Columna de opinión
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Certificación humana

Hay mucho que decir sobre las recientes acusaciones de que el libro ganador del Primer Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat, fue supuestamente escrito con IA.

La información fue publicada por el periódico español El País, medio que sometió la novela ganadora Donde el agua trabaja, del peruano David Silva Rojas, a la comprobación de Pangram, una IA que se utiliza justamente para detectar el uso de las inteligencias artificiales en la redacción de un texto. El veredicto de Pangram fue rotundo: el 99 % de la novela fue escrito con IA.

No es el primer caso. Hace pocas semanas, la novela del escritor haitiano-canadiense Thélyson Orélien titulada C’était ça ou mourir (en español: Era eso o morir), fue retirada de la lista de finalistas del Premio Goncourt, el más prestigioso para novelas escritas en francés, debido al uso de la IA para escribir dicha obra.

Sería larguísimo comentar todos los detalles alrededor de este veredicto y la intensa discusión que ha causado. De hecho, para escribir esta columna, llené dos páginas con anotaciones, reflexiones y fuentes. Al momento de redactar este texto siguen apareciendo reacciones y referencias nuevas, así es que trataré de enfocarme en uno de los tantos temas que deriva de esta polémica.

Lo que más me llamó la atención fue la postura de muchos de que, si la herramienta está ahí, hay que usarla. Hay quienes consideran que utilizar la IA para la escritura es algo “normal” y que su uso en la creación de novelas o cuentos será cada vez más frecuente. Hay quienes ven su uso como algo tolerable, siempre y cuando se limite a cuestiones investigativas o se use como una herramienta de revisión ortográfica y gramatical. También lo ven correcto, si quien publica advierte su uso, sobre todo a la hora de publicar o enviarla a un concurso literario.

Otras reacciones fueron de indignación, ya que consideran que usar la IA para escribir un trabajo literario es hacer trampa. Hay que subrayar que el concurso en cuestión mencionaba, en una de sus bases, que la obra no podía ser escrita “parcial o totalmente, mediante herramientas de inteligencia artificial”. Descubrir su uso implicaría la descalificación inmediata. Al momento de darse a conocer el artículo de El País, la novela ya estaba publicada y distribuida en librerías. La editorial Almadía, organizadora del concurso, optó por cancelar las presentaciones de la novela y hacer una investigación interna.

Cuando la Premio Nobel Olga Tokarczuk admitió, en mayo de este año, estar usando la IA para afinar algunos aspectos de su próxima novela, mencionó que la escritura de una novela toma varios años y que utilizar dicha herramienta podría ahorrarle parte de ese tiempo. Este tema parece ser uno de los motivos más seductores para utilizar la IA por parte de personas que deciden dedicarse a la literatura. Una organización acertada de las ideas para una historia y unos dólares para pagar la suscripción premium de una IA, podría ser capaz de producir, en cuestión de pocas semanas, una novela. Un escritor, trabajando de manera manual, investigando en bibliotecas e internet, redactando, corrigiendo por su cuenta y reescribiendo su texto podría pasar (literalmente) años trabajando en una obra.

Una característica actual es la prisa, la aceleración, el imperativo de presentar resultados productivos a cada momento. Pasar años sentados delante de una computadora (o un cuaderno) escribiendo una narración en el tiempo que dejan libres las obligaciones laborales y familiares no resulta muy atractivo. En una época donde muchos tienen dos y hasta tres trabajos para poder salir adelante, sentarse a escribir una novela parece una quijotada.

A esto hay que agregar la falsa ilusión del dinero fácil a través de la visibilidad, producto de las redes sociales de moda. En más de alguna encuesta hay jóvenes que dicen que desean convertirse en influencers, un “oficio” que les parece el canal rápido para el dinero, la fama y el éxito. Otros piensan que ser escritor de bestsellers es la vía rápida para ello. Su intención no es producir literatura sino ganar dinero. No les interesa el lenguaje, el estilo, la estructura, la expresión personal ni el proceso interior que ocurre cuando alguien se sienta a escribir, a conciencia, un texto. Les interesa la gloria pasajera del viralismo social.

Para ello, la utilización de la IA es un mecanismo que puede servir para abreviar el proceso de escritura y toda su complejidad. Es frecuente ver en sitios como Amazon a personas que publican varias novelitas por año y que, seguramente, desde su portada hasta su contenido, han utilizado dichas herramientas para producir sus numerosos textos. Pero cantidad no significa calidad. Y, si bien es cierto que hay lectores para todo tipo de escritura, un lector exigente terminará saturado e insatisfecho luego de leer libros mecánicos y sin sustancia, es decir, sin fibra humana.

También es posible que la urgencia de producir libros sea resultado del desconocimiento de la complejidad de un oficio como la Literatura. Las historias, la psicología de los personajes, las descripciones, el lenguaje que el autor selecciona, todo es producto de innumerables horas de reflexión, de decisiones íntimas, de abundantes lecturas, de un proceso de desnudamiento emocional que quien escribe va ejecutando en cada frase y escena, sobre todo en los momentos climáticos de las historias.

¡Qué sabe la IA de sentir miedo, vergüenza, culpa, amor, amistad, deseo, arrepentimiento, nostalgia, melancolía! ¡Qué sabe la IA de emocionarse hasta las lágrimas de la pura felicidad o de sentir que el corazón se destroza ante una tragedia personal! Podrá armar frases con palabras segadas del material humano con el que ha sido preprogramado, pero no podrá encontrar la palabra exacta para ninguna emoción humana, simple y sencillamente porque no puede sentir.

Mientras tanto, ya hay editoriales que prescinden de traductores y correctores de estilo, cuya labor está siendo ejecutada por alguna IA. Ahorra costos, tiempos de producción y se supone que los resultados son óptimos. También la utilizan para redactar los contratos que firman con los autores.

En Alemania, Francia, el Reino Unido y Estados Unidos están surgiendo empresas que proponen una certificación de “creación humana”, donde los escritores pueden someter su obra a un análisis hecho por un programa de detección y, además, a una entrevista con un auditor que examine el proceso de escritura. Esto surge a partir del temor creciente entre escritores de ser acusados de usar la IA y de que sus publicaciones y, sobre todo su reputación, sea afectada de manera permanente.

A punto de entregar este artículo, se dio a conocer un comunicado de David Silva Rojas en el que aclara que no utilizó la IA para la escritura de su novela y se ofrece para apoyar a la editorial en la verificación de sus archivos, para esclarecer la situación.

Sea como sea, la polémica iniciada por El País pone en evidencia que todos los actores y participantes del mundo del libro tenemos que sentarnos a discutir, con seriedad, sobre el futuro de nuestros oficios. Hay que tomar decisiones en cuanto a cómo nos relacionaremos (o no) con la IA y cuáles serán los protocolos de acción a futuro para casos como el de Silva Rojas.

(Publicado domingo 1 de noviembre de 2026, en La Prensa Gráfica de El Salvador. Foto propia).


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