, trato de entender. En qué momento se enloquece colectivamente. Y por qué los seres humanos hacemos guerras. Y nos matamos. Y hasta parece que disfrutamos de ello. Trato de imaginar la desolación de los soldados en aquella guerra. El miedo en las trincheras. El rugir de los cañones, las explosiones. El gas venenoso. La muerte en todas partes.

Trato de entender, mientras veo las expresiones de angustia y de dolor en las fotografías y los videos. Mientras miro la foto de una mujer llorando entre las ruinas de Berlín bombardeada en 1945, una mujer que bien podría ser mi abuela materna. Mientras miro las fotos de otra mujer, en un hospital de Gaza, en el 2014, con la túnica totalmente ensangrentada, llorando. Mientras miro las fotos de los niños, tantos niños, demasiados niños, destrozados por los misiles de Israel, sus cuerpecitos llenos de sangre y polvo.

Trato de entender y comprendo que ese dolor no es diferente al que se siente en Siria, en Nigeria, en Ruanda, en Afganistán, en Guatemala, en El Salvador. Trato de entender mientras veo la foto de un niño de 5 años lavando en un río de El Salvador las botas de hule manchadas de sangre de su padre asesinado este año. Trato de entender y conecto ese dolor con el de los masacrados del río Sumpul y con el de Rufina Amaya escuchando para siempre en su cabeza los gritos de sus hijos asesinados en El Mozote. Trato de entender mientras miro a un soldado nazi de 14 años, llorando al ser capturado por las fuerzas aliadas.

Quiero saber qué pasa más allá de la foto, del testimonio, de la filmación. Quiero arrancar de los rostros y de las expresiones de toda esa gente la historia del sufrimiento, del dolor, de la tristeza, de la miseria humana. Quiero interrogar esos rostros paralizados en la fotografía, exigirles una explicación, escuchar su verdad, saber cuándo, cómo, dónde diablos se perdió todo.

Quiero entender pero no lo logro. Entonces hago la única pequeña, miserable cosa que sé hacer. Escribo. Solamente escribo. Sabiendo de antemano que las palabras, la tristeza, la ira, la frustración, la impotencia, el desconcierto, la desesperanza que siento no servirán para conjurar la oscuridad de este tiempo que nos ha tocado vivir.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 3 de agosto 2014).

Las palabras muertas

Uno de los retos que enfrenta quien se va a vivir a otro país es aprender otro idioma. Ese aprendizaje resulta abrumador en muchos sentidos porque al mismo tiempo se están aprendiendo multitud de cosas: se conoce el nuevo espacio que se habita, las costumbres locales, dónde y cómo se solucionan los asuntos domésticos. Se entablan relaciones nuevas, se crean otras rutinas. Este aprendizaje masivo y simultáneo en un entorno desconocido, puede resultar deprimente porque por mucho entusiasmo que se tenga con el nuevo país, nos provoca una desprotección emocional que nos hace sentir torpes. Buena parte de esa sensación pasa por el lenguaje y por la incapacidad de expresarnos de manera efectiva. Pero las dificultades de comunicación no se limitan al aprendizaje de un idioma diferente.

Cuando viví en Nicaragua era inevitable que al hablar se dieran cuenta de que no era nica. “Vos sos extranjera ¿verdad?”, me decían. Siempre me molestó que me llamaran así, porque ser extranjero implica una forma de exclusión: No es de aquí, no pertenece al colectivo, no habla como nosotros, es diferente.

Si iba al mercado y pedía un “güisquil”, las vendedoras no entendían lo que quería decir. Así es que recurría al lenguaje universal: señalar con el dedo lo que quería. Y resultaba que un “güisquil” era un “chayote”, corrección que las vendedoras me hacían con la misma severidad con la que un maestro reprende a un alumno.

Cuando me preguntaban por enésima vez si era extranjera, me reía y decía que no, que era “de aquí nomás, de a la vuelta: soy salvadoreña”. “A pues sí, es extranjera”, sentenciaban. Yo trataba de argumentar, invocando al espíritu de Francisco Morazán, que ser centroamericana no implicaba ser “extranjera” porque somos literalmente vecinos. Pero comprendí que Centroamérica es una noción utópica no asumida por los habitantes de la región y que las fronteras, además de ser geográficas, son mentales. Lo reconfirmé años después, cuando viví en Costa Rica, donde me pasó exactamente lo mismo.

Las fronteras, además de ser geográficas, son mentales.

Aprendí a disfrazar mi forma de hablar de la mejor manera posible. Opté por hablar en un español estándar que fuera comprensible para todos. Me había cansado de explicar no sólo qué significaba cada salvadoreñismo sino también por qué no vivía en mi propio país. Eso implicó aprender los localismos de ambos lugares, para comprender a los demás de la mejor manera posible. Fue casi como aprender otro idioma, porque se aprenden no sólo las palabras sino las sutilezas de su uso.

El que viaja y vive muchos años afuera incurre en un vicio extraño. Quizás, menos que vicio, es un mecanismo de sobrevivencia emocional. Se recuerda el terruño como un ente estático. No nos atrevemos ni a imaginar que el país y que la vida siguen sin nosotros. Pensamos que, a nuestro regreso, todo estará igual: la gente, los lugares y también, el habla. Se nos olvida que la vida sigue, que todo cambia. Pero más importante aún, se nos olvida que el viajero también cambia durante su exilio.

Cuando regresé al país, muchos salvadoreños me preguntaban si era extranjera. El acento de mi hablado se había alterado y limado durante años de vivir fuera, tanto así que mi propio colectivo nacional ya no me reconocía como miembro. Volvía a ser, o mejor dicho, continuaba siendo “extranjera”. Pero las dificultades idiomáticas no terminaron con el retorno.

Aparte del evidente cambio físico en los lugares, cuando regresé a vivir en el país después de veinte años, me di cuenta de que el lenguaje también había cambiado. El español que había aprendido y usado en mi infancia y mi adolescencia se había transformado. Muchas de las palabras que había guardado en mi memoria, estaban en desuso o sufrieron modificaciones radicales.

Una de las transformaciones más evidentes y dolorosas que puedo mencionar como ejemplo es el uso de la palabra “mara”. Cuando niña aprendí que la mara o “la majada” era el grupo de amigos más cercanos, la pandillita del colegio, los cheros del vecindario. Era una palabra cálida, de complicidad y simpatía, muestra suprema de amistad. No cualquiera era de tu mara, sólo los amigos de confianza. Ahora, la sola mención de la palabra mara causa terror. Y hace años que no oigo a nadie referirse a su majada.

También nos hemos visto inundados por términos derivados del inglés. La influencia que tiene dicho idioma en la transformación de los salvadoreñismos es muy fuerte. La dolarización, que nos hizo descartar varias palabras (como chelita o peseta), nos trajo el nacimiento de la “cora”, ante la dificultad colectiva de pronunciar de manera correcta la palabra “quarter”, el nombre en inglés para la moneda de 25 centavos. Por qué no pasó eso con el “dime” (10 ctvs.) o el “penny” (1 ctvo.), no tengo idea.

Cuando las palabras mueren se llevan consigo múltiples recuerdos.

La forma de hablar de un colectivo se transforma cíclicamente porque el habla es un ser vivo, como vivos están sus hablantes. Las palabras cambian de acuerdo a las necesidades de expresión del colectivo. Supongo que para quienes permanecieron en el territorio nacional, estos cambios se dieron de manera sutil y no tan evidente. Simplemente se asumieron las nuevas palabras y las antiguas cayeron en desuso. Pero para los que no vivimos esa continuidad en la transformación del habla, es inevitable la sensación de ruptura o de que nos perdimos de algo que desconocemos. Es una más de las múltiples rupturas interiores que sufrimos los que nos hemos ido.

Se atribuye al poeta griego Homero la creencia de que las palabras que mueren se llevan consigo múltiples recuerdos. Pienso en las palabras que murieron con nuestros antepasados y en cómo cada palabra implicaría conocer su relación con los objetos, la descripción de un momento histórico y de un entorno ya desaparecido.

Allí también hay que buscar la identidad y la memoria, en nuestras palabras muertas, guardianas y tumbas de nuestros recuerdos colectivos.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 20 de julio, 2014).

Centroamérica cuenta 2014

Una crisis que comienza en casa

Una de las fotos que fueron filtradas a la prensa sobre los menores de edad centroamericanos retenidos en una instalación de Texas, Estados Unidos.

Hace poco nos estalló en la cara la situación de los miles de migrantes menores de edad que han viajado, solos e indocumentados, para llegar a los Estados Unidos. La opinión pública se ha visto sacudida no sólo por las condiciones deplorables en que estos niños permanecen sino también por los incontables peligros que enfrentan durante su travesía.

Hemos visto las fotos de menores apiñados en condiciones infrahumanas, en pequeñas habitaciones o en lugares que parecen bodegas, cubiertos por frazadas térmicas. El New York Times publicó un artículo donde un niño de ocho años era detenido por un agente de la patrulla fronteriza. El niño viajaba solo y cargaba en su bolsillo, como única pertenencia, su partida de nacimiento. Otro artículo de la National Public Radio publicó las fotos de un grupo de menores que cruzaban México portando mapas con las horas y las rutas de los trenes que podían llevarlos hasta la frontera, así como una serie de consejos sobre cómo abordarlos y cómo evitar ser interceptados por las autoridades.

En meses recientes, la cifra de menores que viajaron solos aumentaron casi en un 90% gracias a rumores contradictorios sobre las reformas migratorias que planea implementar el gobierno del presidente Barack Obama. Se maneja como cifra formal 52 mil menores centroamericanos, provenientes sobre todo de Guatemala, Honduras y El Salvador, que en los últimos meses han atravesado la frontera hacia los Estados Unidos. Pero algunos medios manejan una cifra de 70 mil.

Si bien es cierto el problema es muy grave, esto es apenas la punta del iceberg. Hay que examinar lo que hay debajo para dimensionar su magnitud, que es mucho más profunda y compleja de lo que se ve a simple vista.

Esa crisis humanitaria comienza acá, en nuestros países y en las condiciones de vida que nos han convertido en países expulsores de gente. Todos los días, desde los años 80 e incluso antes, miles de personas se han ido, no sólo al norte sino a otros países del mundo, a buscar trabajo, seguridad física y oportunidades que les permitan desarrollar todo su potencial como seres humanos, oportunidades que nuestros países no ofrecen. No sé cuántos guatemaltecos y hondureños viven fuera de sus territorios, pero es sabido que un tercio de la población total salvadoreña se ha ido.

No es raro tampoco encontrarse a menudo con gente que planea irse. Muchos menores de edad están claros que, tarde o temprano, se irán al norte, como lo hicieron sus padres, sus hermanos u otros familiares antes que ellos.

Que hay niños que viajan solos hacia los Estados Unidos no es algo nuevo. Ocurre desde hace muchos años. Pero, con la indolencia que nos caracteriza, no le hemos dado la importancia debida al problema y lo hemos integrado en el torcido y enfermizo concepto de lo “normal” con el que convivimos los que todavía perseveramos en el territorio nacional. Era nada más una cuestión de tiempo que los millones de salvadoreños que viven fuera comenzaran a intentar, por todos los medios posibles, la reunificación familiar con los infantes que dejaron atrás, a los que no han visto crecer y con quienes buscan restablecer la convivencia.

Otro aspecto a considerar es que alrededor de la migración ilegal hay un gran negocio que mueve miles, millones de dólares al año. Esto incluye las tarifas que cobran los “coyotes” (que andan entre los 4 mil y los 9 mil dólares por persona), pasando por el pago que deben hacer a las redes de narcotraficantes (una especie de “tarifa de seguridad” para permitir el paso de los viajeros) y terminando con los abogados que en la frontera México-Estados Unidos están listos para tramitar las fianzas y los casos de los que son aprehendidos. Tampoco olvidemos que buena parte de nuestra economía descansa en las remesas, las cuales son una bendición y una maldición al mismo tiempo. La comodidad de esperar ese envío mensual ha alterado nuestros patrones culturales convirtiéndonos en una sociedad dependiente y consumista, con aspiraciones que han diluido y transformado nuestro carácter nacional.

Para muchos resulta incomprensible que los familiares de estos menores se atrevan a enviarlos al norte sin acompañantes o familiares directos y que los pongan en manos de “coyotes”. ¿Por qué se pone en riesgo a los niños de esta manera? ¿Por qué o cómo se logra pagar entre 4 mil y 9 mil dólares para que estos menores crucen la frontera? ¿No sería mejor hacer el esfuerzo de juntar esas pequeñas fortunas para abrir negocios y micro empresas en suelo nacional?

Quizás lo sería si las condiciones del país fueran otras. Pero todo negocio, por pequeño e insignificante que sea, cae en la red de extorsiones de las pandillas y en sus inclementes códigos de castigo.

Un migrante salvadoreño que conocí en Italia hace algunos años me lo resumió todo en una frase contundente. Este muchacho vivía con su novia en condiciones muy modestas, trabajaba de bell boy en un hotel. No tenían ni permiso de residencia ni de trabajo. Ambos vivían con la tensión permanente de ser descubiertos por las autoridades italianas.

Al preguntarle por qué había decidido migrar me dijo que lo hizo porque de seguir en El Salvador sólo tenía dos alternativas: ingresar a la mara o morir. Y como no quería ninguna de las dos cosas tomó la decisión de dejarlo todo atrás, endeudando a ambas familias (la suya y la de su novia) para buscar la vida en un lugar donde, por lo menos, sabía que no iban a matarlos.

Es una crisis humanitaria, sin duda. Pero esa crisis comienza en casa. Mientras no arreglemos los problemas locales que obligan a muchos a irse, esto continuará empeorando. ¿Realmente estamos dispuestos a solucionar el problema de la migración masiva? ¿Están dispuestos, el Estado y la sociedad, a renunciar a las remesas? ¿Renunciarán coyotes, abogados, maras y narcos al gran negocio que están haciendo con la necesidad ajena?

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 6 de julio 2014).

Music From The Works Of James Joyce

Music From the Works of James Joyce compiles many of the songs Joyce alluded to in his poems, stories, and novels (such as music-hall ballad “Finnegan’s Wake”). It also includes Joyce’s own work—his collection of poems, Chamber Music—given “musical settings” by composer Ross Lee Finney. Inspired by this enlightening collection of Joyce’s favorite music, blogger ulyssestone of Spotify Classical Playlists compiled the playlist above of all the songs available to stream. This playlist includes not only songs that influenced the author, or were written by him; ulyssestone also added several songs that Joyce inspired, such as Syd Barrett’s “Golden Hair,” based on a poem from Chamber Music, Kate Bush’s “Flower of the Mountain,” based on Molly Bloom’s final soliloquy, and Jefferson Airplane’s “Rejoyce,” a “highly selective cap of Ulysses.” John Cage’s Roaratorio appears, as does the work of several other Joyce-inspired classical composers. (Source: Open Culture.)

La más cruel de las bestias

                                                     Satao. (Foto de Richard Moller, Tsavo Trust).

El elefante más grande del mundo ha muerto. Se llamaba Satao, tenía 50 años y vivía en el Parque Nacional Tsavo East de Kenia. Era lo que se conoce como un “elefante toro”, los raros portadores de un gen que los hace crecer colmillos tan largos que llegan hasta el suelo. Los kenianos estaban muy orgullosos de Satao. Era un símbolo de su país.

Eso no sirvió para protegerlo de los cazadores ilegales que lo perseguían con teléfonos móviles y sistemas de rastreo GPS. Dicen los cuidadores del parque que Satao era tan inteligente que sabía que sus colmillos eran ansiados. Eso lo hizo desarrollar un mecanismo de defensa: siempre se paraba de manera que ocultaba sus larguísimos colmillos entre los matorrales.

Ya una vez antes habían atacado a Satao. Lo hirieron con flechas. No pudieron matarlo pero le provocaron dos heridas muy grandes que por la intervención de los veterinarios del parque, lograron sanar. Pero a fines de mayo, los cazadores lo atacaron de nuevo, esta vez con balas y flechas envenenadas. Satao no sobrevivió. Su cuerpo fue encontrado el 2 de junio con el rostro mutilado, sin la trompa y sin sus colmillos.

Su muerte ocurre pocas semanas después de la muerte de otro elefante famoso de Kenia, Mountain Bull, un paquidermo de 46 años, que tenía un temperamento particular: tenía por costumbre derribar las vallas eléctricas que limitan el parque. Las vallas eran un obstáculo en las rutas migratorias de su especie. Aunque los cuidadores entrenan a los elefantes para cambiar sus rutas y limitarse al entorno de las reservaciones, Mountain Bull nunca lo aceptó. Él insistía en utilizar los caminos que había aprendido de sus ancestros y derribaba las cercas que obstaculizaban lo que él consideraba su territorio. Enrollaba la totalidad de su trompa hasta su boca y botaba las cercas con sus colmillos. Podía hacerlo sin electrocutarse ya que el marfil no conduce la electricidad.

Mountain Bull también había sido atacado antes. Le dispararon. Pero sobrevivió y vivía con ocho balas metidas en el cuerpo. Preocupados por el peligro que corría, los cuidadores decidieron cortar un tercio de sus colmillos para que resultara menos atractivo para los cazadores. No sirvió de nada.

Los cazadores clandestinos encontraron a Mountain Bull. El animal montó pelea. Pero lograron darle varios hachazos en la cabeza. Con eso lo rindieron y serrucharon sus colmillos. Como suele suceder, en la prisa por no ser descubiertos, ni siquiera esperaron a que el animal muriera. Los elefantes víctimas de estos cazadores sufren siempre una muerte lenta y dolorosa.

Las muertes de Satao y Mountain Bull me hicieron recordar otra noticia. El personal del Centro para Especies en Peligro Hoedspruit de Sudáfrica, encontró a un rinoceronte bebé, de tres meses, llorando desconsolado junto al cadáver de su madre, que había sido asesinada para arrancarle el cuerno. El bebé no quería separarse de su madre muerta. Cuentan los que lo vieron que era desgarrador ver el llanto del animalito. Tuvieron que sedarlo para poder llevárselo.

Esa primera noche en el refugio, el bebé rinoceronte durmió acompañado de un par de cuidadores y de una oveja que funciona en el albergue como mamá sustituta para los animales huérfanos. Desde entonces, el animalito se niega a dormir solo. Los cuidadores toman turnos para acompañarlo y dormir con él. Cada tres horas lo alimentan con leche, le dan largos baños de lodo (que disfruta como loco) y hace dos caminatas diarias, siempre acompañado. La idea es que cuando pueda valerse por sí mismo, será liberado. Pero aunque parece sobrepuesto del trauma inicial, en las noches se niega a dormir si no es recostando su cabeza sobre las piernas de alguno de los cuidadores, que lo acarician hasta quedar dormido.

Es posible que la nuestra sea la generación que vea el exterminio de varias especies que hasta no hace mucho, ni siquiera figuraban en la lista de especies en peligro. Elefantes, rinocerontes, ballenas, delfines, tigres, leones y un largo etcétera figuran entre ellos. Animales que hemos humillado, sometido, perseguido, explotado y asesinado sin piedad. Seres majestuosos, como elefantes, rinocerontes y tigres, a los que perseguimos por el valor monetario que tienen sus colmillos, sus cuernos o alguno de sus órganos, que son considerados como afrodisíacos. Animales que hemos secuestrado de su entorno para esclavizarlos y hasta explotarlos sexualmente, como ocurre con las orangutanes hembra en los burdeles del sureste asiático.

Todos sucumben ante el mismo depredador. Una bestia brutal, sin compasión, sin sensibilidad ni respeto por la vida en este planeta. Una bestia de muerte, sangre y destrucción. Hablo de nosotros, los humanos.

Hay quienes consideran que la matanza indiscriminada de animales es resultado de los estados de extrema de pobreza que existen en los países donde ocurren estos y otros hechos similares. Pero aunque es cierto que alrededor de la muerte y explotación de estos animales circulan cantidades inimaginables de dinero, también lo es que el ser humano siente un perverso placer al dar muerte y martirio, ya sea a animales o incluso a otros humanos. Pensemos en las corridas de toros y en los safaris de cacería que, por miles de dólares, convierten la persecución y matanza de animales salvajes en un “divertido deporte”.

Quien no tiene compasión por los animales difícilmente la tendrá por los seres humanos. No dudemos que personas así se voltearían contra su prójimo, sin dudas ni remordimientos, si tuvieran la necesidad o la ocasión. Y es precisamente esa falta de compasión la que nos tiene destruyendo la vida en el planeta a una velocidad inusitada.

Por codicia, orgullo e ignorancia, el ser humano impone su huella de cemento, asfalto, basura y muerte donde quiera que vaya, sin pensar que al hacerlo, acelera su propia extinción.

Quizás eso sea lo mejor, que la humanidad desaparezca. Sólo así la naturaleza se sanará a sí misma y prevalecerá la vida y la belleza de toda la creación. El mundo sabrá estar mejor sin nosotros.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 22 de junio 2014).

#Esperanza #Objetividad #Peligros

Red (Morgan Freeman) hablando sobre la esperanza en The Shawshank Redemption. (Tomado de Stillonmybrain).

Red (Morgan Freeman) hablando sobre la esperanza en The Shawshank Redemption. (Tomado de Stillonmybrain).

Los cambios de mando presidencial son un poco como las fiestas de fin de año. Son inevitables los resúmenes, las comparaciones, los balances, la lista de promesas no cumplidas, las despedidas entre empleados de las oficinas de gobierno. Flota algo de melancolía en el ambiente. Hasta nos ponemos un poquito sentimentales. Soñamos, otra vez, con el futuro. Porque es inevitable que la esperanza se encienda de nuevo en la ciudadanía, aunque para muchos su llama sea tan débil como la de un fósforo en medio de una tormenta.

En la película The Shawshank Redemption se desarrolla un diálogo interesante entre el protagonista Andy Dufresne (interpretado por Tim Robbins) y sus compañeros de prisión. Dufresne recién ha salido de un encierro solitario de varios días. Se sienta a la mesa con los demás presos que le preguntan cómo estuvo. Él contesta que se la pasó escuchando música en su mente, porque hay espacios en nuestro interior que nadie puede tocar. Que eso es algo que nadie nos puede quitar.

Red (interpretado por Morgan Freeman) le pide que le explique eso un poco mejor. “La esperanza”, contesta Dufresne. La expresión de Red denota su incomodidad. Es como si hubiese escuchado un insulto. “Déjame decirte algo amigo” le contesta Red, mientras agita su cuchara en el aire, en señal de amenaza. “La esperanza es una cosa peligrosa. La esperanza puede enloquecer a un hombre. La esperanza es algo que no sirve para nada cuando estás encerrado”.

«La esperanza es una cosa peligrosa. La esperanza puede enloquecer a un hombre».

Recordé esa escena ante la renovación de la esperanza quinquenal que significa cada cambio de gobierno. Es cierto. Una esperanza desmedida puede transformarse en un asunto peligroso. La esperanza nos hace concebir expectativas tan altas que podemos perder la objetividad. La decepción, cuando se da el choque de nuestras expectativas contra el muro de la realidad, termina siendo inevitable. Mientras más fuerte e intensa es la expectativa, más profunda es la decepción.

Es posible que esa mezcla sulfurosa de dolor, rabia y frustración que produce la decepción, sea el origen de toda esa visceralidad que tan a menudo vemos en el país. Se está convirtiendo en normal que la gente reaccione con el hígado ante cualquier cosa. Que vomite su rabia y sus desacuerdos sin más argumento que desacreditar a la otra persona y de insultar de la manera más hiriente posible, todo por el hecho de no concordar con la opinión propia. Si no estás conmigo, estás contra mí, parece ser la consigna de estos tiempos.

Es casi imposible intentar dialogar sobre algunos temas sin que te acusen de algo o sin que tilden tu opinión como equivocada, como vendida, como fanatizada o, en el mejor de los casos, como una ingenuidad. No nos tomamos la molestia de escuchar los argumentos de los demás. Tampoco nos interesan. Una opinión diferente a la nuestra es tomada como un insulto personal o como muestra de ignorancia. Nos burlamos de todos. Nuestra postura es la única correcta. Categorizamos a las personas a través del filtro de nuestros prejuicios y rencores. Las cosas ahora están reducidas al blanco o al negro, olvidando que también existe el gris y su amplia gama de tonos.

Perdimos la objetividad. Nos quedamos en lo superficial de toda noticia o hecho. Reaccionamos sin pensar y sin medir las consecuencias. Nos hemos convertido en unos peleoneros y defendemos nuestro micro mundo con dientes y uñas. Pasa entre las personalidades públicas pero también entre perfectos extraños, en las secciones de comentarios de los periódicos o en las redes sociales. Pasa entre amigos, familiares y conocidos.

Estas reacciones viscerales cierran las posibilidades de diálogo. Sin diálogo no puede crearse el espacio desde el cual todos los ciudadanos, no importando nuestra preferencia política, trabajemos para el bien común.

Nos quejamos de que no se puede dialogar pero ¿cuánto de nuestra actitud incentiva o desmotiva dicho diálogo? Leo o escucho a muchas personas que pasan por adalides de la defensa de los derechos humanos, de la libertad de culto o de expresión, del profesionalismo y el respeto, pero que atacan, ridiculizan o insultan a toda persona que se atreva a expresar sus creencias religiosas, a disentir con la opinión general o que intenta hacer una crítica constructiva. Con esas reacciones desmedidas, dichos adalides se convierten en lo mismo que critican.

Discutir los problemas nacionales no es un juego de pulso en el que alguien debe ganar o imponer su razón sobre la del otro. Es asunto de encontrar los puntos desde los cuales se puede trabajar en conjunto en la implementación de las soluciones urgentes que requieren los problemas de este país.

Los cambios de mando presidencial se parecen mucho a las fiestas de fin de año, insisto. Hacemos propósitos para ser mejores, para trabajar más. Repetimos los mismos discursos de ocasión. Volvemos a invocar a la tolerancia, la objetividad, el respeto y la amplitud de mente. Nos regocijamos un rato en la esperanza, que nos permite soñar con un país ideal o por lo menos, con un país sustancialmente mejor, donde los salvadoreños podamos trabajar con tranquilidad y vivir una vida digna, que es lo que a fin de cuentas, queremos y merecemos.

Hacia el final de The Shawshank Redemption, Red encuentra una carta escrita por Dufresne. “Recuerda que la esperanza es una buena cosa, quizás la mejor de todas. Y ninguna cosa buena muere”. Para Red, que en ese momento es ya un hombre libre, la esperanza adquiere un sentido diferente.

Es bueno tener esperanza. La esperanza es el combustible que nos anima a salir de la cama cada mañana. Es la que nos anima a continuar adelante, a pesar de vivir momentos duros. Es la energía infatigable que otorga algún tipo de sentido a la vida.

No dejemos morir nuestras esperanzas. Pero tampoco perdamos la objetividad. Quizás así podemos comenzar a desmontar la polarización, los prejuicios, la arrogancia, la mezquindad y el continuo deseo de revancha. Quizás así comenzamos a construir ese mejor país con el que tanto soñamos.

(Publicado en la revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 8 de junio 2014).

Nuestro rostro literario

CAcuentaNo todo es oscuridad y violencia en Centroamérica. También tenemos momentos luminosos. Eso quedó confirmado entre los días 7 y 10 de mayo de este año, cuando se llevó a cabo en Managua la segunda edición del Encuentro de Narradores Centroamérica Cuenta. El evento reunió a casi 50 participantes, la mayoría de ellos escritores, pero también periodistas, editores y traductores, que nos encontramos para dialogar e intercambiar impresiones sobre la realidad literaria de la región.

El evento fue convocado por la revista electrónica Carátula, dirigida por el escritor Sergio Ramírez. Hay que destacar el esfuerzo que ha venido haciendo Sergio desde hace varios años para lograr que la literatura de la región centroamericana sea más visible a nivel internacional, pero también para crear puntos de encuentro, sea en el mundo virtual o en eventos literarios. Ahora se concreta una cita presencial en nuestra propia región, que tiene la intención de convertirse en un evento de convocatoria anual y que aumentará el número de países invitados año con año.

Centroamérica cuenta tuvo el patrocinio y colaboración de varias instituciones como el Instituto Goethe de México, el Instituto Francés de Centro América, las Embajadas de Francia, Alemania y España, así como un eficiente grupo de voluntarios que trabajaron para atender a los invitados de manera óptima. Éstos eran de cada país de la región, a excepción de Belice, pero también de México, Francia, España y Alemania. Se llevaron a cabo conversatorios y lecturas en universidades, el Centro Cultural de España, las librerías Literato e Hispamer y la Alianza Francesa.

Juan Villoro, Manuel Vilas, Horacio Castellanos Moya, Carlos Cortés, Rosa Beltrán, Élmer Mendoza, Méndez Vides, Francisco Goldman, Dorelia Barahona, fueron algunos de los muchos invitados.

Juan Villoro, Manuel Vilas, Horacio Castellanos Moya, Carlos Cortés, Rosa Beltrán, Élmer Mendoza, Méndez Vides, Francisco Goldman, Dorelia Barahona, fueron algunos de los muchos invitados que hicieron de este evento uno de los más importantes de los últimos años en Centroamérica.

Los temas de discusión que se tocaron fueron varios: la situación de las traducciones y publicaciones de escritores centroamericanos en el extranjero; la relación entre el futbol y la literatura; la relación entre narración y cómic; las búsquedas literarias actuales de nuestros escritores. Pero sin duda lo más valioso fue el intercambio entre los escritores mismos, conocer de cerca lo que se está publicando y escribiendo entre los escritores del país anfitrión, Nicaragua, y dejar establecida una red de contactos y amistades que servirá para multiplicar el esfuerzo de compartir la obra de nuestros vecinos.

El tiempo de duración de las mesas de discusión terminó siendo corto para todos los temas que se plantearon en los diálogos. Las discusiones eran tan animadas que podrían haber durado horas. Los auditorios y las aulas llenas en cada evento y la participación activa del público no hicieron más que demostrar que la gente tiene necesidad de eventos y discusiones de esta categoría.

En una entrevista radial que compartí con el escritor nicaragüense Erick Aguirre, coincidimos en afirmar que en Centroamérica los temas sobre los que se escribe son muy diversos, tanto que no pueden clasificarse bajo una misma etiqueta. Lo cierto es que el escritor centroamericano está en búsqueda de su identidad literaria, una identidad que viene en construcción desde la abrupta interrupción de la vida que ocurrió en los años 80, cuando Centroamérica fue marcada a fuego y sangre por más de una década de conflictos armados.

Esa misma variedad de temas que se exploran en la región son los que convierten a la producción literaria centroamericana en algo rico y diverso. Es discutible hablar de una literatura centroamericana fuera de la referencia meramente geográfica. Pero es obvio que son más las cosas que nos unen que las que nos separan y que existen vasos comunicantes entre nuestros países. Nuestras realidades son únicas pero a la vez comparten características que nos hacen identificarnos con la literatura de nuestros vecinos.

Centroamérica sigue siendo una región fragmentada. El sueño de una unión centroamericana es antiguo y resurge con terquedad en diferentes épocas y circunstancias. Las instituciones que velan por la integración regional creadas en décadas recientes, encarnan la renovación del espíritu centroamericanista. Pero fuera de algunas ventajas migratorias y comerciales para algunos de los países, los intereses económicos y políticos posponen o entorpecen una integración regional auténtica. Nuestra mejor oportunidad para salir adelante es unirnos y pensar como una región, tanto para asuntos comerciales y diplomáticos como también para los culturales.

En ese sentido, los intercambios que ocurren a nivel literario y cultural en estos encuentros o en las ferias del libro (sobre todo las de Guatemala y Costa Rica), permiten la creación de redes naturales de intercambio de libros y de información.

Somos mucho más que el retrato de la violencia.

Las redes de escritores, que se fortalecen con eventos como el de Managua, permiten convertir a Centroamérica en un corredor literario vivo, que comienza a tener mayor impacto a nivel internacional. Esto no es solamente un decir. Un par de días después de clausurado el evento, se anunció que el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya ganó el Premio de Narrativa Manuel Rojas de Chile, un premio recién creado pero que ya goza de prestigio. Los ganadores de las dos convocatorias anteriores fueron Rubem Fonseca y Ricardo Piglia.

Las pocas veces que aparecemos en las noticias internacionales, los nombres de nuestros países suelen ir asociados a la violencia, los homicidios y el narcotráfico. Pensemos en la posibilidad de presentar otro rostro, el de la literatura que se está escribiendo en la región. Porque aunque nuestros libros reflejen de manera inevitable la violencia cotidiana, también hablan de otras cosas: de nuestras historias íntimas, nuestros recuerdos, nuestros anhelos. De las cosas que imaginamos y de los fantasmas que nos rodean. De lo que no entendemos y de lo que queremos ser.

Somos mucho más que el retrato de la violencia en una región que pocos saben localizar en el mapa. Centroamérica tiene cientos de historias terribles pero también maravillosas que contar. Y tiene también un nutrido grupo de escritores que saben cómo hacerlo. Conozcamos el rostro literario de nuestra región.

(Publicado en revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 25 de mayo 2014).

The Negro Speaks of Rivers, Langston Hughes

I’ve known rivers:

I’ve known rivers ancient as the world and older than the
flow of human blood in human veins.

My soul has grown deep like the rivers.

I bathed in the Euphrates when dawns were young.
I built my hut near the Congo and it lulled me to sleep.
I looked upon the Nile and raised the pyramids above it.
I heard the singing of the Mississippi when Abe Lincoln
went down to New Orleans, and I’ve seen its muddy
bosom turn all golden in the sunset.

I’ve known rivers:
Ancient, dusky rivers.

My soul has grown deep like the rivers.

Los hombres de anaranjado

Desde octubre del año pasado, los trabajadores del Ministerio de Obras Públicas (MOP) se han convertido en parte de mi vida. Desde la ventana de mi estudio, en el segundo piso de mi casa, puedo ver hacia la Carretera Panamericana donde están trabajando.

Un día cualquiera aparecieron en el lugar y no han vuelto a irse. Me asomo a la ventana o a la calle a verlos trabajar cada vez que el ruido que producen las máquinas rompe mi concentración en el trabajo.

Así, de escena en escena, he ido observando todo el proceso de trabajo de la carretera. Desde el momento en que trituraron el asfalto hasta la puesta del concreto. He visto a los hombres del MOP ir y venir, con sus camisas anaranjado fosforescente, desteñidas por el sol inclemente de este lugar donde antes había cafetales y árboles y que ahora se convirtió en centros comerciales, colonias de gente pudiente y creo que hasta en un campo de golf. Y carreteras, claro, porque el salvadoreño ama a sus carreteras.

Un día cualquiera aparecieron en el lugar y no han vuelto a irse.

Una noche nos sacaron sustos terribles con las máquinas compactadoras que cuando pasan por la calle, hacen vibrar las casas como si fuera un terremoto. Los libros cayeron de mis estantes. Parecía que las ventanas iban a estallar. Cuando la casa temblaba tanto que me daba miedo estar adentro, salía a la calle a lloriquearle a los trabajadores, junto con todo el coro de vecinos, que uyuyuy, viera qué feo se siente, que no vamos a poder dormir y que no sé qué y que no sé cuánto, para al final despedirnos todos hechos un dechado de sonrisas y cortesías, como en una ópera con final feliz. Terminé acostumbrándome a los temblores de la compactadora. O por lo menos, ya no me dan tanto miedo como antes.

He visto cómo una máquina, grande como un elefante y lenta como un caracol, trituró el asfalto y cómo quedaron pedazos de concreto o de asfalto muy grandes y cómo la cargadora levantaba esos pedazos y los tiraba sobre la cama de un camión que rebotaba cuando el pedazo caía.

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Rare, Old Photos of Native American Women and Children

Pretty Nose, a Cheyenne woman. Photographed in 1878 at Fort Keogh, Montana by L. A. Huffman.

 

Hopi girls, Sichomovi, First Mesa, Arizona. ca. 1900. Photo by Frederick Monsen.

 

A Kiowa girl. 1892.

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Adiós al Papá Grande

Tomada de cinismoilustrado.com. (Si alguien sabe el nombre del autor, por favor comparta para darle crédito).

Tomada de cinismoilustrado.com. (Si alguien sabe el nombre del autor, por favor comparta para darle crédito).

Cuando supe que Gabriel García Márquez había muerto, sentí una tristeza que me sorprendió mucho. Nunca lo conocí, nunca lo vi en persona, nunca crucé correspondencia con él. No tengo ninguna anécdota que contar ni fotos que presumir. Soy nada más una de sus millones de lectores. Pero el sentimiento que tuve la tarde que supe de su muerte fue como si un pariente lejano muy querido, al que vemos poco, hubiera fallecido.

Caeré en el lugar común de decir que la lectura de Cien años de soledad me causó un impacto muy profundo, pero es la pura verdad. En los años 70, lo que leía estaba determinado en gran parte por el programa escolar vigente. Ese programa nos obligaba a leer mucho clásico español, costumbrismo, literatura vernácula, romanticismo. Después se sorprenden de que a los niños no les guste leer. Todo aquello me parecía mortalmente tedioso. Mi amor por la literatura sufrió en esa época una de sus más profundas crisis. Por suerte también leía libros en inglés que mis padres me procuraban para que no se me olvidara el idioma que había aprendido muy pequeña, en un viaje a los Estados Unidos. Entonces leí a García Márquez y recuperé la fe perdida por la literatura en español.

Entonces leí a García Márquez y recuperé la fe perdida por la literatura en español.

Leí Cien años de soledad a los 13 o 14 años, en la edición de Editorial Suramericana que tenía la portada de cuadros azules y la “e” de la palabra “soledad” impresa al revés. Aquella novela contaba muchas cosas al mismo tiempo. Era la historia de una familia, pero también la historia de un pueblo.

Mi familia es profundamente diferente a los Buendía, pero algo en esa familia también hablaba de la mía y algo de Macondo también tenía que ver con el lugar en el que yo vivía y con los pueblos de mi país. Cien años de soledad me hizo captar algo obvio pero que no había descubierto todavía a mi edad: miré a cada miembro de mi familia con nuevos ojos, como personas con una historia, como personajes de la novela de sus propias vidas. Desde entonces comencé a interesarme en la historia familiar. Al final, esos son los libros que nos marcan, los que nos dejan aprendizajes de vida. Pero también aquellos en que nos reconocemos y en los que reconocemos el entorno en el que vivimos, aunque todo tenga un nombre diferente.

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