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Una vida para volar

La primera vez que Amelia Mary Earhart Otis vio un avión fue en 1907, en una feria estatal de su natal Kansas. Tenía 10 años y no le impresionó en lo más mínimo. El avión le pareció “un pedazo de alambre oxidado y de madera, nada interesante”. La niña continuó feliz su infancia subiéndose a los árboles, deslizándose por trineo en el invierno y matando ratas con un rifle 22. También se dedicó a hacer un scrapbook con recortes de noticias sobre mujeres que realizaban trabajos tradicionalmente asignados a los hombres.

Trece años después, en una exhibición de vuelos acrobáticos en California, Amelia Earhart tuvo una revelación. Una de las atracciones permitía volar durante 10 minutos en un avión con el piloto Frank Hawks. El padre de Amelia le pagó una vuelta a su hija. En cuanto el avión subió varios metros y se sintió en el aire, Earhart supo que había nacido para volar.

Eso ocurrió el 28 de diciembre de 1920. El 3 de enero de 1921, Amelia recibió su primera lección de vuelo con Mary Neta Snook, pionera de la aviación estadounidense. Seis meses después, luego de juntar todo el dinero que pudo, Amelia compró su primer avión, un Kinner Airster de segunda mano, color amarillo brillante, al que llamó “El Canario”.

A partir de entonces, Earhart se dedicó a la aviación, logrando establecer varias marcas: realizó el primer vuelo sin paradas de costa a costa sobre los Estados Unidos; alcanzó el récord mundial femenino de altitud; fue la primera mujer que cruzó sola el Océano Atlántico; realizó los primero vuelos sin escalas desde México a Nueva Jersey, desde el Mar Rojo hasta Karachi y desde Hawái a California, entre varias marcas más.

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Otra tierra, ¿otro yo?

Fotograma de la película Another Earth.

En la película Another Earth (2011), del director estadounidense Mike Cahill, Rhoda Williams recibe una carta de aceptación para ingresar al Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT por sus iniciales en inglés). Lo celebra con sus amigos la misma noche en que se da a conocer el descubrimiento de un planeta idéntico a la tierra. Después de la fiesta, totalmente borracha, Rhoda conduce su vehículo y choca contra otro en el que se conducen el compositor John Burroughs, su esposa embarazada y su pequeño hijo. Sólo John y Rhoda sobreviven.

Rhoda debe cumplir cuatro años de prisión. Cuando sale, busca a John para confesarle que ella fue la culpable del accidente, pero esto no resulta fácil. La situación de vulnerabilidad emocional de ambos personajes los coloca en una situación insospechada. Mientras tanto, se sabe que el otro planeta, bautizado como Tierra 2, es un planeta espejo. Es decir, es una réplica exacta de la tierra en la que vivimos, con todo y sus habitantes. Pero la sincronicidad entre ambos lugares se rompió en el momento justo en que los planetas “se vieron” o supieron de la existencia del otro. Es decir que, a partir de ese instante, lo vivido por los habitantes de uno y otro lugar, fue diferente.

La NASA efectúa un concurso para enviar a un grupo de gente a la Tierra 2. Rhoda envía un ensayo para competir. En su texto, habla sobre aquellos primeros exploradores que cruzaron el Atlántico, cuando se creía que la tierra era plana y que al final del horizonte había un abismo. Aquellos primeros exploradores, argumenta Rhoda, no eran aristócratas o gente culta, ni intelectuales, científicos o artistas. Eran los ex convictos, los locos, los criminales, los que no tenían apellido ni posesiones, los que ya lo habían perdido todo. Eso, argumenta Rhoda, la convierte a ella, una ex convicta, en una candidata apta para hacer el viaje.

Haciendo a un lado los detalles estrictamente científicos o cinematográficos, Another Earth plantea varios asuntos interesantes, entre ellos, el tema del doble, es decir, la posibilidad de que nuestro yo tenga una o varias réplicas que viven de manera simultánea en otros lugares físicos o dimensiones paralelas.

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Navidad en tierra de nadie

La noche del 24 de diciembre de 1914, las tropas alemanas estacionadas en el Frente Oriental, durante la I Guerra Mundial, cesaron las hostilidades un momento para decorar su trinchera con arbolitos y luces navideñas.

La guerra había comenzado a finales de julio. Miles de hombres, de diferentes nacionalidades, marcharon hacia el frente pensando que todo terminaría en unas pocas semanas. Los meses habían pasado, el año estaba por terminar. Pero la guerra, ahora lo sabían, duraría todavía mucho tiempo. Esa era la primera Navidad en el frente.

Después de arreglar la trinchera, los alemanes cantaron “Stille Nacht” (“Noche de Paz”). Las tropas británicas, que estaban al otro lado del campo de batalla, escucharon el canto. La noche pasó entre villancicos de uno y otro bando.

El día de Navidad, las armas callaron. En la Tierra de Nadie se acercaban los soldados rivales a intercambiar pequeños obsequios. Se rescataron los cuerpos de los caídos, y fueron enterrados con calma y sin sobresaltos. Se intercambiaron prisioneros. Algunos soldados se cortaron el pelo con el peluquero del ejército rival. Se fumaron cigarrillos, se comieron chocolates y galletitas, se bebió whisky y schnapps, e incluso se jugó una partida de fútbol. Hay una foto que registra dicho juego: tres soldados tratan de dar un cabezazo a la pelota que está en el aire, encima de ellos. Hay nueve soldados en el campo. Siete con gorra, dos con la cabeza descubierta; uno en camiseta, los demás con sus chaquetas.

Se estima que unos cien mil soldados participaron en esta tregua navideña. En algunos lugares, el cese al fuego duró un par de días. En otros, duró hasta Año Nuevo. Después, como si nada, los hombres volvieron a sus trincheras, a continuar matándose.

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Tarde de sábado

El rostro de la mujer con la que estoy hablando está cruzado por una intrincada trama de arrugas. Es el resultado del sol que ha tenido que soportar durante toda una vida como vendedora ambulante.

Compartimos la sombra de uno de los pocos árboles que el alcalde capitalino ha dejado en pie, en la plaza de El Salvador del Mundo. No es de extrañar que el alcalde fuera apodado como “El leñador”, en un grafiti que vi hace tiempo en un muro del centro de gobierno, por su obsesión de derribar todos los árboles posibles en los espacios públicos.

Estoy entretenida con una minuta de limón, sal y chile, viendo el ir y venir del tráfico y la gente. Me he negado desde hace años a volver a poner un pie en este lugar, ahora convertido en un espacio inclemente, donde el cemento refracta el calor y el resplandor solar, donde no hay espacios de sombra ni bancas donde sentarse, donde el ruido y el humo del tráfico son intolerables y donde el paisaje alrededor no invita a la serenidad o a la conversación. No es un lugar estimulante para ser visitado. Pero un cambio de última hora en un trabajo de campo que debía hacer con los participantes de un taller literario que estoy impartiendo, me obligó a ir y pasar un par de horas ahí.

Estamos las dos en silencio un rato. Poco a poco comenzamos a conversar. Me cuenta de sus años de vendedora ambulante, y de cómo, vendiendo en varios lugares, logró sacar adelante a sus tres hijos. Su marido murió durante la guerra (la guerra, la guerra, la guerra, siempre la guerra, como el telón de fondo de una tragicomedia de octava categoría que nunca termina y en la cual, hace mucho tiempo, ya todos dejamos de reír).

El tono de su voz y la expresión de su rostro cambian por completo cuando habla de él. Me mira. Sus ojos tienen el color del caramelo quemado. Pronto se llenan de lágrimas. Yo, que soy asquerosamente sentimental, también siento los ojos llorosos. Todavía le duele, todavía lo recuerda, todavía lo ama. Las dos tragamos gordo y hacemos el esfuerzo por no soltarnos en llanto, cada una por sus propias tragedias.

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El amor es un animal imperfecto

Yann Lemée era un tímido estudiante francés de filosofía, nacido en la localidad bretona de Caen, en 1952. Un día leyó la novela Los caballitos de Tarquinia de Marguerite Duras. Su vida cambió para siempre. Decidió que no volvería a leer ningún libro más, a menos que fuera escrito por ella. Devoró su obra completa. Se convirtió en un admirador ferviente.

Una noche de 1975, se exhibió la película India Song en el cine Lux de Caen, la sexta de Duras como cineasta. Hubo una discusión con la presencia de la autora. Lemée estaba en primera fila. Al final del evento, un grupo de asistentes fue con ella a tomar algunas copas, Lemée incluido.

No era un buen momento en la vida de Duras. Vivía sola, se había alejado de la gente y estaba bebiendo su camino hacia la muerte. Los intentos por dejar la bebida habían sido infructuosos. Batallaba con depresiones. Combinaba alcohol con fármacos, decaía, enfermaba, enfurecía, insultaba a todo el mundo, se deprimía aún más. Su vena creativa se había secado. Lo único que escribía en ese entonces eran monólogos dirigidos a un interlocutor imaginario, como posibles apuntes para una novela epistolar.

Esa noche en el bar de Caen, ella bebió un par de whiskies. Cuando Duras decidió irse, Lemée la acompañó hasta el parqueo. Le pidió una dirección a la cual escribirle. Ella se la dio. Subió a su Renault 16. Se despidieron.

Durante los próximos cinco años, él le escribió a ella casi todos los días. Le contaba de su vida, le enviaba poemas, escribía sobre cualquier cosa. Duras jamás respondió pero guardó con esmero cada carta, como hacía con las cartas de todos sus admiradores. Lemée no esperaba respuesta pero estaba convencido de que la columna semanal que publicaba ella en el periódico Libération eran mensajes secretos de Duras para él.

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Escritores incómodos

Louis Ferdinand Céline, con una de sus mascotas.

Si no existieran los escritores incómodos, la literatura sería un intrascendente ejercicio de complacencia social. No me interesaría continuar siendo escritora si un día alguien decidiera que la literatura tiene la obligación de ser políticamente correcta, estar adscrita a alguna ideología, partido o institución, o ser complaciente con la moda editorial y/o académica del momento. Ese mismo día dejaría de escribir. Una literatura políticamente correcta, dulce desde su título hasta el tratamiento de su historia y sus personajes, no me interesa. Ni leerla ni escribirla.

La literatura no sirve para edulcorar la realidad y mostrarnos sólo el lado benévolo de la vida. Todo lo contrario. La literatura cumple una función trascendental en presentarnos aspectos de la realidad que, de otra manera, no percibiríamos. El escritor actúa como un filtro, como un “traductor” de la realidad. Con instrumentos tan inasibles como la imaginación y tan complejos como el lenguaje, construye mundos que obran como un espejo del ser humano. Un espejo que nos devuelve una imagen sin máscaras, muchas veces cruda y brutal, pero no por eso menos real.

Escribir no es un oficio para débiles de espíritu. Porque plantear esa realidad no edulcorada significa que el escritor tiene primero que asumirla y contársela a sí mismo. Tiene que explorar sus propias llagas. Deberá entrar en lugares oscuros y atemorizantes para decir lo que otros no saben, no pueden o no quieren decir. Tiene que bajar a las catacumbas de sí mismo para asir la piedra de la locura. De esa experiencia es difícil salir ileso. Hacerlo tiene un precio alto para el escritor. A más de alguno le costó la razón y el rechazo de los suyos. A otros la vida, literalmente.

La mejor literatura, o por lo menos el tipo que a mí me interesa, es la que se ensucia las manos. Es la que desnuda el alma del escritor y revela esas partes vulnerables que todos tenemos. Esos secretos inconfesables. Esos sentimientos que sabemos están ahí pero que ni siquiera no atrevemos a definir en palabras. Es crítica e inmisericorde. Cuenta el cuento y dice las cosas como son, caiga quien caiga.

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Caballos verdes

Todos los días, desde la ventana que tengo junto a mi escritorio, miro un par de hojas de mata de huerta. También se miran por las ventanitas que están en el descanso de las gradas.

La mata me la regaló mi vecina. Ella tenía dos sembradas en el jardincito al frente de su casa. La mata de plátano, que estaba sembrada más adelante, crecía sin problemas. Pero había atrás una matita de guineo de seda que apenas se notaba. En el lugar donde estaba no caía el sol. Por eso no prosperaba. La vecina me ofreció la de guineo para que la sembrara en mi jardincito frontal. Acepté, en el entendido de que cuando la mata diera, a la vecina le tocarían un par de gajos en retribución. El día que llegó el jardinero hicimos el trasplante.

La verdad es que no le puse mucha fe al asunto. Pasaban los días y no miraba cambio alguno en su tamaño. Me fue inevitable recordar a Jean Cocteau, quien en su libro Opio habla sobre la lenta velocidad de las plantas, una dimensión diferente de nuestra percepción del tiempo y de la velocidad, algo que el autor dice haber comprendido gracias a su adicción al opio.

Vi crecer a la mata muy despacio, casi sin darme cuenta, pensando en esa velocidad vegetal, en esa lentitud solemne, dignificada y silenciosa que tienen las plantas y los árboles para nacer y crecer. Celebraba cada hoja que salía. Me fijé en las raíces que se miran en la base del tronco. En los hijos que le salieron. En unas matas de flores que brotaron de manera misteriosa a su alrededor.

Cuando hace unos meses tuvimos una granizada violenta, todas las plantas quedaron maltrechas y con los agujeros de las quemaduras del hielo en sus hojas. Había pedacitos verdes por doquier y un intenso olor a plantas recién cortadas. Pero la mata de guineo resistió estoica. Se despelucó un poco, pero eso no le quitó el ímpetu.

Apenas tomé conciencia de lo inmensa que se ha hecho cuando noté que las hojas cubren por completo la vista desde la ventana del segundo piso. Ya no puedo ver hacia el volcán de San Salvador, que se mira a lo lejos. Por suerte tampoco sigo viendo los postes, cables, edificios y muros que también se miran desde aquí, toda esta horrible mancha humana que llamamos “ciudad”.

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Bienvenidos al cambio climático

Kiribati es un archipiélago compuesto por 33 atolones y una isla volcánica, ubicado a 2,152 kilómetros al sur de Hawai, en el Océano Pacífico. Una de sus islas más conocidas es Kiritimati, el primer lugar poblado en el planeta en recibir el Año Nuevo.

El punto más alto de esta nación es de cuatro metros sobre el nivel del mar. En las diferentes islas viven poco más de 103,000 personas sobre 811,000 kilómetros cuadrados, lo que convierte al archipiélago en un lugar de alta densidad poblacional.

Desde hace algunos años, sus habitantes afrontan una situación cuya realidad ya no pueden ignorar: las islas se están inundando. Se estima que cada año el agua sube de nivel por lo menos 3.7 milímetros. Por la topografía de las islas, ese aumento del nivel del mar se traduce en varios metros de playa perdida por año.

Esto es grave para los habitantes de Kiribati, ya que la población se concentra en su totalidad a apenas un kilómetro del mar. Desde hace poco más de 15 años, sus habitantes se han acostumbrado a rehacer sus casas algunos metros tierra adentro, pero saben que los nuevos hogares son temporales y que más temprano que tarde, tendrán que moverse de nuevo. Hay gente que se muda cada tres años. Bienvenidos a la realidad: el cambio climático ha llegado.

Numerosos estudios han concluido que el Océano Pacífico es la zona más afectada a nivel mundial por el cambio climático. El derretimiento de los glaciares está aumentando el nivel del mar, un proceso que muchos estiman irreversible. La inundación de las islas de Kiribati es prueba de ello. No son el único lugar con problemas. Tuvalu, una pequeña nación vecina de Kiribati, está igual. Como también lo están las Islas Salomón y las Islas Marshall, todas ubicadas en el Pacífico Sur.

Creer que el cambio climático es algo limitado al aumento de las temperaturas y del nivel de las aguas, sería quedarse en una lectura superficial de la realidad. Si bien es cierto habrá que resolver problemas de carácter técnico y económico para adaptar la vida humana a la nueva realidad, también hay asuntos de carácter social y cultural que son de consideración.

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Maltrato infantil: ¿disciplina o violencia?

Alarmado por el constante aumento de la criminalidad juvenil en su localidad, el Centro de Investigaciones Psicológicas de Shenyang (China), se dio a la tarea de estudiar diferentes casos de jóvenes homicidas. Comprobaron que todos ellos fueron sujetos a maltratos o humillaciones verbales durante su infancia. Seis de estos homicidas fueron entrevistados y filmados. Todos cuentan cómo, desde que eran niños, escucharon de sus padres o de los adultos que los rodeaban frases como “idiota, muérete, eres una desgracia, eres una basura, eres un inútil”. Después de años de escuchar esas frases, un buen día reventaron, tomaron un arma y mataron a alguien.

Como resultado de dicho estudio se lanzó la campaña “Words Can Be Weapons” (Las palabras pueden ser armas). En la estrategia de campaña se utilizaron esos mismos insultos, escritos en chino, y se rediseñaron los signos de la escritura para formar las armas que cada uno de los entrevistados ocupó para matar a alguien.

La campaña china pretende iniciar una discusión y una reflexión sobre cómo se disciplina a los menores, no sólo por parte de los padres de familia, sino también de los cuidadores, familiares cercanos y maestros. Algunos padres, al ser entrevistados y confrontados con esta información, se mostraron sorprendidos ya que no consideraban que regañar a su hijo por una mala calificación, gritándole constantemente “eres un inútil”, pudiera tener consecuencias negativas a futuro.

A inicios de septiembre, UNICEF presentó el informe Ocultos a plena luz: un análisis estadístico de la violencia contra los niños. El informe repasa varias formas de violencia contra los menores de edad: violencia física, homicidios, violencia sexual y acoso o intimidación escolar. El informe reúne datos de 190 países. La medición se hizo en víctimas de 0 a 19 años.

Dicho estudio plantea una estadística brutal: El Salvador es el país con la mayor tasa de homicidios de niños en el mundo, con 27 asesinatos por cada 100 mil habitantes. Se estima además que 7 de cada 10 niños en el país sufren de maltrato en sus hogares.

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Las políticas culturales del Estado

Hace algunas semanas, la Fundación AccesArte presentó una investigación llamada Las políticas culturales del Estado salvadoreño 1900-2012. El trabajo fue realizado por el Dr. Knut Walter, uno de nuestros más respetados investigadores.

Desde la introducción del informe, Walter deja bien claro que la cultura jamás ha sido prioritaria para el Estado salvadoreño, como sí lo han sido “la educación, las obras públicas, la seguridad pública o la defensa militar”. La cultura ha sido más bien un asunto con el cual el Estado nunca ha sabido muy bien qué hacer. Para efectos administrativos se le ubicó varias veces como una dependencia del Ministerio de Educación, logrando con ello asignársele un porcentaje de su presupuesto. En su mejor momento, el área cultural llegó a recibir el 5 % del mismo.

Después de un recorrido que examina más de cien años de nuestra historia y las iniciativas más significativas, el Dr. Walter culmina su investigación señalando varias lecciones que deben aprenderse, si la intención es apostarle a la cultura como política de Estado. La primera lección, dice Walter, es que en los últimos cien años hay una “ausencia de metas claras y precisas en términos de la calidad y la cantidad del esfuerzo para promover las artes”.

La segunda lección es que “la gestión del arte y la cultura desconectada del resto del quehacer estatal no producirá sino resultados parciales”. “La formación de capacidades, de personas con suficientes conocimientos en alguna disciplina artística que puedan transmitirlos a otras, dentro de instituciones que faciliten tanto la enseñanza de los estudiantes como el perfeccionamiento profesional de los maestros” sería la tercera lección. Y la última, la más importante según señala Walter: “la ausencia de continuidad y consistencia en el apoyo a la cultura y las artes”.

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El poder de los consumidores

Son pocas las personas que ante un mal servicio recibido por parte de una empresa o institución gubernamental, se deciden a hacer un reclamo formal. Tenemos la costumbre de quejarnos entre amigos, sin tomar acciones concretas para manifestar a las instancias correspondientes nuestra inconformidad ante algo.

Quizás heredamos esta conducta desde los tiempos del autoritarismo en nuestro país, cuando expresar inconformidad ante la situación que estábamos viviendo podía costar la vida misma. Hoy en día estamos en una dinámica muy diferente. Hemos visto cambios que nos permiten expresarnos sin temor a morir. Pero todavía tenemos resistencia para asumir por completo nuestro papel de ciudadanos activos. Todavía no accedemos ni utilizamos de la mejor manera los mecanismos que tanto el Estado como la sociedad misma, ponen a nuestra disposición para lograrlo.

En nuestro papel de consumidores de servicios, debemos reconocer que somos pasivos. No solemos leer los contratos que firmamos. No hacemos preguntas en relación a cláusulas confusas. Desconocemos las leyes o las entidades que nos amparan. No protestamos ante los aumentos súbitos de precios. No cuestionamos tarifas adicionales “extrañas” y que de cinco en cinco van sangrando nuestra billetera. Utilizamos muy poco los espacios que nos pueden respaldar, como la Defensoría del Consumidor. No hacemos reclamos formales porque decimos que no tenemos tiempo, porque nos da pereza hacer el trámite de un reclamo, o porque partimos de antemano que nuestro esfuerzo es totalmente inútil y que no seremos escuchados. Aceptamos el servicio que nos ofrecen, no porque cumpla con nuestras expectativas o necesidades, sino porque eso es “lo que hay”.

Nuestro espacio de protesta se limita a nuestro pequeño entorno, donde nuestra queja no tiene más función que la del desahogo personal. Esto nos ayuda a descargar nuestra rabia, pero no es efectivo si se quiere cambiar o mejorar un servicio deficiente. Al final del día, lamentarse en casa no sirve para nada. Quince personas quejándose en redes sociales sobre algo, cuando se tiene una cartera de miles y hasta millones de clientes, no le quitan el sueño a ningún gerente.

A pesar de tener acceso a una herramienta tan poderosa como internet, subestimamos su potencial como instrumento de organización y denuncia ciudadana. Cuando la utilizamos, no hacemos reclamos sustentados en argumentos ni en un tono respetuoso, sino que hablamos desde la visceralidad, lo cual no contribuye a construir una cultura de diálogo y mucho menos a lograr una respuesta sensata de parte de la empresa cuestionada. Es comprensible: no se puede dialogar con alguien que se aproxima con agresividad.

Como consumidora, no puedo evitar tener la desagradable impresión de que las empresas miran a sus clientes como gente a la que hay que sacarle dinero de todas las formas imaginables. Se reconvierten servicios para luego vender “paquetes o combos adicionales” y esas reconversiones se hacen de tal manera que, por desgracia, uno se mira “obligado” a pagar por alguno de esos paquetes.

Con frecuencia se hace también publicidad engañosa sobre un servicio o un producto, pero cuando acudimos a informarnos al respecto, resulta que las “ofertas” no son tan así como las pinta la publicidad.

Me atrevo a decir que esta actitud cómoda de parte nuestra, de no molestarnos para hacer valer nuestros derechos, es la que permite el deterioro en la calidad de servicio de parte de muchas empresas e instituciones, porque los hemos mal acostumbrado a que sus clientes y usuarios nunca decimos nada.

Por lo demás, en las leyes y reglamentaciones del país siguen habiendo zonas oscuras que no regulan una serie de situaciones. Para algunos casos ni siquiera existe legislación. Esto permite el espacio para que las empresas hagan cambios en los servicios según sus criterios y sin que el consumidor tenga un asidero legal poderoso con el cual respaldar un reclamo.

No menciono nombres de empresas o de alguna de esas campañas publicitarias porque no me interesa polemizar ni señalar a ninguna en particular. No es ése el objetivo de esta columna. Al César lo que es del César: también hay empresas, grandes y pequeñas, que cuando se les solicita una reparación o una entrega urgente, saben responder de manera eficaz y rápida. Hay empresas que sí escuchan a sus clientes y tratan por lo menos de paliar sus malestares con una explicación sensata o rectificando el problema de inmediato.

Lo que quiero hacer notar es la necesidad que tenemos de ejercer un papel más activo como consumidores de servicios. Es necesario dejar de creer que todos los problemas van a ser solucionados por los demás. Tenemos la obligación de estar informados, pero también la de actuar. Si nosotros no ejercemos nuestro papel de ciudadanos informados y activos, si nosotros no proponemos ni externamos nuestra opinión, las cosas no van a cambiar por sí solas.

Al contratar un servicio y haber un pago de por medio, establecemos una relación que debe honrarse por doble vía. Nosotros nos comprometemos a pagar a tiempo nuestras facturas. La empresa se compromete a brindar un servicio de calidad. En la relación consumidor-empresa, debemos recordar que no nos están haciendo un favor ni nos están regalando un servicio. Nosotros lo estamos comprando. Pagamos por ello. Y eso nos concede el sagrado derecho del reclamo y de ser atendidos a entera satisfacción.

Las empresas deben preocuparse por mantener contentos a sus clientes, por mimarlos, por humanizar la relación comercial. Una estrategia adecuada para ello sería mantener abiertos los canales de información y retroalimentación con el cliente y no subestimarnos, ignorando nuestros reclamos y peticiones o tratándonos de manera condescendiente. Otra puede ser el uso de encuestas de opinión que permitan conocer los gustos, necesidades y sobre todo, las expectativas que los clientes tenemos en referencia a un servicio o producto determinado.

No se les olvide que vivimos bajo un régimen de libre mercado y que los clientes tenemos también el derecho de irnos con otra empresa o simplemente de prescindir de un servicio mediocre. En ello reside nuestro verdadero poder como consumidores y como ciudadanos.

(Publicado en la revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 31 de agosto de 2014).

La respuesta de Tigo El Salvador a mi carta abierta

El pasado lunes en la tarde, en la entrada correspondiente a mi “Carta abierta a Tigo El Salvador”, encontré un comentario firmado por Tigo, invitándome a una reunión con la empresa para discutir las inquietudes planteadas en mi carta. Luego de un intercambio de correos para definir hora, fecha y lugar, acordamos reunirnos hoy viernes, a las 10 de la mañana en el café Viva Espresso de Torre Futura.

Comparto lo conversado en esa reunión. Leer más