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No se vive de aplausos

El bien más importante para un artista o escritor es el tiempo. Tiempo para poder dedicarse a trabajar en su obra. Pero las reglas de la sociedad obligan a todo ser humano a buscar formas de sustento económico. Alimentación, vivienda, vestido, medicamentos, pensión de retiro laboral, acceso a la electricidad y al agua potable son necesidades básicas comunes a todos, artistas y escritores incluidos.

Se dice que “trabajar dignifica al ser humano”. No trabajar, no realizar una tarea considerada como útil o productiva en términos estrictamente económicos es visto como algo negativo. Dentro de esa distorsión, se cree que los oficios artísticos o creativos son inútiles, porque su labor no pasa por los parámetros convencionales de medición económica, como sí lo hacen otros oficios y profesiones.

Usted ve una película, mira un cuadro en un museo o galería, lee un libro y pocas, muy pocas personas, logran tener conciencia de la dificultad y el trabajo que implica la producción de una obra artística. Escribir una novela, por ejemplo, requiere por lo menos de un par de años de escritura cotidiana, aunque existen excepciones como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, que fue escrita en apenas seis días. Obras monumentales de la literatura han tardado mucho tiempo más en ser escritas, como El guardián en el centeno de J. D. Salinger, que tardó diez años en escribirse, y El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien, que tardó 16.

Hay auténtico desconocimiento sobre lo que implica el trabajo creativo. Muy pocos lo consideran un trabajo en sí porque el arte y la literatura son vistos, consumidos y considerados como una actividad de ocio y entretenimiento. Pero para quienes realizamos este tipo de actividades se trata de nuestra habilidad o talento, de nuestro llamado vocacional, de un tipo específico de estructura mental que permea nuestra acción y pensamiento. Una cosa es un hobby de fin de semana u horas libres pero otra muy diferente es la vocación de vida. Para artistas y escritores, esto es nuestro trabajo, la dotación intelectual desde el cual construimos nuestra relación con la realidad. Contradecir ese llamado es mutilarnos, negar nuestra naturaleza, anularnos a nosotros mismos.

Parte del prejuicio hacia las disciplinas creativas es no reconocerlo como un trabajo que involucra una inversión de tiempo, estudio, experiencia y habilidades múltiples. El registro subjetivo del ser humano y la sociedad (que se encuentra en el arte, la literatura y la cultura en general), corre paralelo al llamado mundo profesional, donde el valor económico es considerado como prioritario y donde se nos fuerza a reprimir y subestimar nuestra esencia subjetiva y humana, esa esencia que constituye la materia prima del arte.

Conozco a varias personas talentosas, que empezaron con ímpetu una carrera artística promisoria pero que se quedaron en el camino, abrumados en parte por el conflicto entre lo económico y lo creativo. Por lo general un artista, para sobrevivir, debe dedicarse a trabajos que muchas veces están alejados de su talento creativo. Cuando además se tienen responsabilidades familiares, aportar ingresos se convierte en algo imprescindible. El tiempo para invertir en la obra propia se mira disminuido, tanto en cantidad como calidad. Si de remate se vive en un país cuyas instituciones públicas y privadas no ofrecen ningún tipo de estipendios, becas, premios o recursos para la creación artística, el panorama resulta desalentador.

“El artista vive del aplauso”, suele decirse, pero no es cierto. Quizás lo es para algunos oportunistas y bufones mediáticos que se auto denominan artistas y que se sienten satisfechos y halagados en su vanidad con solo lograr exposición y aplauso. Viven justamente para el ruido público. Al examinar su obra, nos damos cuenta que está lejos de tener mérito artístico. La verdad es que con aplausos no se paga el alquiler ni se compra comida.

Otro prejuicio absurdo sobre los artistas es que no deben cobrar o ser remunerados por su trabajo y que cuando lo hacen cometen una osadía repudiable que traiciona al arte mismo. Se cree que el artista debe regalar su obra o cobrar únicamente cifras simbólicas pero esto no compensa de manera realista el tiempo y los materiales invertidos en la creación, además que devalúa su oficio, su experiencia y su talento.

Hay un romanticismo distorsionado que exalta lo consecuente del artista sufrido, muerto de hambre y en permanente penuria, que no acepta un centavo por su obra porque eso significaría “venderse”. Se cree que eso le otorga dignidad a su arte. No sé qué tiene de digno que un artista viva con sobresaltos económicos y que muera en la pobreza, para que después de muerto, su trabajo sea vendido en millonadas por mercaderes oportunistas. O peor aún, que su obra sea olvidada por completo porque nunca fue reconocida durante la vida de su autor.

La revolución tecnológica está planteando espacios y opciones que apuntan no sólo hacia una discusión más objetiva sobre el reconocimiento del trabajo creativo y su apropiada remuneración, sino que también acentúa la necesidad de un cambio en el modelo de pago para los creadores. El crowdfunding, los micromecenazgos y la suscripción a contenidos web son parte de las nuevas alternativas que pueden permitir a los creadores invertir el tiempo necesario al desarrollo de un proyecto. Con ello también se puede reducir e incluso eliminar la engorrosa cadena de intermediarios que hay entre usted y una obra artística, intermediarios que van sacando su propia tajada económica y que reducen hasta el absurdo los honorarios que el creador termina recibiendo. Eso cuando los recibe.

Es hora de superar los prejuicios mencionados y de repensar el modelo de negocios de las diferentes disciplinas creativas. Porque ser artista no significa asumir un apostolado con votos de pobreza, donde hablar de arte y dinero en la misma oración es considerado pecaminoso o insultante. Es cuestión de valorar la obra y de ser justos con el artista, para alcanzar la dignidad y el respeto que su oficio bien merece.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 13 de agosto de 2017).

Un pájaro sin plan de vuelo

Una mujer está sentada al interior de una carpa ubicada en la calle La Cañada 7200 del barrio La Reina, en las afueras de Santiago de Chile. En la mano tiene un revólver.

Ella misma montó aquella carpa. Ella misma construyó el escenario con piedras y cemento. Aquella mujer, Violeta del Carmen Parra Sandoval, había regresado un par de años antes a su país. Había pasado una estadía en varias ciudades europeas donde dio recitales, grabó discos, actuó en presentaciones de radio y televisión, bordó arpilleras, hizo estatuas de alambre, pintó cuadros, escribió poemas. Hizo una exposición individual de sus tapices en el Museo del Louvre en París. Fue la primera latinoamericana en hacerlo.

También conoció y estableció una relación afectiva con el antropólogo y musicólogo suizo Gilbert Favre, veinte años menor que ella. Se dice que eran felices. Se dice que Favre fue el gran amor de su vida. Pero Violeta Parra extrañaba su país. Cuando volvió a Chile en junio de 1965, él la siguió.

A su regreso, Parra intentó hacer realidad un sueño anhelado desde hacía años: montar una universidad nacional del folklore. En los años 50, había recorrido el país para rescatar canciones típicas chilenas que se cantaban desde el siglo XIX y de las cuales no existían grabaciones. Los músicos tradicionales tuvieron resquemor en compartir sus conocimientos, pero la determinación de aquella mujer brava, mal hablada y que reventaba guitarras en la cabeza de los hombres que se propasaban con ella, los hicieron cambiar de opinión.

Parra soñaba no sólo con dejar un registro de todas aquellas tradiciones y canciones que había aprendido. También quería enseñarlas y compartirlas. Tocó puertas en todas partes, pero ni el Estado ni las instituciones privadas quisieron ayudar. Por fin, el alcalde de la recién formada municipalidad de La Reina, Fernando Castillo Velasco, le cedió un terreno en forma de pago por la deuda de varios eventos en los que Parra había cantado sin recibir compensación económica.

Levantó allí una carpa y la convirtió en su morada. Todo era austero y sin comodidades, pero por fin tenía un lugar propio en el cual desarrollar su proyecto. Al comienzo, todo iba bien. Durante el día se daban clases de folklore. Artistas y profesores de cerámica, escultura, pintura y otras disciplinas, formaban a los futuros artistas. Se investigaba, se estudiaba, se ensayaba. En las noches se realizaban peñas musicales. Se cantaba y se bailaba.

Pero la carpa de La Reina, como llegó a ser conocida, era de difícil acceso. Sólo se podía llegar en automóvil. En verano no era tan complicado, pero en invierno el lugar se convirtió en un lodazal. Los talleres comenzaron a fracasar por falta de asistentes. Hacía mucho frío. La lluvia y el viento azotaban y despedazaban la carpa. Violeta le hacía remiendos. Instaló un fogón en el centro de la misma. Nada sirvió.

Cada vez llegaban menos personas. Parra dependía de aquellas actividades para su subsistencia económica. A pesar de que era reconocida a nivel nacional e internacional, los aplausos y la fama no servían para comprar comida ni pagar deudas. Para colmo, Favre se fue a Bolivia y cuando Violeta fue a buscarlo un tiempo después, lo encontró casado con una boliviana. Parra regresó a Chile deprimida.

En noviembre de 1966, tres meses antes de su muerte, lanzó un disco titulado Las últimas composiciones. El disco incluyó una canción sobre Favre, “Run Run se fue pa’l norte”. También incluyó la ahora emblemática “Gracias a la vida” que opacó otra canción contenida en el mismo disco, “Maldigo del alto cielo”. Sólo un oyente avispado podría haber deducido que, lejos de un disco de agradecimiento y de exaltación al optimismo, aquellas composiciones eran la despedida de una mujer que se sentía frustrada, solitaria y defraudada.

Su biógrafa, Mónica Echeverría, la visitó en la carpa de La Reina quince días antes del suicidio. “Había muy poca gente”, cuenta Echeverría en una entrevista. “Hace rato que no estaba entrando nadie por la lejanía del lugar. Nos convidó a tomarnos el último trago, como decía ella. Estaba metida en la cama con zapatos y tapada con esas colchas lindas que hacía ella. Estaba triste, pero la hicimos reír. Pero ella aparentaba, cantaba, hasta bailó una cueca. Se forzaba, pero la cosa estaba demasiado mal para ella. Lamentablemente, nadie captó eso y terminó matándose”.

No se sabe el momento preciso en que escribió su carta de suicidio. Jamás ha sido publicada. Nicanor Parra, su hermano mayor, la guarda con celo. A pocos les ha permitido leerla. Quienes lo han hecho aseguran que el papel tiene pringas de sangre y que su contenido es duro, lleno de reclamos y amargura hacia todos, incluso su familia.

El terreno de La Reina pasó abandonado durante algún tiempo. Después, la dictadura militar urbanizó aquella zona. Hoy en día, en el lugar donde estaba la carpa existe un centro comercial. De la actividad de Parra en la comunidad apenas hay registro, a excepción de una estatua conmemorativa que se alza desde el 2012 en la plazoleta de la esquina de Mateo de Toro y Zambrano con la Cañada.

En una entrevista publicada en el periódico El Siglo, uno de sus alumnos de música, Arturo San Martín, comentaba lo dura que era como maestra. No perdonaba errores: “Violeta nos hacía repetir hasta treinta veces una estrofa; nos llegaban a sangrar las manos”. Cuando terminaba aquella etapa “de aprendizaje espartano”, como la calificó San Martín, ella cambiaba de manera radical.

“Ahora tienen que volar solitos”, decía a sus alumnos. “Usen los ritmos como les salgan, prueben instrumentos diversos, siéntense en el piano, destruyan la métrica, libérense. La canción es un pájaro sin plan de vuelo, que odia las matemáticas y ama los remolinos”.

A las 5:50 de la tarde del domingo 5 de febrero de 1967, en la carpa de La Reina, Violeta del Carmen Parra Sandoval, de 49 años, se pegó un tiro en la cabeza.

(Publicado el domingo 30 de agosto de 2017 en la revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador).

Tsundoku

Hace poco descubrí una caricatura del ilustrador estadounidense Grant Snider, llamada “Las etapas del lector” (“Stages of the Reader” en su idioma original). Snider define dichas etapas como (1) descubrir libros; (2) enamorarse de los libros; (3) los libros como una identidad; (4) los libros como una manera de evitar interactuar con humanos; (5) los libros como una frustración insoportable (“debo escribir un libro”); (6) no tener libros; (7) redescubriendo libros; (8) acumular libros y (9) pasar libros a la siguiente generación.

Las etapas están ilustradas como gradas que suben hasta el número cinco. Pero la número seis es un corte en toda la composición, donde se mira a un hombrecito echado en el fondo del corte (es decir, en un hoyo), viendo televisión y comiendo comida chatarra.

Cuando compartí dicha imagen en Twitter, varias personas me comentaron la etapa en la que sentían estar o no habían estado jamás. Lo curioso fue que todos coincidieron en jamás haber estado en la número seis. Eso me dejó pensando en mi propia vida como lectora. La verdad es que no recuerdo ningún momento en que no haya tenido libros conmigo. En mi casa siempre los hubo, desde antes que yo naciera. Esos objetos siempre me fueron familiares. Eran la visión prometedora de horas que podían pasarse a solas de manera agradable.

Me gustaron los libros desde antes de aprender a leer. Me pasaba mucho tiempo hojeando los que había en la casa, buscando los que tuvieran dibujitos o fotos. Por eso quizás llegaron hasta la cabecera de mi cama varios ejemplares del Reader’s Digest, del cual mi padre era fiel lector. Alguna foto o dibujo me habrán llamado la atención.

Un libro con el que me entretenía bastante era un manual de enfermedades infantiles, en alemán y de tapas duras. Cada vez que me daba algo, mi madre corría a consultarlo. Nunca pude entenderlo, ni cuando aprendí a leer (porque aprendí alemán años después), pero las fotos en blanco y negro eran atemorizantes, por decirlo de alguna manera. Todas eran fotos con niños mostrando todo tipo de erupciones, inflamaciones, decoloraciones, llagas, heridas, purulencias y malformaciones. También había niños con padecimientos mentales. Para mi madre era un manual médico pero para mí era una especie de enciclopedia del miedo. Rogaba porque jamás me diera ninguna de aquellas enfermedades representadas en las fotos.

A pesar de que la vida me ha llevado a vivir en varios países, siempre termino con cajas de libros que llevo y traigo a todas partes. Salgo con unos pocos y cuando llego a otro país y me quedo un tiempo, comienzo a comprar  dizque con cuidado, para no acumular demasiados, para no dificultar una próxima mudanza. ¿Pero cómo rechazar un buen libro que esté en oferta? ¿Cómo dejar en la librería un título que has buscado durante años y que por fin se encuentra a un precio accesible? ¿Cómo desprenderse de los libros favoritos, que nunca son uno ni dos sino docenas? ¿Cómo sobreponerse a esa fuerza interior que te hace sentir que ese libro es una auténtica necesidad personal y que por lo tanto, hay que comprarlo y tenerlo en casa, siempre, a toda hora, porque sólo su adquisición calmará esa necesidad?

El amor por los libros sufre su más seria prueba cuando toca una mudanza, sobre todo si es de país a país. Porque si hay algo difícil de mover son los libros. Ocupan mucho espacio, pueden llenar varias cajas y pesan más que un mal matrimonio. Aunque en la acumulación de libros siempre se cuelan algunos que son malos (porque no siempre se acierta con la selección de alguno que, al leerlo, no resultó ser tan bueno como esperábamos o creíamos o nos habían dicho), el número de los buenos libros siempre resulta mayor. El costo de trasladarlos es impagable, lo cual obliga a desprenderse de ellos.

Así nos vamos despegando de libros, dejándolos en el camino de la vida, como una rastro de migajas literarias que, si alguien pudiera seguirlo, nos encontraría en la fase ocho de la caricatura descrita al inicio, la de la acumulación de libros.

Durante años he tratado de disciplinarme en el sentido de no comprar un libro más hasta no terminar de leer los que ya tengo en casa. Confieso públicamente que he fracasado de manera estrepitosa cada vez que tomo dicha resolución. Lo que sí he logrado hacer es comprar de manera más reflexiva. Soy más selectiva y no compro uno porque sea una novedad o el libro de moda en boca de todos. Compro lo que me interesa de manera auténtica y cuya sola posesión me alegra tener. Pero tampoco la pienso tanto. Porque si hay algo frustrante es haber visto un libro, no tener el dinero para comprarlo en el momento, regresar a la librería con el dinero y la decisión de comprarlo, y que el libro ya se lo hayan llevado.

La única manera en que he logrado no comprar libros es cuando mi situación económica ha sido paupérrima. Aunque también confieso que más de una vez, entre la decisión de comprar comida o un libro, opté por el libro. En los tiempos de vacas flacas, siempre me alegra haber cedido a esta compulsión. Eso me ha permitido construir una buena biblioteca (léase: tengo una abundante reserva de libros sin leer). La mía además me sirve para enseñar escritura creativa a otros, por lo cual considero que incluso he llegado a la etapa nueve de la caricatura, porque puedo recomendar algún título a futuros escritores.

En japonés existe un sustantivo para esto de lo que vengo hablando, tsundoku. La palabra significa “apilar sin leer”, es decir, comprar libros con la intención de leerlos pero no hacerlo, y que estos terminen apilados junto a otros libros no leídos.

Si en otro idioma existe una palabra para describir este “mal”, significa que somos muchos los que lo sufrimos. Un mal que supongo no tiene remedio, pero del cual ninguno de nosotros se queja.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 16 de julio 2017. En portada: «Stages of the Reader» de Grant Snider).

Los atrasos en Jacintario TV

Para quienes han estado pendientes de la continuidad de Jacintario TV y para quienes están suscritos, tanto a este blog como al canal, quiero explicar los motivos de la irregularidad de las actualizaciones.

El mes pasado tuve problemas de salud que me impidieron trabajar durante 2 semanas. Desde antes había comenzado a tener un problema con la app que utilizo para editar los videos. Es un problema que sólo puede ser solucionado por la empresa que brinda el servicio. Han sido lentos e ineficientes, a pesar de que soy suscriptora de pago. Podría utilizar el editor de YouTube pero es muy básico y faltan funciones que la app sí tiene.

Podría conseguir un programa de edición y editar en la computadora. Pero también tengo otros problemas técnicos con el resto de mi equipo (en pocas palabras, la obsolecencia tanto de hardware como de software). No voy a abrumarlos con detalles, pero son problemas que sólo pueden solucionarse renovando el equipo.

A pesar de ello, sigo planificando y pensando en nuevas ideas. Tanto para el canal como para el blog habrá nuevas secciones. Espero retomar las filmaciones en unos días y tener material en bruto listo para edición. Todo será retomado en el momento en que se solucione alguno de los problemas mencionados.

Agradezco a las personas que preguntan por el canal. Ante mi desánimo e incluso ante mi idea de descontinuarlo, muchos me han animado a continuar. Les agradezco que consideren este trabajo como valioso.

Si le gusta el proyecto y considera útil su continuación, puede ayudar de forma práctica haciendo una contribución económica vía PayPal por la cantidad que estime conveniente. Gracias anticipadas por su generosidad.

Gracias de nuevo también por la paciencia, por estar pendientes y por sus comentarios, que me estimulan a continuar con esta idea.

Convocatoria: El horror en la literatura (taller literario)

Convocatoria abierta del 7 de julio al 12 de agosto 2017.

Duración del taller: todos los sábados, de 3 a 6 p.m., del 19 de agosto al 30 de septiembre 2017 (siete sesiones). 

Lugar: Mediateca del Centro Cultural de España en San Salvador (calle La Reforma, junto a la Embajada de España, San Benito).

Costo: 80 dólares taller completo.

  

Objetivo del taller:

El género del horror, tanto en la literatura como en el cine, es uno de los favoritos del público. A pesar de ello, en los países latinoamericanos es un género trabajado por pocos escritores. En El Salvador (y en la región centroamericana) son contados los cuentos o novelas enmarcados dentro de este género. Algunos autores, como Rubén Darío, escribieron un par de cuentos dentro del género, pero no lo convirtieron en su especialidad.

Por ello, el taller pretende analizar las diferentes técnicas utilizadas por escritores y cineastas para construir el terror en sus historias. También se hará un recorrido histórico por la literatura más significativa del género: desde las leyendas y supersticiones, las novelas góticas, los primeros cuentos infantiles hasta la introducción del horror en el cine con las primeras películas mudas y el desarrollo de estas historias en los escritores de los últimos años.

El objetivo del taller es animar a los escritores emergentes a probar las posibilidades que presenta el horror, no sólo como una herramienta para contar historias, sino también como mecanismo de reflexión sobre el ser humano y los temores primigenios de nuestras sociedades. También se analizarán los detalles técnicos para crear este tipo de historias, mediante lecturas y ejercicios pertinentes al género.

Se trabajará de manera teórica y práctica. En la parte teórica se discutirán diversos elementos y componentes del horror como género literario. Se discutirán y evaluarán algunos cuentos de autores que ejemplifiquen la utilización y posibilidades de algunos recursos literarios. En la parte práctica se ejecutarán ejercicios de escritura que luego serán discutidos en el grupo.

 

 Perfil de los participantes:

Mayores de 18 años en adelante. Que tenga algo de experiencia previa en escritura de ficción; no es imprescindible que haya publicado antes, pero sí que tenga buena redacción, puntuación y ortografía, que haya escrito textos de ficción o no ficción, que tenga un blog o que haya participado en otros talleres literarios (no necesariamente con Jacinta Escudos). Tampoco es imprescindible que haya trabajado con anterioridad el género.

También pueden participar lectores aficionados de este género y que quieran aumentar sus conocimientos y lecturas en este campo, así como sus criterios de comprensión de la construcción del horror.

 

Costo:

80 $ por todo el taller. Pagaderos en una sola cuota el primer día del taller, antes de iniciar la sesión.

Participantes de mis talleres anteriores y con reconocida buena paga, podrán pagar en 2 cuotas mensuales de 40 $ c/u (consultar directamente conmigo).

La tarifa incluye un dossier electrónico donde se compartirán enlaces a películas y textos que estaremos usando como referentes en el taller.

Aclaración importante:

Es responsabilidad de los participantes admitidos asistir al taller con regularidad. No se reponen sesiones perdidas ni se devolverá el importe de las sesiones a las que no asistió.

 

Temario:

1.-Definición del horror. La construcción de horror en el tiempo y cómo cambia de época en época y de cultura en cultura. Lo sobrenatural, lo misterioso, las leyendas. La novela gótica, primeras novelas de vampiros, las “penny dreadful” y los “weird tales”, el horror japonés, autores contemporáneos.

2.- Los personajes del horror: la caracterización del monstruo. Ctulhu, vampiros, hombres lobos, el golem. ¿Cómo construir este tipo de personajes?

3.- El impacto de la ambientación en el lector. Horror gráfico: Lo gore/grotesco. Lo evidente como herramienta para atemorizar; la sorpresa, lo inesperado. La violencia visual. Lovecraft, Poe. Pahlaniuk.

4.-Horror psicológico: el miedo lo construye el lector a partir de elementos sugeridos, sin ser gráficos. Lo sugerido, lo inexplicable. La importancia del ambiente y de la tensión. Schweblin, Chambers.

5.- El entorno y el paisaje como elementos de horror: sombras, ruidos, leyendas. La naturaleza como elemento de construcción del ambiente. Algernon Blackwood.

6.-Los clichés: cómo evitar el ridículo, cómo hacer creíbles las historias dentro del género. La coherencia de todos los elementos de la historia.

Algunos cuentistas que estudiaremos: Edgar Allan Poe, Samantha Schweblin, Horacio Quiroga, Robert Chambers, H.P. Lovecraft, Algernon Blackwood, Chuck Pahlaniuk.

Algunas películas que estaremos comentando: The Witch, Blair Witch Project, Nosferatu: Sinfonía del horror, El exorcista.

 

Si le interesa participar:

1.-Envíe una carta de solicitud explicando su interés en el taller a jacintario@gmail.com. ¿Por qué le interesa participar? ¿Ha escrito o quiere escribir este género? ¿Qué quiere aprender en este taller (en caso de ser solamente lector del género)?

2.-Recibirá una respuesta confirmando su inscripción. Me reservo el derecho de admisión.

3.-Cancelará el importe del taller el día 19 de agosto, minutos antes de la primera sesión, directamente a mi persona.

4.-Listo. ¡Nos vemos en el taller!

Una buena historia de miedo

Nueva Inglaterra, año mil seiscientos treinta y tantos. Una familia de colonos es forzada a abandonar la comunidad en la que habitan, debido a diferencias religiosas con los líderes de la misma. William, su esposa y sus cinco hijos emprenden la aventura de establecerse solos, en una zona cercana a un bosque. En el nuevo lugar, empiezan a ocurrir eventos inexplicables que van escalando en intensidad y que ponen en duda no sólo la fe de la familia, sino también su cordura.

Es el argumento de la película La bruja (2015), dirigida y escrita por Robert Eggers y que ganó premio a Mejor Dirección de Drama Estadounidense en el Festival de Sundance ese mismo año. Para los amantes del género de terror, esta película resultó ser una agradable sorpresa, sobre todo por la manera en que el director construye la tensión y el suspenso.

Si en los últimos años los directores del género nos inundaron con argumentos repetitivos, con efectos excesivos de violencia gráfica o sorpresas visuales que impactan al espectador por lo súbito, Eggers tuvo la inteligencia de pensar una historia que presenta elementos acumulativos de tensión y sugestión.

Sin ser demasiado obvio ni abusando de la violencia gráfica, Eggers aprovecha al máximo los elementos fotográficos y de edición, que van provocando en el espectador dudas y ansiedad sobre lo que está ocurriendo. ¿Están los hijos poseídos por algún espíritu maligno, están jugando y fingiendo o es un asunto de histeria colectiva? ¿Es cierto que la cabra negra es el demonio mismo y habla con los niños más pequeños? ¿Es Thomasin, la hija mayor de la familia, realmente una bruja, o sólo dice ciertas cosas para asustar a sus pequeños hermanos?

Uno de los elementos con los que juega Eggers para contribuir al ambiente de inquietud es lo visual. La coloración neutra de la película, el uso de un tono opaco y de una luz en la que parece que siempre está por comenzar una tormenta, la fotografía de exteriores donde la naturaleza y lo desconocido del territorio son amenazantes para aquellos colonos aislados de todo ser humano, los cortes de las escenas en el momento preciso para evitar ver su culminación junto con el uso de la música y del sonido como elementos constructores de tensión, todo se conjuga de manera efectiva para inquietar al espectador.

La bruja tiene también momentos de una belleza estética sorprendente e inusual para el género. Hay una escena, por ejemplo, en que la familia come a la luz de las velas y que recuerda al cuadro Los comedores de papas de Vincent Van Gogh. No detallo otros momentos para no dar spoilers sobre la trama, pero hay varias escenas que llaman la atención por la belleza de la composición fotográfica.

El uso acertado de todos esos elementos, más las estupendas actuaciones, logran construir una película que toca los mitos y leyendas propios de la época, sin caer en el ridículo o los lugares comunes. Por el contrario, la investigación antropológica efectuada por Eggers para reconstruir las costumbres, las oraciones, las viviendas y la vestimenta de los colonos, así como su manera de hablar, fueron ampliamente documentados para lograr que la ambientación fuera lo más cercano posible a la época descrita. Esa reconstrucción minuciosa también permite comprender el marco mental y emocional en el que viven los personajes y que explican las reacciones de temor, dudas e impotencia de cada quien.

Recordé esta película mientras preparo el temario de un taller sobre el género del horror en la literatura. Porque La bruja deja pensando en cómo ha ido cambiando el tratamiento del horror a lo largo de la historia, tanto en el cine como en la literatura, y por qué nos gustan tanto dicho tipo de historias. Visto de manera superficial, pareciera que el ser humano es sádico y que le gusta retar sus propios miedos, de manera voluntaria, al ver una película o leer una historia de terror.

En mi opinión, la clave para una buena historia de miedo es lograr que sea el espectador o el lector el que vaya construyendo dentro de sí esa tensión, a partir de pistas y sugerencias que nunca le quedan del todo claras. Eso obliga al espectador o al lector a imaginar cosas, a visualizarlas a partir de sus propios temores y fobias. No a todos nos asustan las mismas cosas, por lo que tener la capacidad de dejar una situación sugerida puede resultar más efectivo que mostrarla de manera obvia.

A pesar de ello, hay escritores y cineastas que han sabido utilizar lo evidente de manera afortunada. Recordemos la película Nosferatu: sinfonía del horror (1922) de F.W. Murnau, donde la figura del vampiro es simplemente grotesca; o historias de H.P. Lovecraft, como “El horror de Dunwich” donde, desde el título mismo, el escritor nos advierte que van a ocurrir eventos abrumadores.

El ser humano siempre se ha sentido atraído por lo misterioso, lo no verificable, lo que no tiene explicación. Golems, monstruos, espíritus, vampiros, licántropos, brujas, lugares u objetos encantados, maldiciones, supersticiones, fenómenos paranormales y todo tipo de eventos inexplicables son nada más algunos de los personajes y situaciones que pueblan ese imaginario oscuro que rechazamos pero que al mismo tiempo ha seducido al ser humano desde que es capaz de contar historias.

Aunque el género de terror ha sido considerado por algunos críticos como “menor”, la verdad es que representa un gran reto técnico para quien decide trabajarlo. No todos somos capaces de contar una historia y calar en los miedos ajenos hasta causarle una reacción de temor o inquietud a los demás.

Para muchos, trabajar una historia de horror implica explorar la región oscura de las personas, sus instintos primarios, la parte incontrolable e inexplicable de nuestros temores más profundos. Quizás por eso sea un género de tanta popularidad, porque nos permite canalizar esos temores inconfesables para luego continuar adelante, como si nada, tragando en silencio el terror de estar vivos.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, julio 2, 2017. En portada, Anya Taylor-Joy en el papel de Thomasin, una escena de La bruja).

La omisión de la cultura

Una de las grandes omisiones del informe de tres años de gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén, fue mencionar que durante el transcurso de los últimos doce meses se aprobó una Ley de Cultura. De hecho en todo su discurso no hizo referencia ni una vez, de manera directa, al tema cultural.

La única mención más o menos relacionada, fue de forma general en el siguiente párrafo que reproduzco textual: “Fortaleceremos el tejido social a través de la convivencia y participación ciudadana, las expresiones artísticas, la Red de Casas de la Cultura y Convivencia, el teatro nacional infantil con La Colmenita, los Encuentros Culturales y el deporte”.

En otro párrafo posterior, hace una alusión aún más difusa y lejana al tema, donde “los trabajadores del arte” aparecemos mezclados, junto a los deportistas, los niños, la juventud, los empresarios y todo el pueblo, siendo felicitados por participar “con entusiasmo a nivel nacional en actividades que llevan alegría y sana convivencia a las comunidades”.

Si se lee bien, eso de “fortalecer el tejido social” tiene que ver en realidad con los planes de prevención de violencia que el gobierno intenta instaurar y para los cuales, los espacios artísticos y culturales serán utilizados como puntos de reunión para actividades recreativas y de entretenimiento para población en zonas de riesgo.

“Fortalecer el tejido social” no implica, en este caso, reforzar la creación y la formación artística, abrir espacios de discusión e intercambio de pensamiento e ideas, ni elevar la calidad de los eventos que se ofrece a los salvadoreños ampliando las perspectivas más allá de lo meramente folklórico.

La omisión del presidente sobre el tema cultural en su discurso de logros de gobierno dice mucho de la nula importancia que le da al tema. La Ley de Cultura fue una promesa de campaña y fue uno de los temas alrededor de los cuales se logró reunir a trabajadores culturales, artísticos e intelectuales, gremio que siempre es reacio a este tipo de cosas. En varias ocasiones fuimos convocados por la Secretaría Nacional de Arte y Cultura del FMLN para discutir y analizar el anteproyecto de ley. Una ley que cuando finalmente fue aprobada en agosto del año pasado, quedó reducida a su mínima expresión y dejó por fuera peticiones de vital importancia para quienes trabajamos en cultura, como la pensión y el seguro social.

Varios de los elementos discutidos y que se suponían vitales para fomentar y elevar la calidad, no sólo de la producción cultural nacional, sino de su percepción por parte de la ciudadanía, no sólo fueron sacados de la ley sino que, al día de hoy, no se ha vuelto a hablar nada del asunto. Nada se sabe de los avances en la reglamentación de la ley ni de las alternativas para cumplir con las promesas de pensión y seguro social para los trabajadores artísticos y culturales.

¿Por qué no se ha renovado la editorial del estado? ¿Por qué no se realiza una feria internacional del libro de lujo, como ocurre en otros países de la región? ¿Por qué nuestro orgullo cultural se reduce a las pupusas y al futbol, sin recordar que tenemos grandes artistas, escritores, pintores, fotógrafos, músicos, escultores, actores, cineastas? ¿Será porque no los conocemos? ¿Será porque no hay suficientes espacios para la difusión y la preservación de sus obras?

Es absurdo seguir disculpando el descuido y la falta de asignación de un presupuesto decente en la labor cultural, argumentando que es prioritario resolver los problemas urgentes de país que ya todos sabemos. Pero este país siempre está en emergencia y con problemas graves sobre la nuca. ¿Cuándo hemos estado bien? Siempre estamos resolviendo los mismos problemas. O intentándolo, pero la verdad es que nunca lo logramos.

Alguna vez leí que después de la II Guerra Mundial, cuando se reorganizó el gobierno alemán, hubo muchas discusiones en torno al presupuesto a asignarse al área cultural. Algunos decían que no era el problema prioritario, que después resolverían qué hacer al respecto. El país estaba en ruinas, la economía en el suelo, la honra nacional destrozada. No había tiempo ni ánimo para pensar en el arte. No había presupuesto para invertir en cultura. Todo debía ir para la reconstrucción.

Pero otro grupo pensaba lo contrario. También había que pensar en reconstruir el alma nacional. Era necesario comenzar una labor para rescatar la sensibilidad de la ciudadanía hacia la belleza, después de tanta muerte y destrucción. Era necesario superar el complejo de culpa y la humillación del vencido ante un mundo impactado por el genocidio. Era necesario que los artistas participaran activamente de la reconstrucción porque sus testimonios y observaciones eran vitales para el retrato de lo que pasaba en aquel momento. Era necesario volver a crear. Prevaleció este último grupo.

Queda claro que el gobierno salvadoreño maneja un concepto limitado y desfasado de lo que es cultura. Se limita a considerarlo como un instrumento de entretenimiento colectivo y de terapia de prevención de violencia, pero no como una herramienta que permite reflexionar, cuestionar e inquirir sobre nuestra realidad y nuestra condición humana. No considera el talento, la creatividad y la inteligencia de sus ciudadanos como un valor nacional en el cual hay que invertir y se conforma con aplaudir los triunfos que muchos de ellos logran en el exterior, porque en su propia tierra no encontraron el espacio para desarrollar todo su potencial y se vieron obligados a realizar sus proyectos en otra parte.

Es lamentable que el FMLN, ya con un segundo gobierno, haya perdido la oportunidad histórica de darle un giro al trabajo cultural de este país. Aunque ya sabemos que la cultura ocupa el último lugar de importancia en El Salvador, no hay que callar al respecto. A dos años de terminar el actual mandato, habrá que aceptar una vez más que quedarán en deuda varias promesas de campaña.

La cultura nacional continuará siendo una tarea pendiente, la eterna deuda de los gobernantes con la ciudadanía.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 18 de junio 2017. Foto de portadilla por Gerson Rodríguez, CCO Public Domain).

Renovar el sistema económico

A fines de mayo pasado, el Foro Económico Mundial emitió un reporte donde advierte que a más tardar para el año 2050, deberá aumentarse la edad de retiro de los ciudadanos. Además, éstos deberán pagar cuotas más altas que las actuales, para poder mantener los sistemas de pensión a flote.

Dicho reporte estudió los seis sistemas de pensiones más grandes del mundo, correspondientes a Estados Unidos, el Reino unido, Japón, Holanda, Canadá y Australia. Los ciudadanos de dichos países nacidos hoy en día tendrán una expectativa de vida que se prevé llegará a los 100 años. En los países europeos, donde la edad promedio para el retiro laboral es de 60 años, los retirados podrían tener que vivir todavía algunas décadas, teniendo su pensión como único ingreso económico. Esto significará también que los correspondientes gobiernos deberán ampliar sus servicios sociales para dar abasto a una población que va en aumento cada año.

Dichos pensionados serán los afortunados, en comparación con quienes no cotizan ni tienen previsiones económicas a futuro. Para éstos, la pobreza y el deterioro de su estatus de vida están predichos. La sociedad rechaza contratar a personas mayores de 50 años, a menos que sea en labores mal pagadas, apelando a prejuicios sobre limitaciones físicas, de aprendizaje o de lucidez e inteligencia. La discriminación etaria y la exaltación de la juventud como motor productivo y social no sólo invisibiliza a los mayores expulsándolos del mercado laboral, sino también de la toma de decisiones sobre las necesidades y cambios políticos que se necesitan para mejorar la calidad de vida de dicho bloque poblacional.

Con la creciente automatización de servicios y la también creciente cantidad de trabajos que ya están siendo realizados por mecanismos de robótica o inteligencia artificial, el mercado laboral se torna cada día más competitivo y escaso. Ni la acumulación de estudios universitarios ni la juventud del postulante ni mucho menos su talento, cualidades, buenas intenciones o ganas de triunfar, garantizan por sí solos el poder obtener un empleo.

Miles de personas se ven obligadas a entrar en el área del trabajo informal, el auto empleo o fundar pequeñas empresas para ofrecer algún producto o servicio. Sin embargo, estos emprendimientos individuales suelen tener una vida limitada. Pocas subsisten o logran consolidarse y expandirse porque la competencia del gran mercado los ahoga. La mayoría termina cerrando, fusionándose con otros emprendimientos, siendo vendidos al mejor postor o declarando la bancarrota.

De esto derivan en parte, las masas de migrantes que se establecen en otro país. Aferrados a su sentido nacional y reproduciendo las costumbres y vida del país dejado atrás, no se integran culturalmente al país receptor. Los hay quienes comercializan los productos que nutren y fortalecen esa nostalgia. Los hay quienes encuentran la muerte por buscar la vida en otra parte, porque sus países no ofrecen las oportunidades necesarias para poder tener una vida digna.

Todo esto debería llevarnos a reflexionar sobre la inconsistencia del sistema económico actual y de la urgencia de su renovación. No hay ni habrá nunca suficiente trabajo para todos en todas partes. La fuerza laboral, de todas las edades y capacidades, aumenta a ritmo veloz cada año. Aunque los gobiernos y las empresas emitan estadísticas triunfales sobre el aumento en la cantidad de empleos, habría que examinar la calidad de los mismos (trabajos en condiciones de esclavitud, que exprimen hasta el alma de los empleados por sueldos infames, pero que nadie se atreve a abandonar ni a denunciar porque más valen esos pocos centavos en mano que aventurarse a lo que termina convirtiéndose en la frustrante odisea de buscar empleo).

En 1973, el economista británico E.F. Schumacher publicó el libro Lo pequeño es hermoso. Economía como si la gente importara. Ya entonces, Schumacher advirtió sobre lo insostenible del modelo económico moderno, que considera los recursos naturales como mercancía, en vez de ser considerados como un capital, dada su condición no renovable. También criticó conceptos como “el mayor crecimiento económico es mejor” o “lo más grande es mejor”, haciendo notar cómo ello promueve la acumulación de riqueza excesiva.

Uno de los capítulos del libro, “Economía budista”, aboga por la reconversión de esas nociones de sobreproducción masiva hacia formas manejables de autogestión comunal; la renovación del intercambio de bienes, o trueque, como forma de pago; y la organización mediante colectivos locales, cuyos individuos trabajen en los oficios para los cuales tienen aptitud. Ello permitiría que comunidades y vecinos establezcan verdaderas redes sociales (no electrónicas), cuya calidad de vida mejoraría a partir de un desarrollo enfocado en la realización del ser humano en todo su potencial y no limitado a ser considerado como un instrumento productivo, cuyo único objetivo es el consumo de bienes.

Muchos pensaron que las propuestas de Schumacher eran soñadoras e irrealizables, porque dicho cambio de modelo económico no podrá realizarse si no hay un cambio de mentalidad individual.

“El hombre moderno no puede comprender el espíritu de una sociedad que no esté centrada en la propiedad y en la codicia”, decía el psicoanalista alemán Erich Fromm en su libro ¿Tener o ser?, publicado en 1976. “Para tener éxito se debe ser capaz de imponer la personalidad en competencia con muchos otros. Si para ganarse la vida se pudiera depender de lo que se sabe y lo que se puede hacer, la propia estima estaría en proporción con la propia capacidad, con el valor de uso; pero como el éxito depende en gran medida de cómo se vende la personalidad, el individuo se concibe como mercancía o, más bien, simultáneamente como el vendedor y la mercancía que vende”. Las palabras de Fromm resuenan como si se hablara de nuestro tiempo.

Las perspectivas a futuro obligan a repensar el sistema económico y convertirlo en un sistema más humano y equitativo, como el modelo propuesto por Schumacher. Es una idea soñadora, sí. Pero si no hacemos algo hoy algo al respecto, nuestros hijos y nietos vivirán mañana tiempos más duros que los actuales.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 4 de junio 2017).

Conversando con Sergio Ramírez

Chibola

Una de mis escasas alegrías, cuando era una niña de 5 o 6 años, era tener que pasar la tarde en la oficina de mi padre. No recuerdo ahora los motivos varios por lo que aquello ocurría, pero cuando pasaba, era siempre una buena noticia para mí.

Mi padre tenía su oficina en un edificio del Pasaje Montalvo, en pleno centro de la ciudad. Era una pequeña oficina de representaciones comerciales. Vendía productos extranjeros, sobre todo textiles, a varios de los almacenes del centro. El negocio lo compartía con su hermano, mi tío Ricardo. Él era, precisamente, uno de los motivos de mi alegría.

En la oficina, podía hacer lo que me diera la gana, siempre que estuviera callada. Podía dar veinticinco vueltas en las sillas de rueditas, subirlas y bajarlas de altura y hacer carreras imaginarias con la silla por el espacio vacío entre los escritorios, hasta que mi padre me decía que me estuviera quieta.

Mi tío, un hombre al que jamás vi enojado, me sentaba entonces delante de una máquina de escribir Underwood. Me enseñaba cómo meter y sacar el papel y me ponía pequeños ejercicios de escritura. Mi-ca-si-ta era uno de ellos. Yo escribía un par de líneas con aquello pero después probaba a hacer escritura libre, es decir, tecleaba cualquier letra e imaginaba que lo que escribía tenía algún sentido. Tecleaba con fuerza y me afanaba por hacerlo rápido, como miraba hacer a los periodistas y escritores en las películas. Todavía no sabía leer ni escribir mucho pero me emocionaba la idea de que algún día descifraría el significado secreto de las palabras.

Después de tres líneas de mi-ca-si-ta me sentía agotada, así es que me levantaba a ver los objetos en los escritorios de mi padre. Tenía una pequeña figura de metal de un hombre sosteniendo una barra. Estaba de puntillas, equilibrado sobre una columna también de metal. Por más fuerte que fuera el empujón que le daba al hombrecito, éste se mecía y bamboleaba de un lado a otro, pero jamás caía. Eso me mantenía fascinada durante un buen rato.

Después de revisar los borradores en forma de ruedita; una máquina similar a la de escribir pero con teclas llenas de números; los muestrarios de telas, encajes y botones que mi padre vendía; abrir y cerrar todas las gavetas de los tres o cuatro escritorios de la oficina, me iba al escritorio de mi tío.

Caminaba alrededor de su silla. Él ni levantaba la cabeza, concentrado como estaba haciendo no sé qué importantes tareas. Él tenía un lunar de bolita en la nuca y siempre me gustaba tocárselo. Se me había metido la idea de que ese lunar podría arrancarse y se lo jalaba hasta que él se agarraba el lunar con la mano diciéndome que le dolía. Sin decir nada más, abría una gaveta delgada, donde además de lápices y lapiceros guardaba siempre un par de rollitos de mentas Gallito. No me gustaban las mentas en particular, pero siempre me regalaba un rollito y yo me las comía.

El momento más esperado de la tarde era cuando me ofrecía una chibola. Siempre me pasaba lo mismo. Él me ofrecía una chibola, yo la aceptaba imaginándome que de algún rincón mágico de su escritorio iba a sacar una red llena de canicas. Pero lo que hacía era levantarse, ir hacia un rincón de la oficina donde había una pequeña refrigeradora, y sacaba una gaseosa. La destapaba y me la daba.

La gaseosa también me alegraba, pero mientras me la tomaba, seguía esperando las supuestas canicas. Pero mi tío volvía a su escritorio y seguía en esas tareas importantes y misteriosas a las que se dedican los adultos en las oficinas y no lo veía haciendo ningún movimiento para lo de las canicas.

A la tercera o cuarta vez que ocurrió aquella rutina, por fin le pregunté a mi tío por las chibolas que me prometía y jamás me daba. Me miró desconcertado. Te la estás tomando, me decía, ¿querés otra? Yo miraba el envase de vidrio de Orange Crush, cafecito y con una espiral exterior, pero no entendía la relación con las chibolas. Algo captó mi tío de mi desconcierto.

Se levantó a sacar de la papelera la corcholata, doblada por la fuerza del destapador, y forrada en su interior con corcho natural. Me explicó mi tío que cuando comenzaron a venderse las gaseosas, no llevaban corcholata, sino que tenían una tapa con una canica o chibola, que por la presión del gas mantenía la mantenía cerrada. La chibola se empujaba hacia abajo y la gaseosa quedaba abierta.

Cuando le dije a mi tío que cada vez que me ofrecía una chibola yo esperaba que me diera una canica, se rió muchísimo. Y nada. Continuamos con nuestra vida de oficinistas. Yo dibujando flores, casas y carros. Él haciendo su misterioso trabajo importantísimo y mi padre entrando y saliendo de la oficina sin prestarnos mayor atención.

La gran sorpresa fue un día en que mi padre volvió a casa y me dio una bolsita de papel. “Aquí te manda tu tío Ricardo”. Al abrir la bolsita vi que adentro venía una redecilla llena de canicas, con las que me tiré al suelo a jugar de inmediato. ¡Por fin tenía mis soñadas chibolas!

Siempre le atribuyo a mi tío Ricardo mi oficio literario. Me regalaba libros aún antes de yo saber leer, lo que me “obligaba” a inventar las historias por mi cuenta, deduciéndola a partir de los dibujos. Además, siempre me regaló un tipo de lecturas tan heterogénea que me interesé por todo tipo de historias.

Ahora en la distancia, escribiendo esta columna, repasando el recuerdo en detalle, deduzco que también aquellos ejercicios de mi-ca-si-ta y el sentarme ante la máquina, dejándome manosearla y empujar las teclas hasta el aburrimiento, era ya comenzar a familiarizarme con los instrumentos que, desde aquella prehistoria de mi oficio de escritora, han sido y serán parte inobjetable de mi vida.

Y siacabuche.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 21 de mayo 2017). 

Los talleres literarios de Jacinta Escudos

Permanencia literaria

Hace pocos años, en uno de mis talleres de narrativa, le di de leer a los participantes algunos cuentos de El llano en llamas, del escritor mexicano Juan Rulfo. Varios son joyas del género y suelo usarlos para ejemplificar la efectividad del uso del diálogo, la descripción y la creación de ambientes mediante la sobriedad del lenguaje.

Pero cuando tocó discutir los cuentos, noté que algo pasaba. Pocos habían leído o terminado de leer los cuentos. Por fin, algunos participantes confesaron que les aburrió Rulfo y que querían leer cosas que tuvieran más relación con el tiempo actual.

Recordé mis días de colegio. De pronto me sentí como alguno de aquellos profesores que nos obligaron a leer textos que nos aburrían y que para muchos implicó el alejamiento definitivo de la lectura. Muy de vez en cuando, alguna de esas lecturas obligadas me impactaba y pasaba a formar parte de mi canon personal. Pedro Páramo de Juan Rulfo fue una de ellas.

Lo leí adolescente, cuando ya escribía cuentos o intentaba hacerlo. Escribía en secreto y nadie había leído nada mío, así es que iba a tientas en la oscuridad con eso de querer escribir. Lo hacía por imitación y mi única fuente de consulta posible en cuanto a lo literario eran mis lecturas extra colegiales.

Pedro Páramo resultó ser una revelación en varios sentidos. Era una novela inquietante. Era diferente a todo lo que había leído antes en su tratamiento de los escenarios y personajes rurales. Era un libro oscuro, que ameritaba leerse en penumbras, a la luz de las velas, aguzando el oído por si escuchabas el murmullo de los muertos en la oscuridad de tu alrededor.

En alguna etapa de mi vida me dio por coleccionar ediciones de dicho libro. Las compraba nada más por la portada. O me las regalaban. Pero la desgracia de mudarme tanto hizo que la mayoría de ejemplares que tenía se perdieran, aunque todavía conservo dos. Uno de ellos es ese primer ejemplar que leí adolescente, publicado por el Fondo de Cultura Económica de México, decimacuarta reimpresión (sic) de 1977.

No es la primera vez que algunos de los participantes de mis talleres consideraron aburrida alguna lectura asignada. Tampoco les gustó Alejo Carpentier ni Joao Guimaraes Rosa ni Raymond Carver. “Muy aburrido”, “muy barroco”, “no entiendo”, “no tiene sentido”, “está bonito, pero…”. Aunque comprendo que la literatura es un asunto de gustos, ese tipo de reacciones me desconcierta y me deja pensando en lo bien o mal que envejecen algunos textos, pero también en cómo los gustos de lectura van cambiando y qué es lo que se valora hoy en día como buena literatura.

Algo que escuché con frecuencia cuando comenzaba a escribir era que el tiempo es la gran prueba de todo escritor; que si su obra sigue siendo leída cien años o más después de ser publicada, significaba que era Literatura. Así, con mayúscula. Siempre estuve en desacuerdo con dicha idea. Estoy segura de que hay miles de libros que no sobreviven el filtro del tiempo, no porque estén mal escritos, sino por motivos no relacionados con el contenido de la obra. Pensemos en nuestro país, por ejemplo. Es raro que obra publicada en El Salvador tenga una segunda edición. Ni digamos una tercera, cuarta, quinta. Los libros que se siguen reimprimiendo son, por lo general, las lecturas obligatorias del Ministerio de Educación. Los demás se pierden para siempre. Esos vacíos editoriales hacen que la obra de la mayoría de los escritores salvadoreños continúe siendo desconocida o que caiga en el olvido demasiado rápido.

Pero también hay que tomar en cuenta los cambios sociales y culturales que van ocurriendo. Muchos de nuestros pueblos se han urbanizado de manera acelerada. La facilidad y el acceso a la comunicación digital han penetrado nuestras raíces y afectado nuestra manera de leer, de escribir, de pensar y de construir lenguaje. El tejido de carreteras que hay en el país enhebra un paisaje rural que va siendo derribado por nuestro obsesivo urbanismo. Nuestra tierra está cruzada por venas de asfalto y arterias de concreto. Los árboles mueren en silencio.

La revolución tecnológica ha cambiado, sin duda, los hábitos y los gustos, tanto de lectores como de escritores. Se prefiere un tipo de escritura inmediata, efectivista, casi coyuntural, que pueda leerse de manera rápida y que no sea complicada de digerir. Los autores emergentes no hablan sobre el lenguaje, la estructura o la imaginación. No son sus preocupaciones. A demasiados les preocupan más asuntos extraliterarios. Quienes más destacan son aquellos que tienen la virtud de saber posar frente a la cámara, son buenos vendedores de sí mismos y también son ágiles relacionistas públicos. La gente acude a sus libros porque son los más visibles, pero no necesariamente porque son los mejor escritos.

La intención original de esta columna era hablar sobre Juan Rulfo, el escritor que con dos libros excepcionales se convirtiera en un autor imprescindible de la narrativa latinoamericana. Este 16 de mayo se cumple el centenario de su nacimiento. Entonces recordé aquel evento ocurrido en mi taller y me quedé pensando si la obra de algunos autores llegará a esos cien o más años de lectura. Los libros de Rulfo tienen poco más de 60 años de publicados y ya hay gente que piensa que son aburridos o desfasados.

Se podrá argumentar que la calidad literaria se impone al tiempo y que Juan Rulfo es ya un clásico. Que quien quiera considerarse una persona bien leída o quien pretenda ser escritor debe leer sus libros. Estoy de acuerdo y no lo discuto.

Pero también soy testigo de esa reconversión que está ocurriendo en el mundo literario y lo evidente se impone sobre el romanticismo. Estoy convencida de que la figura del escritor está transformándose y que con ello cambiarán también los contenidos literarios y en consecuencia, el gusto de los lectores y lo que a futuro será considerado como los nuevos clásicos.

Si Rulfo u otros autores sobrevivirán a ello, está todavía por verse.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 7 de mayo, 2017. En portada, foto de Juan Rulfo).