Autor: Jacinta Escudos

Tres poemas de Antonin Artaud

Selva, selva, hormiguean ojos en los pináculos multiplicados; cabellera de tormenta, los poetas montan sobre caballos, perros. Los ojos se enfurecen, las lenguas giran el cielo afluye a las narices como azul leche nutricia; estoy pendiente de vuestras bocas mujeres, duros corazones de vinagre. Tres poemas de Antonin Artaud | Zona Literatura.

Cenizas de abril

Aquel Domingo de Ramos, 2 de abril de 1944, muchas familias salvadoreñas habían cumplido el rito de bendecir las palmas en sus respectivas parroquias. El humo del incienso todavía lo andaban prendido a sus ropas. Algunos no habían colgado la palma bendita detrás de la puerta principal, como es tradición, cuando a eso de las 3 de la tarde comenzaron a escucharse ametralladoras y cañonazos en San Salvador. El alzamiento cívico-militar que venía gestándose desde hacía pocos meses había comenzado. La ingenuidad, el azar y lo que algunos llamaban las “artes ocultas” del entonces Presidente de la República, el General Maximiliano Hernández Martínez, alias “Pecuecho”, alias “El Brujo”, dieron al traste casi desde el comienzo con lo que se constituyó en una de las páginas más heroicas de nuestra historia nacional. Según lo acordado entre los alzados, la Aviación Militar iniciaría las acciones y el vuelo de la flotilla de 5 aviones que la componía sería la señal para que las unidades militares a favor del movimiento iniciaran sus operaciones en tierra. El Regimiento de …

«Escribir un cuento» por Raymond Carver

Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov: … Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello. Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Solo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con …

Romero: voz y mirada

La semana pasada fue inaugurada en el Museo Nacional de Antropología (MUNA) de San Salvador la exposición fotográfica «Romero: voz y mirada», una colección de fotografías inéditas, en la que se exhiben no solamente fotos inéditas suyas sino fotos tomadas por él. Resulta que Monseñor era un fotógrafo aficionado y que tenía muy buen ojo fotográfico, y esta exhibición presenta al público, por primera vez, la manera en que el propio Monseñor vio a su pueblo y su país. Meses antes de morir, Monseñor Romero le dio a guardar a Santos Delmi Campos un cofre con 400 fotografías y diapositivas porque, según le dijo el mismo Monseñor, «usted es bien ordenada». Esto lo contó la propia Delmi en el acto de inauguración. El año pasado, cuando se cumplieron 30 años del martirio de Romero, Campos decidió donar las imágenes al Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI) para su rescate, conservación y difusión. Una muy pequeña muestra de ellas están en exhibición en las instalaciones de dicho museo, pero ésta es la primera vez …

Virginia Woolf: formas de narrar la angustia

Examinemos por un instante una mente corriente de un día corriente. La mente recibe un sinfín de impresiones: triviales, fantásticas, evanescentes o grabadas con afilado acero. Llegan de todos lados, una lluvia incesante de innumerables átomos; y al caer, al tomar forma como la vida del lunes o el martes, el acento recae de modo distinto que antaño; el momento de importancia no venía aquí sino allí; de manera que si un escritor fuera un hombre libre y no un esclavo, si pudiera escribir lo que quisiera, no lo que debiera, si pudiera basar su obra en su propia sensibilidad y no en convenciones, no habría entonces trama ni humor ni tragedia ni componente romántico ni catástrofe al estilo establecido, y quizá ni un solo botón cosido como lo harían los sastres de Bond Street. La vida no es una serie de lámparas de calesa dispuestas simétricamente; la vida es un halo luminoso, una envoltura semitransparente que nos recubre desde el principio de la conciencia hasta el final. Virginia Woolf: formas de narrar la angustia.

«La libertad de un escritor», Tennessee Williams

¿Qué es ser un escritor? Yo diría que es ser libre. Ya sé que hay escritores que no son libres, que trabajan asalariados, lo cual es una cosa muy distinta. Es posible que profesionalmente sean mejores escritores, tomado lo de «mejor» en su sentido convencional. Están al tanto de las exigencias de los éxitos comerciales y satisfacen a sus editores, y es de suponer que también a su público. Pero no son libres, y por lo tanto no son lo que considero un auténtico escritor. Ser libre es haber alcanzado el objetivo de tu vida. Significa toda clase de libertades. Significa la libertad de pararse cuando uno lo desea, de ir donde le apetezca y en el momento que le apetezca; significa ser viajero aquí y allá, un viajero que pasa por muchos hoteles, triste o contento, sin obstáculos ni demasiado pesar. Significa la libertad de ser. Y como observó alguien muy sabiamente, si uno no puede ser uno mismo, ¿qué sentido tiene ser nada en absoluto?  

Centenario de Tennessee Williams: El futuro se llama «tal vez»…

“A los catorce años descubrí la escritura como un escape del mundo real, en el que me sentía terriblemente incómodo. De inmediato se convirtió en mi lugar de retiro, mi cueva, mi refugio. ¿De qué me refugiaba? De que me llamaran mariquita los chicos del barrio, la señorita Nancy y mi padre, porque prefería leer libros en la biblioteca grande y clásica de mi abuelo a jugar a las bolitas, al béisbol y a otros juegos normales de chicos, como resultado de una grave enfermedad infantil y de un excesivo apego a las mujeres de mi familia, quienes habían logrado que volviera a tomarle el gusto a la vida”. Ya antes de cumplir los 20 años, Williams era un escritor “confirmado”, como él mismo dice, por la fuerte vocación y el trabajo: poeta, narrador, dramaturgo, y si bien toda su vida mantendría esa riqueza de géneros, el teatro será la producción a la que dedicará mayores esfuerzos. Centenario de Tennessee Williams: El futuro se llama «tal vez»…

El mayor perdedor con los libros electrónicos

Los autores de Freakonomics, Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner, le han puesto números y tinta a todo este asunto del surgimiento de los libros electrónicos. El desbordante entusiasmo que éstos causan y sus precios, por lo general más bajos que los libros en papel, suponen una ventaja para los lectores. Los editores han estado en muchos casos reacios a incorporarse a este nuevo mercado, sobre todo los editores en español, pero poco a poco han ido cediendo a medida que, precisamente, alguien llega, numeritos en mano, a demostrarles que las pérdidas no son tales, porque el verdadero perdedor al final del día en toda esta historia es… ¡el autor! Freakonomics demuestra con pesos y centavos, poniendo ejemplos de algunos títulos considerados éxitos de ventas, lo que terminan ganando y perdiendo en las ediciones en papel y en electrónico. Mi postura personal desde hace algunos años es que los derechos de autor tienen que reconsiderarse y deben tener una revolución drástica, aunque todavía no se me ocurre cuál sería la fórmula pertinente para sustituirlos. …

«La gallina degollada», cuento de Horacio Quiroga

El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal. Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación? Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando …