Autor: Jacinta Escudos
Cuando mueren los cantantes
Me causa fascinación el sentimiento colectivo de tristeza que surge cuando muere un cantante famoso. Siempre me pregunto por qué lloramos por alguien a quien no conocimos en persona, alguien que no era nuestro amigo, alguien con quien nunca convivimos en ninguna parte. Pero de inmediato me digo también que los cantantes son parte de nuestras vidas a través de su música, aunque nunca hayamos tenido ni la oportunidad de verlos en concierto. David Bowie, por ejemplo. Era un cantante de mi infancia. Era lo que sonaba en la radio y se miraba en la televisión. Pero era también alguien con quien me identificaba en aspectos que iban más allá de lo musical. Pienso en la primera canción que escuché de él, “Space Oddity”, en esa compleja mezcla de melancolía y angustia que me despertó, en plena época de la euforia espacial de los años 70. Es una canción que siempre que la escucho me deja húmedos los ojos, porque me conmueve la idea de un hombre flotando en el espacio hasta su muerte. Imaginemos …
Manual para mujeres de la limpieza
Nace Jacintario TV
1. Desde hace varios años he tenido la inquietud de hacer algún tipo de trabajo de difusión cultural. Siendo escritora en un país donde el arte, la literatura, el cine y la cultura en general son tan subestimados, siento que parte de mi responsabilidad social como ciudadana es difundir, promover y construir cultura. Lo siento así, porque creo que cada quien aporta a la sociedad desde sus talentos y conocimientos específicos, y el mío es la literatura y la cultura. Para hacer dicha labor se me ocurrieron varias ideas: un programa de televisión, una revista literaria, un suplemento cultural en algún periódico, una editorial, una librería (específicamente un café-librería), una fundación para promover la literatura y una plataforma cultural en internet. Ninguna de las ideas logró funcionar, por motivos del más variado rango: desde la falta de tiempo que los involucrados podíamos aportar a los proyectos, pasando por la indiferencia, las negativas, promesas falsas e incluso la burla de algunas personas, hasta el asunto económico que, al final, hizo imposible concretar ninguna de dichas ideas. Más …
Sentimientos encontrados
Tengo sentimientos encontrados en cuanto a la Ley Nacional de Cultura aprobada el pasado 11 de agosto. No soy la única que se siente así. Entre los colegas que trabajamos en el área cultural de este país no he visto reacciones de júbilo. Más bien, las reacciones han sido de indiferencia, escepticismo, cautela, decepción y hasta rabia. Dicha decepción es comprensible. Los gremios culturales y académicos de este país fuimos convocados en varias ocasiones por la Secretaría Nacional de Arte y Cultura del FMLN para discutir y analizar el anteproyecto de ley. Recuerdo la alegría contenida que teníamos los presentes en alguna de esas primeras reuniones, realizada en un hotel de la ciudad. Nos ilusionamos de nuevo con la idea de que en este país la cultura pudiera tomar un papel más predominante y que no siguiera siendo vista como un hobby de fin de semana o como la cápsula de entretenimiento en los eventos nacionales. También es comprensible que haya enojo y frustración. De los 281 artículos contenidos en la propuesta, sólo 108 fueron …
¿Sueñan los androides con ser escritores?
En marzo de este año se dio el fallo del Premio Literario Nikkei Hoshi Shinichi en Japón. Pero la novela que se alzó como noticia no fue la ganadora del primer premio, sino la que ganó el segundo lugar, una obra llamada El día en que una computadora escribe una novela. La obra fue enviada al concurso por un grupo de investigadores de la Universidad del Futuro de Hakodate. Fue escrita por una máquina con inteligencia artificial que había sido programada con diferentes parámetros previamente definidos, como argumento, personajes y trama. Lo que hizo la máquina fue redactar la novela a partir de esa información.
En clave morse de tornasol
Apareció muerto frente a la puerta que da al patiecito. Me fascinó el azul tornasol del cuerpo, el tono dorado oscuro de la parte inferior de sus alas, el gris plomo de lo demás. Sus seis patitas estaban dobladas sobre su abdomen. Eran segmentadas, con una espuelita al final de cada segmento. Las puntas de las patitas eran rojas. Parecían zapatitos. (Sí, todo era chiquito, diminuto). Cuando lo puse en mi mano, me dio la impresión de que la parte superior era un pedazo de armadura. Me pareció ver un pico de ave y un par de ojos. Pensé en las máscaras que usaron los médicos de la peste negra. Si el insecto estuviera vivo, no hubiera podido ver su interior tornasolado. Su belleza estuvo reservada para quienes pudieron verlo en vuelo. Abriría sus alas grises al volar y el azul, jugando con el sol, lanzaría mensajes en clave morse de tornasol. Acaso en la agonía, el insecto extendió sus alas una última vez. Volar para despedirse del viento. Volar para despedirse del mar. Murió con las alas …
Autodidactas
Hace unos días me sorprendí al darme cuenta de que el cineasta alemán Werner Herzog es autodidacta, es decir, alguien que se formó y estudió por cuenta propia. Lo admite con franqueza en la lección inicial de un curso sobre cine que imparte en internet. Herzog vio su primera película a los 11 años. Dice que ni siquiera supo que existía el cine hasta ese momento. Cuando llegó a los 17 estaba claro de que quería ser cineasta y a los 19 ya estaba tocando puertas, buscando financiamiento para hacer su primer proyecto serio.
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Cita con la muerte
Alfred Perceval Graves y su esposa Amalie recibieron la noticia que toda pareja teme recibir alguna vez. Una carta fechada el 22 de julio de 1916, firmada por el teniente coronel C. Crawshay, oficial al mando del Segundo Batallón de los Reales Fusileros Galeses, les informaba que su hijo Robert había muerto en el campo de batalla. La carta aseguraba que el entonces teniente Graves había muerto a consecuencia de las esquirlas recibidas en la explosión de un obús lanzado por los alemanes, mientras guiaba a sus hombres al ataque en el cementerio de Bazentin-le-Petit. Decía la carta que el teniente había tenido una muerte rápida y sin dolor. Esto habría ocurrido el día 20 de julio, cuatro días antes del cumpleaños 21 de Robert.
Visibilizar la vulnerabilidad
El ser humano es el peor enemigo de sí mismo. Fue lo primero que pensé cuando me enteré de la masacre en la discoteca Pulse en Orlando, Florida, ocurrida la madrugada del domingo 12 de junio de este año. Me di cuenta de la noticia cuando los datos iniciales todavía hablaban de 20 muertos pero la policía advertía que podía haber “muchos más”. Un par de horas después, el número de víctimas había aumentado a 50 y había un número similar de heridos. El segundo pensamiento que tuve fue dedicado a mis amigos gays y lesbianas. Gente a la que conozco y respeto. Gente con calidad humana admirable y cuya amistad celebro. Temí por cada una de esas amistades. Lo pensé porque la masacre de Orlando me dejó convencida de que la comunidad LGBTQ es un grupo con alto riesgo de ser blanco de agresiones y violencia de múltiple naturaleza.
CMR: El insurrecto solitario
Ocurrió algún sábado de 1984, en la siempre calurosa Managua. Había leído en un suplemento cultural la conmovedora historia de una guerrillera salvadoreña que un día cualquiera, acaso presintiendo su muerte, anotó sus poemas en papel de cigarro para que un compañero los sacara del frente de guerra. Pocos días después moriría en un cruento combate en el cerro de Guazapa. La poeta guerrillera se hacía llamar Rocío América. Leí sus versos pero ocurrió algo: reconocí mis propios poemas, unos que había escrito pocos años antes pero que estaban guardados en el fondo de alguna gaveta y que no tenía la intención de publicar jamás.










