¿Se aprende a ser escritor?

Hace poco leí en un periódico digital una nota sobre si los talleres literarios sirven para formar escritores. La nota no era nada original pues planteaba las mismas preguntas que siempre se hacen en torno al tema: si se puede o no aprender a escribir, si el escritor nace o se hace, si el escritor es talento o técnica y si, en ese sentido, los talleres literarios son una estafa.

Tengo sentimientos encontrados cuando se habla con desdén de los talleres literarios. En algún momento de mi vida participé en dos, pero también imparto talleres literarios desde hace más de diez años. Esa doble experiencia me permite considerar el taller como un espacio valioso. Pero extraer una experiencia positiva de un taller tiene mucho que ver con la actitud con la que se acude y también con la actitud de quien lo imparte.

La mayoría de personas que han asistido a mis talleres han sido personas apasionadas por la literatura, tanto que también quieren escribir algo. El impulso es legítimo. Todos tenemos una historia que contar. Pero ahí entramos a la cuestión del talento.

Estoy convencida de que el escritor nace con una serie de cualidades neurológicas que le facilitan la comunicación por medio de la palabra escrita. Pero esto se combina con otros elementos como la habilidad de fabular, la capacidad de observación, de transmitir ideas, aprecio por el lenguaje, intuición y una imaginación fluida. También se necesita ser algo obsesivo y sobre todo tener disciplina. Mucha disciplina. Inquebrantable disciplina.

Participar en un taller literario con la expectativa de aprender a escribir es un error. Nadie pasa por un taller un par de meses y sale convertido en escritor, por muy grande que sea su talento o su disposición, ni por excelente que sea quien dirige el taller. Se aprenden algunos trucos técnicos, se enriquece la visión literaria a través de la discusión colectiva, se analizan lecturas de autores consagrados para detectar sus fortalezas y sus debilidades. Pero no se “gradúa” a nadie de escritor.

Ese elemento sutil que marca la diferencia entre un texto común y corriente y algo que puede llamarse “literatura” es algo que no puede transmitirse ni aprenderse, por ejemplo. Es un mecanismo misterioso que el escritor no sabe bien cómo ocurre y que por lo tanto, no puede asir en palabras y comunicarlo a los demás como si se tratara de una fórmula matemática. Encontrar ese “punch” que debe tener un texto es la búsqueda perpetua del escritor. Una búsqueda que ocurre en regiones misteriosas, donde el escritor camina confiando nada más en su intuición.

Cuando decidí asistir a mi primer taller literario, que fue con el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, ya había publicado un libro y escribía varios cuentos que se publicarían un par de años después. La oportunidad de acudir a un taller con Sergio me pareció importante porque no tenía un interlocutor para consultar dudas literarias. Había escrito cuentos que sabía no funcionaban, pero no entendía por qué.

Me pareció que lo más importante del taller era la oportunidad de escuchar a un escritor reconocido hablar sobre el oficio. Pero lo que yo en realidad buscaba era una validación. Recién me daba cuenta de la dificultad de ser escritor cuando se lleva una vida paralela trabajando para sobrevivir y con apenas tiempo desocupado para la escritura. Me quedaba claro que el camino era largo y complicado, pero no quería lanzarme a andarlo si resultaba que no tenía talento. Hay gente a la que le apasiona escribir pero, simple y sencillamente, no tiene talento alguno. Temía estarme engañando.

Con el tiempo pero sobre todo, después de varios libros escritos, he concluido que la literatura es un oficio que nunca termina de aprenderse. El escritor es un aprendiz durante toda su vida. Cada vez que comienzo a escribir un texto nuevo me siento como una principiante. Tengo dudas, interminables dudas. Siempre tengo dudas.

Escribir no es soplar y hacer botellas. Para escribir una página publicable hay que escribir muchas más que son basura. Escribir es como picar piedra en el fondo de una mina tan oscura que no se sabe si la piedra que se pica es roca o esmeralda.

En ninguna parte existen manuales de escritura. No hay fórmulas ni recetas. Los decálogos de escritura son divertidos pero ofrecen consejos con los que no siempre concordamos. El oficio de la escritura no es uniforme y cada escritor lo vive de manera diferente.

El tutor de un taller literario debería nada más narrar sus luchas de escritor así como los soldados cuentan sus gestas cuando regresan agotados de la batalla. Los asistentes deberían escuchar y saber que, de todo aquel relato, acaso será una frase la que les sea útil. Solamente una. Pero esa frase puede resultar un gran tesoro. La luz del faro que necesitamos ver cuando se naufraga entre fango y niebla, que es como me siento cada vez que escribo un primer borrador.

Del taller de Sergio Ramírez salí con varias luces sobre cómo escribir un cuento o una novela. Pero aprendí muchas otras cosas también y, sobre todo, reafirmé mi pasión por el oficio y encontré la validación que buscaba. Para mí eso fue lo más importante del taller.

En mis talleres también he visto pasar a gente con auténtico talento. Han sido los menos. Pero aunque se tenga todo el talento del mundo, si no existe auto-disciplina será muy difícil que alguien se convierta en escritor. Los libros no se escriben solos.

Un taller literario es apenas una de tantas escuelas en el interminable aprendizaje del oficio de la escritura. Ni siquiera es imprescindible acudir a alguno para ser escritor. Porque no se aprende a escribir en un taller literario y tampoco en una universidad, cursando la carrera de Literatura.

Se aprende a escribir escribiendo. Leyendo. Viviendo la vida. Leyendo la vida. Lanzándose al vacío. Describiendo el salto y el miedo de ese salto. Amando. Doliendo. Bailando. Atreviéndose.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 30 de marzo 2014).

There are 4 comments

  1. ¿Se aprende a ser escritor?, por Jacinta...

    […] "Tengo sentimientos encontrados cuando se habla con desdén de los talleres literarios. En algún momento de mi vida participé en dos, pero también imparto talleres literarios desde hace más de diez años. Esa doble experiencia me permite considerar el taller como un espacio valioso. Pero extraer una experiencia positiva de un taller tiene mucho que ver con la actitud con la que se acude y también con la actitud de quien lo imparte".  […]

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    1. Jacinta Escudos

      Gracias Lucy. En efecto, hay un trabajo de fondo del escritor que ignoramos y que hoy en día es más fácil de subestimar debido a la cultura de la “fama instantánea”. Abrazote.

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  2. ryuuzakii2

    Es un magnífico artículo que ha sido muy importante leerlo, justo cuando yo empiezo a dar mis primeros pasos como escritor principiante. Yo también he tenido muchas dudas y a pesar que ya tengo mas de un año de escribir pequeños cuentos y poemas, que publico en un blog propio, siento que me queda mucho que aprender, ganas me sobran pero en esta sociedad que subestima la literatura es difícil encontrar los incentivos para sentirse motivado. Con la frase que termina este artículo estoy muy en total de acuerdo, puedes tener grandes ideas pero si no las escribes nunca se va a`aprender a escribir literatura.

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