Adiós al Papá Grande

Tomada de cinismoilustrado.com. (Si alguien sabe el nombre del autor, por favor comparta para darle crédito).

Tomada de cinismoilustrado.com. (Si alguien sabe el nombre del autor, por favor comparta para darle crédito).

Cuando supe que Gabriel García Márquez había muerto, sentí una tristeza que me sorprendió mucho. Nunca lo conocí, nunca lo vi en persona, nunca crucé correspondencia con él. No tengo ninguna anécdota que contar ni fotos que presumir. Soy nada más una de sus millones de lectores. Pero el sentimiento que tuve la tarde que supe de su muerte fue como si un pariente lejano muy querido, al que vemos poco, hubiera fallecido.

Caeré en el lugar común de decir que la lectura de Cien años de soledad me causó un impacto muy profundo, pero es la pura verdad. En los años 70, lo que leía estaba determinado en gran parte por el programa escolar vigente. Ese programa nos obligaba a leer mucho clásico español, costumbrismo, literatura vernácula, romanticismo. Después se sorprenden de que a los niños no les guste leer. Todo aquello me parecía mortalmente tedioso. Mi amor por la literatura sufrió en esa época una de sus más profundas crisis. Por suerte también leía libros en inglés que mis padres me procuraban para que no se me olvidara el idioma que había aprendido muy pequeña, en un viaje a los Estados Unidos. Entonces leí a García Márquez y recuperé la fe perdida por la literatura en español.

Entonces leí a García Márquez y recuperé la fe perdida por la literatura en español.

Leí Cien años de soledad a los 13 o 14 años, en la edición de Editorial Suramericana que tenía la portada de cuadros azules y la “e” de la palabra “soledad” impresa al revés. Aquella novela contaba muchas cosas al mismo tiempo. Era la historia de una familia, pero también la historia de un pueblo.

Mi familia es profundamente diferente a los Buendía, pero algo en esa familia también hablaba de la mía y algo de Macondo también tenía que ver con el lugar en el que yo vivía y con los pueblos de mi país. Cien años de soledad me hizo captar algo obvio pero que no había descubierto todavía a mi edad: miré a cada miembro de mi familia con nuevos ojos, como personas con una historia, como personajes de la novela de sus propias vidas. Desde entonces comencé a interesarme en la historia familiar. Al final, esos son los libros que nos marcan, los que nos dejan aprendizajes de vida. Pero también aquellos en que nos reconocemos y en los que reconocemos el entorno en el que vivimos, aunque todo tenga un nombre diferente.

Los libros de García Márquez encontraron su origen en las historias de su abuela y en su infancia en Aracataca, Colombia, pero reflejaban realidades similares de los pueblos de Centroamérica, de Hungría, de China, de todos los países a cuyas lenguas fue traducida su obra y desde donde sus lectores coinciden en decir que esas cosas ocurren también en sus familias, sus aldeas y sus pueblos. A fin de cuentas, los seres humanos somos bastante parecidos, no importa el lugar donde vivamos.

Cien años de soledad significó una vuelta de tuerca en su momento. Fue levantar la alfombra de la realidad y ver lo que estaba pasando desde un ángulo que no se había probado. Más que magia o imaginación, García Márquez recurrió a la capacidad de exageración que tenemos los latinoamericanos. Somos cuenteros, agregamos detalles para hacer más sabroso el cuento, inventamos cosas y las damos por ciertas, somos grandilocuentes y por supuesto, el que cuenta casi siempre juega un papel importante, si no es que termina convertido en el héroe mismo.

García Márquez recurrió a la capacidad de exageración que tenemos los latinoamericanos.

La literatura vernácula y costumbrista latinoamericana venía planteando de manera romántica la vida del campo, de las ciudades y de las personas que habitaban en aquellos mundos. Las propuestas eran muy formales en cuanto a estructura y lenguaje. Pero el Boom, que incluyó a García Márquez, modernizó de manera profunda el escenario literario de su tiempo. Forzó un cambio en las estructuras y los planteamientos de los textos, abrió el espacio para la ruptura y la experimentación y planteó un retrato más fiel de la realidad, renovando los temas literarios y su abordaje.

Nunca comprendí bien a quienes reniegan de García Márquez, del Boom o del realismo mágico, como si fueran algo de lo cual abominar o como si no hubieran producido numerosas obras de la más alta calidad. Podrá no gustar (el gusto es algo muy subjetivo); podrá sentirse que la representación que hace de nuestros pueblos está desfasada debido a la acelerada urbanización de la vida rural, sobre todo con el advenimiento de la tecnología y las fusiones culturales originadas por las migraciones. Pero su retrato sobre la condición humana sigue vigente. Esa capacidad de universalizar la experiencia particular es parte de lo que convierte a un texto en Literatura.

García Márquez fue uno de los maestros de su tiempo. No voy a renegar de él ahora, aunque la moda sea escupir sobre los escritores mayores con desprecio, como si todo lo hubieran hecho mal. A García Márquez le debemos incontables horas de placentera lectura. Su obra trascendió la página y se metió en nuestra vida cotidiana. Macondo es ahora un lugar que todos conocemos y en el que todos vivimos, donde la literatura y la realidad son gemelas tan parecidas que terminan siendo confundidas.

Gabriel García Márquez murió en Jueves Santo, igual que lo hizo uno de sus personajes, Úrsula Iguarán. Esa misma noche, en el patio interior de mi casa, aparecieron once grandes escarabajos color café, de esos que tienen un cuernito negro en la cabeza. Por lo general aparece uno que otro, solitario, durante el invierno, pero jamás había tenido una invasión masiva como aquella. Salí a la calle de la colonia y había escarabajos por doquier. Desconcertada, pensé en Macondo y en las mariposas amarillas.

No encuentro ni tengo explicación para la súbita plaga de escarabajos. Pero como nací en Macondo, pensaré que fue el adiós de un señor muy hermoso con unas alas enormes, que nos dejó un retrato de época sobre las sombras y luces del ser latinoamericano.

Adiós Papá Grande. Gracias por Macondo.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 27 de abril 2014).

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