Columna de opinión
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Retorno a lo analógico

Hace pocas semanas desempolvé una cámara que tenía guardada. Es una cámara digital Canon que compré en el 2005. Después de limpiarla, ponerle baterías y volver a familiarizarme con sus funciones, comprobé que sigue trabajando a la perfección.

La decisión de volver a ponerla en uso tuvo que ver con un par de cosas. Una de ellas es que, desde la incorporación de la IA en las funciones de nuestros celulares, las fotos tomadas con su cámara parecen demasiado nítidas. Los contornos son tan exactos que, a veces,  las hacer ver delineadas y hasta “duras”. Los colores no son fieles a la realidad y muchas veces están demasiado saturados.

Algunos de estos detalles pueden solucionarse editando las fotos, pero no deja de ser frustrante que, al abrir el archivo para ver la foto recién tomada, en cuestión de segundos y ante tus propios ojos ocurren unas “correcciones” y cambios sutiles que, según la IA, mejoran la imagen, pero que no reflejan ni la realidad ni mi gusto personal. Pasa con el color de la piel de las personas, por ejemplo. Mi celular aplica una paleta uniforme de colores de piel que no hay manera de desactivar ni cambiar.

Buscando en línea cierta información que necesitaba sobre mi Canon, descubrí que muchos jóvenes están comprando cámaras fabricadas en los primeros años de este siglo. El origen de esta tendencia tiene motivos diversos. Para algunos, se trata de seguir lo que varias celebridades hacen. La cantante Dua Lipa, por ejemplo, suele andar con una Canon Powershot ELPH 360. Kendall Jenner, Hailey Bieber y Bella Hadid también han sido vistas usando algún modelo de estas cámaras digitales.

Por un lado, las digicams (como son conocidas), son convenientes por su portabilidad. Son pequeñas y pesan poco. Muchas funcionan con baterías AA. La mayoría son automáticas, de enfocar y disparar, aunque algunos modelos tienen una función manual que permite adecuar algunos ajustes (como el balance de blancos, ISO, luminosidad y tonos de colores) al gusto de quien toma la foto. Algunos modelos incluso usan rollo. La mayoría tiene visor, una pantallita LCD y flash incorporado, esto último algo muy usado para que las fotos tengan ese “retro look”, que es, en parte, lo que buscan sus usuarios.

En dependencia de la antigüedad, del modelo, del estado de la cámara o del vendedor mismo, suelen encontrarse a precios accesibles. Pueden comprarse en páginas como Ebay o Amazon, en mercados de pulgas o de objetos usados; su precio puede variar desde los 10 dólares hasta los 200 o 300, según el modelo, el nivel de funcionamiento y su demanda. Esto las convierte en una opción económica para quienes comienzan en el mundo de la fotografía y quieren tener la experiencia de un aparato propio. Si se le cae o se moja y arruina, no se pierde demasiado.

Por otro lado, algunas personas dicen gustar de estas digicams porque están dedicadas estrictamente a la fotografía. Las notificaciones del teléfono son un distractor que lleva a usar otras aplicaciones. Además, como mencioné, los resultados de las fotos tomadas con celulares pueden ser excelentes, pero algunos modelos no permiten modificar algunas funciones que, a la larga, causan la saturación o los cambios que alteran lo que vemos en la realidad.

Esta tendencia de usar cámaras digitales o analógicas también está relacionada con un elemento subjetivo más complejo: la nostalgia de lo no vivido. Buscando información sobre esta tendencia, algunos jóvenes comentaban que deseaban sentir cómo sus padres habían utilizado estos aparatos y querían replicar la estética visual de las fotos de antes. Para muchos, la experiencia fue casi inmediata ya que algún familiar tenía guardada algún modelo de estos en su propia casa.

Esta nostalgia del pasado viene a sumarse a otros objetos cuyo uso se está popularizando de nuevo, como los discos de vinilo, los audífonos de cable, los reproductores de CD’s y hasta los “teléfonos tontos”, es decir, los que solamente hacen y reciben llamadas, sin capacidad de bajar ningún tipo de aplicación. Esto nos lleva a concluir, que hay una especie de empacho digital y que, después de tantos años de utilizar celulares que lo hacen casi todo, estos han dejado de ser un objeto novedoso, ya que ni el diseño o las aplicaciones ofrecen mayor sorpresa para la realización de tareas cotidianas.

El hábito de la conexión continua a redes sociales también implica una velocidad de consumo y respuesta que causa agotamiento. Las personas envían mensajes y esperan respuestas inmediatas. El hábito del “escroleo” te lleva a un continuo recorrido de imágenes, estímulos e información que no se alcanzan a asimilar de manera oportuna. Pareciera que todo tiene que hacerse de forma inmediata y rápida. Si, encima de eso, se escucha música o se toman fotografías, el cerebro simplemente se satura. Para algunos, este exceso causa lo que se conoce como “fatiga digital”.

Según un estudio publicado en el International Journal for Multidisciplinary Research, este tipo de fatiga tiene síntomas diversos como cansancio mental constante; dificultad para concentrarse o recordar información; dolores de cabeza y tensión cervical; problemas de sueño debido a la exposición nocturna a la luz azul; irritabilidad y sensación de sobrecarga emocional; y menor disfrute de actividades no digitales, lo que lleva al aislamiento social.

De ahí que algunas personas prefieren retornar a lo analógico, lo que les permite cambiar el tipo de experiencia y relación con sus aplicaciones, estar más presentes en el momento y bajar la ansiedad de procurar siempre respuestas inmediatas.

Para quienes desean tomarse más en serio la fotografía, el uso de las digicams puede servir para renovar la experiencia del usuario y enfocarla mejor. Puede funcionar como una etapa de transición hacia una cámara más profesional, mientras se aprenden o afinan los usos básicos de la composición y otras características básicas.

Habiendo dicho eso, está claro que cualquier herramienta, por muy limitada que sea, puede producir buena fotografía. Pongo como ejemplo al fotógrafo ruso Dmitri Márkov, quien compuso buena parte de su obra con su iPhone, luego de que le fuera robada su cámara profesional. Su trabajo se enfocó en retratar a amigos, parientes, niños, adolescentes y personas en lugares públicos, aunque también entró a cárceles, orfanatos y centros de acogida de personas en estado de vulnerabilidad social. A través de ello, logró retratar parte de la pobreza, las dificultades de su entorno y el mundo de la drogadicción, espacio que él (por experiencia) conocía a profundidad. Si tiene curiosidad, le recomiendo buscar su cuenta de Instagram (dcim.ru) para conocer su obra. Para comprender el contexto de las fotos (escrito en ruso), puede usar la función de traducción.

Para algunos, el retorno a las cámaras digitales implica una especie de rebeldía, un rechazo a la obsolescencia programada y a la urgencia de estar conectados y disponibles 24/7.

El retorno a los aparatos analógicos dice mucho también sobre la necesidad que tenemos de experimentar no sólo la manera de hacer las cosas a su ritmo natural, con menos velocidad o gratificaciones instantáneas, sino también de nuestra necesidad del aprendizaje a través de la imperfección, algo que se está obviando debido al exceso del uso de la IA.

(Publicado domingo 18 de octubre, 2026, sección de opinión, La Prensa Gráfica de El Salvador. Foto propia, sin edición: Vendedor de cocos en el mercadito de domingo de Antiguo Cuscatlán. Canon Powershot A410).


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