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Convocatoria abierta: Taller de narrativa «Elementos básicos de novela corta»

Convocatoria abierta hasta el 5 de octubre 2017.

Horarios y duración del taller: Todos los sábados, de 3 a 6 p.m., del 7 de octubre al 9 de diciembre 2017.

Lugar: Mediateca del Centro Cultural de España en San Salvador (calle La Reforma, junto a la Embajada de España, San Benito).

Costo: 100 (cien) dólares taller completo.

 

¿Por qué un taller de novela corta?

La novela corta es un género que presenta una alternativa para quienes el territorio del cuento es demasiado breve para lo que desean contar, pero que no sienten que la historia tenga el aliento necesario para convertirse en una novela. También lo es para escritores en formación que quieren hacer la transición del cuento a la novela.

Al igual que el cuento, la novela corta  es uno de los géneros ideales para comenzar a escribir narrativa. La escritura de una novela corta, permite valorar las posibilidades del espacio para desarrollar una historia a su propio aire. Al narrador que se inicia de esta manera, la novela corta le permite agarrar aliento para explorar el género de manera amplia más adelante.

En ese sentido, el taller busca incentivar a narradores a que prueben las posibilidades de este formato de ficción; para escritores en formación, también es un género conveniente para comenzar a ejercitar el oficio de la escritura.

Los temas a tratar en el taller son los relacionados con la estructura interna de la historia. También se discutirán lecturas representativas de algunos cultores del género (Ernesto Sábato, Juan Carlos Onetti, Albert Camus, Horacio Castellanos Moya y Lina Meruane).

Como en los demás talleres, habrá trabajo teórico y práctico. En la parte teórica se discutirán diversos elementos y componentes de la novela corta. Se discutirán y evaluarán algunos ejemplos sobre la estructura narrativa. En la parte práctica, se asignarán ejercicios de escritura que luego serán discutidos en el grupo.

Al final del taller, se espera que los participantes cuenten con las herramientas necesarias para emprender la escritura de un proyecto propio y saber montar la estructura de su historia.

 

Duración:

Todos los sábados, de 3 a 6 p.m., del 7 de octubre al 9 de diciembre 2017.

El taller constará de 10 sesiones de 3 horas cada una (con 20 minutos de pausa para café). Total de 2 meses y medio.

La reunión será una vez por semana, los sábados en la tarde, en la Mediateca del Centro Cultural de España en San Salvador (calle La Reforma, junto a la Embajada de España, San Benito).

 

Participantes:

Mínimo 10. Máximo 20.

Perfil del participanteMayores de 16 años. Que tenga algo de experiencia previa en escritura de ficción o no ficción. No es necesario tener obra publicada. Es necesario también que tenga buena redacción (buen manejo de gramática, puntuación y tildación). Poetas que quieren hacer la transición a la narrativa. Cuentistas que desean incursionar en la novela.

 

Costo: 100 $ (cien dólares) por todo el taller. Pagaderos en una sola cuota el primer día del taller, antes de iniciar la sesión.

Participantes de mis talleres anteriores, podrán pagar en 2 cuotas mensuales (consultar directamente conmigo).

Aclaración importante: Es responsabilidad de los participantes admitidos asistir al taller con regularidad. No se reponen sesiones perdidas ni se devolverá el importe de las sesiones a las que no asistió.

 

Temario:

  1. Definición de novela corta. Diferencias entre el cuento, el relato y la novela.
  2. Elementos de estructura narrativa. Cómo saber si una idea es buena para cuento o para novela corta. La composición de una historia para ser narrada.
  3. La trama principal, su construcción.
  4. Personajes principales. Héroes, anti-héroes, antagonistas, villanos. Personajes circunstanciales.
  5. Personajes secundarios y terciarios. Diálogos.
  6. Caracterización de los personajes
  7. El papel del narrador. Su voz. Alternativas.
  8. El lenguaje literario: no es lo mismo redactar que escribir.

 

Si le interesa participar:

1.-Enviar un correo de motivación explicando su interés para participar a jacintario@gmail.com.

2.-Recibirá una respuesta confirmando su solicitud. Me reservo el derecho de admisión.

3.-Cancelará el importe del taller el día 7 de octubre, minutos antes de la primera sesión, directamente a mi persona.

4.-Listo. ¡Nos vemos en el taller!

Memorial del olfato

El olor a libros cuando abro la puerta de mi casa. El olor a libros cuando abro la puerta de mi estudio. Olor de libro viejo. Olor de libro nuevo. Olor a tinta recién impresa.

El olor a comida en el vecindario. Olor a plátanos fritos, a carne asada, a sopa de res, a cebolla frita. Olor a frijoles que se queman en la olla. A pan quemado. A familias sonrientes sentadas ante una mesa pródiga en alimentos. Gente feliz comiendo comida feliz en ese mundo al que los tristes no podremos entrar jamás.

El olor del humo de la carretera Panamericana. El olor café y gris del smog. El olor de los autobuses que viajan a Occidente. El olor del interior de esos autobuses.

El olor a moho, a humedad. El olor a pino y cipreses de la casa de mi infancia en Los Planes de Renderos. El olor de los mangos podridos entre la hojarasca del Parque Balboa. El olor de la hojarasca del bambú. El olor de las hormigas negras que caminaban en línea recta, siempre, sobre el filo de una pared de la casa. El olor de los príncipes negros en el rosal de mi padre. El olor del azahar en los naranjos del terreno. El olor amargo de sus hojas.

El olor del jugo de naranja recién exprimido, cada mañana. El olor del after-shave Old Spice que usaba mi padre. El olor a café con leche que se me quedaba estampado en la mejilla después que me daba el beso de despedida, cuando se iba al trabajo.

El olor del jabón Salvavidas que mi padre usaba para bañar a los perros de la casa. El olor de las gallinas. El olor de mis gatos. El olor a canela cuando el veterinario abrió el pecho de una gata muerta para hacerle una autopsia.

El olor de la mata de guineo cuando es cortada. La leche de sus entrañas manando pegajosa, la sangre blanca de la mata, el tronco llorando savia. Morir para que otros vivan. Nacer para que otros mueran.

El olor revuelto de pinos y mar al bajarme del carro al llegar a Isla Negra, en Chile. El golpe del olor del mar cuando el carro enfilaba en el cruce hacia San Diego, en los domingos familiares. Aspirar fuerte, acechar el olor, añorarlo, extrañarlo, desear sentirlo de nuevo. El verde aroma de los mares.

El olor dulzón de los ríos. El olor del lodo que se pudre en el fondo de los ríos. El olor a lluvia que viene contenido en una ráfaga de viento. El olor del aire cuando se acerca una tormenta, corriente abajo. Olor a agua. El agua que viene rodando con su cuerpo de nubes, elefantes de agua que se deshacen sobre el mundo. El olor de la tierra mojada. El olor de los verdes y las flores y los frutos. El olor de la vegetación que brota. El recuerdo del trópico húmedo, cuando era mujer de río.

El olor del polvo. El olor de lo reseco. El olor de la carretera a Panchimalco, cuando era un camino de tierra. El olor del incienso en la misa de peregrinos al terminar el Camino de Santiago, en la Catedral de Compostela. El olor a copal y estoraque en una ceremonia al Maximón, en Atitlán.

El olor de la cabina de un avión. El olor a motor, a combustible, el olor a grasa y metales voladores de los aeropuertos.

El olor de las funerarias. El olor a flores y perfumes revueltos que pesan en el pecho, que resultan nauseabundos. El olor de los hospitales. El olor de un asilo de ancianos. Olor a medicamentos y desinfectantes, a excrementos y tumores.

Funerarias, hospitales, aeropuertos comparten un olor común: el olor de las despedidas, el olor de la tristeza, el olor del llanto, el olor del final, el olor del adiós. El olor del dolor. Aunque hay excepciones. A veces nace un niño, retorna un ser amado, una vida se salva, una familia se reúne. Entonces son olores confundidos: besos, labiales, perfumes, lágrimas, saliva, un mínimo aliento alcohólico debido al trago que se bebió para tomar valor de decir una verdad importante, el pelo, el cuello, el ácido de un sudor. El olor de dichas circunstancias es el resultado de la mezcla a dosis iguales de alegría, alivio, miedo, ansiedad, nerviosismo. El amor va en dosis doble. Siempre.

El olor a pan tostado por las mañanas. Olor a café recién molido, a café recién hecho. El olor del pan recién horneado en las panaderías del centro de San Salvador. El olor a humo de madera cuando se encendía el fogón de la cocina en la finca de enfrente. El olor de la ceniza.

El olor del cigarro que alguien fuma en la calle. Nostalgia de mis días de fumadora, de fumar tabaco Javaanse Jongens y enrollar mis propios cigarrillos.

El olor a sangre en un matadero, recién realizado un destace. El olor de la fritura de los primeros chicharrones. El olor de la pimienta que casi siempre me hace estornudar. El olor del chile jalapeño que me hace salivar. El olor de la cebolla que me hace llorar.

El olor de la pólvora quemada después del frenesí de las medias noches de fin de año. El olor de la pólvora de un disparo. El olor de una casa nueva. De una casa recién pintada. El olor de las cosas nuevas, del plástico que las envuelve. El olor de la esperanza.

El olor de una Pilsner Urquell cuando te acercás el vaso a la boca para tomar el primer trago. El olor de los barcos que entraban a las esclusas de Saint-Nazaire. El olor de comida turca y salchichas en las calles de Berlín. El olor de un árbol de ylang ylang en Tortuguero. El olor de jazmines en una calle de Coatepeque.

El olor como una forma de recuerdo.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 10 de septiembre 2017).

Clínica literaria: ¿Cómo publicar un libro?

 

El diablo violador de derechos humanos

El 3 de mayo de 1972, un grupo de personas encabezado por la folklorista María de Baratta; el párroco de Los Planes de Renderos, Bonicio Morín, y el alcalde de Panchimalco, Nolberto Benítez, ejecutaron una ceremonia para renombrar el lugar que conocemos como la Puerta del Diablo. El párroco Morín colocó allí una cruz de madera, la roció con agua bendita y ordenó al diablo a abandonar el lugar, que fue bautizado como “la Puerta de los Ángeles”.

La ceremonia se realizó luego de que Morena Celarié, reconocida bailarina folklórica, apareciera muerta en el lugar. Aunque siempre se habló de un suicidio provocado por sus intensas depresiones, la familia se negó a aceptarlo; pero ninguna de las otras versiones sobre su muerte pudo ser confirmada.

La señora de Baratta, consternada por la muerte de su amiga Celarié, pensó que un cambio de nombre evitaría que hubiera más muertes en el lugar. Los vecinos de Los Planes de Renderos se opusieron a ello y tildaron de loca a doña María. Los diputados de la Asamblea Legislativa también se opusieron porque el cambio no tenía fundamentos legales. De hecho, los diputados del entonces gobernante Partido de Conciliación Nacional (PCN) aducían que el nombre debía mantenerse. El gobierno impulsaba por entonces una fuerte campaña para aumentar el turismo en el país y el cambio de nombre haría evidente el incremento de la violencia, algo que podría espantar a los potenciales turistas.

El año pasado surgió el Movimiento Cambio de Nombre que intenta, de nuevo hacer lo mismo. Dicho movimiento está conformado por miembros de varias denominaciones religiosas. Según sus responsables, el lugar es “un altar de adoración a Satanás” y cambiar la palabra “Diablo” por “Jesús” serviría para frenar la violencia del país.

De esto nos enteramos los ciudadanos cuando hace pocas semanas, los miembros del mencionado Movimiento acudieron a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) a solicitar su intervención en el asunto. La sorpresiva respuesta de la PDDH fue que la petición sería analizada por su Consejo Consultivo de Pastores. La noticia provocó interminable cantidad de críticas y preguntas, al punto que la PDDH borró de sus redes sociales la nota en que hizo pública dicha reunión.

Para comenzar, el nombre histórico de una formación natural no constituye una violación ni amenaza a los derechos humanos de los salvadoreños. Por lo tanto, esto no es tarea que incumbe a la PDDH. Por otro lado, ¿por qué una institución que se supone autónoma e independiente tanto de partidos políticos como de instituciones religiosas, tiene un Consejo Consultivo de Pastores?

Cambiar el nombre de la Puerta del Diablo implica descartar e ignorar las leyendas relacionadas con el origen de la formación pétrea, leyendas que forman parte de nuestro acervo cultural. Como planeña que se crió y vivió en Los Planes durante casi 25 años, conozco cuatro variantes de esas leyendas que se transmitían por vía oral entre los que habitamos aquel cantón.

Fue el historiador Jorge Lardé y Larín quien documentó una copiosa tormenta registrada en octubre de 1762, cuyos caudales portentosos socavaron la base del cerro, causando un derrumbe de magnitudes descomunales. Las leyendas surgieron a partir del estruendo y los retumbos de aquel derrumbe pétreo. Este suceso detonó las especulaciones de los lugareños.

Cuando el poeta Raúl Contreras comenzó a llamarlo “la Puerta del Diablo”, lo que hizo fue expresar en voz alta el nombre que ya los habitantes de los alrededores habían asumido como propio y que desplazó su nombre original, cerro El Chulo, que según su toponimia significa “el lugar del desertor” o “el lugar del fugitivo”. Lo de desertor o fugitivo terminó incorporado en esas leyendas, que en todas sus versiones culminan con alguien, incluso el diablo, huyendo hacia el cerro, donde la gente desaparece o muere.

Todos quisiéramos poder encontrar una solución a las múltiples manifestaciones de violencia que nos agobian. Pero es ingenuo pensar que el cambio de nombre de un lugar lo logrará. La supuesta expulsión del diablo realizada en 1972 no impidió que la gente siguiera suicidándose allí, que las fuerzas de seguridad lo ocuparan como botadero de cadáveres de los enemigos políticos del gobierno y que se desatara la guerra de los ochenta, con las consecuencias que ya todos conocemos.

El diablo anda suelto, es cierto, pero habita en los corazones de todos esos padres, tíos, hermanos, amigos, vecinos y maestros que atormentan a nuestras niñas, violándolas y obligándolas a parir cuando ni sus cuerpos ni sus mentes están preparados para la inmensa responsabilidad que implica la maternidad. El demonio también habita en esos sacerdotes y párrocos pedófilos que, abusando de su posición de autoridad, violan a niños, fenómeno del cual se habla aún menos, porque el machismo imperante nos impide hablar en voz alta de la violación a los varones, ejecutada también por otros miembros masculinos y hasta femeninos dentro de las familias salvadoreñas.

Nadie ni siquiera menciona la afectación a la salud mental, no sólo de nuestra infancia violada, sino también de los bebés resultados de la violación, que la mayoría de las veces crecen en condiciones atroces de rechazo, agresión y pobreza, sin derecho humano alguno que les sea respetado. Después nos extraña que nuestra sociedad esté tan enferma y de que existan grupos e individuos que manifiestan su rabia y dolor ante la sociedad mediante el asesinato, el descuartizamiento, la violación y la implantación del miedo para todos.

Cambiar los nombres profanos por sacros no es la solución a la violencia imperante. Si fuera así de sencillo, el país viviría feliz desde 1972. Bajo esa lógica, al país tampoco le ha servido de mucho llevar el nombre del Divino Salvador del Mundo.

El verdadero cambio que necesitamos comienza por dejarnos de mojigaterías, hipocresía social e intereses mezquinos para emprender acciones concretas de cambio en la ciudadanía y las estructuras sociales. No en hacer cambios cosméticos a leyes e instituciones y mucho menos, en cambiar el nombre de un cerro.

(Publicado en La Prensa Gráfica de El Salvador, revista Séptimo Sentido, domingo 27 de agosto de 2017. Foto de portada: una de las panorámicas desde la Puerta del Diablo.  Foto de autor desconocido, tomada de Wanakeando).

No se vive de aplausos

El bien más importante para un artista o escritor es el tiempo. Tiempo para poder dedicarse a trabajar en su obra. Pero las reglas de la sociedad obligan a todo ser humano a buscar formas de sustento económico. Alimentación, vivienda, vestido, medicamentos, pensión de retiro laboral, acceso a la electricidad y al agua potable son necesidades básicas comunes a todos, artistas y escritores incluidos.

Se dice que “trabajar dignifica al ser humano”. No trabajar, no realizar una tarea considerada como útil o productiva en términos estrictamente económicos es visto como algo negativo. Dentro de esa distorsión, se cree que los oficios artísticos o creativos son inútiles, porque su labor no pasa por los parámetros convencionales de medición económica, como sí lo hacen otros oficios y profesiones.

Usted ve una película, mira un cuadro en un museo o galería, lee un libro y pocas, muy pocas personas, logran tener conciencia de la dificultad y el trabajo que implica la producción de una obra artística. Escribir una novela, por ejemplo, requiere por lo menos de un par de años de escritura cotidiana, aunque existen excepciones como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, que fue escrita en apenas seis días. Obras monumentales de la literatura han tardado mucho tiempo más en ser escritas, como El guardián en el centeno de J. D. Salinger, que tardó diez años en escribirse, y El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien, que tardó 16.

Hay auténtico desconocimiento sobre lo que implica el trabajo creativo. Muy pocos lo consideran un trabajo en sí porque el arte y la literatura son vistos, consumidos y considerados como una actividad de ocio y entretenimiento. Pero para quienes realizamos este tipo de actividades se trata de nuestra habilidad o talento, de nuestro llamado vocacional, de un tipo específico de estructura mental que permea nuestra acción y pensamiento. Una cosa es un hobby de fin de semana u horas libres pero otra muy diferente es la vocación de vida. Para artistas y escritores, esto es nuestro trabajo, la dotación intelectual desde el cual construimos nuestra relación con la realidad. Contradecir ese llamado es mutilarnos, negar nuestra naturaleza, anularnos a nosotros mismos.

Parte del prejuicio hacia las disciplinas creativas es no reconocerlo como un trabajo que involucra una inversión de tiempo, estudio, experiencia y habilidades múltiples. El registro subjetivo del ser humano y la sociedad (que se encuentra en el arte, la literatura y la cultura en general), corre paralelo al llamado mundo profesional, donde el valor económico es considerado como prioritario y donde se nos fuerza a reprimir y subestimar nuestra esencia subjetiva y humana, esa esencia que constituye la materia prima del arte.

Conozco a varias personas talentosas, que empezaron con ímpetu una carrera artística promisoria pero que se quedaron en el camino, abrumados en parte por el conflicto entre lo económico y lo creativo. Por lo general un artista, para sobrevivir, debe dedicarse a trabajos que muchas veces están alejados de su talento creativo. Cuando además se tienen responsabilidades familiares, aportar ingresos se convierte en algo imprescindible. El tiempo para invertir en la obra propia se mira disminuido, tanto en cantidad como calidad. Si de remate se vive en un país cuyas instituciones públicas y privadas no ofrecen ningún tipo de estipendios, becas, premios o recursos para la creación artística, el panorama resulta desalentador.

“El artista vive del aplauso”, suele decirse, pero no es cierto. Quizás lo es para algunos oportunistas y bufones mediáticos que se auto denominan artistas y que se sienten satisfechos y halagados en su vanidad con solo lograr exposición y aplauso. Viven justamente para el ruido público. Al examinar su obra, nos damos cuenta que está lejos de tener mérito artístico. La verdad es que con aplausos no se paga el alquiler ni se compra comida.

Otro prejuicio absurdo sobre los artistas es que no deben cobrar o ser remunerados por su trabajo y que cuando lo hacen cometen una osadía repudiable que traiciona al arte mismo. Se cree que el artista debe regalar su obra o cobrar únicamente cifras simbólicas pero esto no compensa de manera realista el tiempo y los materiales invertidos en la creación, además que devalúa su oficio, su experiencia y su talento.

Hay un romanticismo distorsionado que exalta lo consecuente del artista sufrido, muerto de hambre y en permanente penuria, que no acepta un centavo por su obra porque eso significaría “venderse”. Se cree que eso le otorga dignidad a su arte. No sé qué tiene de digno que un artista viva con sobresaltos económicos y que muera en la pobreza, para que después de muerto, su trabajo sea vendido en millonadas por mercaderes oportunistas. O peor aún, que su obra sea olvidada por completo porque nunca fue reconocida durante la vida de su autor.

La revolución tecnológica está planteando espacios y opciones que apuntan no sólo hacia una discusión más objetiva sobre el reconocimiento del trabajo creativo y su apropiada remuneración, sino que también acentúa la necesidad de un cambio en el modelo de pago para los creadores. El crowdfunding, los micromecenazgos y la suscripción a contenidos web son parte de las nuevas alternativas que pueden permitir a los creadores invertir el tiempo necesario al desarrollo de un proyecto. Con ello también se puede reducir e incluso eliminar la engorrosa cadena de intermediarios que hay entre usted y una obra artística, intermediarios que van sacando su propia tajada económica y que reducen hasta el absurdo los honorarios que el creador termina recibiendo. Eso cuando los recibe.

Es hora de superar los prejuicios mencionados y de repensar el modelo de negocios de las diferentes disciplinas creativas. Porque ser artista no significa asumir un apostolado con votos de pobreza, donde hablar de arte y dinero en la misma oración es considerado pecaminoso o insultante. Es cuestión de valorar la obra y de ser justos con el artista, para alcanzar la dignidad y el respeto que su oficio bien merece.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 13 de agosto de 2017).

Un pájaro sin plan de vuelo

Una mujer está sentada al interior de una carpa ubicada en la calle La Cañada 7200 del barrio La Reina, en las afueras de Santiago de Chile. En la mano tiene un revólver.

Ella misma montó aquella carpa. Ella misma construyó el escenario con piedras y cemento. Aquella mujer, Violeta del Carmen Parra Sandoval, había regresado un par de años antes a su país. Había pasado una estadía en varias ciudades europeas donde dio recitales, grabó discos, actuó en presentaciones de radio y televisión, bordó arpilleras, hizo estatuas de alambre, pintó cuadros, escribió poemas. Hizo una exposición individual de sus tapices en el Museo del Louvre en París. Fue la primera latinoamericana en hacerlo.

También conoció y estableció una relación afectiva con el antropólogo y musicólogo suizo Gilbert Favre, veinte años menor que ella. Se dice que eran felices. Se dice que Favre fue el gran amor de su vida. Pero Violeta Parra extrañaba su país. Cuando volvió a Chile en junio de 1965, él la siguió.

A su regreso, Parra intentó hacer realidad un sueño anhelado desde hacía años: montar una universidad nacional del folklore. En los años 50, había recorrido el país para rescatar canciones típicas chilenas que se cantaban desde el siglo XIX y de las cuales no existían grabaciones. Los músicos tradicionales tuvieron resquemor en compartir sus conocimientos, pero la determinación de aquella mujer brava, mal hablada y que reventaba guitarras en la cabeza de los hombres que se propasaban con ella, los hicieron cambiar de opinión.

Parra soñaba no sólo con dejar un registro de todas aquellas tradiciones y canciones que había aprendido. También quería enseñarlas y compartirlas. Tocó puertas en todas partes, pero ni el Estado ni las instituciones privadas quisieron ayudar. Por fin, el alcalde de la recién formada municipalidad de La Reina, Fernando Castillo Velasco, le cedió un terreno en forma de pago por la deuda de varios eventos en los que Parra había cantado sin recibir compensación económica.

Levantó allí una carpa y la convirtió en su morada. Todo era austero y sin comodidades, pero por fin tenía un lugar propio en el cual desarrollar su proyecto. Al comienzo, todo iba bien. Durante el día se daban clases de folklore. Artistas y profesores de cerámica, escultura, pintura y otras disciplinas, formaban a los futuros artistas. Se investigaba, se estudiaba, se ensayaba. En las noches se realizaban peñas musicales. Se cantaba y se bailaba.

Pero la carpa de La Reina, como llegó a ser conocida, era de difícil acceso. Sólo se podía llegar en automóvil. En verano no era tan complicado, pero en invierno el lugar se convirtió en un lodazal. Los talleres comenzaron a fracasar por falta de asistentes. Hacía mucho frío. La lluvia y el viento azotaban y despedazaban la carpa. Violeta le hacía remiendos. Instaló un fogón en el centro de la misma. Nada sirvió.

Cada vez llegaban menos personas. Parra dependía de aquellas actividades para su subsistencia económica. A pesar de que era reconocida a nivel nacional e internacional, los aplausos y la fama no servían para comprar comida ni pagar deudas. Para colmo, Favre se fue a Bolivia y cuando Violeta fue a buscarlo un tiempo después, lo encontró casado con una boliviana. Parra regresó a Chile deprimida.

En noviembre de 1966, tres meses antes de su muerte, lanzó un disco titulado Las últimas composiciones. El disco incluyó una canción sobre Favre, “Run Run se fue pa’l norte”. También incluyó la ahora emblemática “Gracias a la vida” que opacó otra canción contenida en el mismo disco, “Maldigo del alto cielo”. Sólo un oyente avispado podría haber deducido que, lejos de un disco de agradecimiento y de exaltación al optimismo, aquellas composiciones eran la despedida de una mujer que se sentía frustrada, solitaria y defraudada.

Su biógrafa, Mónica Echeverría, la visitó en la carpa de La Reina quince días antes del suicidio. “Había muy poca gente”, cuenta Echeverría en una entrevista. “Hace rato que no estaba entrando nadie por la lejanía del lugar. Nos convidó a tomarnos el último trago, como decía ella. Estaba metida en la cama con zapatos y tapada con esas colchas lindas que hacía ella. Estaba triste, pero la hicimos reír. Pero ella aparentaba, cantaba, hasta bailó una cueca. Se forzaba, pero la cosa estaba demasiado mal para ella. Lamentablemente, nadie captó eso y terminó matándose”.

No se sabe el momento preciso en que escribió su carta de suicidio. Jamás ha sido publicada. Nicanor Parra, su hermano mayor, la guarda con celo. A pocos les ha permitido leerla. Quienes lo han hecho aseguran que el papel tiene pringas de sangre y que su contenido es duro, lleno de reclamos y amargura hacia todos, incluso su familia.

El terreno de La Reina pasó abandonado durante algún tiempo. Después, la dictadura militar urbanizó aquella zona. Hoy en día, en el lugar donde estaba la carpa existe un centro comercial. De la actividad de Parra en la comunidad apenas hay registro, a excepción de una estatua conmemorativa que se alza desde el 2012 en la plazoleta de la esquina de Mateo de Toro y Zambrano con la Cañada.

En una entrevista publicada en el periódico El Siglo, uno de sus alumnos de música, Arturo San Martín, comentaba lo dura que era como maestra. No perdonaba errores: “Violeta nos hacía repetir hasta treinta veces una estrofa; nos llegaban a sangrar las manos”. Cuando terminaba aquella etapa “de aprendizaje espartano”, como la calificó San Martín, ella cambiaba de manera radical.

“Ahora tienen que volar solitos”, decía a sus alumnos. “Usen los ritmos como les salgan, prueben instrumentos diversos, siéntense en el piano, destruyan la métrica, libérense. La canción es un pájaro sin plan de vuelo, que odia las matemáticas y ama los remolinos”.

A las 5:50 de la tarde del domingo 5 de febrero de 1967, en la carpa de La Reina, Violeta del Carmen Parra Sandoval, de 49 años, se pegó un tiro en la cabeza.

(Publicado el domingo 30 de agosto de 2017 en la revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador).

Tsundoku

Hace poco descubrí una caricatura del ilustrador estadounidense Grant Snider, llamada “Las etapas del lector” (“Stages of the Reader” en su idioma original). Snider define dichas etapas como (1) descubrir libros; (2) enamorarse de los libros; (3) los libros como una identidad; (4) los libros como una manera de evitar interactuar con humanos; (5) los libros como una frustración insoportable (“debo escribir un libro”); (6) no tener libros; (7) redescubriendo libros; (8) acumular libros y (9) pasar libros a la siguiente generación.

Las etapas están ilustradas como gradas que suben hasta el número cinco. Pero la número seis es un corte en toda la composición, donde se mira a un hombrecito echado en el fondo del corte (es decir, en un hoyo), viendo televisión y comiendo comida chatarra.

Cuando compartí dicha imagen en Twitter, varias personas me comentaron la etapa en la que sentían estar o no habían estado jamás. Lo curioso fue que todos coincidieron en jamás haber estado en la número seis. Eso me dejó pensando en mi propia vida como lectora. La verdad es que no recuerdo ningún momento en que no haya tenido libros conmigo. En mi casa siempre los hubo, desde antes que yo naciera. Esos objetos siempre me fueron familiares. Eran la visión prometedora de horas que podían pasarse a solas de manera agradable.

Me gustaron los libros desde antes de aprender a leer. Me pasaba mucho tiempo hojeando los que había en la casa, buscando los que tuvieran dibujitos o fotos. Por eso quizás llegaron hasta la cabecera de mi cama varios ejemplares del Reader’s Digest, del cual mi padre era fiel lector. Alguna foto o dibujo me habrán llamado la atención.

Un libro con el que me entretenía bastante era un manual de enfermedades infantiles, en alemán y de tapas duras. Cada vez que me daba algo, mi madre corría a consultarlo. Nunca pude entenderlo, ni cuando aprendí a leer (porque aprendí alemán años después), pero las fotos en blanco y negro eran atemorizantes, por decirlo de alguna manera. Todas eran fotos con niños mostrando todo tipo de erupciones, inflamaciones, decoloraciones, llagas, heridas, purulencias y malformaciones. También había niños con padecimientos mentales. Para mi madre era un manual médico pero para mí era una especie de enciclopedia del miedo. Rogaba porque jamás me diera ninguna de aquellas enfermedades representadas en las fotos.

A pesar de que la vida me ha llevado a vivir en varios países, siempre termino con cajas de libros que llevo y traigo a todas partes. Salgo con unos pocos y cuando llego a otro país y me quedo un tiempo, comienzo a comprar  dizque con cuidado, para no acumular demasiados, para no dificultar una próxima mudanza. ¿Pero cómo rechazar un buen libro que esté en oferta? ¿Cómo dejar en la librería un título que has buscado durante años y que por fin se encuentra a un precio accesible? ¿Cómo desprenderse de los libros favoritos, que nunca son uno ni dos sino docenas? ¿Cómo sobreponerse a esa fuerza interior que te hace sentir que ese libro es una auténtica necesidad personal y que por lo tanto, hay que comprarlo y tenerlo en casa, siempre, a toda hora, porque sólo su adquisición calmará esa necesidad?

El amor por los libros sufre su más seria prueba cuando toca una mudanza, sobre todo si es de país a país. Porque si hay algo difícil de mover son los libros. Ocupan mucho espacio, pueden llenar varias cajas y pesan más que un mal matrimonio. Aunque en la acumulación de libros siempre se cuelan algunos que son malos (porque no siempre se acierta con la selección de alguno que, al leerlo, no resultó ser tan bueno como esperábamos o creíamos o nos habían dicho), el número de los buenos libros siempre resulta mayor. El costo de trasladarlos es impagable, lo cual obliga a desprenderse de ellos.

Así nos vamos despegando de libros, dejándolos en el camino de la vida, como una rastro de migajas literarias que, si alguien pudiera seguirlo, nos encontraría en la fase ocho de la caricatura descrita al inicio, la de la acumulación de libros.

Durante años he tratado de disciplinarme en el sentido de no comprar un libro más hasta no terminar de leer los que ya tengo en casa. Confieso públicamente que he fracasado de manera estrepitosa cada vez que tomo dicha resolución. Lo que sí he logrado hacer es comprar de manera más reflexiva. Soy más selectiva y no compro uno porque sea una novedad o el libro de moda en boca de todos. Compro lo que me interesa de manera auténtica y cuya sola posesión me alegra tener. Pero tampoco la pienso tanto. Porque si hay algo frustrante es haber visto un libro, no tener el dinero para comprarlo en el momento, regresar a la librería con el dinero y la decisión de comprarlo, y que el libro ya se lo hayan llevado.

La única manera en que he logrado no comprar libros es cuando mi situación económica ha sido paupérrima. Aunque también confieso que más de una vez, entre la decisión de comprar comida o un libro, opté por el libro. En los tiempos de vacas flacas, siempre me alegra haber cedido a esta compulsión. Eso me ha permitido construir una buena biblioteca (léase: tengo una abundante reserva de libros sin leer). La mía además me sirve para enseñar escritura creativa a otros, por lo cual considero que incluso he llegado a la etapa nueve de la caricatura, porque puedo recomendar algún título a futuros escritores.

En japonés existe un sustantivo para esto de lo que vengo hablando, tsundoku. La palabra significa “apilar sin leer”, es decir, comprar libros con la intención de leerlos pero no hacerlo, y que estos terminen apilados junto a otros libros no leídos.

Si en otro idioma existe una palabra para describir este “mal”, significa que somos muchos los que lo sufrimos. Un mal que supongo no tiene remedio, pero del cual ninguno de nosotros se queja.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 16 de julio 2017. En portada: «Stages of the Reader» de Grant Snider).

Los atrasos en Jacintario TV

Para quienes han estado pendientes de la continuidad de Jacintario TV y para quienes están suscritos, tanto a este blog como al canal, quiero explicar los motivos de la irregularidad de las actualizaciones.

El mes pasado tuve problemas de salud que me impidieron trabajar durante 2 semanas. Desde antes había comenzado a tener un problema con la app que utilizo para editar los videos. Es un problema que sólo puede ser solucionado por la empresa que brinda el servicio. Han sido lentos e ineficientes, a pesar de que soy suscriptora de pago. Podría utilizar el editor de YouTube pero es muy básico y faltan funciones que la app sí tiene.

Podría conseguir un programa de edición y editar en la computadora. Pero también tengo otros problemas técnicos con el resto de mi equipo (en pocas palabras, la obsolecencia tanto de hardware como de software). No voy a abrumarlos con detalles, pero son problemas que sólo pueden solucionarse renovando el equipo.

A pesar de ello, sigo planificando y pensando en nuevas ideas. Tanto para el canal como para el blog habrá nuevas secciones. Espero retomar las filmaciones en unos días y tener material en bruto listo para edición. Todo será retomado en el momento en que se solucione alguno de los problemas mencionados.

Agradezco a las personas que preguntan por el canal. Ante mi desánimo e incluso ante mi idea de descontinuarlo, muchos me han animado a continuar. Les agradezco que consideren este trabajo como valioso.

Si le gusta el proyecto y considera útil su continuación, puede ayudar de forma práctica haciendo una contribución económica vía PayPal por la cantidad que estime conveniente. Gracias anticipadas por su generosidad.

Gracias de nuevo también por la paciencia, por estar pendientes y por sus comentarios, que me estimulan a continuar con esta idea.

Convocatoria: El horror en la literatura (taller literario)

Convocatoria abierta del 7 de julio al 12 de agosto 2017.

Duración del taller: todos los sábados, de 3 a 6 p.m., del 19 de agosto al 30 de septiembre 2017 (siete sesiones). 

Lugar: Mediateca del Centro Cultural de España en San Salvador (calle La Reforma, junto a la Embajada de España, San Benito).

Costo: 80 dólares taller completo.

  

Objetivo del taller:

El género del horror, tanto en la literatura como en el cine, es uno de los favoritos del público. A pesar de ello, en los países latinoamericanos es un género trabajado por pocos escritores. En El Salvador (y en la región centroamericana) son contados los cuentos o novelas enmarcados dentro de este género. Algunos autores, como Rubén Darío, escribieron un par de cuentos dentro del género, pero no lo convirtieron en su especialidad.

Por ello, el taller pretende analizar las diferentes técnicas utilizadas por escritores y cineastas para construir el terror en sus historias. También se hará un recorrido histórico por la literatura más significativa del género: desde las leyendas y supersticiones, las novelas góticas, los primeros cuentos infantiles hasta la introducción del horror en el cine con las primeras películas mudas y el desarrollo de estas historias en los escritores de los últimos años.

El objetivo del taller es animar a los escritores emergentes a probar las posibilidades que presenta el horror, no sólo como una herramienta para contar historias, sino también como mecanismo de reflexión sobre el ser humano y los temores primigenios de nuestras sociedades. También se analizarán los detalles técnicos para crear este tipo de historias, mediante lecturas y ejercicios pertinentes al género.

Se trabajará de manera teórica y práctica. En la parte teórica se discutirán diversos elementos y componentes del horror como género literario. Se discutirán y evaluarán algunos cuentos de autores que ejemplifiquen la utilización y posibilidades de algunos recursos literarios. En la parte práctica se ejecutarán ejercicios de escritura que luego serán discutidos en el grupo.

 

 Perfil de los participantes:

Mayores de 18 años en adelante. Que tenga algo de experiencia previa en escritura de ficción; no es imprescindible que haya publicado antes, pero sí que tenga buena redacción, puntuación y ortografía, que haya escrito textos de ficción o no ficción, que tenga un blog o que haya participado en otros talleres literarios (no necesariamente con Jacinta Escudos). Tampoco es imprescindible que haya trabajado con anterioridad el género.

También pueden participar lectores aficionados de este género y que quieran aumentar sus conocimientos y lecturas en este campo, así como sus criterios de comprensión de la construcción del horror.

 

Costo:

80 $ por todo el taller. Pagaderos en una sola cuota el primer día del taller, antes de iniciar la sesión.

Participantes de mis talleres anteriores y con reconocida buena paga, podrán pagar en 2 cuotas mensuales de 40 $ c/u (consultar directamente conmigo).

La tarifa incluye un dossier electrónico donde se compartirán enlaces a películas y textos que estaremos usando como referentes en el taller.

Aclaración importante:

Es responsabilidad de los participantes admitidos asistir al taller con regularidad. No se reponen sesiones perdidas ni se devolverá el importe de las sesiones a las que no asistió.

 

Temario:

1.-Definición del horror. La construcción de horror en el tiempo y cómo cambia de época en época y de cultura en cultura. Lo sobrenatural, lo misterioso, las leyendas. La novela gótica, primeras novelas de vampiros, las “penny dreadful” y los “weird tales”, el horror japonés, autores contemporáneos.

2.- Los personajes del horror: la caracterización del monstruo. Ctulhu, vampiros, hombres lobos, el golem. ¿Cómo construir este tipo de personajes?

3.- El impacto de la ambientación en el lector. Horror gráfico: Lo gore/grotesco. Lo evidente como herramienta para atemorizar; la sorpresa, lo inesperado. La violencia visual. Lovecraft, Poe. Pahlaniuk.

4.-Horror psicológico: el miedo lo construye el lector a partir de elementos sugeridos, sin ser gráficos. Lo sugerido, lo inexplicable. La importancia del ambiente y de la tensión. Schweblin, Chambers.

5.- El entorno y el paisaje como elementos de horror: sombras, ruidos, leyendas. La naturaleza como elemento de construcción del ambiente. Algernon Blackwood.

6.-Los clichés: cómo evitar el ridículo, cómo hacer creíbles las historias dentro del género. La coherencia de todos los elementos de la historia.

Algunos cuentistas que estudiaremos: Edgar Allan Poe, Samantha Schweblin, Horacio Quiroga, Robert Chambers, H.P. Lovecraft, Algernon Blackwood, Chuck Pahlaniuk.

Algunas películas que estaremos comentando: The Witch, Blair Witch Project, Nosferatu: Sinfonía del horror, El exorcista.

 

Si le interesa participar:

1.-Envíe una carta de solicitud explicando su interés en el taller a jacintario@gmail.com. ¿Por qué le interesa participar? ¿Ha escrito o quiere escribir este género? ¿Qué quiere aprender en este taller (en caso de ser solamente lector del género)?

2.-Recibirá una respuesta confirmando su inscripción. Me reservo el derecho de admisión.

3.-Cancelará el importe del taller el día 19 de agosto, minutos antes de la primera sesión, directamente a mi persona.

4.-Listo. ¡Nos vemos en el taller!

Una buena historia de miedo

Nueva Inglaterra, año mil seiscientos treinta y tantos. Una familia de colonos es forzada a abandonar la comunidad en la que habitan, debido a diferencias religiosas con los líderes de la misma. William, su esposa y sus cinco hijos emprenden la aventura de establecerse solos, en una zona cercana a un bosque. En el nuevo lugar, empiezan a ocurrir eventos inexplicables que van escalando en intensidad y que ponen en duda no sólo la fe de la familia, sino también su cordura.

Es el argumento de la película La bruja (2015), dirigida y escrita por Robert Eggers y que ganó premio a Mejor Dirección de Drama Estadounidense en el Festival de Sundance ese mismo año. Para los amantes del género de terror, esta película resultó ser una agradable sorpresa, sobre todo por la manera en que el director construye la tensión y el suspenso.

Si en los últimos años los directores del género nos inundaron con argumentos repetitivos, con efectos excesivos de violencia gráfica o sorpresas visuales que impactan al espectador por lo súbito, Eggers tuvo la inteligencia de pensar una historia que presenta elementos acumulativos de tensión y sugestión.

Sin ser demasiado obvio ni abusando de la violencia gráfica, Eggers aprovecha al máximo los elementos fotográficos y de edición, que van provocando en el espectador dudas y ansiedad sobre lo que está ocurriendo. ¿Están los hijos poseídos por algún espíritu maligno, están jugando y fingiendo o es un asunto de histeria colectiva? ¿Es cierto que la cabra negra es el demonio mismo y habla con los niños más pequeños? ¿Es Thomasin, la hija mayor de la familia, realmente una bruja, o sólo dice ciertas cosas para asustar a sus pequeños hermanos?

Uno de los elementos con los que juega Eggers para contribuir al ambiente de inquietud es lo visual. La coloración neutra de la película, el uso de un tono opaco y de una luz en la que parece que siempre está por comenzar una tormenta, la fotografía de exteriores donde la naturaleza y lo desconocido del territorio son amenazantes para aquellos colonos aislados de todo ser humano, los cortes de las escenas en el momento preciso para evitar ver su culminación junto con el uso de la música y del sonido como elementos constructores de tensión, todo se conjuga de manera efectiva para inquietar al espectador.

La bruja tiene también momentos de una belleza estética sorprendente e inusual para el género. Hay una escena, por ejemplo, en que la familia come a la luz de las velas y que recuerda al cuadro Los comedores de papas de Vincent Van Gogh. No detallo otros momentos para no dar spoilers sobre la trama, pero hay varias escenas que llaman la atención por la belleza de la composición fotográfica.

El uso acertado de todos esos elementos, más las estupendas actuaciones, logran construir una película que toca los mitos y leyendas propios de la época, sin caer en el ridículo o los lugares comunes. Por el contrario, la investigación antropológica efectuada por Eggers para reconstruir las costumbres, las oraciones, las viviendas y la vestimenta de los colonos, así como su manera de hablar, fueron ampliamente documentados para lograr que la ambientación fuera lo más cercano posible a la época descrita. Esa reconstrucción minuciosa también permite comprender el marco mental y emocional en el que viven los personajes y que explican las reacciones de temor, dudas e impotencia de cada quien.

Recordé esta película mientras preparo el temario de un taller sobre el género del horror en la literatura. Porque La bruja deja pensando en cómo ha ido cambiando el tratamiento del horror a lo largo de la historia, tanto en el cine como en la literatura, y por qué nos gustan tanto dicho tipo de historias. Visto de manera superficial, pareciera que el ser humano es sádico y que le gusta retar sus propios miedos, de manera voluntaria, al ver una película o leer una historia de terror.

En mi opinión, la clave para una buena historia de miedo es lograr que sea el espectador o el lector el que vaya construyendo dentro de sí esa tensión, a partir de pistas y sugerencias que nunca le quedan del todo claras. Eso obliga al espectador o al lector a imaginar cosas, a visualizarlas a partir de sus propios temores y fobias. No a todos nos asustan las mismas cosas, por lo que tener la capacidad de dejar una situación sugerida puede resultar más efectivo que mostrarla de manera obvia.

A pesar de ello, hay escritores y cineastas que han sabido utilizar lo evidente de manera afortunada. Recordemos la película Nosferatu: sinfonía del horror (1922) de F.W. Murnau, donde la figura del vampiro es simplemente grotesca; o historias de H.P. Lovecraft, como “El horror de Dunwich” donde, desde el título mismo, el escritor nos advierte que van a ocurrir eventos abrumadores.

El ser humano siempre se ha sentido atraído por lo misterioso, lo no verificable, lo que no tiene explicación. Golems, monstruos, espíritus, vampiros, licántropos, brujas, lugares u objetos encantados, maldiciones, supersticiones, fenómenos paranormales y todo tipo de eventos inexplicables son nada más algunos de los personajes y situaciones que pueblan ese imaginario oscuro que rechazamos pero que al mismo tiempo ha seducido al ser humano desde que es capaz de contar historias.

Aunque el género de terror ha sido considerado por algunos críticos como “menor”, la verdad es que representa un gran reto técnico para quien decide trabajarlo. No todos somos capaces de contar una historia y calar en los miedos ajenos hasta causarle una reacción de temor o inquietud a los demás.

Para muchos, trabajar una historia de horror implica explorar la región oscura de las personas, sus instintos primarios, la parte incontrolable e inexplicable de nuestros temores más profundos. Quizás por eso sea un género de tanta popularidad, porque nos permite canalizar esos temores inconfesables para luego continuar adelante, como si nada, tragando en silencio el terror de estar vivos.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, julio 2, 2017. En portada, Anya Taylor-Joy en el papel de Thomasin, una escena de La bruja).

La omisión de la cultura

Una de las grandes omisiones del informe de tres años de gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén, fue mencionar que durante el transcurso de los últimos doce meses se aprobó una Ley de Cultura. De hecho en todo su discurso no hizo referencia ni una vez, de manera directa, al tema cultural.

La única mención más o menos relacionada, fue de forma general en el siguiente párrafo que reproduzco textual: “Fortaleceremos el tejido social a través de la convivencia y participación ciudadana, las expresiones artísticas, la Red de Casas de la Cultura y Convivencia, el teatro nacional infantil con La Colmenita, los Encuentros Culturales y el deporte”.

En otro párrafo posterior, hace una alusión aún más difusa y lejana al tema, donde “los trabajadores del arte” aparecemos mezclados, junto a los deportistas, los niños, la juventud, los empresarios y todo el pueblo, siendo felicitados por participar “con entusiasmo a nivel nacional en actividades que llevan alegría y sana convivencia a las comunidades”.

Si se lee bien, eso de “fortalecer el tejido social” tiene que ver en realidad con los planes de prevención de violencia que el gobierno intenta instaurar y para los cuales, los espacios artísticos y culturales serán utilizados como puntos de reunión para actividades recreativas y de entretenimiento para población en zonas de riesgo.

“Fortalecer el tejido social” no implica, en este caso, reforzar la creación y la formación artística, abrir espacios de discusión e intercambio de pensamiento e ideas, ni elevar la calidad de los eventos que se ofrece a los salvadoreños ampliando las perspectivas más allá de lo meramente folklórico.

La omisión del presidente sobre el tema cultural en su discurso de logros de gobierno dice mucho de la nula importancia que le da al tema. La Ley de Cultura fue una promesa de campaña y fue uno de los temas alrededor de los cuales se logró reunir a trabajadores culturales, artísticos e intelectuales, gremio que siempre es reacio a este tipo de cosas. En varias ocasiones fuimos convocados por la Secretaría Nacional de Arte y Cultura del FMLN para discutir y analizar el anteproyecto de ley. Una ley que cuando finalmente fue aprobada en agosto del año pasado, quedó reducida a su mínima expresión y dejó por fuera peticiones de vital importancia para quienes trabajamos en cultura, como la pensión y el seguro social.

Varios de los elementos discutidos y que se suponían vitales para fomentar y elevar la calidad, no sólo de la producción cultural nacional, sino de su percepción por parte de la ciudadanía, no sólo fueron sacados de la ley sino que, al día de hoy, no se ha vuelto a hablar nada del asunto. Nada se sabe de los avances en la reglamentación de la ley ni de las alternativas para cumplir con las promesas de pensión y seguro social para los trabajadores artísticos y culturales.

¿Por qué no se ha renovado la editorial del estado? ¿Por qué no se realiza una feria internacional del libro de lujo, como ocurre en otros países de la región? ¿Por qué nuestro orgullo cultural se reduce a las pupusas y al futbol, sin recordar que tenemos grandes artistas, escritores, pintores, fotógrafos, músicos, escultores, actores, cineastas? ¿Será porque no los conocemos? ¿Será porque no hay suficientes espacios para la difusión y la preservación de sus obras?

Es absurdo seguir disculpando el descuido y la falta de asignación de un presupuesto decente en la labor cultural, argumentando que es prioritario resolver los problemas urgentes de país que ya todos sabemos. Pero este país siempre está en emergencia y con problemas graves sobre la nuca. ¿Cuándo hemos estado bien? Siempre estamos resolviendo los mismos problemas. O intentándolo, pero la verdad es que nunca lo logramos.

Alguna vez leí que después de la II Guerra Mundial, cuando se reorganizó el gobierno alemán, hubo muchas discusiones en torno al presupuesto a asignarse al área cultural. Algunos decían que no era el problema prioritario, que después resolverían qué hacer al respecto. El país estaba en ruinas, la economía en el suelo, la honra nacional destrozada. No había tiempo ni ánimo para pensar en el arte. No había presupuesto para invertir en cultura. Todo debía ir para la reconstrucción.

Pero otro grupo pensaba lo contrario. También había que pensar en reconstruir el alma nacional. Era necesario comenzar una labor para rescatar la sensibilidad de la ciudadanía hacia la belleza, después de tanta muerte y destrucción. Era necesario superar el complejo de culpa y la humillación del vencido ante un mundo impactado por el genocidio. Era necesario que los artistas participaran activamente de la reconstrucción porque sus testimonios y observaciones eran vitales para el retrato de lo que pasaba en aquel momento. Era necesario volver a crear. Prevaleció este último grupo.

Queda claro que el gobierno salvadoreño maneja un concepto limitado y desfasado de lo que es cultura. Se limita a considerarlo como un instrumento de entretenimiento colectivo y de terapia de prevención de violencia, pero no como una herramienta que permite reflexionar, cuestionar e inquirir sobre nuestra realidad y nuestra condición humana. No considera el talento, la creatividad y la inteligencia de sus ciudadanos como un valor nacional en el cual hay que invertir y se conforma con aplaudir los triunfos que muchos de ellos logran en el exterior, porque en su propia tierra no encontraron el espacio para desarrollar todo su potencial y se vieron obligados a realizar sus proyectos en otra parte.

Es lamentable que el FMLN, ya con un segundo gobierno, haya perdido la oportunidad histórica de darle un giro al trabajo cultural de este país. Aunque ya sabemos que la cultura ocupa el último lugar de importancia en El Salvador, no hay que callar al respecto. A dos años de terminar el actual mandato, habrá que aceptar una vez más que quedarán en deuda varias promesas de campaña.

La cultura nacional continuará siendo una tarea pendiente, la eterna deuda de los gobernantes con la ciudadanía.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 18 de junio 2017. Foto de portadilla por Gerson Rodríguez, CCO Public Domain).

Renovar el sistema económico

A fines de mayo pasado, el Foro Económico Mundial emitió un reporte donde advierte que a más tardar para el año 2050, deberá aumentarse la edad de retiro de los ciudadanos. Además, éstos deberán pagar cuotas más altas que las actuales, para poder mantener los sistemas de pensión a flote.

Dicho reporte estudió los seis sistemas de pensiones más grandes del mundo, correspondientes a Estados Unidos, el Reino unido, Japón, Holanda, Canadá y Australia. Los ciudadanos de dichos países nacidos hoy en día tendrán una expectativa de vida que se prevé llegará a los 100 años. En los países europeos, donde la edad promedio para el retiro laboral es de 60 años, los retirados podrían tener que vivir todavía algunas décadas, teniendo su pensión como único ingreso económico. Esto significará también que los correspondientes gobiernos deberán ampliar sus servicios sociales para dar abasto a una población que va en aumento cada año.

Dichos pensionados serán los afortunados, en comparación con quienes no cotizan ni tienen previsiones económicas a futuro. Para éstos, la pobreza y el deterioro de su estatus de vida están predichos. La sociedad rechaza contratar a personas mayores de 50 años, a menos que sea en labores mal pagadas, apelando a prejuicios sobre limitaciones físicas, de aprendizaje o de lucidez e inteligencia. La discriminación etaria y la exaltación de la juventud como motor productivo y social no sólo invisibiliza a los mayores expulsándolos del mercado laboral, sino también de la toma de decisiones sobre las necesidades y cambios políticos que se necesitan para mejorar la calidad de vida de dicho bloque poblacional.

Con la creciente automatización de servicios y la también creciente cantidad de trabajos que ya están siendo realizados por mecanismos de robótica o inteligencia artificial, el mercado laboral se torna cada día más competitivo y escaso. Ni la acumulación de estudios universitarios ni la juventud del postulante ni mucho menos su talento, cualidades, buenas intenciones o ganas de triunfar, garantizan por sí solos el poder obtener un empleo.

Miles de personas se ven obligadas a entrar en el área del trabajo informal, el auto empleo o fundar pequeñas empresas para ofrecer algún producto o servicio. Sin embargo, estos emprendimientos individuales suelen tener una vida limitada. Pocas subsisten o logran consolidarse y expandirse porque la competencia del gran mercado los ahoga. La mayoría termina cerrando, fusionándose con otros emprendimientos, siendo vendidos al mejor postor o declarando la bancarrota.

De esto derivan en parte, las masas de migrantes que se establecen en otro país. Aferrados a su sentido nacional y reproduciendo las costumbres y vida del país dejado atrás, no se integran culturalmente al país receptor. Los hay quienes comercializan los productos que nutren y fortalecen esa nostalgia. Los hay quienes encuentran la muerte por buscar la vida en otra parte, porque sus países no ofrecen las oportunidades necesarias para poder tener una vida digna.

Todo esto debería llevarnos a reflexionar sobre la inconsistencia del sistema económico actual y de la urgencia de su renovación. No hay ni habrá nunca suficiente trabajo para todos en todas partes. La fuerza laboral, de todas las edades y capacidades, aumenta a ritmo veloz cada año. Aunque los gobiernos y las empresas emitan estadísticas triunfales sobre el aumento en la cantidad de empleos, habría que examinar la calidad de los mismos (trabajos en condiciones de esclavitud, que exprimen hasta el alma de los empleados por sueldos infames, pero que nadie se atreve a abandonar ni a denunciar porque más valen esos pocos centavos en mano que aventurarse a lo que termina convirtiéndose en la frustrante odisea de buscar empleo).

En 1973, el economista británico E.F. Schumacher publicó el libro Lo pequeño es hermoso. Economía como si la gente importara. Ya entonces, Schumacher advirtió sobre lo insostenible del modelo económico moderno, que considera los recursos naturales como mercancía, en vez de ser considerados como un capital, dada su condición no renovable. También criticó conceptos como “el mayor crecimiento económico es mejor” o “lo más grande es mejor”, haciendo notar cómo ello promueve la acumulación de riqueza excesiva.

Uno de los capítulos del libro, “Economía budista”, aboga por la reconversión de esas nociones de sobreproducción masiva hacia formas manejables de autogestión comunal; la renovación del intercambio de bienes, o trueque, como forma de pago; y la organización mediante colectivos locales, cuyos individuos trabajen en los oficios para los cuales tienen aptitud. Ello permitiría que comunidades y vecinos establezcan verdaderas redes sociales (no electrónicas), cuya calidad de vida mejoraría a partir de un desarrollo enfocado en la realización del ser humano en todo su potencial y no limitado a ser considerado como un instrumento productivo, cuyo único objetivo es el consumo de bienes.

Muchos pensaron que las propuestas de Schumacher eran soñadoras e irrealizables, porque dicho cambio de modelo económico no podrá realizarse si no hay un cambio de mentalidad individual.

“El hombre moderno no puede comprender el espíritu de una sociedad que no esté centrada en la propiedad y en la codicia”, decía el psicoanalista alemán Erich Fromm en su libro ¿Tener o ser?, publicado en 1976. “Para tener éxito se debe ser capaz de imponer la personalidad en competencia con muchos otros. Si para ganarse la vida se pudiera depender de lo que se sabe y lo que se puede hacer, la propia estima estaría en proporción con la propia capacidad, con el valor de uso; pero como el éxito depende en gran medida de cómo se vende la personalidad, el individuo se concibe como mercancía o, más bien, simultáneamente como el vendedor y la mercancía que vende”. Las palabras de Fromm resuenan como si se hablara de nuestro tiempo.

Las perspectivas a futuro obligan a repensar el sistema económico y convertirlo en un sistema más humano y equitativo, como el modelo propuesto por Schumacher. Es una idea soñadora, sí. Pero si no hacemos algo hoy algo al respecto, nuestros hijos y nietos vivirán mañana tiempos más duros que los actuales.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 4 de junio 2017).