Últimas entradas

Editoriales independientes en El Salvador

Máquinas obedientes

La vida de Lacey transcurre en un mundo donde todos cargan su celular en la mano para calificar con un puntaje –de 1 a 5 estrellas– a cualquiera con quien se tenga algún tipo de interacción. Ser popular en redes significa adquirir oportunidades para mejorar el estatus de vida. Por eso, Lacey trata de comportarse aún más sociable y simpática que de costumbre, incluso con personas que detesta, porque su meta es vivir en un mejor apartamento.

Lacey finge amistad, sonrisas y cordialidad con las personas convenientes. La falsa amabilidad es solamente una herramienta para el logro de su objetivo. En el fondo, no siente simpatía ni consideración sincera por los demás. Pero cuando su verdadero yo aflora, ése que no está calculado y actuado para ganar popularidad en redes, las cosas se complican mucho.

Este es el argumento del primer episodio de la tercera temporada de Black Mirror. Transmitida por Netflix, la serie habla del peligro que implica el uso de la tecnología en el control y la manipulación de la conducta humana. Ubicados en un futuro tan cercano que se confunde con el presente, los diferentes episodios provocan también dudas sobre lo que llamamos realidad. ¿Qué somos los seres humanos? ¿Somos realmente un ser biológico o somos la proyección de un sistema operativo tan sofisticado que ni siquiera lo podemos imaginar? ¿Habitamos en una cookie o galleta de navegación? ¿Somos el resultado de un algoritmo o de un proyector de hologramas? Y esto que vemos, lo que llamamos la realidad, ¿de veras lo es o son imágenes que alguien programó o implantó en nuestro cerebro mediante un chip? Será que si alguien, en alguna parte, aprieta algún botón, ¿nosotros desaparecemos?

Lo más inquietante de la serie es que lo que cuenta no es improbable de ocurrir. Basta ver las redes sociales para percibir indicios de ello. Los likes, favoritos, estrellas, corazones, pulgares alzados y emoticones se convierten en la validación de tu experiencia, o peor aún, de tu persona misma. Pocos likes dan la penosa sensación de que lo que se publicó no es lo suficientemente bueno y que para la próxima hay que esforzarse más, para lograr mayor atención. Mejor café, mejores colores del atardecer, sobredosis de humor barato, los ángulos estudiados para la selfie significan más likes deseados.

La realidad en redes sociales suele estar distorsionada porque los parámetros para medirla son absurdos. Esos parámetros se basan estrictamente en términos cuantitativos y no en la calidad de contenidos. Por ejemplo en Facebook, un video se marca por visto apenas 3 segundos después de correr. En YouTube se da por visto 30 segundos después. Es decir, el número de vistas de un video no significa necesariamente que el contenido haya sido visto ni a la mitad.

El número de visitantes, seguidores, vistas o suscriptores no es lo único que se distorsiona en las redes sociales. También se distorsionan las relaciones humanas, en particular el concepto de “amistad”.

De pronto terminamos convertidos en mirones involuntarios de las vidas ajenas, de personas a las que apenas conocemos. Nosotros, además, les permitimos ser mirones de la nuestra. Se crea una falsa ilusión de amistad porque se está conectado en las redes, aunque nunca interactuemos en la realidad. Se tiene la falsa noción de que porque se tiene a alguien al alcance de un mensaje directo, se está accesible las 24 horas del día, siempre, para todos. Se tiene la falsa sensación de que conocemos al otro porque tenemos acceso a información de su cotidianidad. Esas distorsiones dan paso luego a muchos malos entendidos y disgustos en la esfera de la realidad.

Las redes sociales permiten a las personas narrar una versión editada, mejorada y coloreada de sus vidas, creando un personaje de sí mismos, un rol que se asume y se actúa en las redes pero que no necesariamente corresponde a la realidad. Esa vida editada nos puede dar representaciones totalmente erradas de la vida o personalidad de alguien. El peligro es pensar que esos historiales de las redes sociales son auténticos o un cuadro fiel de la persona a quien representa.

Es fácil perder la noción de lo privado y lo público, de lo íntimo y confidencial. Cuando se escribe desde la seguridad de una pantalla que nos separa de los demás físicamente, perdemos noción de que tenemos a cientos, a veces hasta a miles de mirones leyendo lo que posteamos.

Hay quienes no editan ni colorean sus vidas sino que se manifiestan a través de la queja, la acusación, el insulto, la descalificación, la burla, la victimización o la grosería, únicas maneras que conocen de relacionarse con los demás. El mismo anonimato mencionado anteriormente, les permite desplegar un lado de sí mismos que, en la vida cotidiana, suelen dejar oculto.

Poco es verdadero y honesto en ese océano de apariencias que son las redes sociales, donde la noticia de la mañana es rectificada al mediodía como falsa, difuminando también lo que es creíble o no; donde el scroll infinito equivale al zapping televisivo; donde el movimiento reflejo de dar like y la lectura interminable de lo que se publica en las redes, nos termina saturando de información y estímulos inútiles; donde la indignación dura lo que tarda en brotar la próxima noticia.

Ya en 1963, el filósofo alemán Martin Heidegger advirtió sobre el peligro de que el ser humano, al estar a merced de la tecnología, podría terminar transformado en una máquina controlada. Lo dijo en una entrevista, a propósito del rol que los entonces medios modernos, la radio y la televisión, jugarían en la sociedad.

En aquel entonces, Heidegger también señaló la necesidad de una reflexión sobre lo que es el ser humano. Una reflexión que se impone y que sigue siendo necesaria, hoy más que nunca, para evitar transformarnos en máquinas obedientes del sistema, si no es que ya lo somos.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 20 de noviembre 2016. En portada: fotograma de «Nosedive», primer episodio de la tercera temporada de Black Mirror, al cual me refiero al inicio de esta columna).

Libros de Bob Dylan

En busca del silencio perdido

Hace casi seis años, cuando me mudé a vivir a la casa desde donde escribo esta columna, me arrepentí casi de inmediato. Ubicada a escasos metros de la Carretera Panamericana, el ruido del tráfico vehicular era intenso, día y noche, siempre. La casa vibraba mucho y el ruido era incesante.

Un día la situación me desesperó tanto que me puse a llorar. Pensé que iba a perder la razón escuchando vehículos día y noche, sin descanso. Añoraba unas horas de silencio total, sobre todo en las noches, cuando el ruido me hacía difícil dormir. Sentí nostalgia por el canto de los grillos en la noche y por el canto de los pájaros al amanecer.

Después de una semana, recordando que tenía firmado un contrato para un año de alquiler y lo mucho que me había costado encontrar una casa según mis necesidades, asumí que no había nada más que hacer que adaptarse. Cuando llegué a esa conclusión, también se activó algún mecanismo de defensa en mi cuerpo. El ruido vehicular pasó a un segundo plano de manera tan óptima, que ahora es un sonido de fondo tolerable del cual, muchas veces, ya ni me doy cuenta.

Con el tiempo, aprendí a identificar algunos ruidos que ahora son parte de mi cotidianidad. Lo más común son los vehículos que pitan “la vieja”. Los que tienen pitos con el tema de la película “El padrino”, “Tequila”, “La cucaracha” y mi favorita, “Vamos a la playa, ohohohohoh”. El bus interurbano que tiene múltiples cornetas metálicas al frente y que suena como pito de tren. Los inmisericordes traileros que pasan pitando a las 4:30 de la mañana o que activan sus frenos de aire, imagínese usted qué gran casualidad, justo aquí, frente a la colonia. Sirenas de ambulancias, policía o bomberos. Camioncitos anunciando promociones con sus parlantes. Un reggaetón intenso saliendo a todo volumen de algún vehículo. Carros que suenan como si se fueran desarmando a pedazos en cada vuelta de rueda. Caravanas de motos de los clubes de motociclistas. Manifestaciones con gente gritando sus demandas a través de megáfonos. Chillidos de frenos. El ruido de vidrios rotos y de lata golpeada.

Cuando algún frenazo termina en choque, ocurre siempre algo extraño. Inmediatamente después del sonido de la colisión, hay unos segundos de absoluto silencio. Como si el universo se paralizara por un instante, como si todo quedara en estupor. Después de cuatro o cinco segundos, el ruido se reactiva y el tráfico continúa con su ajetreo habitual.

Aprendí a medir el tiempo gracias a las variaciones del ruido vehicular. Todos los días hay tráfico pesado y congestionamientos frente a la casa, pero hasta eso tiene sus horas altas y bajas. Sé decir cuándo es quincena o cuándo es viernes, porque el tráfico empieza más temprano, a eso de las 4 p.m., y termina más tarde, pasadas las 7:30 de la noche. En esas horas es imposible hacer abstracción del ruido, porque el rugir de los motores parece reflejar la impaciencia y la agresividad de los conductores. Los motores no descansan, los frenos chirrían, los pitazos son largos e interminables (porque hay conductores ingenuos que creen que si dejan puesta la mano sobre el pito, el tráfico se va disolver, como en un acto de magia). De pronto se escuchan hasta las voces de los conductores que se gritan de ventanilla a ventanilla. Y por supuesto, no se dicen palabras bonitas.

El obligado proceso de observación al que me someto en las noches de insomnio me permite decir también, con absoluta certeza, que en la Panamericana el tráfico se mantenía intenso día y noche a excepción de una pequeña ventana entre las 3 y las 3:10 de la mañana, único momento de todas las 24 horas del día en que lograba escuchar unos minutos de silencio. A veces eran menos de cinco minutos. Esto lo sé porque, manías de insomne, me puse a medir ese momento varias veces, reloj en mano.

El simple hecho de volver a escuchar unos minutos de silencio en la madrugada valía la pena de mi insomnio. Disfrutaba esos segundos como quien sorbe un buen vino. Era algo así como el paraíso recobrado. Pero al igual que toda felicidad, duraba demasiado poco.

Las cosas mejoraron levemente cuando se inauguró el Boulevard Monseñor Romero. Después de un par de meses, cuando los conductores se acostumbraron a la idea de la nueva autopista, la carga vehicular pareció equilibrarse, sobre todo por las madrugadas. Desde que encementaron la calle, la casa sólo vibra cuando pasan furgones de alto tonelaje. Siempre hay tráfico incesante, pero las pausas de tranquilidad aumentaron un poquito. Ahora, la ventana de tiempo en la que ocurren rachas de minutos continuos de absoluto silencio va desde las 2:30 hasta las 3:30 a.m. En domingos, quizás hasta las 4. Aunque a esas horas, todavía pasa más de algún conductor.

Como el motociclista que suelo escuchar después de las 2 de la mañana, con una moto tan potente que puede seguirse el rastro del sonido durante un tiempo que parece larguísimo. Siempre trato de imaginar su recorrido a medida que se desvanece el ruido de la moto. Ese motociclista misterioso de mis madrugadas insomnes me permitió comprender a plenitud aquel verso de Roque Dalton sobre “la nocturna crueldad de los motociclistas / que lanzan rudas piedras al ángel de los sueños”.

Siempre me pregunto los motivos por los que alguien anda en la calle de madrugada. Imagino fiestas, velorios, emergencias, trabajos, delincuentes, gente yendo al puerto a comprar pescado para algún negocio. Pensando en esas cosas, me quedo dormida.

Entonces sueño que soy ese motociclista en la madrugada, manejando sin casco en una carretera tupida de árboles, sin casas, sin alumbrado público, sin un alma. Con el frío de la madrugada golpeándome el rostro y el viento amenazando con arrancarme la cabellera. Y yo, manejando sin destino, siendo engullida por la oscuridad de lo incierto, buscando un silencio que jamás alcanzo.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 6 de noviembre de 2016). 

Laika

Como todo perro callejero, tuvo varios nombres. Fue llamada Krudyavka (rizada, por la forma de su cola), Zhuchka (pequeño insecto) y Limonchik (limoncito). Pero esta perrita de caza siberiana, similar a un fox terrier, alcanzaría la inmortalidad bajo el nombre de Laika, que significa “ladradora”, en ruso.

Cuando fue capturada en alguna calle de Moscú, tenía unos 3 años y pesaba 12 libras. Fue llevada al Instituto de Medicina Aeronáutica donde otras perras eran sometidas a experimentos sobre la reacción de los animales en vuelos de máxima altitud. El objetivo era, finalmente, probar si un ser vivo podría resistir un viaje espacial.

Se seleccionaron hembras por su forma de orinar. Un macho levantaría la pata y ocuparía demasiado espacio en la pequeña cápsula que se tenía planificada para la eventual cosmonauta canina. Y es que en cosa de un mes, luego del exitoso lanzamiento del Sputnik 1, el 4 de octubre de 1957, por parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el entonces gobernante Nikita Khrushchev se empeñó en que era hora de lanzar a alguna de las perras entrenadas al espacio. Y se encaprichó con que el lanzamiento se realizara en los primeros días de noviembre, para celebrar el cuadragésimo aniversario de la revolución bolchevique.

Las consideraciones políticas primaron sobre esta decisión. Los soviéticos estaban enfrascados en una carrera espacial contra los estadounidenses y querían ganarla a toda costa. Pero varios científicos del programa espacial ruso consideraban que no era el momento apropiado para mandar a un ser vivo al espacio pues no había manera de construir, en tan sólo cuatro semanas, una nave apta para volver a la tierra. Cualquier ser que se enviara al espacio iría al sacrificio.

Tres fueron las perras consideradas para la misión: Laika, Albina y Mushka. Pero Laika fue la seleccionada finalmente por Oleg Gazenko, el director del Instituto de Problemas Biomédicos, por su buena disposición, su docilidad, su paciencia y el buen ánimo con el que superaba todas las pruebas. Albina sería la sustituta inmediata en caso de que, por algún problema, Laika no pudiera viajar.

Gazenko mismo las entrenó confinándolas en espacios cada vez más reducidos, simulando el despegue al introducirlas en una cápsula sometida a fuerza centrífuga y a ruidos, vibraciones y aceleraciones, para acostumbrarlas al lanzamiento.

La alimentación de las perras también fue modificada. Se les enseñó a accionar un mecanismo en un aparato que les presentaba un alimento gelatinoso elaborado a base de carne, granos, grasa y mucha agua. Fueron vestidas con arneses para acostumbrarlas al traje que deberían llevar puesto y que serviría, además, para mantener en su lugar los electrodos que luego les serían implantados

Seis días antes del lanzamiento, Gazenko mismo hizo la cirugía en ambas perras para coser bajo su piel alambres de plata para conectar los electrodos de monitoreo. También exteriorizó la arteria carótida en el cuello. Todo esto serviría para realizar neumogramas, electrocardiogramas y vigilar la presión sanguínea durante el despegue y el viaje mismo. También habían sido entrenadas para eso, poniéndoles una faja en el cuello, para que se acostumbraran a la sensación que tendrían una vez realizada la cirugía.

El 31 de octubre de 1957, luego de su acostumbrada caminata matutina, Laika fue frotada con una solución de alcohol en todo su cuerpo y se le colocaron los últimos sensores y el chaleco con el arnés que la mantendría encadenada dentro del Sputnik 2. Eso evitaría que la falta de gravedad le hiciera dar vueltas en el puesto que tenía destinado. Dicho chaleco incluía una bolsa para los deshechos biológicos.

Así fue llevada al Cosmódromo de Baikonur, una de las instalaciones soviéticas secretas, ubicadas al noreste del Mar de Aral (en lo que es hoy Kazajistán). Fue colocada dentro de la cápsula que se convertiría en su ataúd, entre dos anchos cojines y sobre una plataforma aislante del calor. La cápsula fue luego colocada sobre un cohete R-7.

Allí permanecería 3 días, observada las 24 horas. Laika permaneció disciplinada, tranquila y paciente en su lugar, tal y como había sido entrenada.

A las 5 y 30 de la mañana, hora de Moscú, del domingo 3 de noviembre de 1957, el cohete fue lanzado desde la plataforma. Según el monitoreo de sus signos vitales, Laika entró en pánico. Sus latidos aumentaron a 260 por minuto (cuando su ritmo normal era de 103). También aumentó su frecuencia respiratoria. Sin embargo, no fue signo de alarma para nadie, ya que algunas perras, en entrenamientos anteriores, habían reaccionado de esa manera.

 El lanzamiento y el posterior desprendimiento de la cápsula cónica fueron un éxito. Pero otra sección de la nave que debía desprenderse no lo hizo y causó el sobrecalentamiento que provocaría la muerte de la involuntaria heroína, entre cinco y siete horas después del despegue y cuando daba su cuarta vuelta alrededor de la tierra, información que no se hizo pública sino hasta el 2002.

 “¡Está viva! ¡Victoria!”, le fue anunciado al mundo. En Moscú, los soviéticos celebraron. La carrera espacial había sido ganada. Posteriormente mandarían una docena de perras más en viajes orbitales, de las cuales algunas volverían vivas a la tierra.

Aconteció así una de las historias más conmovedoras del sacrificio animal en aras de la política y la enajenación humana. Una perra lanzada no sólo al espacio, sino a la inmortalidad y a la fascinación eterna del imaginario colectivo.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 1 de noviembre, 2009. En la foto, Laika en la cápsula de entrenamiento).

Ricardo Lindo #EscritoresSalvadoreños

«Lento poema de los mares», Ricardo Lindo

Para Zipacná de León

Yo quisiera escribir un poema del mar,
Un lento, largo poema de los mares,
De todos los mares del mundo,
De los que conozco y de los que me quedan por conocer,
Porque han estado más lejos de mis manos y mis pies,
Y del tiempo que me ha tocado vivir.
Yo quisiera escribir un poema del mar de mi tierra,
Y de todos los mares de todas las tierras,
Del planeta que gira en la pecera de cristal del espacio,
Pez redondo rodeado de sí mismo hasta el aire,
Navegando en el lento mar del espacio.
Yo recuerdo una noche,
Y estoy tan lejos de mí mismo que aún me queda una noche
Yo recuerdo una noche hecha del tejido de sí misma hasta el aire,
Donde el mar resplandece de plancton como habitado
Por astros innumerables y diminutos,
Suspendidos sobre la superficie de las aguas
En el horizonte del aire.
Cada gota está habitada por un pequeño dios luminoso,
O por muchos millones de dioses luminosos.
Levanto cien en mi mano,
Y me siento vecino de las estrellas
Bajo la inmensa luna de verano,
Y para el viento.
Es el viento del trópico de la noche,
Donde los pensamientos navegan como peces.
Yo recuerdo esa maravillosa noche de verano junto al mar de mi tierra,
Donde hablaban los astros del cielo profundo del agua,
Mientras movían las palmeras sus cabelleras pensativas.
Yo recuerdo esa noche como un inagotable tesoro de los mares,
Que no escondió pirata alguno en el agua,
Sino Dios, en la infinita levedad de las fuertes olas.
Cada gota palpitaba de lentos planetas desnudos,
Que harían las costas de la soledad,
Ricos de sí mismos y conscientes, doblemente altos
Por nacer de lo profundo,
Instalando con fuerza y continencia su poderío
Sobre las olas del mar de la noche.
Tengo en las manos lluvias
Y una nube de lluvia,
Y recuerdo otros mares otras olas otros árboles,
Las graves costas grises y frías
Donde naufragan olas grises
Bajo el chillido de los pájaros,
Que habitan en islotes de piedras,
Donde apenas crece la hierba.
Y recuerdo una tarde
Que me duele en lo más hondo del duro corazón,
Y que recuerdas tú, Christine,
Y que recordaría aún Patrick, si viviera.
En las costas de Francia,
Entramos a un acuario que el guardián ha abandonado,
Olvidando cerrar la puerta y apagar las luces de las peceras,
Que brillan en la penumbra.
Nosotros circulamos en la penumbra acuática
Entre peces que vienen de todos los mares del mundo,
Y estamos solos en su augusta presencia.
Un dorado pez mandarín que viene de la China
Hace ondular su larga y delgada cola transparente,
Mientras la anguila eléctrica descansa como una pila acuática,
Y cada pez es una fórmula de plata y jade y azafrán
Y oro rubio y azul cobalto,
En la penumbra de una tarde de un cuarto de una
Ciudad que ya no recuerdo,
Junto al mar mediterráneo.
Vuelta, mar de los sueños.
Yo te veo instalando dunas de arena gris donde
Donde crecen pequeñas plantas espinosas,
Muy al Norte y muy al Sur del planeta,
Ahí donde hace frío.
Y yo te veo, mar gris donde navega la memoria de
De innumerables navegantes,
Que se olvidaron de ti porque ya yacen en el fondo de ti,
Con sus cráneos habitados por líquenes por cabellera,
Mientras circulan peces diminutos por las cuencas vacías de sus ojos.
Yo muchas veces quise ser uno de ellos,
Y estar ya para siempre olvidado de mí mismo y el aire
en el fondo de ti
Gran mar azul,
Recogido en tus aguas como se recogen los monjes
En silencio y en la soledad.
Yo he amado tu infinita grandeza, mar
Que entre todo lo que habita la tierra,
Es lo que más se parece a la eternidad.
Dicen que el mar es una forma de los cielos.
Creo también que es una forma de los sueños,
Y, pues venimos de él,
También a él debemos volver,
Como se vuelve a Siempre
Cuando se han apagado los relojes.
Es muy tarde.
Estoy lejos de las olas,
La noche me recoge,
Y en la mente navegan los mares que he vivido,
Mientras navegan peces con nombres en latín
En mares tan lejanos como el olvido.
Vuela en la noche negra una estrella que cae al agua
Y desea aprender de nuevo a ser un pez,
Y el mar, que late hondo,
La acepta como un pan caído de la luna.

(Del libro El señor de la casa del tiempo, Serviprensa, Guatemala, 1988).

Noticias desde la Calle Desolación

Que le hayan dado el Premio Nobel de Literatura 2016 a Bob Dylan, un cantautor, no me sorprende. No siento que sea “un insulto a los escritores o a la literatura”, ni tampoco que “la literatura ha muerto” por eso, como dijeron muchos detractores de esta designación, entre ellos, varios escritores reconocidos.

¿Por qué tanto desgarrarse las vestiduras por un premio literario, no importando cómo se llame el premio o el ganador del mismo? La literatura no es competencia. El Nobel no es un sello indiscutible, absoluto e incuestionable de calidad. Hay docenas de ganadores del Nobel de Literatura que son desconocidos y que están en el olvido, a pesar de haberlo ganado.

Los sorprendidos porque el Nobel de Literatura se le concediera este año a un músico, aprovechan también para despotricar contra la ganadora del año pasado, una periodista. Son sus argumentos para decir que en Suecia ya no saben lo que es literatura. Olvidan o ignoran que en 1953, el estadista británico Sir Winston Churchill ganó el mismo premio por “su maestría en la descripción histórica y biográfica, así como por su brillante oratoria en la defensa de los valores humanos”. La literatura no murió por ello.

Desde el inicio de este siglo se viene ampliando el concepto de lo que puede ser considerado como literatura. Las novelas gráficas, el guión cinematográfico, las series televisivas, el reportaje y la crónica periodística son sólo algunos ejemplos de los múltiples medios de escritura que están teniendo tanto o incluso mayor impacto que la ficción literaria contemporánea (limitada todavía, en la mente de muchos, a la novela y al cuento).

Bob Dylan ha sido un prolífico compositor de canciones. Es muy fácil encontrar lo literario de sus letras. Dylan alimentó su oficio inicial del folk estadounidense, un género musical enraizado en la oralidad, en las historias de vida de mineros, cosechadores, desempleados, vagabundos y todo tipo de miserables. Muchos de ellos viajaban como polizontes, por tren o por carretera, de una punta del país a la otra, en busca de un sueño americano que les fue esquivo. Woody Guthrie, una de las grandes influencias de Dylan, anduvo con esos hobos o vagabundos, trasladando a canciones los relatos de sus compañeros de desgracia, durante los peores años de la depresión económica estadounidense.

Hay infinidad de canciones de Dylan que son historias. “The Ballad of Franky Lee and Judas Priest” y “Hurricane” son apenas un par de ejemplos. “Lay, Lady, Lay” y “Sara” son dos de las canciones de amor más bellas que conozco. Muchas otras de sus canciones son lúcidas y potentes reflexiones filosóficas, políticas y sociales. Dylan utilizó además la técnica del fluir de conciencia no sólo para escribir canciones sino también para escribir su única novela, Tarántula, publicada en 1971. Dicha técnica también fue usada por Virginia Woolf, James Joyce y la generación Beat.

Es obvio que Bob Dylan tiene un conocimiento profundo de la palabra, en toda su complejidad. Conoce la fuerza de la palabra escrita, hablada y cantada, debido a la exhaustiva exploración de diferentes técnicas literarias utilizadas para componer sus canciones. Es alguien que sabe contar una historia. No me cabe duda alguna de que el conjunto de la letra de sus canciones es literatura. Tiene ese peso.

Pero yo conocí la música de Bob Dylan como una música de rebeldía, de protesta, de anti-establishment. Bob Dylan era el underdog, el perdedor que se atrevía a levantarle el dedo medio en su cara al sistema y decirle más de alguna verdad. Sin paños tibios. Podía hacerlo porque era un don nadie. “When you ain’t got nothing, you got nothing to lose”. “Cuando no se tiene nada, no se tiene nada que perder”, cantaba en la emblemática “Like a Rolling Stone”.

Ese muchacho nacido en Minnesota y que se fue a Nueva York a buscar fortuna, nos advertía a todos del apocalipsis final orquestado por los poderosos, los políticos y los burgueses, a quienes en una de sus más duras canciones, “Masters of War”, les decía que no valían ni la sangre que corría por sus venas.

Dylan cantaba lo que todos querían decir en los años 60 y 70 del siglo pasado, décadas que hablaban de amor, de paz, pero sobre todo, de revolución, de lucha, de cambio. Dylan supo cómo capturar el espíritu de su época y ponerlo en palabras. Por eso lo llamaron “la conciencia de su generación”.

Pero el motivo por el que no me gusta que le hayan dado el premio a Bob Dylan es extra literario. No me gusta cuando el sistema aplaude a nuestros íconos de rebeldía, manoseando su mensaje y transformándolo en mercancía. No me gusta ver a un antiguo rebelde siendo aplaudido por el mismo sistema al que hasta relativamente poco todavía escupía en el rostro.

En la más oscura y profunda catacumba de mi alma, tengo la esperanza de que Bob Dylan rechace el premio, en un gesto final de rebeldía. Me alegraría muchísimo si lo hiciera. Pero supongo que no lo hará, como no lo hizo cuando aceptó la Medalla Presidencial de la Libertad de los Estados Unidos, que le otorgó el presidente Barack Obama en el 2012. Me incomodó mucho aquella foto de Dylan siendo condecorado. El papá sistema premiaba al niño rebelde. Se lo comía. Lo tornaba en una pieza inocua de nostalgia sesentera.

Me quedo con el Dylan de antes de 1979, el Dylan que me enseñó a protestar y a no tener miedo de decir y escribir las palabras exactas de lo que debe decírsele en su cara al sistema. Me quedo con el Dylan que nos advirtió que los tiempos estaban cambiando (¡y cuánta razón tenía!). Me quedo con el Dylan que me enseñó a leer a Dylan Thomas, a Rimbaud, a Baudelaire. Me quedo con el Dylan irónico, el Dylan maldito, el Dylan siempre inconforme que nos traía noticias desde la Calle Desolación.

Ese Dylan es literatura en esencia. Ese Dylan no necesita premio alguno.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 23 de octubre 2016. En portadilla: libros de Bob Dylan. Foto propia).

Gomorra: el libro y la serie

No es país para viejos

Por los múltiples ires y venires de mi vida, supe desde años atrás que para mí no habrá nunca una pensión para retirarme de la vida laboral a ninguna edad. Desde hace años tengo claro que lo que me toca es trabajar hasta morir y que, si las cosas se ponen demasiado complicadas, tocará albergarme en alguna institución pública o debajo de algún puente para pasar mi decadencia final. No es una perspectiva estimulante ni mucho menos lo que quiero para mi vida, pero es mi realidad.

Quizás por eso siempre miré a mis pocos amigos que tienen trabajo estable con cierta envidia, por la tranquilidad mental que concede el saber que tienen recursos para el futuro y que eso les ayudaría a conservar no sólo sus condiciones de vida actuales, sino sobre todo, la independencia y la dignidad que todo ser humano desea y merece, sin importar su edad ni su condición social. Una dignidad que se hace tanto más importante hacia el final de la vida, en que todos quisiéramos poder retirarnos de este escenario con pleno decoro.

El mal manejo de las finanzas públicas, la codicia de las instituciones que administran fondos de pensión, la indolencia social y el manoseo del asunto de las pensiones desde un enfoque partidario y no social, han conformado un coctel peligroso que ha dado como resultado un trago amargo para todos los cotizantes, nuevos y antiguos, con la derogación hace unos días del techo para el uso del fondo de pensiones por parte del gobierno. Esta situación pone en peligro el pago de las pensiones a futuro, por falta de liquidez para realizarlo.

Como alguien que no tendrá pensión, parecería que no debería ni mencionar este tema. Pero lo hago porque estoy convencida de que el asunto de las pensiones refleja la manera en que se ve a los ciudadanos de mayor edad en este país. El problema de las pensiones se maneja y se trata como si se limitara a un asunto de liquidez, de números, de pesos y centavos. Pero tiene un trasfondo más profundo, un elemento que siempre se nos olvida: el factor humano.

No sé si existe una investigación sobre el número de personas mayores en El Salvador. Pero me gustaría saber cuántos de ellos están retirados y cobran una pensión con la que pueden llevar una vida digna. Cuántos de ellos buscan empleo por la necesidad de generar ingresos, pero son ignorados o rechazados por la edad que tienen, aunque cumplan con todos los requisitos para el puesto. Cuántos fueron clase media durante su vida laboral y cayeron en la pobreza cuando les llegó la edad. Cuántos terminan mendigando. Cuántos de ellos viven solos. Cuántos son maltratados o abusados sexual y emocionalmente por familiares, amigos y extraños. Cuántos son estafados o despojados de sus bienes por sus propios familiares. Cuántos están deprimidos, cuántos se sienten solos. Cuántos de ellos desean morir porque lo único que la vejez les ha mostrado es la peor cara de la vida.

El hecho de que las personas mayores estén invisibilizadas en la sociedad, no significa que no existan. Que no tienen necesidades. Que no tienen sentimientos. Que ya no cumplen un papel en la sociedad. No todos son enfermos, olvidadizos, feos, anticuados, ineptos, lentos, torpes, aburridos e incontinentes, que es el cuadro con el que se suele pintar en los medios de comunicación y en la publicidad, de manera peyorativa, a las personas mayores. Muchos todavía están activos económica e intelectualmente; muchos siguen lúcidos y saludables; y todos, por su elemental condición de ser humanos y estar vivos, necesitan salud, alimentación, servicios básicos y vivienda.

Las pensiones del futuro terminarán siendo apenas una ayuda económica para los retirados, pero no algo que permita a los mayores vivir con dignidad y mucho menos, mantener su nivel de vida actual. A menos que hayan tenido un salario abultado o que tengan bienes adicionales logrados durante su etapa productiva, muchos se mirarán en apuros cuando les toque el tiempo de la pensión. Esos apuros significarán tensiones en el mercado laboral, ya que los mayores y sus familiares tendrán que buscar formas de producir ingresos económicos adicionales. Esa tensión económica afectará a la sociedad en su conjunto.

La exaltación de la juventud que se vive hoy en día trae como daño colateral la invisibilización, el desprecio y la exclusión de las personas mayores en la toma de decisiones, tanto públicas como privadas. Al mayor suele tratársele como invisible, como incapaz de tomar una decisión propia o de emitir una opinión sensata, de saber lo que quiere, de pensar bien o de darse cuenta de la realidad. En pocas palabras, no se le respeta ni se le considera un ser pensante y sintiente, cuyas opiniones deban ser tomadas en cuenta. Esa actitud es la que descuida la planificación y el trabajo, desde todas las instituciones, para atender a una población de edad adulta, que aumenta cada día.

Cuando se es joven, pensar en la vejez es una afrenta. Todos somos inmortales hasta que descubrimos las primeras arrugas y comienza a morir gente cercana a nuestro alrededor. Pero no pensar ni atender ahora las necesidades de los mayores es para los jóvenes como darse un tiro en el propio pie. Porque si nadie se preocupa por este problema como propio, ¿en manos de quién estamos dejando la toma de estas decisiones, que nos impactan directamente?

En El Salvador, la única perspectiva de futuro para los mayores parece ser la pobreza. De la población económicamente activa (PEA), sólo el 23 % cotiza y de éstos, sólo el 12 % cumplirá los requisitos para pensionarse. Los demás, junto con el resto de la PEA, la no cotizante, nosotros, la inmensa mayoría, tendremos que jugárnosla y trabajar hasta caer, porque para nosotros ni siquiera hay previsiones ni plan B. Nosotros, simplemente, somos invisibles. No existimos.

Parafraseando al escritor Cormac McCarthy, El Salvador no es país para viejos.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 9 de octubre 2016. Foto de portadilla de Stephen Depolo en Flickr, licencia Creative Commons Attribution 2.0 Generic).

Premios Goncourt: tres recomendaciones

Hablemos, escuchemos

A inicios de septiembre de este año, a raíz de la firma de los Acuerdos de Paz entre el gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC, el escritor Héctor Abad Faciolince publicó un artículo en el periódico español El País, titulado “Ya no me siento víctima”.

En dicho artículo, Faciolince habla a favor de votar por el sí en el referéndum que se llevará a cabo el próximo 2 de octubre, en el que la ciudadanía colombiana deberá responder, de manera positiva o negativa, a una única pregunta: “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?”.

El artículo comienza con un párrafo que me parece iluminador y que me permito transcribir completo: “Yo he entendido la historia reciente de mi país no a través de ninguna teoría, sino a través de las historias familiares. Cuando uno tiene una familia numerosa, la ficción es casi innecesaria: en una familia grande, todas las cosas han ocurrido alguna vez. Esas historias me permiten reflexionar sobre lo que ha pasado y sobre lo que pasa en Colombia, para luego tomar una decisión que es política, pero también vital, porque no está dictada por la ideología, sino por la imaginación: trato de pensar de qué manera podríamos vivir mejor, sin matarnos tanto, con menos sufrimiento, con más tranquilidad”.

Entender al país a través de las historias familiares puede parecer extraño pero tiene toda lógica. Cuando ocurren situaciones de crisis nacional, es inevitable que el ruido público se cuele hasta al ámbito privado. Las historias individuales son muchas veces el reflejo o el resultado directo de lo que pasa a nivel social. Guerras, golpes de estado, represión, protestas, violencia social, epidemias, tragedias naturales y demás, pueden causar cambios en los patrones de conducta y pensamiento, individuales y colectivos.

Pero no siempre un miembro familiar está dispuesto a contar su historia personal. Muchos judíos sobrevivientes de los campos de concentración ocultaron a su descendencia lo que vivieron durante la guerra. En un documental que vi hace un par de años y cuyo nombre no encuentro ni recuerdo, cuando se le preguntó a estos sobrevivientes por qué no habían contado sus historias a sus hijos o sus nietos, dijeron que para evitar hacerlos pasar por la pena de tener que escucharlo. No querían trasladar el sufrimiento y el horror de lo vivido a sus familiares, para quienes deseaban que jamás tuvieran que vivir algo similar.

Creyeron que ocultar los hechos evitaría que volviera a ocurrir. Aunque lo cierto es que ignorar algo u ocultar información al respecto, no borra la realidad ni impide su recurrencia. Los hijos y nietos de estos sobrevivientes, por su parte, intuían que algo muy grave les había pasado a sus mayores, pero siempre se topaban con un muro de silencio, mentiras y evasivas al intentar averiguar algo.

Hace poco tuve oportunidad de conversar con algunos estudiantes de octavo y noveno grado. Su conocimiento de la guerra era nulo. Solamente sabían que había ocurrido, pero no sabían detalles de cómo era la vida durante la guerra, los motivos por los que se dio, ni nada relacionado con ella. Sus familiares mayores no les habían contado nada al respecto.

En diversas situaciones y ambientes he escuchado a jóvenes decir que “ya aburre el tema de la guerra” y que lo único que quieren es que los dejen vivir su vida y hacer las cosas a su manera. Se desprecia hablar o reflexionar sobre la guerra porque “es un asunto de viejos” con el cual no tienen nada que ver. Lo alarmante no es solamente su desconocimiento sobre lo ocurrido, sino que aparentan no tener ni ganas de saber más al respecto.

En El Salvador, y me atrevo a decir que en toda la región centroamericana, hace falta fomentar el diálogo inter generacional. Escucharnos entre jóvenes y mayores, niños y adultos, dejarles y dejarnos hablar, sin agenda ideológica de por medio. Conocer lo que viven, vivimos y vivieron, cómo lo hicieron, si sanaron las heridas, cuáles son las cicatrices, las ansias, los temores, las expectativas a futuro, hacer preguntas, aclarar rumores.

Pero no sólo es menester comenzar el diálogo y hablar, sino que también debe haber disposición para escuchar. Un diálogo implica intercambiar preguntas, dudas, certezas, confesiones, verdades propias y ajenas. Un diálogo implica escuchar y decir cosas que pueden no gustar o sonar muy duras, pero que es necesario decir.

Un diálogo no puede funcionar si una o todas las partes dialogantes se pone a la defensiva, reclama, juzga, insulta, justifica sus actos, evade responsabilidades, reclama, ridiculiza, descalifica o minimiza lo que le es contado. Mucho menos podrá funcionar un diálogo si no se hace con honestidad y con auténtico ánimo reconciliador.

El diálogo inter generacional puede contribuir a la comprensión de la historia individual, familiar y nacional, como bien señala Abad Faciolince. Porque cuando se conocen y se admiten con honestidad las causas de un problema, resulta más fácil vislumbrar posibles soluciones. Para los centroamericanos, ventilar lo ocurrido durante la guerra de los ochenta u otros periodos conflictivos de nuestra historia nos permitirá comprender de dónde venimos, y los motivos por los que nuestras sociedades actúan y reaccionan como lo hacen en momentos de tensión social.

Se desestima el valor de la memoria como una herramienta para comprender el presente y conocer la raíz de los problemas actuales. Problemas que mientras no sean solucionados de manera integral, continuarán reproduciendo modelos de violencia e injusticia, de generación en generación, aunque cambie el nombre y la causa de los ejércitos en batalla y las tácticas para pelear las nuevas guerras.

Cuando se hace con buen ánimo, el diálogo nos acerca porque nos brinda entendimiento sobre los actos de los demás y sobre nuestro andar en el mundo.

Contemos nuestras historias, nuestro sentir. Escuchemos a los demás. Comencemos el diálogo. No tengamos miedo. No va a pasar nada peor de lo que ya pasó.

Hablemos. Escuchemos.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 25 de septiembre 2016. Foto de portadilla tomada de Pixabay, de dominio público).