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(Re)visión cultural

Un escueto comunicado emitido el pasado 19 de enero por la Secretaría de Cultura, anunció que el actual presidente, Salvador Sánchez Cerén, aprobó junto al Consejo de Ministros el decreto para la creación del Ministerio de Cultura, que entrará en vigencia 90 días después de publicado en el Diario Oficial.

La noticia pasó sin pena ni gloria en el complejo entramado noticioso nacional. Tampoco causó ninguna reacción de júbilo o interés entre los mismos artistas y trabajadores de cultura. El motivo de dicho desinterés puede ser la fuerte sospecha de que la creación del Ministerio no significará más que un cambio de nombre a la actual dependencia y que las políticas del gobierno en referencia al área cultural continuarán siendo las mismas. Esto es otro reflejo de las decepciones que como ciudadanía tenemos con varios aspectos de la actual administración.

Una serie de ambiciosas promesas fueron planteadas por el FMLN como parte de la campaña presidencial, promesas que se trabajaron y discutieron entre artistas y gestores culturales, entusiasmando a muchos de nosotros con la idea de que por fin la cultura saldría del sótano del olvido en este país. Pero si examinamos el quehacer cultural de años recientes, veremos que la gestión se ha limitado a mantener lo que ya estaba funcionando. Recordemos que aproximadamente el 90 % del presupuesto de la Secretaría de Cultura es utilizado para pagar salarios, dejando muy poco espacio para el financiamiento de proyectos nuevos o de mayor envergadura.

Parte del problema es un asunto de concepción. El actual gobierno ha utilizado algunas manifestaciones culturales como actividades de entretenimiento en sus actos oficiales o propagandísticos. También ha incorporado lo cultural a sus programas de prevención de la violencia, dándole al arte, y a la cultura en general, un matiz recreativo pero distorsionado y limitado, que aleja los procesos creativos de su verdadero potencial: el de crear espacios de expresión y reflexión personal plena desde donde comprender y cuestionar la realidad que nos rodea.

Esto no debería sorprender. La relación que hay entre el pensamiento de izquierda y el arte siempre ha sido conflictiva. En el pensamiento de izquierda, el arte y la cultura tienen una función ideológica que, en el mejor de los casos, debe servir para exaltar las dificultades del pueblo y las bondades sociales que un gobierno “revolucionario” brinda a todos. El arte, según las experiencias del realismo socialista soviético o la revolución cultural china, sólo podían ser válidos si servían al partido gobernante, obviando todo lo que andaba mal. Quien se atreviera a cuestionar o a dudar de las bondades del partido pasaba a ser sospechoso de “diversionismo ideológico”. Esto dio lugar a incontables casos de persecución, censura y muerte. También dio lugar a numerosas manifestaciones dizque artísticas que, con el paso del tiempo, se han desvanecido porque sus contenidos eran panfletos de exaltación a un sistema, ideología o personaje políticos.

Cuando el FMLN asumió el poder, tuvo la intención de revigorizar y darle un empuje al quehacer cultural nacional. Pero poco a poco vimos cómo dicho quehacer se ha visto disminuido en diferentes áreas. Hay varios ejemplos pero examinemos uno, el quehacer literario. Comencemos por los Juegos Florales. Estos son los únicos concursos literarios que existen en el país, fuera de la rara y ocasional convocatoria realizada desde alguna institución privada.

Desde hace pocos años se suprimió de dichos juegos la competencia en las categorías de novela y novela corta y se han favorecido los géneros infantiles (cuento, poesía y teatro), aunque también se convoca a cuento, ensayo y testimonio. Según las bases, todos los originales deberán tener un máximo de 40 páginas.

Parte del premio es la publicación, algo de lo cual se encarga la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), quien durante algunos años publicó un catálogo recopilatorio con las obras ganadoras de todos los géneros, en un solo volumen. De manera reciente, la DPI publica libritos individuales por ganador, aunque son hechos con el mínimo de inversión económica y con tirajes de apenas 300 ejemplares, sin versión electrónica. Lo habitual es que una editorial publique ediciones de 800 a mil ejemplares.

A lo único que la DPI parece meterle algo de empeño es a la literatura infantil, pero desde una concepción desfasada del género, que no dialoga con las tendencias internacionales ni con la realidad local. Importantes colecciones como la Biblioteca de Historia Salvadoreña, Ficciones (de narrativa contemporánea), Orígenes (obras completas de autores clásicos nacionales), la Biblioteca Básica y los Cuadernos de Música, han quedado para el recuerdo y los coleccionistas.

Las mejores propuestas culturales estatales de años recientes han surgido de instituciones ajenas a la Secretaría de Cultura. Una de ellas es el Premios Pixels, del Ministerio de Economía, un fondo para la creación de animaciones, juegos y audiovisuales. Otra es el FOMCASS (Fondo Municipal para la Cultura y las Artes de San Salvador) de la Alcaldía, que recién cerró convocatoria para la producción de audiovisuales, artes escénicas y movilidad de nuestros artistas a eventos internacionales. Ambos proyectos pueden mejorar su ejecución pero no por ello dejan de ser valiosos. Ojalá ambos tengan continuidad, a pesar del inminente relevo político.

Será muy difícil que la actual administración logre remediar en un año lo que no ha podido resolver, organizar ni cumplir durante dos periodos de gobierno seguidos. Eso incluye la gestión cultural. Si bien es comprensible que lograr este tipo de cambios toma tiempo, el tema cultural no debe ser dejado atrás en los asuntos de país ni seguir siendo castigado con un presupuesto miserable.

Los resultados electorales del pasado domingo imponen también una reflexión sobre este tema, porque mientras se siga tratando lo cultural como una actividad menor, apta sólo para el entretenimiento dominical o como herramienta de contención social, continuaremos en lo mismo. Es obvio que hacen faltan políticos y gobernantes con visión de futuro, que comprendan lo que podría lograrse en dicha área, si se hiciera una buena inversión presupuestaria y se creara una institución con empleados eficientes.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 11 de marzo de 2018. Foto de portada, algunos libros de la DPI, pertenecientes a colecciones descontinuadas).

El poder de la apatía

Cada vez que hay elecciones, me resulta inevitable recordar a mi padre. Él jamás fue a votar. Alguna vez le pregunté por qué no lo hacía. Me contestó, sin molestarse en levantar la vista de su periódico: “porque todos son ladrones”.

Para él era un asunto zanjado que no merecía ni el beneficio de la duda. Su apatía era la consecuencia de vivir durante años con fraudes electorales, viendo a candidatos militares del mismo partido político ganando cada elección y a funcionarios corruptos que se enriquecían a manos llenas de las arcas públicas. En domingos de elecciones, mi padre prefería quedarse en casa, con la precaución de abastecernos de comida para quince días, por si hubiera protestas y balaceras por los resultados de los comicios.

Estamos a pocos días de votar y mi apatía actual es similar a la de mi padre. Ningún candidato, ningún partido político, ninguna propuesta me llama la atención. La campaña política, bastante desabrida por cierto, no me brinda ningún tipo de entusiasmo ni esperanza.

He creído demasiadas veces y demasiadas veces me he visto defraudada. Pongo de ejemplo la Ley de Cultura, promesa de campaña del actual gobierno y que, al ser aprobada en la Asamblea Nacional, terminó reducida a algo muy básico. También pongo de ejemplo la promesa de la pensión y el seguro social para los artistas, algo de lo cual ya ni se habla y que, hasta donde sé, no veremos pasar.

La apatía también es notoria entre los seleccionados a integrar las Juntas Receptoras de Votos, muchos de los cuales han planteado todo tipo de situaciones para evitar participar en ellas. Esto debería hacernos reflexionar sobre la ausencia absoluta de espíritu cívico a nivel nacional. Si esto fuera un país donde las instituciones funcionaran de manera eficiente y donde los funcionarios no abusaran de sus cargos, de seguro tendríamos otro ánimo. Pero es difícil tenerlo cuando pasan tantas cosas equivocadas.

Vemos cómo múltiples funcionarios hacen negocios turbios, se roban millonadas y abusan de su poder con toda impunidad posible. Vemos cómo han incrementado plazas públicas y cómo algunas instituciones dedican la mayor parte de su presupuesto a pagar salarios, mientras el trabajo y los resultados continúan siendo deficientes. Vemos las planillas de candidatos pero aunque hay rostros nuevos ya se sabe que actuarán por obediencia a los mandatos de sus partidos y no por iniciativa o consciencia personal.

En las encuestas de opinión sobre las elecciones, muchos han manifestado la idea de anular el voto. Eso ha hecho surgir una satanización del voto nulo, como algo “antipatriótico”, según le escuché decir a algún candidato. Lo cierto es que anular el voto es una  alternativa ciudadana y lo considero el verdadero voto de castigo: no darle mi voto de confianza a nadie; no darle mi aprobación a ninguno; no ceder el poder a nadie para llegar al gobierno. ¿Cómo, si no, vamos a expresar nuestro profunda rabia y descontento actual contra los políticos? La opción podría ser salir a la calle a manifestarnos, pero la gravedad de nuestra apatía nos mantiene paralizados… por el momento.

Los votos anulados y las abstenciones son una postura política válida, aunque algunos lo califiquen como un gesto anti democrático. De hecho, el voto nulo o en blanco puede ser tomado en cuenta en los resultados si, junto con las abstenciones, superan el número de votos válidos. De ocurrir esto, se tendrían que repetir las elecciones. Puede verificarlo en el Código Electoral vigente (Capítulo IV, De la nulidad; Título X, De las nulidades de urna y elecciones, Art. 273, inciso d).

Repetir las elecciones con los mismos candidatos sería inútil pero sobre todo, una tensión presupuestaria mayúscula para el Estado. Aunque en mis fantasías electorales, me gustaría verlo ocurrir. Quizás así, por una vez en la vida, los partidos políticos nos tomarían, a la ciudadanía y nuestro voto, con el respeto y la seriedad que merecemos.

Hay señales de que pronto el sistema partidario y sus rostros comenzarán a cambiar. Un puñado de candidatos independientes se apuntó para estas elecciones, aunque hay que mencionar que se les impusieron muchos obstáculos y al final no todos pudieron ser inscritos. También se anunció ya la fundación de un par de nuevos partidos. Por ello suponemos que la elección presidencial del 2019 planteará novedades, algo necesario para refrescar un panorama político de polarización partidaria y apatía extrema.

 Cada vez que hay elecciones recuerdo también la primera vez que fui a votar. Me tocó hacerlo en Panchimalco, después de la firma de los Acuerdos de Paz. Era un domingo soleado y me emocionaba la idea de votar. Mi padre, quien todavía vivía, trató de convencerme de no ir. Le resultó incomprensible que yo quisiera votar. Pero mi emoción era más fuerte que sus argumentos. El fin de la guerra había planteado la posibilidad de que ahora la institucionalidad sí iba a funcionar y tomaría en cuenta a la ciudadanía y sus necesidades. Que la guerra nos había enseñado que de ahí en adelante íbamos a hacer bien las cosas. No hay necesidad de repetir todo lo que ha pasado desde entonces y que nos ha sumido en la decepción colectiva actual.

Una de las herramientas más importantes que tenemos como ciudadanía para intentar cambiar el panorama actual es el voto. Los políticos lo saben. Por eso nos enamoran con grandes promesas. Pero ya puestos en el poder, son como aquellos sinvergüenzas que primero te seducen y después, cuando lograron tu amor, te mandan al diablo y se hacen los que no ha pasado nada.

Todavía no he decidido qué haré el día de las elecciones. Pero de lo que estoy segura es que ya no le daré a ningún candidato o partido el poder de seguirme defraudando. Ya no creo en palabras. Que demuestren con hechos su viabilidad como gobernantes y quizás después, me animo a concederles mi voto.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 25 de febrero 2018). 

Convocatoria abierta: Taller de narrativa «Basado en la vida real»

TALLER DE NARRATIVA “BASADO EN LA VIDA REAL”

Convocatoria: Abierta hasta el 13 de marzo 2018 (o hasta llenar cupos).

Duración del taller: inicio 17 de marzo al 12 de mayo 2018. Reuniones cada sábado de 3:00 a 6:00 p.m. (8 sesiones).

Lugar: Sombrilla arte y circo social, 3ra. Calle Poniente #4747, Colonia Escalón, San Salvador. Tel. 2526-7686.

Costo: 85 $ taller completo (incluye certificado de participación).

 

Procedimiento para inscribirse y participar:

1.-Luego de leer esta información, enviar correo de motivación explicando su interés por participar en el taller a jacintario@gmail.com. Explique también si ya escribe, si no lo ha hecho nunca, si lleva un blog, etc.

2.-Recibirá una respuesta confirmando (o no) su inscripción. Me reservo el derecho de admisión.

3.-Cancelará el importe del taller el día 17 de marzo, minutos antes de la primera sesión, directamente a mi persona.

4.-Listo.

Duración:

Del 17 de marzo al 12 de mayo 2018, de 3 a 6 p.m. (8 sábados en total). El taller tendrá reuniones una vez por semana para discutir el temario.

Participantes:

Mínimo 15. Máximo 20.

Edad de los participantes: de 16 en adelante. Deberá tener algo de experiencia previa en escritura de ficción o no ficción. Tener buena redacción (conocimientos de gramática, puntuación y tildación). No es necesario tener obra publicada.

Costo:

85 $ todo el taller. Pagaderos en una sola cuota el día de inicio. Participantes previos de mis talleres pueden preguntar por la posibilidad de hacer dos pagos. Para ello, me envían un correo personal.

El precio incluye certificado de participación. (Para optar a dicho certificado, deberá atender por lo menos a 6 de las 8 sesiones y cumplir con las tareas asignadas).

Objetivo del taller:

La motivación para este taller nace de la inquietud de anteriores participantes a mis talleres, cuyo interés al inscribirse es escribir historias de algún familiar o de algún acontecimiento real, histórico o contemporáneo.

Para ello, el taller bridará a los participantes las herramientas para escribir historias que estén basadas en la vida real y que quieran abordarse desde la ficción o la no ficción. Se abordarán los diversos géneros y elementos necesarios para escribir este tipo de historias, lo cual exige un enfoque especial para aprovechar herramientas estrictamente literarias, pero que también necesita de elementos investigativos como la entrevista (como técnica de rescate de información).

Se estudiará la elaboración de estructuras narrativas, se examinarán algunos ejemplos notables y se discutirán algunas consideraciones éticas a tomar en cuenta.

Al final del taller se espera que los participantes cuenten con las herramientas y la motivación para ejecutar los proyectos que se planteen. También se quiere sensibilizar a los participantes sobre la importancia del rescate de la memoria individual, como parte de la memoria social y colectiva. Este rescate de memoria implica incluir también las costumbres, vocabulario, comidas y lugares que van desapareciendo y modificando la cultura nacional.

Temario:

  1. ¿Por qué escribir historias basadas en eventos reales? Rescate de la memoria individual como construcción de la memoria colectiva. El trabajo de ventilar eventos olvidados o minimizados por la historia local y que alguien quiera rescatar. El género memorial como una necesidad de contar la historia individual. Géneros con los que se puede trabajar: testimonio, memorias, crónica, biografía, auto biografía, historias familiares, novelas, cuentos. Ficción y no ficción.
  1. Diseño de estructura narrativa. Delimitación del tema y la historia. Definición del tono de la narración.
  2. Inventario de la información que se tiene y que se necesitará. Diseño de investigación. Clasificación y organización de la información: testimonios de primera mano, testimonios de segunda mano, cartas, entrevistas, fotos, diarios, etc. Fuentes de investigación.
  3. Tratamiento de personajes basados en personas reales.
  4. Diseño de entrevistas. Recopilación de fuentes orales. Organización del material oral. Verificación de la información.
  5. Tratamiento de la realidad. Cómo suplir los vacíos informativos. La construcción de la ambientación a través de fotos de la ropa, objetos, decoración, etc.
  6. Consideraciones éticas. ¿Qué hacer con sucesos delicados o sensibles para las familias? ¿Qué hacer cuando se habla de personas que siguen vivas?

Exageraciones de la corrección política

El viernes 26 de enero de este año, el cuadro “Hilas y las ninfas” del pintor británico John William Waterhouse fue retirado de exhibición en la Manchester Art Gallery de Inglaterra. En su lugar, los visitantes encontraron un letrero explicando que el cuadro había sido retirado de manera temporal para impulsar la conversación sobre cómo se exhiben e interpretan las obras de arte en su museo.

Junto al letrero que anunciaba el retiro del cuadro había papelitos Post-it, para que el público pudiera dejar un comentario. No sólo fue retirado el lienzo sino también las postales de la misma imagen que se vendían en la tienda del museo.

El cuadro en cuestión es una representación del momento en que Hilas, uno de los argonautas, acompañante y sirviente de Heracles, es abducido por un grupo de ninfas en la fuente Pegea, de Misia. Las ninfas están desnudas, semi sumergidas en el agua e incitan al joven a sumergirse con ellas.

La indignación que esto causó entre los visitantes del museo se convirtió muy pronto en noticia internacional. Clare Gannaway, la curadora, salió al paso diciendo que no se trataba de un acto de censura sino de una forma de impulsar una discusión necesaria en la actualidad. De hecho, la situación es parte de una acción artística de Sonia Boyce, quien analiza los “problemas de género” en la pintura y la cultura del siglo XIX. Durante el retiro del cuadro estuvieron presentes varios curadores y artistas. El evento fue filmado y el video del mismo será presentado en la retrospectiva de la obra de Boyce, que tendrá lugar de marzo a septiembre de este año.

El cuadro de Waterhouse se encontraba en un salón llamado “En busca de la belleza”, un nombre que a Gannaway le parece incorrecto porque contiene “artistas masculinos persiguiendo el cuerpo femenino, representado en forma decorativa o de ‘femme fatale’”. Gannaway admitió que los actuales movimientos de #MeToo y “Time’s Up” la habían hecho reflexionar sobre el contenido del museo.

El asunto hace recordar otro caso ocurrido hace poco. La empresaria Mia Merrill encabezó una colecta de firmas para que el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York bajara el cuadro “Teresa soñando”, del pintor franco-polaco Balthus. En el cuadro, una niña está sentada con las manos apoyadas sobre su cabeza, los ojos cerrados y la pierna izquierda flexionada, apoyada en un banco, mientras un gato come en el suelo. La posición de la pierna de la niña, que está vestida con blusa manga corta y falda, permite ver una parte de su ropa interior.

Merrill decía que el cuadro era una incitación a la pedofilia. Pedía que si se iba a continuar exhibiendo, que por lo menos se colgara una advertencia diciendo que algunos espectadores se sienten perturbados o insultados ante dicho cuadro. El Museo se negó a ambas peticiones, reiterando su deseo de contribuir en la continua evolución de la cultura “a través de la discusión informada y el respeto a la expresión creativa”.

Descalificar como arte o retirar el acceso público a obras cuyo contenido resulta incómodo de acuerdo a nuestras creencias particulares, es no comprender los mecanismos de la representación artística. No se puede leer las obras del pasado aplicando la visión política e interpretaciones ideológicas del presente sin que algo se tuerza en el camino. Es necesario conocer el contexto en el que la obra fue creada para comprender los elementos que la componen y los motivos por los cuales fue representada de esa manera.

Retirar obras de arte de museos por ser políticamente incorrectas es una forma de censura. Se convierte en tal desde el momento en que quien tiene el poder de decisión sobre lo que vemos, teme o desconfía de la interpretación que haga el espectador de la obra, que es precisamente una de las particularidades del arte: el nulo control del artista sobre la interpretación de su obra. Esta se complementa, se nutre y se enriquece con las múltiples interpretaciones surgidas entre los receptores. Cuando una institución o ideología pretende “explicar el mensaje de la obra” y plantearlo como una interpretación única, lo que hay es imposición ideológica, no un ejercicio pleno del derecho de cada individuo de tener y formar una opinión propia.

La lucha feminista actual está haciendo visibles las diversas maneras en que las mujeres han sido (y siguen siendo) abusadas, violentadas, subestimadas, invisibilizadas y discriminadas. Ojalá que las denuncias ya realizadas y las que estén por venir, logren cimentar los cambios sociales que se necesitan para que las desigualdades de diversa índole que rigen las relaciones entre hombres y mujeres lleguen a fundar prácticas y manifestaciones de auténtica igualdad. Pero para lograr esos cambios es imprescindible cambiar conductas y pensamientos de manera estructural. Eso se logrará con educación e información, no con censura; con discusión e intercambio de opiniones, no con la imposición de verdades absolutas.

Para quienes concebimos el arte como un espacio de libertad plena, el impulso creativo es una herramienta que nos permite explorar al ser humano, plantear preguntas sobre nuestra realidad y nuestro presente, reflexionar sobre nuestro tiempo y nuestra circunstancia. Pero para que la obra resultante manifieste plenamente lo que queremos decir, es importante no pensar en la corrección política, es decir, no auto censurarse.

El exceso de corrección podrá afectar la creación artística y literaria forzando narrativas y contenidos si el artista se doblega ante ello, pero también forzará la lectura del espectador o receptor de la obra de arte, como en los casos de los cuadros de Waterhouse y Balthus.

Justo hoy que escribo esto, 3 de febrero, la Manchester Art Gallery anunció que ha vuelto a colgar el cuadro de Waterhouse en su lugar, luego de las incontables acusaciones de censura recibidas desde todas partes del mundo.

Hay una fina línea que separa la corrección política del fanatismo. La exageración y la censura son dos maneras de cruzarla.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 11 de febrero 2016. Ilustración de portada: «Hilas y las ninfas» de John William Waterhouse).

La Renta Básica Universal

Desde hace algunos años se viene hablando con insistencia sobre las ventajas y desventajas que tendría la implementación de una Renta Básica Universal (RBU). La discusión surge a propósito de la eventual  necesidad de repensar el concepto del trabajo como eje fundamental del quehacer humano y de las economías nacionales.

Para quienes no estén familiarizados con el concepto, la RBU (también conocida como Ingreso Básico Universal, ingreso ciudadano o subsidio universal garantizado) es una cantidad de dinero otorgado por el Estado a cada ciudadano o residente legal de un país, por el mero hecho de serlo. Ese ingreso no tiene ningún condicionamiento y puede usarse para lo que el beneficiario estime conveniente. El destinatario puede seguir trabajando o no, invertir el dinero en montar un negocio, estudiar o dedicar su tiempo a hobbies o aficiones que de otra manera, no podría desarrollar.

Con la acelerada automatización de algunos puestos de trabajo y el desarrollo de la robótica y la inteligencia artificial, es posible que cientos de empleos se vean substituidos por máquinas o algoritmos que podrán ejecutar el trabajo de varias personas con un sólo botón o código. Esto supondrá una disminución de plazas de trabajo y salarios más bajos para las que queden disponibles.

Por otro lado, la extensión del promedio de vida humana ha puesto a tambalear el actual concepto de pensión de retiro, que está probando ya no ser eficaz para la realidad actual y que no podrá seguir funcionando de la misma manera a futuro. Las personas viven más y el cálculo de la pensión de retiro no alcanza para ese “tiempo extra”, de manera que muchos mayores de 65 años deberán continuar trabajando para nivelar lo que la pensión no alcanza a cubrir. Esto supone tensiones en el mercado laboral al incrementar el personal laboral pero reducirse las plazas de trabajo.

El tema de la RBU comenzó a aparecer en las discusiones del Foro Económico Mundial hace menos de una década. Tan en serio se ha tomado esta posibilidad que en algunos países se han realizado pruebas piloto en poblaciones pequeñas para probar su implementación. Pero el tema es polémico. Quienes están a favor aseguran que mejoraría la condición de quienes están desempleados o tienen ingresos más bajos, reduciendo con ello la pobreza; que las personas podrían seleccionar sus trabajos y que las tareas más duras tendrían salarios más elevados. Sus detractores aseguran que un ingreso garantizado promovería el parasitismo y que las personas utilizarían ese dinero para satisfacer frivolidades y comprar alcohol. También señalan que sería dañino para las economías nacionales pues causaría inflación y el ineludible aumento en los impuestos, aunque éstos serían diferenciados y más altos para los de más altos ingresos.

Un comité de ciudadanos a favor de una Renta Básica Universal en Suiza impulsó un referéndum en el 2016, de aceptación o rechazo a la misma. La iniciativa proponía garantizar un ingreso para todos los residentes en aquel país, durante toda la vida, siempre y cuando la persona no tuviera un ingreso mensual equivalente o mayor. La propuesta incluía asignar 2.254 euros por adulto y 565 euros por cada menor de 18 años. Pero la propuesta fue rechazada por un 78 % de los votantes. A pesar de ello, quienes apoyaron la iniciativa piensan continuar impulsando las discusiones en torno al tema. Están convencidos de que, tarde o temprano, las sociedades tendrán que adoptar un sistema similar debido a las transformaciones profundas que están teniendo los mercados laborales.

Finlandia ya está llevando a cabo un experimento en este sentido. Seleccionaron a 2.000 desempleados para recibir una RBU de 560 euros al mes, sin compromiso alguno. El proyecto comenzó el año pasado y terminará este año. Se piensan publicar las conclusiones finales en el 2019. Algunos entrevistados han afirmado que aunque esa cantidad no es suficiente para sobrevivir al mes, les permite ampliar su rango de búsqueda de empleo e intentar trabajos en áreas u oficios no tradicionales.

Otro lugar donde se está experimentando con el ingreso fijo es en una comunidad rural de Kenia. La organización GiveDirectly comenzó un programa el año pasado en el que dará a sus habitantes 22 dólares mensuales durante los próximos 12 años. Aunque la cifra suena pequeña, contar con la certeza de dicho ingreso ha permitido a las familias organizar su economía de mejor manera.

GiveDirectly no ha querido compartir el nombre de la comunidad, para proteger la identidad de los beneficiarios, pero publicaciones como Business Insider y The New York Times han visitado el lugar y hablado con los participantes del proyecto. Uno de ellos comentaba que tener esos 22 dólares garantizaba poder pagar la mensualidad de la escuela de su hijo y poder comprar leche de manera constante. Su esposa, que también recibe el beneficio, ha invertido su ingreso en su propio negocio de venta de ropa de segunda mano.

La experiencia de Kenia apenas comienza pero después de un año de implementación ha servido para callar algunas de las críticas que se hace a la RBU como que la gente dejará de trabajar, se convertirá en holgazana, desperdiciará el dinero o se dedicará al vicio.

Múltiples personalidades como Bernie Saunders, Elon Musk, Mark Zuckenberg y Bill Gates se han mostrado a favor de la RBU. Insisten en que sería el mejor medio para solucionar las desigualdades económicas pero también para dignificar actividades como las labores domésticas, siendo justamente las mujeres que se limitan a estas actividades uno de los sectores que se vería beneficiado al recibir la RBU. Sin embargo, una de las grandes preocupaciones es cómo financiar un programa así a largo plazo sin afectar o desequilibrar el sistema económico, no sólo a nivel local, sino también a nivel internacional.

¿Qué haría usted con un ingreso de estos? ¿En que lo utilizaría? ¿Lo invertiría en algo que le fuera útil a mediano plazo o lo derrocharía hasta acabárselo y quedarse al final con nada?

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 28 de enero 2018).

Por nuestra salud mental

Los lamentables sucesos ocurridos a finales del año pasado entre miembros de la Policía Nacional Civil pueden discutirse y analizarse desde varios enfoques. Me interesa hacer una reflexión desde uno que en nuestro país siempre termina relegado, ignorado o en el peor de los casos, tomado en son de burla, y es el de la salud mental.

Ser policía en un país con los índices de violencia que tenemos es un trabajo no sólo de alto riesgo, sino también con altos niveles de estrés personal. La exposición permanente al peligro sumado a la posibilidad de que incluso los miembros de sus familias sean afectados por la violencia, es una realidad con la que tienen que convivir todos los días. Las condiciones de trabajo (horarios extraordinarios, bajos salarios y en algunos casos, hasta falta de equipo adecuado), se suman a las preocupaciones de nuestros agentes. Los aumentos salariales y los bonos que el gobierno otorga a este sector no son suficiente paliativo para el nivel de tensión psicológica al que permanecen sometidos.

Existen apenas 33 psicólogos para atender a una población de 28.500 agentes. Es fácil hacer la matemática correspondiente y darse cuenta de que es humanamente imposible para dichos profesionales atender de manera adecuada a tanto personal.

La función policial misma exige una actitud de frialdad, fuerza y ecuanimidad. Un policía no puede llegar a la escena de una masacre o ver un cuerpo desmembrado, quebrarse y ponerse a llorar, por ejemplo. Imagine el lector lo que este tipo de escenario constante supone para un ser humano en su constitución psicológica, aunque dicha persona haya sido entrenada para mantenerse incólume en las situaciones más adversas.

Los casos de suicidio, violencia, alcoholismo y drogadicción entre los mismos agentes no son nuevos. Vienen ocurriendo desde hace algunos años. Por desgracia, vivimos en un país lleno de prejuicios e ignorancia de toda índole. Los prejuicios que tiene nuestra sociedad en torno a la salud mental son de los más arraigados. Estos prejuicios, al no ser superados, se convierten en un elemento de riesgo para la sociedad en su conjunto.

Cuando se firmaron los Acuerdos de Paz, cuyo 26 aniversario se conmemora justo en estos días, a nadie se le ocurrió incorporar un componente obligatorio de atención psicológica para todos los desmovilizados, tanto del ejército como de la guerrilla. Estamos hablando de miles de hombres y mujeres que se pasaron más de una década de sus vidas en el campo de batalla. Pero no sólo quienes fueron combatientes activos necesitaban atención. También lo necesitó la población civil, sobre todo la que sobrevivió aquel tiempo en lugares donde los combates y las matanzas ocurrían con frecuencia.

Los Acuerdos de Paz no borraron por arte de magia las heridas psicológicas y emocionales que la perversión de la guerra dejó en muchos. Venimos arrastrando ese peso hasta el día de hoy. La dinámica de la guerra impidió la elaboración de neurosis, psicosis y duelos provocados por los muertos, los exiliados, los desaparecidos, las pérdidas materiales, la brutalidad, la tensión y el peligro permanente. No había tiempo para llorar, solamente para sobrevivir. El dolor se reprimió y se postergó indefinidamente. Pero eso no significa que esos males desaparecieran o se “resetearan” con el cese al fuego. Los seres humanos no somos máquinas y las emociones no se encienden y apagan a voluntad. Siguen ahí y se manifestarán, tarde o temprano, a través de nuestra conducta, a veces en explosiones de ira, violencia o auto destrucción.

Encima de eso, las enfermedades mentales siempre han sido vistas como algo vergonzoso. No hablamos de la depresión, de la ansiedad, de la bipolaridad, de la esquizofrenia, de la neurosis y de otros desórdenes mentales porque nadie quiere ser tachado de “loco”.

La moda actual del positivismo new age insiste en hacernos creer que todo es un asunto de actitud y subestimamos los desórdenes mentales profundos como algo serio que merece atención profesional. Se piensa que la depresión o un ataque de pánico se solucionan con un par de palmaditas en la espalda y con frases de cajón: “Hay que pensar en positivo, debemos ser fuertes ante los embates de la vida, el tiempo todo lo cura, todo pasa, no pensés en eso, dejá de llorar, hacé algo útil para distraerte”. Peor aún, quien sufre de algún trastorno mental termina siendo señalado muchas veces como el causante de su propio mal, pese a que existen estudios científicos que demuestran que la genética juega un rol indiscutible en su condición.

Otro de los grandes prejuicios que existen en torno a estos males es que “son enfermedades burguesas”. Los pobres no tienen tiempo para deprimirse porque tienen que buscar la sobrevivencia a toda costa y “no tienen tiempo” para llorar o ponerse tristes. El limitado acceso a profesionales e instituciones de salud mental de calidad en el país viene a sumarse al problema. Sólo el que tiene recursos económicos abundantes y garantizados puede darse el lujo de un tratamiento psicológico o psiquiátrico constante.

No sólo los agentes de la corporación policial necesitan apoyo psicológico. De hecho lo necesitamos la gran mayoría de la población debido a un sinnúmero de factores. Somos receptores de múltiples manifestaciones de violencia, agresividad, injusticia, impunidad y cinismo en el día a día. Es difícil mantenerse ecuánime y no sentir ganas de manifestar esa frustración que nos va creciendo por dentro. Muchos la dejan escapar en agresiones domésticas o en ataques de ira durante el tráfico. Otros, impotentes y abandonados en la soledad extrema de quien no encuentra ni siquiera un interlocutor con quien desahogarse, optan por el suicidio.

Los índices de violencia y agresividad con los que vivimos son una manifestación de esa salud mental que no tenemos. Su normalización también es un mal síntoma.

Informarnos sobre los desórdenes mentales ayudará a que superemos nuestros prejuicios y a ser empáticos con los demás. Tener una actitud de comprensión y de respeto ante los males ajenos hasta podría servir para salvar la vida de alguien.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 14 de enero, 2018).

Una quimera llamada esperanza

Como norma general, la temporada de fin de año viene siempre disfrazada de risas, alegría, luces, adornos, reuniones con familiares y seres queridos, reencuentros, regalos, tradiciones, vacaciones, optimismo y propósitos de enmendar todo lo que ha ido mal, no sólo en el año que cierra, sino (casi) que en la vida entera.

Gente que no se ha visto en todo el año aprovecha para verse. Cientos de compatriotas que viven fuera del país regresan, aunque sea por pocos días, cargados de regalos, con la intención de aliviar nostalgias y de paliar las necesidades, tanto materiales como afectivas, de quienes quedaron acá.

Algunos envían saludos por mensajes de chat, aunque se viva en la misma ciudad. Los emoticones han venido a sustituir los diseños de las tarjetas navideñas y los deseos escritos en puño y letra del remitente, que antes de la revolución tecnológica eran enviadas por correo. La inmediatez de las comunicaciones ha sustituido rituales y costumbres que, aunque más lentos en ser enviados y recibidos, constataban la representación de una forma de aprecio: la del detalle personal, la del tiempo invertido en envolver un regalo, ir al correo, colocar una estampilla.

Para muchos, esta temporada resulta fastidiosa por un sinnúmero de motivos. Acaso y sobre todo por las exigencias que se nos imponen, por la tácita obligación de ser felices y amables, de aceptar como norma el histerismo gregario. Las luces de los centros comerciales nos conceden carta blanca para despilfarrar, endeudarnos y desperdiciar a manos llenas, para amanecer con resaca económica y moral en los primeros días del año. Se promueve el endeudamiento, se nos engaña con falsas ofertas de cosas que en realidad no necesitamos, se nos da el empujón para satisfacer la compra excéntrica anual.

La obligación de la felicidad que sufrimos en estas fechas es más palpable en las familias que se reúnen por el mandato de los lazos de sangre, incluso si entre los miembros de dichos grupos hayan ocurrido eventos atroces que dejaron heridas y dolores que no tienen consuelo ni reconciliación. Las tensiones familiares siguen ahí, latentes, listas para estallar como bombas en cuanto alguien se pase de tragos, pronuncie la palabra equivocada o comience a lanzar indirectas pasivo agresivas que pueden convertir las noches de convivio en renovadas batallas campales. En algunas familias, la tradición de fin de año es en realidad el pretexto para luchar un round más en una pelea que no tiene tregua ni final.

La obligación de reunirse con parientes indeseables suele ser producto de relaciones de fuerza y sumisión, y no de genuina alegría. La realidad de reuniones incómodas, aburridas o con potencial de generar y renovar conflictos, sumado al trajín doméstico de las comilonas y la limpieza posterior (trajín que se asigna sobre todo a las mujeres), se convierte en un motivo de estrés y no de celebración. El agotamiento que sienten muchos al culminar este período deriva de ello.

Para el común de la gente resulta difícil comprender por qué algunas personas prefieren pasar esta época en soledad o con gente ajena a la familia. Para otros, la soledad no es en realidad una opción, sino su atroz cotidianidad.

Debajo del discurso de los buenos deseos y la concordia de esta temporada, hay una realidad que obviamos y que transforma lo que se supone es una festividad mundial en una forma de evasión masiva. Mientras usted celebra y brinda con los suyos, las guerras en diversas regiones del mundo han continuado sonando sus bombas, matando inocentes y haciendo añicos los esfuerzos y los sueños de miles de personas. Los enfermos continuarán en su agonía. Los que hurgan en los depósitos de basura en busca de algo que comer continuarán haciéndolo. Quienes migran de sus países en busca de un mejor futuro continúan sus caminos por mar o tierra, arriesgando en cada paso la vida misma. Los corazones rotos seguirán desangrando su desgracia, sin encontrar consuelo alguno. Los suicidas, abrumados por esa felicidad ajena de la que han sido excluidos y que hiere su melancolía como una navaja bien afilada, apretarán el nudo de su horca.

La mentira de la felicidad colectiva y la nada disimulada manera en que se nos impone participar en ella nos hace olvidar los problemas existentes, como si la vida entrara en pausa. No queremos pensar en cosas feas, tristes o desagradables. No queremos recordar ni asumir los agravios que hemos ocasionado a otras personas. No queremos saber nada del dolor del mundo. Y sin embargo, para otros, es precisamente esa sensación de la fiesta ajena, de estar excluidos del baile de la vida, lo que hace que el fin de año sea un período particularmente difícil.

Esa pausa de la realidad trastoca nuestras rutinas. Quienes saben aprovecharla, sospechan o reconocen que pasan la mayor parte de su vida en trabajos o situaciones que los hacen desgraciados, que mutilan su potencial y sus talentos, que los tiene acorralados en un callejón sin salida. Muchos odian la sola idea de retornar al trabajo después de las vacaciones porque se saben mal pagados y hostigados, pero no pueden prescindir del mismo porque a pesar de lo que digan gobierno y empresas (que para fin de año presentan reportes triunfales de números positivos), la realidad es que la calle está cada día más dura y que el futuro es un lugar oscuro y confuso.

No todos sufren, es cierto. Hay quienes disfrutan de esta temporada. Hay quienes de manera auténtica y sin presunciones, aprovechan para congregarse con los suyos y se refugian en la calidez de los afectos compartidos. Bien por ellos.

A fin de cuentas, el cambio de año representa la oportunidad de nuevos inicios. El atrevimiento de lanzar a futuro la sombra de nuestros buenos deseos. Quizás eso es lo único a celebrar, la posibilidad de esa quimera que llamamos esperanza. Un bien esquivo, ilusorio, engañoso, pero sin el cual nos sería imposible continuar en este valle de lágrimas que llamamos vida.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, diciembre 31, 2017. Foto propia).

Un museo para nuestra memoria

¿Necesita el país un museo para el rescate y la conservación de la memoria? ¿Nos ayudaría a avanzar y a consolidar la tan anhelada reconciliación nacional? ¿Es un proyecto viable, dadas las condiciones económicas y sociales del país? ¿Qué contenidos debería incluir dicho museo? ¿Quién debería velar por su administración? ¿Qué bases legales se necesitarán para que su propuesta no sea manipulada ideológicamente o asfixiada en su funcionamiento cada vez que ocurra un cambio de gobierno?

Estas son algunas de las inquietudes que se han discutido en diversos encuentros iniciados este año, como parte del proceso de consultas que está impulsando el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre la posible formación de un Museo Nacional para la Memoria y la Reconciliación. La iniciativa retoma el Informe de la Comisión de la Verdad, donde se recomienda al Estado salvadoreño una serie de medidas para la reparación, tanto material como moral, de las víctimas de la guerra de los años 80.

A 25 años de la firma de los Acuerdos de Paz, la narrativa sobre los eventos de la década de los 80 sigue fragmentada y dispersa, pero sobre todo, muy manipulada ideológicamente. Pese a la existencia de un par de monumentos e iniciativas privadas para el rescate documental de la guerra, la fundación de un museo de la memoria vendría a llenar un vacío informativo, no sólo para la ciudadanía, sino también para investigadores y académicos locales e internacionales. Un museo de esta naturaleza permitiría también preservar y restaurar archivos, testimonios, fotografías, audios, videos y otro tipo de documentación relacionada con aquellos años.

Una de las preocupaciones fundamentales sobre este museo es su formato y el público hacia el que irá dirigido. Es vital crear una propuesta que sea atractiva para las nuevas generaciones, que se encuentran en un estado anímico de hartazgo y de indiferencia sobre el tema. Ese hartazgo resulta comprensible si se toma en consideración la manera superficial y profundamente ideologizada con que se manejan de manera pública algunos sucesos de la guerra.

Se espera conformar un espacio que puede ser físico, pero sin la solemnidad o el tedio de exposiciones donde el espectador recibe información de manera pasiva. La idea es conformar espacios interactivos y lúdicos que motiven a la reflexión y a la participación de los asistentes. Se piensa también en un espacio en internet que permita el acceso a los contenidos del museo desde cualquier parte del mundo y que por ende, permitirá también la participación de los salvadoreños residentes en el exterior, muchos de los cuales están precisamente viviendo en otros países a consecuencia de la guerra misma.

El museo podría funcionar también como parte de una red de memoria, necesaria para hilvanar las diferentes iniciativas que existen en algunas ciudades y poblaciones del país. Así mismo, el museo serviría para intercambiar información y aprender de las experiencias de otros países como Chile, Argentina y Guatemala, que han logrado erigir espacios propios dedicados a informar, documentar y honrar a las víctimas de sus respectivos conflictos nacionales.

La iniciativa se encuentra en sus discusiones iniciales pero justamente por eso, la participación y opinión ciudadana son importantes. Mediante las consultas que impulsa el PNUD, será posible moldear y construir una propuesta de museo acorde a nuestra realidad y necesidades específicas. Llama la atención que en las discusiones siempre falta tiempo para discutir y afinar detalles, lo cual deja en evidencia el interés por contar nuestras inquietudes en cuanto a este tema.

Justamente una de dichas inquietudes es que el museo pueda servir como lugar de encuentro para motivar y promover diálogos intersectoriales e inter generacionales, que hablen de la experiencia de la guerra desde todos los ángulos vividos. Así mismo, desde ese ánimo de inclusión y equilibrio en la narrativa de la memoria, se espera que el museo pueda tener exposiciones itinerantes por todo el país, para que la experiencia no quede centralizada en la capital.

Parecerá que El Salvador está rezagado en la creación de un museo como este. Pero hay que recordar que las guerras son eventos sociales traumáticos profundos que requieren de un tiempo largo para ser digeridos por sus individuos. Si a eso le sumamos la cultura del silencio en la vivimos y hemos sido educados (cultura resultante de una larga práctica de represión, censura y doble discurso vivido en el país), ese rezago y negación a hablar sobre nuestro pasado reciente es incluso comprensible.

Tenemos la ventaja de que muchos de los actores de aquel tiempo siguen vivos. Los contenidos de un museo de esta naturaleza pueden verse enriquecidos por el aporte de testigos vivenciales directos. En ese sentido, una de las tareas urgentes es recopilar el testimonio de estas fuentes vivas antes de que mueran.

Una de las preocupaciones mostradas por los participantes y organizadores de las consultas es lograr aterrizar una propuesta equilibrada. Para ello, el PNUD continuará las consultas el próximo año, para que la concepción del museo sea lo más amplia e inclusiva posible. Porque no se trata de construir o elaborar un espacio que se incline hacia uno u otro lado del espectro ideológico nacional, sino de crear un espacio que permita el diálogo como fundamento para crear el respeto entre los diferentes sectores de nuestra sociedad.

Más allá de una mera recopilación documental, un museo de esta naturaleza funciona también como reconocimiento y desagravio por parte de la sociedad hacia las víctimas del conflicto. Una forma de restitución moral que la sociedad salvadoreña ofrecería a todo su conjunto. Pero lo más importante es tratar de fundar un espacio con elementos y materiales que permitan la reflexión para comprender el origen de los problemas actuales y encontrar soluciones prácticas que impidan desbordamientos o explosiones sociales que, como ha quedado evidenciado en nuestra historia, ocurren de manera cíclica.

Todavía falta mucho por hacer y discutir para concretar este museo, pero saludo esta iniciativa indispensable para nuestro país.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 17 de diciembre 2017. Foto de portada: Monumento a las víctimas de la masacre de El Mozote, Morazán. Foto propia).

Maus de Art Spiegelman

Premios para reflexionar

La literatura centroamericana está de fiesta. Un par de días después de que Claribel Alegría recibiera en Madrid el Premio Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana, se anunció al escritor Sergio Ramírez como ganador del Premio Cervantes 2017.

Claribel Alegría, nacida en Santa Ana, de madre salvadoreña y padre nicaragüense, ha dedicado su vida a la poesía con lealtad inquebrantable. Su casa en Managua, donde vive desde la década de los ochenta, ha sido un espacio de tertulia e intercambios literarios entre numerosos artistas, escritores, académicos, periodistas e intelectuales de diferentes rumbos y edades.

Sergio Ramírez, quien se dedica a la escritura desde que abandonó su carrera política, ha sido por su parte un activo promotor de la literatura centroamericana, liderando iniciativas como la revista electrónica Carátula y el encuentro de escritores Centroamérica cuenta. La idea de Sergio siempre ha sido hacer visible nuestra literatura e insertarla en el discurso literario internacional.

El Premio Reina Sofía y el Premio Cervantes son los dos más altos reconocimientos a la literatura escrita en castellano. El premio logrará, sin duda alguna, enfocar algo de la atención internacional en la narrativa y la poesía de la región. Pero más allá de la eventual mirada internacional a partir de ambos premios, estos deberían funcionar también como un punto de reflexión para las instituciones públicas y privadas de nuestros respectivos países,  para reconsiderar la visión y la relación que se tiene desde las instituciones existentes con los autores y sus libros.

Cada país de Centroamérica cuenta con un grupo de escritores talentosos, de diferentes edades, que escriben sobre un sinnúmero de temas. Pero los lectores no suelen tener acceso a libros centroamericanos o desconocen por completo lo que se escribe en los demás países de la región. Muchas veces no conocen ni lo que se escribe en el propio país, a menos que el autor esté publicado en una editorial internacional que le permitirá leerlo, tanto porque su obra es más visible como porque circula un poco mejor. Aunque a veces ni así, porque las empresas distribuidoras de libros y las librerías suelen negarse a mover “producto” que no les garantice la recuperación del gasto.

Las editoriales privadas llenan un poco los vacíos de publicación pero su limitación de recursos económicos y humanos les impide garantizar una mejor visibilidad o distribución del libro. Por desgracia, la pasión con la que muchas de estas pequeñas empresas se incorporan al oficio editorial no es suficiente para solventar los retos monetarios y la mayoría terminan cerrando operaciones poco tiempo después de inauguradas.

Por su parte, las instituciones públicas dedicadas a la cultura no tienen como prioridad a la literatura. En El Salvador, por ejemplo, no existe un tan solo concurso de novela. Los que había dentro de la convocatoria de los Juegos Florales, fueron eliminados. Tampoco existen becas para creación, residencias artísticas ni eventos literarios que permitirían el intercambio de escritores nacionales con internacionales. Estas actividades favorecen no solo el intercambio y la renovación de ideas, sino que también fomentan la construcción de redes y contactos que el escritor aprovecha para hacer difusión, tanto de su obra como la de sus colegas, única alternativa que nos queda a los centroamericanos para leernos entre nosotros.

Quien se dedica a la escritura en la región centroamericana, sobre todo a la novela, lo hace porque está maldito o bendito (nunca sabré la diferencia) por el fuego literario. Escribir poesía en la región es igual de azaroso, sobre todo por el prejuicio de que es “un género fácil”. Las editoriales evitan publicarla porque dicen que es “un género que no vende”.

Los que estamos en el oficio de la escritura en Centroamérica, lo hacemos por vocación comprobada, porque si hay algo que te enseña el ejercicio de la escritura desde esta azarosa región es a perseverar en una labor ingrata, que no rinde frutos monetarios y otorga escasas satisfacciones individuales.

Docenas de escritores centroamericanos, ya formados o en formación, intentan desde sus respectivos países capturar las inquietudes del tiempo y la geografía que les ha tocado vivir. La variedad de la literatura de nuestras pequeñas y atribuladas repúblicas es lo que convierte a la región en una zona rica de joyas literarias que corren el riesgo de ser olvidadas debido a la falta de reedición de libros; a la falta de conservación de los manuscritos, bibliotecas y documentos de los archivos de escritores que fallecen; a la falta de una bien diseñada carrera de Literatura en las universidades, que profundice y amplíe el estudio de dichas obras y que las inserte en el estudio de las corrientes mundiales de la literatura; y también, a la falta de una reforma educativa que reconfigure los actuales programas de Letras en la educación secundaria, que siguen matando de tedio a miles de adolescentes imponiéndoles un canon literario para el cual no tienen todavía las herramientas formales de conocimiento como para apreciarlo en todo su valor, y que lejos de crear hábitos de lectura o una base de cultura literaria, los hace aborrecer los libros y hasta despreciar o ver de menos a los narradores locales.

Para quienes se inician en el oficio literario, en estos tiempos cambiantes y confusos, los premios mencionados al inicio pueden servir como aliciente y ejemplo. Ambos, Claribel y Sergio, han dedicado sus vidas a la escritura. La perseverancia y la disciplina son caminos hacia la experiencia, que a la larga, puede producir excelencia en el texto escrito.

Los escritores y poetas centroamericanos estamos cumpliendo nuestra parte, trabajando de forma anónima y por cuenta propia, escribiendo y procurando excelencia literaria. ¿Pero cuándo se levantará la cultura literaria y editorial en nuestra región y cuándo se modernizará el tratamiento de la literatura, tanto de parte del Estado como de las instituciones privadas? ¿Cuándo acelerarán el paso para ponerse a la altura de la calidad de nuestros autores?

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 3 de diciembre 2017).

Recomendaciones de apps para lectores

La pasión según Lispector

En agosto de 1967, el periódico Jornal do Brasil le ofreció a Clarice Lispector la posibilidad de escribir crónicas de manera semanal. Para Lispector, el ejercicio no sería algo nuevo. Había publicado crónicas periodísticas en los años 40, en un periódico de Campinas, ciudad de la municipalidad de Sao Paulo. Luego, en los años 50, publicó una columna llamada “Entre mujeres” que firmaba con los seudónimos de Ilka Soares y Helen Palmer. Hablaba de maquillaje, moda y cocina.

Pese a dudarlo un poco, Lispector aceptó la oferta del Jornal do Brasil. La necesidad económica se impuso sobre su temor de escribir crónicas, un asunto que sería incluso tema ocasional de su columna. “Sé que lo que escribo aquí no puede llamarse crónica, ni columna, ni artículo”, escribe en alguna entrega. Lo cuestionará hasta diciembre de 1973 en que dejó de publicarlas, luego de producir poco más de 400 textos que pueden leerse en diversas antologías.

Las dudas sobre su escritura periodística estaban relacionadas con lo que consideraba su verdadero oficio literario. Lispector escribía novela y cuentos de ficción. Había construido un estilo y un lenguaje propios, con un tono tan particular que resulta difícil definirla. En una gripe, en un hombre que ve desde el asiento de un taxi, en una conversación con los hijos, en una canción canturreada por la asistente doméstica, en la evocación de los paseos familiares al mar, en el recuerdo de cuando era niña y robaba rosas, en las preguntas hechas en silencio pero que jamás se enuncian porque son tan banales que no merecen ni el sonido de una voz, en detalles así Lispector encontró el material para la exploración de la vida y del ser humano a través de la palabra escrita.

La construcción de su estilo tan particular le ganó el respeto de sus contemporáneos y la lealtad de un público lector que seguía sus publicaciones con reverencia. A Lispector le agradaba que se le considerara como una escritora seria pero casi no daba entrevistas y pocas veces asistía a eventos literarios. Eso no le impidió demostrar su felicidad cuando, en una fiesta, João Guimarães Rosa (uno de los novelistas más importantes de Brasil) le confesó que la leía “no para la literatura, sino para la vida”, para luego citar de memoria varias frases que ella ni siquiera recordaba haber escrito. Lo cuenta en uno de los textos incluidos en Aprendiendo a vivir y otras crónicas (Ediciones Siruela, 2007), una selección de sus columnas sabatinas en el Jornal do Brasil.

Quien lea sus crónicas podrá encontrar vasos comunicantes con su obra narrativa y la construcción de su estilo. Más de alguno de sus cuentos podría pasar por una de sus crónicas periodísticas, por ejemplo. Siempre está presente en su narrativa la sensación de que Lispector escribe como soltándole una confidencia casual al lector, una confidencia dicha con despreocupación, en un susurro, con el olor del humo de uno de sus cigarrillos.

En una de dichas crónicas, Lispector cuenta que su hijo le pregunta un día “¿por qué a veces escribes sobre cosas personales?”. A lo que ella responde: “nunca he tocado realmente mis cuestiones personales, incluso soy una persona muy secreta. (…) Es inevitable, en una columna que aparece cada sábado, acabar comentando sin querer las repercusiones en nosotros de nuestra vida diaria y nuestra vida extraña”. Lispector lo constata preguntándole a otros cronistas, quienes coinciden con ella en que el escritor siempre se termina revelando a sí mismo en el texto.

Lispector también insiste en que tampoco es personal en su narrativa y que en sus libros no se incluye como personaje. Esto puede resultar desconcertante y hasta difícil de creer para sus lectores. Más de alguna vez en sus textos y novelas, la voz narradora interviene en la historia o en los asuntos del personaje para comentar o hacer preguntas, como ocurre en su novela La hora de la estrella. Esas intervenciones son una de las particularidades de su ejecución narrativa, donde lo importante no es tanto la acción como la incidencia de algún hecho, por minúsculo que sea, en el mundo subjetivo de los personajes, del narrador y del lector mismo.

Su novela La pasión según G.H. es la culminación de la búsqueda interior a través del lenguaje y no de la acción exterior. El lector acompaña a una escultora sola en su casa, recorriendo los espacios vacíos hasta llegar a la última habitación, la de la asistente doméstica. Encontrar ahí una cucaracha desata recuerdos, reflexiones sobre la vida y la muerte, la inmortalidad, el lenguaje y el sentido de la existencia en un monólogo interno denso. No en vano, la misma Lispector advierte al inicio de la novela que ella se sentiría contenta si el libro fuese leído únicamente por “personas con el alma ya formada”. Hay que estar en una disposición particular de ánimo para leer dicho libro, apreciarlo y dejarse llevar por el fluir analítico al que nos somete Lispector.

La intensidad de su relación con el lenguaje se complementa con su labor de traductora literaria, una faceta suya de la que se habla poco. Desde Oscar Wilde y Edgar Allan Poe hasta Anne Rice y Agatha Christie, la cantidad de traducciones al portugués de obras literarias de diversos autores realizadas por Lispector, también dejó una huella importante en el mundo cultural brasileño.

Escribir es una maldición, “pero una maldición que salva”, dice Lispector en alguna de sus crónicas. Maldición “porque obliga y arrastra como un vicio penoso del que es casi imposible librarse, porque nada lo sustituye”. Salvación porque “salva del día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba”.

A través de su escritura introspectiva, Clarice Lispector supo develar el intimismo de lo cotidiano, de los momentos ordinarios que, pasados por su prosa, se convierten en asuntos trascendentales del ser humano.

Quien busque comprender algo sobre la profundidad de la vida hará bien en leerla.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 19 de noviembre 2017. Foto propia).