Year: 2016

Visibilizar la vulnerabilidad

El ser humano es el peor enemigo de sí mismo. Fue lo primero que pensé cuando me enteré de la masacre en la discoteca Pulse en Orlando, Florida, ocurrida la madrugada del domingo 12 de junio de este año. Me di cuenta de la noticia cuando los datos iniciales todavía hablaban de 20 muertos pero la policía advertía que podía haber “muchos más”. Un par de horas después, el número de víctimas había aumentado a 50 y había un número similar de heridos. El segundo pensamiento que tuve fue dedicado a mis amigos gays y lesbianas. Gente a la que conozco y respeto. Gente con calidad humana admirable y cuya amistad celebro. Temí por cada una de esas amistades. Lo pensé porque la masacre de Orlando me dejó convencida de que la comunidad LGBTQ es un grupo con alto riesgo de ser blanco de agresiones y violencia de múltiple naturaleza.

CMR: El insurrecto solitario

Ocurrió algún sábado de 1984, en la siempre calurosa Managua. Había leído en un suplemento cultural la conmovedora historia de una guerrillera salvadoreña que un día cualquiera, acaso presintiendo su muerte, anotó sus poemas en papel de cigarro para que un compañero los sacara del frente de guerra. Pocos días después moriría en un cruento combate en el cerro de Guazapa. La poeta guerrillera se hacía llamar Rocío América. Leí sus versos pero ocurrió algo: reconocí mis propios poemas, unos que había escrito pocos años antes pero que estaban guardados en el fondo de alguna gaveta y que no tenía la intención de publicar jamás.

¡Ali, Ali, Ali!

En El Salvador de aquellos años sólo había dos canales de televisión. Ambos transmitían un par de horas al mediodía y unas cuantas horas en la noche. Cuando los periódicos anunciaban algún evento internacional que se transmitiría vía satélite, el asunto causaba expectativa nacional. En un tiempo donde los únicos medios de comunicación eran la prensa escrita, la televisión en blanco y negro y la radio, la posibilidad de ver algo “en vivo y en directo” era lo más avanzado a nivel tecnológico que podía ocurrir. Mis padres no eran devotos de ningún deporte, pero ver una pelea del campeón de pesos pesados Cassius Clay era todo un acontecimiento. Por los periódicos sabíamos del boxeador que se autoproclamaba “el más grande”, sin ningún tipo de humildad, con toda la fanfarronería y grandilocuencia posibles. Los periodistas insistían en seguirlo llamando Cassius Clay, aunque éste ya se había convertido al Islam y se había cambiado el nombre a Muhammad Ali, para honrar al profeta de su nueva fe.

Lucía bailando para James Joyce

El irlandés James Augustine Aloysius Joyce, mejor conocido como James Joyce, escribió dos libros paradigmáticos, de esos que siempre todos dicen que deben leerse porque son “obras maestras”: Ulises y Finnegan’s Wake. Leer Ulises, un libro de casi mil páginas, no me fue tarea fácil. Había comprado los dos tomos de la edición de Bruguera, en la traducción de José María Valverde, en algún viaje que hice a la ciudad de México en el 84 o el 85. Por lo menos tres veces había intentado leerlo y no podía seguir. No lo entendía, me aburría. Pero pudo más la infinita curiosidad de descubrir por mi cuenta por qué era un libro tan importante para la literatura. Así es que lo seguí intentando.

El futuro climático

Lo que hasta hace poquísimos años era una amenaza incierta, se ha convertido en nuestra realidad. Estamos en pleno cambio climático y el proceso, según opinan los científicos, es irreversible. De inmediato pensamos en eventos extremos como sequías y huracanes, el aumento de las temperaturas, el derretimiento de los glaciares y el hundimiento de islas y territorios costeros. Más de alguno piensa que eso del cambio climático es un problema que sólo pueden resolver los gobiernos y que “sólo tiene que ver con la naturaleza”, es decir, que no le impactará de manera directa. Pero limitar el cambio climático a un fenómeno que “nada más” afectará a la naturaleza es quedarse en lo superficial. Porque las afectaciones que implica calarán en la humanidad de manera profunda, incluso en áreas que ni imaginamos.

Contar la posguerra

¿Se ha contado la posguerra en nuestra literatura? ¿Se ha contado en los demás países centroamericanos que también vivieron sus propias guerras durante la década de los ochenta? ¿Cómo se ha contado? ¿Quiénes la han escrito? ¿Es válido encasillar a todos los escritores que publicaron obra después de 1992 como “escritores de posguerra”? Fueron algunas de las preguntas que me rondaron la cabeza desde el instante en que me propusieron participar en un conversatorio llamado “¿Cómo se contó la posguerra?”. Esta fue una de las diversas actividades realizadas durante el Foro Centroamericano de Periodismo 2016 (Foro CAP), organizado por el periódico digital El Faro, que se llevó a cabo del 9 al 14 de mayo en San Salvador. Junto con Carlos Fernando Chamorro, periodista nicaragüense, editor y fundador de Confidencial; Enrique Naveda, director del periódico digital guatemalteco Plaza Pública y Miguel Huezo Mixco, escritor y moderador de la mesa, reflexionamos sobre este tema, no sólo desde el punto de vista del periodismo sino también desde la literatura.

¿Tú me comprendés?

Un amigo panameño me preguntó alguna vez cómo se aprende a vosear. En Panamá no usan el “vos” y a él le parecía que hablarlo era casi como hablar otro idioma, por la diferenciación en la conjugación de los verbos. Él entendía cada palabra pero era incapaz de contestarme en clave de “vos”, aunque se empeñó en hacerlo en un par de ocasiones. La pregunta me llamó la atención. Para nosotros, los centroamericanos, el uso del “vos” se da de forma natural. Lo curioso del aprendizaje del voseo es que se hace de manera informal, es decir, es un aprendizaje estrictamente oral. Aunque el voseo se usa en toda Centro América (menos Panamá), en algunos lugares al sur del Estado de Chiapas (en México), algunos lugares de Colombia y Bolivia, y en  Argentina, Uruguay y Paraguay, la conjugación verbal que aprendemos en la enseñanza primaria no incluye el voseo, aunque sí incluye el uso del “vosotros” usado en España, pero no en Latinoamérica.

El cuento que se convirtió en novela

El 3 de mayo de 2013, es decir hoy hace exactamente tres años, estaba acostada en el sofá de mi casa pensando cuál debería ser mi siguiente proyecto de escritura. Meses antes había dado por terminada mi novela El asesino melancólico y después de una pausa me pareció que era hora de empezar con otro proyecto. Pensé en comenzar a escribir alguna de esas historias que siempre he dicho que “algún día voy a escribir”. Y se me vino una a la mente, algo que me ocurrió en Nicaragua a fines del 90, una de esas situaciones en las que decimos que la realidad supera a la ficción.

Un tal William Shakespeare

Hacia el final de la película Anonymous (2011) del director Roland Emmerich, Edward de Vere, conde de Oxford, manda a llamar a su lecho de muerte al poeta Ben Jonson. Éste acude de inmediato. De Vere le hace entrega de varios de sus manuscritos, entre ellos los de un par de obras de teatro llamadas El Rey Lear y La Tempestad. Jonson sabía lo que debía hacerse. Durante años había obrado como intermediario entre el conde de Oxford y un actor mediocre, desagradable y oportunista llamado William Shakespeare, quien se hacía pasar como el verdadero autor de las obras teatrales más populares de aquel tiempo. Por su condición de noble, Oxford prefería mantenerse en el anonimato pero al mismo tiempo, quería someter su obra al público. Entonces conoció al actor Shakespeare, quien a cambio de dinero y de asumir la fama, accedió a ser usado como personaje de sí mismo, guardando en secreto la identidad de Oxford.

El efecto Tikal

Era la una y media de la mañana cuando llegamos a la parada de Río Hondo, en el desvío a Esquipulas. Lo que en el día era un lugar de mucho bullicio y movimiento de pasajeros, autobuses y vendedores, a esa hora de la madrugada era un lugar muerto. Solamente había un hombre al otro lado de la calle, sentado junto a una maleta negra, sobre un bordecillo de cemento. Cruzamos la calle. Preguntamos al hombre si sabía algo sobre los horarios de buses. Él mismo llevaba hora y media esperando. Tenía esa resignación del que no tiene otra alternativa más que esperar. No hubo más remedio que esperar nosotros también. Lo asumimos como parte de la aventura.

Puesiesque

Cuando don Salvador Salazar Arrué se iba caminando a su trabajo en el diario Patria, se entretenía en el camino por quedarse platicando con los niños que iba encontrando. Aquellos niños con los que hablaba Salarrué eran de La Candelaria, El Calvario y La Vega, los barrios periféricos semi urbanos de San Salvador, barrios populares donde los niños también salían a trabajar como canillitas o como ayudantes en los mercados y las ventas callejeras; algunos mayorcitos iban siendo aceptados como aprendices en talleres de zapatería, talabartería o carpintería. Algunos, no todos, iban a la escuela.

El toque

Nunca voy a olvidar todos aquellos brazos alzados, agitándose al unísono de la música; los ríos de gente vestida de negro que inundaron las calles aledañas al estadio; la camaradería y la amistad durante el par de horas de espera en la cola para entrar a la sección General, cola que abarcaba varias cuadras; las bromas entre todos; los reencuentros entre amigos que tenían tiempo de no verse; la gente que había llegado de Guatemala, Honduras, México y otros países; la ilusión de todos por lograr el sueño de ver a Iron Maiden, con el bonus de también escuchar a Anthrax;