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Los talleres literarios de Jacinta Escudos

Permanencia literaria

Hace pocos años, en uno de mis talleres de narrativa, le di de leer a los participantes algunos cuentos de El llano en llamas, del escritor mexicano Juan Rulfo. Varios son joyas del género y suelo usarlos para ejemplificar la efectividad del uso del diálogo, la descripción y la creación de ambientes mediante la sobriedad del lenguaje.

Pero cuando tocó discutir los cuentos, noté que algo pasaba. Pocos habían leído o terminado de leer los cuentos. Por fin, algunos participantes confesaron que les aburrió Rulfo y que querían leer cosas que tuvieran más relación con el tiempo actual.

Recordé mis días de colegio. De pronto me sentí como alguno de aquellos profesores que nos obligaron a leer textos que nos aburrían y que para muchos implicó el alejamiento definitivo de la lectura. Muy de vez en cuando, alguna de esas lecturas obligadas me impactaba y pasaba a formar parte de mi canon personal. Pedro Páramo de Juan Rulfo fue una de ellas.

Lo leí adolescente, cuando ya escribía cuentos o intentaba hacerlo. Escribía en secreto y nadie había leído nada mío, así es que iba a tientas en la oscuridad con eso de querer escribir. Lo hacía por imitación y mi única fuente de consulta posible en cuanto a lo literario eran mis lecturas extra colegiales.

Pedro Páramo resultó ser una revelación en varios sentidos. Era una novela inquietante. Era diferente a todo lo que había leído antes en su tratamiento de los escenarios y personajes rurales. Era un libro oscuro, que ameritaba leerse en penumbras, a la luz de las velas, aguzando el oído por si escuchabas el murmullo de los muertos en la oscuridad de tu alrededor.

En alguna etapa de mi vida me dio por coleccionar ediciones de dicho libro. Las compraba nada más por la portada. O me las regalaban. Pero la desgracia de mudarme tanto hizo que la mayoría de ejemplares que tenía se perdieran, aunque todavía conservo dos. Uno de ellos es ese primer ejemplar que leí adolescente, publicado por el Fondo de Cultura Económica de México, decimacuarta reimpresión (sic) de 1977.

No es la primera vez que algunos de los participantes de mis talleres consideraron aburrida alguna lectura asignada. Tampoco les gustó Alejo Carpentier ni Joao Guimaraes Rosa ni Raymond Carver. “Muy aburrido”, “muy barroco”, “no entiendo”, “no tiene sentido”, “está bonito, pero…”. Aunque comprendo que la literatura es un asunto de gustos, ese tipo de reacciones me desconcierta y me deja pensando en lo bien o mal que envejecen algunos textos, pero también en cómo los gustos de lectura van cambiando y qué es lo que se valora hoy en día como buena literatura.

Algo que escuché con frecuencia cuando comenzaba a escribir era que el tiempo es la gran prueba de todo escritor; que si su obra sigue siendo leída cien años o más después de ser publicada, significaba que era Literatura. Así, con mayúscula. Siempre estuve en desacuerdo con dicha idea. Estoy segura de que hay miles de libros que no sobreviven el filtro del tiempo, no porque estén mal escritos, sino por motivos no relacionados con el contenido de la obra. Pensemos en nuestro país, por ejemplo. Es raro que obra publicada en El Salvador tenga una segunda edición. Ni digamos una tercera, cuarta, quinta. Los libros que se siguen reimprimiendo son, por lo general, las lecturas obligatorias del Ministerio de Educación. Los demás se pierden para siempre. Esos vacíos editoriales hacen que la obra de la mayoría de los escritores salvadoreños continúe siendo desconocida o que caiga en el olvido demasiado rápido.

Pero también hay que tomar en cuenta los cambios sociales y culturales que van ocurriendo. Muchos de nuestros pueblos se han urbanizado de manera acelerada. La facilidad y el acceso a la comunicación digital han penetrado nuestras raíces y afectado nuestra manera de leer, de escribir, de pensar y de construir lenguaje. El tejido de carreteras que hay en el país enhebra un paisaje rural que va siendo derribado por nuestro obsesivo urbanismo. Nuestra tierra está cruzada por venas de asfalto y arterias de concreto. Los árboles mueren en silencio.

La revolución tecnológica ha cambiado, sin duda, los hábitos y los gustos, tanto de lectores como de escritores. Se prefiere un tipo de escritura inmediata, efectivista, casi coyuntural, que pueda leerse de manera rápida y que no sea complicada de digerir. Los autores emergentes no hablan sobre el lenguaje, la estructura o la imaginación. No son sus preocupaciones. A demasiados les preocupan más asuntos extraliterarios. Quienes más destacan son aquellos que tienen la virtud de saber posar frente a la cámara, son buenos vendedores de sí mismos y también son ágiles relacionistas públicos. La gente acude a sus libros porque son los más visibles, pero no necesariamente porque son los mejor escritos.

La intención original de esta columna era hablar sobre Juan Rulfo, el escritor que con dos libros excepcionales se convirtiera en un autor imprescindible de la narrativa latinoamericana. Este 16 de mayo se cumple el centenario de su nacimiento. Entonces recordé aquel evento ocurrido en mi taller y me quedé pensando si la obra de algunos autores llegará a esos cien o más años de lectura. Los libros de Rulfo tienen poco más de 60 años de publicados y ya hay gente que piensa que son aburridos o desfasados.

Se podrá argumentar que la calidad literaria se impone al tiempo y que Juan Rulfo es ya un clásico. Que quien quiera considerarse una persona bien leída o quien pretenda ser escritor debe leer sus libros. Estoy de acuerdo y no lo discuto.

Pero también soy testigo de esa reconversión que está ocurriendo en el mundo literario y lo evidente se impone sobre el romanticismo. Estoy convencida de que la figura del escritor está transformándose y que con ello cambiarán también los contenidos literarios y en consecuencia, el gusto de los lectores y lo que a futuro será considerado como los nuevos clásicos.

Si Rulfo u otros autores sobrevivirán a ello, está todavía por verse.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 7 de mayo, 2017. En portada, foto de Juan Rulfo).

Taller: «Elementos básicos del cuento» en San Salvador

 

 

Apuntes de una observadora de pájaros

Hace un par de años comenzó a venir a la ventana de mi estudio una pareja de palomas ala blanca (Zenaida asiatica). Venían por las mañanas. La hembra llegaba primero, se echaba en el borde de la ventana y cantaba. Se escuchaba la respuesta desde algún lugar cercano. A los pocos minutos, llegaba el macho.

Siempre hacían lo mismo: cucurrucuquearse, hacerse cariñitos con el pico, espiar hacia adentro del estudio. Me quedaba sentada, muy quieta, observándolos desde mi escritorio que está junto a la ventana. No quería espantarlas. Me encantaba ver su rutina. Las extrañaba cuando se ausentaban.

Hace pocos meses, al abrir la ventana, descubrí un par de palitos. Las palomitas querían hacer nido. Empezaron a venir casi a diario. El macho le traía palitos a la hembra. Aterrizaba en el balcón, caminaba encima de ella, como si fuera una alfombra, y se los colocaba directamente en el pico. Ella tomaba cada palito y comenzaba a tallarlo, afanosa. Luego se los colocaba alrededor suyo mientras el macho volaba por más.

Cuando se iban, después de un par de horas, me asomaba a la ventana con la ilusión de ver algo construido. Pero nada. El espacio de la ventana es tan angosto que lo único que quedaba en el borde era un par de palitos o de alambres cortos. Todo lo demás caía al piso encementado de la cochera, que está justo debajo de la ventana.

Continuó la rutina. Cuando se iban, yo salía a recoger los vestigios de aquel empeño inútil. Palitos, ramitas secas y alambres. Examiné cada pieza con detenimiento. Fotografié los grupos según el día de recolección. Me pregunté cuál era el criterio de selección del palomo. Por qué se decidía por un palito o por un alambre.

Un día trabajaron sin interrupción, de 8 de la mañana a 1 de la tarde. Salí a recoger el material caído. Era la mayor cantidad de tiempo que habían trabajado en el nido, la mayor cantidad de material que había llevado el palomo. Lo del nido iba en serio. Por qué el empeño de hacerlo allí, en mi ventana, donde era obvio que no tenían el espacio adecuado, no lo pude entender. Pero aquella tarea se había convertido en una versión alada de la piedra de Sísifo: llevar y llevar palitos y nunca lograr construir el nido. Me sentí mal por ellas. Pensé ayudar. Se me ocurrió ponerles algo en la ventana (previa consulta con un amigo biólogo). Por la noche, acomodé un pedazo de cartón fuerte que pudiera servirles de soporte.

Al día siguiente, jueves, las palomas trabajaron con disciplina prusiana, de 8 a 5. Gracias al cartón, los palitos por fin tomaron forma de nido. La noche del viernes, la hembra durmió en él por primera vez. Domingo en la mañana, cuando me asomé a espiar a la palomita, vi un par de huevos. Comenzó el empollamiento.

Trece días después descubrí un cascarón roto y a un pichoncito en el nido. El otro huevo seguía entero. Al día siguiente el segundo pichón ya había nacido. Se miraban tan frágiles, tan pequeños, que hasta me pregunté si estaban muertos. Pero los vi respirar y me tranquilicé un poco, aunque su fragilidad me preocupó.

En los días siguientes logro ver a los pichones bebiendo “leche de buche”, una sustancia abundante en lípidos y proteínas que las palomas producen en su buche y que es su primer alimento. Los pichones meten sus piquitos en las esquinas del pico de la madre. Se abalanzan sobre ella con avidez. Mueven sus pescuezos al ritmo del regurgitar, un polluelo a cada lado del pico de quien alimenta. Es un espectáculo extraño. Parece una forma de sacrificio ritual. Me recordó a la imagen esotérica del pelícano que picotea su propio pecho para alimentar a sus críos con la sangre que brota de la herida. Un símbolo de sacrifico y lealtad.

Una semana después han abierto los ojos. Tienen canutos de pluma en todo el cuerpo y han crecido una inmensidad. Son feos. Parecen seres primitivos, ancestrales, polluelos de dinosaurios voladores.

Macho y hembra se turnan en el nido para cuidar y alimentar a los críos. Uno llama al otro y a los pocos minutos ocurre el relevo. Lo hacen a horas bastante exactas, cuatro veces al día. Los chiquitos no quedan sin la protección de las palomas adultas ni un minuto.

El más grande de los polluelos me descubre un día espiándolo detrás del vidrio de la ventana. Cuando me mira, queda paralizado. Nos aguantamos la mirada. Soy el primer ser humano que mira en su vida. Es el primer pichón de paloma cuyo desarrollo me es permitido observar tan de cerca. Me conmueve vernos ojo a ojo. Descubrirnos.

Escuchar el canto de las palomas, todos los días, a un brazo de distancia, conforta mi quebrantado corazón. Imagino ser uno de esos polluelos y me pregunto cómo será escuchar desde ahí su canto, amparada bajo la bóveda acústica de un cielo hecho de plumas, magnificado aquel sonido arrullador de mi melancolía.

Los pequeños crecen a una velocidad asombrosa. Quince días después de nacidos, los polluelos ya no caben debajo de sus progenitores. Aprenden a acicalarse. Acomodan las plumas recién estrenadas. Un día veo al más grandecito estirar las alas. Las sacude, torpe pero enérgico. El viento que le despierta el ímpetu del vuelo es el augurio de la despedida.

La mañana del día diecinueve después de nacidos, el nido amaneció vacío. Todos habían volado. Los escuché cerca, cantando. Los busqué. Miré a alguno en el techo de mi casa y ya no supe reconocerlos.

Desde entonces me parece escuchar palomas cantando en cada lugar al que voy. Y cuando escucho el currucuqueo, me pregunto si no serán ellos, mis parientes voladores, mis cómplices del viento, mi familia pájaro.

(Puede ver las fotos de todo el proceso en este enlace de Jacintario TV. Publicado en revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 23 de abril, 2017).  

Apuntes de una observadora de pájaros (fotos)

Leche negra de la muerte: Paul Celan

Una noche de abril de 1970, un hombre camina por la Avenida Emile Zolá de Paris. Mientras lo hace, recuerda su reciente viaje a Israel, hecho a fines del año pasado. Era su primera visita y, esta noche lo sabe, también la última. A su regreso se mostró tan jubiloso de haber conocido la tierra de sus ancestros que hasta pensó en irse a vivir allá.

Piensa también en Samuel Beckett. Franz Wurm, un amigo poeta, le había invitado a ir a conocerlo, pero se negó. No le parecía correcto ir a visitar a alguien sin anunciarse. Pensar en Beckett lo lleva a recordar a su hijo, Eric, de 14 años. Habían quedado de ver juntos una puesta en escena de Esperando a Godot, pero un día antes canceló la cita con su hijo.

Desde 1967 ya no vivía ni con él ni con su mujer y se fue a vivir solo a aquel apartamento de la Avenida Emile Zolá. Recuerda el 67 como un mal año. Fue acusado de plagio. Pero el 67 también fue bueno si piensa en la cantidad de poemas que escribió y en el viaje a Alemania para dar una conferencia en la Universidad de Freiburg-im-Brisgau, entre cuyos asistentes se encontraba Martin Heidegger.

Al llegar al puente Mirabeau, se detiene. Se queda un rato ahí asegurándose de que no haya nadie en las cercanías, nadie que vaya a entorpecer su plan. Se asoma a ver las aguas del río Sena. De noche el agua se mira negra, una leche negra hacia la cual Paul Celan se lanza. Una leche negra en la cual espera ahogarse, él, que ha sido un excelente nadador desde su adolescencia.

No hay certeza de la fecha exacta en que ocurrió aquel salto. Se cree que pudo haber sido en la noche del 19 de abril o en la madrugada del día 20. Irónicamente, el 20 de abril es el día del cumpleaños de Hitler, el ser que extendería un manto de dolor y muerte sobre Europa y que tocaría millones de vidas, entre ellas la de Paul Celan y su familia.

Paul Antschel nació en la región de Bucovina en 1920, entonces parte de Rumania (y que hoy en día es parte de Ucrania). Su padre era judío sionista e insistió en que su hijo recibiera educación en hebreo. Pero su madre, aunque también judía, era amante de la literatura alemana, hablándose en casa nada más que alemán. Para Celan (que adoptaría ese apellido como un anagrama de Antschel), el alemán sería su lengua materna, en el legítimo sentido de la palabra.

En 1938, la expansión de Hitler  era incontenible y los Antschel tenían un mal presentimiento. Sus padres discutieron sobre qué hacer con ciertos ahorros que conservaban. El padre quería guardarlos por si tenían que planear una huida súbita. La madre y Paul, hijo único, querían que fueran utilizados en la universidad del muchacho. Así, Paul Celan hace su primer viaje por Europa. Pasa por Berlin donde percibe la gravedad de la situación y el peligro que representa el nazismo. Comenzó a estudiar medicina en Tours, Francia, pero al año siguiente retornó a Rumania donde estudió literatura y lenguas románicas. Cuando estalló la guerra, los soviéticos ocuparon su ciudad natal de Czernowitz en 1940. Al año siguiente, la ciudad fue recuperada por tropas rumanas y alemanas.

En la toma de la ciudad, los rumanos asesinaron aproximadamente a 700 judíos. Los judíos sobrevivientes fueron obligados de inmediato a usar un brazalete con la estrella amarilla en su brazo. Se establece el toque de queda. Se alambran zonas de la ciudad que son convertidas en guetos. Los nazis obligan a los judíos a mudarse ahí.

Hay deportaciones a los campos de concentración todos los fines de semana. Un amigo rumano, Valentin Alexandrescu, les ofrece refugio a los Antschel en su fábrica de detergentes y cosméticos. Paul Celan intenta una noche de sábado durante la cena, convencer a sus padres de aceptar aquel refugio. Pero la madre se resiste a pesar de ver vagones llenos de judíos que son llevados a algún lugar de Polonia sin volver más. Celan alista un par de cosas e insiste en que estará esperándolos allá. Sale convencido de que al verlo partir, sus padres lo seguirán. Pero los padres nunca llegan al refugio. El lunes comprueba que su domicilio ha sido clausurado y que ellos fueron enviados a un campo en Trasnistria, donde cumplirán trabajos forzados picando canteras. El padre muere de tifoidea. Su madre, debilitada e incapaz de cumplir con el trabajo, es eliminada de un tiro en la nuca. Celan es enviado a un campo de trabajo forzado en Moldavia, y logra sobrevivir.

El sentimiento de culpa que esto supuso para Celan lo acosará el resto de su vida. Nunca se perdonará a sí mismo el haber salido sin sus padres y luego, haber sobrevivido a la guerra. Esto supone además un rompimiento brutal con la poesía que escribía pero así mismo, un conflicto idiomático que también lo acompañará de por vida. Es un judío que habla y escribe en alemán, la lengua de su hogar y de su madre, pero también, la lengua de los verdugos de sus padres y de los asesinos de miles de judíos. Estos conflictos, más lo vivido durante la guerra, se resumen en su poema cumbre “Todesfuge” (Fuga de muerte):

Leche negra del alba te bebemos de noche

te bebemos al mediodía

la muerte es un maestro de Alemania

te bebemos en la tarde y de mañana

bebemos y bebemos

la muerte es un maestro de Alemania

sus ojos son azules

te alcanzan sus balas de plomo

te alcanzan sin fallar.

Esa desubicación de ser un poeta rumano, de origen judío, escribiendo en alemán, que a esas alturas es además políglota (habla también  hebreo, yiddish, rumano, ruso, ucraniano, inglés y francés), le hace decidir viajar primero a Austria y luego a Francia.

En Viena conoce a la poeta Ingeborg Bachmann, con quien tiene una relación sentimental bastante complicada. Después de separarse de ella, viaja a Paris donde conoce a la artista Gisèle Lestrange con quien contrae matrimonio, a pesar de la oposición de la familia de ella. El primer hijo de ambos muere. Dos años después, tienen a su segundo hijo, Eric.

Entre Paul y Gisèle se desarrollará una abundante correspondencia de poco más de 700 cartas en los siguientes 19 años. Seis años después de casado, Celan retoma la relación con Bachmann y aunque eso fue motivo de agrias disputas entre los Celan, finalmente Gisèle terminó aceptando la relación.

Las acusaciones de la viuda de su amigo Yvan Goll, de que Celan plagió poemas de su esposo, le ocasionaron un crisis nerviosa. Intentó suicidarse tratando de acuchillarse el corazón. A partir de entonces, su equilibrio emocional pareció no recuperarse. Entre 1962 y 1969 estuvo internado durante 3 largos períodos en clínicas psiquiátricas. En otra ocasión, atacó a Gisèle con un cuchillo. Luego de este hecho, fue internado durante 7 meses en una clínica, de noviembre del 65 a junio del 66. Después de su salida, el matrimonio acordó la separación.

El 1º. de mayo de 1970, un pescador cuyo nombre no aparece registrado en ninguna parte, encontró un cuerpo atascado en un remanso del río Sena, cerca del suburbio parisino de Courbevoie, once kilómetros río abajo del Puente Mirabeau. Era el cuerpo de Paul Celan.

Durante esos 10 días, mientras su cuerpo navegaba a razón de poco más de un kilómetro diario por el Sena, nadie extrañó su ausencia ni se preguntó dónde estaría el poeta.

Cuando las autoridades revisaron su domicilio para encontrar indicios sobre lo ocurrido, leyeron una escueta anotación en su agenda de bolsillo, “depart Paul”, partida de Paul, marcada el 19 de abril. Sobre su escritorio, la biografía de Hördelin que estaba leyendo y en su billetera los dos boletos de entrada para la función de Esperando a Godot, a la que desistió de ir con su hijo Eric.

(En portada: foto de pasaporte de Paul Celan, 1938. Autor anónimo. Dominio público).

Llámenlo eternidad

A las 9:30 de la mañana del tres de mayo de 1991, Katherina von Fraunhofer buscó a su esposo. Aunque compartían el mismo piso en Manhattan, tenían habitaciones y baños separados. La última vez que lo había visto fue la noche anterior, mientras él se arreglaba para ir a una fiesta organizada por su amigo Gay Talese.

Cuando entró al baño, encontró el cuerpo de su esposo, desnudo, metido en la bañera a medio llenar. Tenía una bolsa plástica amarrada a la cabeza. Fraunhofer llamó a los servicios de emergencia, quienes declararon muerto en el lugar a Jerzy Kosinski, autor de Desde el jardín y El pájaro pintado, entre otras obras.

Según la reconstrucción de los eventos realizada por la policía, Kosinski habría regresado de la fiesta de madrugada y después de su arribo al apartamento, habría decidido ejecutar el suicidio. Pero quienes habían estado con él en la fiesta estaban desconcertados. Kosinski no parecía un hombre a punto de matarse. Todo lo contrario, se le vio animado, conversador y encantador con todos, como solía serlo. Gay Talese recuerda que, aunque no tuvo mucho tiempo para atender a su amigo, sí hubo un momento en que conversaron y rieron mientras Talese le puso el brazo sobre los hombros.

Por el procedimiento utilizado, estaba claro de que Kosinski no quería fallar. Tomó una gran cantidad de barbitúricos, los cuales engulló con su bebida favorita, ron con Coca Cola; tomó la primera bolsa que encontró a mano, la de un supermercado, se metió en la tina de baño y se la amarró alrededor de la cabeza.

Katherina von Fraunhofer, la segunda esposa de Kosinski, declaró que su marido estaba pasando una depresión causada por varios motivos. Se le había descubierto una afección cardíaca que le cortaba la respiración, el medicamento que debía tomar le causaba lagunas mentales y no se sentía capaz de escribir. Le preocupaba llegar a un estado de deterioro físico que le hiciera dependiente de los demás. Por otro lado, su carrera estaba en entredicho.

El comienzo de su declive como escritor fue un artículo escrito por Geoffrey Stokes y Eliot Fremont-Smith aparecido en la revista Village Voice en junio de 1982, donde Jerzy Kosinski no sólo fue acusado de plagio, sino también de utilizar escritores fantasma para escribir sus libros. De su novela Desde el jardín se decía que era en realidad la traducción de una novela polaca publicada en 1932, escrita por Tadeusz Dołęga-Mostowicz y titulada La carrera de Nicodemus Dyzma. Desde el jardín era la obra más conocida de Kosinski. Fue adaptada a guión de cine por él mismo y fue filmada por Hal Ashby en 1979. Protagonizada por Peter Sellers y Shirley McClaine, la película ganó varios premios, incluidos el premio BAFTA y otros reconocimientos como mejor guión adaptado.

Señalamientos graves se hacían también sobre su primera novela El pájaro pintado, publicada como una historia basada en eventos auto biográficos. El artículo sostenía que la trama no era cierta ni por cerca. Jerzy Kosinski, de origen judío, había nacido en Lodz, Polonia, en 1933. Su apellido original era Lewinkopf. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, su padre trasladó a la familia a Polonia central, donde le cambió el nombre a todos y compró constancias de bautizo para hacer pasar a la familia por católicos.

La flamante familia Kosinski vivió la mayor parte de la guerra en Dabrowa Rzeczycka, donde asistían a misa y cumplían con todos los ritos de la iglesia católica. El pequeño Jerzy incluso sirvió como monaguillo en el poblado vecino de Wola Rzeczycka. A pesar de la guerra, a los Kosinski les iba lo suficientemente bien como para tener una asistente doméstica, un auténtico lujo para los tiempos que corrían.

Pero la novela El pájaro pintado, publicada por primera vez en 1965 en los Estados Unidos, contaba la historia de un niño que vagaba por la campiña de un país no identificado, durante la Segunda Guerra Mundial, observando las atrocidades cometidas por los campesinos que iba encontrando en su camino. Se especuló que Kosinski la había escrito originalmente en polaco y la habría mandado a traducir al inglés, haciéndola pasar como el idioma original del escrito. Esto nunca se comprobó.

Aunque el libro no detalla nombres de lugares, sus compatriotas se vieron tan insultados por la descripción del campesinado polaco, que no pudo ser publicado en Polonia hasta después de la caída del régimen socialista en 1989.

Las sospechas de plagio ya se habían ido alimentando entre corrillos hasta que la publicación del artículo en Village Voice ofreció datos que pusieron en seria duda todo lo dicho y escrito por Kosinski hasta entonces. Hubo quienes lo defendieron y hubo quienes confirmaron las acusaciones.

El mismo Kosinski no fue de mucha ayuda. Su personalidad llamativa y conversadora lo convirtió en un asiduo de las fiestas del jet-set neoyorquino. Contaba historias fascinantes sobre su vida que finalmente nadie entendía si eran ciertas o inventadas. Al intentar confrontarse con una declaración definitiva sobre su infancia, que pareció no ser tan desgraciada como hacía pintar en su primera novela, Kosinski insistió en que era una historia de ficción, aunque dijo que incluyó historias que escuchó de niño, durante la guerra.

Kosinski mismo se contradeciría después, aduciendo que había hecho pasar la novela como autobiográfica a petición de la editorial. Una historia real del holocausto se podía vender mejor que una imaginaria. Por último, Kosinski se limitó a decir que se trataba de auto ficción y evadió seguir hablando sobre el tema. Pero sus amigos cercanos insistieron en que nunca se recuperó de ese golpe.

Días después de su muerte, se dio a conocer el contenido de su nota suicida, encontrada en el estudio de su apartamento: “Me voy a dormir un rato más largo de lo usual. Llámenlo eternidad”.

Al morir, Jerzy Kosinski tenía 57 años. No tuvo hijos.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 9 de abril 2017. Foto de portada, Jerzy Kosinski).

Conversando con Héctor Abad Faciolince

Tras bastidores

Cada quince días enfrento la tarea de escribir esta columna. Trato de terminarla tres o cuatro días antes del cierre de edición, para poder corregirla sin presión alguna. Entregar un texto que no pase suficiente tiempo de reposo es algo que siempre me pone nerviosa. Pero es parte de las tribulaciones de trabajar en prensa y hay que convivir con ello.

Tengo una lista de ideas que voy anotando, temas que voy rumiando y que pienso pueden ser de interés general. En algunas ocasiones, han ocurrido tantos eventos o he tenido tantas ideas sobre temas a tratar, que la dificultad ha sido decidirse por algo en particular. En no pocas ocasiones, el problema es todo lo contrario y no tengo ni la más remota idea sobre lo que voy a escribir. Como hoy.

Cuando eso ocurre, a medida que se aproxima la inevitable hora del cierre de edición y mientras picoteo en el teclado párrafos y temas que no me terminan de convencer, recuerdo al poeta y periodista salvadoreño Serafín Quiteño, quien mantuvo una columna diaria durante dieciséis años en El Diario de Hoy. Comenzó a publicarse en 1961 y se llamaba “Ventana de colores”. Quiteño la publicó bajo el pseudónimo Pedro C. Maravilla y, según entiendo, fue una lectura muy gustada en su época. El hecho de que haya durado tanto es prueba de ello.

Hace un par de años, por asuntos circunstanciales, tuve oportunidad de conversar con su hija Margarita. Algo hablamos sobre su padre, de quién leí hace muchos años su poemario Corasón con S. Lo que no sabía era que Quiteño tuvo esa columna diaria. No sé de cuántas palabras constaban sus entregas, pero tener que hacerlo día a día debió ser todo un reto.

No pude evitar expresarle mi admiración por su padre, porque supuse que más de alguna vez se le habría complicado tener algo qué escribir. Margarita me comentó que, en efecto, en varias ocasiones, su padre andaba por toda la casa, exasperado, porque no sabía qué iba a escribir para el día siguiente; pero siempre, aunque fuera a última hora, lo lograba y entregaba el material justo a tiempo. Como lo suyo era una entrega cotidiana, el asunto no terminaba ahí, porque entregar una columna significaba comenzar a pensar de inmediato en la siguiente.

Pude imaginar a perfección los momentos de ansiedad, la mente en blanco y la desesperación del no poder escribir algo que debe entregarse en pocas horas. Lo puedo imaginar porque lo he pasado muchas veces. En momentos así, la angustia suele ser tan profunda que me pregunto si ya se me acabaron las palabras.

No hay que olvidar tampoco que los escritores somos humanos y que no estamos exentos de los múltiples problemas que la vida cotidiana nos impone. Tenemos que comer, pagar el alquiler y cumplir compromisos laborales, como todos. Algún evento de nuestras vidas puede llegar a ser tan apabullante que resulta difícil tener la concentración adecuada para escribir algo que se sabe será leído por un amplio rango de lectores. No es que uno no tenga nada qué decir, pero lo que nos carcome el pensamiento en esas etapas de la vida no siempre es material que pueda hacerse público.

Para algunos escritores, continuar escribiendo en medio de adversidades de cualquier índole es, precisamente, la prueba máxima. Pienso en Tomás Eloy Martínez y Henning Mankell, por ejemplo, quienes a pesar de sus enfermedades terminales, continuaron entregando sus columnas y escribiéndolas hasta el final.

Hace pocas semanas, un participante en mis talleres de narrativa me preguntaba si los escritores debemos pensar en el lector a la hora de escribir. Es una pregunta que me hacen a menudo y para la cual no hay una respuesta única ni correcta. Pienso que cada escritor debe encontrar la manera en que le fluya mejor su escritura. Le comenté que, en lo personal, cuando escribo mi narrativa no pienso nunca en el lector, en lo que vaya a opinar sobre mi persona o sobre el texto, si le gustará o le causará rechazo. No escribo mis novelas o cuentos para complacer a nadie ni para convencer a nadie de nada. Traslado en palabras las historias tal como las siento e imagino. No pensar en el lector es, en mi caso, un mecanismo necesario para no incurrir en la auto censura y para mantener la escritura como un ejercicio de libertad plena, que es lo que me interesa de escribir, como he manifestado en más de alguna ocasión.

El único momento de mi escritura en el que tengo muy presente al lector es cuando escribo esta columna, no sólo por la conciencia de que mi texto aparecerá publicado en el periódico de mayor circulación nacional y que será compartida en diversos espacios de la web, sino también por los comentarios que recibo por vías diversas. Es un privilegio saber que me lee gente de diferentes ámbitos, pero la conciencia de esos lectores también me hace asumir este espacio como una responsabilidad pública, que es como asumo la tarea de ser columnista.

Escribir con fecha de entrega es todo lo opuesto de la escritura literaria, donde el tiempo sirve para macerar el texto hasta llevarlo a su punto óptimo. En ese sentido, escribir esta columna es un reto constante y también un auto aprendizaje permanente. No sólo toca escribir a contratiempo y afanarse por hacerlo lo mejor posible, sino que también toca escribir sobreponiéndose a uno mismo, a sus circunstancias personales y hasta a sus silencios interiores.

Imagino que más de alguna vez, Serafín Quiteño habrá pensado en renunciar a su columna, ante la angustia del posible agotamiento de las ideas. Lo supongo porque a veces, yo también lo pienso. Pero la escritura ocurre de maneras misteriosas y siempre, aunque sea en el último momento, desde nuestras oscuridades innombrables, surgen las palabras necesarias para neutralizar el silencio de la página en blanco. Justo a tiempo para el cierre de edición.

(Publicada en Revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 26 de marzo 2017. Foto de portadilla, Serafín Quiteño).

Para matar a un hipopótamo

La muerte del hipopótamo Gustavito en el Parque Zoológico Nacional de El Salvador es una muestra emblemática de lo mal que anda el país en muchas cosas.

Para algunos puede parecer banal y hasta impertinente ocuparse de la muerte de un animal, tomando en consideración los múltiples homicidios y demás problemas urgentes que debemos resolver como nación. Pero es importante que se discuta porque es un problema antiguo que mientras no se resuelva de manera definitiva, continuará teniendo lamentables consecuencias. También es importante que se discuta porque el zoológico es una institución pública, cuyo mantenimiento proviene de nuestros impuestos. Es decir, el hipopótamo muerto era un bien público sobre el cual el gobierno tiene que rendir cuentas a la ciudadanía, de manera veraz y oportuna. Sin excusas.

Enumero de manera rápida algunos de los problemas que esta situación plantea y que son lo que realmente debería preocuparnos: el pésimo manejo de la información de parte de las autoridades correspondientes, que incluye versiones contradictorias y dudosas; la validez sobre el concepto del zoológico y su necesaria transformación, adecuada a la realidad de este siglo; la reacción de la ciudadanía a la que le enardece más la muerte de un animal que la de nuestros compatriotas asesinados todos los días, sea en territorio nacional o en sus viajes migratorios; la ineficiencia de las autoridades correspondientes en el manejo de este tipo de instalaciones; la infaltable politización del asunto. También han circulado una serie de rumores, cada uno de ellos a cual más perverso y preocupante, de los cuales no haré eco porque son asuntos no confirmados.

Son demasiadas cosas para tratarse en un espacio tan corto como este, pero hablaré de otros aspectos que también son importantes. Para comenzar, el zoológico no debería de ser parte del organigrama de la Secretaría de Cultura. El tipo de trabajo y de expertos que se necesitan en un zoológico no tienen nada que ver con el trabajo cultural, por lo menos no de manera directa. Sería más provechoso conformar un asocio público-privado, en el que haya representaciones del Ministerio de Medio Ambiente, SECULTURA, Ministerio de Educación, la Alcaldía, la sociedad civil y la empresa privada, para hacerle una buena inversión económica, conseguir un terreno amplio y refundar el zoológico, transformándolo en un moderno centro de estudios, investigación científica, preservación y rescate de la fauna autóctona.

Cerrar el zoológico, como exigen algunos, no soluciona los problemas de fondo. En el minúsculo espacio geográfico de nuestro territorio, las áreas naturales protegidas son escasas. Los animales han tenido que adaptarse a la expansión de nuestra descontrolada e irreflexiva urbanización. Prueba de ello es ver pájaros y ardillas haciendo nidos en lugares extraños de nuestras ciudades. Los humanos estamos aniquilando el hábitat de las especies animales y vegetales. Ello refleja nuestra insensibilidad ante el medio ambiente y nuestra deplorable relación con la vida natural.

El zoológico, mal que bien, es el espacio donde las autoridades y particulares depositan animales silvestres que han sido rescatados de comerciantes o maltratadores. Algunos de los animales incluso llegaron al zoo luego del paso de algún circo que ya no quería seguir acarreando animales viejos o enfermos.

Las leyes existentes no ayudan ni sirven de mucho. A pesar de la supuesta protección que gozan las tortugas que desovan en nuestras costas, por ejemplo, son miles los huevos de tortuga robados de los nidos y vendidos para el consumo humano. También es común ver en algunas carreteras de nuestro país, a gente que vende cusucos, iguanas, pericos, zorros y otros animales que se supone son fauna protegida. Tampoco hay que olvidar las ventas ilegales de animales en el Mercado Central, los cazadores y leñadores furtivos, la minería y las empresas que contaminan nuestros recursos naturales.

Estas situaciones forman parte del ejemplo que le estamos dando a las actuales y futuras generaciones sobre nuestra relación con el medio ambiente. ¿Cómo podemos infundir respeto a la naturaleza en la niñez y la juventud, cuando las mismas instituciones públicas permiten la deforestación masiva, en nombre de un mal concebido progreso donde el concreto y el asfalto son marcadores inequívocos de desarrollo? ¿Cómo infundir conciencia ecológica en un país donde los crímenes que atentan contra el medio ambiente no son castigados de manera ejemplarizante? ¿Cómo lograr que nuestros niños y jóvenes respeten a los animales, las plantas y los árboles, si gracias a la excesiva urbanización están perdiendo toda relación con la naturaleza; si vivimos en una cultura de violencia que de manera sádica disfruta del tormento de las especies animales, seres humanos incluidos; si permitimos que lleguen al poder funcionarios corruptos e inescrupulosos que sólo buscan obtener ganancias económicas para beneficio personal; si vivimos en una cultura donde un letrero comercial o monumentos horripilantes son mucho más importantes que los árboles que son cortados para instalarlos?

Esto es una consecuencia de la falta de inversión en cultura. Si la Secretaría de Cultura gozara de un presupuesto adecuado a las necesidades de cada una de las instituciones que tiene a su cargo, quizás esto no hubiera pasado. Y digo “quizás”, porque otro problema a resolver es la alcahuetería gubernamental que impide despedir a empleados públicos ineficientes, cuyo único interés es cobrar su cheque a fin de mes, pero que no tienen motivación ni conciencia de la importancia de la labor cultural en la sociedad. No me refiero únicamente a funcionarios en puestos de dirección, sino también al personal medio y básico, que es el que ejecuta las órdenes de los superiores.

Aunque Gustavito fue enterrado de manera apresurada, dizque para que no causara mal olor, el tufo del cadáver del hipopótamo y de los demás animales que han muerto en el zoológico por negligencia y descuido, se seguirá sintiendo durante mucho tiempo. Pero, como suele pasar con la llamarada de tuza que es nuestra indignación nacional, nos acostumbraremos pronto y conviviremos con ello, al igual que convivimos de manera muda con todo lo demás que apesta en nuestra zoociedad.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 12 de marzo 2017. Foto de la entrada a las instalaciones del Zoológico Nacional, tomada de la página de la Secretaría de Cultura).

El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince

Debo confesar que me costó mucho leer este libro. No porque esté mal escrito, sino precisamente por todo lo contrario. El colombiano Héctor Abad Faciolince hace un exhaustivo retrato de su padre en El olvido que seremos, pero decir eso es quedarme corta, porque el libro es también la crónica de un amor profundo (el del hijo por el padre y viceversa), el de toda la familia y los años felices, esos años de la infancia y la adolescencia donde la suciedad y el oprobio del mundo parece no nos afectará jamás. Es así mismo un exhaustivo retrato de un hombre que, lo sabemos desde el inicio, será asesinado por sicarios paramilitares en plena calle, por el mismo motivo que han sido asesinados miles no sólo en Colombia, sino en nuestro continente, y por supuesto, en el mundo entero: por denunciar la represión, las injusticias, los desmanes, la corrupción.

El motivo por el que me costó leer este libro es el mismo detalle que lo hace una inigualable pieza de no ficción. Los miembros de la familia de Abad Faciolince ni su rutina de circunstancias de vida se parecen en absoluto a los míos, para nada. Pero Abad Faciolince tiene la virtud de retratar la relación padre-hijo a través de detalles, cotidianos, domésticos, insignificantes quizás. Pero son esos detallitos que, cuando uno mira atrás, se imponen sobre los “grandes momentos”. Y en esos pequeños detalles, en esos sentimientos e imágenes tan vívidos del hombre que se recuerda a sí mismo siendo un niño amando en desmedida a un padre (quien es realmente un personaje único), es que el autor logra conmover al lector. Nuestra vida podrá ser muy diferente de la narrada por el autor, pero finalmente los sentimientos son similares, no importando las diferencias.

Habla por ejemplo de los besos “grandes y sonoros” que le daba su padre y que no hicieron más que recordarme al mío. De los constantes experimentos de injertos en rosas y otras plantas que hacía su padre… y también el mío. Y las rutinas domésticas, el retorno al padre a casa luego de un día de trabajo, la música que escuchaba, las frases que decía… tan diferentes y particulares a la vida de cada quien pero, al ser enumeradas con tanto detalle, pero sobre todo, con la melancolía de la añoranza, obliga al lector a evocar esas circunstancias en el recuerdo propio.

El olvido que seremos, cuyo título alude a un verso de Jorge Luis Borges y cuyo poema completo fuera encontrado en el bolsillo del padre cuando fuera asesinado, es un libro bastante complejo. Es una memoria propia y ajena, escrita con la serenidad que nada más la distancia puede brindar, sobre todo cuando los hechos que motivaron su escritura son tan dolorosos. Veinte años le tomó al autor, desde la muerte del padre, el poder sentarse a escribir un libro emotivo pero jamás sentimentalón, fuerte pero nunca insultante ni lleno de amargura o afán de revancha. Como el mismo autor explica, su intención primordial al escribirlo era simplemente contar la historia, para que se supiera:

Han pasado casi veinte años desde que lo mataron, y durante estos veinte años, cada mes, cada semana, yo he sentido que tenía el deber ineludible, no digo de vengar su muerte, pero sí, al menos, de contarla. (…) Es posible que todo esto no sirva de nada; ninguna palabra podrá resucitarlo, la historia de su vida y de su muerte no le dará nuevo aliento a sus huesos, no va a recuperar sus carcajadas, ni su inmenso valor, ni el habla convincente y vigorosa, pero de todas formas yo necesito contarla. Sus asesinos siguen libres, cada día son más y más poderosos, y mis manos no pueden combatirlos. Solamente mis dedos, hundiendo una tecla tras otra, pueden decir la verdad y declarar la injusticia. Uso su misma arma: las palabras. ¿Para qué? Para nada; o para lo más simple y esencial: para que se sepa. Para alargar su recuerdo un poco más, antes de que llegue el olvido definitivo. (Págs. 254-255).

Este libro retrata la desgracia de un país, una desgracia que hemos vivido de cerca en Centro América. La retrata de la perspectiva de una historia personal, una historia familiar. Lo interesante es que esas historias forman parte del mosaico necesario para comprender un país y la conformación de su memoria y su dolor. O por lo menos, para intentarlo. Eso convierte este libro en uno de imprescindible lectura.

La distancia que nos separa

“No voy a contar aquí la historia de la mujer que tuvo siete hijos con un sacerdote. Basta con decir que se llamaba Nicolasa Cisneros y era mi tatarabuela. El cura del que se enamoró, Gregorio Cartagena, fue un importante obispo de Huánuco, en la sierra del Perú, en los años previos y posteriores a la Independencia. Durante las cuatro décadas que duró la relación, ambos hicieron lo posible por evitar las repercusiones del escándalo”.

Así comienza La distancia que nos separa, novela del escritor y periodista peruano Renato Cisneros. El autor nos lleva a la reconstrucción de la historia de su padre, el ex general del ejército Luis Federico Cisneros, conocido como el Gaucho, un militar polémico de la historia peruana reciente. La novela está contada desde la perspectiva del escritor que busca reconformar el recuerdo de su padre varios años después de su muerte. Pero reconstruir el recuerdo significa reconstruir también la memoria de una época en la que el autor era niño y adolescente, por lo que para conocer al funcionario público que era su padre deberá indagar además en la historia del país.

Leí esta novela hace poco, con algo de dudas porque nunca había escuchado mencionar el nombre de Cisneros, pero cuando comencé las páginas iniciales ya no pude soltarlo hasta terminar. Su mayor logro es, a mi juicio, el acto de equilibrio muy complicado que despliega el narrador durante todo el libro. Hay que comprender que en la escritura nunca es fácil balancear los afectos con la objetividad. Pero el tono con el que está contado, logra un equilibrio entre el amor del hijo y la objetividad que el narrador necesita para contar las partes delicadas de la historia.

Para el lector no queda duda de que el libro es un homenaje al padre, pero también es el retrato realista del personaje público que era su padre, de su condición de militar y de sus posturas polémicas, donde el autor evita la idealización o la disculpa desde la exaltación filial, sin obviar la realidad de las circunstancias narradas. Renato Cisneros se pregunta (a sí mismo y a los amigos de su padre) sobre el nivel de participación del Gaucho Cisneros en masacres, torturas y otro tipo de acciones militares impulsadas para luchar contra el entonces naciente Sendero Luminoso. El lector siente la angustia del hijo ante esa duda. Pero el autor no teme indagar en lo que sea necesario, incluso para enfrentar duras verdades.

Escribir un libro, más que redactar un montón de páginas, es un viaje personal e íntimo, un viaje al fondo de nosotros mismos. Un viaje que cruza a través de borrascas, hundimientos y naufragios interiores. Es inevitable, al escribir la historia de algún consanguíneo, que el ejercicio lleve al escritor no sólo a reconstruir la historia del grupo familiar y de los ancestros, sino también, la historia personal de quien lo escribe, su identidad y sus partes dispersas en el rompecabezas familiar, como piezas que permiten reconocer la pertenencia a un grupo y encontrar sus orígenes, hasta donde lo permitan las sombras históricas de la desmemoria. En este tipo de historias, tanto la indagación personal profunda como la investigación documental son parte fundamental del trabajo de escritura.

Fue por eso, según declaró Renato Cisneros en una entrevista publicada en la web por el periódico colombiano El País, que decidió escribir una novela y no un texto periodístico. Sabía que él tenía nada más una porción del retrato del padre y que cada uno de los demás hijos tenía su propio y particular fragmento. Además él, Renato, quería también hablar de sus vacíos y conflictos, a medida que iba reconstruyendo y sobre todo, conociendo aspectos nuevos o desconocidos de la vida del padre. Una tarea que sin duda es más complicada si recordamos que su padre fue un militar que participó en la lucha anti subversiva del Perú y que además era gran amigo de militares como Viola y Videla en Argentina.

Esto me llevó a pensar en la realidad salvadoreña. Me pregunté si algún día podremos leer un libro así de honesto y bien escrito sobre algunas de las figuras clave de la historia nacional, sobre todo de la guerra de los ochenta. Me pregunté si los hijos o algún familiar cercano de esos personajes se atreverán algún día a investigar e inquirir sobre esas historias que están pendientes por contarse en el país. Aunque poco valdrá la pena hacerlo si esas historias no se narran con honestidad y desde una perspectiva equilibrada, es decir, no para acusar, juzgar, idealizar ni justificar a nadie, sino simplemente para contar la historia.

Si el escritor va a narrar hechos o situaciones para repetir la versión que ya todos conocen, ¿cuál sería el punto del ejercicio de la escritura? ¿Cuál es el objeto de escribir un libro de memorias o una investigación sobre algún personaje familiar histórico, si no vamos a emprender la tarea con honestidad, si no estamos dispuestos a tropezar incluso con algunos aspectos oscuros, no sólo ajenos sino también propios, que preferiríamos obviar o no conocer?

Una de las contribuciones literarias que hacen novelas como la de Cisneros, es permitirle al lector conocer el contexto emocional e ideológico que vivieron los personajes, contexto que marcó las decisiones y los eventos no sólo de nuestros ancestros, sino de todo un país. Ese enfoque alejado de la versión oficial solamente puede lograrse a través del ejercicio honesto y libre de la escritura, lejos del panfleto y del partidismo, lejos del temor a las represalias, lejos de la corrección política o de la preocupación por el qué dirán.

En ese sentido, La distancia que nos separa es una novela que confirma el valor de la honestidad como herramienta literaria y nos recuerda la importancia de conocer las historias individuales que tienen, como común denominador, el factor para ayudarnos a comprender el entramado social y cultural del cual venimos y en el cual vivimos: el factor humano.

(Publicado en la revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 26 de febrero 2017. Foto propia. Puede leer un avance de la novela de Renato Cisneros aquí).