
1.
La luz está compuesta por finas navajas voladoras que rasgan, al contacto, tus glóbulos oculares.
Tu cabeza es yunque para un martillo. Caja de percusión para todo ruido. El sonido es un fluir de agujas invisibles que pincha tus tímpanos.
Cierras los ojos y tienes alucinaciones geométricas y de colores estridentes. Serían bellas las alucinaciones si no dolieran tanto.
Duermes y la oscuridad del sueño se llena de incongruencias que provocan angustia. Un sueño pastoso, profundo, incómodo.
Alucinas. Imaginas cosas, algunas bastantes dramáticas. Si la cabeza pudiera desatornillarse, la dejarías puesta sobre el librero hasta que pasara el dolor. Pero tendrías que deshacerte también del asco en el pecho, ése que no te permite comer ni un bocado. Y también del malestar generalizado. Del aturdimiento. De la pesadez del cuerpo. Esa pesadez que solamente te permite pasar líquidos, fríos o calientes.
Ves luces. Ves círculos morados y franjas azul cobalto. Ves resplandores súbitos a los lados y volteas rápido para ver si atrapas la vista de alguien porque, estás convencida, vas a ver algún espectro.
El dolor es la suave sábana que acaricia tus órganos y que te permite percibir formas exactas: reconoces la redondez de tus ojos, la profundidad de tus cuencas, las curvas del cerebro, la exactitud de tus huesos.
Sabes que va a llover. La presión del agua en las nubes es la misma presión que sientes en tu cabeza. El dolor no va a ceder hasta que ceda el agua, es decir, hasta que caiga una buena, fuerte, feroz tormenta.
Por qué sientes en tu cabeza la presión de las nubes, no lo sabes. Te preguntas si eres pariente de las nubes. Te preguntas si tu cabeza es una nube. Y si tu cabeza es una nube, ¿son tus palabras agua? ¿Son tus pensamientos agua? ¿Es llorar llover? Leer más