En busca del silencio perdido

Hace casi seis años, cuando me mudé a vivir a la casa desde donde escribo esta columna, me arrepentí casi de inmediato. Ubicada a escasos metros de la Carretera Panamericana, el ruido del tráfico vehicular era intenso, día y noche, siempre. La casa vibraba mucho y el ruido era incesante.

Un día la situación me desesperó tanto que me puse a llorar. Pensé que iba a perder la razón escuchando vehículos día y noche, sin descanso. Añoraba unas horas de silencio total, sobre todo en las noches, cuando el ruido me hacía difícil dormir. Sentí nostalgia por el canto de los grillos en la noche y por el canto de los pájaros al amanecer.

Después de una semana, recordando que tenía firmado un contrato para un año de alquiler y lo mucho que me había costado encontrar una casa según mis necesidades, asumí que no había nada más que hacer que adaptarse. Cuando llegué a esa conclusión, también se activó algún mecanismo de defensa en mi cuerpo. El ruido vehicular pasó a un segundo plano de manera tan óptima, que ahora es un sonido de fondo tolerable del cual, muchas veces, ya ni me doy cuenta.

Con el tiempo, aprendí a identificar algunos ruidos que ahora son parte de mi cotidianidad. Lo más común son los vehículos que pitan “la vieja”. Los que tienen pitos con el tema de la película “El padrino”, “Tequila”, “La cucaracha” y mi favorita, “Vamos a la playa, ohohohohoh”. El bus interurbano que tiene múltiples cornetas metálicas al frente y que suena como pito de tren. Los inmisericordes traileros que pasan pitando a las 4:30 de la mañana o que activan sus frenos de aire, imagínese usted qué gran casualidad, justo aquí, frente a la colonia. Sirenas de ambulancias, policía o bomberos. Camioncitos anunciando promociones con sus parlantes. Un reggaetón intenso saliendo a todo volumen de algún vehículo. Carros que suenan como si se fueran desarmando a pedazos en cada vuelta de rueda. Caravanas de motos de los clubes de motociclistas. Manifestaciones con gente gritando sus demandas a través de megáfonos. Chillidos de frenos. El ruido de vidrios rotos y de lata golpeada.

Cuando algún frenazo termina en choque, ocurre siempre algo extraño. Inmediatamente después del sonido de la colisión, hay unos segundos de absoluto silencio. Como si el universo se paralizara por un instante, como si todo quedara en estupor. Después de cuatro o cinco segundos, el ruido se reactiva y el tráfico continúa con su ajetreo habitual.

Aprendí a medir el tiempo gracias a las variaciones del ruido vehicular. Todos los días hay tráfico pesado y congestionamientos frente a la casa, pero hasta eso tiene sus horas altas y bajas. Sé decir cuándo es quincena o cuándo es viernes, porque el tráfico empieza más temprano, a eso de las 4 p.m., y termina más tarde, pasadas las 7:30 de la noche. En esas horas es imposible hacer abstracción del ruido, porque el rugir de los motores parece reflejar la impaciencia y la agresividad de los conductores. Los motores no descansan, los frenos chirrían, los pitazos son largos e interminables (porque hay conductores ingenuos que creen que si dejan puesta la mano sobre el pito, el tráfico se va disolver, como en un acto de magia). De pronto se escuchan hasta las voces de los conductores que se gritan de ventanilla a ventanilla. Y por supuesto, no se dicen palabras bonitas.

El obligado proceso de observación al que me someto en las noches de insomnio me permite decir también, con absoluta certeza, que en la Panamericana el tráfico se mantenía intenso día y noche a excepción de una pequeña ventana entre las 3 y las 3:10 de la mañana, único momento de todas las 24 horas del día en que lograba escuchar unos minutos de silencio. A veces eran menos de cinco minutos. Esto lo sé porque, manías de insomne, me puse a medir ese momento varias veces, reloj en mano.

El simple hecho de volver a escuchar unos minutos de silencio en la madrugada valía la pena de mi insomnio. Disfrutaba esos segundos como quien sorbe un buen vino. Era algo así como el paraíso recobrado. Pero al igual que toda felicidad, duraba demasiado poco.

Las cosas mejoraron levemente cuando se inauguró el Boulevard Monseñor Romero. Después de un par de meses, cuando los conductores se acostumbraron a la idea de la nueva autopista, la carga vehicular pareció equilibrarse, sobre todo por las madrugadas. Desde que encementaron la calle, la casa sólo vibra cuando pasan furgones de alto tonelaje. Siempre hay tráfico incesante, pero las pausas de tranquilidad aumentaron un poquito. Ahora, la ventana de tiempo en la que ocurren rachas de minutos continuos de absoluto silencio va desde las 2:30 hasta las 3:30 a.m. En domingos, quizás hasta las 4. Aunque a esas horas, todavía pasa más de algún conductor.

Como el motociclista que suelo escuchar después de las 2 de la mañana, con una moto tan potente que puede seguirse el rastro del sonido durante un tiempo que parece larguísimo. Siempre trato de imaginar su recorrido a medida que se desvanece el ruido de la moto. Ese motociclista misterioso de mis madrugadas insomnes me permitió comprender a plenitud aquel verso de Roque Dalton sobre “la nocturna crueldad de los motociclistas / que lanzan rudas piedras al ángel de los sueños”.

Siempre me pregunto los motivos por los que alguien anda en la calle de madrugada. Imagino fiestas, velorios, emergencias, trabajos, delincuentes, gente yendo al puerto a comprar pescado para algún negocio. Pensando en esas cosas, me quedo dormida.

Entonces sueño que soy ese motociclista en la madrugada, manejando sin casco en una carretera tupida de árboles, sin casas, sin alumbrado público, sin un alma. Con el frío de la madrugada golpeándome el rostro y el viento amenazando con arrancarme la cabellera. Y yo, manejando sin destino, siendo engullida por la oscuridad de lo incierto, buscando un silencio que jamás alcanzo.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 6 de noviembre de 2016). 

There is one comment

  1. sama

    Jacinta, te admiro mucho como escritora y como mujer (con todo respeto pero eres un amor platónico) acabo de leer tu columna (siempre son una opción refrescante tus columnas) del día 06 de noviembre, me gusto mucho y me identifico mucho con ella, yo también padezco de insomnio y las mismas preguntas que tú te haces me hago yo cuando escucho ese tráfico pasar por mi casa ya entrada la noche y en la madrugada, saludos.

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