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La renovación necesaria

No todo ha sido malo en el panorama político salvadoreño. De 1992 hasta el presente, los dos partidos mayoritarios, ARENA y FMLN, han tenido la cordura y la madurez para permitir la alternancia en el poder, sin las temidas consecuencias de los tiempos de las dictaduras militares anteriores a los 80, cuando cualquier crítica contra el gobierno implicaba un riesgo real de muerte. Consuela un poco saber que el trauma que la guerra dejó en los salvadoreños, sirvió para lograr avances en la mejoría de los derechos humanos, la libertad de expresión y el ejercicio de la democracia.

Pero hay algo que de tan obvio, se nos olvida: los mencionados partidos fueron creados durante la guerra. Fueron organizaciones concebidas para enfrentar a un rival militar e ideológico, organizaciones creadas para luchar una guerra y ganarla, en el marco de la batalla decisiva entre “el comunismo internacional” y las fuerzas “capitalistas del imperialismo yanki”. Ya sabemos cuál fue el desenlace de ese proceso para nosotros: 75 mil muertos, miles de desaparecidos y exiliados, millones en pérdidas económicas, y el atraso y conmoción social que, irremediablemente, ocasiona un suceso de tal magnitud.

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Sueño de una tarde en Coatepeque

 

La Casa de la Cultura de Coatepque, cerrada un viernes por la tarde. (Foto de la autora).

La Casa de la Cultura de Coatepque, cerrada un viernes por la tarde. (Foto de la autora).

Hace pocos días tuve la oportunidad de visitar la ciudad de Coatepeque, en el departamento de Santa Ana. Es un lugar apacible, de ritmo tranquilo, donde todos se conocen y saludan por la calle. Enrique, la persona que me invitó a ir, me contó algunas historias del lugar, incluidas leyendas de apariciones y fantasmas que se murmuran entre vecinos. Me enseñó fotos de cuando las calles todavía eran de piedra. Y me contó sobre un viaje familiar en tren hasta Acajutla, cuando él era un muchachito de 11 años.

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Por amor al cine

Desde hace meses, varios amigos que viven en el exterior me habían escrito correos electrónicos para recomendarme una película argentina llamada Relatos salvajes. A todos les respondí diciendo exactamente lo mismo: “Esa película jamás la van a traer a El Salvador, porque ese tipo de cine jamás lo presentan acá”.

Cuál fue mi sorpresa cuando hace pocos días, un amigo me avisó que Relatos salvajes estaba de estreno en los cines salvadoreños. Fui a verla esa misma noche. La prisa por ir era porque me ha pasado que, cuando por obra y milagro de la Virgen de la Candelaria en este país se presenta una película de calidad, permanece muy corto tiempo en cartelera. Por la vehemencia con que me habían hecho la recomendación, ésta no me la iba a perder bajo ningún concepto.

Cuando llegamos al cine, mi acompañante y yo nos sorprendimos de no ver el afiche correspondiente a la película en las marquesinas. Pensamos que quizás nos habíamos equivocado y que no era ahí donde se presentaba. Pero viendo la cartelera interna, descubrimos que sí estaba anunciada. Algo desconcertados, compramos nuestros boletos. Cuando nos tocó seleccionar los asientos, vimos que sólo había otros dos vendidos.

Esa misma noche era el estreno de Cincuenta sombras de Grey. Los pasillos del cine estaban inundados de una multitud de niñas bonitas, que con una excitación desmesurada, se tomaban fotos junto a los promocionales gigantes de las películas para subirlas al feis. No he leído los libros de E.L. James, porque me han dicho que no son muy buenos. Pero me atrevo a sugerir que si a usted le interesan el erotismo y las prácticas sadomasoquistas, lea La historia de O de Pauline Réage, La historia del ojo de Georges Bataille o alguno de los libros del Marqués de Sade. Entonces sabrá lo que es el erotismo literario en serio.

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Todos nos queremos ir

Hace algunos meses se metieron a robar en casa de un conocido mío. Fue amenazado cuchillo al cuello. El ladrón se llevó lo que pudo. Mi conocido y su pareja se marcharon del apartamento ese mismo día y se mudaron a otra parte. Pagan más que antes, pero el precio supone mejorar la seguridad personal. El caso me impresionó tanto que desde entonces no he vuelto a abrir las ventanas ni la puerta que dan al patio interno de mi casa. Ninguna medida de protección es excesiva en este país.

Esa historia me recordó a la de otro conocido. Al llegar a su casa y mientras bajaba las compras del carro, un par de extraños lo encañonaron, lo hicieron entrar en su casa y se llevaron todo. Adentro estaban varios familiares, incluida una niña. Todos fueron amenazados.

Igual le pasó a una amiga que viene una vez al año a visitar a su madre para navidad. La noche antes de regresar al país donde vive, mientras su hermana llegaba para despedirse, un par de hombres aprovecharon para meterse a la casa. En ese momento sólo había mujeres, entre ellas, dos señoras mayores de 80 años; una estaba recién operada. Las tuvieron quietas a todas a punta de pistola.

Un día me tomé un café con una amiga a la que no veía hace rato. Me contó que ella y su esposo se van del país. Tienen una hija pequeña y no quieren que se críe en un entorno limitado por la violencia.

Algo parecido me dijo otro amigo, a quien llamaré Pedro, quien planea casarse con su novia. No quieren criar a sus futuros hijos en este país. Eso fue por los días en que aparecieron varias partes de un cuerpo humano dispersos por la ciudad. La cabeza apareció a pocas cuadras de mi casa. Esa noche no dormí pensando mil abominables cosas. Mi imaginación es mi látigo.

Pedro me contó que en la calle de su casa apareció el torso. Vio la maleta en la que estaba. Era negra, muy grande. Debajo había un charco de sangre. Olía mal. Le conté que la cabeza apareció aquí, a unas cuadras, pero que no la vi personalmente. Aquella conversación me pareció surreal. Hablábamos así, casual, de cabezas y torsos aparecidos a la orilla de nuestras casas. Me sentí un personaje de Quentin Tarantino.

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Una vida para volar

La primera vez que Amelia Mary Earhart Otis vio un avión fue en 1907, en una feria estatal de su natal Kansas. Tenía 10 años y no le impresionó en lo más mínimo. El avión le pareció “un pedazo de alambre oxidado y de madera, nada interesante”. La niña continuó feliz su infancia subiéndose a los árboles, deslizándose por trineo en el invierno y matando ratas con un rifle 22. También se dedicó a hacer un scrapbook con recortes de noticias sobre mujeres que realizaban trabajos tradicionalmente asignados a los hombres.

Trece años después, en una exhibición de vuelos acrobáticos en California, Amelia Earhart tuvo una revelación. Una de las atracciones permitía volar durante 10 minutos en un avión con el piloto Frank Hawks. El padre de Amelia le pagó una vuelta a su hija. En cuanto el avión subió varios metros y se sintió en el aire, Earhart supo que había nacido para volar.

Eso ocurrió el 28 de diciembre de 1920. El 3 de enero de 1921, Amelia recibió su primera lección de vuelo con Mary Neta Snook, pionera de la aviación estadounidense. Seis meses después, luego de juntar todo el dinero que pudo, Amelia compró su primer avión, un Kinner Airster de segunda mano, color amarillo brillante, al que llamó “El Canario”.

A partir de entonces, Earhart se dedicó a la aviación, logrando establecer varias marcas: realizó el primer vuelo sin paradas de costa a costa sobre los Estados Unidos; alcanzó el récord mundial femenino de altitud; fue la primera mujer que cruzó sola el Océano Atlántico; realizó los primero vuelos sin escalas desde México a Nueva Jersey, desde el Mar Rojo hasta Karachi y desde Hawái a California, entre varias marcas más.

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Otra tierra, ¿otro yo?

Fotograma de la película Another Earth.

En la película Another Earth (2011), del director estadounidense Mike Cahill, Rhoda Williams recibe una carta de aceptación para ingresar al Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT por sus iniciales en inglés). Lo celebra con sus amigos la misma noche en que se da a conocer el descubrimiento de un planeta idéntico a la tierra. Después de la fiesta, totalmente borracha, Rhoda conduce su vehículo y choca contra otro en el que se conducen el compositor John Burroughs, su esposa embarazada y su pequeño hijo. Sólo John y Rhoda sobreviven.

Rhoda debe cumplir cuatro años de prisión. Cuando sale, busca a John para confesarle que ella fue la culpable del accidente, pero esto no resulta fácil. La situación de vulnerabilidad emocional de ambos personajes los coloca en una situación insospechada. Mientras tanto, se sabe que el otro planeta, bautizado como Tierra 2, es un planeta espejo. Es decir, es una réplica exacta de la tierra en la que vivimos, con todo y sus habitantes. Pero la sincronicidad entre ambos lugares se rompió en el momento justo en que los planetas “se vieron” o supieron de la existencia del otro. Es decir que, a partir de ese instante, lo vivido por los habitantes de uno y otro lugar, fue diferente.

La NASA efectúa un concurso para enviar a un grupo de gente a la Tierra 2. Rhoda envía un ensayo para competir. En su texto, habla sobre aquellos primeros exploradores que cruzaron el Atlántico, cuando se creía que la tierra era plana y que al final del horizonte había un abismo. Aquellos primeros exploradores, argumenta Rhoda, no eran aristócratas o gente culta, ni intelectuales, científicos o artistas. Eran los ex convictos, los locos, los criminales, los que no tenían apellido ni posesiones, los que ya lo habían perdido todo. Eso, argumenta Rhoda, la convierte a ella, una ex convicta, en una candidata apta para hacer el viaje.

Haciendo a un lado los detalles estrictamente científicos o cinematográficos, Another Earth plantea varios asuntos interesantes, entre ellos, el tema del doble, es decir, la posibilidad de que nuestro yo tenga una o varias réplicas que viven de manera simultánea en otros lugares físicos o dimensiones paralelas.

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Navidad en tierra de nadie

La noche del 24 de diciembre de 1914, las tropas alemanas estacionadas en el Frente Oriental, durante la I Guerra Mundial, cesaron las hostilidades un momento para decorar su trinchera con arbolitos y luces navideñas.

La guerra había comenzado a finales de julio. Miles de hombres, de diferentes nacionalidades, marcharon hacia el frente pensando que todo terminaría en unas pocas semanas. Los meses habían pasado, el año estaba por terminar. Pero la guerra, ahora lo sabían, duraría todavía mucho tiempo. Esa era la primera Navidad en el frente.

Después de arreglar la trinchera, los alemanes cantaron “Stille Nacht” (“Noche de Paz”). Las tropas británicas, que estaban al otro lado del campo de batalla, escucharon el canto. La noche pasó entre villancicos de uno y otro bando.

El día de Navidad, las armas callaron. En la Tierra de Nadie se acercaban los soldados rivales a intercambiar pequeños obsequios. Se rescataron los cuerpos de los caídos, y fueron enterrados con calma y sin sobresaltos. Se intercambiaron prisioneros. Algunos soldados se cortaron el pelo con el peluquero del ejército rival. Se fumaron cigarrillos, se comieron chocolates y galletitas, se bebió whisky y schnapps, e incluso se jugó una partida de fútbol. Hay una foto que registra dicho juego: tres soldados tratan de dar un cabezazo a la pelota que está en el aire, encima de ellos. Hay nueve soldados en el campo. Siete con gorra, dos con la cabeza descubierta; uno en camiseta, los demás con sus chaquetas.

Se estima que unos cien mil soldados participaron en esta tregua navideña. En algunos lugares, el cese al fuego duró un par de días. En otros, duró hasta Año Nuevo. Después, como si nada, los hombres volvieron a sus trincheras, a continuar matándose.

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Tarde de sábado

El rostro de la mujer con la que estoy hablando está cruzado por una intrincada trama de arrugas. Es el resultado del sol que ha tenido que soportar durante toda una vida como vendedora ambulante.

Compartimos la sombra de uno de los pocos árboles que el alcalde capitalino ha dejado en pie, en la plaza de El Salvador del Mundo. No es de extrañar que el alcalde fuera apodado como “El leñador”, en un grafiti que vi hace tiempo en un muro del centro de gobierno, por su obsesión de derribar todos los árboles posibles en los espacios públicos.

Estoy entretenida con una minuta de limón, sal y chile, viendo el ir y venir del tráfico y la gente. Me he negado desde hace años a volver a poner un pie en este lugar, ahora convertido en un espacio inclemente, donde el cemento refracta el calor y el resplandor solar, donde no hay espacios de sombra ni bancas donde sentarse, donde el ruido y el humo del tráfico son intolerables y donde el paisaje alrededor no invita a la serenidad o a la conversación. No es un lugar estimulante para ser visitado. Pero un cambio de última hora en un trabajo de campo que debía hacer con los participantes de un taller literario que estoy impartiendo, me obligó a ir y pasar un par de horas ahí.

Estamos las dos en silencio un rato. Poco a poco comenzamos a conversar. Me cuenta de sus años de vendedora ambulante, y de cómo, vendiendo en varios lugares, logró sacar adelante a sus tres hijos. Su marido murió durante la guerra (la guerra, la guerra, la guerra, siempre la guerra, como el telón de fondo de una tragicomedia de octava categoría que nunca termina y en la cual, hace mucho tiempo, ya todos dejamos de reír).

El tono de su voz y la expresión de su rostro cambian por completo cuando habla de él. Me mira. Sus ojos tienen el color del caramelo quemado. Pronto se llenan de lágrimas. Yo, que soy asquerosamente sentimental, también siento los ojos llorosos. Todavía le duele, todavía lo recuerda, todavía lo ama. Las dos tragamos gordo y hacemos el esfuerzo por no soltarnos en llanto, cada una por sus propias tragedias.

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El amor es un animal imperfecto

Yann Lemée era un tímido estudiante francés de filosofía, nacido en la localidad bretona de Caen, en 1952. Un día leyó la novela Los caballitos de Tarquinia de Marguerite Duras. Su vida cambió para siempre. Decidió que no volvería a leer ningún libro más, a menos que fuera escrito por ella. Devoró su obra completa. Se convirtió en un admirador ferviente.

Una noche de 1975, se exhibió la película India Song en el cine Lux de Caen, la sexta de Duras como cineasta. Hubo una discusión con la presencia de la autora. Lemée estaba en primera fila. Al final del evento, un grupo de asistentes fue con ella a tomar algunas copas, Lemée incluido.

No era un buen momento en la vida de Duras. Vivía sola, se había alejado de la gente y estaba bebiendo su camino hacia la muerte. Los intentos por dejar la bebida habían sido infructuosos. Batallaba con depresiones. Combinaba alcohol con fármacos, decaía, enfermaba, enfurecía, insultaba a todo el mundo, se deprimía aún más. Su vena creativa se había secado. Lo único que escribía en ese entonces eran monólogos dirigidos a un interlocutor imaginario, como posibles apuntes para una novela epistolar.

Esa noche en el bar de Caen, ella bebió un par de whiskies. Cuando Duras decidió irse, Lemée la acompañó hasta el parqueo. Le pidió una dirección a la cual escribirle. Ella se la dio. Subió a su Renault 16. Se despidieron.

Durante los próximos cinco años, él le escribió a ella casi todos los días. Le contaba de su vida, le enviaba poemas, escribía sobre cualquier cosa. Duras jamás respondió pero guardó con esmero cada carta, como hacía con las cartas de todos sus admiradores. Lemée no esperaba respuesta pero estaba convencido de que la columna semanal que publicaba ella en el periódico Libération eran mensajes secretos de Duras para él.

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Escritores incómodos

Louis Ferdinand Céline, con una de sus mascotas.

Si no existieran los escritores incómodos, la literatura sería un intrascendente ejercicio de complacencia social. No me interesaría continuar siendo escritora si un día alguien decidiera que la literatura tiene la obligación de ser políticamente correcta, estar adscrita a alguna ideología, partido o institución, o ser complaciente con la moda editorial y/o académica del momento. Ese mismo día dejaría de escribir. Una literatura políticamente correcta, dulce desde su título hasta el tratamiento de su historia y sus personajes, no me interesa. Ni leerla ni escribirla.

La literatura no sirve para edulcorar la realidad y mostrarnos sólo el lado benévolo de la vida. Todo lo contrario. La literatura cumple una función trascendental en presentarnos aspectos de la realidad que, de otra manera, no percibiríamos. El escritor actúa como un filtro, como un “traductor” de la realidad. Con instrumentos tan inasibles como la imaginación y tan complejos como el lenguaje, construye mundos que obran como un espejo del ser humano. Un espejo que nos devuelve una imagen sin máscaras, muchas veces cruda y brutal, pero no por eso menos real.

Escribir no es un oficio para débiles de espíritu. Porque plantear esa realidad no edulcorada significa que el escritor tiene primero que asumirla y contársela a sí mismo. Tiene que explorar sus propias llagas. Deberá entrar en lugares oscuros y atemorizantes para decir lo que otros no saben, no pueden o no quieren decir. Tiene que bajar a las catacumbas de sí mismo para asir la piedra de la locura. De esa experiencia es difícil salir ileso. Hacerlo tiene un precio alto para el escritor. A más de alguno le costó la razón y el rechazo de los suyos. A otros la vida, literalmente.

La mejor literatura, o por lo menos el tipo que a mí me interesa, es la que se ensucia las manos. Es la que desnuda el alma del escritor y revela esas partes vulnerables que todos tenemos. Esos secretos inconfesables. Esos sentimientos que sabemos están ahí pero que ni siquiera no atrevemos a definir en palabras. Es crítica e inmisericorde. Cuenta el cuento y dice las cosas como son, caiga quien caiga.

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Caballos verdes

Todos los días, desde la ventana que tengo junto a mi escritorio, miro un par de hojas de mata de huerta. También se miran por las ventanitas que están en el descanso de las gradas.

La mata me la regaló mi vecina. Ella tenía dos sembradas en el jardincito al frente de su casa. La mata de plátano, que estaba sembrada más adelante, crecía sin problemas. Pero había atrás una matita de guineo de seda que apenas se notaba. En el lugar donde estaba no caía el sol. Por eso no prosperaba. La vecina me ofreció la de guineo para que la sembrara en mi jardincito frontal. Acepté, en el entendido de que cuando la mata diera, a la vecina le tocarían un par de gajos en retribución. El día que llegó el jardinero hicimos el trasplante.

La verdad es que no le puse mucha fe al asunto. Pasaban los días y no miraba cambio alguno en su tamaño. Me fue inevitable recordar a Jean Cocteau, quien en su libro Opio habla sobre la lenta velocidad de las plantas, una dimensión diferente de nuestra percepción del tiempo y de la velocidad, algo que el autor dice haber comprendido gracias a su adicción al opio.

Vi crecer a la mata muy despacio, casi sin darme cuenta, pensando en esa velocidad vegetal, en esa lentitud solemne, dignificada y silenciosa que tienen las plantas y los árboles para nacer y crecer. Celebraba cada hoja que salía. Me fijé en las raíces que se miran en la base del tronco. En los hijos que le salieron. En unas matas de flores que brotaron de manera misteriosa a su alrededor.

Cuando hace unos meses tuvimos una granizada violenta, todas las plantas quedaron maltrechas y con los agujeros de las quemaduras del hielo en sus hojas. Había pedacitos verdes por doquier y un intenso olor a plantas recién cortadas. Pero la mata de guineo resistió estoica. Se despelucó un poco, pero eso no le quitó el ímpetu.

Apenas tomé conciencia de lo inmensa que se ha hecho cuando noté que las hojas cubren por completo la vista desde la ventana del segundo piso. Ya no puedo ver hacia el volcán de San Salvador, que se mira a lo lejos. Por suerte tampoco sigo viendo los postes, cables, edificios y muros que también se miran desde aquí, toda esta horrible mancha humana que llamamos “ciudad”.

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Bienvenidos al cambio climático

Kiribati es un archipiélago compuesto por 33 atolones y una isla volcánica, ubicado a 2,152 kilómetros al sur de Hawai, en el Océano Pacífico. Una de sus islas más conocidas es Kiritimati, el primer lugar poblado en el planeta en recibir el Año Nuevo.

El punto más alto de esta nación es de cuatro metros sobre el nivel del mar. En las diferentes islas viven poco más de 103,000 personas sobre 811,000 kilómetros cuadrados, lo que convierte al archipiélago en un lugar de alta densidad poblacional.

Desde hace algunos años, sus habitantes afrontan una situación cuya realidad ya no pueden ignorar: las islas se están inundando. Se estima que cada año el agua sube de nivel por lo menos 3.7 milímetros. Por la topografía de las islas, ese aumento del nivel del mar se traduce en varios metros de playa perdida por año.

Esto es grave para los habitantes de Kiribati, ya que la población se concentra en su totalidad a apenas un kilómetro del mar. Desde hace poco más de 15 años, sus habitantes se han acostumbrado a rehacer sus casas algunos metros tierra adentro, pero saben que los nuevos hogares son temporales y que más temprano que tarde, tendrán que moverse de nuevo. Hay gente que se muda cada tres años. Bienvenidos a la realidad: el cambio climático ha llegado.

Numerosos estudios han concluido que el Océano Pacífico es la zona más afectada a nivel mundial por el cambio climático. El derretimiento de los glaciares está aumentando el nivel del mar, un proceso que muchos estiman irreversible. La inundación de las islas de Kiribati es prueba de ello. No son el único lugar con problemas. Tuvalu, una pequeña nación vecina de Kiribati, está igual. Como también lo están las Islas Salomón y las Islas Marshall, todas ubicadas en el Pacífico Sur.

Creer que el cambio climático es algo limitado al aumento de las temperaturas y del nivel de las aguas, sería quedarse en una lectura superficial de la realidad. Si bien es cierto habrá que resolver problemas de carácter técnico y económico para adaptar la vida humana a la nueva realidad, también hay asuntos de carácter social y cultural que son de consideración.

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