Tarde de sábado

El rostro de la mujer con la que estoy hablando está cruzado por una intrincada trama de arrugas. Es el resultado del sol que ha tenido que soportar durante toda una vida como vendedora ambulante.

Compartimos la sombra de uno de los pocos árboles que el alcalde capitalino ha dejado en pie, en la plaza de El Salvador del Mundo. No es de extrañar que el alcalde fuera apodado como “El leñador”, en un grafiti que vi hace tiempo en un muro del centro de gobierno, por su obsesión de derribar todos los árboles posibles en los espacios públicos.

Estoy entretenida con una minuta de limón, sal y chile, viendo el ir y venir del tráfico y la gente. Me he negado desde hace años a volver a poner un pie en este lugar, ahora convertido en un espacio inclemente, donde el cemento refracta el calor y el resplandor solar, donde no hay espacios de sombra ni bancas donde sentarse, donde el ruido y el humo del tráfico son intolerables y donde el paisaje alrededor no invita a la serenidad o a la conversación. No es un lugar estimulante para ser visitado. Pero un cambio de última hora en un trabajo de campo que debía hacer con los participantes de un taller literario que estoy impartiendo, me obligó a ir y pasar un par de horas ahí.

Estamos las dos en silencio un rato. Poco a poco comenzamos a conversar. Me cuenta de sus años de vendedora ambulante, y de cómo, vendiendo en varios lugares, logró sacar adelante a sus tres hijos. Su marido murió durante la guerra (la guerra, la guerra, la guerra, siempre la guerra, como el telón de fondo de una tragicomedia de octava categoría que nunca termina y en la cual, hace mucho tiempo, ya todos dejamos de reír).

El tono de su voz y la expresión de su rostro cambian por completo cuando habla de él. Me mira. Sus ojos tienen el color del caramelo quemado. Pronto se llenan de lágrimas. Yo, que soy asquerosamente sentimental, también siento los ojos llorosos. Todavía le duele, todavía lo recuerda, todavía lo ama. Las dos tragamos gordo y hacemos el esfuerzo por no soltarnos en llanto, cada una por sus propias tragedias.

El marido de la vendedora murió en uno de aquellos enfrentamientos armados que se daban en el centro de San Salvador, a finales de los años 70. Imposible olvidar aquellos días. Recuerdo las muchedumbres que partían en las manifestaciones y que fluían por la Alameda Roosevelt para desembocar en el centro de la ciudad, donde eran esperados, las más de las veces, por francotiradores y contingentes de las fuerzas de seguridad. Con demasiada claridad recuerdo el sonido de la gente corriendo, el golpe seco de las balas, el rumor de las voces de los que huían, los charcos de sangre, carteras y bolsas tiradas en la calle, un zapato solitario, el miedo de que a mi padre (que tenía su oficina en el centro) le ocurriera algo, la sensación de irrealidad, o mejor, dicho de incredulidad. Porque era difícil creer que la crueldad existiera y que tuviera esa forma tan descarnada de irrumpir en nuestras vidas. Desde entonces aprendimos que la crueldad no usa máscaras ni sabe de compasión.

Mientras pico el hielo de la minuta con la cuchara, vemos sobrevolar el lugar por una avioneta. No se escucha su zumbido así es que sólo la mira quien alza la vista al cielo. ¿Cuándo fue que dejamos de ver el cielo? ¿Cuándo dejamos de ver la luna, las estrellas? ¿Cuándo la realidad se comió nuestros sueños y nuestra fe en el futuro?

Lo primero que pienso es que se trata de algún político que está a punto de envenenarnos la tarde con su propaganda y sus promesas vacías, pese a que no veo ningún tipo de colores partidarios. Sobrevuela una vez. En la segunda vuelta, vemos cómo de la avioneta salen nubes de papelitos. Algo dice la señora pero el ruido del tráfico traga su voz y me impide entenderla. Me apena pedirle que lo repita. Sonrío, asiento, y ella sigue hablando, sin detenerse. Me acerco un poco más para escucharla, pero el ruido es más fuerte. Veo su boca moverse pero no entiendo nada. La dejo hablar porque estoy segura que descarga su corazón. Tiene una tristeza contagiosa. Yo también quiero descargarle mis penas pero callo y me trago el ácido del limón revuelto con mi melancolía.

Los papelitos que caen se mueven por el viento de manera caprichosa. El sol los hace ver como confeti plateado. Miramos cómo caen, despacio, muy despacio. Pienso que no llegarán hasta donde estamos porque el viento parece empujarlos lejos. Recuerdo las avionetas enviadas por la oligarquía para fumigar veneno sobre la gente que iba en las manifestaciones. La gente que, a pesar de su intoxicación y del peligro involucrado, continuaba caminando hacia el centro de la ciudad, hacia los brazos de la muerte, hacia el beso de las balas. Nadie pudo contra ellos.

Alguno de esos papelitos cae cerca de nosotras. Me levanto a tomarlo. Se lo doy a la señora. Me dice que no sabe leer. Leo en voz alta: “Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré” (Jeremías 29:12). Asiente. Su resignación es dolorosa.

El grupo con el que llegué vuelve a reunirse y nos organizamos para irnos. Ya no veo a la señora. No pude despedirme.

Esa noche, en el castillo de mi soledad, repaso el día con una sensación de pesadumbre. Revivo la desubicación en una ciudad que poco a poco desconozco, que hace años dejó de ser mía. Los lugares de mi infancia y mi juventud están ahora derribados, destruidos, mutilados, abandonados. Lo único que me vincula a este lugar son las historias secretas de sus habitantes, cuyo denominador común de tristeza, comprendo muy bien. Porque los recuerdos son los fantasmas de la memoria. Y demasiadas veces, no nos dejan vivir en paz.

(Publicado en la revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 7 de diciembre, 2014. Foto: Vista al monumento del Divino Salvador del Mundo. Por Francisco Paredes, licencia Creative Commons 3.0, tomada de Wikimedia Commons).