La pasión según Lispector

En agosto de 1967, el periódico Jornal do Brasil le ofreció a Clarice Lispector la posibilidad de escribir crónicas de manera semanal. Para Lispector, el ejercicio no sería algo nuevo. Había publicado crónicas periodísticas en los años 40, en un periódico de Campinas, ciudad de la municipalidad de Sao Paulo. Luego, en los años 50, publicó una columna llamada “Entre mujeres” que firmaba con los seudónimos de Ilka Soares y Helen Palmer. Hablaba de maquillaje, moda y cocina.

Pese a dudarlo un poco, Lispector aceptó la oferta del Jornal do Brasil. La necesidad económica se impuso sobre su temor de escribir crónicas, un asunto que sería incluso tema ocasional de su columna. “Sé que lo que escribo aquí no puede llamarse crónica, ni columna, ni artículo”, escribe en alguna entrega. Lo cuestionará hasta diciembre de 1973 en que dejó de publicarlas, luego de producir poco más de 400 textos que pueden leerse en diversas antologías.

Las dudas sobre su escritura periodística estaban relacionadas con lo que consideraba su verdadero oficio literario. Lispector escribía novela y cuentos de ficción. Había construido un estilo y un lenguaje propios, con un tono tan particular que resulta difícil definirla. En una gripe, en un hombre que ve desde el asiento de un taxi, en una conversación con los hijos, en una canción canturreada por la asistente doméstica, en la evocación de los paseos familiares al mar, en el recuerdo de cuando era niña y robaba rosas, en las preguntas hechas en silencio pero que jamás se enuncian porque son tan banales que no merecen ni el sonido de una voz, en detalles así Lispector encontró el material para la exploración de la vida y del ser humano a través de la palabra escrita.

La construcción de su estilo tan particular le ganó el respeto de sus contemporáneos y la lealtad de un público lector que seguía sus publicaciones con reverencia. A Lispector le agradaba que se le considerara como una escritora seria pero casi no daba entrevistas y pocas veces asistía a eventos literarios. Eso no le impidió demostrar su felicidad cuando, en una fiesta, João Guimarães Rosa (uno de los novelistas más importantes de Brasil) le confesó que la leía “no para la literatura, sino para la vida”, para luego citar de memoria varias frases que ella ni siquiera recordaba haber escrito. Lo cuenta en uno de los textos incluidos en Aprendiendo a vivir y otras crónicas (Ediciones Siruela, 2007), una selección de sus columnas sabatinas en el Jornal do Brasil.

Quien lea sus crónicas podrá encontrar vasos comunicantes con su obra narrativa y la construcción de su estilo. Más de alguno de sus cuentos podría pasar por una de sus crónicas periodísticas, por ejemplo. Siempre está presente en su narrativa la sensación de que Lispector escribe como soltándole una confidencia casual al lector, una confidencia dicha con despreocupación, en un susurro, con el olor del humo de uno de sus cigarrillos.

En una de dichas crónicas, Lispector cuenta que su hijo le pregunta un día “¿por qué a veces escribes sobre cosas personales?”. A lo que ella responde: “nunca he tocado realmente mis cuestiones personales, incluso soy una persona muy secreta. (…) Es inevitable, en una columna que aparece cada sábado, acabar comentando sin querer las repercusiones en nosotros de nuestra vida diaria y nuestra vida extraña”. Lispector lo constata preguntándole a otros cronistas, quienes coinciden con ella en que el escritor siempre se termina revelando a sí mismo en el texto.

Lispector también insiste en que tampoco es personal en su narrativa y que en sus libros no se incluye como personaje. Esto puede resultar desconcertante y hasta difícil de creer para sus lectores. Más de alguna vez en sus textos y novelas, la voz narradora interviene en la historia o en los asuntos del personaje para comentar o hacer preguntas, como ocurre en su novela La hora de la estrella. Esas intervenciones son una de las particularidades de su ejecución narrativa, donde lo importante no es tanto la acción como la incidencia de algún hecho, por minúsculo que sea, en el mundo subjetivo de los personajes, del narrador y del lector mismo.

Su novela La pasión según G.H. es la culminación de la búsqueda interior a través del lenguaje y no de la acción exterior. El lector acompaña a una escultora sola en su casa, recorriendo los espacios vacíos hasta llegar a la última habitación, la de la asistente doméstica. Encontrar ahí una cucaracha desata recuerdos, reflexiones sobre la vida y la muerte, la inmortalidad, el lenguaje y el sentido de la existencia en un monólogo interno denso. No en vano, la misma Lispector advierte al inicio de la novela que ella se sentiría contenta si el libro fuese leído únicamente por “personas con el alma ya formada”. Hay que estar en una disposición particular de ánimo para leer dicho libro, apreciarlo y dejarse llevar por el fluir analítico al que nos somete Lispector.

La intensidad de su relación con el lenguaje se complementa con su labor de traductora literaria, una faceta suya de la que se habla poco. Desde Oscar Wilde y Edgar Allan Poe hasta Anne Rice y Agatha Christie, la cantidad de traducciones al portugués de obras literarias de diversos autores realizadas por Lispector, también dejó una huella importante en el mundo cultural brasileño.

Escribir es una maldición, “pero una maldición que salva”, dice Lispector en alguna de sus crónicas. Maldición “porque obliga y arrastra como un vicio penoso del que es casi imposible librarse, porque nada lo sustituye”. Salvación porque “salva del día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba”.

A través de su escritura introspectiva, Clarice Lispector supo develar el intimismo de lo cotidiano, de los momentos ordinarios que, pasados por su prosa, se convierten en asuntos trascendentales del ser humano.

Quien busque comprender algo sobre la profundidad de la vida hará bien en leerla.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 19 de noviembre 2017. Foto propia).

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