… en su propia voz.
Poemas de José Lezama Lima…
… en su propia voz.
… en su propia voz.
Peter Stamm, de origen suizo, es uno de los autores de lengua alemana cuya obra destaca como de las más importantes de la narrativa contemporánea europea actual. Autor de novelas y cuentos, su obra ha venido siendo comparada (por cierto uso de los recursos del minimalismo), con las obras de Raymond Carver y de Albert Camus. Pero más vale entrar en la obra de Stamm con la mente en limpio y hacer una lectura propia, ajena a lo que las contraportadas y los críticos y académicos dicen, comentarios muchas veces distorsionadores de lo que uno realmente encuentra en la lectura.
Los voladores es una colección de 12 cuentos, lo primero que leo de Stamm. En general me ha dejado una buena impresión y ganas de leer más de este autor. Pero (y por eso digo que hay que llegar a su lectura con la mente en blanco), me desconcertó no encontrar eso que dicen sus críticos y sí encontrar otros valores, nada similares a los que pregonan.
¿Minimalismo? No diría que Stamm trabaja con minimalismo. O por lo menos no lo hace a través del lenguaje. Quizás podría decirse que lo hace a través de su planteamiento pues las historias son bastante sencillas y jamás utiliza retruécanos ni giros rocambolescos para contar sus narraciones. Va a lo que va. Cuenta su historia, de principio a fin, de la A a la Z, de principio a fin. No hace experimentos con las estructuras ni las formas ni el lenguaje. Aunque a esto no le llamaría yo minimalismo, pues el lenguaje que ocupa no es desnudo, simple.
Las historias son concentradas en un hecho, es decir, tampoco se desvían en contarnos historias de personajes secundarios o paralelos. Son historias tradicionales en su planteamiento, bien hilvanadas, efectivas. En algunas de ellas, como en “La expectativa”, parece que los primeros dos o tres párrafos dan un rodeo innecesario antes de aterrizar en la historia, pero una vez que aterriza, la atención del lector está atrapada.
Los ambientes son inequívocamente europeos y muchas de las historias están ubicadas en pueblos cuyos nombres no se mencionan pero cuyo paisaje local los ubica fácilmente en ambientes opresivos, aislados, en ese tipo de pueblos que a pesar de contar con algún acceso a la modernidad, nunca pasarán de ser los pequeños infiernos de los que los personajes soñaron escapar alguna vez pero en los que se miran condenados a vivir sus minúsculas desventuras domésticas.
Las historias, como ya se dijo, tampoco son grandes temas y son pequeños eventos que trastocan la cotidianidad o un evento que trastoca la vida completa. En “La ofensa”, el cuento que más me gustó, lo que parecía comenzar como un amor termina convertido en un sentimiento no correspondido y hasta burlado. En “Los voladores”, el cuento que le da título al volumen, un niño no es recogido a tiempo en la guardería por sus padres y es llevado por la profesora a su apartamento. En “La carta”, una viuda descubre entre las pertenencias de su esposo un paquete de cartas y con ello parte de los secretos de la vida de su esposo. En “En la vejez”, un hombre vuelve a su pueblo natal para enfrentar asuntos de su pasado.
La impresión que nos dejan los textos de Stamm es de frialdad. No son textos emocionales, multicolores, explosivos. La vida se retrata tal cual es, la palabra exacta se utiliza para decir lo que se debe, los personajes son así, con sus luces y sus sombras, sus miserias y sus excesos.
Acaso el minimalismo del que se habla en Stamm radique en la recreación de universos contenidos en tan poco espacio (y hablo estrictamente de sus cuentos, no he leído ninguna de sus novelas todavía). Pensándolo, cualquiera de los argumentos de sus cuentos daría para una novela corta por lo menos o para relatos de más largo alcance. No lo sé. Lo cierto es que para un escritor que sabe manejar las herramientas técnicas adecuadas, toda/cualquier historia se puede convertir en algo digno de ser contado, en el formato que el autor así lo prefiera. Stamm lo logra con el cuento sin duda alguna.
(Encontrado en Espresso de Cinépata).
Alejandro Zambra plantea en su novela Formas de volver a casa, así como en algunos ensayos de su libro No leer, la necesidad de conformar una “literatura de los hijos”, es decir, que los hijos hablen de lo que fue haber crecido en los años de las guerras o las dictaduras y no sólo que conozcamos la historia escrita por sus protagonistas, o sea, por los padres.
El planteamiento parece haber echado frutos en el Cono Sur donde puede leerse mucha producción en este sentido, novelas o historias producidas por jóvenes nacidos en la década de los 70, es decir, en plenas dictaduras, y que crecieron y maduraron con las consecuencias de las mismas. Sus afanes literarios resultan muy diferentes a los de aquellos nacidos en los 60. Se diría que tienen un mundo propio, no indiferente a lo que los rodea, sino uno cuyas circunstancias son enteramente diferentes a las de sus padres. Menos apabullante quizás, aunque lleno de secretos y rompecabezas por resolver.
Es el caso de la novela El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia de Patricio Pron de Argentina, una novela basada en hechos reales, donde el narrador (un escritor argentino), regresa a su país para despedirse de su padre enfermo y, como suele ocurrir en ese tipo de eventos, se confronta con la historia familiar. Es así como encuentra evidencias de que su padre buscaba a alguien antes de morir, un hombre que había sido muerto en circunstancias extrañas y quien, el autor descubrirá después, es el hermano de una joven amiga de su padre, secuestrada y asesinada por la dictadura argentina en 1977.
El libro nos lleva así a través de múltiples recortes de prensa a rearmar el caso de Alberto José Burdisso y de cómo fuera abducido y muerto. De eso se compone buena parte del libro, de cómo el narrador va armando las partes y deduciendo elementos sobre este caso y su relación con el pasado de su padre.
Debo decir que llega un momento en que los documentos que se leen llegan a ser excesivos, sobre todo porque es meticulosa la manera en que están escritos, es decir, incluyen todo tipo de fallas ortográficas y de redacción. Lo cual hace suponer al lector que la historia es verídica y que es algo que nos es revelado hacia el final, en el epílogo, donde Pron nos remite a su manera de composición del libro: “aunque los hechos narrados en este libro son principalmente verdaderos, algunos son producto de las necesidades del relato de ficción cuyas reglas son diferentes de los géneros como el testimonio y la autobiografía”. Y recuerda lo que alguna vez dijo Antonio Muñoz Molina: “una gota de ficción tiñe todo de ficción”.
El padre de Pron tuvo participación directa haciendo observaciones al manuscrito, algo que se detalla aquí.
¿Qué tiene este libro que ver con “la literatura de los hijos”? Lo podemos deducir de partes del libro escritas por el mismo Pron, quizás sobre todo de esta:
Alguien alguna vez había afirmado que los hijos serían la retaguardia de los jóvenes que en la década de 1970 habían peleado una guerra y la habían perdido y yo pensé también en ese mandato y en cómo ejecutarlo, y pensé que una buena forma era escribiendo algún día acerca de todo lo que nos había sucedido a mis padres y a mí esperando que alguien se sintiera interpelado y comenzase también sus pesquisas acerca de un tiempo que no parecía haber acabado para alguno de nosotros.
En ese sentido, resulta todavía difícil hablar de una literatura de los hijos en Centro América, quizás porque los períodos de transición han sido diferentes. En nuestra región todavía no está claro lo que es “la paz” y seguimos bregando en la violencia, por lo que nuestra literatura parece siempre estar impregnada o del recuerdo vivencial de la guerra o de la violencia cotidiana que ha sido “normal” desde que cesó la guerra como tal en 1992. Los hijos no han tenido descanso para poder pensar en la vida y escribirla.
Sería a los hijos a los que les tocaría digerir lo que pasó en las guerras y las dictaduras, lo que es crecer con las consecuencias de ello, si la paz lo permitiera. Pero como no tenemos paz, tampoco puede haber literatura al respecto, al menos no en Centro América. No por el momento.

Un proyecto para promover la lectura mediante el uso de la red es Invitation to World Literature. Trece obras de la literatura mundial (entre ellas Cien años de soledad y el Popol Vuh), son leídas, comentadas, ilustradas y presentadas en contexto para que el lector o los interesados puedan acercarse a ellas. Un exquisito proyecto visual (en inglés).
Poemas del último libro de Oliverio Girondo, en su propia voz.
(…) Neruda no se consideraba a sí mismo un coleccionista sino un “cosista”, un acumulador de cosas. Quizás se autodefinió de esa manera porque sus objetos están reunidos, no con la erudición de un coleccionista que tiene un plan trazado para su colección, sino simplemente por el impulso del que encuentra y compra.
Eso puede notarse en los varios objetos del poeta como sus copas de vidrio de colores, sus máscaras africanas, sus cuadros (entre los que hay un par de originales de Diego de Rivera, su gran amigo) y otros pocos objetos que lograron sobrevivir al asalto que sufrió la casa luego del golpe del 11 de septiembre de 1973, cuando los militares, sabiendo que el poeta se encontraba en Isla Negra, irrumpieron en La Chascona y destruyeron su biblioteca de 3 mil volúmenes.
Algunos ejemplares, muy pocos, sobrevivieron a aquel asalto de los militares, así como algunos objetos que luego Matilde recuperó y guardó.
Allí en La Chascona puede verse la medalla que le dieron cuando ganó el Premio Nobel y algunas páginas manuscritas de sus poemas.
6. Compro libros. Busco sobre todo libros que sé no encontraré jamás en El Salvador, porque son de autores o editoriales que no circulan en nuestro país. Logro hacerme de títulos que he buscado desde hace rato, como la trilogía de novelas Circo familiar del serbio Danilo Kiš o una variedad de autores chilenos como Juan Emar, Álvaro Bisama y Alejandro Zambra.
Cuando llego al hotel procedo al ritual de rotularlos con mi nombre y la fecha de compra. Hojeo algunas páginas. El libro de Zambra, una novela llamada Formas de volver a casa me captura de inmediato y me pongo a leerla hasta que es hora de salir a la Feria.
Justamente esa noche habré de conocerlo. Es su turno de hablar en la mesa de Diálogos Narrativos Latinoamericanos junto al boliviano Rodrigo Hasbún y al mexicano Heriberto Yépez.
Los temas de los Diálogos han sido constantes en todas las mesas: ¿por qué no circulan nuestros libros en toda la región? ¿Cómo está nuestra literatura en nuestros respectivos países? ¿Qué nos une? Todos parecemos concordar en que muchas de esas preguntas, sobre todo el por qué la literatura de nuestros países no circula tanto como debiera, no nos corresponde responderla a los escritores, sino más bien a los editores y los libreros, ausentes en estos diálogos. A nosotros, los escritores, nos corresponde escribir. Leer más
En 1963, un estudiante de secundaria de San Diego (California), llamado Bruce McAllister, envió una encuesta mimeografiada de cuatro preguntas a 150 escritores literarios, comerciales y de ciencia ficción. Entre las preguntas que les hacía estaban: ¿Conscientemente planta símbolos en sus textos? ¿Quién notaba los símbolos apareciendo desde el subconsciente y quién los miraba salir del texto, sin restricciones, creados más bien en la mente de los lectores? Cuando esto pasaba, ¿le importaba a los escritores?
The Paris Review retoma aquella encuesta y reproduce algunas de las respuestas de autores como Jack Kerouc, Ayn Rand, Norman Mailer, Saul Bellow y Ray Bradbury (en inglés).
Para los que recuerdan el proyecto de la Editorial X en Guatemala, sabrán de quién se habla cuando se habla de Estuardo Prado. Aparte de su editor era uno de sus autores más prometedores. Un día Estuardo desapareció, el proyecto de la editorial terminó y comenzó una serie de rumores sobre qué era lo que pasaba con Estuardo, dónde estaba, qué hacía. El tiempo pasó y el día menos esperado, este año, Estuardo ha reaparecido con un nuevo libro bajo el brazo y nuevos proyectos.
Aquí una entrevista con él publicada en El Periódico de Guatemala.
Carátula 45 ya está en línea, con un número en homenaje al pintor nicaragüense Armando Morales fallecido recientemente.