Un museo para nuestra memoria

¿Necesita el país un museo para el rescate y la conservación de la memoria? ¿Nos ayudaría a avanzar y a consolidar la tan anhelada reconciliación nacional? ¿Es un proyecto viable, dadas las condiciones económicas y sociales del país? ¿Qué contenidos debería incluir dicho museo? ¿Quién debería velar por su administración? ¿Qué bases legales se necesitarán para que su propuesta no sea manipulada ideológicamente o asfixiada en su funcionamiento cada vez que ocurra un cambio de gobierno?

Estas son algunas de las inquietudes que se han discutido en diversos encuentros iniciados este año, como parte del proceso de consultas que está impulsando el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre la posible formación de un Museo Nacional para la Memoria y la Reconciliación. La iniciativa retoma el Informe de la Comisión de la Verdad, donde se recomienda al Estado salvadoreño una serie de medidas para la reparación, tanto material como moral, de las víctimas de la guerra de los años 80.

A 25 años de la firma de los Acuerdos de Paz, la narrativa sobre los eventos de la década de los 80 sigue fragmentada y dispersa, pero sobre todo, muy manipulada ideológicamente. Pese a la existencia de un par de monumentos e iniciativas privadas para el rescate documental de la guerra, la fundación de un museo de la memoria vendría a llenar un vacío informativo, no sólo para la ciudadanía, sino también para investigadores y académicos locales e internacionales. Un museo de esta naturaleza permitiría también preservar y restaurar archivos, testimonios, fotografías, audios, videos y otro tipo de documentación relacionada con aquellos años.

Una de las preocupaciones fundamentales sobre este museo es su formato y el público hacia el que irá dirigido. Es vital crear una propuesta que sea atractiva para las nuevas generaciones, que se encuentran en un estado anímico de hartazgo y de indiferencia sobre el tema. Ese hartazgo resulta comprensible si se toma en consideración la manera superficial y profundamente ideologizada con que se manejan de manera pública algunos sucesos de la guerra.

Se espera conformar un espacio que puede ser físico, pero sin la solemnidad o el tedio de exposiciones donde el espectador recibe información de manera pasiva. La idea es conformar espacios interactivos y lúdicos que motiven a la reflexión y a la participación de los asistentes. Se piensa también en un espacio en internet que permita el acceso a los contenidos del museo desde cualquier parte del mundo y que por ende, permitirá también la participación de los salvadoreños residentes en el exterior, muchos de los cuales están precisamente viviendo en otros países a consecuencia de la guerra misma.

El museo podría funcionar también como parte de una red de memoria, necesaria para hilvanar las diferentes iniciativas que existen en algunas ciudades y poblaciones del país. Así mismo, el museo serviría para intercambiar información y aprender de las experiencias de otros países como Chile, Argentina y Guatemala, que han logrado erigir espacios propios dedicados a informar, documentar y honrar a las víctimas de sus respectivos conflictos nacionales.

La iniciativa se encuentra en sus discusiones iniciales pero justamente por eso, la participación y opinión ciudadana son importantes. Mediante las consultas que impulsa el PNUD, será posible moldear y construir una propuesta de museo acorde a nuestra realidad y necesidades específicas. Llama la atención que en las discusiones siempre falta tiempo para discutir y afinar detalles, lo cual deja en evidencia el interés por contar nuestras inquietudes en cuanto a este tema.

Justamente una de dichas inquietudes es que el museo pueda servir como lugar de encuentro para motivar y promover diálogos intersectoriales e inter generacionales, que hablen de la experiencia de la guerra desde todos los ángulos vividos. Así mismo, desde ese ánimo de inclusión y equilibrio en la narrativa de la memoria, se espera que el museo pueda tener exposiciones itinerantes por todo el país, para que la experiencia no quede centralizada en la capital.

Parecerá que El Salvador está rezagado en la creación de un museo como este. Pero hay que recordar que las guerras son eventos sociales traumáticos profundos que requieren de un tiempo largo para ser digeridos por sus individuos. Si a eso le sumamos la cultura del silencio en la vivimos y hemos sido educados (cultura resultante de una larga práctica de represión, censura y doble discurso vivido en el país), ese rezago y negación a hablar sobre nuestro pasado reciente es incluso comprensible.

Tenemos la ventaja de que muchos de los actores de aquel tiempo siguen vivos. Los contenidos de un museo de esta naturaleza pueden verse enriquecidos por el aporte de testigos vivenciales directos. En ese sentido, una de las tareas urgentes es recopilar el testimonio de estas fuentes vivas antes de que mueran.

Una de las preocupaciones mostradas por los participantes y organizadores de las consultas es lograr aterrizar una propuesta equilibrada. Para ello, el PNUD continuará las consultas el próximo año, para que la concepción del museo sea lo más amplia e inclusiva posible. Porque no se trata de construir o elaborar un espacio que se incline hacia uno u otro lado del espectro ideológico nacional, sino de crear un espacio que permita el diálogo como fundamento para crear el respeto entre los diferentes sectores de nuestra sociedad.

Más allá de una mera recopilación documental, un museo de esta naturaleza funciona también como reconocimiento y desagravio por parte de la sociedad hacia las víctimas del conflicto. Una forma de restitución moral que la sociedad salvadoreña ofrecería a todo su conjunto. Pero lo más importante es tratar de fundar un espacio con elementos y materiales que permitan la reflexión para comprender el origen de los problemas actuales y encontrar soluciones prácticas que impidan desbordamientos o explosiones sociales que, como ha quedado evidenciado en nuestra historia, ocurren de manera cíclica.

Todavía falta mucho por hacer y discutir para concretar este museo, pero saludo esta iniciativa indispensable para nuestro país.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 17 de diciembre 2017. Foto de portada: Monumento a las víctimas de la masacre de El Mozote, Morazán. Foto propia).

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