La distancia que nos separa

“No voy a contar aquí la historia de la mujer que tuvo siete hijos con un sacerdote. Basta con decir que se llamaba Nicolasa Cisneros y era mi tatarabuela. El cura del que se enamoró, Gregorio Cartagena, fue un importante obispo de Huánuco, en la sierra del Perú, en los años previos y posteriores a la Independencia. Durante las cuatro décadas que duró la relación, ambos hicieron lo posible por evitar las repercusiones del escándalo”.

Así comienza La distancia que nos separa, novela del escritor y periodista peruano Renato Cisneros. El autor nos lleva a la reconstrucción de la historia de su padre, el ex general del ejército Luis Federico Cisneros, conocido como el Gaucho, un militar polémico de la historia peruana reciente. La novela está contada desde la perspectiva del escritor que busca reconformar el recuerdo de su padre varios años después de su muerte. Pero reconstruir el recuerdo significa reconstruir también la memoria de una época en la que el autor era niño y adolescente, por lo que para conocer al funcionario público que era su padre deberá indagar además en la historia del país.

Leí esta novela hace poco, con algo de dudas porque nunca había escuchado mencionar el nombre de Cisneros, pero cuando comencé las páginas iniciales ya no pude soltarlo hasta terminar. Su mayor logro es, a mi juicio, el acto de equilibrio muy complicado que despliega el narrador durante todo el libro. Hay que comprender que en la escritura nunca es fácil balancear los afectos con la objetividad. Pero el tono con el que está contado, logra un equilibrio entre el amor del hijo y la objetividad que el narrador necesita para contar las partes delicadas de la historia.

Para el lector no queda duda de que el libro es un homenaje al padre, pero también es el retrato realista del personaje público que era su padre, de su condición de militar y de sus posturas polémicas, donde el autor evita la idealización o la disculpa desde la exaltación filial, sin obviar la realidad de las circunstancias narradas. Renato Cisneros se pregunta (a sí mismo y a los amigos de su padre) sobre el nivel de participación del Gaucho Cisneros en masacres, torturas y otro tipo de acciones militares impulsadas para luchar contra el entonces naciente Sendero Luminoso. El lector siente la angustia del hijo ante esa duda. Pero el autor no teme indagar en lo que sea necesario, incluso para enfrentar duras verdades.

Escribir un libro, más que redactar un montón de páginas, es un viaje personal e íntimo, un viaje al fondo de nosotros mismos. Un viaje que cruza a través de borrascas, hundimientos y naufragios interiores. Es inevitable, al escribir la historia de algún consanguíneo, que el ejercicio lleve al escritor no sólo a reconstruir la historia del grupo familiar y de los ancestros, sino también, la historia personal de quien lo escribe, su identidad y sus partes dispersas en el rompecabezas familiar, como piezas que permiten reconocer la pertenencia a un grupo y encontrar sus orígenes, hasta donde lo permitan las sombras históricas de la desmemoria. En este tipo de historias, tanto la indagación personal profunda como la investigación documental son parte fundamental del trabajo de escritura.

Fue por eso, según declaró Renato Cisneros en una entrevista publicada en la web por el periódico colombiano El País, que decidió escribir una novela y no un texto periodístico. Sabía que él tenía nada más una porción del retrato del padre y que cada uno de los demás hijos tenía su propio y particular fragmento. Además él, Renato, quería también hablar de sus vacíos y conflictos, a medida que iba reconstruyendo y sobre todo, conociendo aspectos nuevos o desconocidos de la vida del padre. Una tarea que sin duda es más complicada si recordamos que su padre fue un militar que participó en la lucha anti subversiva del Perú y que además era gran amigo de militares como Viola y Videla en Argentina.

Esto me llevó a pensar en la realidad salvadoreña. Me pregunté si algún día podremos leer un libro así de honesto y bien escrito sobre algunas de las figuras clave de la historia nacional, sobre todo de la guerra de los ochenta. Me pregunté si los hijos o algún familiar cercano de esos personajes se atreverán algún día a investigar e inquirir sobre esas historias que están pendientes por contarse en el país. Aunque poco valdrá la pena hacerlo si esas historias no se narran con honestidad y desde una perspectiva equilibrada, es decir, no para acusar, juzgar, idealizar ni justificar a nadie, sino simplemente para contar la historia.

Si el escritor va a narrar hechos o situaciones para repetir la versión que ya todos conocen, ¿cuál sería el punto del ejercicio de la escritura? ¿Cuál es el objeto de escribir un libro de memorias o una investigación sobre algún personaje familiar histórico, si no vamos a emprender la tarea con honestidad, si no estamos dispuestos a tropezar incluso con algunos aspectos oscuros, no sólo ajenos sino también propios, que preferiríamos obviar o no conocer?

Una de las contribuciones literarias que hacen novelas como la de Cisneros, es permitirle al lector conocer el contexto emocional e ideológico que vivieron los personajes, contexto que marcó las decisiones y los eventos no sólo de nuestros ancestros, sino de todo un país. Ese enfoque alejado de la versión oficial solamente puede lograrse a través del ejercicio honesto y libre de la escritura, lejos del panfleto y del partidismo, lejos del temor a las represalias, lejos de la corrección política o de la preocupación por el qué dirán.

En ese sentido, La distancia que nos separa es una novela que confirma el valor de la honestidad como herramienta literaria y nos recuerda la importancia de conocer las historias individuales que tienen, como común denominador, el factor para ayudarnos a comprender el entramado social y cultural del cual venimos y en el cual vivimos: el factor humano.

(Publicado en la revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 26 de febrero 2017. Foto propia. Puede leer un avance de la novela de Renato Cisneros aquí).

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