Últimas entradas

Veinticinco años después

¿Por qué hicieron la guerra? ¿Por qué tomaron las armas? ¿Por qué no dialogaron? Son preguntas que me hacen algunos jóvenes cuando se habla de la década de los años 80 del siglo pasado. Podrían escribirse libros enteros para intentar responderlas, porque las respuestas no son sencillas.

Por lo general improviso algo que, estoy segura, no explica mucho. Suelo decir que el diálogo era totalmente imposible, que ya se habían agotado todas las opciones y alternativas, y que se hizo lo que se tenía que hacer, dadas las circunstancias. Habría que explicar muchas, tantas, demasiadas cosas más para que aquel momento de nuestra historia moderna pueda comprenderse a plenitud y para que las generaciones que no lo vivieron comprendan el punto de quiebre que significó esa década en la historia centroamericana.

Viví ese tiempo entre Nicaragua y Alemania, con varias visitas a México por cuestiones de trabajo. Quizás por eso, cuando pienso en la guerra, no pienso solamente en los eventos que ocurrieron en suelo salvadoreño, porque toda Centroamérica estaba involucrada en conflictos internos que trascendieron fronteras.

Miles de refugiados guatemaltecos, en su mayoría indígenas, huyeron de la persecución y el conflicto armado en su país. Muchos encontraron refugio en México, primero en el Estado de Chiapas y luego en Campeche, donde fueron trasladados por orden del gobierno mexicano, después que Kaibiles (la fuerza anti insurgente guatemalteca), incursionaran y atacaran uno de aquellos campamentos en 1984. Ocho refugiados fueron asesinados; sus cuerpos, mutilados.

Nicaragua intentaba implementar cambios sociales profundos en la sociedad, al mismo tiempo que debía levantar su paupérrima economía, debilitada no sólo por el saqueo previo de Anastasio Somoza y por la guerra de La Contra, sino también por el embargo económico impuesto por el gobierno de Ronald Reagan contra el gobierno sandinista.

Costa Rica servía como receptor de migrantes y asilados políticos nicaragüenses y salvadoreños perseguidos en sus países. Palmerola en Honduras y la Escuela de las Américas en Panamá funcionaron como centros de entrenamiento para las fuerzas militares centroamericanas. También sirvieron como base militar para las fuerzas estadounidenses, que estaban dispuestas a invadir Nicaragua en cualquier momento, no sólo para acabar con la revolución sandinista de una buena vez, sino también para servir de advertencia a los movimientos guerrilleros de Guatemala y El Salvador de que jamás se les permitiría tomar el poder para fundar regímenes socialistas en la región. Las invasiones a Panamá y Granada fueron claros ejemplos.

En El Salvador, dialogar fue imposible. El gobierno disparaba, torturaba y mataba a cualquier y todo opositor o sospechoso de serlo. Las cosas se fueron escalando y se salieron de control a finales de 1979, después del golpe de estado del 15 de octubre. El epítome de aquello fue el asesinato de Monseñor Romero en 1980 y la subsiguiente masacre a la población que acudió a su entierro en Catedral. Ya no hubo voluntad de nadie para las palabras, para la paciencia, para el entendimiento. A partir de ahí, nos perdimos. Fuimos poseídos por el espíritu de la guerra.

Pero la confrontación no era exclusiva de nuestra región. Iba mucho más allá. Podría decirse que era planetaria. El bloque socialista y el bloque occidental estaban confrontados en la Guerra Fría, un enfrentamiento directo, constante y amenazante entre los países más poderosos del mundo, que tenía su campo de batalla en el terreno ideológico, político, económico, tecnológico, cultural y hasta deportivo. Sus ejércitos estaban armados y listos para combatir en cualquier frente. La amenaza y el temor de ataques nucleares eran permanentes.

Veinticinco años después todo es diferente, aunque no necesariamente mejor. Al inicio, recién terminada la guerra en El Salvador, vivimos la euforia de la esperanza de un nuevo comienzo, pese a que los acuerdos firmados provocaron en algunos una sensación de pérdida al no realizarse las transformaciones sociales necesarias para solucionar las desigualdades económicas y sociales que perviven en nuestro país, y que fueron, han sido y seguirán siendo la base de nuestros conflictos, el germen de nuestra sempiterna violencia.

Nadie nos advirtió de la dureza y de los peligros de la posguerra. No estábamos preparados para ello. Las esperanzas y las buenas intenciones se diluyeron demasiado pronto. La realidad nos abofeteó día a día. La violencia renació con otros rostros, otros bandos, en otros territorios, con otras consignas. Es una violencia rabiosa, cruel, más inclemente que la vivida en la guerra. Más desesperanzadora porque aparenta no tener objetivo, solución ni final. Un enfrentamiento con trincheras y fronteras invisibles. Un paso en falso y estás muerto.

Veinticinco años después de la firma de los Acuerdos de Paz de 1992  no habría que menospreciar o subvalorar sus logros. Examinado en perspectiva, ese evento es un punto coyuntural importante en las transformaciones históricas del país. Pero sería absurdo pensar que, a partir de aquello íbamos a ser felices para siempre, como en los cuentos infantiles de antaño, y que todos, absolutamente todos nuestros problemas de país, que son numerosos y complejos, iban a solucionarse de forma rápida y sencilla.

Supongo que se espera que una escritora formule palabras de aliento en un aniversario como este, pero la verdad es que no las tengo. Tampoco voy a repetir las frases que la solemnidad o la corrección política exigen. No las siento. Veo cómo está el país en diferentes aspectos y me entristece mucho. Hay que ser muy mezquino o muy ciego para no sentir preocupación por la situación actual.

En vez de decir algo, en vez de balbucear un inútil y falso optimismo, prefiero detener el momento para pensar en los muertos de la guerra, en los desaparecidos, en los niños que fueron vendidos a familias en el extranjero, en los masacrados, en los amigos que murieron, en los indígenas y campesinos asesinados en 1932, en los que se volvieron tan locos que encontraron y encuentran placer en el acto de matar, en Monseñor, en los que siguen muriendo, en los que siguen matando y muriendo, en todos nosotros.

Que la paz nos habite pronto.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 15 de enero 2017. Foto de portadilla: monumento a las víctimas de la masacre de El Mozote, Morazán. Foto propia).

Up and Down

Entre mentiras y silencios

Mark Bellison vive en un mundo donde nadie calla su verdadera opinión de las cosas. Donde todos dicen siempre la verdad. Donde nadie miente ni ha mentido, jamás. Mark se topa con un vecino en la puerta del elevador, por ejemplo, y le pregunta el clásico “¿cómo estás?”. El vecino le dice que no está nada bien, tanto así que planea suicidarse esa misma tarde. Se lo suelta con toda normalidad y así mismo reacciona Mark ante la noticia, porque a fin de cuentas, el vecino no es una persona que le interese mucho y le da igual si vive o muere.

A Mark no le va muy bien en la vida. Está mal en su trabajo, le gusta una mujer que no está interesada en él y además tiene apuros para pagar el alquiler. Va al banco, descorazonado. Pero justamente cuando es su turno ante la ventanilla, la empleada le dice que el sistema se ha caído. Mark necesita 800 dólares, pero sabe que sólo tiene 300. Sin embargo, la situación del sistema caído le hace tener una idea descabellada que pone a prueba. Mark solicita el retiro de 800. El sistema se reinicia en ese momento, y aunque indica que Mark tiene menos en su cuenta, la cajera le entrega los 800 dólares. Como no existe la mentira, tampoco existen la duda y la desconfianza.

A partir de ese momento, Mark comienza a hacer experimentos con la mentira. Mentir le abre muchas puertas. Hasta se convierte en un profeta espiritual, cuando es descubierto asegurándole a su madre moribunda que después de la muerte hay un lugar maravilloso al que todos vamos, y que no debe sentir miedo del negro vacío que ella piensa existe después de morir. Nadie entiende cómo Mark puede saber esas cosas sobre la vida después de la muerte, pero suponen que tiene algo así como una “línea directa” con el Creador. Gracias a toda la cadena de mentiras que va diciendo, Mark se convierte poco a poco en un triunfador, en alguien popular y amado por todos.

Es el argumento de la película La invención de la mentira (2009) dirigida por Ricky Gervais y Matthew Robinson. La realización de la misma no es muy afortunada, sobre todo a partir de su segunda mitad, pero la propuesta de ese mundo donde nadie miente deja pensando al espectador sobre el pacto social de mentiras y silencios que hemos establecido, de manera tácita, para poder convivir con los demás.

La cantidad de mentiras automáticas que usamos en el trato diario es abundante. Contestar el “¿cómo estás?” que utilizamos como saludo de rigor suele ser de las más frecuentes. Tenemos angustias, problemas, dolores, pero decimos estar bien y hasta sonreímos. Lo hacemos porque eso nos evita explicarle a toda y cada una de las personas con quienes nos saludamos, conocidos y extraños, el motivo de nuestro descontento. Disimulamos, actuamos, ocultamos nuestras congojas porque no es bien visto andar por ahí diciendo cómo nos sentimos en realidad.

Tampoco está bien visto que se conteste a esa pregunta con sinceridad. Si alguien no contesta con el usual “bien”, rara vez nuestro interlocutor querrá saber el motivo del “mal” o del “más o menos” de la respuesta. Pondrá expresión de extrañeza, cambiará el tema o se retirará rápidamente con otro par de ya clásicas mentiras: “nos hablamos”, “tomémonos un café la otra semana y platicamos”, “vamos pronto a tal lado”.

Pese a que se nos enseña que la verdad, la sinceridad y la honestidad son valores positivos y deseables en todo ser humano, su práctica no resulta tan automática, transparente, fácil ni benévola. Hemos aprendido a mentir para llevar ciertas fiestas en paz. Callar, ocultar información, evadir o complicar respuestas, inventar excusas, decir verdades a medias, adular, crear falsas expectativas y alentar esperanzas irreales es mejor visto y socialmente tolerable que decir la verdad.

La mentira ha sido discutida como asunto filosófico desde la antigüedad. En La República, Platón hablaba de la “noble mentira”, aquella a la cual recurren los políticos para poder gobernar en armonía social. La idea de hacer creer al pueblo sobre su posibilidad de ascender de categoría social o de incluso gobernar algún día, también es una forma de mentira noble. La creación de dicha expectativa, la esperanza, funciona como una forma de control social.

Voltaire decía que la mentira es un vicio sólo cuando hace el mal pero que es una gran virtud cuando hace el bien. Es decir, la mentira estaría justificada si las consecuencias de la misma provocaran maldad o bondad. Sin embargo, Kant afirmaba que no mentir debería ser un deber categórico de conducta moral ejemplar. Mentir sistemáticamente en la sociedad, insistía, provocaría desconfianza entre los humanos y no sería posible la convivencia.

Si examinamos nuestra relación cotidiana con los demás, y si somos honestos con nosotros mismos, nos daremos cuenta de la profusa cantidad de mentirillas que decimos a diario. Las consideramos tan pequeñas e inofensivas que ni siquiera las catalogamos como mentiras. Es parte de un protocolo social de interacción cotidiana que asumimos para coexistir con los demás.

Toleramos y convivimos con la mentira, de múltiples formas: con los discursos políticos llenos de promesas que (sabemos demasiado bien), jamás se cumplen; con la publicidad que exalta un producto cuyas características resultan no ser tan extraordinarias como se anuncia; con mentiras sesgadas que, repetidas miles de veces, se aceptan como verdades sociales, sin intento de cuestionamiento o verificación por parte del colectivo.

Quizás toleramos, convivimos y fomentamos la mentira porque no sabemos convivir con la verdad. No hemos aprendido a enfrentarla ni a comunicarla. ¿Pero realmente podríamos vivir en un mundo donde dijéramos la verdad todo el tiempo? ¿Mentir es necesario algunas veces? ¿Es justificable decir “mentiras blancas” para no herir a alguien?

Quién sabe. Porque a veces, lo que más duele no es saber la verdad, sino saber que nos mintieron, por la deslealtad implícita en el acto de mentir.

(Publicado en la revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 4 de diciembre 2016. Ilustración en portada: Pinocho, dibujado por Enrico Mazzanti, primer ilustrador de dicha historia. Imagen de dominio público).

Editoriales independientes en El Salvador

Máquinas obedientes

La vida de Lacey transcurre en un mundo donde todos cargan su celular en la mano para calificar con un puntaje –de 1 a 5 estrellas– a cualquiera con quien se tenga algún tipo de interacción. Ser popular en redes significa adquirir oportunidades para mejorar el estatus de vida. Por eso, Lacey trata de comportarse aún más sociable y simpática que de costumbre, incluso con personas que detesta, porque su meta es vivir en un mejor apartamento.

Lacey finge amistad, sonrisas y cordialidad con las personas convenientes. La falsa amabilidad es solamente una herramienta para el logro de su objetivo. En el fondo, no siente simpatía ni consideración sincera por los demás. Pero cuando su verdadero yo aflora, ése que no está calculado y actuado para ganar popularidad en redes, las cosas se complican mucho.

Este es el argumento del primer episodio de la tercera temporada de Black Mirror. Transmitida por Netflix, la serie habla del peligro que implica el uso de la tecnología en el control y la manipulación de la conducta humana. Ubicados en un futuro tan cercano que se confunde con el presente, los diferentes episodios provocan también dudas sobre lo que llamamos realidad. ¿Qué somos los seres humanos? ¿Somos realmente un ser biológico o somos la proyección de un sistema operativo tan sofisticado que ni siquiera lo podemos imaginar? ¿Habitamos en una cookie o galleta de navegación? ¿Somos el resultado de un algoritmo o de un proyector de hologramas? Y esto que vemos, lo que llamamos la realidad, ¿de veras lo es o son imágenes que alguien programó o implantó en nuestro cerebro mediante un chip? Será que si alguien, en alguna parte, aprieta algún botón, ¿nosotros desaparecemos?

Lo más inquietante de la serie es que lo que cuenta no es improbable de ocurrir. Basta ver las redes sociales para percibir indicios de ello. Los likes, favoritos, estrellas, corazones, pulgares alzados y emoticones se convierten en la validación de tu experiencia, o peor aún, de tu persona misma. Pocos likes dan la penosa sensación de que lo que se publicó no es lo suficientemente bueno y que para la próxima hay que esforzarse más, para lograr mayor atención. Mejor café, mejores colores del atardecer, sobredosis de humor barato, los ángulos estudiados para la selfie significan más likes deseados.

La realidad en redes sociales suele estar distorsionada porque los parámetros para medirla son absurdos. Esos parámetros se basan estrictamente en términos cuantitativos y no en la calidad de contenidos. Por ejemplo en Facebook, un video se marca por visto apenas 3 segundos después de correr. En YouTube se da por visto 30 segundos después. Es decir, el número de vistas de un video no significa necesariamente que el contenido haya sido visto ni a la mitad.

El número de visitantes, seguidores, vistas o suscriptores no es lo único que se distorsiona en las redes sociales. También se distorsionan las relaciones humanas, en particular el concepto de “amistad”.

De pronto terminamos convertidos en mirones involuntarios de las vidas ajenas, de personas a las que apenas conocemos. Nosotros, además, les permitimos ser mirones de la nuestra. Se crea una falsa ilusión de amistad porque se está conectado en las redes, aunque nunca interactuemos en la realidad. Se tiene la falsa noción de que porque se tiene a alguien al alcance de un mensaje directo, se está accesible las 24 horas del día, siempre, para todos. Se tiene la falsa sensación de que conocemos al otro porque tenemos acceso a información de su cotidianidad. Esas distorsiones dan paso luego a muchos malos entendidos y disgustos en la esfera de la realidad.

Las redes sociales permiten a las personas narrar una versión editada, mejorada y coloreada de sus vidas, creando un personaje de sí mismos, un rol que se asume y se actúa en las redes pero que no necesariamente corresponde a la realidad. Esa vida editada nos puede dar representaciones totalmente erradas de la vida o personalidad de alguien. El peligro es pensar que esos historiales de las redes sociales son auténticos o un cuadro fiel de la persona a quien representa.

Es fácil perder la noción de lo privado y lo público, de lo íntimo y confidencial. Cuando se escribe desde la seguridad de una pantalla que nos separa de los demás físicamente, perdemos noción de que tenemos a cientos, a veces hasta a miles de mirones leyendo lo que posteamos.

Hay quienes no editan ni colorean sus vidas sino que se manifiestan a través de la queja, la acusación, el insulto, la descalificación, la burla, la victimización o la grosería, únicas maneras que conocen de relacionarse con los demás. El mismo anonimato mencionado anteriormente, les permite desplegar un lado de sí mismos que, en la vida cotidiana, suelen dejar oculto.

Poco es verdadero y honesto en ese océano de apariencias que son las redes sociales, donde la noticia de la mañana es rectificada al mediodía como falsa, difuminando también lo que es creíble o no; donde el scroll infinito equivale al zapping televisivo; donde el movimiento reflejo de dar like y la lectura interminable de lo que se publica en las redes, nos termina saturando de información y estímulos inútiles; donde la indignación dura lo que tarda en brotar la próxima noticia.

Ya en 1963, el filósofo alemán Martin Heidegger advirtió sobre el peligro de que el ser humano, al estar a merced de la tecnología, podría terminar transformado en una máquina controlada. Lo dijo en una entrevista, a propósito del rol que los entonces medios modernos, la radio y la televisión, jugarían en la sociedad.

En aquel entonces, Heidegger también señaló la necesidad de una reflexión sobre lo que es el ser humano. Una reflexión que se impone y que sigue siendo necesaria, hoy más que nunca, para evitar transformarnos en máquinas obedientes del sistema, si no es que ya lo somos.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 20 de noviembre 2016. En portada: fotograma de «Nosedive», primer episodio de la tercera temporada de Black Mirror, al cual me refiero al inicio de esta columna).

Libros de Bob Dylan

En busca del silencio perdido

Hace casi seis años, cuando me mudé a vivir a la casa desde donde escribo esta columna, me arrepentí casi de inmediato. Ubicada a escasos metros de la Carretera Panamericana, el ruido del tráfico vehicular era intenso, día y noche, siempre. La casa vibraba mucho y el ruido era incesante.

Un día la situación me desesperó tanto que me puse a llorar. Pensé que iba a perder la razón escuchando vehículos día y noche, sin descanso. Añoraba unas horas de silencio total, sobre todo en las noches, cuando el ruido me hacía difícil dormir. Sentí nostalgia por el canto de los grillos en la noche y por el canto de los pájaros al amanecer.

Después de una semana, recordando que tenía firmado un contrato para un año de alquiler y lo mucho que me había costado encontrar una casa según mis necesidades, asumí que no había nada más que hacer que adaptarse. Cuando llegué a esa conclusión, también se activó algún mecanismo de defensa en mi cuerpo. El ruido vehicular pasó a un segundo plano de manera tan óptima, que ahora es un sonido de fondo tolerable del cual, muchas veces, ya ni me doy cuenta.

Con el tiempo, aprendí a identificar algunos ruidos que ahora son parte de mi cotidianidad. Lo más común son los vehículos que pitan “la vieja”. Los que tienen pitos con el tema de la película “El padrino”, “Tequila”, “La cucaracha” y mi favorita, “Vamos a la playa, ohohohohoh”. El bus interurbano que tiene múltiples cornetas metálicas al frente y que suena como pito de tren. Los inmisericordes traileros que pasan pitando a las 4:30 de la mañana o que activan sus frenos de aire, imagínese usted qué gran casualidad, justo aquí, frente a la colonia. Sirenas de ambulancias, policía o bomberos. Camioncitos anunciando promociones con sus parlantes. Un reggaetón intenso saliendo a todo volumen de algún vehículo. Carros que suenan como si se fueran desarmando a pedazos en cada vuelta de rueda. Caravanas de motos de los clubes de motociclistas. Manifestaciones con gente gritando sus demandas a través de megáfonos. Chillidos de frenos. El ruido de vidrios rotos y de lata golpeada.

Cuando algún frenazo termina en choque, ocurre siempre algo extraño. Inmediatamente después del sonido de la colisión, hay unos segundos de absoluto silencio. Como si el universo se paralizara por un instante, como si todo quedara en estupor. Después de cuatro o cinco segundos, el ruido se reactiva y el tráfico continúa con su ajetreo habitual.

Aprendí a medir el tiempo gracias a las variaciones del ruido vehicular. Todos los días hay tráfico pesado y congestionamientos frente a la casa, pero hasta eso tiene sus horas altas y bajas. Sé decir cuándo es quincena o cuándo es viernes, porque el tráfico empieza más temprano, a eso de las 4 p.m., y termina más tarde, pasadas las 7:30 de la noche. En esas horas es imposible hacer abstracción del ruido, porque el rugir de los motores parece reflejar la impaciencia y la agresividad de los conductores. Los motores no descansan, los frenos chirrían, los pitazos son largos e interminables (porque hay conductores ingenuos que creen que si dejan puesta la mano sobre el pito, el tráfico se va disolver, como en un acto de magia). De pronto se escuchan hasta las voces de los conductores que se gritan de ventanilla a ventanilla. Y por supuesto, no se dicen palabras bonitas.

El obligado proceso de observación al que me someto en las noches de insomnio me permite decir también, con absoluta certeza, que en la Panamericana el tráfico se mantenía intenso día y noche a excepción de una pequeña ventana entre las 3 y las 3:10 de la mañana, único momento de todas las 24 horas del día en que lograba escuchar unos minutos de silencio. A veces eran menos de cinco minutos. Esto lo sé porque, manías de insomne, me puse a medir ese momento varias veces, reloj en mano.

El simple hecho de volver a escuchar unos minutos de silencio en la madrugada valía la pena de mi insomnio. Disfrutaba esos segundos como quien sorbe un buen vino. Era algo así como el paraíso recobrado. Pero al igual que toda felicidad, duraba demasiado poco.

Las cosas mejoraron levemente cuando se inauguró el Boulevard Monseñor Romero. Después de un par de meses, cuando los conductores se acostumbraron a la idea de la nueva autopista, la carga vehicular pareció equilibrarse, sobre todo por las madrugadas. Desde que encementaron la calle, la casa sólo vibra cuando pasan furgones de alto tonelaje. Siempre hay tráfico incesante, pero las pausas de tranquilidad aumentaron un poquito. Ahora, la ventana de tiempo en la que ocurren rachas de minutos continuos de absoluto silencio va desde las 2:30 hasta las 3:30 a.m. En domingos, quizás hasta las 4. Aunque a esas horas, todavía pasa más de algún conductor.

Como el motociclista que suelo escuchar después de las 2 de la mañana, con una moto tan potente que puede seguirse el rastro del sonido durante un tiempo que parece larguísimo. Siempre trato de imaginar su recorrido a medida que se desvanece el ruido de la moto. Ese motociclista misterioso de mis madrugadas insomnes me permitió comprender a plenitud aquel verso de Roque Dalton sobre “la nocturna crueldad de los motociclistas / que lanzan rudas piedras al ángel de los sueños”.

Siempre me pregunto los motivos por los que alguien anda en la calle de madrugada. Imagino fiestas, velorios, emergencias, trabajos, delincuentes, gente yendo al puerto a comprar pescado para algún negocio. Pensando en esas cosas, me quedo dormida.

Entonces sueño que soy ese motociclista en la madrugada, manejando sin casco en una carretera tupida de árboles, sin casas, sin alumbrado público, sin un alma. Con el frío de la madrugada golpeándome el rostro y el viento amenazando con arrancarme la cabellera. Y yo, manejando sin destino, siendo engullida por la oscuridad de lo incierto, buscando un silencio que jamás alcanzo.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 6 de noviembre de 2016). 

Laika

Como todo perro callejero, tuvo varios nombres. Fue llamada Krudyavka (rizada, por la forma de su cola), Zhuchka (pequeño insecto) y Limonchik (limoncito). Pero esta perrita de caza siberiana, similar a un fox terrier, alcanzaría la inmortalidad bajo el nombre de Laika, que significa “ladradora”, en ruso.

Cuando fue capturada en alguna calle de Moscú, tenía unos 3 años y pesaba 12 libras. Fue llevada al Instituto de Medicina Aeronáutica donde otras perras eran sometidas a experimentos sobre la reacción de los animales en vuelos de máxima altitud. El objetivo era, finalmente, probar si un ser vivo podría resistir un viaje espacial.

Se seleccionaron hembras por su forma de orinar. Un macho levantaría la pata y ocuparía demasiado espacio en la pequeña cápsula que se tenía planificada para la eventual cosmonauta canina. Y es que en cosa de un mes, luego del exitoso lanzamiento del Sputnik 1, el 4 de octubre de 1957, por parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el entonces gobernante Nikita Khrushchev se empeñó en que era hora de lanzar a alguna de las perras entrenadas al espacio. Y se encaprichó con que el lanzamiento se realizara en los primeros días de noviembre, para celebrar el cuadragésimo aniversario de la revolución bolchevique.

Las consideraciones políticas primaron sobre esta decisión. Los soviéticos estaban enfrascados en una carrera espacial contra los estadounidenses y querían ganarla a toda costa. Pero varios científicos del programa espacial ruso consideraban que no era el momento apropiado para mandar a un ser vivo al espacio pues no había manera de construir, en tan sólo cuatro semanas, una nave apta para volver a la tierra. Cualquier ser que se enviara al espacio iría al sacrificio.

Tres fueron las perras consideradas para la misión: Laika, Albina y Mushka. Pero Laika fue la seleccionada finalmente por Oleg Gazenko, el director del Instituto de Problemas Biomédicos, por su buena disposición, su docilidad, su paciencia y el buen ánimo con el que superaba todas las pruebas. Albina sería la sustituta inmediata en caso de que, por algún problema, Laika no pudiera viajar.

Gazenko mismo las entrenó confinándolas en espacios cada vez más reducidos, simulando el despegue al introducirlas en una cápsula sometida a fuerza centrífuga y a ruidos, vibraciones y aceleraciones, para acostumbrarlas al lanzamiento.

La alimentación de las perras también fue modificada. Se les enseñó a accionar un mecanismo en un aparato que les presentaba un alimento gelatinoso elaborado a base de carne, granos, grasa y mucha agua. Fueron vestidas con arneses para acostumbrarlas al traje que deberían llevar puesto y que serviría, además, para mantener en su lugar los electrodos que luego les serían implantados

Seis días antes del lanzamiento, Gazenko mismo hizo la cirugía en ambas perras para coser bajo su piel alambres de plata para conectar los electrodos de monitoreo. También exteriorizó la arteria carótida en el cuello. Todo esto serviría para realizar neumogramas, electrocardiogramas y vigilar la presión sanguínea durante el despegue y el viaje mismo. También habían sido entrenadas para eso, poniéndoles una faja en el cuello, para que se acostumbraran a la sensación que tendrían una vez realizada la cirugía.

El 31 de octubre de 1957, luego de su acostumbrada caminata matutina, Laika fue frotada con una solución de alcohol en todo su cuerpo y se le colocaron los últimos sensores y el chaleco con el arnés que la mantendría encadenada dentro del Sputnik 2. Eso evitaría que la falta de gravedad le hiciera dar vueltas en el puesto que tenía destinado. Dicho chaleco incluía una bolsa para los deshechos biológicos.

Así fue llevada al Cosmódromo de Baikonur, una de las instalaciones soviéticas secretas, ubicadas al noreste del Mar de Aral (en lo que es hoy Kazajistán). Fue colocada dentro de la cápsula que se convertiría en su ataúd, entre dos anchos cojines y sobre una plataforma aislante del calor. La cápsula fue luego colocada sobre un cohete R-7.

Allí permanecería 3 días, observada las 24 horas. Laika permaneció disciplinada, tranquila y paciente en su lugar, tal y como había sido entrenada.

A las 5 y 30 de la mañana, hora de Moscú, del domingo 3 de noviembre de 1957, el cohete fue lanzado desde la plataforma. Según el monitoreo de sus signos vitales, Laika entró en pánico. Sus latidos aumentaron a 260 por minuto (cuando su ritmo normal era de 103). También aumentó su frecuencia respiratoria. Sin embargo, no fue signo de alarma para nadie, ya que algunas perras, en entrenamientos anteriores, habían reaccionado de esa manera.

 El lanzamiento y el posterior desprendimiento de la cápsula cónica fueron un éxito. Pero otra sección de la nave que debía desprenderse no lo hizo y causó el sobrecalentamiento que provocaría la muerte de la involuntaria heroína, entre cinco y siete horas después del despegue y cuando daba su cuarta vuelta alrededor de la tierra, información que no se hizo pública sino hasta el 2002.

 “¡Está viva! ¡Victoria!”, le fue anunciado al mundo. En Moscú, los soviéticos celebraron. La carrera espacial había sido ganada. Posteriormente mandarían una docena de perras más en viajes orbitales, de las cuales algunas volverían vivas a la tierra.

Aconteció así una de las historias más conmovedoras del sacrificio animal en aras de la política y la enajenación humana. Una perra lanzada no sólo al espacio, sino a la inmortalidad y a la fascinación eterna del imaginario colectivo.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 1 de noviembre, 2009. En la foto, Laika en la cápsula de entrenamiento).

Ricardo Lindo #EscritoresSalvadoreños

«Lento poema de los mares», Ricardo Lindo

Para Zipacná de León

Yo quisiera escribir un poema del mar,
Un lento, largo poema de los mares,
De todos los mares del mundo,
De los que conozco y de los que me quedan por conocer,
Porque han estado más lejos de mis manos y mis pies,
Y del tiempo que me ha tocado vivir.
Yo quisiera escribir un poema del mar de mi tierra,
Y de todos los mares de todas las tierras,
Del planeta que gira en la pecera de cristal del espacio,
Pez redondo rodeado de sí mismo hasta el aire,
Navegando en el lento mar del espacio.
Yo recuerdo una noche,
Y estoy tan lejos de mí mismo que aún me queda una noche
Yo recuerdo una noche hecha del tejido de sí misma hasta el aire,
Donde el mar resplandece de plancton como habitado
Por astros innumerables y diminutos,
Suspendidos sobre la superficie de las aguas
En el horizonte del aire.
Cada gota está habitada por un pequeño dios luminoso,
O por muchos millones de dioses luminosos.
Levanto cien en mi mano,
Y me siento vecino de las estrellas
Bajo la inmensa luna de verano,
Y para el viento.
Es el viento del trópico de la noche,
Donde los pensamientos navegan como peces.
Yo recuerdo esa maravillosa noche de verano junto al mar de mi tierra,
Donde hablaban los astros del cielo profundo del agua,
Mientras movían las palmeras sus cabelleras pensativas.
Yo recuerdo esa noche como un inagotable tesoro de los mares,
Que no escondió pirata alguno en el agua,
Sino Dios, en la infinita levedad de las fuertes olas.
Cada gota palpitaba de lentos planetas desnudos,
Que harían las costas de la soledad,
Ricos de sí mismos y conscientes, doblemente altos
Por nacer de lo profundo,
Instalando con fuerza y continencia su poderío
Sobre las olas del mar de la noche.
Tengo en las manos lluvias
Y una nube de lluvia,
Y recuerdo otros mares otras olas otros árboles,
Las graves costas grises y frías
Donde naufragan olas grises
Bajo el chillido de los pájaros,
Que habitan en islotes de piedras,
Donde apenas crece la hierba.
Y recuerdo una tarde
Que me duele en lo más hondo del duro corazón,
Y que recuerdas tú, Christine,
Y que recordaría aún Patrick, si viviera.
En las costas de Francia,
Entramos a un acuario que el guardián ha abandonado,
Olvidando cerrar la puerta y apagar las luces de las peceras,
Que brillan en la penumbra.
Nosotros circulamos en la penumbra acuática
Entre peces que vienen de todos los mares del mundo,
Y estamos solos en su augusta presencia.
Un dorado pez mandarín que viene de la China
Hace ondular su larga y delgada cola transparente,
Mientras la anguila eléctrica descansa como una pila acuática,
Y cada pez es una fórmula de plata y jade y azafrán
Y oro rubio y azul cobalto,
En la penumbra de una tarde de un cuarto de una
Ciudad que ya no recuerdo,
Junto al mar mediterráneo.
Vuelta, mar de los sueños.
Yo te veo instalando dunas de arena gris donde
Donde crecen pequeñas plantas espinosas,
Muy al Norte y muy al Sur del planeta,
Ahí donde hace frío.
Y yo te veo, mar gris donde navega la memoria de
De innumerables navegantes,
Que se olvidaron de ti porque ya yacen en el fondo de ti,
Con sus cráneos habitados por líquenes por cabellera,
Mientras circulan peces diminutos por las cuencas vacías de sus ojos.
Yo muchas veces quise ser uno de ellos,
Y estar ya para siempre olvidado de mí mismo y el aire
en el fondo de ti
Gran mar azul,
Recogido en tus aguas como se recogen los monjes
En silencio y en la soledad.
Yo he amado tu infinita grandeza, mar
Que entre todo lo que habita la tierra,
Es lo que más se parece a la eternidad.
Dicen que el mar es una forma de los cielos.
Creo también que es una forma de los sueños,
Y, pues venimos de él,
También a él debemos volver,
Como se vuelve a Siempre
Cuando se han apagado los relojes.
Es muy tarde.
Estoy lejos de las olas,
La noche me recoge,
Y en la mente navegan los mares que he vivido,
Mientras navegan peces con nombres en latín
En mares tan lejanos como el olvido.
Vuela en la noche negra una estrella que cae al agua
Y desea aprender de nuevo a ser un pez,
Y el mar, que late hondo,
La acepta como un pan caído de la luna.

(Del libro El señor de la casa del tiempo, Serviprensa, Guatemala, 1988).

Noticias desde la Calle Desolación

Que le hayan dado el Premio Nobel de Literatura 2016 a Bob Dylan, un cantautor, no me sorprende. No siento que sea “un insulto a los escritores o a la literatura”, ni tampoco que “la literatura ha muerto” por eso, como dijeron muchos detractores de esta designación, entre ellos, varios escritores reconocidos.

¿Por qué tanto desgarrarse las vestiduras por un premio literario, no importando cómo se llame el premio o el ganador del mismo? La literatura no es competencia. El Nobel no es un sello indiscutible, absoluto e incuestionable de calidad. Hay docenas de ganadores del Nobel de Literatura que son desconocidos y que están en el olvido, a pesar de haberlo ganado.

Los sorprendidos porque el Nobel de Literatura se le concediera este año a un músico, aprovechan también para despotricar contra la ganadora del año pasado, una periodista. Son sus argumentos para decir que en Suecia ya no saben lo que es literatura. Olvidan o ignoran que en 1953, el estadista británico Sir Winston Churchill ganó el mismo premio por “su maestría en la descripción histórica y biográfica, así como por su brillante oratoria en la defensa de los valores humanos”. La literatura no murió por ello.

Desde el inicio de este siglo se viene ampliando el concepto de lo que puede ser considerado como literatura. Las novelas gráficas, el guión cinematográfico, las series televisivas, el reportaje y la crónica periodística son sólo algunos ejemplos de los múltiples medios de escritura que están teniendo tanto o incluso mayor impacto que la ficción literaria contemporánea (limitada todavía, en la mente de muchos, a la novela y al cuento).

Bob Dylan ha sido un prolífico compositor de canciones. Es muy fácil encontrar lo literario de sus letras. Dylan alimentó su oficio inicial del folk estadounidense, un género musical enraizado en la oralidad, en las historias de vida de mineros, cosechadores, desempleados, vagabundos y todo tipo de miserables. Muchos de ellos viajaban como polizontes, por tren o por carretera, de una punta del país a la otra, en busca de un sueño americano que les fue esquivo. Woody Guthrie, una de las grandes influencias de Dylan, anduvo con esos hobos o vagabundos, trasladando a canciones los relatos de sus compañeros de desgracia, durante los peores años de la depresión económica estadounidense.

Hay infinidad de canciones de Dylan que son historias. “The Ballad of Franky Lee and Judas Priest” y “Hurricane” son apenas un par de ejemplos. “Lay, Lady, Lay” y “Sara” son dos de las canciones de amor más bellas que conozco. Muchas otras de sus canciones son lúcidas y potentes reflexiones filosóficas, políticas y sociales. Dylan utilizó además la técnica del fluir de conciencia no sólo para escribir canciones sino también para escribir su única novela, Tarántula, publicada en 1971. Dicha técnica también fue usada por Virginia Woolf, James Joyce y la generación Beat.

Es obvio que Bob Dylan tiene un conocimiento profundo de la palabra, en toda su complejidad. Conoce la fuerza de la palabra escrita, hablada y cantada, debido a la exhaustiva exploración de diferentes técnicas literarias utilizadas para componer sus canciones. Es alguien que sabe contar una historia. No me cabe duda alguna de que el conjunto de la letra de sus canciones es literatura. Tiene ese peso.

Pero yo conocí la música de Bob Dylan como una música de rebeldía, de protesta, de anti-establishment. Bob Dylan era el underdog, el perdedor que se atrevía a levantarle el dedo medio en su cara al sistema y decirle más de alguna verdad. Sin paños tibios. Podía hacerlo porque era un don nadie. “When you ain’t got nothing, you got nothing to lose”. “Cuando no se tiene nada, no se tiene nada que perder”, cantaba en la emblemática “Like a Rolling Stone”.

Ese muchacho nacido en Minnesota y que se fue a Nueva York a buscar fortuna, nos advertía a todos del apocalipsis final orquestado por los poderosos, los políticos y los burgueses, a quienes en una de sus más duras canciones, “Masters of War”, les decía que no valían ni la sangre que corría por sus venas.

Dylan cantaba lo que todos querían decir en los años 60 y 70 del siglo pasado, décadas que hablaban de amor, de paz, pero sobre todo, de revolución, de lucha, de cambio. Dylan supo cómo capturar el espíritu de su época y ponerlo en palabras. Por eso lo llamaron “la conciencia de su generación”.

Pero el motivo por el que no me gusta que le hayan dado el premio a Bob Dylan es extra literario. No me gusta cuando el sistema aplaude a nuestros íconos de rebeldía, manoseando su mensaje y transformándolo en mercancía. No me gusta ver a un antiguo rebelde siendo aplaudido por el mismo sistema al que hasta relativamente poco todavía escupía en el rostro.

En la más oscura y profunda catacumba de mi alma, tengo la esperanza de que Bob Dylan rechace el premio, en un gesto final de rebeldía. Me alegraría muchísimo si lo hiciera. Pero supongo que no lo hará, como no lo hizo cuando aceptó la Medalla Presidencial de la Libertad de los Estados Unidos, que le otorgó el presidente Barack Obama en el 2012. Me incomodó mucho aquella foto de Dylan siendo condecorado. El papá sistema premiaba al niño rebelde. Se lo comía. Lo tornaba en una pieza inocua de nostalgia sesentera.

Me quedo con el Dylan de antes de 1979, el Dylan que me enseñó a protestar y a no tener miedo de decir y escribir las palabras exactas de lo que debe decírsele en su cara al sistema. Me quedo con el Dylan que nos advirtió que los tiempos estaban cambiando (¡y cuánta razón tenía!). Me quedo con el Dylan que me enseñó a leer a Dylan Thomas, a Rimbaud, a Baudelaire. Me quedo con el Dylan irónico, el Dylan maldito, el Dylan siempre inconforme que nos traía noticias desde la Calle Desolación.

Ese Dylan es literatura en esencia. Ese Dylan no necesita premio alguno.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 23 de octubre 2016. En portadilla: libros de Bob Dylan. Foto propia).

Gomorra: el libro y la serie