Un pájaro sin plan de vuelo

Una mujer está sentada al interior de una carpa ubicada en la calle La Cañada 7200 del barrio La Reina, en las afueras de Santiago de Chile. En la mano tiene un revólver.

Ella misma montó aquella carpa. Ella misma construyó el escenario con piedras y cemento. Aquella mujer, Violeta del Carmen Parra Sandoval, había regresado un par de años antes a su país. Había pasado una estadía en varias ciudades europeas donde dio recitales, grabó discos, actuó en presentaciones de radio y televisión, bordó arpilleras, hizo estatuas de alambre, pintó cuadros, escribió poemas. Hizo una exposición individual de sus tapices en el Museo del Louvre en París. Fue la primera latinoamericana en hacerlo.

También conoció y estableció una relación afectiva con el antropólogo y musicólogo suizo Gilbert Favre, veinte años menor que ella. Se dice que eran felices. Se dice que Favre fue el gran amor de su vida. Pero Violeta Parra extrañaba su país. Cuando volvió a Chile en junio de 1965, él la siguió.

A su regreso, Parra intentó hacer realidad un sueño anhelado desde hacía años: montar una universidad nacional del folklore. En los años 50, había recorrido el país para rescatar canciones típicas chilenas que se cantaban desde el siglo XIX y de las cuales no existían grabaciones. Los músicos tradicionales tuvieron resquemor en compartir sus conocimientos, pero la determinación de aquella mujer brava, mal hablada y que reventaba guitarras en la cabeza de los hombres que se propasaban con ella, los hicieron cambiar de opinión.

Parra soñaba no sólo con dejar un registro de todas aquellas tradiciones y canciones que había aprendido. También quería enseñarlas y compartirlas. Tocó puertas en todas partes, pero ni el Estado ni las instituciones privadas quisieron ayudar. Por fin, el alcalde de la recién formada municipalidad de La Reina, Fernando Castillo Velasco, le cedió un terreno en forma de pago por la deuda de varios eventos en los que Parra había cantado sin recibir compensación económica.

Levantó allí una carpa y la convirtió en su morada. Todo era austero y sin comodidades, pero por fin tenía un lugar propio en el cual desarrollar su proyecto. Al comienzo, todo iba bien. Durante el día se daban clases de folklore. Artistas y profesores de cerámica, escultura, pintura y otras disciplinas, formaban a los futuros artistas. Se investigaba, se estudiaba, se ensayaba. En las noches se realizaban peñas musicales. Se cantaba y se bailaba.

Pero la carpa de La Reina, como llegó a ser conocida, era de difícil acceso. Sólo se podía llegar en automóvil. En verano no era tan complicado, pero en invierno el lugar se convirtió en un lodazal. Los talleres comenzaron a fracasar por falta de asistentes. Hacía mucho frío. La lluvia y el viento azotaban y despedazaban la carpa. Violeta le hacía remiendos. Instaló un fogón en el centro de la misma. Nada sirvió.

Cada vez llegaban menos personas. Parra dependía de aquellas actividades para su subsistencia económica. A pesar de que era reconocida a nivel nacional e internacional, los aplausos y la fama no servían para comprar comida ni pagar deudas. Para colmo, Favre se fue a Bolivia y cuando Violeta fue a buscarlo un tiempo después, lo encontró casado con una boliviana. Parra regresó a Chile deprimida.

En noviembre de 1966, tres meses antes de su muerte, lanzó un disco titulado Las últimas composiciones. El disco incluyó una canción sobre Favre, “Run Run se fue pa’l norte”. También incluyó la ahora emblemática “Gracias a la vida” que opacó otra canción contenida en el mismo disco, “Maldigo del alto cielo”. Sólo un oyente avispado podría haber deducido que, lejos de un disco de agradecimiento y de exaltación al optimismo, aquellas composiciones eran la despedida de una mujer que se sentía frustrada, solitaria y defraudada.

Su biógrafa, Mónica Echeverría, la visitó en la carpa de La Reina quince días antes del suicidio. “Había muy poca gente”, cuenta Echeverría en una entrevista. “Hace rato que no estaba entrando nadie por la lejanía del lugar. Nos convidó a tomarnos el último trago, como decía ella. Estaba metida en la cama con zapatos y tapada con esas colchas lindas que hacía ella. Estaba triste, pero la hicimos reír. Pero ella aparentaba, cantaba, hasta bailó una cueca. Se forzaba, pero la cosa estaba demasiado mal para ella. Lamentablemente, nadie captó eso y terminó matándose”.

No se sabe el momento preciso en que escribió su carta de suicidio. Jamás ha sido publicada. Nicanor Parra, su hermano mayor, la guarda con celo. A pocos les ha permitido leerla. Quienes lo han hecho aseguran que el papel tiene pringas de sangre y que su contenido es duro, lleno de reclamos y amargura hacia todos, incluso su familia.

El terreno de La Reina pasó abandonado durante algún tiempo. Después, la dictadura militar urbanizó aquella zona. Hoy en día, en el lugar donde estaba la carpa existe un centro comercial. De la actividad de Parra en la comunidad apenas hay registro, a excepción de una estatua conmemorativa que se alza desde el 2012 en la plazoleta de la esquina de Mateo de Toro y Zambrano con la Cañada.

En una entrevista publicada en el periódico El Siglo, uno de sus alumnos de música, Arturo San Martín, comentaba lo dura que era como maestra. No perdonaba errores: “Violeta nos hacía repetir hasta treinta veces una estrofa; nos llegaban a sangrar las manos”. Cuando terminaba aquella etapa “de aprendizaje espartano”, como la calificó San Martín, ella cambiaba de manera radical.

“Ahora tienen que volar solitos”, decía a sus alumnos. “Usen los ritmos como les salgan, prueben instrumentos diversos, siéntense en el piano, destruyan la métrica, libérense. La canción es un pájaro sin plan de vuelo, que odia las matemáticas y ama los remolinos”.

A las 5:50 de la tarde del domingo 5 de febrero de 1967, en la carpa de La Reina, Violeta del Carmen Parra Sandoval, de 49 años, se pegó un tiro en la cabeza.

(Publicado el domingo 30 de agosto de 2017 en la revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador).