Escritores incómodos

Louis Ferdinand Céline, con una de sus mascotas.

Si no existieran los escritores incómodos, la literatura sería un intrascendente ejercicio de complacencia social. No me interesaría continuar siendo escritora si un día alguien decidiera que la literatura tiene la obligación de ser políticamente correcta, estar adscrita a alguna ideología, partido o institución, o ser complaciente con la moda editorial y/o académica del momento. Ese mismo día dejaría de escribir. Una literatura políticamente correcta, dulce desde su título hasta el tratamiento de su historia y sus personajes, no me interesa. Ni leerla ni escribirla.

La literatura no sirve para edulcorar la realidad y mostrarnos sólo el lado benévolo de la vida. Todo lo contrario. La literatura cumple una función trascendental en presentarnos aspectos de la realidad que, de otra manera, no percibiríamos. El escritor actúa como un filtro, como un “traductor” de la realidad. Con instrumentos tan inasibles como la imaginación y tan complejos como el lenguaje, construye mundos que obran como un espejo del ser humano. Un espejo que nos devuelve una imagen sin máscaras, muchas veces cruda y brutal, pero no por eso menos real.

Escribir no es un oficio para débiles de espíritu. Porque plantear esa realidad no edulcorada significa que el escritor tiene primero que asumirla y contársela a sí mismo. Tiene que explorar sus propias llagas. Deberá entrar en lugares oscuros y atemorizantes para decir lo que otros no saben, no pueden o no quieren decir. Tiene que bajar a las catacumbas de sí mismo para asir la piedra de la locura. De esa experiencia es difícil salir ileso. Hacerlo tiene un precio alto para el escritor. A más de alguno le costó la razón y el rechazo de los suyos. A otros la vida, literalmente.

La mejor literatura, o por lo menos el tipo que a mí me interesa, es la que se ensucia las manos. Es la que desnuda el alma del escritor y revela esas partes vulnerables que todos tenemos. Esos secretos inconfesables. Esos sentimientos que sabemos están ahí pero que ni siquiera no atrevemos a definir en palabras. Es crítica e inmisericorde. Cuenta el cuento y dice las cosas como son, caiga quien caiga.

Es inevitable que el lector se imagine al escritor a partir de lo que escribe, sobre todo si el libro le gustó. De alguna manera, el lector se inventa al escritor como si fuera un personaje más, con atributos que satisfacen la necesidad emocional del lector pero que poco o nada tienen que ver con la realidad. Porque los escritores no somos como los personajes imaginarios de nuestros libros. Somos reales, de carne y hueso, con luces y sombras, como todos.

Los escritores, en su gran mayoría, no somos seres glamorosos, grandes conversadores, interesantes ni encantadores. Hay algunos que sí lo son pero no a todos se nos da bien la parte pública del oficio y nos sentimos más bien incómodos con ella. Como dijo hace poco el escritor mexicano Álvaro Enrigue en una entrevista, luego de ganar el Premio Elena Poniatowska: “a mí lo que me gusta es escribir, no ser escritor”.

Con demasiada frecuencia se comete el error de juzgar la calidad humana de los escritores a partir de lo que escriben. Es parte de la construcción que hace el lector del personaje-escritor que se inventó. Pero que a alguien le parezca odioso el planteamiento de un escritor en sus libros o que no concuerde con las creencias, prácticas o comentarios que emita, no debe ni puede ser usado como pretexto para desacreditar su obra. La literatura no puede ni debe ser utilizada como un instrumento para juzgar al ser humano que es el escritor.

El escritor no tiene ninguna obligación de ser “una buena persona”. La calidad literaria no tiene nada que ver con la calidad moral de quien escribe. Para crear una obra admirable a nivel estético, no se necesita ser una persona bella, ni por fuera ni por dentro. Basta saber escribir, tener una historia que contar y hacerlo bien.

Pienso en el escritor francés Louis Ferdinand Céline, por ejemplo. Su reconocido antisemitismo fue motivo suficiente para que en el 2011, el gobierno de su país decidiera no realizar un acto oficial de conmemoración en el 50 aniversario de su muerte. Esto a pesar de que su novela autobiográfica, Viaje al fin de la noche, es una lúcida denuncia de la guerra y del colonialismo francés en África. Dicha novela renovó la literatura francesa al utilizar un lenguaje derivado de la oralidad y plagado de groserías, algo que había sido intentado anteriormente varias veces, pero sin buenos resultados. Esos elementos, junto a su humor negro y su visión descarnada de la época que le tocó vivir, escandalizaron a sus contemporáneos. Pese a ello, su libro fue bien recibido por críticos y lectores de todo el mundo y hasta el día de hoy, es una lectura imprescindible para quienes se dicen amantes de la literatura.

Charles Bukowski, Marguerite Duras, Henry Miller, William Burroughs y Jean Genet son sólo algunos más de esos escritores que, a pesar de sus vidas o actitudes controversiales, escribieron obras que continúan siendo referencia obligada hasta el día de hoy.

En su discurso de aceptación del National Book Award en 1976, el escritor estadounidense William Gaddis dijo: “Siento que pertenezco a una especie en extinción que piensa que un escritor debe ser leído y no escuchado, mucho menos visto. Creo que esto se debe a la tendencia común hoy en día de poner a la persona en el lugar de la obra, a convertir a un artista creativo en uno escénico, a encontrar lo que un escritor dice sobre escribir más válido, o más real, que su escritura misma”. Comparto plenamente lo dicho por Gaddis.

Ningún detalle sobre la vida o la calidad moral del escritor cambiará el hecho de que sus historias estén bien o mal escritas. Lo importante son los libros y su calidad, no sus autores.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 9 de noviembre 2014).

There are 6 comments

  1. Carlos M.

    Jacinta: Excelente artículo… todos los domingos paso rápido las páginas de LPG para leer su columna.
    Como siempre lo digo, yo me considero un “aprendiz de lector”, por ello me ha llamado mucho la atención los escritores que usted menciona (Louis Ferdinand Céline, Charles Bukowski, Marguerite Duras, Henry Miller, William Burroughs, Jean Genet y William Gaddis). Para serle honesto-y perdón por mi ignorancia, a excepción de Henry Miller- jamás los había escuchado mencionar. Quisiera pedirle una breve información sobre si existen en el país obras de dichos escritores y cuáles recomienda? Saludos y mi admiración.

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