Entre mentiras y silencios

Mark Bellison vive en un mundo donde nadie calla su verdadera opinión de las cosas. Donde todos dicen siempre la verdad. Donde nadie miente ni ha mentido, jamás. Mark se topa con un vecino en la puerta del elevador, por ejemplo, y le pregunta el clásico “¿cómo estás?”. El vecino le dice que no está nada bien, tanto así que planea suicidarse esa misma tarde. Se lo suelta con toda normalidad y así mismo reacciona Mark ante la noticia, porque a fin de cuentas, el vecino no es una persona que le interese mucho y le da igual si vive o muere.

A Mark no le va muy bien en la vida. Está mal en su trabajo, le gusta una mujer que no está interesada en él y además tiene apuros para pagar el alquiler. Va al banco, descorazonado. Pero justamente cuando es su turno ante la ventanilla, la empleada le dice que el sistema se ha caído. Mark necesita 800 dólares, pero sabe que sólo tiene 300. Sin embargo, la situación del sistema caído le hace tener una idea descabellada que pone a prueba. Mark solicita el retiro de 800. El sistema se reinicia en ese momento, y aunque indica que Mark tiene menos en su cuenta, la cajera le entrega los 800 dólares. Como no existe la mentira, tampoco existen la duda y la desconfianza.

A partir de ese momento, Mark comienza a hacer experimentos con la mentira. Mentir le abre muchas puertas. Hasta se convierte en un profeta espiritual, cuando es descubierto asegurándole a su madre moribunda que después de la muerte hay un lugar maravilloso al que todos vamos, y que no debe sentir miedo del negro vacío que ella piensa existe después de morir. Nadie entiende cómo Mark puede saber esas cosas sobre la vida después de la muerte, pero suponen que tiene algo así como una “línea directa” con el Creador. Gracias a toda la cadena de mentiras que va diciendo, Mark se convierte poco a poco en un triunfador, en alguien popular y amado por todos.

Es el argumento de la película La invención de la mentira (2009) dirigida por Ricky Gervais y Matthew Robinson. La realización de la misma no es muy afortunada, sobre todo a partir de su segunda mitad, pero la propuesta de ese mundo donde nadie miente deja pensando al espectador sobre el pacto social de mentiras y silencios que hemos establecido, de manera tácita, para poder convivir con los demás.

La cantidad de mentiras automáticas que usamos en el trato diario es abundante. Contestar el “¿cómo estás?” que utilizamos como saludo de rigor suele ser de las más frecuentes. Tenemos angustias, problemas, dolores, pero decimos estar bien y hasta sonreímos. Lo hacemos porque eso nos evita explicarle a toda y cada una de las personas con quienes nos saludamos, conocidos y extraños, el motivo de nuestro descontento. Disimulamos, actuamos, ocultamos nuestras congojas porque no es bien visto andar por ahí diciendo cómo nos sentimos en realidad.

Tampoco está bien visto que se conteste a esa pregunta con sinceridad. Si alguien no contesta con el usual “bien”, rara vez nuestro interlocutor querrá saber el motivo del “mal” o del “más o menos” de la respuesta. Pondrá expresión de extrañeza, cambiará el tema o se retirará rápidamente con otro par de ya clásicas mentiras: “nos hablamos”, “tomémonos un café la otra semana y platicamos”, “vamos pronto a tal lado”.

Pese a que se nos enseña que la verdad, la sinceridad y la honestidad son valores positivos y deseables en todo ser humano, su práctica no resulta tan automática, transparente, fácil ni benévola. Hemos aprendido a mentir para llevar ciertas fiestas en paz. Callar, ocultar información, evadir o complicar respuestas, inventar excusas, decir verdades a medias, adular, crear falsas expectativas y alentar esperanzas irreales es mejor visto y socialmente tolerable que decir la verdad.

La mentira ha sido discutida como asunto filosófico desde la antigüedad. En La República, Platón hablaba de la “noble mentira”, aquella a la cual recurren los políticos para poder gobernar en armonía social. La idea de hacer creer al pueblo sobre su posibilidad de ascender de categoría social o de incluso gobernar algún día, también es una forma de mentira noble. La creación de dicha expectativa, la esperanza, funciona como una forma de control social.

Voltaire decía que la mentira es un vicio sólo cuando hace el mal pero que es una gran virtud cuando hace el bien. Es decir, la mentira estaría justificada si las consecuencias de la misma provocaran maldad o bondad. Sin embargo, Kant afirmaba que no mentir debería ser un deber categórico de conducta moral ejemplar. Mentir sistemáticamente en la sociedad, insistía, provocaría desconfianza entre los humanos y no sería posible la convivencia.

Si examinamos nuestra relación cotidiana con los demás, y si somos honestos con nosotros mismos, nos daremos cuenta de la profusa cantidad de mentirillas que decimos a diario. Las consideramos tan pequeñas e inofensivas que ni siquiera las catalogamos como mentiras. Es parte de un protocolo social de interacción cotidiana que asumimos para coexistir con los demás.

Toleramos y convivimos con la mentira, de múltiples formas: con los discursos políticos llenos de promesas que (sabemos demasiado bien), jamás se cumplen; con la publicidad que exalta un producto cuyas características resultan no ser tan extraordinarias como se anuncia; con mentiras sesgadas que, repetidas miles de veces, se aceptan como verdades sociales, sin intento de cuestionamiento o verificación por parte del colectivo.

Quizás toleramos, convivimos y fomentamos la mentira porque no sabemos convivir con la verdad. No hemos aprendido a enfrentarla ni a comunicarla. ¿Pero realmente podríamos vivir en un mundo donde dijéramos la verdad todo el tiempo? ¿Mentir es necesario algunas veces? ¿Es justificable decir “mentiras blancas” para no herir a alguien?

Quién sabe. Porque a veces, lo que más duele no es saber la verdad, sino saber que nos mintieron, por la deslealtad implícita en el acto de mentir.

(Publicado en la revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 4 de diciembre 2016. Ilustración en portada: Pinocho, dibujado por Enrico Mazzanti, primer ilustrador de dicha historia. Imagen de dominio público).

There are 3 comments

  1. Lorena Salgado Sánchez

    En mi curiosidad por entender por qué la autora relaciona la mentira con el silencio y si me apoyo en el sofisma como argumento falso que induce a error, tal vez por allí va el aporte literario del escrito de Jacinta Escudos. Verdad absoluta no hay, a menos que nos apoyemos en dogmas. Y si su antónimo es la Mentira absoluta, ya entiendo a los sofistas. ¿Es posible hablar de verdad o mentira cuando aludimos a la práctica político-electoral? ¿A qué se debe el anhelo de verdad atrapado en la mentira cotidiana? ¿Hay acaso en la comunicación diaria una cadena de mentiras y silencios? Antes de decir mentiras….mejor guardo silencio….¿Cómo estás?….

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  2. Alejandro Rodríguez

    En primer lugar, el artículo define como mentira a un tipo de transacciones sociales superficiales surgidas entre quienes mantienen rutinas convencionales. En segundo lugar, se cae en la dicótoma verdad-mentira ¿Qué hay del continuo de interpretaciones que pueden caer más cerca de uno u otro extremo? Finalmente, la calificación de una circunstancia como verdad o mentira es histórica y subjetiva, arraigada a las circunstancias de tiempo y espacio, y al punto de vista del que las categoriza como tales. En suma, me parece una lamentable mezcla de sofismas. Hubiera sido mejor guardar silencio. La autora sabrá valorar mi valor al decirle lo que pienso si aprecia ser dicha con la verdad

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