Una buena historia de miedo

Nueva Inglaterra, año mil seiscientos treinta y tantos. Una familia de colonos es forzada a abandonar la comunidad en la que habitan, debido a diferencias religiosas con los líderes de la misma. William, su esposa y sus cinco hijos emprenden la aventura de establecerse solos, en una zona cercana a un bosque. En el nuevo lugar, empiezan a ocurrir eventos inexplicables que van escalando en intensidad y que ponen en duda no sólo la fe de la familia, sino también su cordura.

Es el argumento de la película La bruja (2015), dirigida y escrita por Robert Eggers y que ganó premio a Mejor Dirección de Drama Estadounidense en el Festival de Sundance ese mismo año. Para los amantes del género de terror, esta película resultó ser una agradable sorpresa, sobre todo por la manera en que el director construye la tensión y el suspenso.

Si en los últimos años los directores del género nos inundaron con argumentos repetitivos, con efectos excesivos de violencia gráfica o sorpresas visuales que impactan al espectador por lo súbito, Eggers tuvo la inteligencia de pensar una historia que presenta elementos acumulativos de tensión y sugestión.

Sin ser demasiado obvio ni abusando de la violencia gráfica, Eggers aprovecha al máximo los elementos fotográficos y de edición, que van provocando en el espectador dudas y ansiedad sobre lo que está ocurriendo. ¿Están los hijos poseídos por algún espíritu maligno, están jugando y fingiendo o es un asunto de histeria colectiva? ¿Es cierto que la cabra negra es el demonio mismo y habla con los niños más pequeños? ¿Es Thomasin, la hija mayor de la familia, realmente una bruja, o sólo dice ciertas cosas para asustar a sus pequeños hermanos?

Uno de los elementos con los que juega Eggers para contribuir al ambiente de inquietud es lo visual. La coloración neutra de la película, el uso de un tono opaco y de una luz en la que parece que siempre está por comenzar una tormenta, la fotografía de exteriores donde la naturaleza y lo desconocido del territorio son amenazantes para aquellos colonos aislados de todo ser humano, los cortes de las escenas en el momento preciso para evitar ver su culminación junto con el uso de la música y del sonido como elementos constructores de tensión, todo se conjuga de manera efectiva para inquietar al espectador.

La bruja tiene también momentos de una belleza estética sorprendente e inusual para el género. Hay una escena, por ejemplo, en que la familia come a la luz de las velas y que recuerda al cuadro Los comedores de papas de Vincent Van Gogh. No detallo otros momentos para no dar spoilers sobre la trama, pero hay varias escenas que llaman la atención por la belleza de la composición fotográfica.

El uso acertado de todos esos elementos, más las estupendas actuaciones, logran construir una película que toca los mitos y leyendas propios de la época, sin caer en el ridículo o los lugares comunes. Por el contrario, la investigación antropológica efectuada por Eggers para reconstruir las costumbres, las oraciones, las viviendas y la vestimenta de los colonos, así como su manera de hablar, fueron ampliamente documentados para lograr que la ambientación fuera lo más cercano posible a la época descrita. Esa reconstrucción minuciosa también permite comprender el marco mental y emocional en el que viven los personajes y que explican las reacciones de temor, dudas e impotencia de cada quien.

Recordé esta película mientras preparo el temario de un taller sobre el género del horror en la literatura. Porque La bruja deja pensando en cómo ha ido cambiando el tratamiento del horror a lo largo de la historia, tanto en el cine como en la literatura, y por qué nos gustan tanto dicho tipo de historias. Visto de manera superficial, pareciera que el ser humano es sádico y que le gusta retar sus propios miedos, de manera voluntaria, al ver una película o leer una historia de terror.

En mi opinión, la clave para una buena historia de miedo es lograr que sea el espectador o el lector el que vaya construyendo dentro de sí esa tensión, a partir de pistas y sugerencias que nunca le quedan del todo claras. Eso obliga al espectador o al lector a imaginar cosas, a visualizarlas a partir de sus propios temores y fobias. No a todos nos asustan las mismas cosas, por lo que tener la capacidad de dejar una situación sugerida puede resultar más efectivo que mostrarla de manera obvia.

A pesar de ello, hay escritores y cineastas que han sabido utilizar lo evidente de manera afortunada. Recordemos la película Nosferatu: sinfonía del horror (1922) de F.W. Murnau, donde la figura del vampiro es simplemente grotesca; o historias de H.P. Lovecraft, como “El horror de Dunwich” donde, desde el título mismo, el escritor nos advierte que van a ocurrir eventos abrumadores.

El ser humano siempre se ha sentido atraído por lo misterioso, lo no verificable, lo que no tiene explicación. Golems, monstruos, espíritus, vampiros, licántropos, brujas, lugares u objetos encantados, maldiciones, supersticiones, fenómenos paranormales y todo tipo de eventos inexplicables son nada más algunos de los personajes y situaciones que pueblan ese imaginario oscuro que rechazamos pero que al mismo tiempo ha seducido al ser humano desde que es capaz de contar historias.

Aunque el género de terror ha sido considerado por algunos críticos como “menor”, la verdad es que representa un gran reto técnico para quien decide trabajarlo. No todos somos capaces de contar una historia y calar en los miedos ajenos hasta causarle una reacción de temor o inquietud a los demás.

Para muchos, trabajar una historia de horror implica explorar la región oscura de las personas, sus instintos primarios, la parte incontrolable e inexplicable de nuestros temores más profundos. Quizás por eso sea un género de tanta popularidad, porque nos permite canalizar esos temores inconfesables para luego continuar adelante, como si nada, tragando en silencio el terror de estar vivos.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, julio 2, 2017. En portada, Anya Taylor-Joy en el papel de Thomasin, una escena de La bruja).

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