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Virginia Woolf: formas de narrar la angustia

Examinemos por un instante una mente corriente de un día corriente.

La mente recibe un sinfín de impresiones: triviales, fantásticas, evanescentes o grabadas con afilado acero. Llegan de todos lados, una lluvia incesante de innumerables átomos; y al caer, al tomar forma como la vida del lunes o el martes, el acento recae de modo distinto que antaño; el momento de importancia no venía aquí sino allí; de manera que si un escritor fuera un hombre libre y no un esclavo, si pudiera escribir lo que quisiera, no lo que debiera, si pudiera basar su obra en su propia sensibilidad y no en convenciones, no habría entonces trama ni humor ni tragedia ni componente romántico ni catástrofe al estilo establecido, y quizá ni un solo botón cosido como lo harían los sastres de Bond Street.

La vida no es una serie de lámparas de calesa dispuestas simétricamente; la vida es un halo luminoso, una envoltura semitransparente que nos recubre desde el principio de la conciencia hasta el final.

Virginia Woolf: formas de narrar la angustia.

«La libertad de un escritor», Tennessee Williams

¿Qué es ser un escritor? Yo diría que es ser libre.

Ya sé que hay escritores que no son libres, que trabajan asalariados, lo cual es una cosa muy distinta. Es posible que profesionalmente sean mejores escritores, tomado lo de «mejor» en su sentido convencional. Están al tanto de las exigencias de los éxitos comerciales y satisfacen a sus editores, y es de suponer que también a su público.

Pero no son libres, y por lo tanto no son lo que considero un auténtico escritor.

Ser libre es haber alcanzado el objetivo de tu vida.

Significa toda clase de libertades.

Significa la libertad de pararse cuando uno lo desea, de ir donde le apetezca y en el momento que le apetezca; significa ser viajero aquí y allá, un viajero que pasa por muchos hoteles, triste o contento, sin obstáculos ni demasiado pesar.

Significa la libertad de ser. Y como observó alguien muy sabiamente, si uno no puede ser uno mismo, ¿qué sentido tiene ser nada en absoluto?

 

Centenario de Tennessee Williams: El futuro se llama «tal vez»…

“A los catorce años descubrí la escritura como un escape del mundo real, en el que me sentía terriblemente incómodo. De inmediato se convirtió en mi lugar de retiro, mi cueva, mi refugio. ¿De qué me refugiaba? De que me llamaran mariquita los chicos del barrio, la señorita Nancy y mi padre, porque prefería leer libros en la biblioteca grande y clásica de mi abuelo a jugar a las bolitas, al béisbol y a otros juegos normales de chicos, como resultado de una grave enfermedad infantil y de un excesivo apego a las mujeres de mi familia, quienes habían logrado que volviera a tomarle el gusto a la vida”. Ya antes de cumplir los 20 años, Williams era un escritor “confirmado”, como él mismo dice, por la fuerte vocación y el trabajo: poeta, narrador, dramaturgo, y si bien toda su vida mantendría esa riqueza de géneros, el teatro será la producción a la que dedicará mayores esfuerzos.

Centenario de Tennessee Williams: El futuro se llama «tal vez»…

El mayor perdedor con los libros electrónicos

Los autores de Freakonomics, Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner, le han puesto números y tinta a todo este asunto del surgimiento de los libros electrónicos. El desbordante entusiasmo que éstos causan y sus precios, por lo general más bajos que los libros en papel, suponen una ventaja para los lectores. Los editores han estado en muchos casos reacios a incorporarse a este nuevo mercado, sobre todo los editores en español, pero poco a poco han ido cediendo a medida que, precisamente, alguien llega, numeritos en mano, a demostrarles que las pérdidas no son tales, porque el verdadero perdedor al final del día en toda esta historia es… ¡el autor!

Freakonomics demuestra con pesos y centavos, poniendo ejemplos de algunos títulos considerados éxitos de ventas, lo que terminan ganando y perdiendo en las ediciones en papel y en electrónico.

Mi postura personal desde hace algunos años es que los derechos de autor tienen que reconsiderarse y deben tener una revolución drástica, aunque todavía no se me ocurre cuál sería la fórmula pertinente para sustituirlos. Esta reconsideración de las fórmulas de pago sobre el trabajo intelectual del autor (que es como prefiero considerarlo, y no tanto «derechos de autor»), es particularmente urgente sobre todo en una región donde se suelen firmar contratos con editoriales que los irrespetan con demasiada frecuencia y donde los contratos son apenas una formalidad simbólica. Lo digo por experiencia. Las editoriales se hacen de nuestros libros con un contrato y después no pagan los derechos nunca o hay que andarles mendigando, literalmente, que nos paguen nuestro dinero, como si de una limosna se tratara. (Conste que no son todas, hay excepciones, pero yo he tenido muy mala suerte en ese aspecto y he hecho más de una mala experiencia).

Así, ellos nos amarran por la vía legal para garantizar que el libro sea exclusivo de su editorial pero ellos no cumplen su parte del trato y si uno reclama se incomodan o nos cuentan «lo mal que está la situación». De nada vale que uno les cuente lo mal que está nuestra situación personal, ellos son inconmovibles, no sueltan un peso. Luego, cuando pagan una miserable cifra de derechos de autor acompañada de la amonestación de que «tu libro no se vende» como si eso fuera además culpa nuestra, llega uno al convencimiento de que, además, eso de los derechos de autor es sobre todo un acto de fe, porque quien sabe cuántos libros vende o deja de vender la editorial. No me voy a meter a fisgonear en las bodegas o en los libros contables de la editorial, faltaba más.

¿Podría demandar? Claro, para eso tengo contrato, pero no tengo los recursos económicos para meterme a ese tipo de demandas. Así de sencillo. Y en mi caso, estaría hablando de demandar a 3 editoriales, por lo menos. Y no hay plata para tanto abogado y eso mis editoriales lo saben, por desgracia, y a eso se atienen para no cumplir. Leer más

«La gallina degollada», cuento de Horacio Quiroga

El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.

A mi gusto y juicio, uno de los mejores cuentos de Horacio Quiroga: La gallina degollada | Zona Literatura.

Monseñor Romero, siempre con nosotros

En nombre de Dios, pues, en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios: ¡cese la represión!

 

Página de la Biblioteca Miguel de Cervantes dedicada a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, con sus escritos, fonoteca e imágenes, entre otros excelentes materiales.

Une semaine de bonté, Max Ernst

Cinco poemas de Alejandra Pizarnik

Afuera hay sol.
No es más que un sol
pero los hombres lo miran
y después cantan.

Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra.

Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo.
Yo oculto clavos
para escarnecer a mis sueños enfermos.

Afuera hay sol.
Yo me visto de cenizas.

Cinco poemas de Alejandra Pizarnik | Zona Literatura.

Shakespeare contra las maras en El Salvador

Los alumnos, que provienen de comunidades rurales, son jóvenes en desventaja económica y riesgo social, que en teoría tienen condiciones comunes con quienes se enrolan en las pandillas. Y, aunque la violencia y el asedio existen, en esta zona están vedados.

Según [Tatiana] De la Ossa, el nivel organizativo que tiene la población, como sobrevivientes de la guerra, hace viable el teatro e impide que las maras aniden en el lugar.

Además de la escuela teatral, Suchitoto también alberga un proyecto de difusión del cine impulsado por la Unión Latina -organización internacional que reúne 36 países de lenguas neolatinas- y Casa Clementina, una organización con sede en Nueva York y Suchitoto dirigida por la cineasta salvadoreña, Paula Heredia.

Heredia, productora de la cadena HBO, anticipa a BBC Mundo que pretende hacer del pueblo «la capital cultural de El Salvador».

«En abril inauguramos un seminario de producción ejecutiva para cine con la participación de productores y distribuidores de Italia, Inglaterra, México, Estados Unidos y Venezuela», dice Heredia, salvadoreña ganadora de dos premios Emmy.

En este contexto de actividades culturales, un lugareño resalta el legado de Alejandro Coto, fundador del Festival Permanente por el Arte y la Cultura en 1991.

«Gracias a Coto, aquí empezamos a hablar de música, arte y cine, a pesar del horror que vivimos», recuerda.

BBC Mundo – Noticias – Shakespeare contra las maras en El Salvador.

Modigliani, Meryle Secrest

In art circles, hashish, cocaine and opium were as common as wine. And as time went on, people who knew Modigliani commented on his increasing and excessive use of such substances, often basing their observation on changes in his appearance (by the time he reached his 30s he was losing his teeth) and on episodes of aggressive public hostility.

It is exactly on the subject of Modigliani’s reputed self-destructiveness that the revisionist crux of Secrest’s book lies. She is at pains to dispel the idea that a descent, sometimes depicted as willful, into alcoholism and drug addiction was the primary cause of his decline and death at such an early age. Rather, she says, he consciously used intoxicants as a cover to hide a “great secret,” that being the recurrence of his tuberculosis. In remission since childhood, it now returned full-blown, accompanied by symptoms like spasmodic coughing, stretches of lassitude and bouts of erratic behavior.

Secrest suggests that Modigliani, terrified of the social ostracism that would result if he were known to have the highly contagious disease, deliberately fostered a reputation as an alcoholic and addict to prevent detection. This cover allowed him to freely drink the wine that soothed his coughing, use the drugs that gave him energy to work — his output of paintings surged in his last years — and pass off as drunk and disorderly any irritable or violent outbursts.

It has long been accepted among art historians that tubercular meningitis was the immediate cause of Modigliani’s death, and Secrest doesn’t claim to bring fresh information to this medical history. What she clearly hopes to do, though, is replace the popular myth of the crash-and-burn genius who created art despite himself with the image of an artist who perceived his fate and took calculated steps to prolong and protect his life.

Book Review – Modigliani – By Meryle Secrest – NYTimes.com.

La seguridad social no es un favor

Con regularidad se me acercan personas a contarme los casos de su desventura en algún hospital del Seguro Social de este país.

El rango de lo que le puede ocurrir a cualquier cotizante del Seguro va desde desórdenes meramente administrativos hasta diagnósticos errados y mal praxis médica. Casos como no aparecer registrado, recibir una cita para consulta o cirugías “urgentes” para meses o incluso un año después, no recibir un diagnóstico claro de lo que se sufre, no tener en el país los medicamentos que se necesitan para las enfermedades que se registran o peor aún, recibir diagnósticos errados, ser amputado de un miembro sano, o ser diagnosticado y enviado a casa a morir con una bolsa de analgésicos y un “lo sentimos mucho”, dicho de manera robótica, deseando librarse de usted que no es más que el número de un caso en un expediente, son algunas de las cosas que me han contado que ocurren.

No he escuchado jamás a ninguna persona decir que en el Seguro se les atendió de manera excelente, ni me han contado de un caso resuelto, de una atención digna del paciente y de su circunstancia. Siempre las palabras y las historias son de rabia, impotencia, frustración, escándalo e indignación. Puede ser porque últimamente tendemos mucho a la queja que nos olvidemos de reconocer las cosas buenas y que por eso nadie se toma la tarea de contar los aspectos positivos del Seguro Social salvadoreño, que supongo tiene, pero que me son desconocidos.

Uno de los gremios más vulnerables en cuanto a la falta de protección social en este país es el de los escritores. Por la misma naturaleza de nuestro oficio, muchos artistas (quien esto escribe incluida), hemos vivido durante años de trabajos de medio tiempo o de oficios ocasionales no relacionados con nuestras disciplinas, con el objetivo de tener tiempo libre para nuestros afanes creativos.

Esto es algo que quizás resulta difícil de entender para quienes piensan que lo principal en la vida es el dinero. En el caso de los escritores lo principal para nosotros es tener tiempo para la literatura, para escribir nuestros libros. Pero lo realista es que además hay que comer, pagar alquiler, sustentar a la familia y a nosotros mismos. Y eso nos obliga a buscar el trabajo remunerado, como cualquiera. Leer más

Selección de poemas de Pier Paolo Pasolini

Sé bien, sé bien que estoy en el fondo de la fosa;
que todo aquello que toco ya lo he tocado;
que soy prisionero de un interés indecente;
que cada convalecencia es una recaída;
que las aguas están estancadas y todo tiene sabor a viejo;
que también el humorismo forma parte del bloque inamovible;
que no hago otra cosa que reducir lo nuevo a lo antiguo;
que no intento todavía reconocer quién soy;
que he perdido hasta la antigua paciencia de orfebre;
que la vejez hace resaltar por impaciencia sólo las miserias;
que no saldré nunca de aquí por más que sonría;
que doy vueltas de un lado a otro por la tierra como una bestia enjaulada;
que de tantas cuerdas que tengo he terminado por tirar de una sola;
que me gusta embarrarme porque el barro es materia pobre y por lo tanto pura;
que adoro la luz sólo si no ofrece esperanza.

Selección de poemas de Pier Paolo Pasolini | Zona Literatura.