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Borges
¿Estaba enamorado Borges de María Kodama? El testamento y las decisiones que ha tomado Kodama desde 1986 sobre su obra han despertado polémicas y desatado injurias como si ella se hubiese aprovechado de su vínculo con Borges para actuar en provecho exclusivamente propio. Pero lo cierto es que en los últimos 15 años de vida de Borges nadie lo atendió y cuidó como Kodama, y nadie tuvo posibilidad de escuchar sus deseos como ella. Poco importa hoy entonces que a alguien la parezca mal o bien que la obra de Borges pase mediante un contrato de dos millones de euros de Emecé a Random House, que se reediten libros que Borges no quiso reeditar en vida, o que siga enterrado en el cementerio Plain Palais de Ginebra.
Cuando caminaban juntos, es decir casi siempre que Borges caminaba, era él el que la llevaba del brazo. Y entonces era visible que el gesto de Borges, antes que el de un ciego, era el gesto de un compadrito: el gesto firme y orgulloso del hombre que no sólo está con la mujer que quiere estar sino que dice Esta mujer es mía.
El criminalista del país de las últimas cosas
En la categoría de Periodismo Digital, el premio [Ortega y Gasset 2011 de periodismo convocado por el diario El País, en su vigésimo octava edición] ha recaído en Carlos Martínez D´Abuisson, por su blog El criminalista del país de las últimas cosas, publicado en el diario El Faro de El Salvador. El Jurado ha valorado el escalofriante relato de un país desgarrado por la violencia. El autor, con la capacidad de un cirujano, ha diseccionado el dolor de familiares, testigos y víctimas de secuestros, violaciones y homicidios.
Ilustrado, Miguel Syjuco

Él era un escritor filipino que apareció flotando en el río Hudson de Nueva York. Se llamaba Crispin Salvador y estaba escribiendo “su gran novela” en el momento de su muerte. Miguel Syjuco, su amigo, también escritor y filipino, acude para hacerse cargo de los asuntos del difunto, sobre todo de los asuntos literarios. Pero Syjuco no logra encontrar el original de la novela en la que trabajaba su mentor.
A medida que trata de reconstruir los hechos y los últimos días de Salvador, decide escribir su biografía y así nos vemos metidos en el viaje de retorno de Syjuco a las Filipinas con el ánimo de encontrar información que pueda complementar y darle pistas sobre el fallecido. De esta manera, el escritor Miguel Syjuco nos mete en su novela Ilustrado en una especie de juego de muñecas rusas que vamos abriendo página a página.
¿Novela de auto-ficción? ¿Juego auto-referencial? No tengo la suficiente información sobre la vida real del autor Syjuco verdadero como para opinar, pero para ser franca, no me parece importante hacer la diferenciación y, por otra parte, si lo fuera, el resultado ha sido muy sutil (en comparación con otros autores que en sus novelas de auto-ficción recargan tanto los elementos personales que la historia pasa a segundo plano y lo importante son ellos mismos como personajes).
Syjuco es personaje y autor de la novela que el lector tiene entre manos. El lector lee fragmentos de los diferentes libros escritos por Crispin Salvador y de la biografía en progreso que escribe el personaje Syjuco; además vamos conociendo la vida de éste, su pasado, su familia, su infancia, y también, a través de la vida de Salvador, de sus antepasados y de los libros que escribió, de varios episodios emblemáticos de la historia filipina.
Es imposible seguir dando diciendo más sobre el argumento de esta novela de trama tan compleja, primero y precisamente por esta característica que menciono. La estructura con la que juega el autor es, a pesar de lo fragmentaria, bastante digerible en su orden y no podría considerarse precisamente experimental. Podría decirse que es más bien un formato de exposición, una suerte de “muestrario” del trabajo de sus personajes, de los diferentes tonos y registros que sus personajes manejan en la escritura.
Y ése es precisamente uno de los grandes valores de esta novela, su rica gama de registros, de tonos. Aunque valga decir que algunos de los registros resultan cansinos (por ejemplo, los fragmentos de Manila Noir, que terminé saltándome porque no me gustaron para nada). Pero el lector puede muy bien saltarse las partes que le parecen excesivas. Confieso que yo lo hice con esa narración en particular y no perdí el hilo de nada. Me parece en el mosaico general que el libro (con un total de 320 páginas), bien aguantaba una podada de unas 50 páginas, pero ésa es mi apreciación muy particular. Leer más
Revistas en línea
¿Necesitan revistas para leer el fin de semana?
Revista Luvina 62: con textos de Jorge Volpi, Bárbara Jacobs, Ana María Shua, Cecilia Eudave y un fragmento de la novela House of Leaves (Casa de hojas) de Mark Z. Danielewski, traducido al español por Alberto Chimal.
Carátula No. 41: este número trae en exclusiva un avance de la nueva novela de Sergio Ramírez, La fugitiva. También incluye poemas de Jorge Galán, entre otros variados materiales de interés.
La Tempestad No. 76: explórenla y descúbranla…
Solidaridad Fest I en apoyo al escritor Rafael Menjívar Ochoa
Más información sobre actividades para apoyar al escritor Rafael Menjívar Ochoa en la página de Facebook Fuerza Rafa.
La mecánica de los premios literarios
¿[P]ueden estos premios provenir de concursos legítimos? Claro que no. Si bien los manuscritos son enviados con seudónimo y se supone que deberían ser todos leídos por el jurado, y que gana el mejor, esto no es cierto. Para empezar, es imposible que un jurado se lea los 500 manuscritos que se presentan, y se supone que hay un jurado ‘negro’ que hace cribas iniciales. Pero es obvio que la dirección editorial de la empresa señala, elige, investiga qué buenos escritores están a punto de terminar una novela, habla con los agentes literarios (que tienen un enorme poder) y con los autores, y claro, los invita a presentarse al premio. De hecho, a los escritores consagrados les ofrecen el premio. Porque casi ningún autor de renombre, que sabe cuánto venden sus libros, va a correr el riesgo de presentarse a un premio y perder. ¿Para qué someterse a eso? Y es que el tamaño de los egos es un asunto complicado en el mundo de la literatura. Los miembros de los jurados sí leen a los cuatro o cinco finalistas, pero el editor, casi sin excepción, tiene la última palabra.
Precisamente por eso, premios como el Tusquets, más reciente, se han promocionado como premios ‘verdaderos’, y el mismo Alfaguara, cuando lo ganó el completamente desconocido escritor mexicano Xavier Velasco, recalcó que esa era la prueba de que su premio no se daba a dedo. Pero tampoco es cierto. Tomás Eloy Martínez o Manuel Vicent, ambos ganadores en el pasado, fueron ‘cordialmente invitados’ a presentarse.
Conversaciones con Emil M. Cioran

J.L.A. ¿Cuál es su primer recuerdo del tedio?
E.C. Fue durante la primera guerra. Tenía cinco años. Una tarde, de verano sin duda, todo lo que me rodeaba perdió sentido, se vació, se inmovilizó: una especie de angustia insoportable. Aunque entonces no pudiera formular lo que ocurría, me estaba dando cuenta de la existencia del tiempo. Nunca he podido olvidar aquella experiencia. Hablo del tedio esencial, que es una toma de conciencia extraordinaria de la soledad del individuo. Me resulta un sentimiento tan ligado a mi vida, que estoy seguro de que podría sentirlo hasta en el paraíso. Evidentemente, si nos marca de manera tan profunda, es porque se trata de la expresión capital de nosotros mismos. En estos momentos el hastío tiene mala prensa; de alguien que se aburre suele decirse que está vacío, lo cual no es cierto, pues ese vacío conlleva una explicación del mundo. Por eso me ha interesado tanto el tedio monástico, la acedia, el hecho de que la vida monástica está presidida por la tentación, por el peligro del tedio. A los monjes egipcios siempre se les describe asomados a la ventana, esperando no se sabe qué. El tedio es la gran amenaza espiritual, una especie de tentación diabólica.
In Praise of the Typewriter

Marlon Brando, asistido por un gato, mientras teclea en una máquina de escribir. Más famosos y las primeras máquinas de escribir en esta colección de fotos de Life Gallery: In Praise of the Typewriter.
Tres poemas de Antonin Artaud

Selva, selva, hormiguean ojos
en los pináculos multiplicados;
cabellera de tormenta, los poetas
montan sobre caballos, perros.Los ojos se enfurecen, las lenguas giran
el cielo afluye a las narices
como azul leche nutricia;
estoy pendiente de vuestras bocas
mujeres, duros corazones de vinagre.
Cenizas de abril
Aquel Domingo de Ramos, 2 de abril de 1944, muchas familias salvadoreñas habían cumplido el rito de bendecir las palmas en sus respectivas parroquias. El humo del incienso todavía lo andaban prendido a sus ropas. Algunos no habían colgado la palma bendita detrás de la puerta principal, como es tradición, cuando a eso de las 3 de la tarde comenzaron a escucharse ametralladoras y cañonazos en San Salvador.
El alzamiento cívico-militar que venía gestándose desde hacía pocos meses había comenzado. La ingenuidad, el azar y lo que algunos llamaban las “artes ocultas” del entonces Presidente de la República, el General Maximiliano Hernández Martínez, alias “Pecuecho”, alias “El Brujo”, dieron al traste casi desde el comienzo con lo que se constituyó en una de las páginas más heroicas de nuestra historia nacional.
Según lo acordado entre los alzados, la Aviación Militar iniciaría las acciones y el vuelo de la flotilla de 5 aviones que la componía sería la señal para que las unidades militares a favor del movimiento iniciaran sus operaciones en tierra. El Regimiento de Caballería debería enviar de inmediato un escuadrón a la base de Ilopango para la protección de las pistas de aterrizaje y la defensa del perímetro.
Unos de los aviones fue a Santa Ana y Ahuachapán. Otro avión fue hacia el oriente del país y los restantes tres aviones sobrevolaron la capital. Uno de los Caproni que sobrevolaron San Salvador iba piloteado por el Teniente aviador Mario Ernesto Villacorta Schauer.
Mario Villacorta, de ojos claros, carácter más bien tímido y con habilidad para el dibujo, era hijo de doña Ketty Schauer de Villacorta, de origen suizo, y de don Juan Villacorta, dueño de la Librería El Mundo, en el centro de San Salvador. Leer más
«Escribir un cuento» por Raymond Carver

Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov: … Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.
Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Solo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa o plúmbea pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores.
Este me parece uno de los textos que todo escritor debería leer en algún momento. Siempre se lo recomiendo a leer a la gente que asiste a mis talleres de narrativa. (Foto tomada del slideshow «Being Raymond Carver» de The New Yorker, que también vale la pena ver).



